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Camposanto de La Recoleta, “No es serio este cementerio”

Foto: Cristian Espinosa

Nuestro último día en Buenos Aires, luego de desayunar, decidimos caminar desde el hotel hasta el cementerio de La Recoleta para conocerlo.

Visitar camposantos no es una actividad que me emocione especialmente, pero es tanto lo que uno ha oído y leído acerca de éste, que decidimos acercarnos y hacerle una corta visita.

Como no hay apuro, por el camino nos entretenems un poco viendo vitrinas. En algún punto del recorrido pasamos por una floristería y no podemos resistir la tentación de entrar y hacerles fotos a las espectaculares y exóticas plantas que están exhibidas. Continuamos rumbo al cementerio y voy pensando que tal vez habría sido preferible buscar otro destino turístico, “¡si yo nunca voy a cementerios!”.

No he visitado cementerios por ocio o entretenimiento desde las épocas de infancia. Cuando pequeño iba al cementerio de La Parroquia con mis hermanas a “divertirnos” encaramándonos sobre ladrillos para arrimar la pesada lámina de cemento que tapaba el tope y asomarnos al osario común y espantarnos al contemplar los huesos humanos apiñados unos sobre otros. Nos impresionaba observar los cráneos desnudos con mechones de pelo y los huesos de piernas, evidentemente femeninas, envueltos en transparentes medias de nylon. Desde entonces, solo he pisado esos lugares cuando ha sido estrictamente necesario e ineludible. De hecho, siempre he dicho que a mi entierro iré, porque me llevan; no porque sea de mi agrado.

Pero en esta oportunidad, dejo a un lado mis prejuicios y miedos y voy al de La Recoleta a ver de qué va la cosa y a que se debe la fama de esta necrópolis.

Llegando al sitio, contrasta la construcción de un moderno y acristalado centro comercial a un costado del camposanto y, a sus alrededores, algunos restaurantes y cafés con mesas en las terrazas que dan el frente hacia el muro del cementerio.

En la plaza del frente una mujer pasea su perro beagle y un muchacho un inmenso Schnauzer negro y, al cementerio, veo que entran un grupo de niños

Foto: Cristian Espinosa

jugueteando y riendo y una mujer con blazer rojo “revolución”. Como en la canción de Mecano, pienso, “no es serio este cementerio”. A partir de allí, la melodía del grupo español me acompaña en la mente durante toda la visita.

Al traspasar la reja de entrada, con sus columnas de estilo neo-clásico  me encuentro en un lugar que más parece un parque que un cementerio. Es un día de semana, el cielo está azul con nubes dispersas y el ir y venir de gente dentro del cementerio lo hace a uno olvidar por momentos que nos encontramos en un espacio destinado al descanso eterno.

En un banco, frente a un monumento, un hombre parece descansar y distraerse viendo la gente pasar. Más allá, un grupo de estudiantes uniformados va con su profesor recorriendo los pasillos en lo que podría ser una clase de historia visitando los personajes importantes de la historia argentina que allí descansan el sueño eterno o de artística para conocer acerca de arquitectura y arte funerario. No hay duda de que esta necrópolis es ideal para aprender acerca de cualquiera de las dos materias.  Unos cuantos  gatos deambulan por todo el camposanto y los turistas, cámara en mano, tratan de captarlos en sus imágenes como souvenir de viaje.

Los gatos, evidentemente, están esterilizados porque son grandes y robustos. Pienso que alguien debe hacerse cargo de ellos pues se ven bien cuidados y alimentados. Sigo a una tricolor, hermosa con la mayor parte de su cuerpo blanco y motas marrones y negras. Quiero captarla en la foto pero la muérgana es huidiza. En la persecución, llegamos a un pasillo en el que una gorda señora mayor, vestida de rojo, se encuentra. La gata va hacia ella y se echa patas arriba para que le sobe la panza. Supongo que la señora trabaja en el cementerio y me asombra lo poco apropiado del uso de prendas rojas para el lugar, de acuerdo a mis pre-conceptos.

-La pobre ha sido muy maltratada -dice la dama de rojo mientras le rasca el pecho a la felina criatura-, la han golpeado mucho y por eso es tan esquiva. De mí es de la única persona que se deja acariciar.

Le pregunto hacia qué lado está ubicada la tumba de Evita y muy amablemente me indica cómo llegar.  La cripta de la Perón está en el extremo opuesto a dónde nos encontramos así que, mientras me dirijo hacia allá, voy haciendo fotos de algunos mausoleos y esculturas que me llaman la atención. En uno que está abierto, veo a un muchacho de unos 20 años que le está haciendo mantenimiento y limpieza. Me llama la atención la pinta del chico: corte de pelo moderno, des-estructurado, asimétrico, un zarcillo en cada oreja, con sus implementos de trabajo en la mano y un paño de limpieza que cuelga de un bolsillo. Me lo imagino más trabajando de portero  en una discoteca que haciendo limpieza de tumbas. Desafortunadamente, no me permite hacerle fotos.

En el Cementerio de La Recoleta la gente anda sin actitud ni cara de circunstancias. Es un punto turístico más. Tal vez se deba a que originalmente el área correspondía a una huerta del convento de los frailes Recoletos venidos de España. Algunas tumbas se ven perfectamente mantenidas mientras que otras, pocas en realidad, acusan el descuido y abandono con muros desconchados y hierbas creciendo en ellos. Como reza la canción “Ni de muerto te salvas, siquiera, dividieron también los panteones en primera, segunda y tercera”.

Hay mausoleos grandes y chicos. Algunos se levantan unos cuantos metros desde el piso y, a simple vista, cuesta adivinar que hacia abajo hay seis metros -no tres- de construcción, según me informa un trabajador del lugar cuando me descubre curioseando a través de la puerta entreabierta, las escaleras que bajan sin aparente final. Al asomarse a los panteones uno puede distinguir los ataúdes y urnas; sin embargo, la visión no causa mala impresión, respelús o grima.

De lejos, distingo con facilidad la tumba de Evita Duarte de Perón, pues constituye una atracción turística en la que se conglomera la gente para observarla. Frente a ella, al pie, otro gato parece posar para las fotos frente al mármol de la cripta de la líder.

