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Archivo mensual: octubre 2012

La Boca, el color de la pobreza

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Si a alguien que esté en La Boca, el legendario barrio de Buenos Aires le preguntarán de qué color es la pobreza, seguramente contestaría que rojo escarlata intenso, verde vegetación recién brotada, azul rey, amarillo sol de mediodía, naranja incandescente. Los colores de Caminito.

Es que ese es el colorido paisaje que arrebata la vista al terminar el boulevard del río y tropezarse con los conventillos de la zona. Esas edificaciones de dos o tres niveles hechos con madera y láminas de zinc que están especial y estratégicamente emplazadas a la entrada del barrio, en la calle Caminito, para deleitar la vista de los turistas.

Es poco más de una manzana en la que los visitantes encuentran tiendas de todo tipo de artesanía, artículos de cuero,  restaurantes, artistas callejeros, bailarines de tango y milonga, todo diseñado de tal manera que enamora al turista y lo hace gastar a gusto sus divisas para llevarse un alegre recuerdo de Buenos Aires y los típicos souvenirs.

En Caminito, con un día soleado, se pueden obtener las más coloridas y espectaculares fotos de todo el viaje a Argentina. La cámara, como el ojo del paseante, no parecen saciarse nunca de tanta luz y color.

Pero, al pasar unos pocos metros más allá de esa manzana turística, ya comienzan a verse los verdaderos conventillos. Esos que muestran sus láminas de zinc oxidadas y maderas corroídas, donde viven familias enteras en habitaciones de tres metros por cuatro por las que pagan hasta 200 dólares de alquiler.

Al puerto de La Boca llegaron los primeros inmigrantes españoles y, sobre todo, italianos, quienes llegaban pobres de solemnidad, con una mano adelante y la otra atrás, a forjarse un mejor futuro, ese futuro que Europa parecía negarles. Para muchos, era un estada solo pasajera. Su vida en los conventillos duraba lo que tardaban en ahorrar dinero con sus trabajos para establecerse en otras zonas más prósperas.

Pero mientras vivían en La Boca, una manera de hacer más digna y vivible su permanencia allí era pintando sus conventillos con los sobrantes de pintura con la que pintaban los barcos anclados en el puerto, de allí el intenso colorido del lugar.

Cristian y yo llegamos a eso de las 11 de la mañana. las nubes se han disipado en el cielo que ahora muestra un hermoso azul que combina perfectamente con los colores encendidos de los conventillos. La pupilas, como el lente de la cámara reciben sin acusar cansancio los golpes constantes de color. Recorremos el lugar alrededor de la zona de turismo sin atrevernos a ir mucho más adentro, a donde el color de la pintura sede espacio al óxido que evidencia el estado de pobreza de la zona, porque nos habían advertido que tuviéramos cuidado. De día no es peligroso, pero es mejor ir prevenidos.

En uno de los conventillos turísticos, en un rincón de la segunda planta, consigo a Marcelo trabajando en sus artesanías.  El interviene fotografías de la zona, las trabaja y monta artesanalmente en marcos de pdf teñido para vender a los turistas como souvenir. En sus imágenes se ve La Boca que está más allá de la especialmente preparada para el disfrute de los visitantes.

Marcelo cuenta que por el espacio donde tiene su tienda y taller en el conventillo, unos 12 metros cuadrados, paga 600 dólares de alquiler al mes. Entonces me habla de su trabajo y de lo difícil que resulta la vida para quienes viven en los “verdaderos” conventillos. Esos que tienen que pagar 200 dolares por una habitación que en invierno es un freezer y en verano un infierno.

-Por eso es que yo, a veces, entiendo que es lo que está pasando con la política en Argentina y por qué algunas personas más pobres se sienten reivindicadas con algunas de las políticas del gobierno. -Dice mientras continúa haciendo los marcos para sus fotografías.

A Marcelo no le gusta la polarización que se está generando en la sociedad argentina entre los que apoyan al gobierno de Cristina Kirchner y los que la adversan, pero dice que hay medidas que han afectado a los ricos y a sectores de poder que se tendrían que haber tomado hace tiempo y que como ahora lo están haciendo, muchos reaccionan fuertemente contra el gobierno.

-Algunos dicen que yo soy kirchnerista. No lo soy, pero reconozco lo que me parece que está haciendo bien y me molesta esa postura de enfrentamiento que hay de ambos lados.

El artesano es evangélico, me habla de la labor que hace su iglesia en cárceles y escuelas y dice que, por eso, a él le parece bien que el gobierno le quite poder a la iglesia católica, que la enfrente y desenmascare porque solo ha servido para someter al pueblo.

Le digo que algo similar ha pasado en Venezuela, que el gobierno se ha enfrentado con todos los sectores y que, le puedo asegurar, no es la mejor forma de hacer justicia porque solo se exacerba el odio y el resentimiento. Que buenos y malos hay en todos lados y que así como en la iglesia católica hay corrupción, también la hay en las cristianas.

-En Venezuela, por ejemplo, hay muchas escuelas que han sido levantadas por la iglesia católica con excelentes resultados en la educación de los jóvenes y donde se les enseña un oficio del cual pueden vivir.

Asiente y dice que en Argentina también, pero insiste en que son los menos y que ya tiene demasiados años de hegemonía la iglesia católica.

Marcelo me cuenta un poco sobre La Boca, me dice que de allí han salido importantes artistas plásticos, músicos, bailarines de tango. Es una comunidad que ha sido cuna de mucho arte en Argentina.

-En eso fue muy importante el aporte hecho por Quinquela, el hombre que está en la escultura del boulevard.  Él ayudó a organizar y dignificar a la gente de La Boca.

Benito Quinquela fue un artista plástico autodidacta, abandonado por su madre de niño y criado por el inmigrante italiano Manuel Chinchella, quien, como muchos otros italianos llegó a La Boca para mejorar sus condiciones de vida trabajando en la descarga de carbón en el puerto. El pintor, que convirtió su apellido a Quinquela, españolizándolo de acuerdo a su pronunciación, en sus pinturas mostraba la vida difícil y dura de los pobres de La Boca y  fue quien donó a la barriada la escuela-museo conocida como Escuela Pedro de Mendoza, entre muchas otras donaciones que hizo a la comunidad con el objetivo de hacer llegar a sus habitantes el arte, la salud y la educación, para elevar su calidad de vida.

La misma idea de la calle Caminito, pensada originalmente para que fuese un lugar para el arte y la alegría, una calle museo de creación colectiva, fue decisión de Quinquela junto con un grupo de vecinos a partir de la recuperación la una abandonada vía de tren y le dieron su nombre a partir del la vieja canción.

La conversación con Camilo me reafirma una vez más la sensación de que Argentina está viviendo un proceso tan similar al venezolano, que me eriza la piel. Él parece ser uno de esos “ni ni” que, o bien se radicaliza a favor del gobierno o termina siendo uno de sus desencantados y opositores. Lo que sí es seguro es que no podrá mantenerse indiferente a lo que está sucediendo en su país.

