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Recorrido por Palermo, opera en el metro y al teatro

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Palermo, Buenos Aires

Ya con los tickets para los espectáculos en la mano y tomando en cuenta que apenas pasaban de las dos de la tarde, que estábamos cerca del hotel y que Stravaganza no se presentaba hasta las nueve de la noche, decidimos ir a cambiarnos de ropa porque, lo más seguro, es que la hora del espectáculo nos agarre pateando las calles de Buenos Aires y es mejor estar listos para el teatro.

En la recepción del hotel, ya vestidos para el espectáculo teatral, nos recomiendan que visitemos Palermo Soho y Palermo Hollywood, nos explican amablemente que autobús y dónde tomarlo y hacia allá nos encaminamos, indicándole al conductor del colectivo que por favor nos deje lo más cerca posible de la zona.

Al bajarnos en la parada que nos indican, me doy cuenta de que en realidad, ni Cristian ni yo, tenemos ni idea de hacia dónde debemos agarrar para dirigirnos a Palermo. Entramos a una tienda y un hombre que se encontraba acompañando a una pareja que estaba de compras muy amablemente toma el mapa y nos traza el camino.  Al llegar al zoológico, debemos cruzar la calle y caminar hacia la izquierda, derecho, y al rato de andar ya estamos en la zona.

Entramos a una tienda de mascotas que se nos atraviesa en el camino, a morirnos de envidia con la cantidad de artículos y tipos de alimentos que se consigue. Muchas marcas que, antes de que Venezuela se enrumbara por la vía del socialismo cubano, se encontraban en nuestro país y que hace rato desaparecieron del mercado y otras tantas nuevas de las que muy probablemente no tendremos noticias en muchos años.

Con una mezcla de envidia, impotencia y tristeza dejamos el abarrotado establecimiento y seguimos recorriendo el área. En los parques se ven los niños con sus padres pasando la tarde del sábado. Un camión de la policía de Baires, parado en una calle, divierte a los más pequeños montándolos en la unidad y enseñándoles cómo funciona.

A medida que nos vamos adentrando en Palermo, las calles van teniendo más actividad. Es un barrio bohemio, con cantidad de restaurantes y bares con mesitas en terrazas. No faltan los típicos puestos de ventas de flores y kioskos de revistas y periódicos. El las vitrinas de las tiendan se pueden observar las últimas tendencias de la moda. Alguna gente camina alegre mientras otros están sentados a las mesas, conversando, compartiendo y divirtiéndose.

Como bien reza el lugar común, “el mundo es un pañuelo”. Lo que menos esperábamos en Palermo era conseguirnos  a alguien conocido y, ¡0h, sorpresa! casi nos llevamos por delante a María Paula, la hija de una antigua vecina de Maracaibo a quien conocimos de niña y que ya es una mujer hecha y derecha, tiene unos 3 años viviendo y trabajando en Argentina.  Charlamos un rato, nos da algunas recomendaciones sobre qué hacer y luego continuamos nuestro recorrido.

Ya son cerca de las 6 de la tarde y el hambre aprieta. Comenzamos a ver dónde comer y la suave voz de una chica con acento colombiano frente a Tazz, un bar-restaurante, no seduce y, con sus ojos claros y hermosa sonrisa, nos persuade de comer allí.

La chica es bogotana, estudia y trabaja en la capital argentina. Nos ubica en una mesa con vista hacia la concurrida calle y nos deja en manos de otro chico, bogotano también, quien se encarga de tomarnos el pedido.

Yo me decido por unos sorrentinos, pasta casera rellena con jamón y queso, bañada con salsa de tomate y Cristian un lomo con champiñones. Vino tinto para los dos. Deliciosa la comida y muy amable la atención.

El chico bogotano nos cuenta que parte de lo que gana con su trabajo lo envía a Colombia para ayudar a su familia.

-¿Cómo haces ahora con el control de cambio? ¿No se te complica? -Le pregunto.

-Bueno, sí es un poco más complicado -dice-. Tengo que hacerlo a través de Perú. Hay una agencia que me cambia los pesos argentinos en Perú y luego los envían a Bogotá.

Yo no logro entender muy bien cómo es el negocio. Le pregunto si es legal hacerlo así y él me asegura que sí. Claro que en el cambio siempre pierde un poco, pero todavía puede seguir ayudando a su familia en Colombia.  A mí me sigue quedando la duda de si ese intercambio monetario será legal pero él está convencido que sí lo es.

Pagamos  y nos despedimos de los atentos colombianos para seguir paseando por Palermo. Nos topamos con el mercadillo que montan en la plaza los fines de semana y disfrutamos un montón con las artesanías y trabajos en cuero y prendas hechas con metales y piedras.

En uno de los chiringuitos nos sorprende un hermoso tejido de hilos de cobre con el que hacen collares y pulseras, y más nos sorprende que los hagan también con hilos de pvc. Un trabajo realmente fascinante.

Sin darnos apenas cuenta, son las ocho de la noche y debemos regresar para ir a la función teatral. Luego de un rato esperando el colectivo, decidimos que lo mejor es caminar hasta la estación del metro porque nadie sabe explicar a qué se debe la tardanza del autobús.

Caminamos unas 8 cuadras a paso rápido por temor a llegar tarde a la función. A nuestro lado pasa una pareja de ciclistas y es cuando descubro que la ciclo vía recorre casi toda la ciudad. “Qué lejos están las caóticas ciudades venezolanas de ser verdaderos lugares para “ciudadanos” como lo indica la palabra”, pienso, y al doblar la esquina, entramos en la estación del subte Plaza Italia.

El trayecto en el metro duró uno 20 minutos, tiempo suficiente para observar a unos jóvenes que, arrodillados frente a una familia que se encuentra sentada en los asientos, les predican La Palabra. No logro distinguir de qué religión se trata pero, a ratos, la mujer que los escucha deja surgir en su rostro la expresión de tedio característica de quien está deseando que pronto llegue su parada.

Bajan los predicadores y suben dos chicas. Una, con acento chileno, hace la presentación. El ruido del vagón no permite distinguir con claridad lo que dice la animadora. Reuniendo los trozos entrecortados del discurso, logro entender que se trata de una cantante lírica que, a capella, nos deleitará con su voz. Tres arias interpreta la cantante y su voz logra imponerse al ruido del vagón deslizándose sobre los rieles. ¡Qué manera de maltratar las cuerdas vocales!

Frente a nosotros, se han sentado dos muchachos, borrachos como cubas, sosteniendo en sus manos una botella de litro de cerveza metida en una bolsa de papel y bebiendo de ella alternándosela. Miran con asombro y alegría a la cantante y aplauden contentos cada vez que termina un aria y la animadora presenta la siguiente.

Finalmente, llegamos a nuestro destino. Nos bajamos y nos encaminamos al teatro recientemente comprado por Flavio Mendoza, productor, director, coreógrafo, bailarín y empresario musical y teatral, muy popular en Argentina gracias a sus participaciones en el programa de concurso de baile de Tinelli, tipo “Bailando por un sueño”, que se transmite por la televisión bonaerense.

Poco más de dos cuadras largas mide la cola para entrar al teatro Broadway, de la avenida Corrientes, donde se presenta el espectáculo, y eso que aún faltan unos 20 minutos para la hora de la función y es una obra que ya tiene más de dos meses en cartelera.

Como los asientos son numerados, decidimos tomarnos un cortado en el Café Vesuvio que se encuentra justo al lado del teatro. Un hermoso lugar con más de 100 años de historia donde aún se conservan algunos objetos de la época cuando fue inaugurado como heladería, en 1902 por el matrimonio  Cocitore, quienes llevaron desde Italia la primera máquina para hacer helados que llegó a Argentina.

El vesubio ha sido un lugar frecuentado por artistas, políticos, deportistas e intelectuales como Gardel, Julio de Caro, Borges, Alfredo Palacios, Tita Merello, Sandrini, Hugo del Carril, Juan Manuel Fangio y en la actualidad constituye un espacio en el que se desarrollan actividades artísticas y exposiciones. El sitio perfecto como antesala para una buena noche de teatro en la Calle Corrientes.

Una corta conversa con el mesero que nos cuenta la historia de cómo la heladería pasó en los años 20 a ser confitería, hasta llegar a ser el café que permanece hasta nuestros días, llegando a ser declarado “sitio de interés cultural por su aporte a la identidad porteña desde 1902”.

Dos cortados, una pasta seca, un agua mineral con gas en El Vesuvio y de allí, al teatro.

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Acerca de Blog de Golcar

Comunicador Social, nacido en Mérida, Venezuela. Actualmente, vivo en Maracaibo y tengo una tienda de mascotas.

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  11. Lala de Balestrini

    Claaaro ahora me doy cuenta porque dejó este post para después del viaje a Mérida para que no le reclamara que no me trajo un collarcito de esos tan bellos, lo estoy descubriendo muérgano, muy bonito su relato siempre hay cosas de interés en las ciudades que se visitan y Buenos Aires es muy linda y tiene mucho para ver y contar, no me dijo si fueron al Café Tortoni allá dejé un novio de palo muy buen mozo jajajajaja y Yandy tiene otro pero el de ella toca el acordeón jajajajajaja

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