
Luna llena del 31 de diciembre en Adícora (Foto: Cristian Espinosa)
Salir y recorrer lugares de Venezuela en plan de turista le permite a uno percatarse de dos verdades contundentes: Una, que Venezuela es grande, es bella y es rica en recursos naturales e históricos que le permitirían desarrollar una gran industria del turismo.
Y dos, la poca atención, por no decir ninguna, que los gobiernos local, regional y nacional le prestan al sector turismo y el estado de abandono en que se encuentran la mayoría de los pobladores de las regiones potencialmente turísticas.
El 31 de diciembre me fui a recibir el 2010 en Adícora, pueblo costero del estado Falcón. Fueron cinco días de descanso para desconectar de la estresante cotidianidad que se vive en el país y cargar pilas para iniciar un año que, de antemano suponemos, no será fácil para los venezolanos.

En los abandonados pueblos venezolanos, la única acción del gobierno que se evidencia es la propaganda en vallas y grafittis
El lamentable estado de las carreteras del país es deprimente, no hay más de cinco kilómetros seguidos en los que el asfaltado no presente huecos. No hay señalización y, entre los huecos y la cantidad de policías acostados que se encuentran a lo largo del camino, hacen que un viaje que podría realizarse en dos horas y media se prolongue por cuatro horas de infierno y susto.
Después de hacer la carrera de obstáculos que significa la carretera de Maracaibo a Adícora, uno llega al que alguna vez fue un hermoso pueblo playero para el disfrute de turistas y temporadistas.
Las calles del pueblo están aún peor que las de la carretera, no hay una sola que cuente con el asfaltado en buen estado y la basura está presente en ellas como muestra de la desidia y abandono en que vive la localidad.
Es verdad que en esta oportunidad se notó un poco más de limpieza, producto del esfuerzo de la comunidad que está comprendiendo que si quiere tener y aumentar la presencia del turismo que le deja ingresos económicos, deben tomar ellos mismos medidas y no esperar nada de los gobiernos. Lo mismo sucede con la playa de cuya limpieza se encargan las personas que alquilan toldos a la orilla, pues el servicio no lo presta el ente municipal que lo debería tener a su cargo.

Playa de La Vela de Coro, Falcón (Foto: Cristian Espinosa)
Durante los últimos cuatro años he ido a Adícora en varias oportunidades. Esta vez, como lo dije antes,
encontré una leve mejoría en la limpieza del pueblo, comparado con el basural que abundaba anteriormente por todos lados y también noté mejoría en el servicio eléctrico, no sé si producto de la nueva planta eléctrica inaugurada el año pasado, o porque en esta visita encontré muchos menos turistas. Sin embargo, hubo varios bajones de electricidad que hicieron que se dañara la nevera de la casa en que estaba instalado.
Creo que la mejoría en la electricidad se debe principalmente a la ausencia de turistas pues, en el viaje anterior, ya la planta estaba en funcionamiento y los apagones se producían a diario por más de dos horas, sin contar las constantes subidas y bajadas del flujo de la corriente eléctrica.
El suministro de agua potable es otro tormento que viven los habitantes de la localidad. Pasan hasta más de dos días sin que el líquido llegue por las tuberías. Afortunadamente, la casa que alquilamos cuenta con un buen tanque de almacenamiento que le permite a uno no sufrir la escasez del agua.
En esta visita al estado Falcón, salimos en varias oportunidades a recorrer algunos lugares turísticos

Iglesia del siglo XVII en Moruy, estado Falcón
promocionados en volantes repartidos por las oficinas de turismo de la región. Volantes en los que más importante que la información sobre los sitios es la propaganda que hacen de los entes gubernamentales. Allí recomendaban visitar el pueblo Moruy y hacia allá nos dirigimos para conocer la iglesia del siglo XVII que se promocionaba.
La vía al pueblo, como todas las vías del estado, está plagada de huecos. Moruy es una pequeña localidad y, como pudimos constatar, la antigua iglesia es el único atractivo turístico que tiene y, para rematar la decepción, se encontraba cerrada. Nos conformamos con verla por fuera y tomar algunas fotos para agarrar rumbo al pueblo de Santa Ana, donde se indicaba que encontraríamos otra iglesia, en esta oportunidad del siglo XVIII.
La iglesia de Santa Ana también estaba cerrada, con la suerte que al preguntar a un lugareño nos indicó que le podíamos pedir a Coromoto, la señora que guarda la llave del templo, que nos lo abriera para poder

Templo de Santa Ana, edificación del siglo XVIII en Falcón
admirar su antiguo y hermoso altar mayor y la arquitectura típica de las iglesias coloniales. Hablamos con la señora y, muy amablemente, nos prestó la llave para que nosotros mismos abriéramos la iglesia, la contempláramos y luego echáramos cerrojo nuevamente y se la devolviéramos.
Así es el turismo en nuestro país.
En otra oportunidad fuimos a conocer el santuario dedicado a la Virgen de Guadalupe. Tuvimos suerte y el lugar se encontraba abierto. Eso sí, sólo la iglesia, ni pensar en conseguir un lugar
donde tomarse un café o un refresco. El recorrido turístico consistió en visitar el santuario
y salir para visitar La Vela de Coro,

Santuario dedicado a la Virgen de Guadalupe
pueblo declarado patrimonio cultural y en el
que se podía encontrar algún lugar donde
tomarse algo y comer algún bocadillo. Su
antigua iglesia también se encontraba cerrada y
en esa oportunidad no hubo quien nos prestara
la llave para visitarla.
De esta forma transcurrieron los días de
turismo y descanso en el estado Falcón.
Regresando después de cada paseo a Adícora
para disfrutar de sus cálidas y tranquilas aguas, con la sensación de que tenemos más de treinta años
esperando que se desarrolle el turismo y con la certeza de que cada vez ese desarrollo está más lejano.

La Vela de Coro, Falcón
Me preguntaba en cada salida si los gobiernos regional y nacional estaban al tanto de que estos pueblos abandonados existen y que constituyen un inmenso potencial para implementar una pujante industria del turismo. La respuesta la conseguía a cada instante, cuando tropezaba con vallas publicitarias del presidente y con grafittis en las paredes de los pueblos en los que se proclamaba la devoción al primer mandatario. Evidentemente, sí saben que están allí, pues se ve que en épocas de campañas electorales se hacen sentir. Sencillamente no les importan ni el turista que va a visitar esos pueblos, ni sus habitantes que viven en el más completo abandono.
¿Cómo podemos ofrecer a los extranjeros una Venezuela como destino turístico si el país no cuenta con los más básicos recursos para satisfacer las necesidades de sus habitantes? ¿Qué extranjero que se atreva a superar el miedo que le deben producir las noticias de los altos índices de inseguridad de Venezuela y venga a hacer turismo, va a regresar luego de ver que no se le ofrecen las más básicas comodidades?

Fueron cinco días de descanso y de contrastes. Cinco días para re-conocer lo hermosa que es Venezuela y palpar lo injusto del abandono al que la tenemos condenada. Cinco días para verificar, una vez más, la mala calidad de vida que tenemos los venezolanos y a la que pareciera que nos acostumbramos. Salimos a hacer turismo pasando penurias, sufriendo la mala calidad de los servicios públicos y la escasez de productos de todo tipo y, sin embargo, regresamos diciendo lo “rico que lo hemos pasado”. ¡Qué ironía!
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