Canal RSS

Archivo mensual: abril 2011

Día de la Tierra en Viernes de Dolores

Publicado en

No sé si por casualidad o si el padre Ovidio lo hizo con toda la intención, pero me llamó mucho la atención que en la iglesia Claret de Maracaibo, el altar dedicado al Santísimo durante el Jueves y Viernes Santos lo levantaron en honor a la naturaleza como creación de Dios en contraposición con la acción depredadora del hombre. Justamente, este año en que coincidió el día de la muerte de Cristo con la celebración a escala mundial del Día de la tierra. El viernes de dolores de este año junto al dolor de Jesús por el suplicio de la crucifixión, sirvió para sensibilizar acerca del dolor y el suplicio a los que estamos sometiendo al planeta.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

En el centro de la iglesia Claret erigieron el altar en honor al Santísimo, dividido en dos secciones: Del lado izquierdo, animales vivos, plantas, flores y frutas con dos maniquíes que representaban a Adán y Eva, al ser humano, como la parte de la creación divina con un monitor de televisión en el que se transmitían videos alusivos al tema. Del lado derecho, la acción depredadora del hombre representada con elementos contaminantes para el planeta como cauchos, detergentes, productos químicos y toda una serie de artículos utilizados por la personas cotidianamente y con los que se les estaría haciendo un grave daño al planeta que nos da morada y cobijo y con los que aumentamos el riesgo del elevar el calentamiento global y la extinción de especies.

En este lado del altar, también se proyectaban en un monitor de televisión videos en los que se denunciaba el mal que le estamos haciendo a la Tierra con nuestra indolencia y desidia. Documentos con textos e imágenes fuertes que de manera cruda nos abren los ojos sobre los efectos irreversibles que estamos ocasionando al planeta.
En el medio de estas dos realidades, se ubicó el Cáliz del Santísimo y así permaneció abierto a la feligresía desde la mañana del Jueves Santo hasta el mediodía del Viernes.
Sin duda que ha sido una manera no sólo diferente y original de rendir homenaje al Santísimo; sino al mismo tiempo una forma de mostrar el compromiso que la iglesia tiene con la humanidad y su responsabilidad e interés en sensibilizar a sus fieles sobre el destino al que estamos llevando a nuestro mundo.

Es mucha el agua que ha corrido bajo los puentes (como reza el lugar común) desde aquellos primeros años de la década del 70, cuando se marcaron los inicios de la celebración del día de la tierra los 22 de abril de cada año, y es mucha la cantidad de agua que seguimos contaminando inmisericordemente, muchos los bosques talados y demasiados los incendios provocados anualmente en extensas áreas verdes del planeta. Todo esto junto a la utilización de aerosoles, químicos y detergentes a la vez que plásticos y productos contaminantes que, además, desechamos sin tener en cuenta las mínimas medidas de seguridad ecológica, se ha confabulado para llevar la Tierra al estado de deterioro en el que se encuentra, llegando a estas alturas a un punto crucial y en muchos casos irreversible.

La labor de sensibilizar y concienciar a la gente debe ser continua y en todas las áreas de la vida abarcando desde la escala familiar y escolar  hasta la de organizaciones no gubernamentales y de los poderes públicos. Por supuesto, la Iglesia no puede estar ausente de este trabajo y la conservación del medio ambiente debe ser uno de los pilares fundamentales de la evangelización, como quedó demostrado con la iniciativa del padre Ovidio en la Iglesia Claret donde los feligreses tuvieron oportunidad de postrarse de rodillas ante Dios y con esta postura de silencio y humildad pedir por la salud y la recuperación de nuestro planeta Tierra para ver si, como Jesús, lo podemos hacer resucitar.

Anuncios

“El regalo de Pandora” tiene música

Publicado en

El Regalo de Pandora, de Héctor Torres. Ficción Breve Libros, 2011

¡Música! ¡“El regalo de Pandora” tiene música!

Esto pensaba a medida que mis ojos iban recorriendo las líneas del libro de cuentos de Héctor Torres y mi imaginación volaba a confines insospechados con su prosa llana, de palabras simples, más no simplista ni superficial. A ratos el relato es descarnado, en otros, con expresiones que quieren decir exactamente lo que se quiere decir. Sin “esdrujulazos” rebuscados.