Al salir del cementerio, pasamos a la vieja iglesia del Pilar, una edificación declarada basílica, que data de 1732 y está a un costado del camposanto. Luego de la visita al templo, paseamos un rato por el parque que está en frente, contemplamos el monumento al primer intendente de Buenos Aires, Torcuato Alvear, en la plaza homónima, con la escultura de “La Gloria” al tope de la columna y el busto de Alvear al pie.  Y, en el extremo opuesto al cementerio, cruzando la plaza, vemos la  placa conmemorativa, frente a un hermoso y cuidado jardín, en homenaje a la gran artista Chabuca Granda.

La gente descansa y reposa a la sombra del gigantesco y centenario ombú que se encuentra en la plazoleta San Martín de Tours, sobre la avenida Alvear y Schiaffino, en las cercanías del cementerio y de la iglesia, es un exuberante árbol con  follaje similar al del caucho, típico de las pampas argentinas, y que es muy querido por los bonaerenses.

La lluvia que habían anunciado el día anteririor, de repente, empieza a hacer su entrada triunfal. El cielo, minutos antes azul, se torna gris en instantes y

Foto: Cristian Espinosa

comienzan a caer grandes gotas de agua como con pereza. Nos da el tiempo justo para llegar caminando al café Monet. Ubicados en una mesa, vemos a través del vidrio como afuera se desata el palo de agua. Como ya pasan de las dos de la tarde, aprovechamos para almorzar. Una suculenta milanesa con papas fritas, acompañada con una copa de vino tinto. Afuera, la lluvia sigue sin cesar.  Pedimos un café mientras seguimos esperando que amaine el aguacero. Total, no tenemos apuro, el buquebús a Montevideo no zarpa hasta las 12 de la noche así que podemos hacer la sobremesa tan larga como sea necesario, hasta que la lluvia nos permita salir del agradable restaurante.

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Tigre, el paraíso en el Paraná

Foto: Cristian Espinosa

Pasan pocos minutos de las cuatro cuando estamos saliendo de la estación del tren en Tigre. Una bonita y pequeña edificación, acogedora pero con baños que apestan. Al salir, nos da la impresión de estar llegando a un bucólico y apartado lugar de Argentina, a pesar de estar a apenas 32 kilómetros de Capital Federal y seguir en la Gran Buenos Aires.

El cielo se ha tornado completamente gris pero, para nuestra fortuna, no llueve.

Caminamos unas pocas cuadras atravesando una redoma con grama espectacularmente verde y limpia, y llegamos al muelle en cuya orilla se encuentran atracadas las barcazas de madera que hacen periódicamente sus recorridos turísticos por el delta del río Paraná.

Debo tener pinta y actitud de turista completamente desubicado en el sitio porque, al acercarme a la orilla, tratando de descifrar cómo es el movimiento allí para conocer la zona, un hombre de piel tostada y nariz aguileña se me acerca para preguntarme qué ando buscando.

Cristian se ha quedado rezagado haciendo fotos. Mientras, el tipo me comenta que lo mejor que hay para hacer turismo en Tigre es el paseo en barco por el delta y se ofrece a llevarnos por un monto de 300 pesos por persona, en su

Foto: Cristian Espinosa

pequeño bote inflable, más 90 por la comida, si queremos comer. La embarcación es un pequeño Zodiac,  como para 6  personas que, a simple vista, mete miedo al pensar que se pueda pinchar y salir disparada sobre el río como en las comiquitas.

-El paseo que yo te ofrezco no tiene nada qué ver con el que hacen montados en los barquitos de madera techados -dice el hombre tratando de vender su recorrido-. Nada de ir paseando por el río y ver las casas de los ricos y los clubes de remo. Mi recorrido es por los riachuelos menos transitados, disfrutando de la vegetación, de las flores.

Le explico que suena muy bien pero que en verdad el costo excede nuestro presupuesto. “Tendremos que conformarnos con el paseo bobo”, le digo.

-Bueno, no hay problema. Pero no se monten en el barco de turistas -dice-. Tomen el que funciona como transporte colectivo para la gente que vive acá. Es más económico, cuesta 40 pesos y se pueden bajar a comer en la isla que les provoque y luego toman otro barco para seguir el recorrido o regresar.

El hombre muy amablemente me muestra dónde están las oficinas para comprar los boletos y quedamos en que su paseo quedará como materia pendiente para una futura visita a Tigre.

Cristian me alcanza y, mientras caminamos a la oficina, le voy contando lo que el tipo me ha dicho.

¡Mala suerte! Nos informan que el último barco acaba de zarpar y que como la tarde está tan nublada, ya no conseguiremos ni transporte colectivo ni barco de

Foto: Cristian Espinosa

turistas.

Desilusionados, volvemos a la orilla, decididos a caminar a lo largo del muelle y recorrer a pie todo lo que sea posible para no perder el viaje y, si las circunstancias lo permiten y al día siguiente hace buen tiempo, regresar para hacer la navegación por el delta del Paraná.

En el mismo sitio donde lo dejamos, está el hombre del zodiac fumándose un cigarro. Al ver que nos aproximamos, viene hacia nosotros. Le explicamos que ya no saldrán botes y nuestros planes de conocer lo que podamos a pie y le pedimos sus recomendaciones.

En ese momento, nos presentamos. Nos dice que se llama Fernando y nos comienza a decir que vayamos por toda la orilla, por el muelle, para conocer las casas de los clubes de remos y otros puntos de interés, pero se interrumpe y nos pregunta:

-Vamos a ver, ¿cuánto dinero tienen disponible para el paseo?

-¿Cuánto es lo menos que nos lo puedes dejar? -Digo yo, ya empezando a recobrar las esperanzas.

-Bueno, tomando en cuenta la hora, que el paseo no lo podremos hacer completo sino un corto recorrido y que ya no vendrá más gente, para no irme a casa tan temprano -ríe-, haremos un recorrido corto que les costará 150 pesos

Fernando, el guía de Tigre Safaridelta

por cada uno. Paramos en la isla que les provoque comer o, si prefieren, llegamos a mi casa y allí les preparo un bife de chorizo, que es mi especialidad, por 90 pesos más cada uno.

La oferta luce tan tentadora que no la podemos rechazar y, a los pocos minutos nos encontramos navegando el Paraná en zodiac, capitaneados por Fernando, quien durante el recorrido nos va describiendo el lugar y contándonos su historia.

La brisa se siente fría y el cuerpo acusa la falta de sol; sin embargo, nada insoportable. Al contrario, la brisa se siente rica en la cara, helada, tensa la piel y hace que la sangre fluya. Sin contar con la emoción que produce ir en la pequeña embarcación a motor, viendo las palafíticas casas a la orilla de las islas, los antiguos clubes de remo de diferentes nacionalidades, algunas aves que parecen dirigirse a sus nidos a guarecerse del frío y las diversas embarcaciones de diferentes tipos y tamaños que se cruzan en el camino.

Fernando nos cuenta que en este lado del Paraná viven alrededor de 2000 personas en las islas. Son familias cuyas vidas se desarrollan entre las aguas del delta y cuyos hijos aprende a nadar y a manejar botes antes que a caminar y a andar bicicletas.

Pasan algunas personas en una lancha y saludan a Fernando, como lo hacen también otros que van en kayac. En la orilla, la vegetacion es exuberante, algunas glicinias lilas que crecen a la vera del rió están floreadas y los racimos de flores cuelgan y parecen plumas de aves azuladas entre el verde intenso de la espesa vegetación. La luz del día se va apagando lentamente.

-Toda la vida de las islas se desenvuelve a través de la circulación de las embarcaciones -cuenta Fernando. -Tenemos lanchas que recogen la basura, otras que hacen transporte público, las de ventas de víveres y mercancías. Es una comunidad muy organizada y solidaria. Todos los vecinos se conocen y se prestan ayuda mutuamente.

El zodiac, rato después de estar navegando, se acerca a una embarcación que está anclada y cubierta por lonas amarillas, como cortinajes que no nos permiten ver hacia adentro. Fernando se acerca y le pregunta a la mujer del barco si le puede vender vino y cigarrillos. Dos minutos después, a través de la abertura de las lonas pasa una caja de 6 botellas de vino y sus cigarrillos.

Hecha la compra, ya tenemos el kit completo para terminar de pasar una buena velada en las oscuras aguas del Paraná. Fernando nos cuenta que antes era un ejecutivo de una tras-nacional, un tipo de traje y corbata, con una vida relativamente resuelta y económicamente estable. Tranquilidad y estabilidad que duraron hasta la crisis económica de 2005, cuando perdió todos sus ahorros en el famoso corralito.

-De un día a otro quedé en la calle y sin ahorros. Todo lo perdí. Sin saber qué hacer me vine a Tigre, de donde soy, con mi esposa y con los pocos pesos que me quedaban me compré el zodiac. Navegaba todos los días sin encontrar una salida a mi situación. Un día, navegando como cualquier otro, comencé a notar que la gente que iba cómodamente sentada en las embarcaciones techadas de turistas, protegidos del sol, se quedaban mirándome en mi bote como con cierta envidia. Entonces, fue como una revelación. Allí mismo, en medio del río, descubrí que mi negocio sería llevar turistas en mi zodiac para hacer el recorrido por el delta que, en verdad, a muchos les gustaría hacer y que no había quien se lo ofreciera.

A partir de entonces, Fernando ofrece a los visitantes sus paseos fluviales por las rutas menos transitadas del delta con diferentes tarifas. Un paseo de un día completo, desde la mañana, cuesta 500 pesos por persona, sin incluir comidas. Los viajeros salen en la mañana, en un recorrido de aventura, parando en todos los lugares que se les antojen, zambulléndose en el río para nadar un rato si les provoca, comiendo en las diferentes islas del circuito, en las que se encuentra una especialidad gastrónomica en cada una de ellas.

-Si el paseo es de tarde, solamente, el costo es de 300 pesos. Esta oferta que les hice a ustedes fue algo distinto, más ganas de pasar un buen rato con gente linda, que negocio. Eso no tiene precio-. Dice el excelente guía y sonríe.

A los 40 minutos de estar navegando llegamos a la cabaña de Fernando. El atraca el zodiac y, como el sitio está anegado por la lluvia de la mañana, nos descalzamos, enrollamos los pantalones hasta la rodilla y zambullimos los pies en el agua helada. La sensación de frío y la tierra húmeda del fondo en los pies nos dan como corrientazos en el cerebro. Mientras entramos a la casa, cuyas bases son traspasadas por el agua, pienso: “Este era el tipo de paseo que en realidad quería hacer y, ciertamente, la sensación de relax y libertad y la amena conversa de Fernando, no tienen precio.”

Al sentir que llegan visitantes, los perros del vecino que, como lo hacen normalmente en las ciudades los canes con las motos, habían empezado a ladrar al sentir el ruido del motor del zodiac aproximarse, vienen corriendo a saludar. Un hermoso labrador dorado y una bella perra chocolate que parece ser un cruce de ovejero.

Ya prácticamente no quedan rastros de luz del día. La noche ha caído casi sin darnos cuenta.

Mientras Fernando saca de la nevera el bife de chorizo y la inmensa papa para prepararnos lo que se supone es nuestro almuerzo, aunque a la hora de la cena, Cristian abre una botella de vino, yo busco las copas y nos servimos un buen trago de vino tinto que sabe a gloria luego de tanto frío en el cuerpo.

Nuestro guía parte la papa por la mitad, la puya con tenedor repetidas veces y la pone por siete minutos al microondas, al tiempo que pone en la plancha el bife de chorizo.

Al rato, tenemos frente a nosotros, sobre la mesa del porche, los platos servidos. La papa deliciosa, dorada y tostada por fuera en la grasa que despidió el bife al hacerse y suave por dentro. Y la carne perfecta, con la cocción a tres cuartos como la pedimos, jugosa y tan suave que se deshace en la boca casi sin masticar. El sabor de la grasa del corte es espectacular. Una vez más comprobamos por qué la carne argentina y uruguaya es tan famosa y no tenemos más remedio que darle la razón a Fernando, su bife de chorizo es de los mejores platos que uno puede saborear en el viaje.

Brindamos con el guía, nos contó de su esposa y su pequeño hijo. Es un hombre al que se le ve que disfruta con lo que hace y, por eso, sabe hacer disfrutar a sus clientes. Terminamos de comer y, luego de recoger la casa, emprendemos el regreso. La oscuridad ya es espesa pero no hay nada que pueda espantar la sensación de satisfacción que nos ha dejado el paseo y la pericia y conversa de Fernando manejando el bote es tal, que en ningún momento hay sobresaltos.

Llegamos al muelle de donde zarpamos. Fernando nos da sus señas en Facebook para mantener el contacto y en la orilla, con un abrazo, nos despedimos del amable y simpático guía, agradeciéndole su hospitalidad.

-¡Por favor! Ustedes me cayeron bien porque son personas que saben oír. Muchos turistas, cuando uno se les acerca, como yo me acerqué, para ofrecerles el viaje, ni siquiera escuchan. Esos se van con el paseo turístico sin conocer más nada, pero como ustedes saben escuchar, pues me dieron buena vibra y por eso quise hacerles el viaje.

