Canal RSS

Archivo de la categoría: Sobornos

Maslow en Venezuela

Publicado en

¿Ficción?


Hace muchos, muchísimos años, llegó al puerto de La Guaira un flacuchento, pálido y narizón judío ruso de apellido Maslow. El hombre que no contaba con un kopek en su bolsillo, subió escondido, junto a su hermano, a la embarcación que zarparía a las 5 de la madrugada con rumbo al puerto de Nueva York en Estados Unidos para luego continuar su viaje hasta Venezuela. Un extraño punto al norte de la América del Sur que vio un día en un mapamundi y al que se propuso llegar en cualquier momento.

El viaje fue largo, eterno. Para sobrevivir, los Maslow comían los desperdicios que tiraban a los contenedores de basura, donde habían ubicado su guarida y se disputaban sus bocados con las cientos de ratas que habían decidido también emprender la aventura transoceánica.

Así llegaron una mañana nublada de invierno a Nueva York. Uno de los hermanos, harto del bamboleo del mar y del mal comer y dormir, decidió bajarse allí y probar suerte en los Estados Unidos. El otro, más terco y obsesionado con el extraño punto descubierto en el mapa, siguió camino rumbo a la Guaira, a donde llegó un mediodía de sol radiante y cielo azul intenso, tan intenso que, a primera vista, el ruso no podía distinguir dónde empezaba el mar y dónde el cielo.

El judío bajo del barco y, al no más pisar tierra, se empezó a engendrar su leyenda. Dice el mito que, una vez que Maslow había aspirado tres bocanadas del cálido aire del Caribe, comenzó a sentir cómo su sangre empezaba a calentarse hasta hervir en sus venas. Sus ojos desorbitados comenzaron a atisbar a todos lados. Su olfato empezó a percibir el olor de las hembras a metros de distancia.

Maslow pensó que su frenesí sexual era producto de la larga, larguísima, abstinencia en el barco y que, una vez que consiguiera una hembra con la cual poner al día sus hormonas, volvería a la normalidad. Pero, según cuenta la historia que a estas alturas no se sabe si es más bien una leyenda urbana, el ruso nunca más dejó de sentir la urgencia sexual.

Su ímpetu lo llevó a acostarse con cuanto palo con faldas se cruzaba a su paso. Nunca más supo lo que era la selectividad ni la discriminación. Le daba igual que fuera negra, india, zamba, blanca, alta, bajita, gordita o esquelética. Cualquier hembra que estuviera dispuesta a recibir su semen era bien servida y el ruso se dedicó a recorrer Venezuela, dispersando su semilla en cuanto vientre estuviera disponible. Así lo hizo casi hasta el día de su muerte, por lo cual, según la misma leyenda urbana, sus genes, en mayor o menor medida, se encuentran en la gran mayoría de los venezolanos de la actualidad.

Todo este preámbulo histórico sirve de entrada para entender los acontecimientos actuales que pasaré a relatar y pueden explicarse plenamente gracias a la presencia de esos genes en la composición del venezolano. Genes que llegaron también a USA, en donde un psicólogo  descendiente de ese hermano que se quedó en New York, llegó a desarrollar una teoría llamada Pirámide de Maslow y que parece que estamos viviendo prácticamente al caletre los venezolanos.

Es así como, Alfredo Montiel Maslow está en su casa de Maracaibo un día, escuchando por la radio las declaraciones de Aponte Aponte y  siente que el asco y la ira se van apoderando violentamente de él. Grita. Se levanta, ya en un estado casi frenético, decidido a coger el aparato de radio y aventárselo con todas sus fuerzas por la cabeza a ese vecino chavista que está igual o más jodido que él, pero que sigue votando por el comandante. Entonces, suena el teléfono y un pariente le dice que en ENNE de Bella Vista llegó leche La Campesina.

Alfredo se olvida de Aponte Aponte, de la asquerosidad de sistema judicial del país y de su vecino chavista, corre al supermercado a comprar el kilo de leche que le permitirán comprar y con el que solucionará el tetero de una semana de sus chamos.