Comienzo a devorar el “Alimento de los mirmidones” y, cuando los personajes del cuento han entrado en contacto entre sí, escucho entre líneas,  en el fondo de la página,  ya con toda claridad, una balada pop de Yordano y es cuando me doy cuenta que, como hace el cantautor en sus canciones, Héctor nos habla en sus cuentos de historias urbanas, de situaciones que, aunque están ambientadas en Caracas, bien podrían pasarle a cualquiera, en cualquier urbe del mundo. Los cuentos de Torres tienen una cadencia y un ritmo que se me asemeja al de las creaciones de Di Marzo, como “Perla Negra”, “Manantial de corazón” o “A flor de piel”. Pero, también a ratos, la balada pop cede paso a la salsa y se aparece entre las páginas de El regalo de “Pandora” un “Pedro Navaja” y, al final, en el cuento que justamente lleva por título el nombre de una hermosa canción “Melodía desencadenada” surge desde el fondo de la página “El hombre del Piano”, ese hombre que, como Tego, se perdió por una mujer.

Leo y no puedo evitar evocar “Los cuentos de la locura corriente” de Bukowski, ese último escritor maldito estadounidense que, como lo hace ahora Héctor, nos deleitó en su tiempo con crónicas y cuentos de la ciudad de Los Angeles, porque allí como en Caracas, como en Madrid o Nueva York, como en Bogotá o Rio De Janeiro,  a diario se viven historias. Cotidianamente surgen entre sudores y olores en un vagón de metro o un autobús atestado de personas, encuentros eróticos que, muchas veces, duran lo que tarda un recorrido de quince minutos, del trabajo a la casa. Una mirada, un roce de cuerpos, vapores sexuales que suben y aceleran las palpitaciones, posiblemente un orgasmo y una sonrisa de despedida.

De esas historias nos contaba Bukowski y con destreza en el uso del lenguaje lo hace Héctor Torres.

En los diez cuentos que conforman “El regalo de Pandora”, el autor hace malabarismos con el lugar común y la frase hecha, coqueteando a ratos con la cursilería pero sin ceder a la tentación de caer en el símil o la metáfora fácil ni en la adjetivación innecesaria. Logra de esta manera crear textos originales y novedosos que sorprenden por su sencillez y calidad literaria.

Otro atractivo que posee el libro de Torres es el singular manejo que tiene del “suspense”. Aún cuando en ocasiones uno puede adivinar o intuir el desenlace, el autor logra mantener la tensión y la curiosidad hasta la última línea del texto. Tal vez por esta capacidad en el manejo del suspenso y por el tratamiento del tema de lo femenino es que por mi mente se cruzó en varias oportunidades el cuento “Circe” de Julio Cortázar, mientras disfrutaba de las historias de “El regalo de Pandora”.

Héctor nos cuenta historias de mujeres u originadas por mujeres. En ocasiones lo hace en primera persona, otras, desde la voz del narrador omnipresente y también a tres voces como lo hace en el cuento “No le contó

nada a Andrea” en el que la historia es narrada desde la perspectiva de cada uno de los tres personajes principales. Pero, sea quien sea el que tenga a su cargo relatar los hechos, lo que más me gusta es que el autor no se toma la licencia de juzgar lo narrado. El presenta la historia y ya queda de parte del lector establecer los juicios ético-morales. No hay ni un atisbo de prejuicio cuando Héctor nos habla del adulterio, del incesto, del robo o del asesinato. No hace concesiones ni cae en moralismos pacatos o en castigos divinos  cuando cuenta hechos que, a la mayoría de las personas educadas en el judeo-cristianismo y con la culpa enraizada en su personalidad, podrían horrorizar.

“El regalo de Pandora” bien vale el bolívar que cuesta cada página escrita por Héctor Torres. La edición que ha hecho Ficción Breve Libros es realmente cuidada, sin errores ortográficos ni de tipeos, cosa que se agradece al momento de disfrutar una buena lectura.

Venezuela a imagen y semejanza de Cuba

Publicado en

Veo la foto de la “celebración” oficialista en la edición web de El Nacional y, de inmediato, cruza mi mente este texto publicado por Yoani Sánchez en su blog Generación Y el 7 de abril, exactamente, seis días antes de que se llevara a cabo la marcha de los oficialistas hacía Miraflores para festejar el regreso del comandante supremo el 13 de abril de 2002, luego del golpe de estado del 11 de abril.

“El eco de los gritos llega hasta mi balcón, en un compás marcado inicialmente con las piernas y acompañado por las gargantas. Faltan menos de dos semanas para el gran desfile que se planea hacer en la Plaza de la Revolución y los vecinos de varios kilómetros a la redonda ya estamos agotados por tantos preparativos. Calles cerradas, policías impidiendo el tráfico y pelotones haciendo estremecer las avenidas y sus aceras, por donde deberían estar circulando ahora autos, gente, cochecitos de bebé.

Me subo a la azotea para ver la coreografía de la guerra en toda su extensión. Mal van las cosas si el congreso del PCC comienza con esta procesión de bayonetas. Si realmente se quisiera dar una imagen de reformas, no serían estos uniformes de verde olivo los que se exhibirían en la jornada del sábado 16 de abril. ¡Cuánto desearíamos que ocurriera ese día una peregrinación de resultados, no de miedos! ¡Que se mostrara la larga fila de lo que pudiésemos lograr, no la aplastante demostración de un poderío militar que ni siquiera tenemos! ¿Se imaginan? ¿La calle Paseo y sus inmediaciones dando cobija a los sueños que proyectamos, no a los fusiles AK de metal frío y gatillo amenazante?

Este podría ser el desfile de las cosas que añoramos, una romería de júbilo en la que no habría que obligar a nadie a participar. Ningún director reclutaría a los escolares para pasar bajo el sol saludando hacia la tribuna y los trabajadores sentirían que el ausentarse no provocará una mácula en su expediente laboral. Una verdadera parada popular no derrocharía en un día los recursos que a la Nación le lleva varios meses gastar. Más bien brotaría espontánea, sacaría a la gente sonriendo a la calle y no nos dejaría con esta sensación de congoja que estos gritos sincopados nos producen hoy”.

Al contrastar las líneas de la bloguera cubana con la imagen plagada de verde militar y rojo revolución, el corazón se me paraliza por un instante. La similitud de lo narrado con la imagen vista en internet hace que me pregunte ¿cómo hemos permitido los venezolanos que la situación del país llegara a este extremo?

¿Por qué se ha ido convirtiendo un país sin libertades, una isla llena de injusticias y represión en el espejo del nuestro?

Todavía hoy, luego de 12 años, me es imposible ver la fotografía de la marcha hacia Miraflores y sentirme identificado. Me parece que la imagen no tiene nada que ver con la Venezuela que llevo en el alma y en la piel. No puedo creer que Venezuela sea un país de milicianos donde también, desde hace años, obligan a los empleados públicos, bajo serias amenazas de perder su trabajo, a asistir a ese tipo de concentraciones, a las que también llevan reclutados a los escolares.

Es difícil aceptar que todo eso por lo que en Cuba están luchando por superar, en nuestro país, lo estén imponiendo a fuerza de sobornos y amenazas.

“Sangre en el diván” o cómo hacer extraordinario el caso del Dr. Chirinos

Publicado en

Sangre en el Diván (Grijalbo, 2010)

 

Acabo de terminar de leer “Sangre en el diván. El extraordinario caso del Dr. Chirinos”, (Grijalbo, 2010) el más reciente libro de la periodista Ibéyise Pacheco. Sin duda, es un esfuerzo encomiable y valiente, un trabajo arduo de la autora para recopilar la información del caso del asesinato de la joven Roxana Vargas a manos de su siquiatra, el reconocido ex rector de la Universidad  Central de Venezuela, Edmundo Chirinos.

Pese al valor que innegablemente tiene el libro como documento y registro del sonado caso, al leerlo, no he podido dejar de tener algunas reservas en cuanto a la calidad literaria y al manejo de la información allí presentada como reportaje policial.

No me voy a afincar en algunas lamentables expresiones que subestiman a la población del interior del país como cuando se afirma, refiriéndose a la madre de la víctima:

A pesar de ser de la provincia, había educado a sus hijas para que le confiaran hasta sus pensamientos íntimos…” (El resaltado es mío)

De verdad que no entendí a qué se refiere la autora con esta afirmación. ¿Acaso las personas de provincia no educan a sus hijas  para que confíen en ellas? ¿Si las educan de esa forma las de la capital? Es algo sin importancia pero que a mí, como persona del interior, me choca por encontrarla arrogante y discriminatoria.

Tampoco haré hincapié en algunos errores de tipeo y de sintaxis que, aunque no deberían existir en una publicación seria, siempre son posibles y, en muchos casos se le atribuyen a los duendes de la imprenta. Tampoco profundizaré en  la abundancia de lugares comunes a la hora de narrar y describir hechos y situaciones.

 No obstante, me parece que debo recalcar un error de redacción que, aunque podría pasar como un asunto de estilo, no lo es y es una de las primeras lecciones que a uno le dan al estudiar Comunicación Social en la cátedra de redacción. Dice en el libro:

“La historia conmovió de inmediato al país. Era un miércoles l9 de septiembre de l984. Los estudiantes venían a la Plaza del Rectorado como protesta por el mal estado y servicio del comedor, y el rector, al enterarse, llamó al Ministro del Interior, Octavio Lepage, para solicitarle que impidiera el paso a los estudiantes, a como diera lugar.” (El resaltado es mío).

Para hacerlo corto, el  mes septiembre de 1984 sólo tuvo “un miércoles 19”, por lo tanto, es un error formular la oración de la manera mostrada. Debería decir “El miércoles l9 de septiembre de l984” o “Un miércoles de septiembre de 1984”.

Pero como digo, son cosas sin mayor importancia en las que no vale la pena ahondar más. Lo que sí considero importante es la manera de manejar y presentar la información.

Primero que nada, considero que al libro le haría falta una buena dosis de tijera. Eliminar bastante información que se repite en varias partes de la obra sin ninguna necesidad y que llega a resultar hasta aburrida. La reiteración de la información podría resultar necesaria en el caso de un reportaje publicado por entregas en el que podría ser útil recordar cierta información, no así en la realización de un libro.

El principal problema que le encuentro a “Sangre en el Diván” es que no es un reportaje en el sentido estricto de la palabra ni tampoco una novela o una historia novelada.

La autora parece mostrar cierto empeño desde el principio en presentar a Edmundo Chirinos como una especie de monstruo, llegando incluso a dejar entre líneas la posibilidad de que el siquiatra sea un asesino en serie, comparable, como lo expone en varios relatos del texto, a Hannibal Lecter, personaje cinematográfico recordado por la mayoría por el film “El silencio de los inocentes”, protagonizado magistralmente por Anthony Hopkins en el papel del sicópata homicida.

Si bien es cierto que lo hecho por Chirinos es un acto aberrante y monstruoso, reprobable tanto desde el punto de vista de la ética profesional como de la moral, que se paga con cárcel como en efecto lo está haciendo el siquiatra, hasta donde se sabe y hasta donde ha conocido la justicia, no se puede decir o insinuar que Chirinos es un homicida en serie como se deja entrever en el libro de Pacheco. Hasta que surja una nueva denuncia y juicio al respecto, Chirinos, según la justicia, es sólo responsable de la muerte de Roxana Vargas y de tener en su poder 1200 fotografías de mujeres desnudas o semidesnudas, algunas dopadas según se desprende del libro.

Repito, hasta donde se conoce, esos son los hechos. Lo demás son especulaciones de la autora y de las personas entrevistadas para la realización de libro. Como es especulación el decir o insinuar que un vigilante pudo no sólo haber ayudado a Chirinos con la desaparición del cadáver de Roxana, sino que tal vez participaba de los actos lascivos junto con el siquiatra.

