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Archivo mensual: agosto 2012

Se acabó el fuego, pero el show continúa (o lo que nos dice una foto)

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Luego de varios días de infierno y fuego en Amuay, después de que llegara la espuma apaga incendios comprada al imperio mesmo a la carrera y, según dicen las malas lenguas -y repite la mía que no es muy santa-, de recibir en la madrugada la asesoría de expertos norteamericanos, a hurtadillas, sin que se sepa, pues la orden fue: me dicen en tres horas lo que hay que hacer y se me largan por donde vinieron, las gigantescas llamaradas que salían de los tres tanques incendiados de la refinería fueron extinguidas.

Se acabó el fuego. El país quedó sumido en una profunda depresión y tristeza. Las cientos de imágenes que se tomaron del suceso aún desfilan en nuestras mentes y cuando cerramos los ojos nos atormenta aquella foto de la camioneta Pick up con los cuerpos calcinados arrumados unos sobre otros, la de la señora sentada en la calle con lo poco que había podido rescatar de las brasas y su guacamaya abrazada, las de los automóviles convertidos en chatarra con la humareda y el fuego al fondo que parecían sacadas de una película de ciencia ficción de las que relatan historias del fín del mundo.

El estado de bb messenger de Rigoberto Colina, trabajador de Puramin, muerto en la tragedia, retumba en nuestras mentes:
“Gas metano a 24%. Gas H2S (sulfuro de hidrógeno) 4%. Nos estamos muriendo”.

Y las fotos de los animales quemados despiertan la sensibilidad del mas duro de los mortales. Luego de cuatro largos días de dolor, terror, impotencia, rabia y frustración, Venezuela queda hipersensible, a punto de llanto. Gran parte de los ciudadanos estamos en un estado de desolación tan fuerte que pareciera que en cualquier momento, por la más mínima cosa, arrancaremos a llorar.

Para la mayoría, tristeza y depresión son los sentimientos que nos acompañan y que sentimos nos obsesionarán por largo rato.

Es por eso que nos choca, sentimos una profunda repulsa y animadversión al contemplar la foto del Ministro Ramírez de lo más sonreído, posando alegremente, con sus ofensivas chaqueta y gorra “dojas-dojitas”, como diría él, frente a la cámara, como quien posa en un cumpleaños para el apagado de las velas.

La imagen es grotesca, el rojo de la vestimenta para una ocasión de duelo hiere la vista. Es como para gritarle: ¿Qué fue, Ministro, se está quitando el luto por las más de 40 víctimas fatales poco a poco?

Uno ve la fotografía y de inmediato recuerda a la hiena Izarra con su cínica sonrisa en CNN y su insensible comentario acerca de que Franklin Brito olía a formol cuando el agricultor se encontraba en los últimos días de la huelga de hambre que le costó la vida.

No podremos olvidar nunca la, en mal momento, citada frase del presaliente: La función debe continuar.

¿De qué materia fecal están hechos estos “socialistas” de pacotilla? ¿En qué albañal cultivan sus sentimientos estos “revolucionarios”?

No era nada difícil para el presaliente aparecer 40 horas después, como lo hizo,  y saludar humildemente a las víctimas y a sus familiares, pedir un minuto de silencio por los fallecidos en el accidente, pedir excusas a quienes pudieran pensar que esas muertes son su responsabilidad tomando en cuenta que él es el jefe del Estado que tiene a su cargo la administración y el resguardo de esas instalaciones petroleras y las vidas de quienes allí laboran. De una manera u otra, son su responsabilidad. Podría haber inmediatamente solicitado una investigación y anunciar al mismo tiempo que se indemnizaría a las víctimas.

Pero no. Todo lo convierte en un show que debe continuar. En el espectáculo con el que pretende humillar a quienes están en minusvalía frente a él, como la periodista de RCN. Todo termina reducido a show y a campaña electoral sin el más mínimo sentimiento de solidaridad con quienes sufren.

La imagen de Ramírez muerto de risa entre las ruinas de Amuay, es la representación gráfica de lo que hemos vivido los venezolanos estos 14 años. Largos 14 años de burlas y desprecio, de manipulación y vejación de un país al que le han bajado su autoestima a los subsótanos de la humanidad.

El fuego en Amuay se extinguió gracias a la llegada tardía de una espuma apaga incendios que, según mi escaso conocimiento y entender en materia de seguridad industrial, no debería faltar en unas instalaciones de alto riesgo como una refinería, pero el show continuó.

Es que la formación de todos estos revolucionarios del siglo XXI pareciera estar marcada por las pautas “showceras” que les da su comandante presaliente. El sabelotodo de todo. El que conoce a la perfección hasta de sonido de espectáculos públicos pues, según confesó en cadena nacional, en mejores tiempos para el país, fue animador de concursos de reinas de pueblos y narrador de caimaneras deportivas. Afición a la que lleva catorce años haciéndole honor pues, no puede ver un micrófono porque allí se queda pegado por horas, hablando más paja que radio “fiao”, echando cuentos y anécdotas que parecieran sacados de una edición barata de imitadores de García Márquez.

El Ministro podría haber honrado las circunstancias y una vez apagado el fuego, aunque fuese por pudor y humanidad poner cara de circunstancia, agradecer a los bomberos, pedir un minuto de silencio por los fallecidos, cantar el himno nacional en honor de las víctimas y largarse a celebrar en la intimidad de su casa, si era lo que se le antojaba.

Pero es que humanidad, sensibilidad, sentimientos, solidaridad, respeto, honor, si estos “socialistas” tenían, eran verdes y se los comió un burro. Como diría mi difunta madre.

¿Cómo no indignarse?

Ramírez sale hecho una fiesta en la foto de marras y Chávez lo felicita por la eficientísima labor extinguiendo el fuego. Nada dicen de los destrozos causados, de los costos económicos y ambientales, además de las vidas humanas y animales cobradas por el fuego que al decir de la mayoría de los expertos se originó por la falta de mantenimiento. La sonrisa de Ramírez demuestra que no tiene el más pequeño remordimiento, como si la refinería, su funcionamiento y control y las vidas de quienes allí trabajan no fueran su responsabilidad. Son más de 40 muertos y más de 80 heridos los que suma la tragedia. Por lo menos 100 millones de dólares diarios de pérdidas por paralización de la producción, miles de millones de dólares para reconstruur las instalaciones. El medio ambiente se ha visto seriamente afectado con daños irreversibles de contaminación atmosférica,  de los suelos y las aguas. Y, como dice el ingeniero Efraín Campos, especialista en confiabilidad, la reputación de Pdvsa queda en entredicho y su imagen internacional muy comprometida, ahora figura como empresa  ineficiente e insegura que aleja a los inversionistas.

De nada de estas consecuencias han hablado ni el Ministo ni el presaliente. A ninguno de los dos parece remorderles en lo mínimo sus consciencias. Hacen espectáculo repartiendo casas cual nuevo rico que a punta de real pretende expiar sus culpas y, por supuesto, el show debe continuar.

Se fue el fuego de Amuay. Nos queda la tristeza, el dolor, la indignación y la terrible certeza de que, para el oficialismo, Venezuela no es mas que una tarima en un templete de feria de pueblo en el que al animador de la elección de la reina lo único que le importa es que el show continúe.

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48 horas de indignación y tristeza por Amuay

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Debo confesar aquí que para reaccionar con ira ante las cosas importantes de la vida soy un poco lento. Así como para las nimiedades tiendo a armar un escándalo y a gritar de manera inmediata, como cuando me consigo el tubo de pasta dental apretado por la mitad; para lo realmente serio, tiendo a ser caviloso y tomarme mi tiempo para reflexionar sobre el tema.

Así me sucedió la mañana del 25 de agosto cuando me desperté y me encontré con la noticia de la explosión en el Centro Refinador de Paraguaná, CRP. De entrada, sentí como un dolor en el pecho, se me hacía difícil imaginar la magnitud de la tragedia. Comencé a leer informaciones, a ver fotos, a enterarme de la cantidad de muertes acaecidas y la furia se fue apoderando de mí.

Recordé informaciones leídas con anterioridad en las que se decía que la falta de mantenimiento de las instalaciones de la petrolera hacía que el lugar fuera un polvorín que en cualquier momento podría explotar y las que daban cuenta de que había habido una explosión o que habían tenido que realizar una parada forzosa por fallas producidas. Estos eran eventos, fallas que debían haber sido consideradas como síntomas de que algo estaba funcionando mal en el CRP y que se debía tomar medidas de prevención y seguridad de inmediato. Pero no se hizo y mi rabia e impotencia aumentaban.

El riesgo que se corría y se corre en las instalaciones petroleras del país es vox populi. Cuando me enteré de la tragedia, lo primero que recordé es que hace aproximadamente unos 8 meses conversaba conmigo un señor que trabajó en el CRP hasta hace unos 3 años y me comentaba que quienes allí trabajaban lo hacían sobre un barril de pólvora. Que las condiciones de seguridad de la industria eran paupérrimas y que cualquier día se desataría una catástrofe. Se despidió dando gracias a Dios de que él ya no trabajaba en ese sitio.

Así pasé el día. Obsesionado con la noticia y a medida que transcurrían las horas y pensaba en el tema, mi indignación y “arrechera” aumentaban. Hasta el punto que a eso de las 10 de la noche sentí la necesidad de sentarme frente a la computadora para escribir el post  “¿Qué no se meta la política en la tragedia de Amuay?”, para de alguna manera tratar de exorcizar los demonios que durante todo el día me habían perseguido y drenar a través de las letras la frustración, el dolor y las ganas de llorar que a lo largo del día también habían ido in crescendo.

Dormí incómodo, inquieto. Me desperté en varias oportunidades con la tragedia en la mente y pensando en lo triste que es saber que no habrá sanciones a los responsables, a los asesinos porque, entre más lo pienso, más me convenzo de que la falta de actuación en una catástrofe tan vastamente anunciada constituye un delito penal y la muerte por negligencia debería ser castigada con cárcel  como lo establece el artículo 131 de la LOPCYMAT.

Me levanté el 26 de agosto con una sensación de vacío en el alma. Al leer el comentario que dejó Yofrank Carrizo en el post, recordé un artículo sobre seguridad industrial que hacía unos 20 años había traducido del inglés para una publicación argentina, en el que se hablaba acerca de los niveles y grados de seguridad de construcciones y los comparaban con los márgenes de seguridad del cuerpo humano.

Pido disculpas a quien lee esto por los simplista de la siguiente explicación y porque muy probablemente no utilizaré los términos apropiados de acuerdo a la jerga especializada utilizada en seguridad industrial pero la memoria no me da para tanto. Lo esencial, indicaba que, por ejemplo, en el cuerpo humano, los riñones tenían un índice de seguridad de 2. Contamos con 2 riñones lo que significa que si falla uno, tenemos el otro para hacer su trabajo. En los mecanismos de los ascensores, por ejemplo, si mal no recuerdo, el margen de seguridad de las guayas es de 7. Es decir, que una guaya de ascensor soporta por seguridad hasta 7 veces más del peso indicado en sus especificaciones. O sea que habría que exceder en 7 veces el nivel de riesgo indicado para que se produzca una tragedia. Y, si mi  memoria no falla, en instalaciones de alto riesgo como las siderúrgicas, el margen de seguridad sobrepasaba los 8 puntos.

Al recordar esos datos, la furia resurgió porque ¿cómo es posible que en unas instalaciones con un margen de seguridad de más de 8, la desidia, el abandono y la falta de un gobierno que cumpla con lo que la ley le ordena en materia de seguridad y resguardo de la vida de los trabajadores de las empresas a su cargo, haya hecho que se sobrepasaran los ocho grados de seguridad y se produjeran más de 40 muertos?

No pude evitar pensar en la angustia que deben haber vivido las víctimas fatales en esos últimos momentos de vida, la zozobra en la que tanto los fallecidos como los heridos y el resto de los trabajadores del CRP deben llevar a cabo su trabajo pues, nadie mejor que ellos para saber el riesgo que allí corren, el terror constante en el que viven esas personas que sienten el temor de la violencia callejera al salir de sus casas y que ni siquiera en sus puestos de trabajo deben estar tranquilas porque saben que trabajan en un barril de pólvora. ¡Eso no es vida! Y para mayor tristeza me encuentro en twitter con esta publicación que, aunque no sé si es verdadera, forma parte de los fantasmas que desde que supe la noticia me atormentan y me aflojó los mocos: 

Carlos Carrasquero ‏@krlosmusica

El era RIGOBERTO COLINA, muerto en la tragedia, trabajador de Puramin, esta fue su ultima actualizacion de BBM! Haz RT pic.twitter.com/3h9urROK

Qué rabia cuando leo que algunos “lameculos” del régimen empiezan a lanzar hipótesis de sabotajes y complot en la tragedia. Una hipótesis que, de resultar cierta, deja mucho que desear de un gobierno que tiene años con las instalaciones petroleras militarizadas y resguardadas por Guardias Nacionales las 24 horas del día, los siete días la semana, los 365 días del año. Es decir, si fue un ataque “terrorista” y “saboteo”, aunque no hay evidencia ni siquiera de una bomba molotov, lo hicieron en las narices de los militares que, se supone, nos defenderán de una posible invasión del imperio. #VayaPalaMierda

Entonces, me consigo en las redes sociales algunos comentarios de gente afecta al oficialismo que para tratar de justificar lo injustificable, dicen que por qué exigimos que se identifiquen responsables y se apliquen sanciones en el caso de Amuay, si cuando la catástrofe de Tacoa, producida en la “IV” no hubo responsables ni sancionados.

En ese instante la furia y la ira se me convierten en tristeza al ver a lo que hemos llegado en este país. Siento que ese comentario es casi como decir: “Bien hecho que pasó lo de Amuay. Si la cuarta república tuvo los muertos de Tacoa, pues la V quinta tiene los de Amuay”.

Para mi escaso entendimiento, decir que no se deben sancionar a los responsables de hoy porque no se sancionaron a los de ayer, es la esencia de cómo nos han gobernado estos 14 años en Venezuela. Esa es la forma de reaccionar desde el odio y el resentimiento que los ciega y les anula el sentido crítico. En honor a una supuesta “memoria histórica”, los afectos al régimen hablan y pareciera que quieren decir que  los desmanes que se sucedieron en la cuarta como las violaciones a los Derechos Humanos, las persecuciones, la desidia, la ineptitud, la incapacidad y la corrupción tienen que ser superados por la V. Entonces siento como una especie de corrientazo que me hace entender la esencia de este régimen: repetir lo peor del pasado, aumentarlo y hacerlo aun peor. Todo desde el resentimiento y la venganza. No hay duda, lo están logrando. ¡Qué eficiencia!

¿Cómo no sentir una profunda impotencia y tristeza cuando vemos que estas personas se ciegan y no ven, por ejemplo, que mientras PDVSA le da a Pastor Maldonado miles y miles de dólares que terminan estrellados en una vía, los heridos de la explosión de Amuay son trasladados en tolvas de camionetas sin las mínimas condiciones de salud porque no hay ambulancias?

El incendio no se ha podido controlar porque no hay suficiente espuma para mitigar las llamas en un país tan rico y tan espléndido con Cuba, Ecuador, Argentina y Bolivia y tan mezquino con sus propios hijos.

40 horas después de la catástrofe el Presaliente, sin dar la más pequeña explicación de dónde estuvo todas esas horas, aparece en el sitio para con gráficos y testimonios de “expertos” pretender dar explicaciones que no llegan a convencer ni a idiotas y se ceba con una periodista de RCN tratando de ridiculizarla y de “enseñarle” a hacer periodismo porque le hizo las preguntas que todos los venezolanos nos hacemos y que al gorila bananero le molestan e incordian.

“La función debe continuar” dijo el presaliente en su perorata sobre la tragedia, una forma muy indigna de referirse a una catástrofe en la que murieron tantos venezolanos que estaban bajo su responsabilidad como máximo representante del Estado venezolano en cuyas manos se encuentran esas empresas petroleras.

Ya aquí mi indignación y mi tristeza han llegado a su máximo nivel en estas 48 horas. Unos lagrimones me corren por el rostro mientras pienso que, ahora no se trata de si gana el 7 de octubre en las elecciones, si siquiera saca un pequeño porcentaje significativo de votos más allá de los que le otorgarán quienes se vienen enriqueciendo de manera fraudulenta con su gobierno, este país entero se convertirá en cómplice de quienes con su tozudez, sordera, ineptitud, desidia, incompetencia y negligencia son responsables de todas esas muertes.

¿Que no se meta la política en la tragedia de Amuay?

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Lo siento mucho pero, por la política y la politiquería de este régimen es que se produce la tragedia.

O es que ¿acaso no es política la arbitraria decisión de botar de la industria a quienes por competencia y méritos desarrollaban una excelente carrera? ¿O no ha sido política de decisión de meter a trabajar en la industria un montón de gente sin importar su preparación, siempre y cuando fueran fieles a una tendencia política y a una ideología?

¿No tiene que ver con política el hecho de que una persona no pueda pisar las instalaciones petroleras por el simple “delito” de haber firmado y aparecer en la llamada lista Tascón? Mucho menos podría trabajar en la industria petrolera venezolana esa persona porque ha pasado a formar parte de los “sospechosos” de la oposición.

¿Tendrá que ver con política, o no, el hecho de que no se hayan efectuado las labores de mantenimiento de las industria y respetado los protocolos de seguridad porque quienes allí trabajan tienen que dedicarse a vender pollos y a hacer campaña electoral y a vestirse de rojo para hacer “labor social” en lugar de estarse formando para mejorar y cuidar la industria?

El germen de la tragedia es político y esos fallecidos y heridos deberían tener la satisfacción de que el suceso no quede impune y que se identifiquen a los responsables y paguen por sus delitos.

Lo de Amuay no fue un accidente. Un accidente es que uno se caiga subiendo las escaleras, que se tropiece montando bicicleta y se fracture un brazo, que una mujer meta el tacón en la rejilla de una alcantarilla y pele el patero y se escoñete la nariz. Esos son ejemplos de accidentes.

Cuando hablamos de que se producen cerca de 40 muertos -o más, según algunas informaciones-  por la falta de inversión en el mantenimiento y seguridad de una refinería, cuando esas muertes se suceden porque un gobierno no hace caso de las advertencias que durante meses han venido haciendo expertos tanto trabajadores activos como ex trabajadores de la industria en las que predecían que se podría desatar semejante catástrofe, en este caso solo se puede hablar de homicidio.

Cuando un conductor “accidentalmente” atropella y mata a un peatón, se le imputa homicidio culposo y debe ir a juicio y pagar por su crimen. Lo mismo debería suceder con la tragedia de Amuay, deben haber imputados, si no por homicidio intencional por negligencia, tomando en cuenta las múltiples advertencias que predecían la tragedia, por lo menos, por homicidio culposo. Debe haber responsables y deben pagar sus faltas.

Como deberían pagar los responsables de que en las cárceles se desarrollen masacres como la sucedida en Yare I.

Es inconcebible que un país en tan pocos días cuente más de 100 muertos al sumar las dos tragedias y sin sumar los fallecidos de manera violenta en un fin de semana, sin que existan responsables que reciban su castigo.

Claro, en un país serio, esa sería la vía, un juicio justo a los responsables, en una república bananera como la nuestra, la impunidad reinará, los responsables serán hasta galardonados en cadena nacional por su heroica actuación ante la tragedia y los culpables no recibirán ni siquiera una sanción administrativa o una solicitud de renuncia, mucho menos una condena penal por homicidio.

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