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Archivo diario: 21 enero 2012

Mérida, obstinadamente bella

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Mérida es obstinadamente hermosa. Su belleza es terca, persistente, insistente y ha logrado subsistir prácticamente incólume a pesar de que hay factores que parecen conspirar en su contra y convertirla en un espacio devastado, desastroso e invivible.

El paisaje del páramo andino, bucólico y acogedor, es tan agradecido que con sólo asomar la cámara fotográfica por la ventanilla del carro, incluso mirando para otro lado como hago yo que padezco de vértigo y no soporto la visión prácticamente cenital de los precipicios que bordean las sinuosas y estrechas vías, se puede tener la seguridad de que saldrá una linda imagen con un paisaje lleno de luz y un cielo de azul intenso, más hermoso aún si se logra captar durante la diáfana luz matutina.

El recorrido por la carretera parameña se disfruta a plenitud pero lo recomendable es calcular el tiempo del viaje de manera que se pase por Tabay antes de las 4 de la tarde o puede tener la seguridad de que lo atrapará una inexplicable, absurda, larga y lenta cola de tráfico en la que uno puede pasar cerca de dos horas, cuyo tedio y cansancio se mitigan con el fresco clima, el verdor del paisaje montañoso y la hermosa luz que nos deja el ocaso del sol.

Ya en la ciudad, uno no puede dejar de admirar la pequeña urbe y de maravillarse de que se sienta bonita y acogedora, a pesar del infernal tráfico que por momentos hace que los autos se detengan por completo, y del horroroso y aparatoso sistema de troller bus que no solo no sirvió para aliviar el problema del tránsito de la ciudad, aparentemente lo complicó más y sus cables aéreos le dan un feo aspecto a la capital merideña. Imagino cómo deben sufrir quienes cultivan el Feng Shui en Mérida al percatarse de la mala energía que debe desprenderse de ese sistema de transporte público que, además, lo llena a uno de impotencia al ver que hay todo un canal de la avenida prácticamente inutilizado mientras uno se encuentra atascado en una cola infernal.

Algún día, un buen gobierno, asesorado por los mejores urbanistas, tendrá que idear la forma de mover ese Troller Bus a las afueras de Mérida, como tengo entendido que era el proyecto original, bordeando el río, de modo que realmente contribuya a desbloquear el tráfico.

La visita al Mercado Municipal es casi que obligatoria. Es uno de los mercados más bonitos y cuidados del país y uno puede ir temprano a tomar un suculento desayuno y comprar souvenirs, o acercarse en horas de almuerzo si se está dispuesto a hacer una pequeña fila de espera mientras se desocupa alguna mesa. Eso sí, como decía mi madre, “el que es delicado no va al mercado”, el sitio siempre está atestado de gente y uno tiene que estar dispuesto a recibir empujones y pisotones de los visitantes.

En La Hechicera está el Jardín Botánico, un rincón de verdor y flores con el rico frío de la montaña donde ir a pasar un día tranquilo, de relax y de desintoxicación, contemplar las bellas plantas y flores, tomar fotos y hasta practicar deportes extremos.

En el antiguo Central Azucarero, ya a la salida de la ciudad y a las puertas de La Parroquia, se encuentra el Museo de Ciencias, una agradable sorpresa pues está bien cuidado y atendido. Sólo están de más la propaganda que se hace el gobernador en un espantoso pendón que se encuentra a la entrada del lugar con la figura de Simón Bolívar y la infame imagen gráfica del video de presentación, enmarcado en rojo con la foto del gobernador y del presidente Chávez. En ningún museo de los que he visitado en varios países he visto semejante tipo de propaganda tan palurda. Los museos son instituciones diseñadas para perdurar en el tiempo, más allá de gobiernos regionales o nacionales que, por mucho que se atornillen en el poder, siempre estarán de paso.

Una vez conocidos y disfrutados los bellos parques emeritenses, como el de La Isla y de Beethoven con su reloj de enanos queda la posibilidad de conocer hermosos pueblos pequeños y caseríos cercanos.