Le agradezco a Marcelo la buena conversa y su valiosa informacion y con un apretón de manos nos despedimos. Dejo Caminito con la sensación de haber estado sobre un escenario tras cuyo telón de fondo se encuentra una realidad mucho más cruel y triste que lo que me muestran entre bambalinas. Me queda la duda de cuánto de la idea original de Quinquela y los vecinos hay en la actualidad en Caminito y cuánto del dinero que produce la calle realmente va a ayudar a los de menos recursos económicos de La Boca pues, muchos de los que allí tienen negocios establecidos, no viven precisamente en La Boca.

Adentro de La Boca quedan la vieja iglesia Nuestra Señora de los Inmigrantes, la torre donde dicen que se aparece el fantasma de una pintora que se suicidó, el estadio La Bombonera, del Boca Juniors, y otra serie de puntos de interés que serán tarea pendiente para una próxima visita a Argentina.

Son cerca de las dos de la tarde y ya me encuentro montado en el autobús de regreso. Quiero llegar temprano a la calle Arroyo para hacer un recorido por sus galerías de arte como me recomendara en la mañana el chico con gabardina y paraguas del banco.

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Para mí, lo principal al viajar y conocer nuevas ciudades, más allá de llevar folletos turísticos y mapas que por lo general nunca entiendo (no hay nada que me parezca más complicado que descifrar un mapa y entender un manual de aparatos electrónicos, mecánicos o electrodomésticos, es ir con la mente y el espíritu abiertos y los sentidos despiertos para captar los olores, sonidos y visiones que nos pueden descubrir una ciudad nueva.

Un buen par de zapatos para caminar, información básica del lugar -para lo cual Google funciona de maravilla-, ojos y oídos abiertos para captar las señales, así como disposición a conversar, oír e interactuar con toda la gente que se pueda, son mis instrumentos básicos de viaje. De esta forma, la ciudades se van descubriendo ante nosotros de manera natural y espontánea, nos sorprenden  a cada paso y el viaje se hace más ameno, entretenido, agradable y enriquecedor.

El tercer día de estancia en Buenos Aires, el que se supone será el penúltimo en la ciudad porteña, nos levantamos con la disposición de ir a Tigre, una pequeña ciudad que queda a poco más de 30 kilómetros y unos 50 minutos en tren desde la capital.

Como todos los días, un buen baño y abundante desayuno antes de salir del hotel, paso por Florida para cambiar los dólares y, en esta oportunidad, como teníamos una encomienda de una vecina que debíamos entregar a su hija que vive en San Fe, Cristian me dice que vayamos directo a ubicar la dirección porque, de no entregarlo hoy, terminaríamos regresando a Venezuela con el encargo.

Caminando, llegamos al número de la calle Santa Fe que pone en el sobre. Dejamos en recepción el envío y salimos a la calle a buscar quién nos indique la forma de llegar a la estación de Retiro para tomar el tren a Tigre.

En un puesto de flores, me paro a preguntar y, mientras la señora me explica, escucho el sonido de una banda. Sin terminar de poner atención a lo que me dice la vendedora de flores, le pregunto de qué se trata y de dónde proviene la música.

-De la plaza que está al cruzar. Todas las semanas hay algo allí.  -dice la señora, con tono que denota cierto fastidio.

Como buenos curiosos, posponemos por un momento la ida a la terminal de Retiro, cruzamos la calle y nos dirigimos hacia el origen de la música. Al llegar, descubrimos una inmensa plaza en cuyo espacio se encuentran en formación los integrantes de una gran banda cuyos uniformes recuerdan un poco los soldaditos de plomo y los cascanueces de navidad. Al centro, un grupo de personalidades está depositando una ofrenda floral al pie del monumento al que nos acercamos para descubrir que nos encontramos en plena plaza San Martin, el histórico espacio dedicado al general prócer, libertador y padre de la patria Argentina.

La plaza es grande, ubicada en el barrio de Retiro, con áreas verdes, monumentos y esculturas y, alrededor, se encuentran las sedes de algunos ministerios, un costado que da al río y desde aquí comienza la calle Florida. Paseamos un rato y tomamos vía hacia la estación del tren, pero el día comienza a nublarse. Mal síntoma para ir a Tigre que es un paseo campestre, según tenemos entendido.

Rápidamente, tomamos decisiones. Vámonos al barrio de La Boca en autobús, un paseo que no es que a mí me llame mucho la atención porque la pobreza en todos lados es más o menos igual, aunque la pintemos de colores y la hagamos un paseo turístico, pero que constituye una visita obligada al llegar a Buenos Aires por primera vez.

Como los colectivos solo aceptan monedas para pagar, y ya hemos pasado por la incomodidad de tener que pedir auxilio al primer pasajero que tenemos en frente para que nos cambie, ante la mirada absolutamente indiferente de los conductores, quienes no hacen el más pequeño esfuerzo por tratar de resolver el problema al turista y, por supuesto, no portan monedas para cambiar; decido entrar a un banco para contar con las monedas que necesitamos para el viaje.

Pienso que el trámite sería más o menos similar a como acostumbro hacerlo en Venezuela, que me acerco a la taquilla y le pido el favor al cajero. Entro, y no veo taquillas por ningún lado. Un vigilante y una hilera de personas que esperan en fila ante unos paneles de publicidad del banco y una pequeña pantalla luminosa que indica que el siguiente cliente puede pasar.

Consulto con el guardia y me indica que debo hacer la cola y esperar mi turno para ser atendido. Hay poca gente, pero la fila se mueve lentamente. Los argentinos en todas partes parecen ir sin apuro ni estrés. Miro al hombre con gabardina y paraguas que está junto a mí y comienzo a conversar con él sobre el clima y la evidente certeza del hombre, por su atuendo, de que lloverá.

-Han anunciado lluvia para hoy y, aunque los pronósticos a veces no aciertan, creo que hoy sí lloverá -dice y, efectivamente, a través de la pared de vidrio del banco ya se ve la lluvía caer.

Le comento nuestra intención de ir a Tigre y el hombre me dice que connel clima como está no es un paseo recomendable el de Tigre.

-Mejor quédense por aquí. Vayan a Recoleta y paseen por la calle Arroyo donde hay un montón de galerías de arte. Pueden pasear por allí y conocer la embajada de Francia que es muy bella y el monumento al pueblo judío que están por allí mismo.

Le pregunto por qué el banco tiene completamente tapiada la visión hacia los cajeros y si todas las agencias son así y me explica que es por razones de seguridad. De esa forma, no se ve cuánto dinero retira el cliente y al salir hay menos posibilidades de que lo sigan para robarlo. Es una medida que se adoptó desde hace unos dos años por el incremento de robos a la salida de los bancos y que parece haber dado buenos resultados.

Llega su turno de ser atendido y me quedo pensando que en Venezuela los paneles podrían servir con doble propósito, el de evitar los robos como en Argentina y, a la vez, eliminar el trafico de influencias. Si los clientes no pueden ver al cajero ni el cajero a los clientes, quedaría muy limitado el que “el amiguito” pase por encima de quienes están haciendo su cola pacientemente.

Es mi turno de pasar tras el panel, me dan mis monedas y salgo a la calle donde espera Cristian para tomar el autobús que para justo en la esquina.  Aún llovizna pero con menos intensidad que un rato antes. A los pocos minutos llega el colectivo y embarcamos rumbo a La Boca.

Yo tomo asiento junto a una señora y Cristian unos puestos más atrás junto a un señor. Mientras la señora me va contando que está jubilada y que trabajó un tiempo en la casa Rosada, voy viendo por la ventanilla, la ciudad.  Ella me indica qué debo hacer al llegar a la parada para ir a Caminito. Me cuenta que para ella no es lo mejor de Buenos Aires, que esa pobreza no le parece a ella que sea para enorgullecerse. Que es mejor ir a la zona de Puerto Maderos, donde tienen residencias los ricos en lujosas edificaciones, pero que entiende que La Boca se ha convertido con el tiempo en paseo para turistas.

Mientras la señora me habla de la pobreza del barrio, veo en un inmenso porche de un edificio de la avenida, tras las anchas columnas, unas “camas” dispuestas con un montón de enseres en lo que aparenta ser el lugar donde duermen familias completas de indigentes. A la velocidad del bús logró distinguir tres camas y pienso que, en realidad, no es necesario llegar hasta La Boca para ver la pobreza. Son muchas las zonas de Buenos Aires en las que uno se la tropieza.

Por su parte, Cristian habla de política con el señor que está a su lado quien ha oído hablar de Chávez pero no parece estar muy enterado. El hombre le dice:

-Pero a lo mejor no es tan malo. Puede ser que necesite tiempo.

-¿Más tiempo? Si ya tiene 14 años mandando.

-¡14! -grita el hombre- ¡No puede ser, entonces tienen que salir de él ya!

Llegamos al final del trayecto del bús. El día ha despejado, el sol sale y el cielo se torna hermosamente azul. Descendemos y comenzamos a caminar hacia la derecha, cruzamos la calle,  caminamos por el boulevard que bordea el río dejando atrás el puente de hierro, pasamos frente a una estatua que pone al pie Benito Quinquela Martín y al levantar la vista, se ve al fondo el colorido paisaje de madera láminas de zinc pintadas de colores fuertes con las  que construyen los conventillos, característicos de la zona. Allí frente a nosotros, nace Caminito, la entrada turística a La Boca.

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Cuatro horas para recorrer el Mercado de San Telmo se quedan cortas. Hay tanto para ver, disfrutar y conversar que en ese tiempo apenas uno alcanza a recorrer los tarantines callejeros y dar un vistazo al inmenso y bicentenario mercado con sus puestos de carnes y verduras, tiendas de arte y antigüedades y restaurantes y cafés.

En un puesto de zapatos me paro y compro unas imitaciones de Converse, solo que en lugar de estar hechos de cuero o tela, los han fabricado con un hermoso y colorido tejido étnico característico de etnias indígenas peruanas y ecuatorianas. De esta forma, se acaba la incomodidad de andar con un zapato blanco y uno marrón.

Al doblar en la esquina del Paseo de la Historieta, hago mi cola para tomarme la foto con la escultura de Mafalda que, pacientemente, espera sentada en su banquita. Los turistas brasileños que están detrás de mí en la fila se mueren de risa al ver que me quito los zapatos para, en lugar de abrazar a Mafalda, como hacen todos, tomar la foto de mis pies junto al personaje de Quino.

El día está hermoso. El cielo azul desmiente a rajatabla los pronósticos del tiempo que indicaban que habría lluvias dispersas. Al llegar al edificio del mercado en cuya puerta, en lo alto, pone que es de 1897, nos sentamos en lo de Martita a tomar café y agua, ubicados en sus mesas pintadas de colores al estilo de Mondrian. Luego, recorremos un minicentro de Arte y Antigüedades llamado Paseo de Compras Solar de French que está en frente para salir y regresar donde Roberto, el fabricante y vendedor de artículos de cuero y comprar el bolso pues, como él me lo advirtió, no lo conseguí en todo el recorrido, ni siquiera parecido.

Un último intento infructuoso para que Roberto baje el precio del bolso y, al ver que hay uno de similar tamaño y modelo, pero de cuero liso y tenido que cuesta 120 pesos menos, le pregunto la razón. En mi ignorancia, pienso que ese bolso sin pelos lleva más trabajo que el que a mi me gusta con los pelos blancos y negros de la res.

-El peludo tiene mucho más trabajo -explica, Roberto-. Al otro solo tengo que ponerle los químicos para que suelte los pelos, secarlo y teñirlo; mientras que el que te gusta tengo que hacerle un tratamiento especial para que no pierda los pelos y los mantega tan bonitos como cuando la res estaba viva.

-¿Cómo debo cuidarlo, limpiarlo?

-Como se cuidan las vacas. Lo bañas con agua y jabón.

Meto en el nuevo bolso todo lo que llevo en la mano, incluyendo los zapatos disparejos y, como ya pasan de las dos, empezamos a buscar dónde almorzar. Queremos seguir la recomendación de Roberto y comer en El Desnivel,  un restaurant de carne de la zona, pero no aceptan tarjetas y los pesos se nos acabaron con las compras. Probamos en dos restaurantes más y nada. No sé si es por el rollo del control cambiario o por qué otra razón pero en muchos sitios de Buenos Aires se rehusan a aceptar las tarjetas de crédito como forma de pago.

En vista del fracaso, decidimos irnos a Puerto Madero a probar suerte con la tan recomendada comida de la zona y de paso conocer el puerto.  Recorremos todo el Paseo de la Historieta y luego de unos veinte minutos de caminata, llegamos al boulevard del puerto.

La tarde se ha nublado pero, por suerte, no llueve, aunque hace un poco de frío. Mientras buscamos el sitio para almorzar, disfrutamos la caminata a la orilla de río de La Plata. Pasamos por la sede de la Universidad Católica Argentina y, a lo lejos, se distingue el Puente de la Mujer con su hermoso diseño arquitectónico. Caminamos hacia él y en el trayecto tropezamos con una pareja que acaba de instalar un pequeño linóleo en el suelo para entretener a los paseantes con sus tangos y milongas.

Nos olviamos del hambre y nos disponemos a deleitarnos con el baile de la joven pareja. Ella lleva un vestido rojo y él va de traje beige y pantalón negro. Encienden el equipo de sonido y comienzan su show. Es justo el tipo de tango que quería encontrar, el bailado en la calle y no esos shows montados en restaurantes para turistas. Por cierto, muchas de esas parejas tangueras de la calle, son las mismas que contratan en los restaurantes para los espectáculos.

Sin darnos cuenta, se acercan las cinco de la tarde. Es hora de encontrar dónde comer si no queremos llegar muertos de hambre a la presentación del Circo del Sol cuyas entradas son para la 8 de la noche y no tenemos ni idea de dónde se encuentran ubicadas las carpas. Solo sabemos que es lejos, saliendo de Capital Federal, en un lugar llamado Complejo al Río, por Olivos, en la localidad Vicente López

La mayoría de los restaurantes están cerrados. Caminamos ahora de regreso. El paseo es tan agradable que no se siente ni el hambre ni el cansancio. Los argentinos se enorgullecen de su puerto con razón y les encanta recomendarle a los turistas que se den un paseo para que vean los lujosos edificios de ricos y famosos que se encuentran por la zona.

Andando sin apuro, llegamos al famoso restaurant “Siga la Vaca”, especializado en carnes y recomendado en la mayoría de los folletos y reportajes turísticos sobre Buenos Aires.

Pasan ya las cinco y al entrar nos encontramos con una larga lista de espera.  A pesar de lo grande y la cantidad mesas con las que cuenta, el lugar está a tope y tenemos que esperar unos 15 minutos para obtener  mesa.

Lamentablemente, debemos comer apurados porque el tiempo apremia. Es un sitio tipo “all you can eat”, donde lo ideal sería llegar con suficiente tiempo y apetito para instalarse a comer de todos los cortes de carnes de res, chorizos, morcillas y pollo, los variados contornos, los postres y la botella de vino por persona que están incluidos en el precio de 160 pesos por comensal.  Ese no es nuestro caso. Hay que apurarse para llegar a la función de Varekai. Eso sí, el apuro no impide que comamos hasta quedar ahítos.  Pagamos y allí mismo nos explican dónde tomar el colectivo para llegar a Olivos, en Vicente López.

La idea de pagar un taxi la descartamos de plano, pues como es en las afueras de Capital Federal, al norte de Buenos Aires,  además de la tarifa normal, habría que pagar un extra por ser un partido foráneo. Frente a la sede de la Facultad de Ingeniería está nuestra parada. Unos 5 minutos de espera y llega el autobús que en unos 25 minutos nos dejará a unas 10 cuadras de donde se encuentran emplazadas las carpas del circo.

Caminamos a lo largo de una urbanización solitaria. Por un momento pensamos que hemos errado el camino y aprovecho que una gente va saliendo de una casa para preguntarles.

Vamos bien. Nos indican que aún faltan unas cinco cuadras de camino. Pasamos los rieles del tren. Al llegar a las avenidas Laprida y Bartolomé Cruz y

Foto: Cristian Espinosa

bordear el Carrefour, ya estamos en el lugar de la función.

La fila de autos nos van guiando el camino y, al poco tiempo, distinguimos las carpas azul y amarillo del circo canadiense.

Llegamos con el tiempo justo para entrar y ubicarnos en nuestros asientos. Se apagan la luces y, del cielo de la carpa, cae un ser alado con el que comienza la fantástica historia de Varekai.

Al caer esta especie de ángel o pegaso, el escenario comienza a llenarse de luz, música, color y fantasía.  Estamos frente a un bosque mágico, en la de un cima volcán. Un mundo imaginario llamado Varekai, habitado por seres mitad animales y mitad humanos, por animales que solo pueden venir de la imaginación de los  creadores circenses, criaturas fantásticas. Frente a nosotros empieza a surgir un mundo onírico que nos demuestra que, si se puede soñar, se puede realizar.

Una vez más los artistas del Cirque su Soleil me tienen por casi dos horas con la mandíbula caída de admiración. Aunque lo veo en frente, me cuesta creerlo y quedo perplejo ante las ilimitadas capacidades de los malabaristas, equilibristas, contorsionistas, trapecistas. La risa es constante con la bella gorda y con los bufones de la obra. La música y la iluminación me

Foto: Cristian Espinosa

sumergen en ese espacio onírico del que ya no quiero salir. Compruebo por segunda vez que nada queda al azar en los montajes del Circo del Sol. Todo está estudiado, calculado al milímetro. Frente a mis ojos hay un espectáculo cuidado al detalle, donde la física es la ciencia que manda y la ley de gravedad parece no existir. Todo sin mostrar el más mínimo esfuerzo. Es música, baile, equilibrio, malabares, teatro, ballet, comedia, elevados a su máxima expresión y llevados al límite. Es tal el grado de dificultad de los números presentados, que a nadie le importan las dos o tres fallas que se observan durante la función. Pequeñas pifias subsanadas inmediatamente, cubiertas por los aplausos del publico y olvidadas tras una nueva muestra de destreza y genialidad.

Termina la función. Las manos arden de tanto aplaudir. Nadie quiere abandonar la carpa. Seguimos aplaudiendo hasta que comprobamos que el sueño ha terminado y debemos volver al mundo real, sin perder la esperanza de tener una nueva oportunidad para soñar los sueños del Cirque du Soleil.

Una caminata corta hasta la parada del colectivo que nos llevará de vuelta al obelisco. En el bús, un grupo de teatreros discute sobre la función. Aparentemente, fueron a ver qué podían pescar de allí para su próximo espectáculo. Es que el circo canadiense de verdad es un show digno de ser copiado, imitado o, por lo menos, de intentarlo.

Llegamos a nuestra parada. Luego de la opípara comida en Siga la Vaca, no es mucha el hambre que tenemos, así que decidimos comer un bocado en el primer sitio de comida rápida que se nos atraviesa para luego ir a dormir.

Pedimos muzzarela (pizza de queso) con fainá. Una combinación muy sureña de pizza con una tortilla hecha de harina de garbanzo que a mi no me termina de convencer. La fainá no me sabe a nada y la muzzarela me parece completamente prescindible.

Comemos y tomamos nuestro camino al hotel. Si tenemos suerte, los pronósticos del tiempo se volverán a pelar y podremos ir a Tigre al día siguiente, en la mañana.

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En San Telmo anda un hombre con un zapato blanco

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Foto: Cristian Espinosa

Poco después de las siete de la mañana, un impertinente rayo de sol que se cuela entre las cortinas de la habitación del hotel, incide justo en mi cara y me despierta.  Las horas dormidas a duras penas llegan a cinco y por más que me volteo y digo: “Diez minuticos más”, la insistente claridad me impide volver a agarrar el sueño.

Aún dormido, me levanto, tomo una ducha y me visto. Como sé que la caminata será larga, decido ponerme las gomas adidas blancas que ya están amansadas y listas para largas jornadas a pie. Me calzo la derecha y comienza la búsqueda de la izquierda hasta que, por fin, la encuentro debajo de la cama, tapada por la franela del día anterior. Me la pongo, ato los cordones de ambos zapatos y salgo con Cristian a desayunar en el restaurant del hotel, en la terraza.

Comemos en abundancia porque sabemos que, una vez que arrancamos a pasear, nunca se sabe cuándo volveremos a tomar bocado.

Poco después de las 8 y media, ya nos encontramos camino a la calle Florida para cambiar pesos en lo de Miguel y continuar rumbo al mercado de San Telmo, donde guardo la esperanza de encontrar el bolso de cuero que quiero.

El mismo Miguel nos convence de que, si no llevamos prisa, continuemos a pie hasta el mercado, pues el paseo es bonito y estamos apenas a unas ocho cuadras del lugar. Así lo hacemos y cuando ya tenemos unas cuadras andadas, fascinado por las arquitectura de la zona, decido sacar la tablet para hacer fotos de los edificios.

No había hecho mas de 4 clicks, cuando una trigueña gordita, con cara de madre angustiada, se me viene encima y me dice, como implorando:

-¿Vos no sos de acá? ¡No saqués eso acá! ¡Guardala, es peligroso!

Por supuesto, guardé de nuevo el aparato en el bolso y quedé solo con el teléfono en la mano para las fotos. Dos cuadras más y entramos a la esquina de la catedral Metropolitana de Buenos Aires.  Al mirar alrededor, descubrimos que estamos frente a la casa de gobierno de la ciudad. Un poco más allá, el viejo edificio del Cabildo, frente a estos, la plaza de Mayo, lugar fundacional de la ciudad y donde se reúnen las madres de los desaparecidos de la dictadura Argentina y, frente a esta plaza, la Casa Rosada.

La descripción de todo el sitio me la hace un policía al que le pregunto qué evento habrá en la calle, pues se encuentran dispuestas en hileras un grupo de sillas plásticas como a la espera del público frente a una tarima.

El agente no sabe decirme qué evento habrá, pero sí me da los detalles de las edificaciones. Al ver que tengo la tablet en la mano, me advierte:

-¡Tené cuidado con eso!

-Pero, ¿acá la puedo sacar?

-Mientras haya un policía cerca no hay qué temer -me dice sonriendo-, pero andate con cuidado.

Decidimos entrar a la catedral para conocerla. Una edificación de estilo mayormente románico, guarda en un costado anexo el mausoleo con los restos del libertador San Martín. Es un templo de cinco naves, con una amplia central que conduce al inmenso altar mayor. Hermosas imágenes de santos, un espectacular piso de pequeños mosaicos formando estrellas, hojas y flores, que a nadie deja indiferente e increíbles mosaicos en las paredes también, que recrean imágenes de ángeles y santos.

Al salir de la catedral, damos un paseo por la plaza de Mayo en cuyo piso se encuentran pintadas las pañoletas blancas que identifican a las madres de la plaza. Allí están aún exhibidas las pancartas usadas durante la última manifestación contra el gobierno, realizada pocos días antes, cuando llegaron cientos de manifestantes, convocados por las redes sociales, a cacerolear en protesta por algunas medidas adoptadas por el gobierno de la Kirchner.

La Casa Rosada muestra el movimiento de la gran afluencia de turistas que la va a visitar. Unos salen y otros entran. Nosotros decidimos saltarnos la visita porque ya pasan de las 10 y todavía no hemos empezado a recorrer el largo mercado de San Telmo.

Echado en medio de la estrecha calle adoquinada, nos recibe un anciano perro amarillo, de trompa canosa y mirada de sabio, completamente indiferente al ir y venir de la gente que comienza a subir y bajar a lo largo de la calle.

El mercado callejero, que con el paso de los años se ha ido extendiendo hasta casi llegar a la calle de la plaza de Mayo, reúne a artesanos, artistas, anticuarios, curtidores y trabajadores dedicados a la tenería, músicos, magos, bailarines de tangos y milongas, orfebres, hacedores de vasijas de cemento, materas y bombillas, grabadores de placas de metal para mascotas, tejedores, vendedores de bisutería, titiriteros. Son como 12 cuadras que todos los domingos cobran vida cuando se llenan del bullicio y la algarabía de quienes llegan a ofrecer sus mercaderías y quienes se acercan a comprar a buenos precios y a curiosear.

A mano izquierda, subiendo desde la plaza Mayo, se encuentra la Basílica de Nuestra Señora del Rosario y el museo Franciscano. Justo un poco más arriba, entre la gente y los chiringuitos, logro distinguir, a lo lejos, un bolso con las características del que tengo pensado comprar.

Me dirijo hacia él, pero en el camino no puedo dejar de contemplar unos hermosos cojines de cuero que vende una señora.  Al ver que me llaman la atención, la mujer se levanta y comienza a conversar. Me cuenta que tiene 77 años, que le encanta ir a las milongas porque el gusto por bailar tango nunca lo perderá.

-Por cierto -me dice-, hoy hay fiesta brasilera allí en la plaza. Si se quedan por acá, podrán disfrutar de la música de Brasil y de su comida porque tengo entendido que habrá comida gratis para todos.  “Argentina celebra a Brasil” se llama la fiesta.

En el chiringuito que está frente al de la guapachosa anciana, veo unas billeteras de cuero con los pelos de la vaca, sobre la mesita de exhibición.

-¿Cuanto cuestan estas billeteras? Pregunto a la señora que atiende.

-Cien pesos.

-¿Nada menos?

-Nada menos. Ya son muy baratas.

-Si me las deja en 180, me llevo las dos. -Insisto.

-¡Ay, no me hagás eso! ¡Que ya son muy baratas! Dame 190 por las dos, pues.

-¡Hecho!

Con las dos billeteras me dirijo en pos de mi bolso. Es de cuero peludo blanco con manchas y motas negras. Cuadrado. Ideal para utilizarlo como equipaje de mano. Lo reviso. Miro sus costuras perfectas. El cuero bien trabajado.  El hombre que los hace y vende me observa.

-Sacale el papel para que lo veas por dentro.

-¿Cuánto cuesta?

-500 pesos. -Dice el hombre, bajo, delgado, con bigote negro y lentes. Unos 40 anos, le calculo.

-¿Cuánto es lo menos?

-Eso es lo menos y lo más. Es el precio. ¿De dónde sos?

-De Venezuela.

-¡Uy, de donde el loco! ¿No te querés llevar a la pelotuda de acá?

-Nooooo. Si estoy tratando más bien de casar al de allá con la de acá, ahora que está viuda. Así el tipo se viene y ustedes tienen la parejita aquí y hasta cría les pueden sacar.

Roberto, que así se llama el hombre, suelta la carcajada y pasamos unos 15 minutos conversando. El tratando de convencerme de que Argentina está peor que Venezuela y yo haciendo lo propio. Al final la conclusión es que ambos países están “igual de peor”, solo que Venezuela lleva unos años de ventaja.

-Bueno, Roberto, ¿entonces, en cuánto me dejas el bolso?

-En 500 pesos. Ese es el precio.

Yo se que es un excelente precio, pero me gusta regatear.  Le digo:

-Bueno, apenas voy llegando al mercado. Voy a seguir viendo porque a lo mejor más adelante lo consigo más barato.  Si no lo encuentro, me regreso y te lo compro.

-No lo vas a conseguir. Y si lo consigues, no será de la misma calidad. ¿Te lo aparto?

-No. Porque no quiero quedarte mal. Si no consigo otro, vuelvo por este.

Le tiendo la mano para despedirme y cuando estoy a punto de arrancar, Roberto me hala por el brazo.

-¡Pará, pará,  pará! -Yo pienso que, finalmente, me hará un precio.

-¿Eso es un descuido o lo has hecho intencionalmente? -Dice, señalando el piso a mis pies.

Yo no entiendo nada y comienzo a seguir con la mirada el camino que me señala el dedo para, al final, entender.

Al ver mis pies, me doy cuenta que llevo puesto un zapato blanco y otro color caramelo. Fui a desayunar, caminé un largo trecho por Florida, paseé por la plaza de Mayo, entré a la Catedral, conversé con la gente; ¡llevando un zapato completamente diferente en modelo y color al otro!

-¡NO! No es intencional, Roberto. Hasta ahora, no me había dado cuenta que los zapatos eran diferentes. ¡Con razón un pie me duele más que el otro!

Ambos soltamos la carcajada y llamamos a Cristian que estaba entretenido en otro chiringuito. Roberto le dice:

-¿Qué le ves distinto?

Cristian comienza a mirar de arriba abajo, como queriendo descubrir qué me he comprado. Cuando llega a los pies, grita:

-¡COÑO! ¿Y eso? ¿Tu saliste así?

Los tres nos matamos de la risa.

Cristian y yo continuamos el paseo por el mercado y dejamos a Roberto, que aún sonríe al ver mis pies, con la promesa de volver por el bolso, si no consigo uno más barato.

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Stravaganza, boxeo y despedida de soltero

Stravaganza, boxeo y despedida de soltero

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Siempre que soñaba con ir a Buenos Aires, me decía que al visitar la ciudad porteña una de las cosas que me gustaría ver era un espectáculo de revista musical, con sus vedettes semi-desnudas, muchas boas de plumas, lentejuelas, tacones altos, musica, luz y baile.

Presenciar uno de esos shows tan característicos de la Argentina, de donde salieron estrellas del espectáculo como Susana Jiménez y Moria Casán, era una de las cosas que no me quería perder en Baires. Al saber del show de Flavio Mendoza, me pareció una buena oportunidad para disfrutar lo que soñaba con ver, pero actualizado, de acuerdo a lo leído sobre el espectáculo.

Efectivamente, Stravaganza reune lo más significativo del teatro de revista: Vedettes, plumas, pestañas postizas, concheros y diminutos brassiers que poco dejan a la imaginación, sobre espectaculares cuerpos, nalgas y tetas duras como rocas, muchas a base de operaciones, pocas a fuerza de ejercicio. Esto lo combina de manera un poco caótica con acrobacias circenses, teatro, danza, video y muchos efectos especiales.

Desde que el telón sube y hasta que saluda el último de los artistas al final del espectáculo, la gente no para de aplaudir. Si nos basamos en la cantidad de público asistente (sala llena luego de dos meses de funciones) y la euforia e histeria con la que la gente recibe el espectáculo, se puede decir que Stravaganza es un éxito y cumple con su objetivo de entretener a un público deseoso de reir y aplaudir.

Para mi gusto, resultó un poco largo y desordenado. Una desafortunada mezcla entre el Cirque Du Soleil (con el que los argentinos se enorgullecen de comparar el show de Flavio), con una película de efectos especiales, un toque de programas “cómicos” de televisión, de esos que a fuerza de chistes fáciles y malas palabras consiguen arrancar las carcajadas del publico y un profundo acento de programa sabatino al estilo de Sábado Sensacional en Venezuela o los maratónicos argentinos animados por Marcelo Tinelli.

Es un espectáculo multimedia dirigido a las grandes masas de público televisivo, hecho a partir de unir un poco de cada cosa de las que el propio Flavio Mendoza ha visto en sus recorridos por Las Vegas y su experiencia en televisión, al que le haría falta una buena dosis de tijera que le quite un montón de momentos y chistes fáciles que ensucian el show y hacen que luzca desordenado, incoherente y falto de una línea estética definida, así como carente de una línea conceptual.

Una costosa producción con 30 artistas en escena que tiene sus momentos brillantes y bien logrados, una increíble tramoya con impecable manejo mecánico, un escenario versátil que se transforma en pileta de agua y unos buenos bailarines y actores que se llegan a perder entre tanto afán efectista.

Termina la función. Son cerca de las 11 de la noche y comenzamos a caminar en busca de un sitio en la calle Corrientes donde podamos cenar. En un a esquina encontramos un restaurant cuyas mesas en el interior están a tope, tomamos una de las que están en la acera y esperamos que nos atiendan.

La chica, quien, como todos los que están en el local y unos cuantos que observan desde la calle a través de la pared de cristal, no despega los ojos de un televisor pantalla plana empotrado en el muro, tarda en percatarse de que estamos afuera esperando para ser atendidos. Todos están embobados con el televisor.

Al rato, la mesera se acerca y nos toma la orden. Dos milanesas con papas fritas y dos gaseosas. Pregunto a qué se debe que nadie despega los ojos del televisor y me explica que están viendo el boxeo. Todos pujan por “El maravilla Martinez” quien le disputa el título a Chávez Jr. en Las Vegas.

Mientras nos comemos las milanesas de un tamaño digno de Pedro Picapiedras, se define la pelea y el argentino Sergio “Maravilla” Martínez se titula campeón del peso medio, versión Consejo Mundial de Boxeo. La gente está feliz. Por la avenida suenan cornetas y pasan grupos de personas celebrando.

Después de comer, comenzamos a caminar de vuelta al hotel que se ubica a unas ocho cuadras de donde nos encontramos. En una esquina se ve un grupo animado de muchachos que gritan, cantan, bailan y alborotan la zona. Suponemos que están celebrando el triunfo del “Maravilla”. Nos aproximamos y encontramos a un chico rubio, como de 1.90 de estatura, ataviado con un diminuto sostén negro, un hilo dental de la misma tela y color que el sostén que deja al aire sus blancas nalgas y, al voltearse, descubrimos un gigantesco falo de goma que sale de la pequeña tela que cubre su propio pene.

Soltamos la carcajada al verlo. El y sus amigos están completamente borrachos. El rubio del inmenso pene tiene pintados con pintura labial falos en sus mejillas y pecho. Están felices, pero no es por el triunfo de”Maravilla”, como pensábamos.

El grupo de muchachos al vernos reír, nos rodean, me dan una especie de plumero para que azote al rubio, al tiempo que nos explican que están celebrando la despedida de soltero del chico disfrazado de cachifa erótica.

-¡Estoy feliz! En dos meses me caso con la mujer que amo-. Me dice el catire, al tiempo que me abraza y posa junto a Cristian y yo para que nos fotografíen mientras sostengo con mi mano su medio metro de falo de goma.

Todos reímos. Le deseamos lo mejor al futuro esposo manifestando nuestro asombro por semejante celebración a dos meses de la boda y nos dicen que esos dos meses serán de rumba hasta el día del casorio. Seguimos hacia el hotel. Ya pasan de la una de la mañana y el cansancio comienza a hacer presa de nosotros.

Al mirar hacia arriba, en una esquina de la calle Corrientes, descubro una gigantesca bola iluminada con luces blancas, azules y rojas. Es la bola de Pepsi que corona uno de los edificios de la zona. Al verla, no puedo evitar recordar la, por orden del gobierno de Chávez desaparecida, bola Pepsi de Caracas, y me pregunto cuanto tardará Cristina, en su afán emulador de mandatario venezolano, en mandar a eliminar del panorama bonaerense semejante símbolo del imperialismo yanqui.

Camino al hotel nos topamos con el imponente y señorial teatro Colón, con la sede de los Tribunales de Justicia, la estatua en homenaje a Lavalle a cuyo costado se encuentra una especie de instalación en lo que parece ser un tributo a la música pues, en el espacio abierto, se levantan un montón de atriles que, en la penumbra de la noche, aparecen como hechos de paja seca.

