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Vivir con el Jesús en la boca

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Cae la noche. Termina una jornada más de trabajo y  uno se dirige a su casa. Llega, abre el portón del estacionamiento lo más rápidamente posible mirando a todos lados, mete el carro y con la misma velocidad sale, cierra el portón y, a paso veloz, llega a la puerta del edificio. Abre la reja, entra y cierra con llave. Con el corazón aún acelerado por la prisa, llega a su apartamento, destranca los tres candados de la protección, con tres vueltas de la llave abre la puerta. Vuelve a poner candados, cierra y pasa el pestillo junto con las tres vueltas de la llave para trancar. Ya adentro y a salvo, respira profundo y agradece a Dios, a la Virgen y a los ángeles de la guarda por haber logrado superar el día y llegar a casa sano y sin una desagradable novedad qué contar.

Pero no siempre las cosas son así. Un día en que en el cielo reluciría una superluna como hacía veinte años no se veía, te das cuenta que ese fenómeno celeste sólo lo puedes disfrutar a la carrera, apurado si quieres hacer unas fotos del evento. Pocos clicks rápidos y sin mucho enfocar ni encuadrar pues, a pocos metros, se acerca un hombre caminando y nunca se sabe si uno será su próxima víctima.

Entonces llegas a tu casa. Como siempre, apurado te bajas y cuando ya estas con la reja del edificio abierta y a punto de entrar, dos tipos empuñando una pistola se te acercan y con suave voz te ordenan: “Epa, chamo, párate allí”.

Sin tiempo a pensar en el peligro, corres, tiras la reja y subes aceleradamente las escaleras. Gritas para que los vecinos y el “vigilante” de la cuadra -que no es más que un espantapájaros que ni siquiera tiene un rolo-, llamen a la policía. Temblando logras quitar todos los sistemas de seguridad del apartamento y temblando también, cual lagartija, entras, cierras y das las gracias a Dios, una vez más, por haber superado de nuevo el día y sus peligros.

Al día siguiente te enteras que, a la misma hora, a pocos kilómetros de tu casa, un amigo está pasando por una tragedia similar pero con menos suerte.

El llega a visitar a unos amigos. Como ya ha pasado en varias oportunidades por la terrible experiencia de ser asaltado a mano armada, toma todas las precauciones. Mira a un lado y a otro antes de apagar su carro. Nada por ningún lado. La calle solitaria. Sólo se ve un taxi que se aproxima a la esquina. Confiado, el amigo se baja y cuando está a punto de tocar el timbre, justamente de ese taxi, descienden dos hombres, revólver en mano, lo apuntan en la sien y lo despojan de cartera, celular, camioneta y equipos médicos que en ella llevaba. De despedida, los malandros le dicen:

-Espera nuestra llamada.

Las palabras claves que indican que en las siguientes horas lo contactarán para solicitarle rescate por el vehículo. Lo que sigue es lo común en estos casos. Lo llaman, le piden 15 mil bolívares, él dice que no tiene tanto que sólo tiene ocho, los malandros bajan su pedido a 11 mil y así cierran la negociación y el auto regresa a las manos de su dueño, por supuesto, sin nada de los equipos que en él había.

Y así te toca salir a la calle hacer diligencias. Entonces, si mientras caminas a alguien se le ocurre ir detrás de de ti a menos de tres metros, el corazón se acelera, los pelos de los brazos y la nuca se erizan, un sudor frío comienza a brotarte por todos los poros del cuerpo, aceleras el pasó para alcanzar tu destino lo antes posible, tratando de ver por el rabillo del ojo a la persona que viene atrás para descubrir si, efectivamente, será el próximo que te asalte.

Una vez en el trabajo, la cosa no es muy diferente, sobre todo si eres propietario de un negocio que tiene que ver con público. Con temor pulsas el botón del interruptor que abre la puerta de la tienda y a medida que la gente avanza, buscas descubrir en su mirada alguna mala intención, escudriñas con la vista para ver si debajo de la camisa se observa alguna protuberancia que pueda ser un arma. El recorrido de la puerta hasta donde te encuentras -que abarca apenas unos ocho pasos-, se hace eterno y esperas que en cualquier momento te griten: “ESTO ES UN ATRACO”. Hasta que los clientes hablan, piden lo que necesitan y respira tranquilo.

Es que, justamente, el día anterior, un vendedor te ha contado que una pareja, hombre y mujer, ha atracado, en un mismo día dos establecimientos que se dedican al mismo ramo que el tuyo. Entran como unos clientes más y al rato ejecutan el atraco. Escuchas el cuento y, para tus adentros, agradeces una vez más a Dios por hacerte invisible a los malhechores, pero no puedes evitar pensar que, en cualquier momento, puedes pasar a engrosar las estadísticas de la víctimas.

Como le sucedió, es esa misma semana, a una amiga a quien le secuestraron el esposo. Lo  esperaron a la salida del trabajo, lo montaron a plena luz del día en una camioneta, se lo llevaron y ahora sólo queda esperar que negocien y lo entreguen con bien.

Entonces, recuerdas a aquella cliente que te contó, una semana atrás, que no quiere permanecer por mucho tiempo en el país, que no  soporta la inseguridad, que no puede quitarse de la mente cuando la intentaron atracar a ella en plena vía y quitarle su carro, o lo que sufrió con el secuestro de su hijo.

-A dos parientes de mi esposo los han secuestrado –dice-. Cuando fueron a pagar el rescate de uno de ellos, ¡las bolsas negras en las que llevaban los billetes pesaban cuarenta kilos! Así no se puede vivir.

Piensas: “Menos mal que yo pertenezco a la clase media-media en caída acelerada hacia la media-baja, lo cual me hace poco apetecible para el secuestro”.

Entonces, viene a la mente la moraleja del que cosecha patillas que leíste en alguna oportunidad:

“El negocio del secuestro es como el de sembrar patillas. Al principio, se cosechan las más grandes, luego las medianas y, al final, las que quedan”.

Un escalofrio te recorre el cuerpo pues, algunos de los casos de secuestrados de los que has conocido equivaldrían a las patillas medianas, indicio de que en cualquier momento el negocio puede llegar a ocuparse de personas como tu. ¡Si hasta casos de secuestros de perros ha habido y los propietarios han tenido que pagar para que sus mascotas regresen al hogar!

Así nos hemos ¿acostumbrado? A vivir con el Jesús en la boca. Paranóicos, asustados, temerosos.

A un amigo lo llaman para amenazarlo, le dicen que saben que está en ese momento en tal sitio y con tales personas y que pronto sabrá de ellos nuevamente. Cuelgan y al rato vuelven a llamar en el mismo tono. Al saber el cuento, corres a ver si la llamada la hicieron de algún teléfono cercano, pues el número quedó registrado en el celular de tu amigo. Llamas a una amiga que trabaja en la compañía telefónica para ver si te puede ubicar de quién es el número. Llamas a otra persona que tiene un contacto en la policía para que te ayude a ubicar a quienes amenazan a tu amigo. Te vas a tu casa con la cabeza embotada de tanto estrés, asustado.

Al final, luego de una hora de sobresalto, tu amigo recibe una última llamada en la que le dicen que todo fue una broma de un chistoso amigo quien pretendió hacer un chiste que a nadie le causó gracia y, mucho menos risa, porque todos hemos conocido casos de personas a las que llaman de esa forma para extorsionarlos y sabemos de la zozobra en la que esas personas viven.

Así trancurren tus días en un país donde ni siquiera una broma de mal gusto se puede hacer. Recuerdas a cada instante que hace unos meses a otro amigo lo despojaron a punta de revólver de su auto cuando llegaba a su trabajo. Que hace pocos años a unos amigos se les metieron a las nueve de la mañana a la casa, los amordazaron y cargaron con todo lo que podía tener algún valor y los dejaron amarrados hasta que lograron soltarse. Que en una oportunidad te “ruletearon” en un carro por puesto durante más de media hora con un revólver apuntando a la cabeza para despojarte de una cadena de oro y 300 bolívares.

Sabes que a los delincuentes ya no los detienen ni altos muros ni cercos eléctricos pues, hace pocos días, se metieron a robar en la casa de una amiga que tiene instalado ese sistema de seguridad. Duermes sobresaltado porque ni en tu casa, bajo siete llaves y con más rejas que una cárcel, te sientes seguro.

Por eso te molesta tanto cuando el gobierno dice que la inseguridad es sólo alarma mediática, que no es tan grave como lo muestran los medios.

¡Alarma mediática en un país dónde este tipo de delitos, de tan frecuentes y cotidianos que son, ya ni siquiera salen en los medios, no son noticia! La única forma de que un atraco se vea reflejado en los medios de comunicación es que en el momento en que se desarrolla el suceso se produzca un muerto o, por lo menos, un enfrentamiento con la policía. Ya la gente ni siquiera denuncia cuando sufre un atraco a mano armada, de allí que los registros de las estadísticas no reflejen lo que en realidad está sucediendo.

A los ciudadanos indefensos sólo nos queda encomendarnos a Dios, a la protección divina. Aprender a convivir con la paranoia que no parece ceder pues, cuando uno piensa que ya lo está superando, vuelve a ser víctima de un robo o se entera de que algún amigo o familiar lo ha sido.

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Acerca de Blog de Golcar

Comunicador Social, nacido en Mérida, Venezuela. Actualmente, vivo en Maracaibo y tengo una tienda de mascotas.

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  1. Que terrible Golcar. Que momento tan oscuro viven los venezolanos.Sería tan bueno tener a Jesús en la boca por otras razones… tan bueno que sería solo para dar gracias por tener salud, o felicidad…

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  2. Golcar esta es una triste y lamentable realidad. Hace 12 o 15 años uno leía los periódicos de Mérida y las páginas de sucesos estaban llenas de hurtos o robos sencillos porque era lo único que medio acontecía. Sin embargo, hoy vemos que son literalmente “paginas rojas” con muertos ejecutados con saña o violaciones imperdonables a menores. ¡Que no me vengan con el cuento de que es mediático el problema de la delincuencia!
    Irónicamente Golcar, ya no son noticia los atracos y secuestros express, pero en estos días el diario Frontera de aquí de Mérida tenía como noticia principal “Llegó harina a Mérida”. Mi asombro no era normal, no por el tema de que hubiese llegado la harina, sino por el hecho de que el titular de primera página y el 70% de la segunda página estaban dedicados al tema. Una cuestión que debería ser tan normal como bañarse todos los días, debido a la ineficacia de este Gobierno, se volvió un tema noticioso.
    Lo más terrible del caso es que pareciera que nos hemos ido acostumbrando como tú dices “a vivir con el Jesús en la boca”, en medio de la miseria humana y la escasez, así nos neguemos a reconocerlo en muchas ocasiones.

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  4. Zoleiva de Santos

    Sin comentarios, ese es el vivir de cada dia de los venezolanos, no hay estado donde se pueda estar seguro, que Dios nos bendiga y los angeles nos amparen.

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  5. Ligia Istúriz

    Una vez más tu buen escribir -pulcro, claro, bien estructurado, al sevicio de un tema que no por conocido pierde interés y resonancia. Al contrario, nuestra empatía con ese sentimieno de frustración e impotencia que genera la inseguridad personal. Dejamos en manos de Dios lo que tendría que estar en manos del Estado. En materia de Seguridad y Justicia, factor de mucho peso en la emigración de los ciudadanos, como en tantas otras, no hay políticas públicas, ni menos acciones masivas y coordinadas, por las distintas ramas del Poder Público Nacional, Seguimos con el corazón en vilo y el nombre de Jesús en la boca.

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  6. Bueno estas vivo de vaina porque hasta por la rabia que no te pudieron agarrar te hubiesen disparado desde la reja y dejarte mal herido. Conozco el caso de un amigo que lo llamaron y describieron todas las actividades del dia y despues le pidieron 1000 bsf en tarjetas telefonicas. Aviso a las autoridades y adivinen q le dijeron en la policia ah! Que los pagara y no dijera nada pues esas llamadas las hacian desde la carcel. Que tal! En que sociedad de complices estamos viviendo que uno no sabe si los delicuentes son los buenos de la pelicula o los policias son los delicuentes o todo lo contrario como diria aquel expresidente(qepd)

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  7. lala de Balestrini

    Si, de verdad lo que estamos viviendo en nuestro país es terrible y lo peor es que no tenemos a quien recurrir para que nos protejan porque como usted dice los vigilantes son unos espantapájaros que no sirven para nada porque no pueden actuar en un momento dado ya que la ley se lo prohíbe no pueden disparar, ni pegar, es que ni siquiera mentarle la madre a un malandro porque salen los derechos humanos y hasta presos los ponen por agresión a los ciudadanos, porque los malandros tienen derechos pero nosotros los simples mortales no tenemos quien nos defiendan; hoy precisamente estaba viendo en el periódico (El Universal) la declaración de unos muchachos que se van del país porque los ladrones así se lo exijen o se van o los matan ¿qué le parece? y como no se han ido a la muchacha le hicieron un secuestro express y le advirtieron ya no hay mas chance, “se van y es ya”. A una señora conocida mía le llegó una pareja a la puertsa de la casa y ella me cuenta que no sabe como el tipo manipuló el celular y abrió la reja eléctrica y se metieron que menos mal un hijo estaba en la casa y cuando ella gritó el hijo salió y empezó a insultar a la pareja y tuvo tiempo de bajar las escaleras (él se encontraba en la segunda planta) y fue cuando la pareja salió corriendo y se metió en un carro que los estaba esperando enfrente. Así que solo encomendarnos a Dios y la Virgen con mucha fé que nos proteja, y que la Preciosísima Sangre de Jesucristo nos cubra.

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