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Archivo mensual: noviembre 2011

Buscando un enchufe, encontré un país

Eran casi las diez de la noche. A medida que nos íbamos adentrando en el barrio la tensión en el ambiente se hacía más espesa, se sentía a través de los vidrios ahumados del carro y a pesar del aire acondicionado.

Aunque no había llovido en el día, la calle estaba mojada y bajo el agua los cauchos acusaban la irregularidad del pavimento, cuyos abundantes huecos hacían que el carro diera botes y nos obligaban a ir a mínima velocidad.

En la soledad de la calle, vimos unas mujeres sentadas al frente de su casa junto a una mesa en la que se encontraba un termo de café. Evidentemente, la bebida no era más que una mampara para el verdadero negocio que las mantenía a esas horas allí y que les es mucho más rentable que la venta de vasitos de café: las drogas.

Nos aproximamos a la acera para preguntarles qué tan lejos se encontraba nuestro destino y, al bajar el vidrio, un vapor pestilente entró en el carro. El agua que cubría el pavimento provenía de algún tubo de aguas negras que, vaya usted a saber desde cuando, se encontraba roto.

A las dos mujeres no parecía incomodarles la pudrición, ¡el olfato es un sentido que se acostumbra tan pronto a todo!

-¿Buenas noches, dónde queda la ferretería “El marañero”?

-¿”El Marañero”? -dijeron ambas a coro y se miraron extrañadas.

-Sí, así nos dijeron que se llama. O “El Maraña”.

-¡Ah, Maraña! Sí, es al final del la calle, todavía faltan unas cuantas cuadras. Sigan derecho.

Agradecimos la indicación, subimos los vidrios con la náuseas alborotadas por el hedor y con los vellos de los brazos y la nuca cada vez más erizados por la tensión y el susto. Continuamos lentamente recorriendo la ahuecada vía hasta alcanzar nuestro objetivo.

Llegamos al final de la calle, un montículo de arena y ladrillos abarcaba más de la mitad de la vía, supusimos que una de esas casas que lo circundaban debía ser la de “Maraña”. Pasamos la pequeña montaña y me bajé, con los cojones en el cuello, a preguntar en la primera casa que mostró síntomas de vida, por el famoso maraña.

-¿Quién lo busca? –preguntó una joven como de 16 años.

-Es que me dijeron que él podía tener un enchufe trifásico que necesito – dije, sintiendo que la voz me salían en un hilito imperceptible.

Dentro de la vivienda se empezó a notar movimiento al sentir una presencia extraña. Salió una señora que nos informó que “Maraña” se encontraba haciendo un trabajo lejos, estaba llevando una mudanza hacia el sur de la ciudad pero que los muchachos que estaban estacionando un camión en la casa del frente tenían llave de la ferretería y nos podrían vender el anhelado enchufe.

Crucé la calle mientras Cristian se mantenía en el carro con el motor encendido y los vidrios arriba, saludé a los dos muchachos que estaban descargando el camión y le pregunté si podían venderme el enchufe.

-Yo creo que de esos no hay, pero esperen un momentico que ya “Maraña” está por llegar. El venía detrás de nosotros así que en un ratico está aquí.

Yo ya estaba tan asustado que pensé en subirme al carro y que nos fuéramos de allí de una vez pero me pareció que podía ser más peligroso arrancar así, intempestivamente, que esperar al hombre. Sin darme cuenta, la cuadra se fue llenando de jóvenes y calculo que aparecieron como unos 8 o 10 que comenzaron a hablar y echar cuentos entre ellos mientras yo aparentaba normalidad y permanecía junto al grupo. Uno de ellos que estaba muy divertido echando un cuento acerca de su encuentro un rato antes con la policía, dijo entre risas:

-Entonces yo le dije al tipo: “No señor marihuana, yo no estoy fumando policía”.

Todos rieron a carcajadas, yo traté de esbozar una sonrisa pero no sé si lo conseguí, sentía que los músculos de la cara no me respondían.

-¿Y usted vino recomendado por quién? –me preguntó el muchacho que tenía al lado, agregando inmediatamente de manera enfática –Porque usted no es de por aquí.

————o————

Toda esta historia comenzó el día anterior.

Después de un increíble mes de vacaciones por Estados Unidos, al llegar a la casa con la mente aún embotada por el viaje y por las maravillosas experiencias vividas en varias ciudades del imperio, cuando ya eran como las 12 de la noche y el aire acondicionado del cuarto tenía cerca de cuatro horas encendido, comenzó a oler a plástico quemado.  Algo no estaba funcionando bien con el aparato. Lo apagué. Esperé unos minutos y lo volví a encender. Nada. El aire acababa de fallecer y me esperaba por delante una calurosa noche aderezada con los altos índices de humedad que ofrece el clima marabino.

Al día siguiente, luego de maldormir, salimos a ver precios de aparatos de aire, consultamos varias ventas de electrodomésticos y, sin tomar aún una decisión, nos fuimos a trabajar. Luego de un mes de vacaciones es mucho el trabajo atrasado y las cosas que hay que poner al día así que el día estuvo bastante ajetreado y, sin darme cuenta, ya eran las cinco de la tarde, las tiendas cierran a las seis y no habíamos comprado el aire.

Aterrado ante la idea de pasar otra noche de calor sofocante después de tan agotador día, le dije a Cristian que corriera a comprar el aparato antes que la tienda cerrara, llamé, confirmé precio, hora de cierre y que tuvieran en existencia y Cristian se fue a comprarlo llegando al lugar unos 20 minutos antes de que cerraran.

A eso de las ocho de la noche estábamos llegando al apartamento, descargando el pesado aparato y subiéndolo por las escaleras. Agotados pero felices de haber podido cumplir con nuestro cometido. Rompí las cintas y la caja que envolvían al aire y, cuando ya nos disponíamos a instalarlo en el hueco de la pared destinado para tal fin, sucede la tragedia:

-¡Coño de la madre! –Grito- ¡Esta vaina no tiene enchufe!

La punta del cable tenía tres pelos con unos garfios de metal, el enchufe había que comprarlo por separado, de acuerdo a la toma de corriente que uno tuviera en su casa y el desgraciado que nos lo vendió no nos pudo advertir eso temprano, cuando todavía teníamos tiempo para ir a algún sitio a comprar el bendito enchufe.

Llamé a varios sitios y, los que no estaban cerrados ya, estaban a punto de hacerlo y no nos daría tiempo de llegar. Llamé al técnico de aire que es panita para ver si me podía sacar del apuro pero él tampoco tenía enchufe. Luego de pensar y pensar decidimos acercarnos a un barrio cercano que aunque un amigo que vive allí nos había advertido que era peligroso, no nos lo parecía tanto como para detenernos.

Allí fuimos a dar a una venta de periquitos para autos que abre 24 horas pues, en nuestro desespero, guardábamos la esperanza que, a pesar de que no era su ramo, tal vez el tipo tuviera un enchufe de tres patas para vendernos.

Pues no. El hombre no tenía el ansiado enchufe pero muy amablemente nos recomendó que fuésemos al final del barrio, a donde “El Maraña”, que tenía una ferretería en su casa y seguramente contaba con el pequeño y atesorado artículo.

No sé si era por efecto del largo viaje o de las prolongadas  vacaciones que nuestra mente estaba como embotada y no nos permitía pensar con claridad o si el terror a pasar una noche de calor abrasador nos hacía temerarios. Ni siquiera atendí al consejo de una hermana que, al enterarse del nuestro drama nos recomendó que pasáramos la noche en un hotel y al día siguiente resolviéramos el problema de la instalación del aire. Consejo que al día siguiente me repitió un hombre en la cola del banco cuando contaba lo sucedido.

-Para la próxima váyase a un hotel, esa aventura fue demasiado peligrosa. Suerte tiene de estar contándola. -Dijo.

No sé qué nos pasaba que no razonábamos, como autómatas nos dirigimos a la dirección que nos había dicho el hombre sin pensar en el peligro ni en las posibles consecuencias.

———-o———-

Tragué grueso ante la pregunta del muchacho, quien me miraba por encima del hombro intrigado acerca de cómo había ido a parar yo al barrio. Respondí:

-Me mandó un amigo que conoce a “Maraña” y me dijo que él podía tener el enchufe que necesito.