Otro día, en Cabimas, está Anaxilandro Carrasquero Maslow, enfurecido en el balcón de su apartamento, pasando en shorts las horas del corte eléctrico, tratando de soportar el inclemente calor y leyendo lo que dijo Luis Velázquez Alvaray. La rabia comienza a apoderarse del cabimero. Entre el calor y las inmundicias narradas por el ex magistrado está que lo pinchan y no bota sangre. Harto, tira el periódico a un lado decidido a salir y lanzar piedras contra el primer edificio gubernamental que consiga a su paso, cuando suena el timbre del celular con una notificación de Twitter:

@Fulanito: llegó Mazeite a Centro 99.

¡Vaya pa’la mierda!  Pa´l carajo Velásquez Alvaray y las inmundicias de los magistrados. Anaxilandro corre a buscar las cholas y a ponerse la primera franela que consigue. Empieza a bajar las escaleras porque luz no hay para usar el ascensor y va calculando si será más rápido ir caminando o sacar el carro del estacionamiento para llegar a tiempo, antes de que alguien con más suerte se lleve ese único litro de aceite de maíz que le permitirán comprar y del que no sabe cuándo volverá a llegar.

En Maturín, va Salomón Marín Maslow en su carro con los vidrios abajo, con un calor de 36 grados y una sensación térmica de 43 porque, hace meses, se dañó una pieza del aire acondicionado y no se consigue en todo el país. El oriental enciende la radio y se encuentra con una cadena del presidente comandante. El calor y las mentiras escuchadas sobre las maravillas del socialismo del Siglo XXI le embotan la mente. Siente hervir la sangre en su cuerpo y, al mirar a su derecha, ve un montoncito de piedras frente al edificio de cristal de esa contratista que, hasta hace cinco años, no era más que una empresa de maletín de unos pata en el suelo y que, a punta de coimas, sobornos y pagos de comisiones en PDVSA, llegaron a acumular tanto dinero que se compraron ese edificio y dos casas más, sin contar los carros y camionetas importados y de último modelo.

La perorata de la cadena lo tiene al borde. Se orilla, pone la palanca en Park, y cuando está a punto de abrir la puerta, dispuesto a coger las piedras y reventar los cristales de los nuevos ricos revolucionarios, mira por el retrovisor y ve que se aproximan dos hombres en sendas motos, cada uno con lo que parece ser una Glock .50 en sus manos.

¡Joder! Cierra la puerta, baja la palanca a D y arranca a toda velocidad hasta lograr escapar de un atraco seguro en pleno tránsito vehicular, como los muchos de los que ha escuchado Marín últimamente.

Maigualida Cárdenas de Maslow tiene cerca de dos horas en una cola en San Cristóbal para poner gasolina. Mientras espera se ha leído completo el libro de Mari Montes, “Lucía, la pelota que quería llegar al Salón de la Fama”, que la distrae y alegra por un rato. Pero, al poco tiempo, la ira comienza a rugir en su estómago. Relee algunas páginas de nuevo para calmar su rabia e impaciencia. No se explica qué han hecho los tachirenses para merecer semejante calvario con el combustible. Voltea y ve la larguísima cola de autos tras ella y, sobre el asiento trasero, un diario de La Nación que habla en su primera página de una tarjeta con chip o algo así que tendrán que portar en el estado para poder cargar gasolina.

No puede leer bien porque la furia le nubla la vista. Agarra el diario y con parsimonia de psicópata, empieza a hacer una bola de papel, firmemente decidida a prenderle fuego y lanzarla a la estación de gasolina, una vez que haya llenado su tanque.

Mira al frente fúrica y comprueba que le faltan solo 3 carros para llegar al dispensador. En el momento en que está concentrada acariciando la bola incendiaria de papel, anticipando su venganza, suena el vallenato en su Blackberry que le anuncia que ha recibido un mensaje de texto. Mira y en la pantalla pone: Carlotica, Farmacia.

Abre la bandeja de mensajes y lee:

-Mareeekaaaa me acaba de llegar el Euthirox. Corre que te guardé 4 cajas pero si me las descubren me jodo y las venden. Apuraaaateeee!! Besitos.

