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Archivo mensual: enero 2012

#TwitterBlackOut mi TL sí estuvo apagado por 24 horas

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Reporteros sin fronteras califica de inaceptable los argumentación de twitter para censurar

Reporteros sin fronteras califica de "inaceptable" la argumentación de twitter para censurar

La protesta convocada para el sábado 28 de enero en respuesta al anuncio de que Twitter censurará tweets en algunos países donde estos puedan ser considerados ofensivos o ir en contra de la legislación vigente fue acatada parcialmente.

Si, parcialmente. Inmediatamente, salieron quienes no estaban de acuerdo con la convocatoria a esgrimir sus argumentos en contra. Algunos decían que era

La bloguera cubana, Yoani Sánchez también se sumó al #TwitterBlackOut

preferible tener un twitter censurado que no tenerlo en absoluto. Otros que era absurdo protestar contra la censura, cesurándose. O que los ciudadanos de países con regímenes autoritarios serían los que más perderían. No obstante, la bloquera cubana Yoani Sánchez anunció su apoyo a la medida de protesta. Y el presidente de la Asociación de Internautas dijo que “en Twitter parece que se aplican a sí mismos la ley Sinde“,  el artista disidente chino Ai Weiwei quien dijo: “Si Twitter censura, dejaré de “tuitear”. También el bloguero egipcio, Wael Abbas se pronunció recordándole a Twitter que “todos nuestros tweets están violando la ley”.

En fin que las excusas para no sumarse a la protesta fueron variada, cada quien fue justificando su no acatamiento a la protesta y haciendo presencia en la red social de los 140 caracteres.

Yo, como vivo en un país donde las protestas desde hace 14 años tienen pocos o casi ningún resultado, precisamente porque siempre sale alguien que no está de acuerdo con lo que sucede pero tampoco lo está con el tipo de protesta que se proponga, acaté la medida y, resistiendo y venciendo el síndrome de abstinencia cumplí con mi Black Out. Ni un solo tweet salió ese día de mis dedos. Me volqué desesperadamente al facebook como el fumador que quiere dejar el vicio y se aferra al caramelo. Tomé agua, respiré profundo, caminé en circulos pero vencí la debilidad y no dije ni pío en la red del microblogging.

Lo cumplí, principalmente, porque me parece que cuando se trata de protestar por algo que no nos gusta o nos amenaza debemos hacerlo sin ponerse a

buscarle “peros” a la forma de protesta. Así lo he hecho desde siempre. Cuando llamaban a “cacerolear” desde las casas, me paraba en el balcón a darle al fondo de la olla hasta abollarla sin importarme ser el único en varias cuadras a la redonda que lo hacía. Llamaban a una marcha y allí estaba yo sin importar la hora y el calor sofocante de Maracaibo -llegué a mantener en el carro el kit de marcha: bandana, pito, bandera, y en cuanta manifestación encontraba me paraba y me sumaba-. Cuando llamaron a cerrar los negocios, mi tienda no subía la santamaría…

¿Qué pasa cuando convocan a una protesta y la gente afectada se divide entre los que la acatan y los que no?

Que la gente, acciones, organismos o instituciones contra los que se protesta se dan cuenta de que la división los favorece y llega a no importales que se proteste porque siempre habrá personas a las qué llegar. Entonces el poder ciudadano se diluye, se minimiza.

Si decimos: no compremos más esta marca porque no cumple con los requisitos de calidad o vamos a dejar de ver por 24 horas tal canal de televisión en protesta por su programación y salen individuos que son afectados por la marca o por la cadena de tv y, con la excusa de que no les gusta esa protesta, compran la marca o ponen el canal, los propietarios dirán:

-¿Qué me importa que unos cuantos no me vean o no compren si siempre habrá quienes sí, aunque no les guste?

Y tendrán razón con lo cual ellos se harán más poderosos, sus faltas quedarán impunes y los ciudadanos o usuarios cada vez más desvalidos y las protestas cada vez más vacías y sin sentido. Igual sucede con los gobiernos, como el venezolano al que las protestas le resbalan y siempre termina volteando la tortilla a su favor, la subvalora, banaliza y, por supuesto, no las atiende.

Cuando los ciudadanos nos unimos en una protesta, hacemos sentir que tenemos aunque sea un poco de poder y a quienes les protestamos les podría importar y afectar, tomando alguna medida al respecto. Pero si la protesta se hace aisladamente, parcelada o por pequeños grupos, y algunos incluso salen a hacerle el favor al protestado de desmerecer de antemano la actividad, todo seguirá como está y nada mejorará.

Sí creo que es mejor un twitter a medias que nada de twitter pero, si puedo

Al pájaro ya le han hecho una jaula

hacer sentir mi voz para tratar de mantener un twitter completo y sin mordaza, lo haré.
Si se consigue el objetivo, tendremos un twitter completamente libre, si no, pues habrá que buscar la forma de sortear la censura y de decir lo que queremos, aunque sea como lo hacen los cubanos que tuitean a ciegas a través de mensajes de texto telefónicos o bloguean por medio de interpuestas personas en el exterior por las limitaciones que tienen. Siempre se conseguirá la manera de evadir la censura, pero mientras se pueda pelear por mantener a twitter libre de censura, creo que es nuestro deber hacerlo.

Habría que darle de nuevo sentido a la consigna “En la unión está la fuerza” que, de tan manida y mal utilizada se ha prostituido y parece que ya no nos dice nada, palabras huecas…

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“Revolución”, entre #Rosinesing y los niños de La Piedrita

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Fotomontaje: "#Rosinesing, retrato de familia" de Lerians Rojas con imágenes de la WEB

Cuando estudiaba Comunicación Social en San Cristóbal, una compañera de estudios, con cierta frecuencia, me invitaba a que me inscribiera en el PCV, Partido Comunista de Venezuela. Yo guardaba silencio ante su invitación y le sonreía. Ella decía insistentemente que era en serio y yo me limitaba a volver a sonreír.

La invitación a militar en el PCV la alternaba con una sempiterna cantinela de que se quería quitar la vida porque no soportaba este mundo injusto y desigual. La escena se repetía por lo menos una vez a la semana. Una semana el PCV, la otra el suicidio.

Ella, supuestamente atormentada y a punto de suicidarse, era una niña bien, sin privaciones ni limitaciones, de padres acomodados que vivían en la urbanización Torbes, una de las mâs exclusivas del Táchira, donde residían puras familias del más rancio abolengo tachirense, tratando de convencerme a mí, pobre de solemnidad, de La Parroquia en Mérida, de buena familia también pero de escasos recursos económicos, para que me inscribiera en el partido del proletariado. Y yo callaba y sonreía…

Para ese entonces, teníamos un profesor, militante del PCV también, quien siempre alcahueteaba y tapaba las faltas de sus colegas, sobre todo si eran de su misma tendencia política. Pero, además del profesor y mi compañera de estudios, había un tercer miembro del PCV que yo conocía. Un compañero estudiante de Educación por unos 12 años o más, “líder” estudiantil del Partido Comunista, con terribles errores ortográficos al escribir que eran aún peores al hablar. El era de esos que dicen “Nadien tiene derecho a explotar a los obreros, ni man que tenga mucho rial o haiga hecho una gran fortuna”. Y cosas por el estilo.

El temita del suicidio le duró a mi amiga hasta un día que me consiguió con el apellido atravesado y le dije:

-Mire, mija, si se quiere matar hágalo de una vez. Si necesita ayuda, yo la llevo en un taxi y la dejo en el viaducto pero ya me tiene frito con el cuentico del suicidio.

Punto y final. Esa fue la fórmula para echar el tema al olvido.

Ella dejó de invitarme al PCV, un día que me levanté con el pie izquierdo y cuando me preguntó por qué no me inscribía en el partido, le dije:

-Yo me inscribo en el PCV el día que usted, el profesor fulano y Henry, que tiene mil años estudiando educación y no sabe ni hablar, se salgan de ese partido. Ustedes no son ni comunistas, ni izquierdistas, ni socialistas ni revolucionarios un coño. ¡Ustedes no son más que un bluff!

Y hasta ese momento callé y sonreí. A partir de allí decidí que no me calaba más esas incoherencias ideológicas ni tanto “comemierdismo”.

De mi amiga y el profesor no volví a saber en estos años. Al líder estudiantil, eterno estudiante de la Escuela de Educación me parece haberlo visto hace poco en un noticiero. Ahora pertenece al proceso. Finalmente se graduó, según creo, y tiene un cargo de diputado o algo parecido, pero evidentemente no aprendió a hablar pues en sus declaraciones decía más o menos así:

-“Ellos creían que “íbanos” a fritar cabezas de adecos, pero no “jue” necesario. La revolución llegó para quedarse aunque “haigan” escuálidos a los que no les guste…”

De esta historia me acordé uno de estos días cuando, en una cola de una hora para comprar un kilo de leche, algunos de los que allí estaban resaltaban las bondades de la revolución y del socialismo y el amor del comandante presidente por los pobres del país.

Hacían su cola tranquilos porque gracias a las bondades de las misiones de Chávez estaban recibiendo una misión de 400 bolívares que les permitían comprar esa leche para luego revenderla en el centro de la ciudad al triple del valor que habían pagado por ella. A tal fin hacían, ellos y sus familiares, la fila varias veces para poder comprar la mayor cantidad de leche posible, que les hiciera más rentable el negocio.

Cuando los vi, recordé al ex furibundo copeyano del mercadito de las verduras de los fines de semana, ahora “revolucionario”, “socialista” y chavista rajao, que vende granos y condimentos y quien siempre ha tenido en su chiringuito Mazeite para venderlo al triple del precio regulado, cuando en los supermercados hace meses que no aparece.

Estos, como los de mis tiempos de estudiante, no son comunistas, ni izquierdistas, ni socialistas un coño. En todo caso, son chavistas, y de los pendejos, de los que se creen el cuento del amor al pobre y el ¡viva la revolución!

Porque, en el otro extremo del chavismo, están aquellos que se han enriquecido a costa de la “revolución”. Aquellos que hace 6 u 8 años no tenían dónde caerse muertos, crearon empresas de maletín y consiguieron, a punta de comisiones y sobornos, jugosos contratos con el estado y hoy ostentan 4 camionetas último modelo de las que no crecen más y cuatro casas de construcción nueva en las más costosas villas cerradas, equipadas con muebles y electrodomésticos nuevos de paquete y en muchos casos importados del imperio, pagando las respectivas comisiones en las aduanas.

O aquellos que se dan golpes de pecho defendiendo el socialismo y la revolución porque están bien enchufados con el régimen y sus obscenos ingresos les permiten irse por un mes o mes y medio a Europa, hospedándose en hoteles 5 estrellas y pagando por una noche de habitación el equivalente en bolívares al precio del alquiler mensual de una modesta vivienda en Venezuela.

También están aquellos que gracias a la “revolución” obtuvieron cuantiosas cantidades de dinero para formar cooperativas de producción. Como unos a los que les dieron 300 mil bolívares fuertes en máquinas de coser y equipos para hacer una cooperativa de costura y, cuando les llegaron las maquinarias, de los 5 miembros, ninguno quería trabajar porque “él era dueño” y terminaron rematando los equipos, vendiendo máquinas de 15 mil bolívares fuertes a 3 mil y repartiéndose y malgastando el dinero para terminar en la misma situación que empezaron. Todo sin la más mínima intención de devolver el dinero que les dio el gobierno, confiados en la impunidad que campea en todos los ámbitos de la vida del paìs. Ellos se siguen llamando “revolucionarios”.

Estos, como los de mi tiempo de estudiante, no pueden ser llamados socialistas ni revolucionarios. Unos, no son más que pendejos que se conforman con las migajas que les caen de arriba. Los otros, son oportunistas, aprovechados,

El ícono del Socialismo del Siglo XXI oscila entre esta foto y la imagen de Rosinés con su abanico de dólares. Foto tomada de la cuenta Twitter de @acaballoregalao

“vivos”, recién vestidos, nuevos ricos. En fin, en el mejor de los casos, llamémoslos Chavistas, de esos que se toman fotos con la cara tapada por fajos de dólares y las suben a las redes sociales, una imagen que, más allá de la baja denominación de los billetes mostrados, es una bofetada y una burla para los ciudadanos de un país donde solicitar dólares para tratarse una enfermedad en el exterior es un karma y la espera puede significar hasta la muerte o donde el trámite para adquirir un máximo de 3 mil dólares para un viaje de placer implica gastar energías y tiempo y someterse a maltratos burocráticos.

La imagen de la “revolucionaria” Rosinés con su abanico de dólares contrasta con las que circulan de un acto del colectivo La Piedrita en las que se aprecian unos niños con caras cubiertas por pañuelos cual malhechores, empuñando unos fusiles AK47. El socialismo del Siglo XXI, “bolivariano” y “revolucionario” parece debatirse entre esas dos imágenes.

Ante estos “socialistas” de nuevo cuño, tampoco puedo callar y, mucho menos, sonreír.

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Mérida, obstinadamente bella

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Mérida es obstinadamente hermosa. Su belleza es terca, persistente, insistente y ha logrado subsistir prácticamente incólume a pesar de que hay factores que parecen conspirar en su contra y convertirla en un espacio devastado, desastroso e invivible.

El paisaje del páramo andino, bucólico y acogedor, es tan agradecido que con sólo asomar la cámara fotográfica por la ventanilla del carro, incluso mirando para otro lado como hago yo que padezco de vértigo y no soporto la visión prácticamente cenital de los precipicios que bordean las sinuosas y estrechas vías, se puede tener la seguridad de que saldrá una linda imagen con un paisaje lleno de luz y un cielo de azul intenso, más hermoso aún si se logra captar durante la diáfana luz matutina.

El recorrido por la carretera parameña se disfruta a plenitud pero lo recomendable es calcular el tiempo del viaje de manera que se pase por Tabay antes de las 4 de la tarde o puede tener la seguridad de que lo atrapará una inexplicable, absurda, larga y lenta cola de tráfico en la que uno puede pasar cerca de dos horas, cuyo tedio y cansancio se mitigan con el fresco clima, el verdor del paisaje montañoso y la hermosa luz que nos deja el ocaso del sol.

Ya en la ciudad, uno no puede dejar de admirar la pequeña urbe y de maravillarse de que se sienta bonita y acogedora, a pesar del infernal tráfico que por momentos hace que los autos se detengan por completo, y del horroroso y aparatoso sistema de troller bus que no solo no sirvió para aliviar el problema del tránsito de la ciudad, aparentemente lo complicó más y sus cables aéreos le dan un feo aspecto a la capital merideña. Imagino cómo deben sufrir quienes cultivan el Feng Shui en Mérida al percatarse de la mala energía que debe desprenderse de ese sistema de transporte público que, además, lo llena a uno de impotencia al ver que hay todo un canal de la avenida prácticamente inutilizado mientras uno se encuentra atascado en una cola infernal.

Algún día, un buen gobierno, asesorado por los mejores urbanistas, tendrá que idear la forma de mover ese Troller Bus a las afueras de Mérida, como tengo entendido que era el proyecto original, bordeando el río, de modo que realmente contribuya a desbloquear el tráfico.

La visita al Mercado Municipal es casi que obligatoria. Es uno de los mercados más bonitos y cuidados del país y uno puede ir temprano a tomar un suculento desayuno y comprar souvenirs, o acercarse en horas de almuerzo si se está dispuesto a hacer una pequeña fila de espera mientras se desocupa alguna mesa. Eso sí, como decía mi madre, “el que es delicado no va al mercado”, el sitio siempre está atestado de gente y uno tiene que estar dispuesto a recibir empujones y pisotones de los visitantes.

En La Hechicera está el Jardín Botánico, un rincón de verdor y flores con el rico frío de la montaña donde ir a pasar un día tranquilo, de relax y de desintoxicación, contemplar las bellas plantas y flores, tomar fotos y hasta practicar deportes extremos.

En el antiguo Central Azucarero, ya a la salida de la ciudad y a las puertas de La Parroquia, se encuentra el Museo de Ciencias, una agradable sorpresa pues está bien cuidado y atendido. Sólo están de más la propaganda que se hace el gobernador en un espantoso pendón que se encuentra a la entrada del lugar con la figura de Simón Bolívar y la infame imagen gráfica del video de presentación, enmarcado en rojo con la foto del gobernador y del presidente Chávez. En ningún museo de los que he visitado en varios países he visto semejante tipo de propaganda tan palurda. Los museos son instituciones diseñadas para perdurar en el tiempo, más allá de gobiernos regionales o nacionales que, por mucho que se atornillen en el poder, siempre estarán de paso.

Una vez conocidos y disfrutados los bellos parques emeritenses, como el de La Isla y de Beethoven con su reloj de enanos queda la posibilidad de conocer hermosos pueblos pequeños y caseríos cercanos.

El paseo al páramo de La Culata, a pesar de un angosto, sinuoso y en tramos destruido camino y del congestionamiento del tráfico en época de temporada alta, se disfruta plenamente y el rato que se pasa arriba comiendo fresas con crema o pastelitos, dando a los niños paseos a caballo o deslizándose en vuelo por la guaya aérea, o simplemente contemplando el paisaje y disfrutando del frío y de la niebla, lo cargan a uno de energía.

El paseo a Jají es bueno hacerlo temprano y con un buen conductor pues la carretera está en pésimas condiciones, con grandes huecos y bordes destruidos y tramos en los que el monte se ha comido casi medio canal de la vía. De no tomar la previsión de ir y regresar temprano, les aseguro por experiencia propia que el susto será grande cuando se enfrenten a esa mala carretera, oscura y sin rayado u ojos de gato, empeorada por la densa niebla que no permite ver más allá de un metro. Pero nada de eso, ni siquiera la basura que se puede conseguir acumulada en los alrededores de la plaza del pueblo, impiden que uno se sienta feliz en ese caserío con calles de piedra donde el tiempo se detuvo en épocas remotas, con sus arcos en las entradas de las calles, sus casas coloniales y los hombres a caballo que deambulan por las empedradas callejuelas. En la vía se encuentra el parque la Venezuela de Antier que, junto con la Montaña de los Sueños y Los Aleros, conforma un conjunto de parques temáticos de ensoñación y diversión.

En Lagunillas uno puede pasar todo un día al aire libre a la orilla de esta laguna, única en Venezuela de agua salada y que produce el Urao, ese escaso mineral que sirve de base para el chimó. Este paseo constituye una perfecta opción para un día de picnic haciendo una parrillada o un sancocho, alquilando bicicletas de hasta cuatro tripulantes, jugando pelota, pescando o simplemente conversando y compartiendo.

La belleza del estado Mérida y de su capital sobrevive a malos gobiernos, a la falta de planificación y de urbanismo, al mal gusto de algunos gobiernos como aquel que se le ocurrió derribar la sede de la seccional del Colegio Nacional de Periodistas para instalar un monumento a la trucha emplazando en el sitio una espantosa escultura gigante de ese pez de agua dulce, una instalación cuyo sistema de iluminación ya ni siquiera se encuentra funcionando.

Hasta el cambio climático parece querer sabotear, sin éxito, la hermosura de la región. La subida de las temperaturas del estado ha hecho que las “nieves eternas” del parque nacional Sierra Nevada desaparezcan de la mayor parte de los picos de la cordillera, quedando en algunas temporadas solo una pequeña mancha blanca como memoria de lo que antiguamente eran picos nevados. Sin embargo, la imponencia de las altas montañas donde se encuentra el teleférico más largo del mundo -y en mi caso más tormentoso pues entre el vértigo y el dolor de oídos no disfrute de la subida hace un montón de años cuando juré no volver a pasar por esa tortura- se mantiene intacta y la luz del amanecer, al salir el sol y clarear el día las sumen en un hermoso y gélido contraluz que lentamente va dando paso a la radiante luminosidad del verdor de las montañas.

La belleza del estado y de la capital Merideña ha demostrado persistir a prueba de todo por lo cual es y seguirá siendo uno de los principales destinos turísticos de Venezuela y tengo la tranquilidad de que su hermosura continuará batallando contra todo lo que atente contra ella, hasta que llegue el tiempo de mejores gobernantes y dirigentes. Mientras tanto, se confirma lo que dije hace tiempo atrás en un post de enero de 2010 cuando hice un viaje a Falcón para año nuevo: “Hacer turismo en Venezuela es una ironía”.

De la gente de Mérida no voy a hablar porque, como nací allá, no quiero que digan que no soy objetivo, solo puedo recalcar que, por algo, la llaman la ciudad de los caballeros.

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Volver a la infancia con una Paradura de Niño

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Cuando era un niño, una de las maneras que mis hermanos encontraban divertida de hacerme rabiar hasta las lágrimas era diciéndome que me meterían en la escuela de música a estudiar violín.

Yo pataleaba, lloraba, chillaba, berreaba, gritaba que ¡NO! y llegaba casi al histerismo, hasta que alguno se compadecía de mi furia y me decía que eran mentiras, que era solo una mamadera de gallo. Yo sollozaba y poco a poco lograba tranquilizarme.

Como comprenderán, al ser el menor de 13 hermanos, siempre a alguno, en

cualquier momento de aburrimiento, se le podía ocurrir la jugarreta y yo, más que ingenuo, medio bobo, volvía a montar el show, hasta que se compadecían y, entre carcajadas, me aclaraban que todo era un juego.

Esta broma, como muchas otras con las que se divertían mis hermanos, tenía su época del año en que se hacía con más frecuencia. Por ejemplo, en Semana Santa, el juego consistía en que yo era Jesús al momento de la resurrección. Para tal efecto, me ubicaba detrás de un muro, agachado debajo de una ventana y alguno de mis hermanos debía decir:

-Gloria a Dios en las alturas.

En ese momento, yo, con mis brazos extendidos hacia arriba, emergía detrás del muro, lentamente, como había visto que lo hacía María Montilla, encarnando el papel del Jesús resucitado en la iglesia de La Parroquia, todos los sábados de Gloria a las doce de la noche.

Siempre, irremediablemente, alguno de los presentes se encargaba de hacer alguna broma que me saboteaba el juego, me hacía reír o rabiar y, cómo Sísifo,

En mi familia, los niños son los protagonistas de las paraduras

el acto debía comenzar otra vez. Así podían pasar horas, ellos prometiendo que esta vez si me dejarían hacerlo bien y con seriedad y yo agachándome detrás del muro para la actuación.

En una oportunidad, recuerdo, lo hicimos en un pipote inmenso que acababan de comprar para la basura en el que cabía yo completico y, como tenía tapa, se prestaba para que al momento de decir el Gloria, yo lanzara la tapa con estruendo y saliera en mi acto de resurrección.

Pasamos horas en el juego. Una de las bromas que consiguieron en esa oportunidad mis hermanos para sabotear, fue sentarse sobre la tapa del pipote de modo que, cuando decían “Gloria” y yo intentaba salir, el peso sobre la tapa me impedía emerger. Me desesperaba, lloraba y, bajo la promesa de “Esta vez sí”, volvía al pipote y se repetía la historia hasta el tedio…

La amenaza de ponerme a estudiar violín ocurría, por lo general, para los días de enero, cuando en Mérida se celebran las Paraduras de Niño, ceremonias en las que la música se acompasa, principalmente, al ritmo del violín, para conmemorar el pasaje bíblico según el cual el niño Jesús se perdió a los doce años en Jerusalén y fue hallado a los tres días en el templo.

De niño detestaba el sonido del violín en las paraduras

¡Cómo detestaba ese sonido destemplado que salía del roce del arco contra las cuerdas! Era como un llanto de gatos metidos en un saco. Me imaginaba obligado a estudiar violín y sacando esas melodías con el instrumento y enfurecía.
Con el tiempo, aprendí a apreciar y disfrutar la hermosa música que puede salir de las cuerdas del violín bien ejecutado, pero el recuerdo del destemplado instrumento durante las paraduras se ha mantenido clavado en mi cerebro como una tortura.

Este año, a principios de enero, tuve oportunidad de volver a escuchar, después de muchísimos años, las notas del violín en una paradura pero el sonido que detestaba se volvió nostalgia, y el odio que recordaba tenerle trasmutó en ternura. El violín ahora suena como una plegaria desgarrada, como una sentida oración, una petición, un ruego que en las palabras del rosario dice:

“Niño bendito, divino y glorioso,

haz que mis penas se conviertan en gozo”

Cuando los músicos en casa de Elba Toro, en Zumba, una pequeña urbanización de Mérida, comenzaron a ensayar las canciones de la paradura y sonaron los primeros acordes del violín, volví a tener 10 años y las imágenes del 2012 se mezclaban con aquellas en mi cabeza de niño, cuando recorríamos las calles de La Parroquia tocando de puerta en puerta al ritmo del villancico:

“-Tuntún,
-¿quién es?
-Gente de paz. Ábranos la puerta
Queremos entrar”.

Es que algunas paraduras de niño eran una verdadera fiesta patronal y la procesión buscando al niño de casa en casa alcanzaba una gran multitud que caminaba con velas encendidas por las calles del pueblo hasta encontrar la imagen del Divino Niño en alguna vivienda y ponerla sobre un pañuelo de lino blanco que sería asido en cada una de sus puntas por los cuatro afortunados padrinos escogidos para la ocasión quienes, con una mano sostenían el pañuelo y, con la otra, un cirio grande encendido para encabezar el regreso del niño a su puesto en el pesebre.

A partir de ese día, la imagen del Niño Dios permanecería parada en su portal hasta el momento en que se levanta el pesebre que, en algunos hogares, no se quita hasta el 2 de febrero, día de La Candelaria y cuando, oficialmente, termina la época de navidad.

Ya la noche anterior, en mi casa de La Parroquia, en la intimidad de la familia

Buñuelos en miel, vino Pasita y bizcochuelo son platos típicos de la Paradura

(se pueden imaginar lo que significa “intimidad de la familia” en una casa de 13 hermanos y como setenta sobrinos y sobrinos-nietos con esposos, esposas y uno que otro primo o amigo invitado), habíamos realizado nuestra sencilla paradura que sólo consiste en rezar el rosario, pasear al niño por la casa, besar los pies de la imagen en señal de adoración, retornarla a su pesebre para que permanezca de pie y luego compartir un vaso de vino pasita -es el que se usa para la ocasión-, bizcochuelo y buñuelos de harina de trigo, de maíz, yuca, auyama y apio sumergidos en miel especiada con clavitos de olor.

Pero la paradura en casa de Elba es más grande. A su casa llega un gentío y para la celebración contratan músicos que se dedican especialmente a estas fiestas y que son contactados desde los primeros días de octubre si se quiere contar con ellos pues, de dejar la contratación para más tarde, se corre el riesgo de que no tengan fechas disponibles.

Elba Toro, orgullosa y cariñosa matrona.

Un beso al Niño Jesús en señal de adoración

Esta paradura la hacen en la mañana y mientras iba camino a la casa de Elba recordaba que, cuando yo era pequeño, ir de mi casa en La Parroquia a la de ella en Zumba, era toda una aventura. Era un paseo a través de monte y cañaverales, por caminos de tierra en los que nos podíamos extraviar, o ser sorprendidos por animales o fantasmas, o ser robados por brujas…

Hoy, se trata solo de atravesar unas cuantas calles asfaltadas pasando por urbanizaciones colmadas de casas a ambos lados de la vía. En cuestión de máximo cinco minutos uno se encuentra en aquella casa a la que hogaño organizábamos paseos para hacer sancochos y bajar a la orilla del río.

Con mis ojos llenos de niñez, llegue con mis familiares a casa de Elba, contemplé el bello pesebre de papeles de colores con tres nacimientos y luces intermitentes. Saludé a la hermosa, simpática y orgullosa dueña de casa quien logró con su trabajo y esfuerzo levantar un hermoso hogar en cuyos terrenos algunos de sus hijos construyeron sus casas. Cariñosa, recordó viejos tiempos de cuando ayudaba a mi mamá. Me hizo el honor de nombrarme padrino de uno de los 3 niños del pesebre. Nos brindó de su vino y bizcochuelo. Nos deleitó con sus sabrosas hallacas. Y, sobre todo, con su fiesta y su música de violín, guitarra, cuatro y charrasca, me regaló, una vez más, mi infancia.

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