Llegó “Maraña”, evidentemente, aparte de ser el dueño de la ferretería es un líder en su comunidad pues todos parecen respetarle y, por lo que entendí, es quien maneja el consejo comunal del barrio, administra los recursos que le dan y decide quién tiene derecho a los beneficios que puede obtener por medio de esta nueva figura de organización social.

Entre las consultas que le hacían, las quejas que le ponían, los chismes que le contaban sobre lo que estaba sucediendo en el barrio, logré preguntarle si tenía el enchufe trifásico que necesitaba para que me lo vendiera. Me dijo que esperara un momento, entró a la ferretería acompañado de algunos de los muchachos que ya contaban como unos 16 al sumar los que llegaron con él y al rato salió con la mala noticia de que no tenía el artículo que yo necesitaba. Se le habían agotado y sólo le quedaban enchufes de 110 voltios.

No sé si triste o aliviado de poder salir de una buena vez de ese sitio, me subí al carro y nos fuimos a la casa a ver cómo resolvíamos el entuerto del aire. Llamamos al técnico panita. Eran ya cerca de las 12 de la noche cuando llegó y a lo “Mc Gyver”, cortó el cable del aire que se había deñado y con maña y “teipe” negro logro empatarlo al cable del aparato nuevo y este arrancó a enfriar inmediatamente.

Cuando le contamos lo que habíamos hecho y de dónde veníamos, peló los ojos y con tono de asombro y reprimenda nos dijo:

-¡Ustedes sí tienen bolas! ¿Cómo se van a meter a ese barrio solos y en la noche? Ese sitio es peligrosísimo. Los enfrentamientos entre las bandas de narcotraficantes son a puro tiro y lo mismo con la policía. Con decirles que tienen un sistema de vigilancia: un tipo se monta en un árbol de mango desde donde divisa la mayor extensión de la calle y desde allí avisa a sus compinches cuando viene la policía o los miembros de bandas enemigas. ¡Ese barrio es candela, ahí hay muertos cada nada!

Contento de poder dormir a una temperatura confortable, me acosté dispuesto a recuperar el sueño perdido la noche anterior. La mente, aunque agotada, no dejaba de trabajar. Pensaba: “¿Cómo  se podrá hacer para que este país deje atrás la violencia? ¿Quién podrá ponerle coto al narcotráfico, a esas ventas de droga que se han instalado en los barrios más pobres de nuestras ciudades? ¿Cómo se podrá controlar la corrupción que se ha extendido hasta la gente de los barrios quienes reciben aportes del estado para los consejos comunales donde unos cuantos se benefician de ese dinero sin que la mayoría de la gente del lugar pueda acceder a lo que el gobierno les ha prometido pues esos dineros no son auditados ni controlados por nadie? ¿Qué pasará en las ciudades si alguien con suficiente guáramo y decisión pone fin a ese despilfarro de dinero que va a parar a manos de los guapetones del barrio?” Me imaginaba a esa gente saliendo a incendiar ciudades porque no están dispuestos a perder esas parcelas de poder y de riqueza que han encontrado a costa de que sus vecinos continúen en iguales o peores condiciones que antes. Esos “líderes” de la comunidad saben lo que es pasar hambre y necesidades y lo que han conseguido lo defenderán a sangre y fuego. Muchos de ellos, con las mismas armas que el régimen les entregó para “defender la revolución”. Armas con las que salen a robar y a matar y que no dudarán en empuñar contra quien pretenda arrebatarles lo conseguido.

En esas andaba cuando el bendito aire recién comprado se congeló y ya no quiso volver a enfriar en toda la noche. Después de todo lo vivido, parece que hay días que están escritos en nuestras vidas y contra la fatalidad no se puede pelear. Parecía que no había forma de escapar a una noche de calor infernal.

Chávez ha sido el mejor Presidente de Colombia, “ever!”.

La imagen de Chávez entre sombras es de http://www.noticiascentro.com

Algún despistado o desinformado allende las fronteras de Venezuela podría sentirse confundido o desubicado por el título de este post. Otros, más lapidarios, dirán: “Qué ignorante es este tipo que escribe aquí y no sabe que Chávez es el Presidente de Venezuela, no de Colombia”.

Tengo, para mi pesar, muy claro que Hugo Chávez es el Presidente de Venezuela. No solo lo sé, lo he padecido en cada centímetro de mi piel desde hace 13 largos años. Pero, si me permiten, les contaré cómo llegué a la conclusión que describe el título de este texto.

El martes 22 de noviembre, a final de la tarde, me enteré por un amigo que me pasó la información y luego por las redes sociales lo confirmé, que el régimen en Venezuela había decidido ampliar la lista de productos cuyos precios están congelados, agregando entre otras cosas: jabón de baño, detergentes, hojillas de afeitar, papel higiénico, desodorantes y un largo etcétera de artículos de aseo personal.

Como la historia de lo que acontece en el país con todos los productos que el gobierno decide “regular” o “controlar” es harto conocida por todos los venezolanos, el 23 en la mañana, me presenté en el primer supermercado que encontré para apertrecharme de todos esos artículos que con toda seguridad no tardarían en desaparecer de los anaqueles y que, para conseguirlos, pronto tendremos que recurrir al mercado informal y pagárselos a los buhoneros por el triple de su valor, como sucede desde hace tiempo con el aceite de maíz, la leche, el café, la harina de maíz, entre otros que, en el mejor de los casos, hay que hacer largas colas para poder comprar cantidades muy limitadas de cada uno en los mercados formales.

Por los pasillos del super el comentario era unánime tanto de los clientes como de los trabajadores: “hay que comprar estas vainas porque van a desaparecer de los mercados”.

Decidido a ser de los últimos en Venezuela que tengan que salir podridos a la calle por falta de productos de limpieza personal, atapucé de jabones, enjuagues bucales, champús y desodorantes el carrito de la compra.

Ya en la caja para pagar, alguien dijo:

-Lo peor es que seguro todo lo que desaparezca aquí en Venezuela aparecerá en los mercados colombianos, como ha pasado con las otras cosas que Chávez ha “controlado”.

Traté de ubicar la clarividente voz, miré a mi alrededor para ver quién había hablado de manera tan clara pero no pude localizar al preclaro parlante. Al final me quedó la duda de si lo había dicho alguien o era mi voz interior la que me había hecho el anuncio.

Fue entonces cuando pensé:

“Los colombianos tienen que agradecer de rodillas a Hugo Chávez todo lo que ha hecho por ese país y deben pedir a todos los santos que el milagro de su curación sea cierto”.

Gracias a Chávez, la industria petrolera colombiana se llenó de los mejores profesionales en la materia a nivel mundial. Excelentes profesionales y técnicos expulsados de la petrolera venezolana fueron absorbidos por la industria del vecino país y gran cantidad de nuevos egresados en ciencias petroleras o relacionadas migran a ese país, buscando el futuro que Venezuela no les ofrece.

Gracias al Presidente venezolano, la televisión colombiana, que hasta no hace mucho tiempo se encontraba bastante retrasada con respecto a la venezolana, pasó a ser una de las más creativas, productivas y generadoras de riquezas de Latinoamérica cuando escritores, directores, productores, técnicos y actores de nuestro país, incluyendo parte de los que quedaron desempleados luego del cierre forzoso de RCTV, fueron a parar con sus huesos y extraordinario talento en la industria televisiva colombiana.

Gracias al afán de Chávez por acabar con el sistema productivo en nuestro país, muchas empresas e industrias cerraron sus puertas aquí y se instalaron en Colombia, generando empleo y riqueza para los colombianos y produciendo todo lo que anteriormente producían aquí y que ahora les tenemos que comprar a ellos pagando 5 bolívares “fuertes” por un “débil” peso.

Incluso, muchas empresas que no se han terminado de ir de Venezuela ya han instalado su “plan B” en Colombia y aunque mantienen actividad en nuestro país, han decidido no invertir ni un dólar más aquí. Todo el dinero que tienen para ampliar la producción o agrandar sus empresas lo destinan a Colombia que le ofrece mayor seguridad y más beneficios. Los empleos que se pierden aquí o que se podrían generar, están bajando los índices de desempleo de la hermana república.

Pero, el mayor éxito que ha logrado Chávez en Colombia es haber contribuido eficientemente a disminuir la inseguridad en el vecino país al ofrecerle a los grupos criminales, terroristas, narcotraficantes y guerrilleros un sitio seguro donde establecerse bajo la mirada complaciente y cómplice del régimen bolivariano que no solo no los combate sino que les permite desarrollar en suelo patrio sus actividades a plena luz del día.