Cuando termina de leer ya están despachándole la gasolina. Está feliz porque le quedaba solo una semana de tratamiento y no conseguía esa medicina que tiene que tomar de por vida para la tiroides y que, desde que Chávez decidió regularle el precio, no se consigue. El bombero le dice que son 3,50 bolívares. Saca un billete de cinco y sin esperar el vuelto hunde el acelerador para llegar rápido a la farmacia. La bola de papel, que sería una bomba de fuego, queda olvidada en el piso del puesto del copiloto.

En Caracas, Rafael González Maslow, al escuchar a la señora que le hace la limpieza una vez a la semana en su casa, con el llanto que casi la ahoga, contar cómo un supuesto médico cubano de la Misión Barrio Adentro le mató a su pequeño hijo al diagnosticarlo y tratarlo de manera errónea, siente que la ira se apodera de su alma. Está ciego de la furia que siente. Agarra unas botellas vacías y, a falta de gasolina, las llena, unas con perfume y alcohol, y otras con el poco kerosene que quedó del día que pintó su apartamento. Rasga una franela vieja y le embute tiras de trapo en los picos de las botellas para hacer una especie de mecha. Agarra un encendedor y el grupo de botellas preparadas, dispuesto a llegar a incendiar ese CDI que está a dos cuadras de su casa, clausurado porque los equipos hace más de año y medio se dañaron y no los han reparado y la dotación que se suponía debía llegar mensualmente, hace más de un año que no aparece.

Pero, cuando está a punto de abrir la puerta, suena el teléfono y la voz cantarina de la señorita de la agencia de automóviles te dice:

-Señor Rafael, ya nos llegó su carro. Pero no es el modelo económico que usted encargó hace año y medio. Ese no nos llegará no se sabe hasta cuándo.  Este tiene asientos de cuero, vidrios ahumados, alfombras y equipo de sonido con MP3. Cuesta 125 mil bolívares más. No sé si está interesado.

-Sí, sí, sí. ¡Claro que estoy interesado! Imagínate si tengo año y medio esperando y nada que conseguía carro.

-Bueno, entonces tiene que venir inmediatamente a firmar la compra porque tengo una lista de espera de 125 clientes y, a lo que vean que tengo una unidad, van a venir a arrancármelo de las manos de una vez.

Sin pensarlo dos veces, Rafael con una sonrisa en la cara, suelta las molotov y el encendedor dentro del fregadero. No puede creerlo. Se acabó la angustia de andar en taxis y carros por puesto, siempre asustado, esperando que vuelvan a ponerle un revólver en la sien para robarlo mientras lo “ruletean” por la ciudad y lo dejan tirado en el primer descampado que aparezca. Asustado, sin medio y sin celular para llamar a alguien. Ese miedo se acabó. Ya tiene su auto.

Una vez en la casa, uno con el pote de leche de los chamos, otro con el aceite de maíz de un mes, Maigualida con 4 meses de su escaso tratamiento para la tiroides, aquel con la satisfacción de haber salvado la vida y superado una vez más el día y Rafael con el olor a carro nuevo todavía pegado de la nariz,  lo menos que quieren saber es de Aponte Aponte, de Velásquez Alvaray, de los CDI abandonados y enmontados, de los falsos médicos cubanos, de las cadenas de televisión o de los nuevos ricos revolucionarios. Están pletóricos, felices, por haber alcanzado esos pequeños grandes logros.

Se dan un baño con agua tibia. Se preparan una rica cena. Encienden el televisor y ponen la “Ruleta de la Suerte” o “Aquí no hay quién viva” en Antena 3 para ver, por décima quinta, vez el mismo capítulo de la serie. Nada de noticieros nacionales,  ni malas nuevas que les amarguen el día y les quiten el sabor a triunfo, ahora más que nunca sienten bullir los genes de Maslow en sus organismos.

El “antes” es, hoy, más “ahora” que nunca

Publicado en

La noche que transmitieron la entrevista que Eladio Aponte Aponte le dio a Verioska Velasco, yo jugaba con algunas fotos en la computadora. Las ampliaba, les daba más brillo y contraste, revisaba el Facebook y el Twitter, mientras escuchaba lo que el exmagistrado decía sin mirar mucho a la pantalla para evitar las náuseas.

Lo escuchaba y me sorprendía pensando: “Este desgraciado no está diciendo nada nuevo. Todo lo que dice lo conocemos de antemano. Seguramente, los del gobierno saldrán a decir que es un corrupto, como en efecto él mismo está asumiendo que lo es y como todos lo sospechábamos y, con la desfachatez y desvergüenza que caracteriza a estos revolucionarios de pacotilla, despacharán el tema”.

Me asombraba que lo que escuchaba no me causaba la más mínima sorpresa. Todo sonaba a más de lo mismo y parecería que mi capacidad de sentir asco rebasó su límite hace tiempo. Todo me lucía tan propio y “normal” de este “proceso” que lo escuchaba como quien escucha llover.

Entonces, hoy, me consigo con un artículo de César Miguel Rondón sobre las declaraciones del ex magistrado, titulado “El traidor Aponte” en el que termina diciendo:

“Esta es quizás la peor cloaca, la más asquerosa cloaca que se les haya evidenciado a los venezolanos.  Porque en el fondo, alguien decía ayer,  pero si esto no es nuevo, eso lo sabíamos. Sí, a lo mejor lo sabíamos o tan sólo, lo sospechábamos. Lo que no sabíamos era que uno de los delincuentes lo iba a destapar de esta forma o, como se dice vulgarmente,  “iba a prender el ventilador”.

 

Es cuando caigo en cuenta que, en realidad, no solo sabíamos lo que ha venido sucediendo en estos 14 años de “revolución” porque ha sido un secreto a voces que ha corrido como agua de cloacas desbordadas. Por un lado, alguna gente decente se ha encargado de decirlo pero, sobre todo, se sabía porque los mismos protagonistas se han dado a la meticulosa tarea de exhibir sus inmundicias sin ningún pudor y enorgullecidos de lo que hacen, con la actitud de matón de barrio que enseña sus tropelías para pavonearse de su poder y para amedrentar a quienes puedan pensar en atreveverse a enfrentarlos.

También esperábamos que en cualquier momento alguno de los involucrados saliera a “sapear” y a “echar dedo” para salvar su pellejo. Lo esperábamos porque es lo más lógico que suceda cuando se trata de chanchullos, tropelías, abusos de poder y corrupción entre malandraje de baja calaña como el que pulula en todas las instancias de poder de este carcomido, corrompido, prodrido y corroído régimen que parece eternizarse en Venezuela.

CHÁVEZ, ADAN, ALABÓ Y CONDECORÓ A APONTE POR “SU EMPEÑO EN IMPARTIR JUSTICIA”, etc

Entre matones de bajo perraje las palabras honor, pudor y vergüenza brillan por su ausencia. Entre este tipo de ratas de albañal lo que impera es el instinto más básico de supervivencia, ese mismo instinto que llevó a Aponte a cantar en los Estados Unidos toda la cochinada de la que fue cómplice y protagonista. Allí, en el criticado y señalado imperio “mesmo” donde seguramente pretenderá disfrutar de los dineros supuestamente obtenidos
a fuerza de sobornos, chantajes y pagos por hacerle el trabajo sucio al régimen y darle visos de legalidad.

A estos bandidos de bajo perraje ni siquiera se les puede catalogar como mafiosos porque en las mafias hay reglas y códigos de honor que se respetan hasta las últimas consecuencias. Es puro pillaje y piratería, traición y cobardía, supervivencia de ratas en un barco que se hunde y que por salvarse son capaces de hincarle el diente hasta a sus propias madres.

Los mafiosos de honor, como los de las mafias japonesas o italianas, una vez terminado de dar las declaraciones, hubieran tomado la daga y se habrían hecho sepukku para buscar limpiar su honor, como quiso el ex magistrado que creyéramos . Pero el suicidio por honor es mucho pedir a esta baja calaña que nos ha desgobernado por tantos años.

Creo que, al final, para lo único que sirve el asqueroso episodio Aponte Aponte es para derrumbarle la coartada a los amigos que continúan apoyando esta “revolución” bajo la excusa de que no quieren que vuelvan los excesos y abusos de la llamada cuarta república.

Después de escuchar de la propia boca del magistrado caído en desgracia lo que todos sabíamos pero que ellos se han negado insistentemente a ver, ya no les quedan excusas. Lo que tanto aborrecían de la democracia de hace 14 años, se continúa perpetrando y de manera más indigna, frecuente y soez que antes. Ya no pueden decir que no quieren volver a lo de antes porque Aponte Aponte nos demostró que ese “antes” es, hoy, más “ahora” que nunca. La pose de dignidad no les sentará nunca más mientras sigan alcahueteando con su silencio, complicidad y votos a este atroz régimen.

Matraca en tres actos

Publicado en

ACTO I
El comodín de la llamada

Alrededores del Sambil Maracaibo. Cerca de las nueve de la noche. Pedro y María salen del centro comercial luego de hacer unas compras de última hora. Al llegar a un semáforo, Pedro grita:

-¡COÑO DE LA MADRE!

María despega la vista de su teléfono móvil y pregunta entre asustada y molesta al ver interrumpida su lectura del twitter:

-¿Qué pasa?

Al levantar la vista, María observa a dos policías manoteando y haciendo señas para que se detengan.

Pedro acababa de dar una vuelta en “U” en el cruce, contraviniendo las leyes de tránsito y haciendo que los policías regionales los obligaran a detenerse en el hombrillo de la avenida.

-¿Ya saben por qué los detuvimos? -Pregunta el oficial.

-Si, por supuesto, por la vuelta en U que dimos. -Dicen los dos casi a coro.

-¿Y por qué lo hizo? -Pregunta de nuevo el policía con una media sonrisa en los labios.

Pedro y María balbucen cualquier excusa y, entonces, el policía, ya con la sonrisa completamente desplegada, les dice:

-Bueno, la multa son 650 bolívares fuertes. -Y, cual Eladio Lares en ¿Quién Quiere ser millonario? Les ofrece el comodín de la llamada:

-Claro, 650 bolos a menos que ustedes conozcan a alguien en la Policía Regional al que puedan llamar para ver qué se hace…

Pedro y María intercambian miradas y dicen que no conocen a nadie en la PR pero que van a llamar a una amiga que sí conoce a alguien que los puede ayudar.

Mientras María hace la llamada, uno de los oficiales le dice a Pedro que le dé la licencia de conducir y la carta médica y que se baje del vehículo.

Al tiempo que María hablaba con su amiga, el oficial le está diciendo a Pedro, parados junto al auto y en tono insinuante:

-La multa son 650 mil ¿Qué podemos hacer?

-Dígame Usted qué podemos hacer. Dice Pedro.

En ese momento María termina la llamada, se baja del carro y el oficial, al verla que se acerca, vuelve a decir:

-El monto de la multa son 650 bolívares, ¿qué hacemos…?

-Bueno, dice María ya cabreándose, póngala porque ese es su deber. Y voltea para dirigirse a Pedro y le dice:

-La amiga está llamando a alguien que conoce en la Gobernación y a alguien del diario La Verdad a quien también conoce.

El policía mira a ambos, se dirige a su compañero que está deteniendo a otros infractores y, luego de hablar en clave, vuelve a Pedro y María con la sonrisa ya convertida en mueca y les dice:

-Bueno, está bien, sigan, pero no lo vuelvan a hacer, tienen que ser más conscientes para la próxima…

ACTO II
HAY QUE HACERLO TODO POR LO LEGAL

A la sede de la policía llega Güilian Guillermo, agitado y sudoroso para poner la denuncia del robo de su carro marca Mazda y avisar que el vehículo ya fue localizado, gracias al sistema satelital que le había instalado unos meses antes.
Güilian Guillermo espera que su auto se lo devuelvan antes de pasarlo a Fiscalía, pues sabe por múltiples cuentos de amigos que, lo que no se llevan los ladrones, desaparece en los estacionamientos oficiales, sin que nadie responda.

-Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle? -Le dice una inspectora con una sonrisa que no aguanta un gramo más de bótox y unos pechos recién puestos que luchan por reventar los botones de su camisa.
Güilian se seca el sudor de la frente con un toallín de papel y tratando de ser agradable, responde:

-Vengo a denunciar el robo de mi carro y a ver la posibilidad de que me lo entreguen hoy mismo ya que la policía lo recuperó, gracias al sistema satelital.

-¡Ay, qué tragedia con la inseguridad en este país! -Exclama la voluptuosa inspectora- Pero, lamentablemente, si ya está denunciado el robo, no podemos hacer nada. El vehículo, por ley, debe ser trasladado a los estacionamientos.

Güilian respira profundo y trata de mirar, sin conseguirlo, hacia otro punto que no sean los turgentes pechos de la oficial.

-Pero es que yo necesito el carro para trabajar. -Dice en tono suplicante.

-Entiendo, pero es que no es fácil saltarse los pasos del proceso legal en estos casos. -Dice la inspectora y como quien piensa en voz alta, agrega:

-A menos que…

-¿A menos que qué? -Pregunta Güilian, angustiado.

-A menos que usted tenga disponibles 5 mil bolivaritos fuertes para que los oficiales se hagan la vista gorda con su caso.

-¡¡5 millones!! -Exclama Güilian, quien no se acostumbra a los nuevos bolívares fuertes- No tengo tanto…

-Y cash, nada de cheques. -Acota la oficial abriendo las manos y en un tonito que pretende expresar impotencia.

-¡A lo más que podría llegar sería a 2 mil, dejando las cuentas peladas! –Murmura Güilian.

-Uhmmm, ¿2 mil? Es poco, pero déjame ver qué puedo hacer por ti porque de verdad que me apena tu caso.
La oficial sale de la oficina por un momento y al rato regresa.

-Estás de suerte, muchacho, logré que te aceptaran los 2 mil. ¿Ya los mandaste a buscar?

Güilian hace unas llamadas a algunos familiares para que le traigan el dinero, aparta la vista de las tetas de la inspectora y le dice:

-Ya vienen.

Mientras esperan la llegada de los 2 mil bolívares, la inspectora mira a Güilian y le dice extrañada:

-Lo que no entiendo es ¿por qué no te arreglaste de una vez con los oficiales que rescataron tu vehículo? Si te hubieras puesto de acuerdo con ellos allá, te habrías evitado todas estas molestias.

Güilian siente que los ojos se le escapan de sus órbitas, mira a la oficial y en un tono tan inocente que lo hizo sentir estúpido, le dice:

-No sé… No sabía que se hacía así…Yo pensé que lo mejor era hacer todo por lo legal.

-Tienes razón –dice la inspectora-. Siempre es mejor hacer las cosas por lo legal…

La hermana de Güilian llega a la inspectoría con los 2 mil bolívares en efectivo, se los entrega a Güilian y este va con los billetes en la mano hacia donde se encuentra la oficial para entregárselos.

-¿Pero no tendrás un sobre amarillo para meter el dinero? -Pregunta un poco molesta la inspectora.

-No, ¿de dónde voy a sacar un sobre en estos momentos? -Dice Güilian a punto de llanto.

-Bueno, está bien –dice la mujer y se dirige al escritorio donde tiene su cartera, la abre y voltea a mirar por la ventana, en un gesto de quien no quiere ver lo que está sucediendo- ¡Ponlo ahí!

Güilian Guillermo obedece, pone el dinero en el bolso de la mujer, se despide agradeciéndole la atención y ella le advierte que el vehículo no lo debe sacar de su casa en una semana, hasta que desaparezca de la pantalla del 171.

Güilian le vuelve a dar la gracias, siente que el cansancio le cae de golpe y con la sensación de haber sido asaltado dos veces en un mismo día, se va a su casa a tratar de dormir y pasar la resaca moral que siente y olvidarse de las ganas inmensas que tiene de irse del país.

ACTO III
PEPE EL GALLEGO Y SU COMPADRE EL GENERAL

De vuelta a las adyacencias del centro comercial Sambil. 11 de la mañana. José Fernández, “Pepe” como todos conocen al gallego, es detenido por haber dado la consabida vuelta en “U” no permitida en el semáforo.

-¿Sabe que la vuelta que acaba de dar en el semáforo no está permitida, y que la multa son 650 bolívares fuertes? -Le dice a Pepe un oficial, en esta oportunidad de la Policía de Maracaibo.

-¡Hombre! No, no lo sabía. -Responde Pepe con su acento español que, luego de 20 años en el país, mantiene como si hubiera llegado ayer.

-Sí, señor, tendré que ponerle la multa a menos que usted conozca a alguien en la policía de Maracaibo que pueda llamar para que lo exonere.

Pepe, suelta una sonora carcajada de fumador, mira al oficial y le dice:

-¡Hombre! En la policía de Maracaibo no conozco a nadie, a quien sí podría llamar es a mi compadre. –Pepe saca su teléfono del bolsillo y le muestra al policía la foto que tiene en la pantalla de inicio en la que aparece él, junto a un General de la Fuerza Armada muy conocido en la región, a quien en realidad no conoce de nada pero la foto se la tomó en un mitin político y nunca la borró.

-¡Eeehhh! Bueno, señor, tomando en cuenta que usted no es de aquí y que no sabía que no podía hacer ese giro en “U” en el semáforo, lo voy a dejar ir y no le voy a dar la boleta, pero ya sabe que eso no se debe hacer.

Pepe, sonríe, le guiña el ojo al policía y le dice:

-¡Gracias, chaval! Lo tendré en cuenta para la próxima vez.

Pero, Pepe es gallego y terco. Dos días después, en el mismo semáforo del Sambil, sin percatarse de que la alcabala móvil continúa desplegada en el lugar, vuelve a dar la vuelta en “U”.

Inmediatamente, los oficiales le hacen señas para que se orille, con la suerte para Pepe, de que no eran los mismos de la vez anterior.

Los policías comienzan con su discurso de los 650 bolívares de multa y de si Pepe sabía por qué lo estaban deteniendo, y de si tenían a quién llamar. Entonces, Pepe, que iba acompañado de un paisano español llegado recientemente al país para pasar unas vacaciones, los interrumpe y les dice:

-¡Vamos, hombre¡ Si me vas a poner la multa hazlo pronto y dame la boleta, que vamos apuradísimos a una reunión con el General que nos está esperando desde hace 10 minutos.

El gallego saca su celular del bolsillo y les muestra a los oficiales la foto con su supuesto compadre y agrega:

-Por eso fue que di ese giro prohibido allí, porque el compadre me acababa de llamar para que me apurara porque ya está impacientándose con la espera en la comandancia. Así que, ¡hala, dame pronto esa boleta!

Los oficiales hablan en códigos y, luego, uno de ellos le dice a Pepe, está bien, continúen, no hagan esperar más al comandante.

Pepe lo mira, sonríe, saca un billete de 50 bolívares y se lo da al policía.

-¡No, señor, no tiene que hacer eso! Dice el oficial estirando la mano hacia el billete.

-¡Vamos, hombre, Para que te tomes un refresco!

-Está bien –dice el policía encogiendo los hombros- pero conste que es porque usted me los quiere dar, no porque yo se los haya pedido…

Pepe suelta su sonora y expectorante risotada y arranca el vehículo. Le cuenta entre carcajadas a su paisano la historia de la foto con el general y, sacando cuentas, le explica por qué le dio los 50 bolívares:

-¡Hombre, si hace dos días me ahorré 650 y hoy 650 más! O sea, que en lugar de pagar 1300 por multas o quién sabe cuánto en sobornos, sólo le di 50 a ese pobre diablo. Seguro que si me vuelve a parar, me reconoce y me deja seguir sin problemas, ja ja ja ja. Esta foto no la borro ni de vaina jajaja. -Se carcajean los dos españoles mientras continuan su camino por la ciudad.

 

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 2.027 seguidores

%d bloggers like this: