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Archivo mensual: noviembre 2012

El blog de Golcar

Cuando Venezuela aún no ha salido de la indignación y el estupor que produjo la noticia de la violación sexual tras las rejas del INOF de la Jueza María Afiuni, salen algunos personeros del gobierno a hablar sobre el tema en una manera y términos que lo menos que le hace pensar a uno es que la violación a Afiuni no ha cesado. Con las opiniones y declaraciones de algunas personas, esa violación continúa; ya no físicamente, pero sí sicológica y moralmente.

No me voy a referir aquí a lo dicho por algunos en las redes sociales y en opiniones de la calle en las que pretenden restar importancia a lo ocurrido a la Jueza diciendo que “Tanto escándalo porque la violaron, como si en este país no hubieran muchas violaciones a diario de las que nadie se encarga y como si eso no fuera el pan nuestro de cada…

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El blog de Golcar

Hay noticias que me dejan el cuerpo como si le hubieran arrancado el espíritu de cuajo. Es la una de la madrugada y no he podido conciliar el sueño. Hay imágenes que me golpean en la cabeza más fuertemente que un porrazo. La historia de lo vivido por María Afiuni narrada resumidamente en una escueta nota de prensa basada en el libro de Francisco Olivares me retumba en la mente, me eriza la piel, me anega los ojos y me agua los mocos.

Es que no puedo entender, no quiero ni siquiera intentar entender cómo es posible que en Venezuela, a estas alturas del siglo XXI una mujer tenga que, además de sufrir cárcel, en las condiciones en que literalmente se sufre la cárcel en este país, tenga que pasar por torturas, humillaciones, sufrimientos, vejaciones, que parecen de mediados o finales del siglo XVIII o principios del XIX.

En la…

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El blog de Golcar

Desde la mesa del Monet, a través del cristal, podemos ver como la lluvia arrecia y el viento sopla con fuerza. Lo que se ha desatado es un verdadero aguacero.

Aprovechamos el wi fi del lugar y nos conectamos para saber qué está sucediendo y comunicarnos con la familia. Las noticias no son muy alentadoras. Desde Uruguay, mi hermana Yandira nos dice que la tormenta que se ha desatado en Montevideo no es normal. Es la llamada sudestada, un fenómeno climático que hace que se desate la furia de la lluvia y los vientos fríos que vienen del sur en el cuadrante del sudeste, que puede ser de mayor o menor intensidad, pero que en esta oportunidad es tan fuerte que ha impedido que los barcos desde Colonia zarpen hacia Buenos Aires.

-Dicen que hoy no saldrán barcos por el temporal, averigüen a ver qué les dicen allá en…

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Tuve que crear un nuevo blog

A los amigos que sigue mi blog les informo que tuve que crear un nuevo sitio porque en este se agotaron los megas para publicar imágenes. Exporté de acá parte del contenido, pero no sé si se pueden exportar también los seguidores por lo que no estoy seguro de que les lleguen mis nuevas publicaciones.

Por ese motivo, les agradezco que me hagan saber si recibieron mi más reciente entrada publicada en el otro blog: 

Arte, danza-teatro, sudestada y patanería argentina

Si no les llegó el correo informando la publicación de la nueva entrada y están interesados en seguir recibiendo mis posts, les agradezco suscribirse al nuevo sitio, tal y como hicieron para suscribirse a este.

Un saludo a todos y los espero en mi nueva dirección, en la que hice pocos cambios para que no haya confusiones.

Camposanto de La Recoleta, “No es serio este cementerio”

Foto: Cristian Espinosa

Nuestro último día en Buenos Aires, luego de desayunar, decidimos caminar desde el hotel hasta el cementerio de La Recoleta para conocerlo.

Visitar camposantos no es una actividad que me emocione especialmente, pero es tanto lo que uno ha oído y leído acerca de éste, que decidimos acercarnos y hacerle una corta visita.

Como no hay apuro, por el camino nos entretenems un poco viendo vitrinas. En algún punto del recorrido pasamos por una floristería y no podemos resistir la tentación de entrar y hacerles fotos a las espectaculares y exóticas plantas que están exhibidas. Continuamos rumbo al cementerio y voy pensando que tal vez habría sido preferible buscar otro destino turístico, “¡si yo nunca voy a cementerios!”.

