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Archivo mensual: septiembre 2011

Chicago-Indiana. Dos días de caminata y tres de relax

Mientras voy camino a Houston desde Indianápolis, aprovecho las horas de vuelo para escribir este post.

El 22 de septiembre llegamos a Chicago en autobús, después de dormir en Indiana una noche para luego regresar a esa ciudad el fin de semana que es cuando mis sobrinos Julio y Juan Carlos y sus esposas e hijos tendrán tiempo para compartir con nosotros.

Llegamos a Chicago a las 12 del día a Jackson Street, cerca de la antigua torre Sears, llamada ahora Willi’s Tower, como íbamos de mochileros pues todo el equipaje lo dejamos en casa de Juan Carlos, decidimos arrancar a caminar desde allí mismo para buscar el hotel, al tiempo que conocíamos la ciudad.
Si alguien decide hacer eso de buscar el hotel caminando y resulta que el hotel es el Getaway que está practicamente al otro extremo de la ciudad en una zona residencial, les recomiendo que lleven un buen y confortable par de zapatos y una buena bebida energizante. ¡Dios, caminamos como perdidos!

Bueno, en realidad, llegó un momento que estábamos verdaderamente perdidos porque el GPS del teléfono nos guió como si fuésemos en carro y no a pie. Total, que cuando teníamos como siete horas caminando y ya la parte turística de Chicago comenzaba a quedar atrás, al final del boulevard que bordea el lago Michigan, decidimos preguntar a una señora cómo hacíamos para tomar el tren o el bus para el hotel.

Ella amablemente nos explicó cómo hacerlo y, por casualidad, nos encontrábamos justo en frente de la parada del bus 151 que era el que nos correspondía. Envié un mensaje a un número que había en el aviso de la parada e, inmediatamente, recibí uno de vuelta que decía que mi autobus debía llegar en 15 minutos. Efectivamente, cuando habían transcurrido 13 minutos, divisamos la unidad.

En el bus venía Audry, una simpática dama que se bajó en la misma parada que nosotros y se guindó del brazo de Cristian para cruzar la avenida. Conversamos con ella un buen rato, hasta llegar a su edificio, nos dio la bienvenida a la ciudad y nos deseó una buena y placentera estadía. Frente a su edificio, construido en 1926, año en el que creo debe haber nacido también Audry, nos dijo que estaba a la orden en el piso 3ro. si en alguna oportunidad volvíamos a Chicago por más días. Nos dio un beso y un fuerte abrazo a cada uno y nosotros continuamos buscando el hotel, dando más vueltas que un trompo, yendo y viniendo 3 veces la misma vía porque el bendito GPS se nos hacía cada vez más incomprensible, hasta que por fin, preguntando, dimos con el Getaway de los mil demonios.

En esa búsqueda, descubrí que en Chicago la gente no es como en los otros sitios que visitamos. No es que sean groseros ni maleducados pero no son tan amables como en Boston o New York a la hora de ofrecer la información.

Esto nos sucedió, especialmente con la gente de color de esa ciudad, a quienes se les notaba demasiado en la cara y la expresión corporal la molestia que sentían cuando uno se dirigía a ellos para consultarles algo. Con la gente blanca y los latinos, no pasaba mucho, eran un poco mas simpáticos. Tan es asi, que al poco rato opté por no consultar con los “morenos” para no sentir el desprecio.

Nos hospedamos en un hostal más que todo dirigido a estudiantes, quienes pagan tarifa especial, el cual, para adultos que ya dejaron de estudiar hace tiempo como nosotros, resultó bastante caro para lo que ofrecía. 110 dólares por una habitación pequeña, con baño privado, sólo dos diminutas toallas, cero champú, jabón o cremas, una litera de metal y una mesa. Lo peor de todo es que la chica de la recepción me dijo cuando me chequeó, que esa era la mejor habitación del hostlal. ¡Ooops! No quiero saber cuál es la peor.

En fin, que ya estaba reservado y pago y no teníamos ningunas ganas de perder tiempo buscando otro hotel en una visita de sólo día y medio a la ciudad.
Las 7 horas y pico de caminata nos sirvieron para recorrer una buena parte de la ciudad de Chicago. Pasamos por la torre Willi’s, como ya dije, vimos la torre Trump, nos conseguimos de sorpresa con la hermosa Marilyn Monroe de unos 9 metros, realizada en bronce por Seward Johnson, basada en la imagen de la película “La picazón del séptimo año” cuando el viento levantaba la falda del vestido blanco de la diva y emplazada en el 2011 cerca de la sede de la sede de la NBC.

En nuestra caminata, llegamos a la Buckingham Fountain, al Parque del Milenio, donde se encuentra la inmensa e increíble caraota plateada en la que se refleja todo el día la linda ciudad y una hermosa fuente llamada Crown con dos paneles enfrentados en los que se proyectan videos con mil rostros de personas de la ciudad de Chicago, de diferentes razas. Junto a las Crown, hay otras series de esculturas y un especie de gran concha acústica para espectáculos, hecha con acero bruñido, llamada pabellón Pritzker.

Vimos la torre de agua, una escultura gigante de Picasso, pasamos frente a la mayoría de los famosos y bellos edificios de la ciudad como el antiguo correo. Fue un largo paseo durante el cual tanto las pupilas como los pies, apenas tuvieron chance para descansar.

Cerca de la escultura de Marilyn, vimos un letrero y un menú de un pub inglés que quedaba en una esquina al bajar las escaleras del puente y hacia allí nos dirigimos para almorzar en Grami, unas ricas hamburguesas con queso azul y cebollas caramelizadas con papas fritas y refresco de mora. Mientras comimos, aprovechamos de cargar la batería de los teléfonos que murieron justo al tomar la primera foto de la Monroe.

Una vez en el hotel, nos bañamos, cambiamos de ropa y salimos una vez más, esta vez en metro pues una estación quedaba a unas 3 cuadras del sitio, para disfrutar el espectáculo visual de luces y colores que significa recorrer las calles de Chicago por la noche.

Con la cena no tuvimos tanta suerte, sobre todo yo, porque el plato mixto mexicano de Cristian no estaba mal pero mi pollo estaba salado y el brócoli no sabía a nada. Nos metimos en lo que parecía ser un pub inglés confiados en que siempre la comida en esos sitios nos había gustado, y resultó ser una mezcla de pub con comida rápida mexicana. No fue una buena elección pero era lo que había. Y teníamos temor de que, si no comíamos allí, los demás sitios pudieran estar cerrados.

Luego de la desafortunada cena, paseamos otro rato disfrutando de la “ciudad del viento” (windy city), como se conoce a Chicago debido a su constante brisa, bastante fría por estos días y después a dormir para seguir el paseo el día viernes.

Nos levantamos a las 8 de la mañana, nos echamos un baño y bajamos de una vez con el morral para tomar el desayuno que estaba incluido en el precio de la habitación e, inmediatamente, hacer el check out pues, luego de pasear por la ciudad, a las seis pm. debíamos tomar el bus de regreso a Indianápolis.

El desayuno, infame. Unas tostadas de mal pan con mantequilla, queso crema y mermelada, una naranja y un café. Más nada. Eso es lo que hay.

En metro nos fuimos al barrio chino, que resultó bastante diferente de los otros que visitamos pues la ciudad en esa zona es amplia, con anchas calles y bastante espacio lo que hace que no se vea todo aglomerado. Hicimos un corto recorrido por el lugar y luego, otra vez al metro rumbo a la escultura de la Marilyn pues allí tomaríamos un bote que nos haría un paseo turístico por aguas del río, enseñándonos la arquitectura de la ciudad.

Al llegar a la estación, caía un torrencial aguacero que nos obligó a guarecernos bajo el alero de un hotel hasta que amainó, como media hora después, y nos fuimos al muelle a disfrutar de ese hermoso paseo de 90 minutos de duración. Ese tipo de tour me parece lo más apropiado para conocer un poco más la ciudad cuando uno la visita por tan corto tiempo, y la vista de Chicago navegando el río es impactante.

Una vez terminado el recorrido fluvial, emprendimos la búsqueda de Greektown, un barrio griego a donde habíamos decidido ir a almorzar para comer comida mediterránea.

Almorzamos en el restaurante Athenas un delicioso pasticho y un plato de degustación con una variedad de comidas griegas, cada una más rica que la anterior y el pan de concha dura y esponjoso por dentro es el más rico que he comido en USA. Esa fue una buena elección. Al terminar, fuimos a buscar la parada del autobús que no estábamos muy seguros de saber encontrarla.

Llegar a pie fue más fácil y rápido de lo que pensamos por lo que decidimos ir al mirador, en el piso 103 de la Willi’s Tower.

Esa no es una muy buena idea para alguien que, como yo, sufre de vértigo. Cuando el ascensor iba por el piso 30, ya la cabeza me daba vueltas y el estómago parecía voltearse. Respiré profundo y seguí dispuesto a no perder los 17 dólares que me costó el inventico de subir a contemplar Chicago a 103 pisos de altura.

La experiencia fue fabulosa, la ciudad lucía imponente en los 360 grados de visualización y el lago Michigan se veía gigantesco e infinito como un mar. Por supuesto, en ningún momento me acerqué mucho a los cristales ni se me ocurrió para nada subir a los balcones de vidrio desde los que se tiene una visión completamente cenital de la ciudad. Me conformé con mirar de frente y a lo lejos sin atreverme a dirigir la vista hacia abajo. ¡Primero muerto!

Bajamos y fuimos a la parada del bus donde embarcamos rumbo a Indianápolis, en un fastidiodísimo viaje de un poco mas de 3 horas en las que una mujer no paró de hablar en todo el camino, arruinando así mis planes de dormir durante el viaje para recuperar fuerzas.

Como no podía dormir, pensaba, entre otras cosas, en lo que me conseguiría en Indianapolis. Ya el día que llegamos en avión desde Boston, en el trayecto del aeropuerto de Indianápolis a la casa, Kelly se encargó de enseñarnos algunos suburbios. Sitios habitados por gente pobre, obreros latinos en su mayoría que trabajan en las industrias         cercanas a sus sitios de residencia, con lo cual ya teníamos un poquito adelantado el conocimiento de la ciudad. Indianapolis es un lugar mas que todo agrícola e industrial con amplias extensiones de terrenos y fábricas. En medio de la ciudad uno se consigue inmensas granjas con sembradíos de maíz o soya. Tiene un hermoso aeropuerto en donde la espera se hace amena al contemplar las obras de arte regadas por todo el recinto, como un hermoso juego de muebles hecho en bronce en el que un grupo de maletas toman la forma de asientos.

Recordé, mientras al fondo se oía la guacamaya parlotenado en inglés, que el día que partíamos para Chicago, mientras llegaba nuestro autobús, aprovechamos para desayunar en el down town, paseamos por el centro de la ciudad, visitamos la redoma y el bello mercado principal.

¡Por fin, llegamos! La guacamaya parlanchina no sé donde quedó. A nosotros nos esperaban Julio y Lanna, junto a Juan Carlos y Kelly, mis sobrinos con sus esposas, para ir a comer a un sitio italiano donde comimos unos tortellini y una carne con champiñones bastante buenos. De allí fuimos a The Slippery Noodle a escuchar un poco de rock en vivo y a tomar algo. A eso de la 1 am., nos fuimos a la casa, conversamos un rato y a dormir para reponer energías para el día siguiente.

El sábado se nos pegaron las cobijas y terminamos levantándonos mucho más tarde de lo planeado, nos tomamos un café y acabamos desayunando en una tienda de conveniencia de una estación de gasolina un rico (en serio, no miento, estaba bueno) submarino con queso y chorizo, café y jugo.

Cargamos el tanque del auto y nos fuimos toda la familia camino al Festival de las Tierras Altas, Highlanders Festival, una bucólica fiesta que se celebra anualmente entre los descendientes de escoceses, irlandeses y galeses y que consiste en una especie de romería donde va la familia completa a recoger las calabazas que más adelante serán decoradas para Halloween y a cosechar manzanas.

En el lugar se despliegan puestos de comida típica de las tierras altas como el pastel de pastor, apple dumplins, un postre que consiste en hacer una espiral con la manzana, envolverla en harina y hornearla. Luego le ponen melado y helado por encima y queda realmente delicioso e hipercalórico. Por supuesto, también hay apple pie y pastel de calabaza, además de otras exquisiteces.

La gaita inglesa no podía faltar, la música característica llena el silvestre escenario y varios hombres con sus kilts a cuadros hacen sonar los instrumentos, mientras que otros enseñan bajo una carpa artículos propios de esas regiones inglesas y animales oriundos de allí.
Al final del paseo, montamos en una tolva de madera arrastrada por un tractor y fuimos con los niños al sembradío de calabazas para que escogieran las suyas para días después hacerles los orificios y tenerlas listas para Holloween.

A eso de las 4 de la tarde, llegamos a Edinburgh, la zona donde se encuentran los outlets de todas las marcas de prestigio y, una vez más, la locura consumista se apoderó de nosotros. Le dimos duro a esas tarjetas de crédito hasta que consumimos el último dólar del cupo de Cadivi. Al final, tuvimos que comprar de emergencia una maleta más, pues ya las que teníamos eran insuficientes.

Después de unas cinco horas de practicar el “deporte favorito de los gringos” como diría Juan Carlos: salir de compras, fuimos a un Meijer para comprar los ingredientes para hacer la prometida y respectiva fideuá.

Llegamos a la casa y, con la ayuda de Cristian, empecé a preparar el apetitoso plato que, como de costumbre, quedó divino y no me hizo quedar mal. Comimos como a la una y pico de la mañana, conversamos hasta la 3 y luego a dormir.

Por supuesto, el domingo nos dieron las 11 y media en la cama. Para completar, el día estaba lluvioso y no provocaba levantarse. Haciendo un gran esfuerzo me levanté y me encontré con que todos estábamos despertando a esa hora. Nos arreglamos y salimos a almorzar en un all you can eat chino pues Julio tenía que viajar ese día en la tarde a México por cuestiones de trabajo y estábamos con el tiempo contado.

La comida estuvo buena, pero comimos en exceso, es lo malo de esos sitios, como por un precio uno come todo lo que quiera, generalmente, uno se pasa con los alimentos.

Luego salimos a dar un paseo con Juan y Kelly por la ciudad, pasamos por el distrito de las artes donde se encuentran emplazadas en las aceras hermosas esculturas de personas en tamaño natural realizando actividades cotidianas.

Desafortunadamente, el paseo no lo pudimos disfrutar a plenitud por la pertinaz lluvia que no cesó desde que amaneció. Después del paseo, fuimos a casa, conversamos y nos tomamos una rica pizca andina hecha por Kelly, quien la llamó “pizca gocho gringa” Nada mal la sopa para haber sido hecha por una gringa.

El lunes pretendíamos ir al zoológico o a los museos pero resultó que debíamos ir a Edinburgh a cambiar unas cosas en los oulets y el cambio terminó por significar más compras. Cuando ya los bolsillos no daban para más y pretendimos hacer el paseo, ya estaba todo cerrado y terminamos yendo a comer una picante y rica comida Cajún. Paseamos otro rato y en la noche terminamos comiendo en Stir Crazy, otro all you can eat de comida asiática con espectacular decoración y sabrosa sazón donde uno escoge los ingredientes y las salsas con los que preparan el plato en grandes woks frente a uno. Una vez más salimos que sentíamos que la comida se brotaba por los oídos.

De allí a dormir para al día siguiente levantarnos, desayunar un sandwich con café con leche en la casa y enfrentar la ardua tarea de hacer las maletas para, a las 2 y media de la tarde, tomar el vuelo vía a Dallas con destino a Houston, donde comencé a escribir este post que terminé en el momento en que el avión aterrizó en Houston para dar inicio a la aventura en Texas.

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Un día de “road trip” al inicio del otoño

Como había quedado picado con el Museo de Bellas Artes porque no había terminado de ver el ala de los europeos, el domingo decidimos ir para aprovechar que la entrada era gratuita.
La experiencia en cuanto a esa sala en particular fue bastante decepcionante pues a la hora que llegamos se filtraba una luz por las ventanas lo cual hacía imposible contemplar bien las obras pues el resplandor se reflejaba en los lienzos. Sin embargo, esa falla fue completamente compensada con la excelente muestra exhibida en las salas de arte contemporáneo que, por casualidad, estaban inaugurando ese día. Es una colección realmente extraordinaria.
Al salir, fuimos de nuevo a cenar/almorzar a Moby Dick, donde el iraní, que tiene 38 años en Boston, al verme exclamó:
-¡Caramba, si aquí esta de nuevo el amigo de Chávez!
Sonreí y lo saludé a él y a su amable esposa. Ordenamos un plato de cordero al vapor con arroz y otro de arroz basmati con pollo, vainitas y azafrán. Todo bien condimentado y picantico por las ricas especies de la comida persa. De tomar pedimos un jugo preparado allí con agua de rosas, azafrán, naranja y limón que fue una verdadera delicia.
Le conté a Caz, que así se llama el dueño, que estuve buscando azafrán para preparar la fideuá y que a la gente le asombraba que quisiera comprar un producto tan caro.
Entonces, Caz me dijo que seguro había comprado azafrán español y no iraní.
-Cuando quieras azafrán, busca el que viene de Irán, me dijo, es el más caro del mundo pero también es el mejor. El de España no huele casi y no da color.
Según me explicó en España compran azafrán de Irán y lo mezclan con el nacional para mejorar un poco el producto ibérico. Entonces, entró a la cocina y al rato salió con algo en la mano. Dijo:
-Aquí les traigo para que vean de qué hablo. Este es el azafrán de Irán y abrió una bolsa plástica zip en la que se veían los pistilos de un color rojo vino intenso. Al correr el cierre, inmediatamente salió el penetrante y delicioso olor del azafrán. Realmente, parece que el hombre tiene razón pues el Badía que compré no tenía ni la mitad del color y del aroma de este.
Por supuesto, no pude resistirme a pedirle a Caz que me vendiera un poco. Sonrió y me dijo que no podía porque no sabía cuándo le traerían más.
Cuando terminamos de comer y fui a despedirme del iraní, me dijo, señalando a su esposa, que si quería azafrán le dijera a ella que me vendiera porque ella era la que cocinaba y la que sabía si podría o no.
Ella sonrió un poco avergonzada y me dijo que le quedaba muy poco para el restaurante. Entonces, Caz me prometió que cuando le llegara el próximo cargamento de Irán que se lo taería un amigo, me enviaría un poco a Venezuela de regalo. Le di mi mail, dirección y teléfono y agradecido me despedí de la pareja, con la esperanza de que su promesa se haga realidad.
Al día siguiente, nos dirigimos a Back Bay de nuevo para pasear por la exclusivísima Newbury Street donde se encuentran las costosas tiendas de ropa de marca y de artículos de diseñadores reconocidos.
¡Qué manera tan drástica de pisar suelo y sentirse pobre como nadie! El cupo de divisas que me aprueba Cadivi para compras con tarjeta de crédito y el efectivo, del que prácticamente se me fue un 75 por ciento en pagar el hotel de New York, no me alcanzaría más que para unos dos pantalones y dos camisas. Es más, con los 26 dólares que costaban unos calcetines Polo, nos comimos en la terraza de un lugar llamado Scoozi, allí mismo en Newbury, dos paninis, una ensalada de legucha, peras, gorgonzola y nueces y dos refrescos.
Total, que luego de pasar la tarde allí entre lujo, diseño y buen gusto, tomé mi metro y autobús que, más que llevarme a casa, me devolvieron a la realidad de mi pobreza y escasez de divisas.
El mártes 20, como era prácticamente nuestro ùltimo día en Boston, alquilamos una van para salir todos juntos a hacer un paseo, aprovechando que Kachu tenía el día libre.
Nos paramos temprano y a eso de las 9 am. ya estabamos arrancando vía Salem, donde no conseguimos brujas por ningún lado, luego pasamos por Portland en el estado de Main y finalmente paramos en North Conway, Newhamshire, donde hicimos un viaje al pasado al contemplar los viejos trenes del ferrocarril, así como su estación terminal,
Fue un lindo recorrido por vías montañosas, con frío, lluvia, sol a ratos, parando por momentos para disfrutar del paisaje que ya comienza a teñirse con los colores ocres, marrones, naranjas y rojizos del otoño que está por empezar.
Al regreso nos sorprendió un hermoso y colorido atardecer y la neblina que, en algunos lados, ya estaba cubriendo todo de una especie de blanquecino humo.
Ya de noche, en el trayecto de regreso a Boston, depues de casi doce horas de carreteas, escribo este post, con el corazón con sentimientos encontrados. Por un lado, triste de dejar una encantadora ciudad como Boston y seres tan queridos como Kachu, Grace y Nicolás junto al primo Hundrix, cuya visita coincidió con la nuestra y, al mismo tiempo, alegre pues al día siguiente estaremos volando rumbo a Indianápolis donde también nos esperan los queridos sobrinos Juan Carlos y Julio, El Negro, con sus esposas e hijos a quienes no conocemos aún. Así daremos inicio a nuestra corta visita por Indiana y Chicago.

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Piden legalizar la marihuana, un jardín comunitario, la Compañía y Escuela de Ballet. Un día divertido

Salir a vagar por las calles de Boston significa estar dispuestos a que en cualquier momento la ciudad nos depare una sorpresa.
Un día nos levantamos tarde y salimos de la casa casi a mediodía rumbo a Cambrige para conocer la sede de la Universidad de Harvard y caminar por Harvard Square. En realidad es un paseo que se puede hacer en unas dos horas pues, aunque la Universidad es inmensa y bonita, luego de media hora en ella no es mucho lo que puede ofrecer al visitante, a menos que entre a algún museo o a la biblioteca. Así que la recorrimos por un rato y luego salimos a caminar por Harvard Square y por la zona de las tiendas, donde conseguí a 6.5O en una zapatería, unas medias que quería y que costaban 10 dólares en Prudential Mall.
Después, tomamos el Commuter Rail, un pequeño tren de solo dos vagones al que por error e ignorancia, nos coleamos sin pagar y, una vez montados, ya no había nada qué hacer. El trayecto nos salió gratis.
En Charles Street, nos bajamos para caminar por el boulevard del río y contemplar el atardecer, un paseo que nos recomendó hacer Nicole, una joven arquitecto recién graduada en Los Angeles y que nos conseguimos en el metro vía a Cambridge.
Nicole, originaria de Boston, se graduó en Los Angeles y como allá no encontró trabajo decidió regresar a su ciudad natal a probar suerte. Se le ha hecho muy difícil conseguir empleo en diseño urbanístico que es lo que desea, pero sigue insistiendo.
Los colores y la luz que nos regaló el atardecer a la orilla del río Charles no podían ser más espectaculares. Corría una brisa gélida. Nada que un buen sweatter y una caminata no pudieran remediar.
En eso nos llamó Grace para invitarnos a tomar un café en Thinking Cup, un rico y acogedor lugar en los alrededores del Boston Common Park, donde me tomé el mejor café que he podido conseguir en USA. Es tipo italiano, espumoso y decorada su superficie con figuras hechas con la espuma y el café. Eso sí, para conseguir el sabor fuerte que me gusta, pedí un capuccino con extra shot de café. El café lo tomamos con un exquisito sandwich de salmón y lechugas. De allí, a buscar a Kachu al trabajo y a la casa a preparar una sopita de pollo, que a pesar de no ser chupe propiamente dicho, me quedó parecida a la sopa peruana y satisfizo mis ganas de tomár un rico caldo caliente.
Al día siguiente, salimos cerca del mediodía con la intención de ir directamente a recorrer las calles de los teatros. Bajamos en la estación Park Street y al salir, vimos que en el Common Boston había una multitud de gente y música. Suspendimos por un momento la visita al Theatre District y nos quedamos a curiosear el evento. Había gente de todas las razas y edades, con pelos teñidos de colores, pulseras, collares y toda clase de accesorios con el símbolo hippie de amor y paz.
El olor a marihuana en todo el parque era intenso y, al caminar entre la gente, no era extraño encontrar a algunos fumándose tranquilamente su porrito.
Había puestos de artesanías y de comida desplegados por el área y jóvenes jugando con el ula-ula y haciendo maravares. Fue realmente divertido, o tal vez el olor a cigarritos de la risa me hizo sentirme así.
Cuando ya íbamos de salida a continuar el paseo a los teatros, pregunté a una mujer policía que parecía encontrarse también bajo los efectos del Cannabis, de qué se trataba la fiesta, pensando que era una especie de celebración sabatina para festejar la llegada del otoño.

-Es una manifestación que hacen todos los años para pedir la legalización de la marihuana. La gente se reune, hacen conciertos y discursos en este parque que está cerca de la casa de gobierno, exigiendo que se legalice el porro.

Entonces, fue cuando entendí todo y esa sesentosa reunion de gente cobró sentido. Contemplamos un ratito una novia que llegaba al parque a tomarse fotos con su cortejo y continuamos la marcha disfrutando de la arquitectura, del paisaje urbano, las ardillas, las palomas, pajaritos y gaviotas que pululan por todos lados de la ciudad.
Caminando por Tremont Street divisamos unas parcelas diminutas pegadas una junto a otra en lo que parecía ser un jardín con flores y verduras.
Nos acercamos y entramos para descubrir que se trataba de un jardín comunitario, el Berkeley, en el que cada parcela era atendida por un miembro chino de la comunidad.
Una anciana china me dijo orgullosa que le tomara fotos a una verdura que acababa de cosechar y que parecía un pepino gigante. Según le entendí, se llama chin huan.
Recorrimos todo el jardín tomando fotos y me extraño conseguir a un negro lavándose sus zapatos blancos en una fuentecita. Le pregunté si él tenía cultivos allí y me dijo que no pero que le gustaba disfrutar del jardín.

-Es hermoso. Esto es contemplar el milagro de la vida, es disfrutar de la naturaleza en medio de la ciudad. Dijo.

Luego, caminamos vía Back Bay, la antigua zona construida sobre areas que hace 200 años estaban cubiertas de agua y que ahora es una área exclusiva y costosa.
Por allí nos tropezamos con la sede de la compañía y escuela del Ballet de Boston. Un hermoso e iluminado edificio donde conversé con Mike y Mina quienes me contaron que esa es una de las 3 sedes que tiene la escuela y que, actualmente la compañía cuenta con 57 bailarines, 42 profesionales y 12 jóvenes aprendices que en un futuro también serán profesionales. La matrícula estudiantil en estos momentos es de 7 mil alumnos. O sea, es una gran escuela de ballet.
Mike me contó que la sede prácticamente tiene actividad todo el año, todos los días, pues junto con las cursos regulares, imparten clases abiertas para adultos particulares de todas las edades y los domingos tienen sesiones de rehabilitación y fisioterapia para los bailarines lesionados. La plantilla estudiantil se divide en clases para niños de 9 meses de edad hasta 7 años, de 8 a 18 años, de 19 a 30 y de 30 años en adelante.
Mike y Mina, sin duda y con todo derecho, están muy orgullosos de la compañía de ballet para la que trabajan.
Luego de conversar con ellos vagamos un poco más por Back Bay, tomamos el metro y luego el autobús de vuelta a casa. Paramos en el supermercado Shaws para comprar los mariscos y el azafrán para preparar una fideuá que les había prometido desde hacía meses a Grace y a Kachú. La gente en Shaws estaba asombrada de que quisiera comprar una especie tan cara como el azafrán. De hecho, ni siquiera sabían si tenían, hasta que una cajera me dijo que buscara por el pasillo 4 de artículos importados de España, India y Latinoamérica. Efectivamente, allí estaba y una cajita de un gramo costó 7.50 dólares. Pero valió la pena. La fideuá quedó deliciosa.

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Música en la calle, gente amable, Boston es una ciudad que enamora con su historia y arte

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Boston es una ciudad encantadora, mas tranquila que Nueva York pero con hermosa arquitectura tanto antigua como moderna. Su gente, que en un principio puede parecer recelosa, antipática o desconfiada, termina siendo amable, cortés y educada. Cuando uno se aproxima a un bostoniano, teme al principio, por la cara que pone, que puede ser alguien intolerante, xenófobo y con malas pulgas pero esa impresión desaparece inmediatamente, una vez que uno saluda y explica a que se debe que llamemos su atención. Entonces, por lo general la mirada tosca desaparece y los ojos se iluminan con una sonrisa y, con la mejor disposición, responden a todas nuestras preguntas.

 Eso lo pudimos constatar Cristian y yo cuando una mañana salimos a recorrer el down town. Primero tomamos un autobús desde la casa hasta la estación terminal de la línea naranja del metro, allí agarramos vía China Town. Al bajar en la parada del barrio chino, no teníamos ni idea de hacia donde agarrar para seguir el recorrido que nos había trazado Kachu con el objetivo de dirigirnos al muelle y al Quincy Market, así que optamos por lo mas fácil, preguntar a la primera persona que se nos atravesara en el camino. Lo hice y, una vez superada la gélida mirada inicial del bostoniano, amablemente nos dio todas las indicaciones para llevarnos a nuestro destino. Agradecimos la atención y comenzamos a caminar.

A los pocos metros nos llamó la atención una fachada antigua y al mirar hacia la parte superior descubrimos que era el Teatro de la Opera, entramos a preguntar si había algún montaje para estos dias y la taquillera muy amablemente nos indicó que la temporada empezaría unos días después de nuestra partida. Al consultarle si tendría información sobre qué espectáculos había en la ciudad me dijo que no pero, inmediatamente, una señora que estaba detrás de mi para ser atendida, terció en la conversación y me dijo:

-Por el Quincy Market hay un punto de venta de tickets donde pueden encontrar la guía de espectáculos y comprar allí mismo las entradas a mitad de precio.

Eso fue música para mis oídos. No conforme, la señora nos dio todas las señas para llegar al sitio. Cada momento que pasa, me enamoro mas de Boston.

Continuamos nuestro recorrido y me di cuenta en tomamos cerca de 20 minutos en caminar dos cuadras porque vi la hora en el reloj de la torre de una iglesia y cuando mire el otro reloj, dos cuadras mas allá habían transcurrido 20 minutos. Es que la ciudad es tan interesante y ofrece tanto qué ver que solo así se puede disfrutar.

Cuando nos íbamos acercando a Macis, escuchamos el sonido de un blues que venía de algún lugar y al mirar en la esquina a la derecha descubrimos una tarima con un morenota con vozarrón a lo Tina Turner cantando acampanada por dos músicos.

La cantante se llama DD Martín y hace excelentes covers de viejos y conocidos temas. Embobados por la extraordinaria voz de la Martín nos quedamos allí escuchando unas tres canciones. Cuando terminó me le acerqué para felicitarla, le pregunté si tenía discos y, allí mismo, terminé comprándole a DD Martín los dos CD autografiados con sus interpretaciones.

Seguimos camino al muelle, en frente al mercado Quincy conseguimos el puesto de información y venta de tickets del que nos habló la señora, paramos a preguntar y terminamos comprando entradas para esa noche para el musical Candide en el Teatro Huntington.

Pasamos el muelle, cruzamos un puentecito y llegamos frente a un moderno edificio que resultó ser la sede de la Corte y al frente, tomandose un café sentado en los bancos esperando a un amigo, se encontraba Derby, un joven con quien entable una amena conversacion sobre la ciudad y me hizo recomendaciones sobre qué sitios visitar. Hizo énfasis en que debia ir al Mueseo de Bellas Artes y a conocer el museo jardin con la Colección de Isabella, una filántropa de la ciudad que le dejó a Boston al morir su extensa colección de arte.

Como pueden ver en este link  donde hay un slide show de la visita al Museo de Bellas Artes de Boston, tomamos al pie de la letra su recomendación y al día siguiente estuvimos en el Museum of Fine Arts, disfrutando de la historia del arte universal desde la edad antigua hasta el Siglo XX. Pero me estoy desviando y debo terminar de contar el recorrido por las calles del centro de Boston.

Al regresar de la Corte por el mismo puente, continuamos caminando sin rumbo y llegamos a una hermosa fuente que junto con los chorros de agua que salen a ras del suelo en forma ascendente, bota humo. Alli, una linda niña jugaba en traje de baño con las saltarinas aguas.

En la estación South fuimos a parar a eso de las 3 de la tarde para comer un rico sandwich en Cosí, un sitio de comida rápida italiana con bastante sabor y diferente.

Luego del frugal almuerzo seguimos vagando por la urbe, pasamos frente a la Universidad de Boston, nos tomamos un café en Starbucks, uno de los tantos que se encuentran regados por todo Estados Unidos, y fuimos a disfrutar de la naturaleza en el Public Garden, con sus ardillas, patos, cisnes, sauces llorones, un hermoso lago e infinidad de bellísimas flores.

Al salir, parados frente al paseo Back Bay, revisando el mapa de la ciudad para ver como hacíamos para llegar al teatro en tren, nos sorprendió la voz de una joven señora que preguntaba a nuestras espaldas si nos podía ayudar.

-¿Como hacemos para tomar el tren hacia Huntington Theatre? Preguntamos.

Entonces ella nos explicó detalladamente cómo hacerlo y nos puntualizó que en realidad no era tan lejos y que si queríamos podíamos ir caminando ya que era un bonito paseo por el boulevard de Back Bay, luego al llegar al edificio Prudential, debíamos atravesar su centro comercial y salir a donde se encuetra una hermosa fuente para después pasar junto a un inmenso espejo de agua que se ubica frente a una gran e imponente iglesia.

La dama, vestida de rojo, se llama Rebecca y resultó trabajar con una compañía de turismo que organiza tours a pie por Boston. Como iba en la misma vía que nosotros, nos acompañó un largo trayecto a través del boulevard. Mientras caminábamos, me contó que toda el área por donde pasábamos era hace muchos años una ciénaga y que tardaron cerca de 7 años en rellenarla con tierra y materiales traídos de pueblos cercanos, en el siglo XIX.

Hasta hace unos 30 años, la zona no le interesaba a nadie, según me explicó Rebecca, pero desde entonces el boulevard ha adquirido valor y sus casas ahora se cotizan a elevadisimos precios.

-En realidad, yo vivo aquí porque compré cuando no valía mucho la zona, de no ser así, actualmente no podría comprar por acá. Dijo.

Continuamos hablando todo el trayecto de su trabajo, del mio, del clima que justo ese día sería el último día de calor y que a partir del siguiente empezaría a refrescar y parece que acertó pues el frío del 15 y 16 de septiembre fue bastante fuerte. También conversamos sobre perros pues Rebecca resultó ser aficionada a los cánidos y conocer bastante de razas.

Al llegar a la esquina de su casa nos despedimos y le agradecí su amabilidad y simpatía. Cristian y yo continuamos rumbo al Huntington Theatre.

Por fin, luego de mucho caminar y preguntar llegamos a tiempo a la función de Candide. Al principio, al ver que llegaban muchos estudiantes y que la compañía de teatro Huntington es residente de la Universidad de Boston, temí se tratara de teatro universitario, pero al no mas comenzar la pieza entendi que se trataba no solo de teatro profesional, sino de excelente calidad.

La obra basada en la novela “Candide, ou l’optimisme” de Voltaire con Música de Leonard Bernstein, es una adaptación hecha por la ganadora de un Tony, Mary Zimmerman, quien además dirige el montaje que cuenta con la soprano Lauren Molina en el papel de Cunegonde, Geoff Packard como Candide y Larry Yando quien interpreta a Pangloss y tiene otros roles a su cargo.

Los actores son acompañados por una orquesta de 14 músicos.

El montaje es limpio, con excelente vestuario e ingeniosa utilización de diversos dispositivos escénicos que le dan dinamismo y movimiento a la obra.

El tema es sobre el absurdo y arraigado optimismo del maestro Pangloss quien considera que todo tiene una razón de ser y que este es el mejor mundo de todos los mundo posibles. En una especie de fatalismo en el que todo lo que sucede es lo mejor que puede pasar. En medio de este planteamiento filosófico los protagonistas padecen mil y un avatares y sufrimientos en la incansable búsqueda de consumar de una vez por todas su amor, casándose como siempre lo han deseado.

 Al final, luego de casi dos horas de divertimento, la pieza lo deja a uno con un grato sabor de boca, con la satisfacción de haber participado de un montaje ingenioso, con buena dirección y excelente interpretación de los actores tanto en el canto lírico como en la actuación.

Al salir de Candide, nos encontramos con Grace y Kachu en un punto de la via y seguimos juntos hasta la casa.

Al dia siguiente, Grace nos consiguió unos pases para el Museo de Bellas Artes y hacia allá nos fuimos como a las doce del día.

Siete horas duro la visita al Museum Of Fine Arts, MFA, siete horas en las que no tuvimos chance de apreciar todas las salas y obras, entonces comprendí que Derby tenía razón al compararlo con El Prado de Madrid. El MFA, es un poco mas pequeño pero cuenta con una inmensa e interesante colección en la que uno hace un profundo recorrido por la historia universal del arte. Lo único malo de la visita al museo es la traducción al castellano de la audio guía que está narrada por un boricua que no aprendió a diferenciar la “L” de la “R” lo que hace que uno opte por la narración en inglés en lugar de la detestable locución del puertorriqueño.

Por lo demás la visita se disfruta desde el comienzo hasta el final, los guardasalas y toda la gente que trabaja en el museo en general, son amables, simpáticos y prestos a ayudar en cualquier ocasión, lo cual no es muy común en estos sitios en donde casi siempre se consigue gente mal encarada.

Esas siete horas fueron tan nutritivas para mi que solo al salir me di cuenta que no había almorzado y eran las siete de la noche. En el estómago solo tenía unos huevos a la ranchera y arepas que preparé para el desayuno como a las 9 y media de la mañana.

 Así que, cuando íbamos camino al metro, conseguimos un sitio de comida persa llamado Moby Dick donde nos comimos un delicioso pollo al curry sobre arroz, con una crema de garbanzos y ensalada de vegetales y jugo de manzana. La cocina la hace la dueña del local quien trabaja allí con su esposo. Ambos son nativos de Irán y él comento, cuando supo que somos venezolanos, que considera que Chávez y Ahmadineyad son la misma cosa, tiranos que quieren mantener al pueblo en la pobreza para tenerlos siempre sometidos. No comment.

Junto con algunas fotos del paseo por Boston, dejo un link con el slide show en el que recorro las diferentes salas del museo donde encontramos a los maestros holandeses, franceses, italianos, arte funerario egipcio, arte norteamericano, asiático y, lamentablemente, faltan los españoles pues a esa sala no pude entrar porque daban una fiesta privada que, justamente empezó, cuando iba a iniciar mi visita por esa área, asi que me quedó como tarea pendiente.

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De visita por el Museo de Bellas Artes de Boston

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La aventura Boston


A eso de las 9 y media de la mañana del 12 de septiembre nos vimos obligados a salir corriendo del hotel a comprar una maleta porque el dia de locura consumista en el Soho hizo que nuestro equipaje aumentara en tal cantidad que no cabían las cosas en las maletas y maletines que llevábamos. Bajamos corriendo a buscar cerca un sitio donde adquirirla pues el check out del hotel era a las 11 am. y debíamos tomar el autobus a Boston a las 12:10.
A unas 3 cuadras del Thirty-Thirty conseguimos un tienda de unos indios y allí mismo decidimos comprar por 30 dolares una maleta mediana que, al llegar y revisarla parecía ser desechable. Nada, el tiempo era ajustado y teníamos que desayunar aun. A la vuelta de comprar la maleta, nos metimos en el primer café con pastelería y ordenamos dos cafés, jugos, croissant y pan de almendras, nada espectacular, pero suficiente para calmar el apetito y afrontar las poco más tres horas de carretera que teníamos por delante.
Rápidamente armamos la maleta, chequeamos que no se quedara nada y arrancamos, a pie, con dos maletas medianas, dos pequeñas un bolso y un morral a la terminal del autobús que nos quedaba como a 9 cuadras y se nos hicieron eternas por lo pesado del equipaje. Finalmente, llegamos media hora antes y la unidad salió un poco antes de la hora.
El trayecto a Boston resulto tranquilo y sin contratiempos, sin “policías acostados” ni huecos, ni asaltantantes de carreteras. A eso de las tres y pico de la tarde llegamos a la área sur del terminal de Boston donde nos esperaban Grace Carolina y Hundry con el bebe de dos meses de nacido, hijo de ella con mi sobrino Carlos Jesús a quien fuimos inmediatamente a visitar en su trabajo.
Luego de la visita a Kachu, como le decimos familiarmente, y de curucutear un poco en Microcenter, la tienda de computación donde trabaja, nos fuimos a un pequeño restaurante japonés sencillo y acogedor llamado The Ivy, ordenamos unos cuantos rolls y tes con gyozas. Todos los platos estuvieron muy ricos y la conversa entretenida. De allí a la casa, hicimos unas pequeñas compras en el supermercado, donde sentí lo que debieron haber sentido hace muchos años los cubanos cuando llegaban a Venezuela y conseguían los anaqueles full a tope con todo tipo de productos y de marcas. Quería comprar de todo, me sentía como muchachito en una tienda de juguetes. ¡Cómo lamenté una vez mas la situación a la que ha llevado a Venezuela este “socialismo” de pacotilla y un gobierno ejercido como si regentaran una bodega de pueblo o una república bananera!
En fin, que al llegar a la casa preparé lo que llamo un “arroz con coroticos”, se trata de un arroz hecho con dos tipos de jamones, pimentones de todos los colores, tocineta, dos tipos de quesos, cebolla, ajo, maíz y petit pois. Una receta a la que cada quien le pone los ingredientes que quiera y siempre queda bien. Y mejor aun si se comparte entre seres queridos y con rica conversación, como era el caso.
Comimos y seguimos echando cuentos hasta las 2 y media de la mañana cuando ya el sueno nos venció.
El 13 de septiembre nos levantamos como a las 9 am. Kachu hizo unas arepas con harina de maíz y yo unos huevos revueltos con pimentones multicolores, cebolla, ajo, tocineta y un toque de leche para que mantuviera la humedad. Que rico comer de nuevo comida casera luego de tantos días comiendo en la calle!
Desayunamos y salimos vía Plymouth, la ciudad donde se encuentra la piedra que supuestamente constituye el primer pedazo de tierra que pisaron los inmigrantes ingleses en 1620, la cual se conserva en un monumento frente al Océano Atlántico.
Hicimos un recorrido por el paseo del puerto, pateamos las calles por las que caminaban persona mayores en su mayoría, tomamos fotos de las viejas casas. Recorrimos el parque de los inmigrantes disfrutando del fresco y soleado día.
Almorzamos hotdogs y hamburguesas y nos fuimos, como a las 4 de la tarde rumbo a playa Hull.
La playa es un verdadero derroche de azules mezclados en el mar y el cielo, las arenas suaves y grises y con una extensión impresionante. Aunque sospechábamos que el agua estaría muy fría, no resistimos la tentación de mojarnos aunque fuera solo los pies a la orilla del mar. Efectivamente, estaba muy fría pero al poco tiempo los pies se acostumbraron y hasta agradecieron, luego de tantos días de largas caminatas por New York, tocar la arena y el mar por un buen rato. Nos arremangamos los pantalones hasta la rodilla y nos fuimos a la lejana orilla para caminar y perseguir a las gaviotas que abundan en el lugar para hacerles fotos al vuelo. Relajados y tranquilos, nos cayó el atardecer y los colores del cielo y el mar comenzaron a oscurecerse a medida que nuestra sombra sobre la húmeda arena se alargaba.
Fue un dia de absoluto relax y distensión con el que el bullicio y corre corre de Nueva York comenzó a quedar atrás. Así empezó nuestra aventura bostoniana.

11/09 un día de conmemoración y espiritualidad en New York

Después de tomar un suculento desayuno americano en el hotel con huevos fritos, tocineta, tostadas, papas salteadas con vegetales, café, jugo, mermelada y mantequilla que nos costó 50 dólares, salimos a la calle en busca de Harlem.
Creo haberles dicho con anterioridad que el Metro no es nada complicado. Eso fue antes del domingo 11 de septiembre cuando queríamos ir a Harlem y terminamos en Queens.
Ciertamente, el sistema funciona como cualquier subterráneo del mundo pero si uno se descuida y no se fija en la letra o número del tren que está tomando puede ir a parar al lado opuesto de donde se dirige, hay que estar muy pendiente del número o letra y del anden que se debe tomar sobre todo, en las estaciones de transferencia. De todos modos, no pasa nada, uno pregunta de nuevo y se regresa a algun punto donde puedo tomar la línea que corresponde.
Así nos pasó en la mañana, aunque no me arrepiento porque pudimos ver Queens aunque fuera de pasada pues el tren en esa zona va superficialmente y uno puede ver algunas de sus calles y edificios.
Finalmente tomamos el tren adecuado y nos enfilamos hacia Harlem, con la esperanza de encontrar una iglesia en la que estuvieran ofreciendo misa Gospel.
Es increible ver como, a medida que el tren va adentrándose en las diferentes zonas de New York, la fisonomía de la gente que sube o baja y la forma de hablar van cambiamdo. Es como si uno desde abajo pudiera predecir lo que se encontrará en la superficie. A medida que el tren se iba acercando a Harlem, los latinos y negros iban aumentando su presencia en el vagón.
Por fin, luego de un paseo de poco más de una hora perdidos en el subway, llegamos a la 116 de Harlem, salimos de la estación y comenzamos a caminar sin saber exactamente hacia donde coger. Entonces le pregunté a una bella señora negra cómo hacer para encontrar una iglesia en la que hubiera a esa hora misa Gospel, nos dió las indicaciones y hacia allá nos dirigimos sin demora.
Al llegar a una esquina de la dirección indicada, escuchamos unos gritos y una música que venían de dentro de una casa. Preguntamos a una pareja de ancianos si eso era una misa Gospel y nos dijeron que si.
Halamos la puerta y entramos a un hall pequeño, al intentar abrir una puerta grande que conducía al recinto donde se desarrollaba la acción, un negro con cara de pocos amigos nos recibió. Le pregunté si podíamos entrar y al principio nos dijo que no con la cabeza, miró a un señor mayor que se encontraba cerca y éste asintió con la cabeza y nos condujo a una banca de madera.
Mientras intentábamos acceder, notamos que en la parte donde se ubicaba el coro, estaba una mujer como en trance, con los ojos en blanco y a su alrededor, otras mujeres la sostenían, le cantaban y gritaban ¡Alleluya!
Cuando nos sentamos, todo volvió a la calma, el coro canto y el predicador empezó su largo sermón. Luego, alguna canción más y al terminar el servicio, una especie de predicadora, con bata dorada y negro dio un pequeño discurso.
El salón en el que nos encontrábamos era sencillo y sin ninguna ostentación. No tenía imágenes de ningún tipo de imágenes. Una vez terminadas las prédicas, todos nos tomamos de la mano y el coro entonó una sentida canción de despedida. Fue un emotivo momento y no pude evitar los lagrimones.
Al final, terminé tomando algunas fotos a las bellas señoras especialmente ataviadas para la ocasión y a los señores que cuidan de la iglesia. Todos se prestaron gustosos a posar para la cámara. Preguntamos como ir a la iglesia catedral del Divino Juan pues Cristian tenía rato insistiendo en que quería ir allí. Amablemente nos dieron las indicaciones para ir en bus, agradecidos, nos despedimos.
Caminamos unas cuantas cuadras hasta la parada del bus y, en vista de que tardaba en llegar, Cristian fue hasta la esquina de la calle para descubrir que hay allí un paseo en honor a Tito Puente y una plaza con la estatua de Duke Ellington parado junto a un piano de cola. Un poco más allá, el jardín del parque Central de Harlem con un hermoso lago que me llamó la atención pues tenía en la superficie unas formaciones similares a la lemna del Lago de Maracaibo. La gente paseaba tranquila alrededor, disfrutando su domingo con sus hijos y mascotas. Por allí pasó un señor caminando con un schnauzer de la correa y un loro de Senegal al hombro. Regresamos a la parada y al instante llegó el autobús que nos llevaría a la Catedral Episcopal de San Juan El Divino.
En el autobús me encontré sentado al lado de Theresa, un hermosa y simpática morena, niuyorkina de pura cepa, a quien le llamaron la atención mis cómodos y estrambóticos zapatos de dedos y eso dio pie para sostener una agradable conversación.
Theresa me contó que nació en Brooklin pero que se ha mudado mucho y, desde hace 6 años vive en Harlem, donde ha decidido establecerse permanentemente. A ella le gusta la zona y a mi también, especialmente por los alrededores de la Catedral es una parte tranquila y bonita.
Theresa me advirtió que tuviera cuidado en algunas zonas de la ciudad que podían resultar peligrosas. Cuando le dije que en donde vivo TODAS la zonas son peligrosas y que uno no podía ir en el metro con celulares, tablets, Ipods o laptops manipulándolos con tranquilidad, no lo podía creer y cuando le conté que a la gente en Venezuela la matan por un Blackberry o un par de zapatos, los ojos se le brotaron.
-¡No puede ser! Exclamo. “Ustedes tienen que salir de allí. Uno no puede vivir con tanto temor”.
Entonces no pude evitar pensar que Theresa tiene razón, ¿cómo es posible que los venezolanos nos hallamos dejado arrebatar la seguridad personal y la calidad de vida?
Un poco descorazonado, me despedí de Theresa, luego de que me diera indicaciones para llegar a la Catedral.
A lo lejos, se divisaba lo que prometía ser una interesante iglesia de estilo Neogótico pero antes de llegar allí debíamos entrar a un pequeño parque que se encuentra al lado llamado “Children’s Park”. En el centro del espacio está emplazada una gigantesca escultura con seres de fantasía y al rededor de esta, a lo largo de todo el jardín de forma circular, se encuentran pequeñas esculturas vaciadas en bronce y realizadas por niños.
El parque es una iniciativa para estimular a los niños hacia el arte y, anualmente, hace una especie de concurso entre los niños de las escuelas y los proyectos seleccionados, son hechos en bronce y emplazados en el Jardín de los niños.
Terminada la visita al creativo parque, llegamos, por fin, a “The Cathedral Church of Saint John the Divine”.
Esta es una inmensa construcción de comienzos del Siglo XX que da cabida a una institución que no se conforma con dar más de 30 misas semanalmente sino que desarrolla programas sociales, eventos de artes visuales y de escena, servicios comunitarios para mejorar la vidas de quienes son impactados por la adicciones, los hambrientos, sin hogar y servicios de salud para la comunidad.
La Iglesia cuenta hasta con un laboratorio de conservación de textiles de renombre internacional al que acuden para solicitar sus servicios museos como el Moma, el J. Paul Getty o el Frick Collection.
Es una imponente iglesia que nos guardaba en su interior una maravillosa sorpresa. En el centro de la nave, se encontraban haciendo el último ensayo para una misa conjunta de varias religiones en la conmemoración de los 10 años del 11 de septiembre. Eran cerca de las tres de la tarde y el evento tendría lugar a las 3 y media, así que decidimos salir rápido a comer algo para regresar a tiempo para el acto.
Cruzamos la calle y unos metros más abajo conseguimos un Bistró en el que decidimos almorzar. El menú costaba 18 dólares más los 6,50 que se pagan por tener derecho a terraza. Eso incluye un plato y cantidad ilimitada de mimosas (champán con jugo de naranja). Yo pedí una hamburguesa “plain” porque cada ingrediente adicional había que pagarlo aparte. La carne y el pan estaban en su punto y traía tomates en rodaja, salsa de tomate y cebollas en rodaja. Cristian optó por una omelette con espinaca y hongos, un poco falta de sal y sabor para mi gusto, pero no del todo mal.
Mientras esperábamos ser servidos, saludé a un hombre que estaba sentado a la mesa contigua a la nuestra con un clerical al cuello por lo cual supuse se trataba de un sacerdote.
Al oído llevaba un diminuto zarcillo de oro y, al hablar con él descubrí que realmente se trataba de un sacerdote anglicano que pertenece al Coro de Hombres Gays de Portland, Oregón y que se encontraba allí para participar con su agrupación coral en la misa conjunta de todas la religiones. Amablemente, nos invitó para que nos quedáramos para el concierto que darían a las cinco de la tarde, luego de la misa.
Pagamos la cuenta y regresamos a San Juan el Divino para el acto conmemorativo.
Realmente, fue electrizante. Al principio cada religión cantó por separado y, al final, se unieron todos: Ortodoxos griegos, catholicos, Hindúes y budistas bajo la batuta de una directora griega, cuyo apellido desafortunadamente no recuerdo, de nombre Naná, si no me equivoco. Esta parte fue realmente emocionante.
Luego entró el coro de Portland para la celebración de la misa. Me sorprendió la cantidad de integrantes del coro. Calculo que eran alrededor de 150 hombres, cuyas voces sonaban perfectamente acopladas y hermosas.
Mientras se preparaban para la misa, conocí a Bob un hombre de mediana edad quien me explicó que efectivamente toda esa cantidad de hombres que veía sentados conformaban el Coro de Gays de Portland y me contó que durante los ensayos en la mañana se le erizaron los pelos de la espalda por la emoción.
Le comenté que me gustaba mucho Nueva York y que me encantaría poder vivir allí.
-A mi también me gustaría, me dijo, aunque vivo en New Jersey que queda relativamnete cerca.
Empezó la misa y dejamos la conversación hasta allí.
Desafortunadamente, no podíamos quedarnos si queríamos llegar a tiempo a la 5O, cerca del Rockefeller Center, a la Cathedral de San Patricio, que nos había quedado pendiente visitar y esperábamos que por se domingo y día de la conmemoración del 11-09 estuviera abierta hasta tarde.
Así que, tomamos el metro y, para variar, no nos fijamos cómo entramos y nos metimos por el andén equivocado, con la suerte de que junto a mi, en el andén se encontraba Fátima, una dominicana quien me dijo que existían dos formas de cambiar la dirección: o bien saliendo a la calle y buscar la otra entrada, lo que significaba perder los 4,50 dólares que cuestan los dos pasajes, o tomar allí mismo el tren y dirigirnos a una estación más adelante donde podríamos tomar el tren de regreso internamente.
Optamos por la segunda opción y en el trayecto, Fátima me contó que tiene 20 años viviendo en Harlem y que está casada con un alemán al que conoció allí. No tiene hijos pues tuvos dos perdidas y luego no pudo volver a quedar embarazada.
-¿No han pensado en adoptar? Le pregunté. Me respondió que no, que si Dios no le había dado hijo sería por algo y que adoptando uno no sabe qué se va a conseguir.
Mientras conversábamos de todo un poco, me preguntó si habíamos ido a la calle 181. Le dije que no y ella me respondió que es una zona interesante y con mucho movimiento y mercado latino, que ella iba hacia allá.
Entonces, decidimos arriesgarnos y bajarnos para caminar un rato la famosa calle latina. Parados en la salida del metro, la dominicana me contó que esos vendedores ambulantes tienen que pagar todos impuestos al igual que los establecimientos formales. Nada que ver con el despelote de nuestros países.
Pisar la 181, fue como llegar a cualquier ciudad latinoamericana. Las calles llenas de gente y vendedores ambulantes y el idioma que predominaba era el español o el “espanglish”. Los comercios venden toda la mercancía sin marca y copias que venden los buhoneros en Venezuela. Entonces, entendí porqué Theresa, la morena del autobús que aunque no vive por la 181, vive en Harlem, me comentó que ella prefería ir a comprar al Down Town porque conseguía cosas diferentes y así no se vestía igual que toda la gente de Harlem.
Al entrar en las tiendas de la 181 no hay ni siquiera que preguntar si hablan castellano, entre y simplemente hable que todo el mundo lo entenderá.
Al llegar a la esquina desde donde se divisa el puente que da a New Yersey, emprendimos el regreso a la estación por la acera contraria.
En el camino nos conseguimos con Natalia una linda y joven ecuatoria que bajaba la calle y llevaba de la mano a su pequeño de 3 años.
Hace 20 años salió Natalia de Ecuador a Nueva York con sus padres en búsqueda de un mejor porvenir. Ella era apenas una niña y, desde entonces, no ha regresado a su país natal.
-Y ahora menos, con el loco de Correa de presidente, me dijo. -La verdad que sí, le dije y agregué, aunque Correa no es tan loco como Chávez.
-Dale tiempo. Dijo lapidariamente.
A su niño le han enseñado a hablar en español y en inglés y me contó que lo quiere inscribir en una escuela bilingüe para que se desenvuelva bien con los dos idiomas.
De repente, el niño hizo que detuviéramos el andar, quedó petrificado frente a la tienda de mascotas y a Cristian y a mi se nos calló la quijada una vez más. Aunque no es una tienda tan lujosa y exclusiva como “Canis”, en Lafayette, pero era bella y me recordó los inicios de Tu Maskota, que fuimos los primeros en Maracaibo en poner los cachorros en la vitrina, sueltos en un corral y no en jaulas.
Natalia, como pudo, arrancó a su niño del sitio y continuamos rumbo al subway. Allí nos despedimos y nosotros seguimos rumbo a la San Patricio.
Justo al momento de entrar a la Catedral, estaban dando los preparativos finales para la celebración de un concierto coral en conmemoració del 11 de septiembre. Hicimos un recorrido por las naves laterales contemplando los hermosos altares, admiramos la magnificencia de la construcción y decidimos quedarnos a escuchar el concierto, presintiendo que sería una inolvidable experiencia en un sitio tan imponente, al que visitan anualmente, cerca de 3 millones de personas.
Primero cantó la agrupación de la Sociedad de Coros de Nueva York, luego el coro de la Catedral de Saint Patrick y por último el Coro de Jóvenes de Nueva York, que nos sorprendió con una pieza en la que con chasquidos de los dedos, aplausos, pisadas fuertes contra la madera de la tarima y palmadas sobre las piernas, reprodujo perfecta y fielmente el sonido de la lluvia desde el inicio, pasando por la tormenta hasta comenzar a amainar. Cada uno de los coros resultó más imponente que el anterior. Una experiencia que mantendrá su eco en mi alma por mucho tiempo.
A eso de las diez de la noche fuimos a la zona de hotel a buscar donde cenar. Lo único que conseguimos abierto fue un Pub Inglés llamado Maggy’s, aunque la mesera se llamaba Elaine y me contó que no sabía a qué se debía el nombre pues allí no había ninguna Maggy.
Yo ordené salchichas de cerdo inglés con puré de papas y granos blancos en salsa de tomate y Cristian pollo a la canasta.
Todo estaba rico. Las salchichas especialmente deliciosas, los granos en su punto y el puré suave y cremoso. El pollo de Cristian crujiente por fuera y jugoso al interior. Todo esto acompañado con dos ricas cervezas negras. Si están en New York y no saben qué comer, opten por comida en los pubs ingleses, no los decepcionará.
Este relato lo escribo en el autobús camino a Boston y mientras lo hago ya siento nostalgia por Nueva York, fueron muchas más las cosas que quedaron pendientes por conocer que las que visitamos. Nos queda una larga tarea pendiente para un próximo viaje a la Gran Manzana.

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