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Chicago-Indiana. Dos días de caminata y tres de relax

Mientras voy camino a Houston desde Indianápolis, aprovecho las horas de vuelo para escribir este post.

El 22 de septiembre llegamos a Chicago en autobús, después de dormir en Indiana una noche para luego regresar a esa ciudad el fin de semana que es cuando mis sobrinos Julio y Juan Carlos y sus esposas e hijos tendrán tiempo para compartir con nosotros.

Llegamos a Chicago a las 12 del día a Jackson Street, cerca de la antigua torre Sears, llamada ahora Willi’s Tower, como íbamos de mochileros pues todo el equipaje lo dejamos en casa de Juan Carlos, decidimos arrancar a caminar desde allí mismo para buscar el hotel, al tiempo que conocíamos la ciudad.
Si alguien decide hacer eso de buscar el hotel caminando y resulta que el hotel es el Getaway que está practicamente al otro extremo de la ciudad en una zona residencial, les recomiendo que lleven un buen y confortable par de zapatos y una buena bebida energizante. ¡Dios, caminamos como perdidos!

Bueno, en realidad, llegó un momento que estábamos verdaderamente perdidos porque el GPS del teléfono nos guió como si fuésemos en carro y no a pie. Total, que cuando teníamos como siete horas caminando y ya la parte turística de Chicago comenzaba a quedar atrás, al final del boulevard que bordea el lago Michigan, decidimos preguntar a una señora cómo hacíamos para tomar el tren o el bus para el hotel.

Ella amablemente nos explicó cómo hacerlo y, por casualidad, nos encontrábamos justo en frente de la parada del bus 151 que era el que nos correspondía. Envié un mensaje a un número que había en el aviso de la parada e, inmediatamente, recibí uno de vuelta que decía que mi autobus debía llegar en 15 minutos. Efectivamente, cuando habían transcurrido 13 minutos, divisamos la unidad.

En el bus venía Audry, una simpática dama que se bajó en la misma parada que nosotros y se guindó del brazo de Cristian para cruzar la avenida. Conversamos con ella un buen rato, hasta llegar a su edificio, nos dio la bienvenida a la ciudad y nos deseó una buena y placentera estadía. Frente a su edificio, construido en 1926, año en el que creo debe haber nacido también Audry, nos dijo que estaba a la orden en el piso 3ro. si en alguna oportunidad volvíamos a Chicago por más días. Nos dio un beso y un fuerte abrazo a cada uno y nosotros continuamos buscando el hotel, dando más vueltas que un trompo, yendo y viniendo 3 veces la misma vía porque el bendito GPS se nos hacía cada vez más incomprensible, hasta que por fin, preguntando, dimos con el Getaway de los mil demonios.

En esa búsqueda, descubrí que en Chicago la gente no es como en los otros sitios que visitamos. No es que sean groseros ni maleducados pero no son tan amables como en Boston o New York a la hora de ofrecer la información.

Esto nos sucedió, especialmente con la gente de color de esa ciudad, a quienes se les notaba demasiado en la cara y la expresión corporal la molestia que sentían cuando uno se dirigía a ellos para consultarles algo. Con la gente blanca y los latinos, no pasaba mucho, eran un poco mas simpáticos. Tan es asi, que al poco rato opté por no consultar con los “morenos” para no sentir el desprecio.

Nos hospedamos en un hostal más que todo dirigido a estudiantes, quienes pagan tarifa especial, el cual, para adultos que ya dejaron de estudiar hace tiempo como nosotros, resultó bastante caro para lo que ofrecía. 110 dólares por una habitación pequeña, con baño privado, sólo dos diminutas toallas, cero champú, jabón o cremas, una litera de metal y una mesa. Lo peor de todo es que la chica de la recepción me dijo cuando me chequeó, que esa era la mejor habitación del hostlal. ¡Ooops! No quiero saber cuál es la peor.

En fin, que ya estaba reservado y pago y no teníamos ningunas ganas de perder tiempo buscando otro hotel en una visita de sólo día y medio a la ciudad.
Las 7 horas y pico de caminata nos sirvieron para recorrer una buena parte de la ciudad de Chicago. Pasamos por la torre Willi’s, como ya dije, vimos la torre Trump, nos conseguimos de sorpresa con la hermosa Marilyn Monroe de unos 9 metros, realizada en bronce por Seward Johnson, basada en la imagen de la película “La picazón del séptimo año” cuando el viento levantaba la falda del vestido blanco de la diva y emplazada en el 2011 cerca de la sede de la sede de la NBC.

En nuestra caminata, llegamos a la Buckingham Fountain, al Parque del Milenio, donde se encuentra la inmensa e increíble caraota plateada en la que se refleja todo el día la linda ciudad y una hermosa fuente llamada Crown con dos paneles enfrentados en los que se proyectan videos con mil rostros de personas de la ciudad de Chicago, de diferentes razas. Junto a las Crown, hay otras series de esculturas y un especie de gran concha acústica para espectáculos, hecha con acero bruñido, llamada pabellón Pritzker.

Vimos la torre de agua, una escultura gigante de Picasso, pasamos frente a la mayoría de los famosos y bellos edificios de la ciudad como el antiguo correo. Fue un largo paseo durante el cual tanto las pupilas como los pies, apenas tuvieron chance para descansar.

Cerca de la escultura de Marilyn, vimos un letrero y un menú de un pub inglés que quedaba en una esquina al bajar las escaleras del puente y hacia allí nos dirigimos para almorzar en Grami, unas ricas hamburguesas con queso azul y cebollas caramelizadas con papas fritas y refresco de mora. Mientras comimos, aprovechamos de cargar la batería de los teléfonos que murieron justo al tomar la primera foto de la Monroe.

Una vez en el hotel, nos bañamos, cambiamos de ropa y salimos una vez más, esta vez en metro pues una estación quedaba a unas 3 cuadras del sitio, para disfrutar el espectáculo visual de luces y colores que significa recorrer las calles de Chicago por la noche.

Con la cena no tuvimos tanta suerte, sobre todo yo, porque el plato mixto mexicano de Cristian no estaba mal pero mi pollo estaba salado y el brócoli no sabía a nada. Nos metimos en lo que parecía ser un pub inglés confiados en que siempre la comida en esos sitios nos había gustado, y resultó ser una mezcla de pub con comida rápida mexicana. No fue una buena elección pero era lo que había. Y teníamos temor de que, si no comíamos allí, los demás sitios pudieran estar cerrados.

Luego de la desafortunada cena, paseamos otro rato disfrutando de la “ciudad del viento” (windy city), como se conoce a Chicago debido a su constante brisa, bastante fría por estos días y después a dormir para seguir el paseo el día viernes.

Nos levantamos a las 8 de la mañana, nos echamos un baño y bajamos de una vez con el morral para tomar el desayuno que estaba incluido en el precio de la habitación e, inmediatamente, hacer el check out pues, luego de pasear por la ciudad, a las seis pm. debíamos tomar el bus de regreso a Indianápolis.

El desayuno, infame. Unas tostadas de mal pan con mantequilla, queso crema y mermelada, una naranja y un café. Más nada. Eso es lo que hay.

En metro nos fuimos al barrio chino, que resultó bastante diferente de los otros que visitamos pues la ciudad en esa zona es amplia, con anchas calles y bastante espacio lo que hace que no se vea todo aglomerado. Hicimos un corto recorrido por el lugar y luego, otra vez al metro rumbo a la escultura de la Marilyn pues allí tomaríamos un bote que nos haría un paseo turístico por aguas del río, enseñándonos la arquitectura de la ciudad.

Al llegar a la estación, caía un torrencial aguacero que nos obligó a guarecernos bajo el alero de un hotel hasta que amainó, como media hora después, y nos fuimos al muelle a disfrutar de ese hermoso paseo de 90 minutos de duración. Ese tipo de tour me parece lo más apropiado para conocer un poco más la ciudad cuando uno la visita por tan corto tiempo, y la vista de Chicago navegando el río es impactante.

Una vez terminado el recorrido fluvial, emprendimos la búsqueda de Greektown, un barrio griego a donde habíamos decidido ir a almorzar para comer comida mediterránea.

Almorzamos en el restaurante Athenas un delicioso pasticho y un plato de degustación con una variedad de comidas griegas, cada una más rica que la anterior y el pan de concha dura y esponjoso por dentro es el más rico que he comido en USA. Esa fue una buena elección. Al terminar, fuimos a buscar la parada del autobús que no estábamos muy seguros de saber encontrarla.

Llegar a pie fue más fácil y rápido de lo que pensamos por lo que decidimos ir al mirador, en el piso 103 de la Willi’s Tower.

Esa no es una muy buena idea para alguien que, como yo, sufre de vértigo. Cuando el ascensor iba por el piso 30, ya la cabeza me daba vueltas y el estómago parecía voltearse. Respiré profundo y seguí dispuesto a no perder los 17 dólares que me costó el inventico de subir a contemplar Chicago a 103 pisos de altura.

La experiencia fue fabulosa, la ciudad lucía imponente en los 360 grados de visualización y el lago Michigan se veía gigantesco e infinito como un mar. Por supuesto, en ningún momento me acerqué mucho a los cristales ni se me ocurrió para nada subir a los balcones de vidrio desde los que se tiene una visión completamente cenital de la ciudad. Me conformé con mirar de frente y a lo lejos sin atreverme a dirigir la vista hacia abajo. ¡Primero muerto!

Bajamos y fuimos a la parada del bus donde embarcamos rumbo a Indianápolis, en un fastidiodísimo viaje de un poco mas de 3 horas en las que una mujer no paró de hablar en todo el camino, arruinando así mis planes de dormir durante el viaje para recuperar fuerzas.

Como no podía dormir, pensaba, entre otras cosas, en lo que me conseguiría en Indianapolis. Ya el día que llegamos en avión desde Boston, en el trayecto del aeropuerto de Indianápolis a la casa, Kelly se encargó de enseñarnos algunos suburbios. Sitios habitados por gente pobre, obreros latinos en su mayoría que trabajan en las industrias         cercanas a sus sitios de residencia, con lo cual ya teníamos un poquito adelantado el conocimiento de la ciudad. Indianapolis es un lugar mas que todo agrícola e industrial con amplias extensiones de terrenos y fábricas. En medio de la ciudad uno se consigue inmensas granjas con sembradíos de maíz o soya. Tiene un hermoso aeropuerto en donde la espera se hace amena al contemplar las obras de arte regadas por todo el recinto, como un hermoso juego de muebles hecho en bronce en el que un grupo de maletas toman la forma de asientos.

Recordé, mientras al fondo se oía la guacamaya parlotenado en inglés, que el día que partíamos para Chicago, mientras llegaba nuestro autobús, aprovechamos para desayunar en el down town, paseamos por el centro de la ciudad, visitamos la redoma y el bello mercado principal.

¡Por fin, llegamos! La guacamaya parlanchina no sé donde quedó. A nosotros nos esperaban Julio y Lanna, junto a Juan Carlos y Kelly, mis sobrinos con sus esposas, para ir a comer a un sitio italiano donde comimos unos tortellini y una carne con champiñones bastante buenos. De allí fuimos a The Slippery Noodle a escuchar un poco de rock en vivo y a tomar algo. A eso de la 1 am., nos fuimos a la casa, conversamos un rato y a dormir para reponer energías para el día siguiente.

El sábado se nos pegaron las cobijas y terminamos levantándonos mucho más tarde de lo planeado, nos tomamos un café y acabamos desayunando en una tienda de conveniencia de una estación de gasolina un rico (en serio, no miento, estaba bueno) submarino con queso y chorizo, café y jugo.

Cargamos el tanque del auto y nos fuimos toda la familia camino al Festival de las Tierras Altas, Highlanders Festival, una bucólica fiesta que se celebra anualmente entre los descendientes de escoceses, irlandeses y galeses y que consiste en una especie de romería donde va la familia completa a recoger las calabazas que más adelante serán decoradas para Halloween y a cosechar manzanas.

En el lugar se despliegan puestos de comida típica de las tierras altas como el pastel de pastor, apple dumplins, un postre que consiste en hacer una espiral con la manzana, envolverla en harina y hornearla. Luego le ponen melado y helado por encima y queda realmente delicioso e hipercalórico. Por supuesto, también hay apple pie y pastel de calabaza, además de otras exquisiteces.

La gaita inglesa no podía faltar, la música característica llena el silvestre escenario y varios hombres con sus kilts a cuadros hacen sonar los instrumentos, mientras que otros enseñan bajo una carpa artículos propios de esas regiones inglesas y animales oriundos de allí.
Al final del paseo, montamos en una tolva de madera arrastrada por un tractor y fuimos con los niños al sembradío de calabazas para que escogieran las suyas para días después hacerles los orificios y tenerlas listas para Holloween.

A eso de las 4 de la tarde, llegamos a Edinburgh, la zona donde se encuentran los outlets de todas las marcas de prestigio y, una vez más, la locura consumista se apoderó de nosotros. Le dimos duro a esas tarjetas de crédito hasta que consumimos el último dólar del cupo de Cadivi. Al final, tuvimos que comprar de emergencia una maleta más, pues ya las que teníamos eran insuficientes.

Después de unas cinco horas de practicar el “deporte favorito de los gringos” como diría Juan Carlos: salir de compras, fuimos a un Meijer para comprar los ingredientes para hacer la prometida y respectiva fideuá.

Llegamos a la casa y, con la ayuda de Cristian, empecé a preparar el apetitoso plato que, como de costumbre, quedó divino y no me hizo quedar mal. Comimos como a la una y pico de la mañana, conversamos hasta la 3 y luego a dormir.

Por supuesto, el domingo nos dieron las 11 y media en la cama. Para completar, el día estaba lluvioso y no provocaba levantarse. Haciendo un gran esfuerzo me levanté y me encontré con que todos estábamos despertando a esa hora. Nos arreglamos y salimos a almorzar en un all you can eat chino pues Julio tenía que viajar ese día en la tarde a México por cuestiones de trabajo y estábamos con el tiempo contado.

La comida estuvo buena, pero comimos en exceso, es lo malo de esos sitios, como por un precio uno come todo lo que quiera, generalmente, uno se pasa con los alimentos.

Luego salimos a dar un paseo con Juan y Kelly por la ciudad, pasamos por el distrito de las artes donde se encuentran emplazadas en las aceras hermosas esculturas de personas en tamaño natural realizando actividades cotidianas.

Desafortunadamente, el paseo no lo pudimos disfrutar a plenitud por la pertinaz lluvia que no cesó desde que amaneció. Después del paseo, fuimos a casa, conversamos y nos tomamos una rica pizca andina hecha por Kelly, quien la llamó “pizca gocho gringa” Nada mal la sopa para haber sido hecha por una gringa.

El lunes pretendíamos ir al zoológico o a los museos pero resultó que debíamos ir a Edinburgh a cambiar unas cosas en los oulets y el cambio terminó por significar más compras. Cuando ya los bolsillos no daban para más y pretendimos hacer el paseo, ya estaba todo cerrado y terminamos yendo a comer una picante y rica comida Cajún. Paseamos otro rato y en la noche terminamos comiendo en Stir Crazy, otro all you can eat de comida asiática con espectacular decoración y sabrosa sazón donde uno escoge los ingredientes y las salsas con los que preparan el plato en grandes woks frente a uno. Una vez más salimos que sentíamos que la comida se brotaba por los oídos.

De allí a dormir para al día siguiente levantarnos, desayunar un sandwich con café con leche en la casa y enfrentar la ardua tarea de hacer las maletas para, a las 2 y media de la tarde, tomar el vuelo vía a Dallas con destino a Houston, donde comencé a escribir este post que terminé en el momento en que el avión aterrizó en Houston para dar inicio a la aventura en Texas.

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Acerca de Blog de Golcar

Comunicador Social, nacido en Mérida, Venezuela. Actualmente, vivo en Maracaibo y tengo una tienda de mascotas.

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  1. Lala de Balestrini

    Que rico como la pasaron en Indianapolis no se podía esperar menos con los sobrinos que no hallan como atenderlo a uno y quieren llevarlo en una semana o quince días a los sitios que ellos conocen en 6 o 7 años que tienen viviendo allá, esa comida de stir crazzy a nosotros nos pareció espectacular no tan solo por los sabores si no por la forma en que la preparan, bueno ahora a esperar el periplo en Houston que esa parte no la conozco tienen que explicar bien las fotos para no quedarnos en el aire, disfruten muchísimo los que les queda de vacaciones y aprovechen el poquito tiempo al máximo.

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  2. Que vida tan dura primo!! Pero muy merecida!!saludos a la flia…. Americana.

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