El conflicto y la violencia colombianos han venido paulatina y constantemente instalándose en Venezuela durante estos 13 años de “revolución”. Aquí encuentran un fértil terreno abonado de abundante impunidad y alcahuetería donde establecerse y así hemos visto como la industria de los secuestros, el narcotráfico y el sicariato han florecido y son cada vez más comunes y cotidianos en nuestro país.

Las exportaciones colombianas aumentaron en los últimos años en la misma medida que disminuyeron las venezolanas y crecieron nuestras importaciones. El progreso, avance y aumento del nivel de bienestar de los colombianos ha sido directamente proporcional al retroceso y pérdida de calidad de vida que experimentamos los venezolanos. Si no lo cree, échese un paseíto por Cúcuta, haga turismo de supermercado en el vecino país, compruebe cómo sus anaqueles están repletos de todos los productos que escasean en los nuestros, sienta la tranquilidad de pasear seguro por las calles de la mayoría de las ciudades colombianas, algo que hace unos 25 años era impensable.

Todo esto me hace afirmar, sin temor a equivocarme, que ningún presidente colombiano de la época contemporánea ha hecho tanto en beneficio de colombia y los colombianos, como lo ha hecho Hugo Rafael Chávez Frías.

Sobrevivir con 78 años a Cadivi y la banca en Venezuela

Para que tengan más claro lo que voy a contar en este relato kafkiano, haré una corta descripción de los personajes que intervienen para que puedan tener una visión más completa de lo que narro en este post.

Se trata de 2 viejos. El, de 78 años. Su esposa, de 76. El solo tiene la cuenta bancaria donde le depositan su pensión del Seguro Social, que no sirve más que para ese fin, y una que no utiliza ni sabe cómo hacerlo en el banco Provincial que se abrió para poder tener una cuenta en la que Fogade le depositara 2 mil bolívares que era todo su capital y que corría el riesgo de perder a manos del Estado, cuando este le puso sus garras al desaparecido y metamoforseado en Bicentenario, banco Federal.

Ella tiene dos tarjetas de crédito de las que solo sabe que puede sacarlas para comprar y una cuenta corriente en el Mercantil que le quedó de los tiempos en que trabajaba en un colegio. De todo esto, la señora no tiene ni idea de cómo se maneja y ni siquiera sabe prender una computadora y entrar a internet. Es más, por más que hemos buscado mil formas de explicarle cómo funciona la adjudicación de los dólares de Cadivi, no hay manera de que lo entienda. Ha llegado incluso a preguntar, dentro de su confusión, de cuánto es el bono que Cadivi le aprobó.

El tercer personaje en esta historia es el “nalgasprontas” que escribe, quien se ofreció a ayudarlos para hacer los trámites bancarios para solicitar los cupos de Cadivi, de manera que pudieran llevar cada uno 500 dólares en efectivo y activarle el cupo de compras con tarjeta en el exterior a la señora, para un viaje que les regaló su hija que vive exiliada en Estados Unidos y quien quiere, luego de casi 3 años sin verlos, pasar una navidad junto a ellos.

Por razones que escaparon a los viejos y a mí, la renovación de sus pasaportes se retrasó y vinieron a tener en sus manos el nuevo documento cuando ya estaban en el límite de tiempo establecido para hacer los trámites de Cadivi. O sea, la carrera de obstáculos que debíamos emprender era, además de ardua, contra reloj. Por esa razón, y tomando en cuenta lo engorroso que resulta hacer las correspondientes carpetas para las solicitudes y para evitar perder tiempo por errores cometidos debido a mi falta de pericia al organizar las benditas carpetas, decidí contratar los servicios de un experto en la materia, quien me cobraría unos 350 bolívares por tenerme las carpetas hechas tal y como las exige Cadivi.

(Si quien lee esto vive en un país desarrollado y del primer mundo, o en uno subdesarrollado pero sin control de cambio, le suplico no intentar entender nada, solo lea y no se complique la vida, porque ni los venezolanos terminamos por entender nada. Si tiene algún venezolano al lado, pídale que le trate de explicar de qué carajo estoy hablando.)

Al día siguiente de contratar al experto, me llama y me dice:

-Hay un problema. La señora está registrada en Cadivi y necesitamos el correo electrónico y la clave con los que hicieron el registro para poder hacer la solicitud.

¡Empezó Cristo a padecer!

Recordé que, efectivamente, hacía unos 3 o 4 años, a ella le habían hecho el registro para comprar unas cosas por internet, pero ni ella, ni yo, ni siquiera quien la registró, teníamos la más mínima seña de los datos. Intenté con todos los posibles correos que se me ocurrieron y nada. Consulté a Cadivi vía e-mail y por twitter para ver qué se podía hacer en ese caso y nunca respondieron. En la noche, por fin, me avisó la hija de la señora que había una forma de pedir cambio de correo, me dijo que uno debía, para tal fin, descargar una planilla de la página de Cadivi y llevarla al banco.

A la mañana siguiente me fui donde el experto y le comenté lo que debíamos hacer. El me contestó:

-Sí. Hay que hacer una carpeta como las de Cadivi con la planilla y copia de Cédula y otros documentos y llevarla al banco.

-Para luego es tarde -dije-. Hágame la carpetica para el Mercantil y, mientras, yo voy a pedir la cita en línea al Provincial para pedir los dólares del viejo que se hará por ese banco.

Nos pusimos manos a la obra inmediatamente, el tiempo corría y los lapsos impuestos por el régimen de administración de divisas se nos echaban encima, pero resultó que la página del banco Provincial no me daba la opción de solicitud de efectivo para viaje. Me lancé al banco, mientras el experto me terminaba la carpeta. Llegué a la taquilla y la respuesta fue:

-Si el señor no tiene tarjeta de crédito, la página no le da la opción porque para solicitar el efectivo. Tiene que solicitar el cupo de tarjeta primero.

-¡No puede ser! -digo asombrado- ¿O sea que no puede el viejo pedir sus 500 dólares para viajar?

-Tendría que hacerlo por un banco del Estado, en vista de que no posee tarjeta de crédito con el Provincial -fue la seca respuesta que recibí.

(Después me enteré que esa era una resolución que al parecer comenzaría a regir en los meses siguientes a mi diligencia y, no sé por qué motivo, el BBVA Provincial ya había empezado a aplicar. Le consulté por Twitter a la entidad bancaria al respecto y aún espero respuesta.)

Mientras iba a buscar la carpeta del cambio de correo para llevarla al Mercantil, llamé a un amigo gerente de un Bicentenario y le comenté lo sucedido con la solicitud de efectivo para el viejo. Me dijo que, efectivamente, por su banco se podía hacer pero necesitaría abrir una cuenta bancaria allí.

-Para “aperturar” (dijo, como dicen en la jerga bancaria) la cuenta necesita: dos referencias personales con fotocopias de las cédulas de identidad de quienes la firman, copia de la cédula del titular y un recibo de algún servicio a nombre del viejo.

Le expliqué que el único recibo de servicio que tienen es el de electricidad y  está a nombre de su esposa. Tienen una línea prepago de teléfono que funciona con tarjeta, y el servicio de televisión por cable está a nombre del hijo que vive en el apartamento de arriba.

-Tendría que traer el acta de matrimonio- Dijo.

Pensé: “¡Hace 58 años que se casaron en Nicaragua! No me veo llamando a nadie en Centroamérica para que me consiga el documento y, además, no tengo tiempo. Tengo que conseguir otra solución”.

-Gracias, amigo. Ya veré cómo soluciono. -Le dije, y colgué recordando que mes y medio atrás, en Estados Unidos, abrí en 20 minutos una cuenta con 100 dólares y el pasaporte, sin más problema que el que me podía suponer el uso del inglés.

Aparté por un momento el caso del viejo, agarré la carpeta de cambio de correo que ya estaba lista y me enrumbé al banco Mercantil a esperar con la vieja 3 horas a que llegara nuestro número para ser atendidos.

Si, 3 horas de espera y fue la vez que esperamos menos tiempo porque, después, fue mas dilatada la estadía en el bendito banco. Es que la taquilla preferencial, que tiene un dibujo de un bastón que se supone es para dar prioridad a la tercera edad, no es válida en ese banco para personas de 76 años. Para ser atendidos por allí, parece que usted tiene que llegar en una camilla y con suero endovenoso. Tener solo 76 años no lo hace apto para la “preferencia”.

En esa oportunidad esperamos sólo 3 horas porque llamé a una amiga gerente quien habló con la empleada y esta, de mala gana, nos atendió antes de que saliera nuestro número en pantalla. Nos sentamos, entregamos con cara de triunfo la carpeta y nos dicen:

-¿Dónde está la cita?

-¿Qué cita? -Pregunto, a punto de llanto.

-Para pedir cambio de correo electrónico también tiene que pedir cita por internet en la página del banco y anexarla impresa en la carpeta.

Me miró con ironía y agregó, recalcando la palabra “nadie”:

-Y, sin cita, sí es verdad que nadie podrá ayudarlo.

Senté a la vieja en una silla y pegué la carrera a un cyber para pedir la dichosa cita.

-Espéreme que ya vengo.

Nada. El sistema me daba la cita para el día siguiente en otra agencia. La pedí para esa fecha y, derrotado, me fui a recoger mi vieja al banco.

Cuando ya estaba a punto de salir de la agencia, se me ocurre decirle a la mujer que nos atendió:

-La página me dio cita para mañana en otra agencia.

-Mañana es bancario regional, la agencia no trabaja.

-¡Pero el sistema me dio cita!

-En el sistema no salen los feriados regionales. Solo los nacionales. Déjeme llamar a esa agencia a ver si van a recibir esas solicitudes.

Llamó y, efectivamente, le dijeron que trabajarían solo las taquillas de pago. Que para trámites de Cadivi, no.

Me fui de vuelta al cyber a cambiar la cita para el 21. En el camino iba pensando cómo resolver lo del viejo. Entonces se me ocurrió que la solución era anexarlo a él como titular en la cuenta de su esposa pues ya me habían advertido que, si la cuenta no tenía por lo menos 6 meses abierta, no podría solicitar Cadivi.

Decidido, el 21 iría al banco con los dos viejos. Solicitaría el cambio de correo e incluiría al viejo en la cuenta de su esposa. Todavía quedaban 12 días para el viaje así que no debía perder las esperanzas.

No me pregunten qué pasó ni por qué. Aún no entiendo qué me sucedió que no vi la fecha de la cita cuando la imprimí.

Llegamos al Mercantil el 21, carpeta en mano y referencias personales, copias de cédulas, recibo de enelven listos para hacer las diligencias. Tomamos número de la tickera. 51 personas por delante. 10 y media de la mañana, respiramos profundo y dijimos: “Bueno, paciencia, hoy salimos de esto”. Nos sentamos.
Dos de la tarde. Llaman nuestro número. Presentamos primero la carpeta de solicitud de cambio de correo electrónico. La mujer revisa y dice:

-La cita es para mañana.

-¡Nooooooooo!

Cerró la carpeta y me la devolvió.

-Bueno, vamos a hacer la inclusión de la firma del señor en la cuenta. -Digo, tragando grueso.

La mujer aplastó su voluminoso y celulítico trasero en la silla, dejo caer sus lentes hacia la cicatriz que le parte la punta de la nariz en dos y se dispuso, literalmente, a joder.

Con toda la calma y lentitud del mundo empezó a revisar los papeles. Al llegar al recibo de electricidad dice:

-Es de agosto. Necesito uno más reciente, por lo menos de septiembre.

Tomó las copias de las cédulas y dijo:

-Las copias no están muy claras. No se ven bien. Traiga otras. Le guardo el número media hora y me trae un recibo más reciente y las copias más claras de la cédula.

Senté a los viejos una vez más y salí a Enelven a pagar el recibo para que me quedara una factura del mes actual y luego a sacar las copias de las cédulas nuevamente.

En 20 minutos, estaba de regreso en la agencia, entrego los papeles y dice la mujer:

-Esta es una factura de pago, no es un recibo de servicio. No sirve. Y en la copia de su cédula la “G” inicial, parece una “C”. Tampoco sirve.

Le digo que no puede ser, que en esa factura están todos los datos. Nada. Me mira por encima de los lentes y me manda a hablar con la Coordinadora de Servicios, esta llama a la mujer y, al final, yo tengo que salir con los viejos, camino a su casa a buscar bajo las piedras el bendito recibo.

Como la ley de Murphy siempre se da implacable y rigurosamente, y lo que pueda salir mal, saldrá peor; al llegar al apartamento, buscamos y no conseguimos el recibo por ningún lado. Al rato, me dice la viejita un poco apenada:

-¡Aquí está!

El recibo actual de Enelven lo tenía en su cartera, la misma que llevaba con ella todo el día pero no lo recordó en el banco cuando nos echaron para atrás los papeles.

Para las 3 de la tarde estábamos de vuelta en la agencia, con todo lo requerido. La mujer con santa paciencia empezó a procesar la solicitud al tiempo que texteaba por el celular y atendía llamadas telefónicas. Poco le importaba que nosotros a las 4 de la tarde no hubiésemos almorzado ni que los viejos tuvieran ganas de ir al baño. Actuaba lentamente, como si se hubiese pasado en la dosis de sedantes.

Por fin, salimos del infierno, contentos de haber podido por lo menos, en mas 5 horas, hacer un solo trámite.

El día siguiente, 22, el viejo fue a una agencia a llevar su carpeta y la vieja a otra. No hubo manera de que el sistema automatizado me otorgara las dos citas para la misma agencia. Cuando el viejo llegó, estuvieron a punto de devolverlo porque en la pantalla del computador no les aparecía la cuenta pues, con la inclusión de la firma, no se sabe qué pasó que la cuenta estaba como en un limbo. El se puso en sus trece y dijo “no me voy hasta que me reciban la carpeta” y, al rato, quien lo estaba atendiendo le dijo:

-Yo voy a cargar los datos y si el sistema lo acepta, pues le recibo la carpeta. Si no, tendrá que ir a la agencia donde abrió la cuenta.

Esto, a sabiendas de que si el viejo se aparecía en la otra agencia sin tener cita para allá no sería atendido. Afortunadamente, el sistema cargó los datos. Eso sí, no le dieron muchas esperanzas de que tenga los 500 dólares que le corresponden para la fecha del viaje pues, al sacar la cuenta, ya estaban corriendo los 7 días hábiles, límite para hacer la solicitud.

La vieja llegó a las 8 de la mañana a dejar su carpeta, con la mala suerte de que un dato de la bendita planilla de solicitud estaba errado y tuvo que salir a buscarme para arreglarlo. Lo enmendé y a los 40 minutos estábamos de vuelta en el banco. Tomamos un nuevo número de la tickera y marcaba 55 personas por delante. Hablé con quien la había atendido temprano, le expliqué que ya estaba arreglado que por favor le aceptara la carpeta.

-Tiene que tomar un nuevo número y esperar su turno. -Fue su amable respuesta.

Hablé con otra chica un poco menos antipática que los otros y me dijo que no podía, que tenía que esperar su turno. Le dije que sí podían, que cuando ellos querían, podían, porque más de una vez que delante de mí habían pasado gente por encima de los demás sólo porque eran sus amigos. Senté a la viejita en una silla y le dije, “espere que aparezca su número en pantalla”.

Yo tenía que ir a atender mi trabajo que ya había descuidado por tres días por tratar de ayudarlos.

A la una y media de la tarde, me llamó para decirme que ya, por fin, había podido entregar la carpeta. Ahora, está a la espera de que le cambien el correo para procesar su solicitud de compra con tarjeta en el exterior con la esperanza de que se la aprueben, aun cuando ella ya se encuentre en Estados Unidos. De lo contrario, no contará ni con los 500 en efectivo, porque por las fechas ya no tiene chance de solicitarlos, ni con la cantidad que Cadivi tenga a bien asignarle para sus tarjetas, a menos que bajo cuerda se consiga alguien que le active el cupo por los “caminos verdes”, que ya me han dicho que hay personas a las que se les paga y lo hacen.

De no ser así, los viejos tendrán que pasar sus días en el “imperio” a expensas de su hija y su yerno. Sin poder comprar ni siguiera un rollo de papel higiénico por cuenta propia y sin tener que pasar por la incomodidad de pedirle dinero a quienes los invitaron y les pagaron el viaje.

A mis 47, descubrí que me siguen gustando las tetas de sabores.

La chef de la zulianidad, Ivette Franchi

Normalmente, para los 17 de noviembre en la noche, víspera del día de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá,  la querida Chinita, patrona de los zulianos,  prefiero llegar a casa temprano y evadir el bullicio que se esparce por toda la ciudad, con amaneceres de ferias por todos lados, ventas de comidas y bebidas ambulantes por doquier que no hacen más que exacerbar mi agorafobia y el temor a salir a la calle y pasar a ser un guarismo más en las estadísticas de la inseguridad que galopa a gran velocidad por todas las ciudades del país. Prefiero llegar a la casa, ver televisión, leer, curucutear internet, vivir a través de las redes sociales la feria de La Chinita con las publicaciones que los amigos virtuales, menos temerosos que yo, postean desde los lugares donde se encuentran disfrutando de la fiesta.

Sin embargo, este año como se encontraba en Maracaibo para una visita relámpago mi sobrina María Fernanda, quien venía a pagarle una promesa a la milagrosa Virgen Morena, me sentía obligado a vencer mis miedos y llevarla a cenar algún sitio. Quería llevarla a algún lugar que le mostrara un poco la gastronomía maracucha sin tener que padecer los rigores del maremágnum de gente que se arremolina por todos los rincones de la urbe marabina para estas fechas.

Entonces recordé que, justamente la noche anterior, la chef de la zulianidad,

Hamburguesitas de carne, pollo y vegetariana

Ivette Franchi me había comentado vía BB Messenger que estaría junto al chef Néstor Colina, su inseparable colega, con un nuevo menú en el restaurant Bamgú en honor a la Virgen de Chiquinquirá, presentando su sabor zuliano en tríos, además de algunas especialidades que conforman parte de la comida callejera zuliana, reinterpretada por Ivette, con su estética característica y su inconfundible sabor zuliano.

Así que me pareció que la opción de ir a saborear los platos del menú “De lo urbano a lo profano”, como lo denominaron, en Bamgú era adecuada para mostrarle a mi sobrina parte de la zulianidad sin tener que sufrir el atronador ruido y la excesiva aglomeración de gente. Bamgú es un restaurant pequeño, acogedor, con pocas mesas y, esa noche, tenía el excelente acompañamiento de la sesentosa música en vivo de la agrupación “LPSesenta”.

Al llegar, las mesas estaban llenas, la misma Ivette Franchi salió a recibirnos y darnos la bienvenida con su dulce sonrisa y un fuerte y cálido abrazo. Luego de los correspondientes saludos, en vista de que las mesas estaban ocupadas, la chef nos invitó a sentarnos en lo que ellos denominan “la mesa de los chefs”, que no es otra cosa que la barra del local, donde estuvimos conversando con Ivette de todo un poco, escuchando sus proyectos para fines de mes en Mérida, a donde irá para un festival de pastelitos que, por casualidad, tendrá una de sus sedes en La Parroquia, mi pueblo natal, y sobre un programa que piensan desarrollar en diciembre y que consiste en intercambiar recetas impresas en

Yoyo, arepa de “agüita de sapo”, “tumbarrancho” y al fondo sandwich de punta trasera.

calendarios por juguetes que luego serían regalados a niños de escasos recursos.

Es que la Franchi es así, inquieta, imparable, siempre está rumiando nuevas actividades, nunca se toma ese reposo que desde hace algún tiempo realmente necesita para superar una persistente bronquitis que la atormenta.

Entre la amena conversa, la música del grupo, las sonrisas y bailes de mesoneros y dueños quienes no paraban de moverse y cantar al ritmo de esas viejas canciones interpretadas por “LPSesenta” y que hacían que nuestras cédulas rodaran sin piedad por el piso de Bamgú, la noche fue transcurriendo con armonía y alegría. La chef estaba feliz, las mesas no dejaban de ocuparse, durante toda la velada seguía llegando gente y, a ratos, parecía que fuera una reunión de amigos pues, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, muchos amigos coincidimos en esa rica noche de zulianidad.

De comer pedimos un trío de patacones que constaba de tres rodajas de plátano verde tipo tostón cubiertas una con pernil y queso, otra con carne mechada y una última  con pollo; un trío de hamburguesas, una de carne, una de pollo y una tercera vegetariana a base de lentejas. El último trío estaba compuesto de

Patacones con pernil y queso, carne mechada, y pollo.

un “yoyo” (plátano maduro rebosado en huevo y relleno con queso y jamón), un “tumbarancho” (arepa rebosada en huevo y rellena con mortadela y queso) y una arepita de “agüita de sapo” rellena con pernil. Por sugerencia de Ivette, pedimos un sándwich de punta trasera para compartir.

La noche anterior, cuando Ivette me contó el menú, le había dicho que quería comer de todo.  Así fue. Probamos de todos los platos y pudimos comprobar una vez más que la chef logra captar todo el sabor callejero en sus platos, atribuyéndoles una estética particular al presentar la comida propia de puestos de la calle con formato de miniatura, pero conservando los sabores de la comida que le dan origen, refinándolos y convirtiéndolos en verdadera comida gourmet. Para terminar, de postre, pedimos unas “tetas” de toddy y de tamarindo, que me transportaron a mis 18 años, cuando por primera vez fui a Isla de Coche en Nueva Esparta, donde conocí por primera vez esos

Tetas de Toddy y de tamarindo

helados que hacen congelando los líquidos de sabores en bolsas plásticas transparentes de manera que queden con la forma de un pecho de mujer y a los que uno les abre un huequito por la punta para sorber el hielo, extrayendo todo el sabor dulce y frío del helado. A mis 18 años me encantaban y hacía mucho tiempo no los comía. La noche del 17 de noviembre, a mis 47,  descubrí que me siguen gustando las tetas de sabores.

Venezolanos ante las críticas

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Nunca ha dejado de asombrarme (y de molestarme) la poca tolerancia y la  hipersensibilidad que tenemos los venezolanos ante la crítica. Cuando alguien nos critica o corrige algo siempre tendemos a tomarlo como un ataque personal. Nos ofendemos, no cabreamos, nos tornamos hostiles, levantamos la voz, chillamos. Si es por escrito respondemos de manera ruda y en todos los casos sale a lucir nuestra prepotencia y buscamos la forma de justificar nuestras pifias achacándolas a causas externas a nosotros mismos. Tendemos a mirar a los lados para ver a quién le podemos endilgar la culpa de nuestro error.

Cada vez que me pasa algo parecido por criticar o corregir a alguien, no puedo evitar recordar una anécdota que me contaba una querida amiga de cuando ella y su hermana eran niñas. En una oportunidad su hermanita dijo algo sobre un “cupitre” y mi amiga la corrigió:

-No se dice “cupitre” se dice “pupitre”.

Su pequeña hermana ante semejante corrección, adoptó la pose de la sabihonda ofendida,  levantó su dedo índice y lo batía al aire mientras contestaba, agarró todo el aire que pudo en sus pulmones, hinchó el pecho  y con ojos que echaban chispas por la soberbia le espetó, acentuando cada sílaba:

-SE ESCRIBE PU-PI-TRE, PERO SE PRONUNCIA CU-PI-TRE.

Siempre me ha parecido que esa anécdota infantil ilustra perfectamente la forma como los venezolanos reaccionamos ante las críticas. No podemos bajo ningún concepto asumir una actitud humilde ante quienes tienen a bien hacernos una observación, siempre tratamos de leer entrelíneas cuál es la segunda intención que se esconde ante la crítica o la corrección, qué daño solapado se encuentra tras la observación e, incluso, no somos capaces de agradecer el gesto de quien se ha tomado la molestia de ver, leer o escuchar lo que hemos hecho y de buena gana nos quiere hacer ver un error. Reaccionamos como niños ofendidos.

Hace poco conseguí por internet un interesante artículo en un blog de un reconocido escritor a quien siempre he admirado y con cuyos planteamientos en muchas oportunidades he coincidido y, al terminar de leerlo, me tomé el atrevimiento de contactarlo por correo electrónico para corregirle un error ortográfico que tenía el texto y que me pareció le podía quitar credibilidad a lo escrito y no permitir que el artículo cumpliera su cometido pues daba interesantes consejos a unos jóvenes políticos del país, quienes se podrían agarrar del gazapo para desatender lo importante y menospreciar el consejo.

Pues bien, no habían pasado 3 minutos cuando recibí esta respuesta:

“Golcar: Conozco el castellano; estas cosas ocurren en el diarismo.

Siempre me abisma que haya gente atenta cazar gazapos pero, igual, agradecido.”

A mí me pareció un poco hostil su manera de responder, sobre todo tomando en cuenta que mi correo no contenía ninguna muestra de rudeza, de hecho en él le expresaba mi acuerdo con su postura y planteamiento y, de refilón, le recomendaba corregir el gazapo. Entonces le contesté:

“Así es. Y generalmente ocurre en los momentos menos oportunos. En el blog lo podrás corregir sin problema, si ya salió en el diario, no. Ojalá y dentro de las malcriadeces que están demostrando ellos, no se agarren del gazapo para no atender un buen consejo que les dan o desmerecer un excelente texto.
En realidad, no soy “cazagazapos” pero cuando los veo nada me cuesta hacer la corrección, cosa que sé agradecer cuando sucede con mis escritos. Saludos.
Golcar Rojas”

Inmediatamente,  bajó la guardia, entendió que mi intención no era hacer daño y me respondió:

“Tienes toda la razón. Y, como adviertes, hay que estar atento porque, por un gazapo, desnaturalizan lo que quisiste decir.

Celebro entablar correspondencia.

Un saludo cordial”.

Generalmente, cuando hago alguna observación lo hago de manera privada, tratando de que quede entre la persona interesada y yo pues no tengo intención de “lucirme”, solamente que, cuando algo me parece que vale la pena, me gusta que quede perfecto para que pueda ser mejor apreciado. De hecho, si lo que veo me parece una real porquería, sencillamente lo desecho y no me molesto en corregir nada.

Algo similar me sucedió con una no sólo admirada periodista sino talentosa escritora a quien he aprendido a querer a través de twitter, pues su calidez y humanidad traspasa las pantallas que nos separan en el mundo cibernético y uno llega a sentirla tan próxima como a una hermana.

Ella publicó en su espacio en la web un excelente artículo que tenía algunos gazapos sin importancia y un error de concordancia que sí me pareció un poco más serio y que merecía ser corregido. Por mensaje directo se lo hice saber y su respuesta inicial fue similar a la contada con el escritor, me respondió palabras más, palabras menos, que los primeros errores mencionados eran simples problemas de “tipeo” y que lo otro estaba bien porque este texto lo había corregido fulano de tal, un intachable y renombrado profesor de Castellano.

Traté de bajar el tono, le expliqué mi opinión al respecto y al final tuvimos un agradable intercambio de ideas y desarrollamos una interesante y productiva amistad 2.0.

Creo que esos dos ejemplos sirven para ilustrar cuál tiende a ser la primera reacción que tenemos los venezolanos ante la crítica. Nos ponemos a la defensiva y tendemos a ofendernos incluso. En algunos casos, la reacción es simplemente no responder a la observación, como sucedió hace unos días con otra reconocida y admirada periodista a quien osé hacerle observaciones en un excelente texto y, en otros casos, pocos por cierto, agradecen instantáneamente el gesto y se apresuran a hacer la corrección cuando es posible, como aconteció con un joven y brillante escritor quien, además de agradecer la observación me preguntó acerca de alguna duda que la misma le generó.

Cuando veo programas de televisión o leo críticas en diferentes medios de países como España, Francia, Italia o Estados Unidos y veo que la gente llega a tener acaloradas discusiones y se lanzan fuertes críticas, observaciones que van mucho más allá de un simple error ortográfico o mala tecleada de letra y, al final, todos siguen tan amigos, se escuchan y aceptan las posiciones del otro aunque sean opuestas sin tomárselo como algo personal o como una ofensa e, incluso se agradecen humildemente las correcciones, me pregunto ¿por qué no podemos llegar los venezolanos a ese nivel de tolerancia?

Si observan con detenimiento este post, se darán cuenta que es una especie de “mea culpa” que espero me sirva de exorcismo pues, desde el comienzo, hablo en primera persona plural, escribo de “nosotros los venezolanos”. Sí, yo también, a pesar de innumerables y sostenidos esfuerzos y ejercicios de tolerancia para que no sea así, tiendo a tener reacciones como las que describo arriba, cuando me critican o corrigen. Entonces, la cólera me invade, siento una profunda rabia, quiero ser de sangre fría para asumir mis pifias, tener la humildad necesaria para agradecer las observaciones y detesto reaccionar de esa forma que me hace sentir tan troglodita, tercermundista y subdesarrollado.

Mala atención + redes sociales = CONMOCION

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Foto conseguida en la web

Un sábado de estos, como sucede casi todos los sábados, salí a cenar con dos amigos. En esta oportunidad, fuimos a un restaurant nuevo por sugerencia de uno de los acompañantes quien tenía buenas referencias del sitio y, a eso de las 10 y cuarto de la noche, tal vez un poco más tarde, estábamos traspasando los umbrales de la puerta del lugar.

En este punto debo aclarar que omitiré los nombres tanto del sitio como de quienes me acompañaron o de quienes haré referencia en este post pues mi intención es ilustrar un poco acerca de lo que pienso sobre la atención al cliente, las relaciones públicas y los efectos que las redes sociales pueden tener en las dos y no, como alguien me dijo, “destruir”, con mi crítica.

Pues bien, entramos y el sitio se encontraba bastante lleno, no a tope, pero a simple vista no se observaban mesas vacías. Hablamos con la chica de recepción quien, sin mucho interés nos dijo:

-No tenemos mesas y no les sé decir para cuándo pueda haber alguna. La cocina cierra a las 11 de la noche.

Ella se volteó sin mostrar la más mínima intención de continuar atendiéndonos y, cuando ya yo me disponía a decirles a mis compañeros que nos fuéramos a otro sitio, apareció una simpática y amable anfitriona quien nos invitó a pasar, sentarnos en unos cómodos sofás y esperar a que se desocupara una mesa.

Así lo hicimos. La chica nos tomó el pedido de bebidas y a los pocos minutos nos estaba despachando lo requerido.

“Bueno, parece que la mala impresión inicial, se desvanecerá”, pensé ingenuamente.

Permanecimos sentados, conversando por cerca de 25 minutos, los vasos se vaciaron, casi que hasta el hielo lo consumimos y en todo ese tiempo no había la más pequeña muestra de que nos fuesen a conseguir un lugar donde cenar.

Entonces, faltando 5 minutos para las 11, llamo a la chica simpática y le digo:

-Amiga, ya ha pasado casi media hora y aún no tenemos mesa y lo que me preocupa es que nos dijeron que la cocina cierra a las 11 y no quisiera que después de tanto esperar nos digan que no podremos comer.

Cuando la chica se disponía a responderme, la interrumpió un anfitrión quien, amablemente, nos dijo que no nos preocupáramos que, efectivamente, la cocina cierra a las once pero que en vista de la cantidad de gente, ese sábado la mantendrían en funcionamiento por más tiempo.

-Deme 3 minutos y les ubico una mesa. Dijo y se retiró.

No había pasado el tiempo que el  hombre pidió cuando ya estaba de regreso y nos llevó a la mesa que había conseguido. Nos sentamos y, al mirar alrededor, me doy cuenta que había unas cinco mesas vacías para dos personas en las que nos hubieran podido ubicar perfectamente sin hacernos esperar tanto. Callé y no emití ningún comentario al respecto para no parecer rudo.

Al instante apareció el mesonero para tomar el pedido. Su actitud me pareció bastante grosera pero, tomando en cuenta la hora y lo amable del otro muchacho, una vez más callé y me calé que el tipo nos dijera:

-Bueno, tienen que ordenar rápido porque ya la cocina está a punto de cerrar.

Apresurados pedimos té y los primeros tres platos que se nos ocurrieron para no pasar por el mal rato de no poder cenar después de tanta espera. Pedimos un salmón, un cordero y yo me decanté por una pasta de con tiras de lomito.

Pido excusas a los lectores por dar tantos detalles que tal vez les haga tediosa la lectura, pero me gustaría que, una vez que tengan el panorama completo de la situación en mente, si piensan que yo estoy equivocado y no tengo razón, me lo hagan saber con un comentario al pie y, si pueden, lo argumenten.

Pues bien, el salmón, al decir del comensal estuvo perfecto. El cordero, aunque parecía por textura y sabor cualquier otra carne menos cordero, estaba sabroso y, mi pasta, aparte de poca, cuando comencé a comerla noté que de tiras de lomito lo que tenía era dos trocitos de no más de 2 centímetros de largo por medio de ancho, ¡en un plato cuyo costo era de 100 bolívares!

Al ver aquello y considerando que ya la cocina supuestamente estaba por cerrar, ante el temor de quedar con hambre, llamé al mesonero y le pedí que por favor nos llevara pan y mantequilla, ya que no nos lo habían servido.

-No, pan no hay. Se nos terminó-. Fue la respuesta.

¡Yo no lo podía creer! Pedimos la cuenta y nos dispusimos a salir. Uno de mis amigos se tropezó con una conocida que estaba comiendo en una mesa cercana, se paró a saludarla y ella, muy feliz, le dijo:

-¡Ya hemos comido como 6 platos distintos! ¡Todo buenísimo!

-Me alegro por ti, le dijo el amigo, a nosotros nos sirvieron lo que había y apurado.

-¡No puede ser! Dice ella, él –y señala a un tipo que estaba sentado en su mesa- es uno de los dueños.

El hombre miró y sólo dijo:

-Es que es muy tarde. Vengan otro día más temprano.

Yo me encontraba ya en la salida cuando toda esa escena sucedió pero, al salir, el amigo me lo comentó y, entonces, ya no aguanté más, tomé el teléfono, abrí mi Twitter y escribí un comentario en el que me quejaba de la atención del sitio, de lo escasa de la comida y de lo caro del servicio. Como la red no permite más de 140 caracteres por tweet no me extendí en detalles de lo sucedido.

Inmediatamente, recibo un DM (mensaje directo, para los legos en la red del microblogging) de un amigo que me pide le cuente qué sucedió en el lugar porque él les hace la publicidad.

Yo, ni corto ni perezoso, mientras literalmente calentaba una arepa en mi casa para calmar el hambre y la rabia, le conté todo tal y como sucedió y como lo acabo de relatar. Entonces él me dice: “Listo, ya le pasé todo lo que me dijiste a uno de los dueños porque varias personas me han dado la misma queja del lugar”.

Nos despedimos, me comí mi arepa con jamón y queso y me fui a ver televisión y a dormir. Pasan varios días, y, una tarde, me llama uno de los amigos de esa noche y me dice:

-Gocho, no sabes el revuelo que se ha formado por tu tweet sobre el sitio. Me llamaron de relaciones públicas y me dijeron que nos invitaban a comer, para que comprobemos que fue cuestión de mala suerte ese día y que quieren hablar contigo.

-No hay problema, le digo, dales mi número y que me llamen.

Al colgar con él, suena mi celular y es una querida amiga, amiga íntima del hombre con el que acababa de hablar. La saludo efusivamente, como siempre, y cuando comienza a hablar me doy cuenta que la llamada tiene que ver con lo del restaurant.

-Golcar, se ha presentado una situación muy incómoda que salpicó a fulano (el amigo común) y que por rebote me salpicó a mí. Me llamaron del restaurant para reclamarme porque un amigo mío está destruyendo el sitio por twitter. Yo les dije que él no podía ser porque no tiene twitter y me dijeron que uno de los que andaba con él era. Averigüé y me enteré que eres tú. Y como estabas con fulano y yo les hice las relaciones públicas para el lanzamiento del lugar pues me salpicó a mí. No me parece justo que por una mala experiencia que tienes y en un momento en que el restaurant se encontraba colapsado de gente, salgas a destruir un sitio que está empezando porque a mí, que sé de salir a comer,  me han pasado cosas así en todos lados en Maracaibo y no salgo a criticar y creo que les has debido dar una segunda oportunidad antes de salir a destruirlos por twitter…

Y por allí se largó a hablar. Yo le dije que no veía por qué ella se tenía que ver involucrada en eso porque ella no es la esposa de fulano como para que la culpasen de nada. Explicó que a él lo había llevado ella allí y, aunque no me convenció el argumento, no insistí en ese punto y pasé al siguiente. Y luego de contarle lo acontecido, le pregunté:

-¿O sea, que lo que tú me dices es que después de la noche que yo pasé en ese lugar, tendría que haber vuelto a arriesgarme a ser maltratado de nuevo antes de expresar mi descontento? ¿No crees que la actitud, si estaban colapsados, debió ser decirnos que no podían atendernos como nos merecíamos y de acuerdo a los precios del lugar y que nos invitaran a volver otro día?

-Bueno, pero ustedes al ver que tardaban en atenderlos han debido irse. Yo no hubiera esperado. En fin chico, a mi no me parece justo que los destruyas y ellos quieren invitarlos a comer para que comprueben cómo es el servicio.

-Ahora es a mí, al que no le parece justo lo que planteas, dije ya molesto, porque no es justo que porque yo me quejé por twitter ahora me inviten a cenar y me atiendan como un rey y que el servicio siga siendo igual de malo para el resto de los mortales. Es más, mi crítica no ha sido la única, aunque sí tal vez la única que salió por twitter, pero el domingo estuvo allí una amiga con su esposo y salieron bravísimos por el mal servicio pues hasta les cambiaron los platos que pidieron.

-Eso es como si yo hubiera salido a destruir a Tu Maskota y a decir que allí venden animales piches por el que te compré y se murió.. Yo no dije nada…

Y aquí, con el perdón de ustedes, paso a relatar lo más resumidamente que pueda:

LA HISTORIA DEL ANIMALITO PICHE

Hace aproximadamente un año, esta amiga me llamó porque necesitaba unos animalitos para su niña. Yo la atendí por teléfono, recibí su pedido, armé el habitáculo lo más bonito que pude, y, sin ningún costo adicional, me ofrecí a llevárselo a su casa para evitarle el viaje a la tienda. Hasta descuento le di y, al finalizar el día, le despaché su pedido con todo el cariño del mundo y con todas las indicaciones sobre cómo mantenerlos.

Como 15 días después me llama de nuevo y me dice que una vecinita se enamoró de los animalitos y que ella le ofreció regalarle uno. De nuevo preparé el habitáculo con lo necesario y se lo llevé al trabajo. Al llegar me di cuenta que en el sitio estaba fuerte el aire acondicionado por lo que le dije a quien lo recibió que lo pusiera donde hiciera menos frío para que el animal no sufriera y que se lo llevaran lo antes posible de allí para que no se enfermara.

Pasaron dos o tres días, la amiga me llama y me dice que el animal está triste, que no come ni se mueve. Le explico que posiblemente fue por el shock térmico que sufrió por el frío del local, le doy las indicaciones del tratamiento que debía hacerle y le digo que no se preocupe, que si no mejora, yo se lo cambio por otro.

Como una semana después me llama y me dice que el animalito se murió, que nunca mejoró. Yo, cumpliendo lo ofrecido, agarré otro animalito, sano, y se lo hice llegar.

Final. Hasta ahí llegó la historia del animalito piche, hasta el día en que ella me lo recordó para hacer la comparación con la mala experiencia vivida en el restaurant.

Le hice saber que no había punto de comparación pues yo le ofrecí la mejor atención, en ningún momento le dije “¡apúrate a comprar!” o “no me importa si se te murió porque con seres vivos no hay garantía”, ni nada por el estilo.

Ustedes me dirán si yo estoy orinando fuera del perol.

-Bueno, chico, ya tengo que colgar porque voy a entrar a un sitio en el que no quisiera ventilar este asunto. Dijo. Allí tienes la invitación para una nueva visita al sitio, si quieres. Chaíto.

EL PODER DE LAS REDES SOCIALES

Toda esta larga y aburrida historia me estuvo rondando la mente durante horas.  Por un lado, pensaba en por qué no es posible en nuestro país, específicamente, en Maracaibo,  obtener un buen servicio en casi ningún sitio.

¿Por qué en lugar de hacer pasar un mal rato a los clientes no les dicen: “Mire, lamentándolo mucho, no lo vamos a poder atender como se merece mejor vuelva otro día para que no se lleve una mala impresión?

¿No hubiera sido más elegante que en ese mismo momento, cuando el dueño escuchó la crítica, le hubiera dicho al amigo: “¡Eso no puede ser, disculpen! Llamé a sus amigos que les invitó un café por la casa o un digestivo. Es que la cantidad de gente nos desbordó”?

Si la amiga llama como relacionista público del lugar, ¿no era mejor que dijera: “Golcar, la gente del restaurant está muy apenada por el mal rato del sábado y quiere invitarlos a cenar para resarcir los daños”,  en lugar de pretender hacer ver que la culpa fue mía por no irme y por llegar tan tarde y que soy muy injusto al quejarme?

Evidentemente, aún estamos muy, pero muy lejos de alcanzar los niveles de excelencia en prestación de servicios de otros países como Colombia o Estados Unidos y esto lo dice alguien que no está de acuerdo con aquello de que el “cliente siempre tiene la razón” porque hay clientes de clientes y en más de una oportunidad, cuando alguno se ha puesto necio, grosero e impertinente, con el mejor acento maracucho que este gocho puede emplear le he dicho:

-¿Vos sabéis cómo es la cosa? Que no te voy a vender nada y te me váis.

También es evidente que para desarrollar un buen trabajo en relaciones públicas no es suficiente ser muy conocido o prestar servicios en algún medio de comunicación. La profesión va mucho más allá de la popularidad de quien la ejerce y de su poder de penetración en la comunidad.

Y, finalmente, una gran lección que extraigo de toda esta historia es la importante función que cumplen las redes sociales para controlar a quienes prestan servicios. Sólo hace falta poner un comentario en el momento justo y que oportunamente se cumpla la teoría de los 6 grados de separación, para que el mensaje publicado llegue a quien nos interesa que llegue. Esto lo he comprobado con los bancos, por ejemplo, pues hace poco, gracias al twitter también logré solucionar mis problemas para obtener el efectivo de cadivi, luego que por medio de esta red atendieron mis quejas.

La denuncia a través de las redes sociales se hace imprescindible sobre todo en lugares como nuestro país donde hacerse oídos sordos a lo que la gente diga parece ser la premisa. Uno puede en un banco armar el gran escándalo y no pasa nada, aunque haya 200 personas escuchando, pero un tweet, que a lo mejor sólo lo vieron 20 personas, puede generar conmoción dentro de la institución. Por eso es que una amiga, gerente de un banco, me dijo en una oportunidad:

-¡Yo odio twitter! ¡En el banco nos tienen verdes con las quejas que llegan por esa vaina!

Yo lo siento mucho por el inconveniente que le pude haber causado a mi amiga pero no pienso dejar de expresarme libremente a través de las redes sociales y a través de mi blog. Yo no cobro por hacer un tweet o por publicar algo en mi bitácora. Nunca lo haré si eso implica dejar de decir lo que pienso de las cosas, de la política, de los lugares que visito. Dejé de ejercer la comunicación en medios e instituciones  porque las palabras censura y autocensura no cuadran con lo que yo pienso de la profesión. Los comentarios a favor o en contra de algo los hago ejerciendo mi libertad de pensamiento y expresión. Escribo para drenar, compartir y comunicar. No busco prestigio ni fama, sólo compartir mis experiencias de vida con quienes quieran y tengan a bien recibirlas.

Este es mi candidato

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¿Existirá mi candidato?

Hace unos cuantos días ya, dije de manera muy resumida en las redes sociales, que yo ya llegue en política a un nivel en el que sinceramente votaría por aquel candidato que se parara frente a un micrófono y dijera:

“¿Ustedes saben cómo es la cosa? Yo no tengo ni la más remota idea de cómo vamos a hacer para sacar el país del estado de deterioro tanto físico como ético en que nos lo está dejando esta “revolución” pero tengo la voluntad y la valentía para intentarlo, si ustedes me acompañan para lograrlo. ¡Vamos a echarle bolas juntos!”.

Y es que, de verdad, los discursitos de que la educación tiene que ser para todos por igual, que la salud es un derecho humano consagrado en nuestra Constitución, que hay que derrotar la inseguridad porque no puede ser que la gente esté más presa en sus casas que lo que lo están los presos en los recintos carcelarios de donde muchos salen y entran o meten y sacan a su voluntad, que hay que desarmar a la población porque no puede ser más fácil tener un arma que comprar un kilo de leche, cada vez me suena más hueco, vacío, politiquero y sin sentido.

Que Venezuela no puede seguir dependiendo de la renta petrolera, que “hay que sembrar el petróleo”, que tenemos que diversificar la economía y convertirnos en país productor del campo porque en esta “tierra de gracia” uno siembra una piedra y al día siguiente hay dos, que el turismo tiene que ser desarrollado para que se constituya en una de las principales fuentes de ingresos de divisas aprovechando todas las maravillas naturales con las que Dios dotó a este privilegiado país, que el contrabando de extracción y la corrupción tienen que ser atacados de manera “contundente”, que los militares tienen que estar en los cuarteles, que la inflación tiene que ser controlada y los pobres tienen que tener oportunidades de empleo para superar su pobreza y ese largo etcétera cargado de frases hechas y lugares comunes que vengo oyendo desde que estudiaba cuarto grado de primaria y cada día tiene menos significado para mí que puedo decir que ya cuento con cerca de 40 años oyendo la misma cantaleta.

Cuando oigo que los candidatos a las primarias de la oposición y el mismo Chávez que termina convirtiéndose con frecuencia en su propia oposición salen con tonos airados a dar discursos con esa retahila que le escuché a CAP, a Luis Herrera, a Caldera, a Lusinchi y a Chávez (por nombrar sólo a los que llegaron a presidente y sin contar a los otros candidatos) me parece que lo que escucho son las letanías de un rosario al que nadie le para bolas y al que todos responden con gritos y aplausos como quien contesta “Ruega por él” sin haber siquiera escuchado de qué va el rosario.

Lo que hay que hacer lo vengo oyendo desde que tengo uso de razón, pero lo que nunca nadie ha logrado decirme, y mucho menos en una campaña electoral, es cómo lo va a hacer. ¿Cómo va un nuevo gobierno a hacer para controlar la delincuencia, cómo va a desarmar a la población, cómo va a hacer para que los derechos a la educación, al trabajo, a la vivienda y a la salud dejen de ser letra muerta en la Constitución? ¿Cómo va a hacer para controlar las mafias corruptas que se han enquistados en todos los niveles de la administración pública? ¿Cómo va a hacer para quitarle los aportes a esos consejos comunales cuyos directivos en la actualidad se están forrando de billetes en los barrios del país sin que esa gente, que en muchos casos son verdaderas mafias, salga a incendiar el país reclamando el dinero fácil al que se han acostumbrado? ¿Cómo se depurará, se hará eficiente e independizará un poder judicial en el que hay jueces conocidos por todos a los que llaman “tarifa plana” por las coimas que cobran para sentenciar, entre otros vicios que aquejan al sistema de justicia en Venezuela?

Es que, de verdad, lo que tendrá que enfrentar un nuevo gobierno en Venezuela no es nada fácil. Los vicios y corruptelas se han ido enraizando en todos los niveles de la población y del Estado y ponerle un parado a eso puede ser lanzarle el fósforo al verdadero barril de pólvora en que estamos viviendo.

Hacer que la industria petrolera vuelva a funcionar con óptimos niveles de excelencia va más allá de discursos que proponen que el talento que se fue regrese porque, ¿Qué se va a hacer con toda esa cantidad de gente que hoy malmaneja la industria para poder reingresar a quienes estén dispuestos a volver?

En fin, que no quiero seguir oyendo discursos caza bobos de boca de los candidatos en campaña, incluido el presidente Chávez. Tanto él como los precandidatos de oposición no han podido, por ejemplo, controlar la inseguridad y depurar los cuerpos policiales y militares que están bajo su tutela, entonces no me puedo calar más que salgan a decir que la seguridad será “prioridad” en sus gobiernos y que la combatirán, sin que me expliquen cómo lo van a hacer si en los años que tienen en el poder no lo han ni siquiera intentado. Por todo eso, a sabiendas de que lo que digo no es lo “políticamente correcto” ni lo aconsejable en una campaña electoral,  y porque sé que no será fácil ni rápido recuperar al país, a estas alturas, ya lo que pido de un candidato para darle mi voto es sinceridad, honestidad y valentía. Que me diga:

“Amigo, no tengo idea de cómo hacer para levantar este país en ruinas, pero vamos a echarle bolas juntos”.

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