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Baires, un sueño largamente acariciado


La sensación de recibir un nuevo día en un barco en mitad del Río de la Plata es una vivencia nada fácil de describir. Ver cómo emerge el astro rey de las obscuras aguas del río y comienza a llenar todo de luz y color es casi una experiencia religiosa. Los tonos amarillos, rojizos, dorados y azules comienzan a darle forma y color a todo el espacio circundante que hacía pocos minutos no era más que una nada obscura y negra. La fría brisa del pampero, el viento purificador que viene del sur, hace que la sangre fluya como río en el cuerpo y el organismo se insufla con ese aire fresco y frío. La piel del rostro parece tensarse al contacto con la brisa y los ojos parecen incapaces de retener tanta luz, color y belleza.

Es el amanecer de un sábado. La noche anterior partimos a la medianoche desde el terminal de Tres Cruces en Montevideo, en autobús, rumbo a Colonia donde luego de poco más de 2 horas rodando, abordaríamos el buque Eladia, rumbo a Buenos Aires.

El trayecto en autobús fue leve y de descanso. El cansancio acumulado luego del largo viaje desde Venezuela (casi 24 horas de viaje y prácticamente 36 sin dormir) hace que el sueño me venza y pasó las horas de autobús durmiendo a intervalos. Despierto a ratos para asombrarme con el maravilloso paisaje celeste que se cuela por la ventana del vehículo. Un cielo de azul noche plagado de estrellas por donde uno mire.  No hay duda, la naturaleza ha sido benévola con Cristian y conmigo y en medio de una temporada de lluvias y nubes, nos regala una espléndida y estrellada noche.

El increíble amanecer en el buque se ve coronado cuando, a lo lejos, se comienza a divisar el hermoso paisaje urbano de Puerto Madero con sus altos y modernos edificios a la ribera del río. A partir de allí, los ojos no tienen descanso. La vista quiere abarcarlo todo, no perder ningún detalle.

Finalmente, el buque atraca en el puerto. Ya hemos perdido la cuenta de cuántas fotografías hemos tomado del amanecer y de la llegada a Baires. Luego de un rápido y sencillo tramite de desembarque, ya nos encontramos en las afueras del terminal marítimo, subidos a la van que, de acuerdo al paquete contratado, nos llevará al hotel Duomi, a unas pocas cuadras del Obelisco.

Una vez chequeados en el hotel, una ducha rápida y, sin mucho pensarlo, nos lanzamos a la calle. Son pasadas las ocho de la mañana y lo primero que debemos hacer es ir a la calle Florida a cambiar dólares por pesos en lo de Carlos, un hombre que nos recomendaron para hacer el cambio pues, los paga a buen precio y es de fiar.

Para los venezolanos, el cambio de divisas en el mercado negro no es nada extraño o ajeno. Ya son muchos años de trainning en esas lides que para los argentinos son nuevas.

Al no más pisar la calzada del boulevard, se comienza a escuchar cada 6 pasos el murmullo desde las orillas de la calle:

-Cambio, cambio. Dolares, pesos, reales. Cambio.

En la calle Florida los vendedores de pesos pululan con actitudes de aparente indiferencia

Murmullo que se eleva un poco cuando uno se acerca al vendedor y  éste se da cuenta que uno es turista. Cristian y yo, obedientemente, haciendo estricto caso de lo indicado, hacemos caso omiso a quienes nos insisten en vender monedas y que pueden terminar metiéndole al turista billetes “truchos”, como llamarían los argentinos a los falsos o, en el peor de los casos, indicarle a los choros que uno acaba de cambiar divisas, dejándoles ver que portamos dólares y somos un apetecible blanco.

A esa hora de la mañana, la calle Florida luce un poco desolada. Apenas están comenzando a abrir los comercios y, evidentemente, los cambiadores de pesos llegan primero a “laburar” que los establecimientos legales. Llegamos al sitio indicado y Carlos no se encuentra. Nos dicen que llegará más tarde.

Hora de decidir qué hacer. Las opciones: comprar al primer pregonero de la calle que nos consigamos, corriendo el riesgo; cambiar en una casa de cambio, reduciendo así nuestra capacidad de compra con los 500 dólares que nos permite Cadivi; o dar una vuelta y volver a ver si Carlos llega.

La calle Florida

Decidimos caminar un poco para recorrer la zona. El cambio oficial a 4.50 lo descartamos de plano porque con Carlos compraremos a 6.20, casi dos pesos de diferencia por dólar. Y no nos atrevemos a correr el riesgo con ninguno de vendedores de los que pululan en Florida. Damos una vuelta a la calle que va cobrando vida a medida que avanza la mañana, no tanta como los días de semana porque los sábados son muchos los comercios que no abren, pero sí la suficiente como para que uno intuya que es un sitio de mucho movimiento comercial y turístico.

Volvemos a lo de Carlos y nada que ha llegado. Alguien nos dice que, como es sábado, llegará después de las 12 y media. Casi dos horas habría que esperar. Como el hambre aprieta, decidimos buscar un lugar dónde desayunar y, allí mismo, a pocas cuadras conseguimos un café de esos típicos argentinos, con mesitas pequeñas y sillas vienesas, que acaba de abrir.

Entramos, nos atiende un mesero un poco parco, medio lento, con acento de cordovés y tono de que su cuerpo aún no ha recibido la orden de despertarse.

Luego de asegurarnos de que aceptaban tarjetas de crédito porque pesos todavía no hay, pedimos dos desayunos continentales, acompañados de cafés con leche y jugo de naranja. En la caja, un señor, con cara de estar más cerca de los 60 que de los 50 años, nos observa.

Mientras nos preparan el desayuno que, evidentemente, tardará un poco, primero, porque acaban de abrir la cocina y, segundo, porque el argentino no parece nunca tener prisa, me acerco al hombre y le pido el favor de poner a cargar la batería del celular que está a punto de fenecer. El gesto sirve para entablar la típica conversación:

El: ¿De dónde son?

Yo: De Venezuela.

-¡Ah, Venezuela! ¿Qué tal con el loco?

Y por allí arrancamos una especie de contrapunteo en el que parecemos cada uno empeñado en demostrar que nuestro respectivo país está peor que el del otro.

Que la inseguridad, que la polarización política, que el fuerte control de cambio, que el populismo, que el inmenso ego de los mandatarios…

Manuel, el dueño del lugar, me va enumerando las barbaridades por las que están pasando los argentinos y yo le voy diciendo que los venezolanos ya pasamos por eso hace años.

El: Hace pocos días hubo una protesta importante. Bastante gente caceroleando y la Cristina dijo que eran un grupito de burguesitos que sienten que les quitan privilegios. La muy descarada ha sido capaz de decir que los argentinos podemos comer con seis pesos (1:50 dólares oficial o 1 paralelo). ¡Que coma la concha de su madre con seis pesos. Es una cínica! El otro día dijo: “como yo soy argentina y amo tanto a mi país y a mi pueblo y tengo confianza en mi país, tenía unos pocos dolaritos en una cuenta en el exterior, 135 mil dólares, los ahorros de toda mi vida,  y ya los convertí a pesos como espero que hagan todos los argentinos”. ¡Hipócrita, descarada. Ella cree que todos somos unos boludos que le vamos a creer!

Manuel habla, se va enfureciendo y yo voy sintiendo que me están contando una película que ya he visto muchas veces.  Vienen a mi mente las innumerables marchas de cientos de miles de personas en la calle protestando y que para el régimen no era más que un grupito de pitiyanquus, burgueses…

La conversación con el comerciante argentino me sirve para comprobar que Argentina sigue los pasos de Venezuela. Allá se está instaurando el mismo sistema que en Venezuela con la misma marca “Made in Cuba”, pero con faldas, lo cual es de temer porque siempre he pensado que las mujeres hacen mejor las cosas y con más eficacia que los hombres. Tanto las buenas como las malas.

-Ahora están creando las fuerzas de choque- continúa Manuel-. con un grupo de vagos, mantenidos por el gobierno y con los presos de las cárceles. Los entrenan para que salgan a enfrentar a los manifestantes en las protestas haciéndolos pasar por “pueblo” que sale a defender a la Cristina.

Escucho a Manuel y pienso “esa te la tengo”. El me comentó de las fuertes protestas de 2001 por lo del corralito cuando los argentinos se lanzaron a la calle a defender los ahorros perdidos de toda su vida y a incendiar Buenos Aires por la indignación y la impotencia de perder el fruto del trabajo de toda su vida, el dinero que les garantizaría una vejez tranquila y algo que heredarles a sus descendientes. Comparó esa protestas con las de ahora y mostró su temor de que se produzcan nuevamente la furia y la ira de entonces.

Cristian y yo tomamos el suculento desayuno. Sentimos como nos vuelve el alma al cuerpo con el café y esperamos un rato más, mientras carga el teléfono y damos chance a que llegue Carlos.

Al rato, pago, me levanto para buscar mi celular, le doy un apretón de manos a Manuel y le digo:

-Que los argentinos se cuiden porque Fidel acabó con Cuba, está a punto de acabar definitivamente con Venezuela, y viene por Argentina.

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Acerca de Blog de Golcar

Comunicador Social, nacido en Mérida, Venezuela. Actualmente, vivo en Maracaibo y tengo una tienda de mascotas.

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  12. Una buena crónica de los ominosos prospectos de Argentina, otro país que lleva demasiado tiempo gobernado por rateros ignorantes.

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  13. Lala de Balestrini

    Si muy lindo ese paseo por el Rio de La Plata, el amanecer precioso, (creo que lo comenté en el otro post) no cuenta si pasearon por Colonia que es una ciudad pequeña pero muy linda y con mucha historia, a orillas de playa están las mansiones de los ricos Argentinos que van a vacacionar allá por la tranquilidad que allí se respira. Dios quiera y los Argentinos se sacudan lo más rápido posible a esa vieja loca que parece mas una modelo que una gobernante, llena de botox y maquillaje, cada par de zapatos que se pone deben costar mas de cuatro o cinco salarios mínimos de los Argentinos, Buenos Aires una Ciudad divina que como Venezuela se merecen gobernantes que velen por el País y por sus ciudadanos y no estén solo pensando en sus conveniencias. Dandole gracias a Dios y a la Virgen que permitieron que ese sueño se les hiciera realidad.

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  14. Bibiana Balestrini de Osorio

    En los dìas en los que yo estuve por esos lados no vi ningùn, oigase bien, ningûn Cristinista (y lo digo asì porque Kirchneristas si conseguî) creo que algunas encuestadoras pueden ir y hacer un buen trabajo alla… Nos aseguraron que ellos no son tan boludos como nosoteros y que no llegarían a este diciembre con esa mujer en la presidencia… Ojalà amanezca tan bello para todos los argentinos como ese dia en el Rìo de la Plata para ustedes, veremos!

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