No he visitado cementerios por ocio o entretenimiento desde las épocas de infancia. Cuando pequeño iba al cementerio de La Parroquia con mis hermanas a “divertirnos” encaramándonos sobre ladrillos para arrimar la pesada lámina de cemento que tapaba el tope y asomarnos al osario común y espantarnos al contemplar los huesos humanos apiñados unos sobre otros. Nos impresionaba observar los cráneos desnudos con mechones de pelo y los huesos de piernas, evidentemente femeninas, envueltos en transparentes medias de nylon. Desde entonces, solo he pisado esos lugares cuando ha sido estrictamente necesario e ineludible. De hecho, siempre he dicho que a mi entierro iré, porque me llevan; no porque sea de mi agrado.

Pero en esta oportunidad, dejo a un lado mis prejuicios y miedos y voy al de La Recoleta a ver de qué va la cosa y a que se debe la fama de esta necrópolis.

Llegando al sitio, contrasta la construcción de un moderno y acristalado centro comercial a un costado del camposanto y, a sus alrededores, algunos restaurantes y cafés con mesas en las terrazas que dan el frente hacia el muro del cementerio.

En la plaza del frente una mujer pasea su perro beagle y un muchacho un inmenso Schnauzer negro y, al cementerio, veo que entran un grupo de niños

Foto: Cristian Espinosa

jugueteando y riendo y una mujer con blazer rojo “revolución”. Como en la canción de Mecano, pienso, “no es serio este cementerio”. A partir de allí, la melodía del grupo español me acompaña en la mente durante toda la visita.

Al traspasar la reja de entrada, con sus columnas de estilo neo-clásico  me encuentro en un lugar que más parece un parque que un cementerio. Es un día de semana, el cielo está azul con nubes dispersas y el ir y venir de gente dentro del cementerio lo hace a uno olvidar por momentos que nos encontramos en un espacio destinado al descanso eterno.

En un banco, frente a un monumento, un hombre parece descansar y distraerse viendo la gente pasar. Más allá, un grupo de estudiantes uniformados va con su profesor recorriendo los pasillos en lo que podría ser una clase de historia visitando los personajes importantes de la historia argentina que allí descansan el sueño eterno o de artística para conocer acerca de arquitectura y arte funerario. No hay duda de que esta necrópolis es ideal para aprender acerca de cualquiera de las dos materias.  Unos cuantos  gatos deambulan por todo el camposanto y los turistas, cámara en mano, tratan de captarlos en sus imágenes como souvenir de viaje.

Los gatos, evidentemente, están esterilizados porque son grandes y robustos. Pienso que alguien debe hacerse cargo de ellos pues se ven bien cuidados y alimentados. Sigo a una tricolor, hermosa con la mayor parte de su cuerpo blanco y motas marrones y negras. Quiero captarla en la foto pero la muérgana es huidiza. En la persecución, llegamos a un pasillo en el que una gorda señora mayor, vestida de rojo, se encuentra. La gata va hacia ella y se echa patas arriba para que le sobe la panza. Supongo que la señora trabaja en el cementerio y me asombra lo poco apropiado del uso de prendas rojas para el lugar, de acuerdo a mis pre-conceptos.

-La pobre ha sido muy maltratada -dice la dama de rojo mientras le rasca el pecho a la felina criatura-, la han golpeado mucho y por eso es tan esquiva. De mí es de la única persona que se deja acariciar.

Le pregunto hacia qué lado está ubicada la tumba de Evita y muy amablemente me indica cómo llegar.  La cripta de la Perón está en el extremo opuesto a dónde nos encontramos así que, mientras me dirijo hacia allá, voy haciendo fotos de algunos mausoleos y esculturas que me llaman la atención. En uno que está abierto, veo a un muchacho de unos 20 años que le está haciendo mantenimiento y limpieza. Me llama la atención la pinta del chico: corte de pelo moderno, des-estructurado, asimétrico, un zarcillo en cada oreja, con sus implementos de trabajo en la mano y un paño de limpieza que cuelga de un bolsillo. Me lo imagino más trabajando de portero  en una discoteca que haciendo limpieza de tumbas. Desafortunadamente, no me permite hacerle fotos.

En el Cementerio de La Recoleta la gente anda sin actitud ni cara de circunstancias. Es un punto turístico más. Tal vez se deba a que originalmente el área correspondía a una huerta del convento de los frailes Recoletos venidos de España. Algunas tumbas se ven perfectamente mantenidas mientras que otras, pocas en realidad, acusan el descuido y abandono con muros desconchados y hierbas creciendo en ellos. Como reza la canción “Ni de muerto te salvas, siquiera, dividieron también los panteones en primera, segunda y tercera”.

Hay mausoleos grandes y chicos. Algunos se levantan unos cuantos metros desde el piso y, a simple vista, cuesta adivinar que hacia abajo hay seis metros -no tres- de construcción, según me informa un trabajador del lugar cuando me descubre curioseando a través de la puerta entreabierta, las escaleras que bajan sin aparente final. Al asomarse a los panteones uno puede distinguir los ataúdes y urnas; sin embargo, la visión no causa mala impresión, respelús o grima.

De lejos, distingo con facilidad la tumba de Evita Duarte de Perón, pues constituye una atracción turística en la que se conglomera la gente para observarla. Frente a ella, al pie, otro gato parece posar para las fotos frente al mármol de la cripta de la líder.

Al salir del cementerio, pasamos a la vieja iglesia del Pilar, una edificación declarada basílica, que data de 1732 y está a un costado del camposanto. Luego de la visita al templo, paseamos un rato por el parque que está en frente, contemplamos el monumento al primer intendente de Buenos Aires, Torcuato Alvear, en la plaza homónima, con la escultura de “La Gloria” al tope de la columna y el busto de Alvear al pie.  Y, en el extremo opuesto al cementerio, cruzando la plaza, vemos la  placa conmemorativa, frente a un hermoso y cuidado jardín, en homenaje a la gran artista Chabuca Granda.

La gente descansa y reposa a la sombra del gigantesco y centenario ombú que se encuentra en la plazoleta San Martín de Tours, sobre la avenida Alvear y Schiaffino, en las cercanías del cementerio y de la iglesia, es un exuberante árbol con  follaje similar al del caucho, típico de las pampas argentinas, y que es muy querido por los bonaerenses.

La lluvia que habían anunciado el día anteririor, de repente, empieza a hacer su entrada triunfal. El cielo, minutos antes azul, se torna gris en instantes y

Foto: Cristian Espinosa

comienzan a caer grandes gotas de agua como con pereza. Nos da el tiempo justo para llegar caminando al café Monet. Ubicados en una mesa, vemos a través del vidrio como afuera se desata el palo de agua. Como ya pasan de las dos de la tarde, aprovechamos para almorzar. Una suculenta milanesa con papas fritas, acompañada con una copa de vino tinto. Afuera, la lluvia sigue sin cesar.  Pedimos un café mientras seguimos esperando que amaine el aguacero. Total, no tenemos apuro, el buquebús a Montevideo no zarpa hasta las 12 de la noche así que podemos hacer la sobremesa tan larga como sea necesario, hasta que la lluvia nos permita salir del agradable restaurante.

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Tigre, el paraíso en el Paraná

Tigre, el paraíso en el Paraná

Foto: Cristian Espinosa

Pasan pocos minutos de las cuatro cuando estamos saliendo de la estación del tren en Tigre. Una bonita y pequeña edificación, acogedora pero con baños que apestan. Al salir, nos da la impresión de estar llegando a un bucólico y apartado lugar de Argentina, a pesar de estar a apenas 32 kilómetros de Capital Federal y seguir en la Gran Buenos Aires.

El cielo se ha tornado completamente gris pero, para nuestra fortuna, no llueve.

Caminamos unas pocas cuadras atravesando una redoma con grama espectacularmente verde y limpia, y llegamos al muelle en cuya orilla se encuentran atracadas las barcazas de madera que hacen periódicamente sus recorridos turísticos por el delta del río Paraná.

Debo tener pinta y actitud de turista completamente desubicado en el sitio porque, al acercarme a la orilla, tratando de descifrar cómo es el movimiento allí para conocer la zona, un hombre de piel tostada y nariz aguileña se me acerca para preguntarme qué ando buscando.

Cristian se ha quedado rezagado haciendo fotos. Mientras, el tipo me comenta que lo mejor que hay para hacer turismo en Tigre es el paseo en barco por el delta y se ofrece a llevarnos por un monto de 300 pesos por persona, en su

Foto: Cristian Espinosa

pequeño bote inflable, más 90 por la comida, si queremos comer. La embarcación es un pequeño Zodiac,  como para 6  personas que, a simple vista, mete miedo al pensar que se pueda pinchar y salir disparada sobre el río como en las comiquitas.

-El paseo que yo te ofrezco no tiene nada qué ver con el que hacen montados en los barquitos de madera techados -dice el hombre tratando de vender su recorrido-. Nada de ir paseando por el río y ver las casas de los ricos y los clubes de remo. Mi recorrido es por los riachuelos menos transitados, disfrutando de la vegetación, de las flores.

Le explico que suena muy bien pero que en verdad el costo excede nuestro presupuesto. “Tendremos que conformarnos con el paseo bobo”, le digo.

-Bueno, no hay problema. Pero no se monten en el barco de turistas -dice-. Tomen el que funciona como transporte colectivo para la gente que vive acá. Es más económico, cuesta 40 pesos y se pueden bajar a comer en la isla que les provoque y luego toman otro barco para seguir el recorrido o regresar.

El hombre muy amablemente me muestra dónde están las oficinas para comprar los boletos y quedamos en que su paseo quedará como materia pendiente para una futura visita a Tigre.

Cristian me alcanza y, mientras caminamos a la oficina, le voy contando lo que el tipo me ha dicho.

¡Mala suerte! Nos informan que el último barco acaba de zarpar y que como la tarde está tan nublada, ya no conseguiremos ni transporte colectivo ni barco de

Foto: Cristian Espinosa

turistas.

Desilusionados, volvemos a la orilla, decididos a caminar a lo largo del muelle y recorrer a pie todo lo que sea posible para no perder el viaje y, si las circunstancias lo permiten y al día siguiente hace buen tiempo, regresar para hacer la navegación por el delta del Paraná.

En el mismo sitio donde lo dejamos, está el hombre del zodiac fumándose un cigarro. Al ver que nos aproximamos, viene hacia nosotros. Le explicamos que ya no saldrán botes y nuestros planes de conocer lo que podamos a pie y le pedimos sus recomendaciones.

En ese momento, nos presentamos. Nos dice que se llama Fernando y nos comienza a decir que vayamos por toda la orilla, por el muelle, para conocer las casas de los clubes de remos y otros puntos de interés, pero se interrumpe y nos pregunta:

-Vamos a ver, ¿cuánto dinero tienen disponible para el paseo?

-¿Cuánto es lo menos que nos lo puedes dejar? -Digo yo, ya empezando a recobrar las esperanzas.

-Bueno, tomando en cuenta la hora, que el paseo no lo podremos hacer completo sino un corto recorrido y que ya no vendrá más gente, para no irme a casa tan temprano -ríe-, haremos un recorrido corto que les costará 150 pesos

Fernando, el guía de Tigre Safaridelta

por cada uno. Paramos en la isla que les provoque comer o, si prefieren, llegamos a mi casa y allí les preparo un bife de chorizo, que es mi especialidad, por 90 pesos más cada uno.

La oferta luce tan tentadora que no la podemos rechazar y, a los pocos minutos nos encontramos navegando el Paraná en zodiac, capitaneados por Fernando, quien durante el recorrido nos va describiendo el lugar y contándonos su historia.

La brisa se siente fría y el cuerpo acusa la falta de sol; sin embargo, nada insoportable. Al contrario, la brisa se siente rica en la cara, helada, tensa la piel y hace que la sangre fluya. Sin contar con la emoción que produce ir en la pequeña embarcación a motor, viendo las palafíticas casas a la orilla de las islas, los antiguos clubes de remo de diferentes nacionalidades, algunas aves que parecen dirigirse a sus nidos a guarecerse del frío y las diversas embarcaciones de diferentes tipos y tamaños que se cruzan en el camino.

Fernando nos cuenta que en este lado del Paraná viven alrededor de 2000 personas en las islas. Son familias cuyas vidas se desarrollan entre las aguas del delta y cuyos hijos aprende a nadar y a manejar botes antes que a caminar y a andar bicicletas.

Pasan algunas personas en una lancha y saludan a Fernando, como lo hacen también otros que van en kayac. En la orilla, la vegetacion es exuberante, algunas glicinias lilas que crecen a la vera del rió están floreadas y los racimos de flores cuelgan y parecen plumas de aves azuladas entre el verde intenso de la espesa vegetación. La luz del día se va apagando lentamente.

-Toda la vida de las islas se desenvuelve a través de la circulación de las embarcaciones -cuenta Fernando. -Tenemos lanchas que recogen la basura, otras que hacen transporte público, las de ventas de víveres y mercancías. Es una comunidad muy organizada y solidaria. Todos los vecinos se conocen y se prestan ayuda mutuamente.

El zodiac, rato después de estar navegando, se acerca a una embarcación que está anclada y cubierta por lonas amarillas, como cortinajes que no nos permiten ver hacia adentro. Fernando se acerca y le pregunta a la mujer del barco si le puede vender vino y cigarrillos. Dos minutos después, a través de la abertura de las lonas pasa una caja de 6 botellas de vino y sus cigarrillos.

Hecha la compra, ya tenemos el kit completo para terminar de pasar una buena velada en las oscuras aguas del Paraná. Fernando nos cuenta que antes era un ejecutivo de una tras-nacional, un tipo de traje y corbata, con una vida relativamente resuelta y económicamente estable. Tranquilidad y estabilidad que duraron hasta la crisis económica de 2005, cuando perdió todos sus ahorros en el famoso corralito.

-De un día a otro quedé en la calle y sin ahorros. Todo lo perdí. Sin saber qué hacer me vine a Tigre, de donde soy, con mi esposa y con los pocos pesos que me quedaban me compré el zodiac. Navegaba todos los días sin encontrar una salida a mi situación. Un día, navegando como cualquier otro, comencé a notar que la gente que iba cómodamente sentada en las embarcaciones techadas de turistas, protegidos del sol, se quedaban mirándome en mi bote como con cierta envidia. Entonces, fue como una revelación. Allí mismo, en medio del río, descubrí que mi negocio sería llevar turistas en mi zodiac para hacer el recorrido por el delta que, en verdad, a muchos les gustaría hacer y que no había quien se lo ofreciera.

A partir de entonces, Fernando ofrece a los visitantes sus paseos fluviales por las rutas menos transitadas del delta con diferentes tarifas. Un paseo de un día completo, desde la mañana, cuesta 500 pesos por persona, sin incluir comidas. Los viajeros salen en la mañana, en un recorrido de aventura, parando en todos los lugares que se les antojen, zambulléndose en el río para nadar un rato si les provoca, comiendo en las diferentes islas del circuito, en las que se encuentra una especialidad gastrónomica en cada una de ellas.

-Si el paseo es de tarde, solamente, el costo es de 300 pesos. Esta oferta que les hice a ustedes fue algo distinto, más ganas de pasar un buen rato con gente linda, que negocio. Eso no tiene precio-. Dice el excelente guía y sonríe.

A los 40 minutos de estar navegando llegamos a la cabaña de Fernando. El atraca el zodiac y, como el sitio está anegado por la lluvia de la mañana, nos descalzamos, enrollamos los pantalones hasta la rodilla y zambullimos los pies en el agua helada. La sensación de frío y la tierra húmeda del fondo en los pies nos dan como corrientazos en el cerebro. Mientras entramos a la casa, cuyas bases son traspasadas por el agua, pienso: “Este era el tipo de paseo que en realidad quería hacer y, ciertamente, la sensación de relax y libertad y la amena conversa de Fernando, no tienen precio.”

Al sentir que llegan visitantes, los perros del vecino que, como lo hacen normalmente en las ciudades los canes con las motos, habían empezado a ladrar al sentir el ruido del motor del zodiac aproximarse, vienen corriendo a saludar. Un hermoso labrador dorado y una bella perra chocolate que parece ser un cruce de ovejero.

Ya prácticamente no quedan rastros de luz del día. La noche ha caído casi sin darnos cuenta.

Mientras Fernando saca de la nevera el bife de chorizo y la inmensa papa para prepararnos lo que se supone es nuestro almuerzo, aunque a la hora de la cena, Cristian abre una botella de vino, yo busco las copas y nos servimos un buen trago de vino tinto que sabe a gloria luego de tanto frío en el cuerpo.

Nuestro guía parte la papa por la mitad, la puya con tenedor repetidas veces y la pone por siete minutos al microondas, al tiempo que pone en la plancha el bife de chorizo.

Al rato, tenemos frente a nosotros, sobre la mesa del porche, los platos servidos. La papa deliciosa, dorada y tostada por fuera en la grasa que despidió el bife al hacerse y suave por dentro. Y la carne perfecta, con la cocción a tres cuartos como la pedimos, jugosa y tan suave que se deshace en la boca casi sin masticar. El sabor de la grasa del corte es espectacular. Una vez más comprobamos por qué la carne argentina y uruguaya es tan famosa y no tenemos más remedio que darle la razón a Fernando, su bife de chorizo es de los mejores platos que uno puede saborear en el viaje.

Brindamos con el guía, nos contó de su esposa y su pequeño hijo. Es un hombre al que se le ve que disfruta con lo que hace y, por eso, sabe hacer disfrutar a sus clientes. Terminamos de comer y, luego de recoger la casa, emprendemos el regreso. La oscuridad ya es espesa pero no hay nada que pueda espantar la sensación de satisfacción que nos ha dejado el paseo y la pericia y conversa de Fernando manejando el bote es tal, que en ningún momento hay sobresaltos.

Llegamos al muelle de donde zarpamos. Fernando nos da sus señas en Facebook para mantener el contacto y en la orilla, con un abrazo, nos despedimos del amable y simpático guía, agradeciéndole su hospitalidad.

-¡Por favor! Ustedes me cayeron bien porque son personas que saben oír. Muchos turistas, cuando uno se les acerca, como yo me acerqué, para ofrecerles el viaje, ni siquiera escuchan. Esos se van con el paseo turístico sin conocer más nada, pero como ustedes saben escuchar, pues me dieron buena vibra y por eso quise hacerles el viaje.

Son cerca de las nueve de la noche, como el ultimo tren de vuelta a Retiro sale a las 10 de la noche, decidimos dar un paseo por el pueblo. Las calles están prácticamente solas pero se respira tranquilidad en la zona. Conocemos la plaza central, vemos el monumento a los bomberos y al rato nos vamos a la estación. Entramos al café que está abierto aún y pedimos dos cortados con agua mineral con gas. Es un bonito lugar y mientras espero que llegue el tren, pienso que tengo que volver a Tigre, preferiblemente a final de la primavera o principios del verano. Hacer el viaje con Fernando, bañarme en el Paraná, disfrutar del colorido que deben dar las flores al delta en esa época y conocer el viejo mercado de frutos y los museos y sitios históricos que tiene Tigre, una ciudad con 400 años de historia.

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Foto: Cristian Espinosa

El autobús desde La Boca nos deja en cualquier punto indeterminado del paseo de Recoleta. En realidad, no es que nos importe mucho conocer las coordenadas exactas de dónde nos encontramos, solo con caminar y disfrutar de la arquitectura y las plazas y parques de la zona ya uno siente el espíritu pleno y el viaje justificado.

Sin tener muy claro de hacia dónde dirigirnos, vagamos por el área de Recoleta, en Retiro. Uno de los tantos hoteles lujosos de la zona nos llama la atención y un taxista que conversa con dos compañeros mientras esperan clientes, nos cuenta que, originalmente, toda la manzana en la que se encuentra el hotel era la casa de una de las tantas familias adineradas de la zona, quienes dividieron la propiedad dejando la mitad como su residencia y la otra mitad para el lujoso hotel. Se trata del Palacio Duhau, en la avenida Alvear donde actualmente se encuentra el hotel Park Hyatt uno de los diez mejores hoteles del mundo.

No me queda muy claro y el taxista no termina de aclararme si la edificación que está junto al hotel es en la actualidad la residencia de la familia Duhau y entre las bromas acerca de Chávez y Cristina y las indicaciones sobre cómo llegar a la calle Arroyo, no terminamos de descifrar el punto.

Caminar por la calle Retiro es sentirse en París. Junto al Park Hyatt, está la Nunciatura Apostólica, ambos edificios de evidente estilo francés como lo es la propia embajada de Francia y la de Brasil, que se encuentran por la zona, la casa de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y muchos otros edificios de Buenos Aires que recrean el academicismo francés.

En Retiro, por Recoleta se encuentran muchas de las sedes de las embajadas y recorriendo sus  calles se ven lujosas tiendas y exclusivos cafés y restaurantes. Husmeando entre las puertas y rejas de las edificaciones de la zona uno puede descubrir hermosas fuentes, patios y esculturas, como la réplica de la Victoria de Samotracia que se distingue en un patio central, tras las rejas de entrada de un conjunto residencial.

El antiguo palacio Ortiz Basualdo es actualmente la embajada de Francia y el viejo palacio Pereda es la sede diplomática de Brasil. Ambas sedes se encuentran en las adyacencias del monumento a Carlos Pellegrini una bella plaza circular ubicada en Retiro.

Siguiendo las indicaciones del taxista, caminamos en pos de la calle Arroyo, una calle que cuenta con unas dos cuadras llenas de galerías de arte. Es una zona tranquila y cuna de las galerías de Buenos Aires. Esas dos cuadras conforman un interesante circuito de artes plásticas.

Asomados contemplando unas pinturas de uno perros en un extraño estilo realista y de unos seres gigantes, desproporcionados con respecto a su entorno que nos llaman la atención tras el cristal de una vitrina y asombrados con la escalera de vidrio de la galería, nos sorprende la encargada y nos invita a pasar.

Ella se encuentra atareada con los últimos rótulos de los cuadros en la mano. Pasa de las dos de la tarde y esa noche inaugura la muestra de Darío Zana, un inquietante pintor realista que hace unos cuadros en los que las (des)proporciones de los personajes con su entorno logran descolocarlo a uno y lo inducen a buscar historias y significados más allá de lo aparente.

Foto: Cristian Espinosa

La galería de arte se llama Holz arte&más, y la chica nos cuenta que Zana, un joven artista argentino,  lleva unos cuantos años montando sus exposiciones allí. En esta oportunidad, la muestra se llama MUNDO ENANO, unas imágenes realistas con toques oníricos en las que Darío juega a sus anchas con las escalas, valiéndose de personas, muñecos, perros, mesas, barcos o cualquier objeto que le permita mostrarnos un interesante mundo de (des)proporciones inquietantes.

-Esta es una nueva etapa de Darío –dice la galerista-. Con este trabajo se distancia un poco de sus inicios con el birome, con el que conseguía dibujos realistas imposibles de creer.

La chica corre a buscar en el computador las imágenes de las obras de Zana hechas con bolígrafo sobre tela y, de verdad, es imposible creer que lo que uno está observando haya salido de un instrumento tan cotidiano y utilitario como un bolígrafo.

La galerista muy amablemente nos da unos catálogos de las obras de Darío Zana y nos invita a acercarnos en la noche para tomar una copa de champán en la inauguración de la exposición. Agradecemos su amabilidad y la invitación, pero le explicamos que estamos de paso y, como el  día ha clareado, nos gustaría visitar Tigre hoy mismo, no vaya a ser que al día siguiente la lluvia no nos lo permita.

Unos cuantos metros más abajo, al final de la calle Arroyo, donde se une con Suipacha, y vía a la estación de trenes de Retiro, en una esquina, nos encontramos con la Plaza de la Memoria o de la Embajada de Israel, un espacio dedicado desde 2010 a conmemorar el terrible atentado terrorista perpetrado contra la casa diplomática y que cobrara la vida de 19 personas y dejara 242 personas heridas.

En la pared de fondo, como si de una instalación arquitectónica se tratara, se ven los rastros de los muros de lo que fue la embajada y en lo que ahora es zona para la meditación y el reposo, han sembrado dos hileras de árboles de tilo que recuerdan a cada una de las víctimas fatales del siniestro atentado de 1992 y en un muro de la construcción original pone:

PLAZA EMBAJADA DE ISRAEL

EN MEMORIA DE LAS VICTIMAS DEL ATENTADO

A las dos y 42 minutos de la tarde del 17 de marzo del 92, un furgón Ford F-100 cargado de explosivos fue estrellado, en el atentado suicida, contra la edificación de la embajada, dejando el trágico saldo y daños en los edificios cercanos como la  Iglesia Mater Admirábilis que está al frente y el Colegio Adjunto.

Dos mujeres amenamente conversando pasan a mi lado y apresuro el paso para pedirles que, por favor, me indiquen cómo llegar a la estación del tren.

-Vente con nosotras que vamos justo por esa zona.

Así lo hacemos, las seguimos y como a ratos nos quedamos rezagados  contemplando la ciudad y tomando fotos, de vez en cuando nos toca apresurar el paso para que las mujeres, que parecen haberse olvidado por completo de que Cristian y yo las seguimos para que nos guíen, no nos dejen botados.

-Acuérdense que vamos tras ustedes para que nos digan dónde está la estación –les digo-. Si se les olvida y no nos indican a tiempo, llegaremos hasta la casa de ustedes.

Las mujeres ríen y dicen que de ser así nos invitarían un mate.

-No te preocupés, todavía falta un poco –dijo una de ellas, y continuó su conversa con la amiga.

Al llegar a una inmensa construcción de estilo academicista francés también, las mujeres nos indican que ya estamos en la estación. Piensan un momento y deciden guiarnos hasta el lugar mismo de la taquilla donde debemos comprar el boleto para tomar el tren que nos llevará a Tigre. Su amabilidad llegó al punto de que, una vez que compramos dos boletos por 2 pesos cada uno, nos acompañaron hasta el propio anden donde ya estaba a punto de partir el tren.

Cristian y yo nos ubicamos en asientos separados. Al poco rato, el tren a Tigre arranca. Un viejo aparato que, no sé por qué motivo va super lento. El trayecto de 32 kilómetros que separan la estación de Retiro del terminal de Tigre lo hace en cerca de 50 minutos.

En el vagón conversamos con quienes van frente a nosotros. Una señora nos pregunta que hacia dónde vamos y le contamos que a conocer Tigre. “Es un paseo muy bonito, dice la señora, les va a gustar”.

Les comento acerca de la experiencia en La Boca y la señora baja la voz para decirme que a ella no le gusta, que esa pobreza no le parece turística. Su marido le susurra algo al oído y la señora me mira y sonríe. Aún con la voz baja, como si temiera ser escuchada por otros, me dice:

-El dice que si querés ver pobreza, que vayás a La Cava.

La Cava es una de las llamadas villas miseria de Argentina, barriadas marginales donde viven los más pobres de Buenos Aires y La Cava es una de las más grandes y peligrosas.

Foto: Cristian Espinosa

-Buenos Aires se ha puesto muy peligroso –sigue susurrando la doñita- . Nosotros, como nos jubilamos, vivimos retirados, pero cuando vamos al centro, vamos con mucho cuidado. Yo esto (se señala los zarcillos de oro) ni pienso usarlos en la ciudad. Y donde vivimos nos hemos organizado porque, aunque está retirado, ya ha habido casos de robos. Todos tenemos un silbato y si notamos algo extraño, lo sonamos para alertar a los vecinos. Así hemos controlado los robos en nuestro barrio.

El matrimonio desciende al rato de estar andando en una de las estaciones. El tren continúa su lento recorrido. Unas maestras que acaban de subir van pendientes de un grupo de estudiantes que están a su cargo. Se trata de adolescentes con capacidades especiales que no paran de parlotear, reír y jugar. A nuestro lado se sienta uno que no para de hurgarse la nariz con el dedo índice mientras conversa con la maestra y, de vez en cuando reprende a sus compañeros que están un poco más lejos.

-¡A ver, a ver, la risita la dejan en la casa! Les grita mientras hace pelotitas con los mocos, los sacude y vuelve el dedo a la fosa nasal.

Al poco rato se levanta y va decidido a reprender a los compañeros revoltosos. Afuera la tarde sigue soleada, una que otra nube se aparece en el paisaje pero todo parece indicar que lograremos hacer el paseo por Tigre.

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