El paseo al páramo de La Culata, a pesar de un angosto, sinuoso y en tramos destruido camino y del congestionamiento del tráfico en época de temporada alta, se disfruta plenamente y el rato que se pasa arriba comiendo fresas con crema o pastelitos, dando a los niños paseos a caballo o deslizándose en vuelo por la guaya aérea, o simplemente contemplando el paisaje y disfrutando del frío y de la niebla, lo cargan a uno de energía.

El paseo a Jají es bueno hacerlo temprano y con un buen conductor pues la carretera está en pésimas condiciones, con grandes huecos y bordes destruidos y tramos en los que el monte se ha comido casi medio canal de la vía. De no tomar la previsión de ir y regresar temprano, les aseguro por experiencia propia que el susto será grande cuando se enfrenten a esa mala carretera, oscura y sin rayado u ojos de gato, empeorada por la densa niebla que no permite ver más allá de un metro. Pero nada de eso, ni siquiera la basura que se puede conseguir acumulada en los alrededores de la plaza del pueblo, impiden que uno se sienta feliz en ese caserío con calles de piedra donde el tiempo se detuvo en épocas remotas, con sus arcos en las entradas de las calles, sus casas coloniales y los hombres a caballo que deambulan por las empedradas callejuelas. En la vía se encuentra el parque la Venezuela de Antier que, junto con la Montaña de los Sueños y Los Aleros, conforma un conjunto de parques temáticos de ensoñación y diversión.

En Lagunillas uno puede pasar todo un día al aire libre a la orilla de esta laguna, única en Venezuela de agua salada y que produce el Urao, ese escaso mineral que sirve de base para el chimó. Este paseo constituye una perfecta opción para un día de picnic haciendo una parrillada o un sancocho, alquilando bicicletas de hasta cuatro tripulantes, jugando pelota, pescando o simplemente conversando y compartiendo.

La belleza del estado Mérida y de su capital sobrevive a malos gobiernos, a la falta de planificación y de urbanismo, al mal gusto de algunos gobiernos como aquel que se le ocurrió derribar la sede de la seccional del Colegio Nacional de Periodistas para instalar un monumento a la trucha emplazando en el sitio una espantosa escultura gigante de ese pez de agua dulce, una instalación cuyo sistema de iluminación ya ni siquiera se encuentra funcionando.

Hasta el cambio climático parece querer sabotear, sin éxito, la hermosura de la región. La subida de las temperaturas del estado ha hecho que las “nieves eternas” del parque nacional Sierra Nevada desaparezcan de la mayor parte de los picos de la cordillera, quedando en algunas temporadas solo una pequeña mancha blanca como memoria de lo que antiguamente eran picos nevados. Sin embargo, la imponencia de las altas montañas donde se encuentra el teleférico más largo del mundo -y en mi caso más tormentoso pues entre el vértigo y el dolor de oídos no disfrute de la subida hace un montón de años cuando juré no volver a pasar por esa tortura- se mantiene intacta y la luz del amanecer, al salir el sol y clarear el día las sumen en un hermoso y gélido contraluz que lentamente va dando paso a la radiante luminosidad del verdor de las montañas.

La belleza del estado y de la capital Merideña ha demostrado persistir a prueba de todo por lo cual es y seguirá siendo uno de los principales destinos turísticos de Venezuela y tengo la tranquilidad de que su hermosura continuará batallando contra todo lo que atente contra ella, hasta que llegue el tiempo de mejores gobernantes y dirigentes. Mientras tanto, se confirma lo que dije hace tiempo atrás en un post de enero de 2010 cuando hice un viaje a Falcón para año nuevo: “Hacer turismo en Venezuela es una ironía”.

De la gente de Mérida no voy a hablar porque, como nací allá, no quiero que digan que no soy objetivo, solo puedo recalcar que, por algo, la llaman la ciudad de los caballeros.

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