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11/09 un día de conmemoración y espiritualidad en New York

Después de tomar un suculento desayuno americano en el hotel con huevos fritos, tocineta, tostadas, papas salteadas con vegetales, café, jugo, mermelada y mantequilla que nos costó 50 dólares, salimos a la calle en busca de Harlem.
Creo haberles dicho con anterioridad que el Metro no es nada complicado. Eso fue antes del domingo 11 de septiembre cuando queríamos ir a Harlem y terminamos en Queens.
Ciertamente, el sistema funciona como cualquier subterráneo del mundo pero si uno se descuida y no se fija en la letra o número del tren que está tomando puede ir a parar al lado opuesto de donde se dirige, hay que estar muy pendiente del número o letra y del anden que se debe tomar sobre todo, en las estaciones de transferencia. De todos modos, no pasa nada, uno pregunta de nuevo y se regresa a algun punto donde puedo tomar la línea que corresponde.
Así nos pasó en la mañana, aunque no me arrepiento porque pudimos ver Queens aunque fuera de pasada pues el tren en esa zona va superficialmente y uno puede ver algunas de sus calles y edificios.
Finalmente tomamos el tren adecuado y nos enfilamos hacia Harlem, con la esperanza de encontrar una iglesia en la que estuvieran ofreciendo misa Gospel.
Es increible ver como, a medida que el tren va adentrándose en las diferentes zonas de New York, la fisonomía de la gente que sube o baja y la forma de hablar van cambiamdo. Es como si uno desde abajo pudiera predecir lo que se encontrará en la superficie. A medida que el tren se iba acercando a Harlem, los latinos y negros iban aumentando su presencia en el vagón.
Por fin, luego de un paseo de poco más de una hora perdidos en el subway, llegamos a la 116 de Harlem, salimos de la estación y comenzamos a caminar sin saber exactamente hacia donde coger. Entonces le pregunté a una bella señora negra cómo hacer para encontrar una iglesia en la que hubiera a esa hora misa Gospel, nos dió las indicaciones y hacia allá nos dirigimos sin demora.
Al llegar a una esquina de la dirección indicada, escuchamos unos gritos y una música que venían de dentro de una casa. Preguntamos a una pareja de ancianos si eso era una misa Gospel y nos dijeron que si.
Halamos la puerta y entramos a un hall pequeño, al intentar abrir una puerta grande que conducía al recinto donde se desarrollaba la acción, un negro con cara de pocos amigos nos recibió. Le pregunté si podíamos entrar y al principio nos dijo que no con la cabeza, miró a un señor mayor que se encontraba cerca y éste asintió con la cabeza y nos condujo a una banca de madera.
Mientras intentábamos acceder, notamos que en la parte donde se ubicaba el coro, estaba una mujer como en trance, con los ojos en blanco y a su alrededor, otras mujeres la sostenían, le cantaban y gritaban ¡Alleluya!
Cuando nos sentamos, todo volvió a la calma, el coro canto y el predicador empezó su largo sermón. Luego, alguna canción más y al terminar el servicio, una especie de predicadora, con bata dorada y negro dio un pequeño discurso.
El salón en el que nos encontrábamos era sencillo y sin ninguna ostentación. No tenía imágenes de ningún tipo de imágenes. Una vez terminadas las prédicas, todos nos tomamos de la mano y el coro entonó una sentida canción de despedida. Fue un emotivo momento y no pude evitar los lagrimones.
Al final, terminé tomando algunas fotos a las bellas señoras especialmente ataviadas para la ocasión y a los señores que cuidan de la iglesia. Todos se prestaron gustosos a posar para la cámara. Preguntamos como ir a la iglesia catedral del Divino Juan pues Cristian tenía rato insistiendo en que quería ir allí. Amablemente nos dieron las indicaciones para ir en bus, agradecidos, nos despedimos.
Caminamos unas cuantas cuadras hasta la parada del bus y, en vista de que tardaba en llegar, Cristian fue hasta la esquina de la calle para descubrir que hay allí un paseo en honor a Tito Puente y una plaza con la estatua de Duke Ellington parado junto a un piano de cola. Un poco más allá, el jardín del parque Central de Harlem con un hermoso lago que me llamó la atención pues tenía en la superficie unas formaciones similares a la lemna del Lago de Maracaibo. La gente paseaba tranquila alrededor, disfrutando su domingo con sus hijos y mascotas. Por allí pasó un señor caminando con un schnauzer de la correa y un loro de Senegal al hombro. Regresamos a la parada y al instante llegó el autobús que nos llevaría a la Catedral Episcopal de San Juan El Divino.
En el autobús me encontré sentado al lado de Theresa, un hermosa y simpática morena, niuyorkina de pura cepa, a quien le llamaron la atención mis cómodos y estrambóticos zapatos de dedos y eso dio pie para sostener una agradable conversación.
Theresa me contó que nació en Brooklin pero que se ha mudado mucho y, desde hace 6 años vive en Harlem, donde ha decidido establecerse permanentemente. A ella le gusta la zona y a mi también, especialmente por los alrededores de la Catedral es una parte tranquila y bonita.
Theresa me advirtió que tuviera cuidado en algunas zonas de la ciudad que podían resultar peligrosas. Cuando le dije que en donde vivo TODAS la zonas son peligrosas y que uno no podía ir en el metro con celulares, tablets, Ipods o laptops manipulándolos con tranquilidad, no lo podía creer y cuando le conté que a la gente en Venezuela la matan por un Blackberry o un par de zapatos, los ojos se le brotaron.
-¡No puede ser! Exclamo. “Ustedes tienen que salir de allí. Uno no puede vivir con tanto temor”.
Entonces no pude evitar pensar que Theresa tiene razón, ¿cómo es posible que los venezolanos nos hallamos dejado arrebatar la seguridad personal y la calidad de vida?
Un poco descorazonado, me despedí de Theresa, luego de que me diera indicaciones para llegar a la Catedral.
A lo lejos, se divisaba lo que prometía ser una interesante iglesia de estilo Neogótico pero antes de llegar allí debíamos entrar a un pequeño parque que se encuentra al lado llamado “Children’s Park”. En el centro del espacio está emplazada una gigantesca escultura con seres de fantasía y al rededor de esta, a lo largo de todo el jardín de forma circular, se encuentran pequeñas esculturas vaciadas en bronce y realizadas por niños.
El parque es una iniciativa para estimular a los niños hacia el arte y, anualmente, hace una especie de concurso entre los niños de las escuelas y los proyectos seleccionados, son hechos en bronce y emplazados en el Jardín de los niños.
Terminada la visita al creativo parque, llegamos, por fin, a “The Cathedral Church of Saint John the Divine”.
Esta es una inmensa construcción de comienzos del Siglo XX que da cabida a una institución que no se conforma con dar más de 30 misas semanalmente sino que desarrolla programas sociales, eventos de artes visuales y de escena, servicios comunitarios para mejorar la vidas de quienes son impactados por la adicciones, los hambrientos, sin hogar y servicios de salud para la comunidad.
La Iglesia cuenta hasta con un laboratorio de conservación de textiles de renombre internacional al que acuden para solicitar sus servicios museos como el Moma, el J. Paul Getty o el Frick Collection.
Es una imponente iglesia que nos guardaba en su interior una maravillosa sorpresa. En el centro de la nave, se encontraban haciendo el último ensayo para una misa conjunta de varias religiones en la conmemoración de los 10 años del 11 de septiembre. Eran cerca de las tres de la tarde y el evento tendría lugar a las 3 y media, así que decidimos salir rápido a comer algo para regresar a tiempo para el acto.
Cruzamos la calle y unos metros más abajo conseguimos un Bistró en el que decidimos almorzar. El menú costaba 18 dólares más los 6,50 que se pagan por tener derecho a terraza. Eso incluye un plato y cantidad ilimitada de mimosas (champán con jugo de naranja). Yo pedí una hamburguesa “plain” porque cada ingrediente adicional había que pagarlo aparte. La carne y el pan estaban en su punto y traía tomates en rodaja, salsa de tomate y cebollas en rodaja. Cristian optó por una omelette con espinaca y hongos, un poco falta de sal y sabor para mi gusto, pero no del todo mal.