Son cerca de las nueve de la noche, como el ultimo tren de vuelta a Retiro sale a las 10 de la noche, decidimos dar un paseo por el pueblo. Las calles están prácticamente solas pero se respira tranquilidad en la zona. Conocemos la plaza central, vemos el monumento a los bomberos y al rato nos vamos a la estación. Entramos al café que está abierto aún y pedimos dos cortados con agua mineral con gas. Es un bonito lugar y mientras espero que llegue el tren, pienso que tengo que volver a Tigre, preferiblemente a final de la primavera o principios del verano. Hacer el viaje con Fernando, bañarme en el Paraná, disfrutar del colorido que deben dar las flores al delta en esa época y conocer el viejo mercado de frutos y los museos y sitios históricos que tiene Tigre, una ciudad con 400 años de historia.

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Foto: Cristian Espinosa

El autobús desde La Boca nos deja en cualquier punto indeterminado del paseo de Recoleta. En realidad, no es que nos importe mucho conocer las coordenadas exactas de dónde nos encontramos, solo con caminar y disfrutar de la arquitectura y las plazas y parques de la zona ya uno siente el espíritu pleno y el viaje justificado.

Sin tener muy claro de hacia dónde dirigirnos, vagamos por el área de Recoleta, en Retiro. Uno de los tantos hoteles lujosos de la zona nos llama la atención y un taxista que conversa con dos compañeros mientras esperan clientes, nos cuenta que, originalmente, toda la manzana en la que se encuentra el hotel era la casa de una de las tantas familias adineradas de la zona, quienes dividieron la propiedad dejando la mitad como su residencia y la otra mitad para el lujoso hotel. Se trata del Palacio Duhau, en la avenida Alvear donde actualmente se encuentra el hotel Park Hyatt uno de los diez mejores hoteles del mundo.

No me queda muy claro y el taxista no termina de aclararme si la edificación que está junto al hotel es en la actualidad la residencia de la familia Duhau y entre las bromas acerca de Chávez y Cristina y las indicaciones sobre cómo llegar a la calle Arroyo, no terminamos de descifrar el punto.

Caminar por la calle Retiro es sentirse en París. Junto al Park Hyatt, está la Nunciatura Apostólica, ambos edificios de evidente estilo francés como lo es la propia embajada de Francia y la de Brasil, que se encuentran por la zona, la casa de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y muchos otros edificios de Buenos Aires que recrean el academicismo francés.

En Retiro, por Recoleta se encuentran muchas de las sedes de las embajadas y recorriendo sus  calles se ven lujosas tiendas y exclusivos cafés y restaurantes. Husmeando entre las puertas y rejas de las edificaciones de la zona uno puede descubrir hermosas fuentes, patios y esculturas, como la réplica de la Victoria de Samotracia que se distingue en un patio central, tras las rejas de entrada de un conjunto residencial.

El antiguo palacio Ortiz Basualdo es actualmente la embajada de Francia y el viejo palacio Pereda es la sede diplomática de Brasil. Ambas sedes se encuentran en las adyacencias del monumento a Carlos Pellegrini una bella plaza circular ubicada en Retiro.

Siguiendo las indicaciones del taxista, caminamos en pos de la calle Arroyo, una calle que cuenta con unas dos cuadras llenas de galerías de arte. Es una zona tranquila y cuna de las galerías de Buenos Aires. Esas dos cuadras conforman un interesante circuito de artes plásticas.

Asomados contemplando unas pinturas de uno perros en un extraño estilo realista y de unos seres gigantes, desproporcionados con respecto a su entorno que nos llaman la atención tras el cristal de una vitrina y asombrados con la escalera de vidrio de la galería, nos sorprende la encargada y nos invita a pasar.

Ella se encuentra atareada con los últimos rótulos de los cuadros en la mano. Pasa de las dos de la tarde y esa noche inaugura la muestra de Darío Zana, un inquietante pintor realista que hace unos cuadros en los que las (des)proporciones de los personajes con su entorno logran descolocarlo a uno y lo inducen a buscar historias y significados más allá de lo aparente.

Foto: Cristian Espinosa

La galería de arte se llama Holz arte&más, y la chica nos cuenta que Zana, un joven artista argentino,  lleva unos cuantos años montando sus exposiciones allí. En esta oportunidad, la muestra se llama MUNDO ENANO, unas imágenes realistas con toques oníricos en las que Darío juega a sus anchas con las escalas, valiéndose de personas, muñecos, perros, mesas, barcos o cualquier objeto que le permita mostrarnos un interesante mundo de (des)proporciones inquietantes.

-Esta es una nueva etapa de Darío –dice la galerista-. Con este trabajo se distancia un poco de sus inicios con el birome, con el que conseguía dibujos realistas imposibles de creer.

La chica corre a buscar en el computador las imágenes de las obras de Zana hechas con bolígrafo sobre tela y, de verdad, es imposible creer que lo que uno está observando haya salido de un instrumento tan cotidiano y utilitario como un bolígrafo.

La galerista muy amablemente nos da unos catálogos de las obras de Darío Zana y nos invita a acercarnos en la noche para tomar una copa de champán en la inauguración de la exposición. Agradecemos su amabilidad y la invitación, pero le explicamos que estamos de paso y, como el  día ha clareado, nos gustaría visitar Tigre hoy mismo, no vaya a ser que al día siguiente la lluvia no nos lo permita.

Unos cuantos metros más abajo, al final de la calle Arroyo, donde se une con Suipacha, y vía a la estación de trenes de Retiro, en una esquina, nos encontramos con la Plaza de la Memoria o de la Embajada de Israel, un espacio dedicado desde 2010 a conmemorar el terrible atentado terrorista perpetrado contra la casa diplomática y que cobrara la vida de 19 personas y dejara 242 personas heridas.

En la pared de fondo, como si de una instalación arquitectónica se tratara, se ven los rastros de los muros de lo que fue la embajada y en lo que ahora es zona para la meditación y el reposo, han sembrado dos hileras de árboles de tilo que recuerdan a cada una de las víctimas fatales del siniestro atentado de 1992 y en un muro de la construcción original pone:

PLAZA EMBAJADA DE ISRAEL

EN MEMORIA DE LAS VICTIMAS DEL ATENTADO

A las dos y 42 minutos de la tarde del 17 de marzo del 92, un furgón Ford F-100 cargado de explosivos fue estrellado, en el atentado suicida, contra la edificación de la embajada, dejando el trágico saldo y daños en los edificios cercanos como la  Iglesia Mater Admirábilis que está al frente y el Colegio Adjunto.

Dos mujeres amenamente conversando pasan a mi lado y apresuro el paso para pedirles que, por favor, me indiquen cómo llegar a la estación del tren.

-Vente con nosotras que vamos justo por esa zona.

Así lo hacemos, las seguimos y como a ratos nos quedamos rezagados  contemplando la ciudad y tomando fotos, de vez en cuando nos toca apresurar el paso para que las mujeres, que parecen haberse olvidado por completo de que Cristian y yo las seguimos para que nos guíen, no nos dejen botados.

-Acuérdense que vamos tras ustedes para que nos digan dónde está la estación –les digo-. Si se les olvida y no nos indican a tiempo, llegaremos hasta la casa de ustedes.

Las mujeres ríen y dicen que de ser así nos invitarían un mate.

-No te preocupés, todavía falta un poco –dijo una de ellas, y continuó su conversa con la amiga.

Al llegar a una inmensa construcción de estilo academicista francés también, las mujeres nos indican que ya estamos en la estación. Piensan un momento y deciden guiarnos hasta el lugar mismo de la taquilla donde debemos comprar el boleto para tomar el tren que nos llevará a Tigre. Su amabilidad llegó al punto de que, una vez que compramos dos boletos por 2 pesos cada uno, nos acompañaron hasta el propio anden donde ya estaba a punto de partir el tren.

Cristian y yo nos ubicamos en asientos separados. Al poco rato, el tren a Tigre arranca. Un viejo aparato que, no sé por qué motivo va super lento. El trayecto de 32 kilómetros que separan la estación de Retiro del terminal de Tigre lo hace en cerca de 50 minutos.

En el vagón conversamos con quienes van frente a nosotros. Una señora nos pregunta que hacia dónde vamos y le contamos que a conocer Tigre. “Es un paseo muy bonito, dice la señora, les va a gustar”.

Les comento acerca de la experiencia en La Boca y la señora baja la voz para decirme que a ella no le gusta, que esa pobreza no le parece turística. Su marido le susurra algo al oído y la señora me mira y sonríe. Aún con la voz baja, como si temiera ser escuchada por otros, me dice:

-El dice que si querés ver pobreza, que vayás a La Cava.

La Cava es una de las llamadas villas miseria de Argentina, barriadas marginales donde viven los más pobres de Buenos Aires y La Cava es una de las más grandes y peligrosas.

Foto: Cristian Espinosa

-Buenos Aires se ha puesto muy peligroso –sigue susurrando la doñita- . Nosotros, como nos jubilamos, vivimos retirados, pero cuando vamos al centro, vamos con mucho cuidado. Yo esto (se señala los zarcillos de oro) ni pienso usarlos en la ciudad. Y donde vivimos nos hemos organizado porque, aunque está retirado, ya ha habido casos de robos. Todos tenemos un silbato y si notamos algo extraño, lo sonamos para alertar a los vecinos. Así hemos controlado los robos en nuestro barrio.

El matrimonio desciende al rato de estar andando en una de las estaciones. El tren continúa su lento recorrido. Unas maestras que acaban de subir van pendientes de un grupo de estudiantes que están a su cargo. Se trata de adolescentes con capacidades especiales que no paran de parlotear, reír y jugar. A nuestro lado se sienta uno que no para de hurgarse la nariz con el dedo índice mientras conversa con la maestra y, de vez en cuando reprende a sus compañeros que están un poco más lejos.

-¡A ver, a ver, la risita la dejan en la casa! Les grita mientras hace pelotitas con los mocos, los sacude y vuelve el dedo a la fosa nasal.

Al poco rato se levanta y va decidido a reprender a los compañeros revoltosos. Afuera la tarde sigue soleada, una que otra nube se aparece en el paisaje pero todo parece indicar que lograremos hacer el paseo por Tigre.

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La Boca, el color de la pobreza

La Boca, el color de la pobreza

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Si a alguien que esté en La Boca, el legendario barrio de Buenos Aires le preguntarán de qué color es la pobreza, seguramente contestaría que rojo escarlata intenso, verde vegetación recién brotada, azul rey, amarillo sol de mediodía, naranja incandescente. Los colores de Caminito.

Es que ese es el colorido paisaje que arrebata la vista al terminar el boulevard del río y tropezarse con los conventillos de la zona. Esas edificaciones de dos o tres niveles hechos con madera y láminas de zinc que están especial y estratégicamente emplazadas a la entrada del barrio, en la calle Caminito, para deleitar la vista de los turistas.

Es poco más de una manzana en la que los visitantes encuentran tiendas de todo tipo de artesanía, artículos de cuero,  restaurantes, artistas callejeros, bailarines de tango y milonga, todo diseñado de tal manera que enamora al turista y lo hace gastar a gusto sus divisas para llevarse un alegre recuerdo de Buenos Aires y los típicos souvenirs.

En Caminito, con un día soleado, se pueden obtener las más coloridas y espectaculares fotos de todo el viaje a Argentina. La cámara, como el ojo del paseante, no parecen saciarse nunca de tanta luz y color.

Pero, al pasar unos pocos metros más allá de esa manzana turística, ya comienzan a verse los verdaderos conventillos. Esos que muestran sus láminas de zinc oxidadas y maderas corroídas, donde viven familias enteras en habitaciones de tres metros por cuatro por las que pagan hasta 200 dólares de alquiler.

Al puerto de La Boca llegaron los primeros inmigrantes españoles y, sobre todo, italianos, quienes llegaban pobres de solemnidad, con una mano adelante y la otra atrás, a forjarse un mejor futuro, ese futuro que Europa parecía negarles. Para muchos, era un estada solo pasajera. Su vida en los conventillos duraba lo que tardaban en ahorrar dinero con sus trabajos para establecerse en otras zonas más prósperas.

Pero mientras vivían en La Boca, una manera de hacer más digna y vivible su permanencia allí era pintando sus conventillos con los sobrantes de pintura con la que pintaban los barcos anclados en el puerto, de allí el intenso colorido del lugar.

Cristian y yo llegamos a eso de las 11 de la mañana. las nubes se han disipado en el cielo que ahora muestra un hermoso azul que combina perfectamente con los colores encendidos de los conventillos. La pupilas, como el lente de la cámara reciben sin acusar cansancio los golpes constantes de color. Recorremos el lugar alrededor de la zona de turismo sin atrevernos a ir mucho más adentro, a donde el color de la pintura sede espacio al óxido que evidencia el estado de pobreza de la zona, porque nos habían advertido que tuviéramos cuidado. De día no es peligroso, pero es mejor ir prevenidos.

En uno de los conventillos turísticos, en un rincón de la segunda planta, consigo a Marcelo trabajando en sus artesanías.  El interviene fotografías de la zona, las trabaja y monta artesanalmente en marcos de pdf teñido para vender a los turistas como souvenir. En sus imágenes se ve La Boca que está más allá de la especialmente preparada para el disfrute de los visitantes.

Marcelo cuenta que por el espacio donde tiene su tienda y taller en el conventillo, unos 12 metros cuadrados, paga 600 dólares de alquiler al mes. Entonces me habla de su trabajo y de lo difícil que resulta la vida para quienes viven en los “verdaderos” conventillos. Esos que tienen que pagar 200 dolares por una habitación que en invierno es un freezer y en verano un infierno.

-Por eso es que yo, a veces, entiendo que es lo que está pasando con la política en Argentina y por qué algunas personas más pobres se sienten reivindicadas con algunas de las políticas del gobierno. -Dice mientras continúa haciendo los marcos para sus fotografías.

A Marcelo no le gusta la polarización que se está generando en la sociedad argentina entre los que apoyan al gobierno de Cristina Kirchner y los que la adversan, pero dice que hay medidas que han afectado a los ricos y a sectores de poder que se tendrían que haber tomado hace tiempo y que como ahora lo están haciendo, muchos reaccionan fuertemente contra el gobierno.

-Algunos dicen que yo soy kirchnerista. No lo soy, pero reconozco lo que me parece que está haciendo bien y me molesta esa postura de enfrentamiento que hay de ambos lados.

El artesano es evangélico, me habla de la labor que hace su iglesia en cárceles y escuelas y dice que, por eso, a él le parece bien que el gobierno le quite poder a la iglesia católica, que la enfrente y desenmascare porque solo ha servido para someter al pueblo.

Le digo que algo similar ha pasado en Venezuela, que el gobierno se ha enfrentado con todos los sectores y que, le puedo asegurar, no es la mejor forma de hacer justicia porque solo se exacerba el odio y el resentimiento. Que buenos y malos hay en todos lados y que así como en la iglesia católica hay corrupción, también la hay en las cristianas.

-En Venezuela, por ejemplo, hay muchas escuelas que han sido levantadas por la iglesia católica con excelentes resultados en la educación de los jóvenes y donde se les enseña un oficio del cual pueden vivir.

Asiente y dice que en Argentina también, pero insiste en que son los menos y que ya tiene demasiados años de hegemonía la iglesia católica.

Marcelo me cuenta un poco sobre La Boca, me dice que de allí han salido importantes artistas plásticos, músicos, bailarines de tango. Es una comunidad que ha sido cuna de mucho arte en Argentina.

-En eso fue muy importante el aporte hecho por Quinquela, el hombre que está en la escultura del boulevard.  Él ayudó a organizar y dignificar a la gente de La Boca.

Benito Quinquela fue un artista plástico autodidacta, abandonado por su madre de niño y criado por el inmigrante italiano Manuel Chinchella, quien, como muchos otros italianos llegó a La Boca para mejorar sus condiciones de vida trabajando en la descarga de carbón en el puerto. El pintor, que convirtió su apellido a Quinquela, españolizándolo de acuerdo a su pronunciación, en sus pinturas mostraba la vida difícil y dura de los pobres de La Boca y  fue quien donó a la barriada la escuela-museo conocida como Escuela Pedro de Mendoza, entre muchas otras donaciones que hizo a la comunidad con el objetivo de hacer llegar a sus habitantes el arte, la salud y la educación, para elevar su calidad de vida.

La misma idea de la calle Caminito, pensada originalmente para que fuese un lugar para el arte y la alegría, una calle museo de creación colectiva, fue decisión de Quinquela junto con un grupo de vecinos a partir de la recuperación la una abandonada vía de tren y le dieron su nombre a partir del la vieja canción.

La conversación con Camilo me reafirma una vez más la sensación de que Argentina está viviendo un proceso tan similar al venezolano, que me eriza la piel. Él parece ser uno de esos “ni ni” que, o bien se radicaliza a favor del gobierno o termina siendo uno de sus desencantados y opositores. Lo que sí es seguro es que no podrá mantenerse indiferente a lo que está sucediendo en su país.

Le agradezco a Marcelo la buena conversa y su valiosa informacion y con un apretón de manos nos despedimos. Dejo Caminito con la sensación de haber estado sobre un escenario tras cuyo telón de fondo se encuentra una realidad mucho más cruel y triste que lo que me muestran entre bambalinas. Me queda la duda de cuánto de la idea original de Quinquela y los vecinos hay en la actualidad en Caminito y cuánto del dinero que produce la calle realmente va a ayudar a los de menos recursos económicos de La Boca pues, muchos de los que allí tienen negocios establecidos, no viven precisamente en La Boca.

Adentro de La Boca quedan la vieja iglesia Nuestra Señora de los Inmigrantes, la torre donde dicen que se aparece el fantasma de una pintora que se suicidó, el estadio La Bombonera, del Boca Juniors, y otra serie de puntos de interés que serán tarea pendiente para una próxima visita a Argentina.

Son cerca de las dos de la tarde y ya me encuentro montado en el autobús de regreso. Quiero llegar temprano a la calle Arroyo para hacer un recorido por sus galerías de arte como me recomendara en la mañana el chico con gabardina y paraguas del banco.

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Para mí, lo principal al viajar y conocer nuevas ciudades, más allá de llevar folletos turísticos y mapas que por lo general nunca entiendo (no hay nada que me parezca más complicado que descifrar un mapa y entender un manual de aparatos electrónicos, mecánicos o electrodomésticos, es ir con la mente y el espíritu abiertos y los sentidos despiertos para captar los olores, sonidos y visiones que nos pueden descubrir una ciudad nueva.

Un buen par de zapatos para caminar, información básica del lugar -para lo cual Google funciona de maravilla-, ojos y oídos abiertos para captar las señales, así como disposición a conversar, oír e interactuar con toda la gente que se pueda, son mis instrumentos básicos de viaje. De esta forma, la ciudades se van descubriendo ante nosotros de manera natural y espontánea, nos sorprenden  a cada paso y el viaje se hace más ameno, entretenido, agradable y enriquecedor.

El tercer día de estancia en Buenos Aires, el que se supone será el penúltimo en la ciudad porteña, nos levantamos con la disposición de ir a Tigre, una pequeña ciudad que queda a poco más de 30 kilómetros y unos 50 minutos en tren desde la capital.

Como todos los días, un buen baño y abundante desayuno antes de salir del hotel, paso por Florida para cambiar los dólares y, en esta oportunidad, como teníamos una encomienda de una vecina que debíamos entregar a su hija que vive en San Fe, Cristian me dice que vayamos directo a ubicar la dirección porque, de no entregarlo hoy, terminaríamos regresando a Venezuela con el encargo.

Caminando, llegamos al número de la calle Santa Fe que pone en el sobre. Dejamos en recepción el envío y salimos a la calle a buscar quién nos indique la forma de llegar a la estación de Retiro para tomar el tren a Tigre.

En un puesto de flores, me paro a preguntar y, mientras la señora me explica, escucho el sonido de una banda. Sin terminar de poner atención a lo que me dice la vendedora de flores, le pregunto de qué se trata y de dónde proviene la música.

-De la plaza que está al cruzar. Todas las semanas hay algo allí.  -dice la señora, con tono que denota cierto fastidio.

Como buenos curiosos, posponemos por un momento la ida a la terminal de Retiro, cruzamos la calle y nos dirigimos hacia el origen de la música. Al llegar, descubrimos una inmensa plaza en cuyo espacio se encuentran en formación los integrantes de una gran banda cuyos uniformes recuerdan un poco los soldaditos de plomo y los cascanueces de navidad. Al centro, un grupo de personalidades está depositando una ofrenda floral al pie del monumento al que nos acercamos para descubrir que nos encontramos en plena plaza San Martin, el histórico espacio dedicado al general prócer, libertador y padre de la patria Argentina.

La plaza es grande, ubicada en el barrio de Retiro, con áreas verdes, monumentos y esculturas y, alrededor, se encuentran las sedes de algunos ministerios, un costado que da al río y desde aquí comienza la calle Florida. Paseamos un rato y tomamos vía hacia la estación del tren, pero el día comienza a nublarse. Mal síntoma para ir a Tigre que es un paseo campestre, según tenemos entendido.

Rápidamente, tomamos decisiones. Vámonos al barrio de La Boca en autobús, un paseo que no es que a mí me llame mucho la atención porque la pobreza en todos lados es más o menos igual, aunque la pintemos de colores y la hagamos un paseo turístico, pero que constituye una visita obligada al llegar a Buenos Aires por primera vez.

Como los colectivos solo aceptan monedas para pagar, y ya hemos pasado por la incomodidad de tener que pedir auxilio al primer pasajero que tenemos en frente para que nos cambie, ante la mirada absolutamente indiferente de los conductores, quienes no hacen el más pequeño esfuerzo por tratar de resolver el problema al turista y, por supuesto, no portan monedas para cambiar; decido entrar a un banco para contar con las monedas que necesitamos para el viaje.

Pienso que el trámite sería más o menos similar a como acostumbro hacerlo en Venezuela, que me acerco a la taquilla y le pido el favor al cajero. Entro, y no veo taquillas por ningún lado. Un vigilante y una hilera de personas que esperan en fila ante unos paneles de publicidad del banco y una pequeña pantalla luminosa que indica que el siguiente cliente puede pasar.

Consulto con el guardia y me indica que debo hacer la cola y esperar mi turno para ser atendido. Hay poca gente, pero la fila se mueve lentamente. Los argentinos en todas partes parecen ir sin apuro ni estrés. Miro al hombre con gabardina y paraguas que está junto a mí y comienzo a conversar con él sobre el clima y la evidente certeza del hombre, por su atuendo, de que lloverá.

-Han anunciado lluvia para hoy y, aunque los pronósticos a veces no aciertan, creo que hoy sí lloverá -dice y, efectivamente, a través de la pared de vidrio del banco ya se ve la lluvía caer.

Le comento nuestra intención de ir a Tigre y el hombre me dice que connel clima como está no es un paseo recomendable el de Tigre.

-Mejor quédense por aquí. Vayan a Recoleta y paseen por la calle Arroyo donde hay un montón de galerías de arte. Pueden pasear por allí y conocer la embajada de Francia que es muy bella y el monumento al pueblo judío que están por allí mismo.

Le pregunto por qué el banco tiene completamente tapiada la visión hacia los cajeros y si todas las agencias son así y me explica que es por razones de seguridad. De esa forma, no se ve cuánto dinero retira el cliente y al salir hay menos posibilidades de que lo sigan para robarlo. Es una medida que se adoptó desde hace unos dos años por el incremento de robos a la salida de los bancos y que parece haber dado buenos resultados.

Llega su turno de ser atendido y me quedo pensando que en Venezuela los paneles podrían servir con doble propósito, el de evitar los robos como en Argentina y, a la vez, eliminar el trafico de influencias. Si los clientes no pueden ver al cajero ni el cajero a los clientes, quedaría muy limitado el que “el amiguito” pase por encima de quienes están haciendo su cola pacientemente.

Es mi turno de pasar tras el panel, me dan mis monedas y salgo a la calle donde espera Cristian para tomar el autobús que para justo en la esquina.  Aún llovizna pero con menos intensidad que un rato antes. A los pocos minutos llega el colectivo y embarcamos rumbo a La Boca.

Yo tomo asiento junto a una señora y Cristian unos puestos más atrás junto a un señor. Mientras la señora me va contando que está jubilada y que trabajó un tiempo en la casa Rosada, voy viendo por la ventanilla, la ciudad.  Ella me indica qué debo hacer al llegar a la parada para ir a Caminito. Me cuenta que para ella no es lo mejor de Buenos Aires, que esa pobreza no le parece a ella que sea para enorgullecerse. Que es mejor ir a la zona de Puerto Maderos, donde tienen residencias los ricos en lujosas edificaciones, pero que entiende que La Boca se ha convertido con el tiempo en paseo para turistas.

Mientras la señora me habla de la pobreza del barrio, veo en un inmenso porche de un edificio de la avenida, tras las anchas columnas, unas “camas” dispuestas con un montón de enseres en lo que aparenta ser el lugar donde duermen familias completas de indigentes. A la velocidad del bús logró distinguir tres camas y pienso que, en realidad, no es necesario llegar hasta La Boca para ver la pobreza. Son muchas las zonas de Buenos Aires en las que uno se la tropieza.