Ha sido un largo día desde la madrugada en el buque barco, los paseos a la Calle Florida para cambiar dólares por pesos. El rico paseo por Palermo y el teatro de revista.

La noche es fresca y el trayecto al hotel nos relaja y divierte. Ya es hora de ir a descansar porque al día siguiente tenemos que levantarnos temprano para ir al mercado de San Telmo, así que debemos aprovechar al máximo las pocas horas de sueño que tenemos por delante.

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Recorrido por Palermo, opera en el metro y al teatro.

Recorrido por Palermo, opera en el metro y al teatro

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Palermo, Buenos Aires

Ya con los tickets para los espectáculos en la mano y tomando en cuenta que apenas pasaban de las dos de la tarde, que estábamos cerca del hotel y que Stravaganza no se presentaba hasta las nueve de la noche, decidimos ir a cambiarnos de ropa porque, lo más seguro, es que la hora del espectáculo nos agarre pateando las calles de Buenos Aires y es mejor estar listos para el teatro.

En la recepción del hotel, ya vestidos para el espectáculo teatral, nos recomiendan que visitemos Palermo Soho y Palermo Hollywood, nos explican amablemente que autobús y dónde tomarlo y hacia allá nos encaminamos, indicándole al conductor del colectivo que por favor nos deje lo más cerca posible de la zona.

Al bajarnos en la parada que nos indican, me doy cuenta de que en realidad, ni Cristian ni yo, tenemos ni idea de hacia dónde debemos agarrar para dirigirnos a Palermo. Entramos a una tienda y un hombre que se encontraba acompañando a una pareja que estaba de compras muy amablemente toma el mapa y nos traza el camino.  Al llegar al zoológico, debemos cruzar la calle y caminar hacia la izquierda, derecho, y al rato de andar ya estamos en la zona.

Entramos a una tienda de mascotas que se nos atraviesa en el camino, a morirnos de envidia con la cantidad de artículos y tipos de alimentos que se consigue. Muchas marcas que, antes de que Venezuela se enrumbara por la vía del socialismo cubano, se encontraban en nuestro país y que hace rato desaparecieron del mercado y otras tantas nuevas de las que muy probablemente no tendremos noticias en muchos años.

Con una mezcla de envidia, impotencia y tristeza dejamos el abarrotado establecimiento y seguimos recorriendo el área. En los parques se ven los niños con sus padres pasando la tarde del sábado. Un camión de la policía de Baires, parado en una calle, divierte a los más pequeños montándolos en la unidad y enseñándoles cómo funciona.

A medida que nos vamos adentrando en Palermo, las calles van teniendo más actividad. Es un barrio bohemio, con cantidad de restaurantes y bares con mesitas en terrazas. No faltan los típicos puestos de ventas de flores y kioskos de revistas y periódicos. El las vitrinas de las tiendan se pueden observar las últimas tendencias de la moda. Alguna gente camina alegre mientras otros están sentados a las mesas, conversando, compartiendo y divirtiéndose.

Como bien reza el lugar común, “el mundo es un pañuelo”. Lo que menos esperábamos en Palermo era conseguirnos  a alguien conocido y, ¡0h, sorpresa! casi nos llevamos por delante a María Paula, la hija de una antigua vecina de Maracaibo a quien conocimos de niña y que ya es una mujer hecha y derecha, tiene unos 3 años viviendo y trabajando en Argentina.  Charlamos un rato, nos da algunas recomendaciones sobre qué hacer y luego continuamos nuestro recorrido.

Ya son cerca de las 6 de la tarde y el hambre aprieta. Comenzamos a ver dónde comer y la suave voz de una chica con acento colombiano frente a Tazz, un bar-restaurante, no seduce y, con sus ojos claros y hermosa sonrisa, nos persuade de comer allí.

La chica es bogotana, estudia y trabaja en la capital argentina. Nos ubica en una mesa con vista hacia la concurrida calle y nos deja en manos de otro chico, bogotano también, quien se encarga de tomarnos el pedido.

Yo me decido por unos sorrentinos, pasta casera rellena con jamón y queso, bañada con salsa de tomate y Cristian un lomo con champiñones. Vino tinto para los dos. Deliciosa la comida y muy amable la atención.

El chico bogotano nos cuenta que parte de lo que gana con su trabajo lo envía a Colombia para ayudar a su familia.

-¿Cómo haces ahora con el control de cambio? ¿No se te complica? -Le pregunto.

-Bueno, sí es un poco más complicado -dice-. Tengo que hacerlo a través de Perú. Hay una agencia que me cambia los pesos argentinos en Perú y luego los envían a Bogotá.

Yo no logro entender muy bien cómo es el negocio. Le pregunto si es legal hacerlo así y él me asegura que sí. Claro que en el cambio siempre pierde un poco, pero todavía puede seguir ayudando a su familia en Colombia.  A mí me sigue quedando la duda de si ese intercambio monetario será legal pero él está convencido que sí lo es.

Pagamos  y nos despedimos de los atentos colombianos para seguir paseando por Palermo. Nos topamos con el mercadillo que montan en la plaza los fines de semana y disfrutamos un montón con las artesanías y trabajos en cuero y prendas hechas con metales y piedras.

En uno de los chiringuitos nos sorprende un hermoso tejido de hilos de cobre con el que hacen collares y pulseras, y más nos sorprende que los hagan también con hilos de pvc. Un trabajo realmente fascinante.

Sin darnos apenas cuenta, son las ocho de la noche y debemos regresar para ir a la función teatral. Luego de un rato esperando el colectivo, decidimos que lo mejor es caminar hasta la estación del metro porque nadie sabe explicar a qué se debe la tardanza del autobús.

Caminamos unas 8 cuadras a paso rápido por temor a llegar tarde a la función. A nuestro lado pasa una pareja de ciclistas y es cuando descubro que la ciclo vía recorre casi toda la ciudad. “Qué lejos están las caóticas ciudades venezolanas de ser verdaderos lugares para “ciudadanos” como lo indica la palabra”, pienso, y al doblar la esquina, entramos en la estación del subte Plaza Italia.

El trayecto en el metro duró uno 20 minutos, tiempo suficiente para observar a unos jóvenes que, arrodillados frente a una familia que se encuentra sentada en los asientos, les predican La Palabra. No logro distinguir de qué religión se trata pero, a ratos, la mujer que los escucha deja surgir en su rostro la expresión de tedio característica de quien está deseando que pronto llegue su parada.

Bajan los predicadores y suben dos chicas. Una, con acento chileno, hace la presentación. El ruido del vagón no permite distinguir con claridad lo que dice la animadora. Reuniendo los trozos entrecortados del discurso, logro entender que se trata de una cantante lírica que, a capella, nos deleitará con su voz. Tres arias interpreta la cantante y su voz logra imponerse al ruido del vagón deslizándose sobre los rieles. ¡Qué manera de maltratar las cuerdas vocales!

Frente a nosotros, se han sentado dos muchachos, borrachos como cubas, sosteniendo en sus manos una botella de litro de cerveza metida en una bolsa de papel y bebiendo de ella alternándosela. Miran con asombro y alegría a la cantante y aplauden contentos cada vez que termina un aria y la animadora presenta la siguiente.

Finalmente, llegamos a nuestro destino. Nos bajamos y nos encaminamos al teatro recientemente comprado por Flavio Mendoza, productor, director, coreógrafo, bailarín y empresario musical y teatral, muy popular en Argentina gracias a sus participaciones en el programa de concurso de baile de Tinelli, tipo “Bailando por un sueño”, que se transmite por la televisión bonaerense.

Poco más de dos cuadras largas mide la cola para entrar al teatro Broadway, de la avenida Corrientes, donde se presenta el espectáculo, y eso que aún faltan unos 20 minutos para la hora de la función y es una obra que ya tiene más de dos meses en cartelera.

Como los asientos son numerados, decidimos tomarnos un cortado en el Café Vesuvio que se encuentra justo al lado del teatro. Un hermoso lugar con más de 100 años de historia donde aún se conservan algunos objetos de la época cuando fue inaugurado como heladería, en 1902 por el matrimonio  Cocitore, quienes llevaron desde Italia la primera máquina para hacer helados que llegó a Argentina.

El vesubio ha sido un lugar frecuentado por artistas, políticos, deportistas e intelectuales como Gardel, Julio de Caro, Borges, Alfredo Palacios, Tita Merello, Sandrini, Hugo del Carril, Juan Manuel Fangio y en la actualidad constituye un espacio en el que se desarrollan actividades artísticas y exposiciones. El sitio perfecto como antesala para una buena noche de teatro en la Calle Corrientes.

Una corta conversa con el mesero que nos cuenta la historia de cómo la heladería pasó en los años 20 a ser confitería, hasta llegar a ser el café que permanece hasta nuestros días, llegando a ser declarado “sitio de interés cultural por su aporte a la identidad porteña desde 1902”.

Dos cortados, una pasta seca, un agua mineral con gas en El Vesuvio y de allí, al teatro.

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La resaca de Marianella Salazar

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Escribió Marianella Salazar un artículo para El Nacional titulado “La gran resaca” en el que descarga contra la MUD toda la frustración y sensación de impotencia que nos dejaron a muchos los resultados de las elecciones del 07 de octubre.

Yo no voy a defender a la MUD. Primero, porque ya todos sus miembros están grandecitos y pueden defenderse solos. Y, segundo, porque en muchas oportunidades me han parecido timoratas, extemporáneas, desafortundas e inoportunas algunas de sus actuaciones y, en muchos casos, falta de pro-actividad a la hora de actuar.

Pero la descarga que le dio la articulista a la MUD me quedó rondando en la cabeza, como el estribillo de una canción que se queda en la mente hasta hacernos desesperar y buscar la forma de ponerlo en off.

Dice Marianella que la MUD ha debido exigir “…limpieza del registro electoral, el fin de las migraciones silenciosas con las cuales privaron a muchos electores de su derecho al voto, el que no se conculcaran derechos constitucionales de los venezolanos en el exterior, que se vieron imposibilitados de votar; en fin, si hubiéramos exigido mejores condiciones, a lo mejor no estuviéramos en esta esquina lamentándonos y en este estado de desolación, desconcierto, incredulidad”.

La leo y no puedo menos que estar de acuerdo. El grosero ventajismo del régimen en las elecciones, la evidente parcialización del ente rector de la elecciones (CNE) -puesto siempre de parte del gobierno-, la utilización de los recursos públicos tanto económicos como medios de comunicación y de logística a favor de la campaña del presidente candidato -nunca pudimos distinguir en qué momento era Presidente y cuándo candidato-. Y todas las condiciones injustas que se conocían de antemano y se aceptaron, hacen lucir la elección presidencial como cualquier cosa excepto justa y equitativa.

Pero la pregunta que me da vueltas en la cabeza hasta hacerla reventar es: ¿A qué se refieren Marianella y muchos otros articulistas cuando dicen que la MUD debió “exigir” condiciones?

Me pregunto ¿cómo se hace eso ante un poder electoral arrodillado y sumiso frente al poder ejecutivo?

¿Me paro y digo “si no revisan las condiciones y se hacen elecciones limpias, transparentes y justas “NO VOY A LA CONTIENDA?

Cuando pregunté en twitter, un usuario me respondió:

“con 6.5 MM en las calles y MUD pidiéndole al CNE q se desarrodille”.

Me pareció interesante y acertada la propuesta. Entonces pensé en qué podría suceder.

Seguramente, las cuatro vestales del CNE, con cierto mohín de damiselas ofendidas, recogerían la solicitud aparentando “imparcialidad” y luego de “analizarla” y “estudiarla a profundidad” llegarían a la conclusión de que dicha solicitud “no procede” porque todo es “claro y transparente” en los procesos electorales venezolanos, con el mejor sistema automatizado de votación de la bolita del mundo. Esto, seguramente, con el voto salvado del rector Vicente Díaz. O tal vez no.

Entonces, ¿qué hacer? ¿Quedarnos parados frente al CNE y “de aquí no nos movemos hasta ver satisfechas nuestras demandas”? ¿Comenzar una protesta violenta que le dé pie al régimen para decir que la oposición volvió por sus fueros golpistas y desestabilizadores? ¿Para que digan que la presencia de la gente convocada por la MUD equivale al grito de “A Miraflores” del 2002?

¿O ir ante los tribunales encargados de la materia electoral para exigir que ordene al CNE que atienda nuestra solicitud? Ah, pero ya sabemos también a qué intereses responde el sistema de justicia en este país y a quién rinde cuentas. Es decir que, muy probablemente, la sentencia dirá que “no procede” y volvemos al principio. ¿Qué hacer?

Pues nada. Así no vamos a elecciones el 16 de diciembre en la oposición. Boto tierrita y no juego más.

Entonces, viene Chávez y, con su sacrosanto dedo, lanza supuestos candidatos opositores en todas las gobernaciones y alcaldías. Gana todo los cargos bien sea con su candidato o con “su opositor” bajo una apariencia de legitimidad y volvemos a empezar de cero en la oposición. ¿Les suena aquello de la Asamblea Nacional toda rojita de 2005?

La trampa en la que está en estos momentos la oposición no es nada fácil de desmontar. La lucha seguirá siendo la de “un candidato de a pie contra un Estado” (Lanata dixit) y yo, de verdad, pienso que artículos como el de Marianella y opiniones como las de Diego Arria (por quien voté en las primarias) hablando del fraude en cámara lenta, en los que se dicen grandes verdades y claramente indican lo que hay que hacer y, todos sabemos, se debe hacer; pero sin dar la más mínima pista de cómo hacerlo, poco ayudan a desenredar esta madeja en la que nos ha metido un régimen impúdico y desvergonzado al que no le importa ya ni siquiera guardar las formas y apariencias a la hora de mantenerse en el poder a toda costa.

Como pueden ver, el texto de Marianela Salazar y este mismo, son más las dudas y angustias que dejan, que las certezas. Por ahora (como dijo el funesto animador de concursos de reinas de pueblo y artífice del 4F), lo único que me queda claro es que el 16 de diciembre, a como dé lugar, estaré de nuevo frente a la urna electoral.

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