Mientras esperábamos ser servidos, saludé a un hombre que estaba sentado a la mesa contigua a la nuestra con un clerical al cuello por lo cual supuse se trataba de un sacerdote.
Al oído llevaba un diminuto zarcillo de oro y, al hablar con él descubrí que realmente se trataba de un sacerdote anglicano que pertenece al Coro de Hombres Gays de Portland, Oregón y que se encontraba allí para participar con su agrupación coral en la misa conjunta de todas la religiones. Amablemente, nos invitó para que nos quedáramos para el concierto que darían a las cinco de la tarde, luego de la misa.
Pagamos la cuenta y regresamos a San Juan el Divino para el acto conmemorativo.
Realmente, fue electrizante. Al principio cada religión cantó por separado y, al final, se unieron todos: Ortodoxos griegos, catholicos, Hindúes y budistas bajo la batuta de una directora griega, cuyo apellido desafortunadamente no recuerdo, de nombre Naná, si no me equivoco. Esta parte fue realmente emocionante.
Luego entró el coro de Portland para la celebración de la misa. Me sorprendió la cantidad de integrantes del coro. Calculo que eran alrededor de 150 hombres, cuyas voces sonaban perfectamente acopladas y hermosas.
Mientras se preparaban para la misa, conocí a Bob un hombre de mediana edad quien me explicó que efectivamente toda esa cantidad de hombres que veía sentados conformaban el Coro de Gays de Portland y me contó que durante los ensayos en la mañana se le erizaron los pelos de la espalda por la emoción.
Le comenté que me gustaba mucho Nueva York y que me encantaría poder vivir allí.
-A mi también me gustaría, me dijo, aunque vivo en New Jersey que queda relativamnete cerca.
Empezó la misa y dejamos la conversación hasta allí.
Desafortunadamente, no podíamos quedarnos si queríamos llegar a tiempo a la 5O, cerca del Rockefeller Center, a la Cathedral de San Patricio, que nos había quedado pendiente visitar y esperábamos que por se domingo y día de la conmemoración del 11-09 estuviera abierta hasta tarde.
Así que, tomamos el metro y, para variar, no nos fijamos cómo entramos y nos metimos por el andén equivocado, con la suerte de que junto a mi, en el andén se encontraba Fátima, una dominicana quien me dijo que existían dos formas de cambiar la dirección: o bien saliendo a la calle y buscar la otra entrada, lo que significaba perder los 4,50 dólares que cuestan los dos pasajes, o tomar allí mismo el tren y dirigirnos a una estación más adelante donde podríamos tomar el tren de regreso internamente.
Optamos por la segunda opción y en el trayecto, Fátima me contó que tiene 20 años viviendo en Harlem y que está casada con un alemán al que conoció allí. No tiene hijos pues tuvos dos perdidas y luego no pudo volver a quedar embarazada.
-¿No han pensado en adoptar? Le pregunté. Me respondió que no, que si Dios no le había dado hijo sería por algo y que adoptando uno no sabe qué se va a conseguir.
Mientras conversábamos de todo un poco, me preguntó si habíamos ido a la calle 181. Le dije que no y ella me respondió que es una zona interesante y con mucho movimiento y mercado latino, que ella iba hacia allá.
Entonces, decidimos arriesgarnos y bajarnos para caminar un rato la famosa calle latina. Parados en la salida del metro, la dominicana me contó que esos vendedores ambulantes tienen que pagar todos impuestos al igual que los establecimientos formales. Nada que ver con el despelote de nuestros países.
Pisar la 181, fue como llegar a cualquier ciudad latinoamericana. Las calles llenas de gente y vendedores ambulantes y el idioma que predominaba era el español o el “espanglish”. Los comercios venden toda la mercancía sin marca y copias que venden los buhoneros en Venezuela. Entonces, entendí porqué Theresa, la morena del autobús que aunque no vive por la 181, vive en Harlem, me comentó que ella prefería ir a comprar al Down Town porque conseguía cosas diferentes y así no se vestía igual que toda la gente de Harlem.
Al entrar en las tiendas de la 181 no hay ni siquiera que preguntar si hablan castellano, entre y simplemente hable que todo el mundo lo entenderá.
Al llegar a la esquina desde donde se divisa el puente que da a New Yersey, emprendimos el regreso a la estación por la acera contraria.
En el camino nos conseguimos con Natalia una linda y joven ecuatoria que bajaba la calle y llevaba de la mano a su pequeño de 3 años.
Hace 20 años salió Natalia de Ecuador a Nueva York con sus padres en búsqueda de un mejor porvenir. Ella era apenas una niña y, desde entonces, no ha regresado a su país natal.
-Y ahora menos, con el loco de Correa de presidente, me dijo. -La verdad que sí, le dije y agregué, aunque Correa no es tan loco como Chávez.
-Dale tiempo. Dijo lapidariamente.
A su niño le han enseñado a hablar en español y en inglés y me contó que lo quiere inscribir en una escuela bilingüe para que se desenvuelva bien con los dos idiomas.
De repente, el niño hizo que detuviéramos el andar, quedó petrificado frente a la tienda de mascotas y a Cristian y a mi se nos calló la quijada una vez más. Aunque no es una tienda tan lujosa y exclusiva como “Canis”, en Lafayette, pero era bella y me recordó los inicios de Tu Maskota, que fuimos los primeros en Maracaibo en poner los cachorros en la vitrina, sueltos en un corral y no en jaulas.
Natalia, como pudo, arrancó a su niño del sitio y continuamos rumbo al subway. Allí nos despedimos y nosotros seguimos rumbo a la San Patricio.
Justo al momento de entrar a la Catedral, estaban dando los preparativos finales para la celebración de un concierto coral en conmemoració del 11 de septiembre. Hicimos un recorrido por las naves laterales contemplando los hermosos altares, admiramos la magnificencia de la construcción y decidimos quedarnos a escuchar el concierto, presintiendo que sería una inolvidable experiencia en un sitio tan imponente, al que visitan anualmente, cerca de 3 millones de personas.
Primero cantó la agrupación de la Sociedad de Coros de Nueva York, luego el coro de la Catedral de Saint Patrick y por último el Coro de Jóvenes de Nueva York, que nos sorprendió con una pieza en la que con chasquidos de los dedos, aplausos, pisadas fuertes contra la madera de la tarima y palmadas sobre las piernas, reprodujo perfecta y fielmente el sonido de la lluvia desde el inicio, pasando por la tormenta hasta comenzar a amainar. Cada uno de los coros resultó más imponente que el anterior. Una experiencia que mantendrá su eco en mi alma por mucho tiempo.
A eso de las diez de la noche fuimos a la zona de hotel a buscar donde cenar. Lo único que conseguimos abierto fue un Pub Inglés llamado Maggy’s, aunque la mesera se llamaba Elaine y me contó que no sabía a qué se debía el nombre pues allí no había ninguna Maggy.
Yo ordené salchichas de cerdo inglés con puré de papas y granos blancos en salsa de tomate y Cristian pollo a la canasta.
Todo estaba rico. Las salchichas especialmente deliciosas, los granos en su punto y el puré suave y cremoso. El pollo de Cristian crujiente por fuera y jugoso al interior. Todo esto acompañado con dos ricas cervezas negras. Si están en New York y no saben qué comer, opten por comida en los pubs ingleses, no los decepcionará.
Este relato lo escribo en el autobús camino a Boston y mientras lo hago ya siento nostalgia por Nueva York, fueron muchas más las cosas que quedaron pendientes por conocer que las que visitamos. Nos queda una larga tarea pendiente para un próximo viaje a la Gran Manzana.

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Un comentario »

  1. HERMOSO RELATO Y LAS FOTOS ESPECTACULARES.

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