En esa parte también haría falta un buen recorte, como la haría en los testimonios de los expertos que, en algunas ocasiones más parecen chismes de tertulianas de la prensa del  corazón que declaraciones serias para un reportaje. No voy a decir que bien podría la autora habernos ahorrado las descripciones detalladas y hasta cierto punto escabrosas y amarillistas de los procesos de exhumación y autopsia de la víctima. Digamos que eso forma parte de un estilo periodístico que, aunque no es de mi agrado, se ha extendido en todo el mundo y que vende porque tiene su público. Pero sí es necesario que quede bien separado lo que es simple especulación de los entrevistados de lo que puede tener un basamento científico.

Todo lo que puede formar parte de las especulaciones de los entrevistados, por muy expertos que sean, ha debido ser suprimido en el texto, dejar asentado sólo lo que tiene un valor científico, que aporte datos importantes para la elaboración del reportaje. Está de más que en varias oportunidades se insinúe una posible homosexualidad o bisexualidad de Chirinos basados en su amaneramiento, muy acorde con la personalidad del seductor, por cierto, que se muestra refinado y galante para conquistar.  De la bisexualidad del siquiatra no parece haber más pruebas que rumores y chismes, en un país bastante homófobo donde, por lo demás, es un deporte decirle a alguien homosexual cuando se quiere descalificar.

Otra posibilidad habría sido que la autora se dedicara a hacer una novela policíaca con la información recabada. Que creara unos personajes a los cuales perfectamente podría poner a decir todo lo que a primera vista forma parte de especulaciones, suposiciones o chismes.

Tal vez una novela que podría comenzar con este párrafo del libro:

“El comisario Orlando Arias, a pesar de tener casi cinco años de jubilado, no faltaba a su rutina de comprarse los principales diarios del país, y antes de tomarse su primer café abría la página de sucesos. Leía los diarios de atrás para delante. Así se lo había enseñado su padre, legendario investigador cuando la época democrática en la segunda mitad del siglo XX. Orlando repetía que a pesar de su retiro obligado seguiría siendo policía.

La información de Roxana llamó su atención. La mención de Chirinos en el caso le recordó una denuncia que se había recibido en el organismo policial, unos l5 años atrás, de un extraño robo en su residencia…”

Y a partir de allí armar todo un entramado de suspenso en el que los detectives buscan la verdad hasta encontrarla y hacer que el culpable pague por su delito.

Qué tal una historia en la que, como sostiene la mamá de Roxana, la víctima haría lo imposible por hacer que su victimario pague por sus delitos. Es por eso que aturdida por los golpes que le asestara el siquiatra contra el diván y la pared, Roxana, consciente de que está viviendo sus últimos minutos, se arranca un zarcillo y lo tira sobre la alfombra para que quede como evidencia de  que ella estuvo allí al momento de morir y que sirva para inculpar a su seductor siquiatra.

Esto es sólo un ejercicio de imaginación para mostrar lo que se podría haber hecho en el campo de la ficción con la información obtenida por la periodista y que en ese caso sería perfectamente válido que los personajes hablaran y especularan. Lo que no me parece acertado al tratarse de un reportaje.

Por último, “Sangre en el diván” tiene dos aspectos más que me molestaron al leerlo. Primero, un cierto empeño de la autora en vincular de manera forzada el caso de Roxana con la figura del presidente Chávez porque, si  bien es cierto que él no pierde oportunidad para interferir con la administración de justicia en el país, llegando incluso a ordenar sentencias en cadena nacional, en este caso parece haberse mostrado comedido y al margen. Segundo, el anexo de la entrevista de Miyó Vestrini a Edmundo Chirinos, haciendo hincapié en la presentación de que la periodista había sido paciente del siquiatra y que unos meses después de esa conversación se suicidó. Ese anexo me dejó ciertas lecturas entrelíneas. ¿Acaso se pretende hacer ver que Chirinos pudo haber inducido a Miyó al suicidio? ¿Por qué ese anexo que en realidad no aporta mayor información ni al caso de Roxana ni a la investigación? Seguro estoy que existen muchas más entrevistas y declaraciones del siquiatra que podrían aportar más sobre su polémica, narcisista, enferma y seductora personalidad que la publicada como anexo de este libro.

Creo que la información contenida en “Sangre en el diván” puede ser la base para un buen libro bien sea periodístico o de ficción. A mi entender, lo leído, no puede ser considerado como una buena obra.

A %d blogueros les gusta esto: