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Piden legalizar la marihuana, un jardín comunitario, la Compañía y Escuela de Ballet. Un día divertido

Salir a vagar por las calles de Boston significa estar dispuestos a que en cualquier momento la ciudad nos depare una sorpresa.
Un día nos levantamos tarde y salimos de la casa casi a mediodía rumbo a Cambrige para conocer la sede de la Universidad de Harvard y caminar por Harvard Square. En realidad es un paseo que se puede hacer en unas dos horas pues, aunque la Universidad es inmensa y bonita, luego de media hora en ella no es mucho lo que puede ofrecer al visitante, a menos que entre a algún museo o a la biblioteca. Así que la recorrimos por un rato y luego salimos a caminar por Harvard Square y por la zona de las tiendas, donde conseguí a 6.5O en una zapatería, unas medias que quería y que costaban 10 dólares en Prudential Mall.
Después, tomamos el Commuter Rail, un pequeño tren de solo dos vagones al que por error e ignorancia, nos coleamos sin pagar y, una vez montados, ya no había nada qué hacer. El trayecto nos salió gratis.
En Charles Street, nos bajamos para caminar por el boulevard del río y contemplar el atardecer, un paseo que nos recomendó hacer Nicole, una joven arquitecto recién graduada en Los Angeles y que nos conseguimos en el metro vía a Cambridge.
Nicole, originaria de Boston, se graduó en Los Angeles y como allá no encontró trabajo decidió regresar a su ciudad natal a probar suerte. Se le ha hecho muy difícil conseguir empleo en diseño urbanístico que es lo que desea, pero sigue insistiendo.
Los colores y la luz que nos regaló el atardecer a la orilla del río Charles no podían ser más espectaculares. Corría una brisa gélida. Nada que un buen sweatter y una caminata no pudieran remediar.
En eso nos llamó Grace para invitarnos a tomar un café en Thinking Cup, un rico y acogedor lugar en los alrededores del Boston Common Park, donde me tomé el mejor café que he podido conseguir en USA. Es tipo italiano, espumoso y decorada su superficie con figuras hechas con la espuma y el café. Eso sí, para conseguir el sabor fuerte que me gusta, pedí un capuccino con extra shot de café. El café lo tomamos con un exquisito sandwich de salmón y lechugas. De allí, a buscar a Kachu al trabajo y a la casa a preparar una sopita de pollo, que a pesar de no ser chupe propiamente dicho, me quedó parecida a la sopa peruana y satisfizo mis ganas de tomár un rico caldo caliente.
Al día siguiente, salimos cerca del mediodía con la intención de ir directamente a recorrer las calles de los teatros. Bajamos en la estación Park Street y al salir, vimos que en el Common Boston había una multitud de gente y música. Suspendimos por un momento la visita al Theatre District y nos quedamos a curiosear el evento. Había gente de todas las razas y edades, con pelos teñidos de colores, pulseras, collares y toda clase de accesorios con el símbolo hippie de amor y paz.
El olor a marihuana en todo el parque era intenso y, al caminar entre la gente, no era extraño encontrar a algunos fumándose tranquilamente su porrito.
Había puestos de artesanías y de comida desplegados por el área y jóvenes jugando con el ula-ula y haciendo maravares. Fue realmente divertido, o tal vez el olor a cigarritos de la risa me hizo sentirme así.
Cuando ya íbamos de salida a continuar el paseo a los teatros, pregunté a una mujer policía que parecía encontrarse también bajo los efectos del Cannabis, de qué se trataba la fiesta, pensando que era una especie de celebración sabatina para festejar la llegada del otoño.

-Es una manifestación que hacen todos los años para pedir la legalización de la marihuana. La gente se reune, hacen conciertos y discursos en este parque que está cerca de la casa de gobierno, exigiendo que se legalice el porro.

Entonces, fue cuando entendí todo y esa sesentosa reunion de gente cobró sentido. Contemplamos un ratito una novia que llegaba al parque a tomarse fotos con su cortejo y continuamos la marcha disfrutando de la arquitectura, del paisaje urbano, las ardillas, las palomas, pajaritos y gaviotas que pululan por todos lados de la ciudad.
Caminando por Tremont Street divisamos unas parcelas diminutas pegadas una junto a otra en lo que parecía ser un jardín con flores y verduras.
Nos acercamos y entramos para descubrir que se trataba de un jardín comunitario, el Berkeley, en el que cada parcela era atendida por un miembro chino de la comunidad.
Una anciana china me dijo orgullosa que le tomara fotos a una verdura que acababa de cosechar y que parecía un pepino gigante. Según le entendí, se llama chin huan.
Recorrimos todo el jardín tomando fotos y me extraño conseguir a un negro lavándose sus zapatos blancos en una fuentecita. Le pregunté si él tenía cultivos allí y me dijo que no pero que le gustaba disfrutar del jardín.

-Es hermoso. Esto es contemplar el milagro de la vida, es disfrutar de la naturaleza en medio de la ciudad. Dijo.

Luego, caminamos vía Back Bay, la antigua zona construida sobre areas que hace 200 años estaban cubiertas de agua y que ahora es una área exclusiva y costosa.
Por allí nos tropezamos con la sede de la compañía y escuela del Ballet de Boston. Un hermoso e iluminado edificio donde conversé con Mike y Mina quienes me contaron que esa es una de las 3 sedes que tiene la escuela y que, actualmente la compañía cuenta con 57 bailarines, 42 profesionales y 12 jóvenes aprendices que en un futuro también serán profesionales. La matrícula estudiantil en estos momentos es de 7 mil alumnos. O sea, es una gran escuela de ballet.
Mike me contó que la sede prácticamente tiene actividad todo el año, todos los días, pues junto con las cursos regulares, imparten clases abiertas para adultos particulares de todas las edades y los domingos tienen sesiones de rehabilitación y fisioterapia para los bailarines lesionados. La plantilla estudiantil se divide en clases para niños de 9 meses de edad hasta 7 años, de 8 a 18 años, de 19 a 30 y de 30 años en adelante.
Mike y Mina, sin duda y con todo derecho, están muy orgullosos de la compañía de ballet para la que trabajan.
Luego de conversar con ellos vagamos un poco más por Back Bay, tomamos el metro y luego el autobús de vuelta a casa. Paramos en el supermercado Shaws para comprar los mariscos y el azafrán para preparar una fideuá que les había prometido desde hacía meses a Grace y a Kachú. La gente en Shaws estaba asombrada de que quisiera comprar una especie tan cara como el azafrán. De hecho, ni siquiera sabían si tenían, hasta que una cajera me dijo que buscara por el pasillo 4 de artículos importados de España, India y Latinoamérica. Efectivamente, allí estaba y una cajita de un gramo costó 7.50 dólares. Pero valió la pena. La fideuá quedó deliciosa.

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