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Archivo mensual: septiembre 2012

Baires, un sueño largamente acariciado


La sensación de recibir un nuevo día en un barco en mitad del Río de la Plata es una vivencia nada fácil de describir. Ver cómo emerge el astro rey de las obscuras aguas del río y comienza a llenar todo de luz y color es casi una experiencia religiosa. Los tonos amarillos, rojizos, dorados y azules comienzan a darle forma y color a todo el espacio circundante que hacía pocos minutos no era más que una nada obscura y negra. La fría brisa del pampero, el viento purificador que viene del sur, hace que la sangre fluya como río en el cuerpo y el organismo se insufla con ese aire fresco y frío. La piel del rostro parece tensarse al contacto con la brisa y los ojos parecen incapaces de retener tanta luz, color y belleza.

Es el amanecer de un sábado. La noche anterior partimos a la medianoche desde el terminal de Tres Cruces en Montevideo, en autobús, rumbo a Colonia donde luego de poco más de 2 horas rodando, abordaríamos el buque Eladia, rumbo a Buenos Aires.

El trayecto en autobús fue leve y de descanso. El cansancio acumulado luego del largo viaje desde Venezuela (casi 24 horas de viaje y prácticamente 36 sin dormir) hace que el sueño me venza y pasó las horas de autobús durmiendo a intervalos. Despierto a ratos para asombrarme con el maravilloso paisaje celeste que se cuela por la ventana del vehículo. Un cielo de azul noche plagado de estrellas por donde uno mire.  No hay duda, la naturaleza ha sido benévola con Cristian y conmigo y en medio de una temporada de lluvias y nubes, nos regala una espléndida y estrellada noche.

El increíble amanecer en el buque se ve coronado cuando, a lo lejos, se comienza a divisar el hermoso paisaje urbano de Puerto Madero con sus altos y modernos edificios a la ribera del río. A partir de allí, los ojos no tienen descanso. La vista quiere abarcarlo todo, no perder ningún detalle.

Finalmente, el buque atraca en el puerto. Ya hemos perdido la cuenta de cuántas fotografías hemos tomado del amanecer y de la llegada a Baires. Luego de un rápido y sencillo tramite de desembarque, ya nos encontramos en las afueras del terminal marítimo, subidos a la van que, de acuerdo al paquete contratado, nos llevará al hotel Duomi, a unas pocas cuadras del Obelisco.

Una vez chequeados en el hotel, una ducha rápida y, sin mucho pensarlo, nos lanzamos a la calle. Son pasadas las ocho de la mañana y lo primero que debemos hacer es ir a la calle Florida a cambiar dólares por pesos en lo de Carlos, un hombre que nos recomendaron para hacer el cambio pues, los paga a buen precio y es de fiar.

Para los venezolanos, el cambio de divisas en el mercado negro no es nada extraño o ajeno. Ya son muchos años de trainning en esas lides que para los argentinos son nuevas.

Al no más pisar la calzada del boulevard, se comienza a escuchar cada 6 pasos el murmullo desde las orillas de la calle:

-Cambio, cambio. Dolares, pesos, reales. Cambio.

En la calle Florida los vendedores de pesos pululan con actitudes de aparente indiferencia

Murmullo que se eleva un poco cuando uno se acerca al vendedor y  éste se da cuenta que uno es turista. Cristian y yo, obedientemente, haciendo estricto caso de lo indicado, hacemos caso omiso a quienes nos insisten en vender monedas y que pueden terminar metiéndole al turista billetes “truchos”, como llamarían los argentinos a los falsos o, en el peor de los casos, indicarle a los choros que uno acaba de cambiar divisas, dejándoles ver que portamos dólares y somos un apetecible blanco.

A esa hora de la mañana, la calle Florida luce un poco desolada. Apenas están comenzando a abrir los comercios y, evidentemente, los cambiadores de pesos llegan primero a “laburar” que los establecimientos legales. Llegamos al sitio indicado y Carlos no se encuentra. Nos dicen que llegará más tarde.

Hora de decidir qué hacer. Las opciones: comprar al primer pregonero de la calle que nos consigamos, corriendo el riesgo; cambiar en una casa de cambio, reduciendo así nuestra capacidad de compra con los 500 dólares que nos permite Cadivi; o dar una vuelta y volver a ver si Carlos llega.

La calle Florida

Decidimos caminar un poco para recorrer la zona. El cambio oficial a 4.50 lo descartamos de plano porque con Carlos compraremos a 6.20, casi dos pesos de diferencia por dólar. Y no nos atrevemos a correr el riesgo con ninguno de vendedores de los que pululan en Florida. Damos una vuelta a la calle que va cobrando vida a medida que avanza la mañana, no tanta como los días de semana porque los sábados son muchos los comercios que no abren, pero sí la suficiente como para que uno intuya que es un sitio de mucho movimiento comercial y turístico.

Volvemos a lo de Carlos y nada que ha llegado. Alguien nos dice que, como es sábado, llegará después de las 12 y media. Casi dos horas habría que esperar. Como el hambre aprieta, decidimos buscar un lugar dónde desayunar y, allí mismo, a pocas cuadras conseguimos un café de esos típicos argentinos, con mesitas pequeñas y sillas vienesas, que acaba de abrir.

Entramos, nos atiende un mesero un poco parco, medio lento, con acento de cordovés y tono de que su cuerpo aún no ha recibido la orden de despertarse.

Luego de asegurarnos de que aceptaban tarjetas de crédito porque pesos todavía no hay, pedimos dos desayunos continentales, acompañados de cafés con leche y jugo de naranja. En la caja, un señor, con cara de estar más cerca de los 60 que de los 50 años, nos observa.

Mientras nos preparan el desayuno que, evidentemente, tardará un poco, primero, porque acaban de abrir la cocina y, segundo, porque el argentino no parece nunca tener prisa, me acerco al hombre y le pido el favor de poner a cargar la batería del celular que está a punto de fenecer. El gesto sirve para entablar la típica conversación:

El: ¿De dónde son?

Yo: De Venezuela.

-¡Ah, Venezuela! ¿Qué tal con el loco?

Y por allí arrancamos una especie de contrapunteo en el que parecemos cada uno empeñado en demostrar que nuestro respectivo país está peor que el del otro.

Que la inseguridad, que la polarización política, que el fuerte control de cambio, que el populismo, que el inmenso ego de los mandatarios…

Manuel, el dueño del lugar, me va enumerando las barbaridades por las que están pasando los argentinos y yo le voy diciendo que los venezolanos ya pasamos por eso hace años.

El: Hace pocos días hubo una protesta importante. Bastante gente caceroleando y la Cristina dijo que eran un grupito de burguesitos que sienten que les quitan privilegios. La muy descarada ha sido capaz de decir que los argentinos podemos comer con seis pesos (1:50 dólares oficial o 1 paralelo). ¡Que coma la concha de su madre con seis pesos. Es una cínica! El otro día dijo: “como yo soy argentina y amo tanto a mi país y a mi pueblo y tengo confianza en mi país, tenía unos pocos dolaritos en una cuenta en el exterior, 135 mil dólares, los ahorros de toda mi vida,  y ya los convertí a pesos como espero que hagan todos los argentinos”. ¡Hipócrita, descarada. Ella cree que todos somos unos boludos que le vamos a creer!

Manuel habla, se va enfureciendo y yo voy sintiendo que me están contando una película que ya he visto muchas veces.  Vienen a mi mente las innumerables marchas de cientos de miles de personas en la calle protestando y que para el régimen no era más que un grupito de pitiyanquus, burgueses…

La conversación con el comerciante argentino me sirve para comprobar que Argentina sigue los pasos de Venezuela. Allá se está instaurando el mismo sistema que en Venezuela con la misma marca “Made in Cuba”, pero con faldas, lo cual es de temer porque siempre he pensado que las mujeres hacen mejor las cosas y con más eficacia que los hombres. Tanto las buenas como las malas.

-Ahora están creando las fuerzas de choque- continúa Manuel-. con un grupo de vagos, mantenidos por el gobierno y con los presos de las cárceles. Los entrenan para que salgan a enfrentar a los manifestantes en las protestas haciéndolos pasar por “pueblo” que sale a defender a la Cristina.

Escucho a Manuel y pienso “esa te la tengo”. El me comentó de las fuertes protestas de 2001 por lo del corralito cuando los argentinos se lanzaron a la calle a defender los ahorros perdidos de toda su vida y a incendiar Buenos Aires por la indignación y la impotencia de perder el fruto del trabajo de toda su vida, el dinero que les garantizaría una vejez tranquila y algo que heredarles a sus descendientes. Comparó esa protestas con las de ahora y mostró su temor de que se produzcan nuevamente la furia y la ira de entonces.

Cristian y yo tomamos el suculento desayuno. Sentimos como nos vuelve el alma al cuerpo con el café y esperamos un rato más, mientras carga el teléfono y damos chance a que llegue Carlos.

Al rato, pago, me levanto para buscar mi celular, le doy un apretón de manos a Manuel y le digo:

-Que los argentinos se cuiden porque Fidel acabó con Cuba, está a punto de acabar definitivamente con Venezuela, y viene por Argentina.

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Chivitos en Pocitos

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Al filo de la media noche, el avión aterriza en Montevideo. El viaje, aunque largo, nos ha sido leve y la atención de Copa Airlines impecable. Al salir del avión nos encontramos con un aeropuerto pequeño, de moderno y hermoso diseño arquitectónico que, por momentos, recuerda la terminal de Barajas, en Madrid.

Nos despedimos de los nuevos amigos hechos en el avión y de los simpáticos trillizos que comenzarán una nueva etapa de su vida en Uruguay, en Rivera, a unas seis horas de autobús de Montevideo. Estoy seguro que allí causarán conmoción e imagino que en unos dos meses estarán hablando perfectamente español pues, aunque lo entienden a la perfección, solo responden en inglés.

Tras los vidrios, están mi sobrina Patricia y Juan, su novio, esperándonos. El trámite en migración es rápido y en unos minutos recogemos las maletas y nos encaminamos a la casa.

Después de unas horas de conversa familiar, a dormir y sacarnos el cansancio del viaje porque al día siguiente haremos un paseo por la capital Uruguaya y, a la media noche tomaremos el barco que nos llevará, cruzando el Río de la Plata, desde Montevideo a Buenos Aires. Un pequeño cambio en los planes trazados en los que pensábamos pasar primero unos días en Montevideo y luego ir a Baires pero, la única manera de pasar un domingo en Buenos Aires y poder conocer el mercado de San Telmo, era partir esa misma noche del viernes a Argentina.

Nos levantamos temprano en la mañana, desayunamos y nos vamos directo a la estación del terminal de autobuses que queda en Tres Cruces, para ver qué paquete de oferta conseguimos que incluya boletos y hospedaje.

El terminal de Montevideo es realmente bello, limpio, ordenado, muy organizado. Más que un terminal de autobuses pareciera un centro comercial. Es justo todo lo contrario a lo que estamos acostumbrados en Venezuela, especialmente en Maracaibo.

Llegamos a las oficinas de Buquebús. Juan Manuel, un chico amable y, sobre todo, paciente, nos atiende. Analizamos las diferentes opciones con su asesoría y finalmente, nos decidimos por el buque Eladia saliendo desde Colonia, con tres noches de hospedaje en Buenos Aires en el hotel Duomi, y desayunos incluídos.

Resuelto el tema del viaje a Baires, salimos y allí mismo en una plaza pequeña que está al salir, nos tomamos un café y maté unos de mis viejos antojos: comerme un trozo de pascualina, el delicioso pastel de espinacas y acelgas tan típico del sur. Mientras comíamos, una señora de la mesa contigua, nos pregunta de donde venimos. “De Venezuela”, respondemos y, Graciela, que así se llama la mujer, pega un grito de emción:

-Yo viví hace muchos años en Caracas porque mi papá era diplomático. Me encanta ese país y extraño muchísimo el paté de diablitos.

Graciela y Yandy intercambian teléfonos y quedan para verse y comerse algún día unas caraotas negras con arepa. Nos levantamos y vamos a casa de mi sobrino Diego para por fin conocer a mis sobrinos nietos. Un rato con los niños y decidimos caminar unas diez cuadras bajando por Propios hasta el Puerto de Buceo. Luego tomamos un omnibús, otra de las cosas que sorprende a los venezolanos, el excelente servicio de transporte público de Montevideo. Bajamos en Pocitos, donde nos comemos unos abundantes y deliciosos chivitos en lo de Pepe, una especie de emparedado relleno con un delgado bistek de lomito, jamon, tocineta, tomate, lechuga, huevos duros, pimentón rojo y acompañado con papas fritas. Una delicia.

Luego un rico helado en La Cigale con un cortado (café marrón) y de allí a pasear por la rambla Gandhi, hermoso lugar para disfrutar la vista de la ciudad y para pasear un rato por la playa del inmenso Río de la Plata, aprovechando el buen tiempo que hace.

Tomamos unas cuantas fotos, nos descalzamos para mojar los pies en las frías aguas del río y sentir la fina arena. Ya al caer el sol, nos vamos a casa para arreglar maletas y dirigirnos al terminal de Tres Cruces, donde tomaremos el autobús que nos llevará a Colonia, donde a las 4 de la mañana zarparemos en el Eladia Rumbo a Buenos Aires, una travesía largamente soñada y que hace que la película de 1992, “El lado oscuro del corazón” de Eliseo Subiela, esté siempre en mi mente con sus escenas de ida y vuelta de Montevideo a Baires. Emocionado, me duermo vencido por el cansancio, luego de visitar el buque, subir a cubierta y comprobar que navegamos en medio del inmenso río, sin más luz que las de unas pocas estrellas en el firmamento. Duermo y sueño con despertar y disfrutar del amanecer en el buque, a medida que nos aproximamos a la orilla de Baires. mañana tempranito, me recibe Argentina.

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Viaje al sur

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Son las 2 de la mañana. Suena el despertador y prácticamente sin haber pegado un ojo en toda la noche, debo levantarme  para ir al aeropuerto de La Chinita, en Maracaibo, para tomar el vuelo madrugador de Copa Airlines a Panamá, desde donde partiré, luego de dar vueltas y dormir un rato en los bancos del aeropuerto Panameño, rumbo a Montevideo, Uruguay.

Pienso en el largo trayecto y en las interminables horas sin dormir y ya estoy cansado. Pero al recordar que a la medianoche del día siguiente ya estaré en Montevideo, con mi hermana Yandy, sus hijos y conociendo a mis sobrinos nietos, las sombras del cansancio y el tedio desaparecen y solo queda la emoción del encuentro y de conocer Montevideo y Buenos Aires, haciendo mi soñado recorrido en barco por el Río de la Plata que une a ambas capitales sureñas.

2:45 de la mañana. El taxista que habíamos contactado para que nos buscara en el apartamento no aparece. Lo llamamos a su móvil y no contesta. Llegó la hora de tomar una decisión: olvidarnos del tipo y comenzar a llamar a las líneas de taxi a ver si conseguimos una unidad que, a esa hora de la mañana, nos quiera llevar al aeropuerto sin sacarnos los ojos con el precio de la carrera.

Por suerte, la primera línea a la que llamamos tiene un carro disponible. Son 150 bolívares al aeropuerto. 30 más que lo que cobraría el conductor embarcador pero, ciertamente, menos de lo que pensábamos.

-Ya está saliendo para allá la unidad-. Dice la voz trasnochada al otro lado de la línea telefónica y nosotros respiramos tranquilos.

15 minutos han pasado y el taxi no llega. Son las 3:15 y todavía estamos en la sala de la casa cuando se suponía que a esa hora ya deberíamos estar en el aeropuerto pues la línea exigía estar 3 horas antes del vuelo.

Volvemos a llamar y la telefonista nos dice que la unidad está por llegar. Sacamos el equipaje, cerramos el apartamento y bajamos a esperar en las escaleras del edificio al taxi para no perder mucho tiempo luego cuando la unidad aparezca. 3:25 y nada que se ve el taxi. Llamamos desde el móvil y el chofer le informa a la operadora que no consigue la dirección. El rollo de siempre con los taxistas. Catastro dice una dirección donde llegan todos los recibos de cobro de servicios y bancos y ellos dicen que esa no es. 

Finalmente les explicamos cómo llegar y 5 minutos más tarde aparece. Faltan 20 para las 4 de la mañana y apenas vamos saliendo de la casa. Por fortuna, es de madrugada y no hay tráfico por lo que en menos de media hora estaremos en el aeropuerto. Una hora más tarde de lo exigido por la línea pero dos antes del despegue. Ya hay gente en cola para el chequeo pero estamos en buen lugar. Lo que nos asegura que no habrá mayor problema y riesgo de perder el vuelo.

Cosa extraña en Venezuela, el vuelo despega con puntualidad. Abordamos en el tiempo previsto y despegamos a la hora estipulada. A las 6:50 de la mañana, aterrizamos en el aeropuerto de Ciudad de Panamá. Aguardan 7 horas de espera yendo y viniendo por los pasillos del aeropuerto, tratando de conseguir un banco donde descansar y dormir un rato porque ya voy para 24 horas sin dormir y todavía faltan unas 18 más de viaje.u

Una bala fría en el aeropuerto al llegar. Una pizza más pequeña que las monedas de dolar que cuesta y un café. Duermo un rato echado cual indigente en un banco, arrullado por el ruido de tacones y ruedas de maletas que se deslizan por los pasillos. Vuelta a comer un poco, esta vez un hot dog y un refresco y, sin acusar recibo de las largas horas de espera, ya nos anuncian por los altavoces que debemos abordar para Montevideo.

Una vez ubicados en nuestros asientos en la aeronave, conversamos con la chica que comparte nuestra fila. Una uruguaya que trabaja con un organismo internacional y está de regreso de un viaje de trabajo. Al levantar la vista hacia los sobrecargos parados en el pasillo descubrimos que uno de ellos es un conocido de Maracaibo. Lo saludamos y mis cuenta que hace 10 años viven en Panamá la reiterada historia reciente de los venezolanos que se han ido del país: Chávez y su socialismo han hecho que la gente se forje un futuro más allá de las fronteras.

Ya en pleno vuelo, descubrimos que, casualidades de la vida, los que viajan en los asientos de la fila delantera a los nuestros son veterinarios que trabajan con peces asesorando a pescadores de regiones críticas a organizarse en pequeñas empresas para la producción y comercialización de diferentes especies de peces. Conocen bastante bien a Venezuela pues han estado en Margarita y en los llanos tratando de desarrollar labores de asesoría, que se han visto obstaculizadas por la vida política del país que incluso hizo que se suspendiera un evento organizado justo para los días del paro petrolero del 2002. Una de ellas dice:

-Fue terrible que después de tanto trabajo, esfuerzo y dinero invertidos, no se pudiera hacer. Por fortuna, unos meses después lo pudimos hacer pero todo lo hecho en el primer intento se perdió.

Conversamos con una uruguaya que viaja junto a nosotros con unos trillizos de 9 años, un niña y dos varones. Ella también es veterinaria, especialista en reproducción animal, específicamente en investigación de reproducción de equinos. Casada con un gringo, con quien decidió, luego de 12 años en Boston, volverse a vivir al Uruguay, donde consiguió un empleo en su área de investigación.

Entre conversa y conversa, el viaje se hace leve. Sin apenas darnos cuenta, ya el capitán esta anunciando que en minutos aterrizaremos en Montevideo. Vemos el reloj y comprobamos que marca casi la medianoche, hora urugaya. En pocos minutos iniciamos nuestra aventura por el sur. Montevideo y Buenos Aires aguardan por nosotros.

La actitud del Presaliente me dice que “Hay un camino”


Cuando salgo a la calle y veo tantos afiches del Saliente por todos lados, tantas vallas gigantes contaminando visualmente la ciudad, tantos carros a los que les pagan un dineral para que porten las calcomanías del corazón a lo largo y ancho del vidrio trasero. Cuando hago zapping en la TV., recorro los diales de la radio, veo la cantidad de publicaciones impresas con las que cuenta el oficialismo, me siento apabullado por el gran aparataje comunicacional del régimen, me desilusiono y entro en pánico al pensar en lo difícil que es vencer tanto dinero y poder dedicados a obtener la victoria el 7 de octubre y perpetuarse en el poder.

Pero mis temores se disipan cuando al pasar por VTV me encuentro con una edición de La Hojilla o de La Iguana en las que en lugar de dedicar las más de 3 horas que duran esos espacios a promocionar las propuestas del candidato de gobierno para un nuevo mandato, se dedican a insultar a Capriles. En esos escatológicos programas, no escatiman en ofensas para el candidato opositor. Para desacreditar a Capriles se valen de mentiras, medias verdades, manipulaciones y montajes. Entonces siento que el miedo que ellos están manifestando indica que algo debe estar pasando.

Cuando veo a Vanessa Davis entrevistando a gente del oficialismo, manipulando la información de manera descarada, induciendo al entrevistado a responder a sus preguntas de la forma como ella quiere escuchar las respuestas, no tengo más remedio que pensar que el desespero demostrado a tal punto que no le importe perder el poco respeto que como comunicadora social pueda aún tener, habla de que debe tener números guardados bajo llave en los que su candidato no queda muy bien parado de cara a las elecciones de octubre.

Y cuando veo y escucho al saliente con la yugular brotada de tanto gritar insultos contra Capriles, queriendo meter miedo en el electorado diciendo que el candidato de oposición tiene una agenda oculta, que eliminará las misiones, que le quitará las pensiones a los viejitos, que le regalará el país al imperio, que es un majunche, un jalabolas, un judío de mierda, un maricón de closet. Que va a privatizar hasta el aire que respiramos, que es el demonio disfrazado de angelito. Apátrida, imperialista, fascista, golpista… La memoria no me da para recordar toda la retahila que en sus cadenas de medios vocifera el Presaliente, para enumerar aquí todos los insultos que en grandes derroches de creatividad espeta a los cuatro vientos mico- mandante presaliente sin importarle irrespetar los horarios infantiles ni poner a los pies de los caballos la dignidad y majestad del cargo que desde hace 14 años ostenta.

Cuando el saliente se fija y habla tanto del bojote y del paquete oculto de Capriles y quiere meternos miedo a todos con un supuesto programa de gobierno de la unidad que llevará al país a un infierno, que eliminará las misiones, cuando amenaza con guerra civil si él pierde, con crisis si el capitalismo vuelve, y le dice 20 veces jalabolas a Capriles en menos de 2 minutos. Cuando ordena a sus manganzones que se dediquen vía twitter a desmontar y manipular los discursos del candidato opositor inventando hashtags que pretenden subir en los trending topics. Cuando veo semejantes desafueros y desespero, respiro tranquilo porque la sensación que transmite el saliente es de tener terror de perder y de derrota.

Las últimas escasas apariciones y discursos del candidato de gobierno, ¡me recuerdan tanto la campaña de 1998! Cuando sus oponentes querían asustar a los venezolanos diciendo que Chávez era un comunista, socialista, come niños, ateo o, por lo menos, evangélico. Golpista, fascista, de ultraizquierda. Con que si él ganaba nada sería de nadie, porque lo que se nos venía encima era comunismo ultroso. Ante lo cual, el líder del golpe de febrero del 92, tenía que salir a decir que él no era socialista y mucho menos comunista. Que no irrespetaría la propiedad privada y que entregaría la presidencia al finalizar su mandato. Que él no era un político ni un dictador.

Como todos sabemos, y muchos lamentamos, la guerra sucia en el 98 no rindió frutos. El miedo que quisieron inocular en los votantes no surtió efecto. Por el contrario, parece que hizo que la gente se decidiera a votar por el líder golpista del 92.

Ahora al oficialismo le incomoda y molesta que Capriles ofrezca lo que en el 98 ofrecía Chávez y que después de 14 años en el poder no cumplió. Muchas de las cosas que se le endilgaban a Chávez en el 98 para asustarnos terminaron siendo ciertas y eso me hace pensar que cualquier día el candidato del gobierno dirá, en su frenético desespero:

-Hagan caso. No voten por Capriles. Vean lo que pasó conmigo, no creyeron lo que decían de mí y ya ven que tenían razón en casi todo.

No entiendo por qué el oficialismo piensa que esa guerra sucia que está llevando a cabo en la campaña actual sí funcionará esta vez. Parece que creen que en esta oportunidad los venezolanos sí nos asustaremos por un posible gobierno de derecha. Como pretendieron asustarnos en el 98 con un posible gobierno de izquierda. Es difícil de entender que un hombre que ganó, entre otras cosas, porque la gente no lo veía como un político, ahora pretenda descalificar a Capriles y a los que lo acompañan en el equipo de campaña diciendo que “no son políticos”.

Cuando el saliente sale a hablar del “paquete oculto del majunche” lo que nos recuerda es el paquete socialista oculto que él tenía en el 98 y que negó hasta el último momento. Como negó admirar a Fidel hasta que ganó y terminó diciendo que la momia cubana era como un padre.

En fin, que lo errático de la campaña del oficialismo, el desespero manifiesto en insultos, patrañas y mentiras, hacen que me vaya tranquilo a mis próximas vacaciones. Pasearé feliz por tierras uruguayas, argentinas y panameñas. Trataré de escribir algunos posts sobre mi nueva experiencia turística y publicarlos con sus respectivas fotos. Me voy por quince días tranquilo y regresaré tranquilo -y a tiempo para votar- porque la campaña de Capriles me llena de confianza pero, sobre todo, porque la campaña del saliente me indican que, definitivamente, “Hay un camino”.

¿Será que no tuvieron una mamá?

Ilustración de Lerians Rojas

Cuando yo tenía 14 años, en las vacaciones de agosto, mi familia decidió que iríamos a pasar una temporada en la playa. Era mi primer viaje a la playa. Lo más cercano que conocía al mar, eran las playas de Bobures, al Sur del Lago de Maracaibo que, como su nombre lo indica, no es mar; aunque a mis ojos de niño andino lo parecía, son playas del inmenso lago zuliano.

Las dos noches previas al viaje casi no podía dormir de la emoción. Me quité yo mismo el yeso que tenía desde hacía seis meses en la pierna izquierda producto de una fractura montando patineta, y me alisté para mi viaje a La Guaira, a conocer el mar de verdad.

Llegamos a Caracas luego de interminables horas de viaje por carretera y, no sé por qué, paramos en alguna parte de la capital de la república para esperar a alguien o para comprar algunas cosas, ya no recuerdo bien. Lo que sí me quedó grabado en la mente fue lo que presencié en esa esquina caraqueña mientras esperaba que regresaran al carro mis familiares.

Estacionada delante de nuestro vehículo estaba una camioneta ranchera con la puerta trasera abierta y la cabina llena de paquetes, maletines y maletas en señal evidente de que era de alguna gente que, como nosotros, se disponían a viajar para disfrutar de sus vacaciones escolares.

Eran poco más de las seis de la tarde y comenzaba a oscurecer. Frente a mí pasaron dos muchachos conversando amenamente. Uno de ellos vio la camioneta abierta y, sin mediar palabras, agarró el maletín que estaba más accesible y se lo colgó del hombro. Su compañero, muerto de risa le dijo:

-¡Loco, qué bolas tienes tu!

-No joda, huevón, bolas tienen ellos de dejar esa vaina abierta. ¿quién los manda?

Mi cabeza adolescente no podía creer lo que estaba pasando ante mis ojos. Los muchachos siguieron su camino y yo me devolví 6 años de mi vida para recordar una lejana noche en La Parroquia cuando, en un diciembre, llegué a la casa muy contento a poner en el pesebre uno bellos pastores de plástico.

-¿De dónde sacó usted eso?- Me increpó severa mi mamá.

-Del pesebre de las Carrillo. Dije yo, presintiendo que algo no estaba bien.

-Vaya ya donde las Carrillo, se los devuelve y les pide perdón por haberle robado los pastores. Eso no se hace, uno no agarra lo que no es de uno.

Lo hice. Rojo de la vergüenza, fui y devolví los pastores. La lección fue aprendida y grabada en mi memoria para siempre. Lección que poco tiempo después quedó reforzada cuando un día, la familia de Toño, un amigo compañero de clases, casi le destroza las manos a mi amigo golpeándoselas con unas tijeras porque se había robado algo en casa de no sé quién.

Así entendí que tomar lo que no es de uno no está bien y no hay manera de que se pueda justificar. En algunas otras oportunidades, aproveché en la bodega de Emeterito o en la de la señora Mercedes que me dejaban solo y me robaba una bolsa de Ping Pong o un Cocossette. Pero, las pocas veces que lo hice, fue con conciencia plena de que lo que estaba haciendo no estaba bien y con un profundo sentimiento de culpa y remordimiento.

Por eso me asombró tanto la conducta de los muchachos de Caracas, no podía entender que el chamo, mucho mayor que yo, justificara su robo diciendo a su amigo que la culpa era de los que habían dejado abierta la camioneta. Por “huevones”. Evidentemente, o no tenían una madre como la mía, o ella nunca los descubrió hurtando algo pero, ¿cómo podría ese chico justificar en su casa el llegar con un maletín que no era de él?

Unos años más tarde, justamente al regresar de otro viaje de vacaciones a la playa, esta vez viniendo de la hermosa Isla de Coche, nos conseguimos con que se habían metido a robar a la casa y habían cargado con todo lo que pudieron.

Para entonces, ya tenía muy claro lo que era robar pero, en esa oportunidad lo que me asombró y grabé en la memoria fue el hecho de que mis hermanos descubrieron quiénes hicieron el robo, denunciaron ante la policía y la mayor parte de las cosas fueron recuperadas por los uniformados pero, para mi sorpresa, cuando fueron a retirar las cosas a las oficinas policiales, no había allí ni el cinco por ciento de lo robado y recuperado. En la misma sede de la comandancia, los efectivos policiales se repartieron entre ellos el botín y mi familia no recuperó prácticamente nada. Mi mente adolescente se preguntaba ¿Estos son los encargados de protegernos?

Han pasado muchos años desde aquellos primeros viajes a la playa; más de treinta pero, al día de hoy, sigo sin entender la capacidad del ser humano que lo hace actuar de manera errada y darle vuelta a la situación de manera tal que, ante sus ojos y conciencia, siempre termina siendo culpa de la víctima lo que sucede. Creo que allí y en una cierta laxitud de la moral y los valores  éticos, así como en el “vivismo criollo”, radican muchos de los males que aquejan hoy al mundo y, en especial, a los venezolanos.

Algunos ejemplos que ilustran lo que digo y, aclaro, de algunos de los cuales no escapo y que van desde lo más trivial hasta lo más grave:

Voy por la calle y abro un caramelo o tomo un refresco, boto a la calle el papel o la lata. No es que yo sea un mal ciudadano; es que en la ciudad no han dispuesto papeleras para tirar la basura.

Paso por encima de 30 personas en la fila de un banco. No es que yo sea un abusador, es que tengo que aprovechar que el cajero es mi amigo y yo no tengo la culpa de que esas 30 personas que llegaron antes que yo y esperan su turno, no lo conozcan.

Ocupo un cargo de administrador en Pdvsa y le quito a cada proveedor 20 mil bolívares en efectivo al mes para movilizarle sus pagos y hacer que sus cheques salgan. No es que yo sea corrupto; es que me pagan muy poco y más bien le estoy haciendo un favor pues, de no ser así, no se sabe cuando cobraría por su trabajo. Total, lo que hago es lo mismo que hacía quien estaba antes que yo en el cargo. Ni que yo fuera más pendejo que él para no hacerlo también y pelar ese boche.

Le pago 200 bolos a un fiscal de tránsito para que no me ponga una multa. No es porque yo esté estimulando la matraca y la corrupción siendo parte de ella, es que no tengo tiempo para el trámite burocrático y, ni que fuera bolsas para pagar 1300 de multa pudiendo ahorrarme esa plata y la molestia al darle los 200 al fiscal para los refrescos.

Voy a robar una camioneta, no porque yo sea ladrón sino porque es la única forma que tengo para comer, comprarme la ropa de marca que me gusta y tener las jevitas más explotadas del barrio. El tipo se pone Popy  y le tengo que meter un pepazo en la frente; no porque yo sea un asesino sino porque quién lo manda al pendejo a no quedarse como en la cédula y entregarme las llaves y la cartera. Si hubiera colaborado, yo no le habría disparado porque no soy un matón.

Le descuento arbitrariamente de la nómina un porcentaje a los trabajadores de mi ministerio como aporte al partido, no porque sea un abusador sino porque es lo menos que pueden hacer esos buenos para nada de los empleados públicos por la organización que les dio el empleo.

Le pongo los cuernos a mi esposa, no porque sea infiel y desleal, sino que mi estructura biológica de macho me exige tener varias mujeres y, si la mía reclama, pues le meto sus coñazos. No es que yo sea un maltratador sino que ella se lo busca y para que aprenda, porque mi deber es enseñarla.

Estoy en la calle de mi barrio y viene una tipa con una cadena de oro y un Blackberry y corro a atracarla. No porque sea malandro y malo, sino que quién manda a esa pendeja a meterse a este barrio si sabe que es un peligro. Yo no salí a buscarla, ella vino mansita a que la robara.

Soy periodista y le cobro a personas e instituciones un dinero mensual por hablar bien de ellos todos los días. No es que sea palangrista, sino que en vez de pagar publicidad, pues que me paguen a mí por dar buenas noticias de ellas. Total, de todas formas esa gente me cae bien, entonces, qué tiene de malo que me pague por decir lo que siento de ella.

Soy un funcionario público o un artista y le pago a los periodistas para que hablen bien de mí; no porque los soborne sino que las buenas noticias funcionan mejor, son más efectivas, que la publicidad.

La lista puede continuar ad infinitum. Robar y atracar termina siendo tomado por los ladrones como un trabajo, nada por lo que sientan culpa o arrepentimiento. La corrupción termina siendo una virtud y la gente honesta un espécimen raro que pasa por pendeja. Agregue usted, amable lector, la anécdota que se le antoje o lo identifique. Así llegamos a no entender actitudes y acciones como ésta que me sucedió hace unos años cuando trabajaba en la Secretaría de Cultura de la gobernación del Zulia.

Un día recibí mi pago y, al verificar el monto, me percaté que me habían depositado por error tres veces más del sueldo que me correspondía. Tomé el voucher del pago y fui a la oficina de personal a ponerlos al tanto del error:

-No te preocupéis. Dejá eso así. Si se dan cuenta, pues lo devuelves, que te lo vayan descontando poco a poco de tu sueldo. Si no se dan cuenta, pues lo tomáis como un regalo.- Me aconsejaron.

No conforme con la respuesta, me fui a la Secretaría de Administración a exponer el caso y luego de manifestarme lo asombroso que les parecía que yo quisiera devolver el dinero, me explicaron:

-El procedimiento es el siguiente: debes comprar en el banco un cheque de gerencia por el monto a devolver y, junto con una carta explicando el caso, dirigirte a la Tesorería del Estado y consignar cheque y carta. Claro, también puedes gastar esa plata, esperarte a que se den cuenta y que te lo descuenten poco a poco.

Salí al banco, compré el cheque de gerencia, hice la carta dirigida al Tesorero del Estado y me fui a su dependencia a realizar el trámite. Ya allí no me extrañó en lo más mínimo el asombro de los empleados al ver que alguien iba a devolver un dinero consignado en su cuenta por error.

-Eso ha pasado en otras oportunidades y lo que la gente hace es que se come los cobres y, a lo que la administración se da cuenta del error, le comienza a descontar un poco de su sueldo todos los meses, hasta que salda la deuda. Lo toman como un préstamo y corren a gastar los reales. Que yo sepa, nadie ha venido nunca a hacer lo que tu estás haciendo.

Entonces, recordé una vez más a mamá y la anécdota de los pastores, las manos enrojecidas de mi amigo Toño por los golpes de la tijera, la historia de los muchachos de Caracas cuando se robaron el maletín, los policías que se quedaron con el botín recuperado y, una vez más, me pregunté, ¿Será que toda esta gente no tuvo mamá? ¿por qué hemos llegado al punto que nos cuesta creer que alguien haga o quiera hacer lo correcto? La honestidad nos asombra, nos deja perplejos, no la podemos entender.

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