Por su parte, Cristian habla de política con el señor que está a su lado quien ha oído hablar de Chávez pero no parece estar muy enterado. El hombre le dice:

-Pero a lo mejor no es tan malo. Puede ser que necesite tiempo.

-¿Más tiempo? Si ya tiene 14 años mandando.

-¡14! -grita el hombre- ¡No puede ser, entonces tienen que salir de él ya!

Llegamos al final del trayecto del bús. El día ha despejado, el sol sale y el cielo se torna hermosamente azul. Descendemos y comenzamos a caminar hacia la derecha, cruzamos la calle,  caminamos por el boulevard que bordea el río dejando atrás el puente de hierro, pasamos frente a una estatua que pone al pie Benito Quinquela Martín y al levantar la vista, se ve al fondo el colorido paisaje de madera láminas de zinc pintadas de colores fuertes con las  que construyen los conventillos, característicos de la zona. Allí frente a nosotros, nace Caminito, la entrada turística a La Boca.

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Cuatro horas para recorrer el Mercado de San Telmo se quedan cortas. Hay tanto para ver, disfrutar y conversar que en ese tiempo apenas uno alcanza a recorrer los tarantines callejeros y dar un vistazo al inmenso y bicentenario mercado con sus puestos de carnes y verduras, tiendas de arte y antigüedades y restaurantes y cafés.

En un puesto de zapatos me paro y compro unas imitaciones de Converse, solo que en lugar de estar hechos de cuero o tela, los han fabricado con un hermoso y colorido tejido étnico característico de etnias indígenas peruanas y ecuatorianas. De esta forma, se acaba la incomodidad de andar con un zapato blanco y uno marrón.

Al doblar en la esquina del Paseo de la Historieta, hago mi cola para tomarme la foto con la escultura de Mafalda que, pacientemente, espera sentada en su banquita. Los turistas brasileños que están detrás de mí en la fila se mueren de risa al ver que me quito los zapatos para, en lugar de abrazar a Mafalda, como hacen todos, tomar la foto de mis pies junto al personaje de Quino.

El día está hermoso. El cielo azul desmiente a rajatabla los pronósticos del tiempo que indicaban que habría lluvias dispersas. Al llegar al edificio del mercado en cuya puerta, en lo alto, pone que es de 1897, nos sentamos en lo de Martita a tomar café y agua, ubicados en sus mesas pintadas de colores al estilo de Mondrian. Luego, recorremos un minicentro de Arte y Antigüedades llamado Paseo de Compras Solar de French que está en frente para salir y regresar donde Roberto, el fabricante y vendedor de artículos de cuero y comprar el bolso pues, como él me lo advirtió, no lo conseguí en todo el recorrido, ni siquiera parecido.

Un último intento infructuoso para que Roberto baje el precio del bolso y, al ver que hay uno de similar tamaño y modelo, pero de cuero liso y tenido que cuesta 120 pesos menos, le pregunto la razón. En mi ignorancia, pienso que ese bolso sin pelos lleva más trabajo que el que a mi me gusta con los pelos blancos y negros de la res.

-El peludo tiene mucho más trabajo -explica, Roberto-. Al otro solo tengo que ponerle los químicos para que suelte los pelos, secarlo y teñirlo; mientras que el que te gusta tengo que hacerle un tratamiento especial para que no pierda los pelos y los mantega tan bonitos como cuando la res estaba viva.

-¿Cómo debo cuidarlo, limpiarlo?

-Como se cuidan las vacas. Lo bañas con agua y jabón.

Meto en el nuevo bolso todo lo que llevo en la mano, incluyendo los zapatos disparejos y, como ya pasan de las dos, empezamos a buscar dónde almorzar. Queremos seguir la recomendación de Roberto y comer en El Desnivel,  un restaurant de carne de la zona, pero no aceptan tarjetas y los pesos se nos acabaron con las compras. Probamos en dos restaurantes más y nada. No sé si es por el rollo del control cambiario o por qué otra razón pero en muchos sitios de Buenos Aires se rehusan a aceptar las tarjetas de crédito como forma de pago.

En vista del fracaso, decidimos irnos a Puerto Madero a probar suerte con la tan recomendada comida de la zona y de paso conocer el puerto.  Recorremos todo el Paseo de la Historieta y luego de unos veinte minutos de caminata, llegamos al boulevard del puerto.

La tarde se ha nublado pero, por suerte, no llueve, aunque hace un poco de frío. Mientras buscamos el sitio para almorzar, disfrutamos la caminata a la orilla de río de La Plata. Pasamos por la sede de la Universidad Católica Argentina y, a lo lejos, se distingue el Puente de la Mujer con su hermoso diseño arquitectónico. Caminamos hacia él y en el trayecto tropezamos con una pareja que acaba de instalar un pequeño linóleo en el suelo para entretener a los paseantes con sus tangos y milongas.

Nos olviamos del hambre y nos disponemos a deleitarnos con el baile de la joven pareja. Ella lleva un vestido rojo y él va de traje beige y pantalón negro. Encienden el equipo de sonido y comienzan su show. Es justo el tipo de tango que quería encontrar, el bailado en la calle y no esos shows montados en restaurantes para turistas. Por cierto, muchas de esas parejas tangueras de la calle, son las mismas que contratan en los restaurantes para los espectáculos.

Sin darnos cuenta, se acercan las cinco de la tarde. Es hora de encontrar dónde comer si no queremos llegar muertos de hambre a la presentación del Circo del Sol cuyas entradas son para la 8 de la noche y no tenemos ni idea de dónde se encuentran ubicadas las carpas. Solo sabemos que es lejos, saliendo de Capital Federal, en un lugar llamado Complejo al Río, por Olivos, en la localidad Vicente López

La mayoría de los restaurantes están cerrados. Caminamos ahora de regreso. El paseo es tan agradable que no se siente ni el hambre ni el cansancio. Los argentinos se enorgullecen de su puerto con razón y les encanta recomendarle a los turistas que se den un paseo para que vean los lujosos edificios de ricos y famosos que se encuentran por la zona.

Andando sin apuro, llegamos al famoso restaurant “Siga la Vaca”, especializado en carnes y recomendado en la mayoría de los folletos y reportajes turísticos sobre Buenos Aires.

Pasan ya las cinco y al entrar nos encontramos con una larga lista de espera.  A pesar de lo grande y la cantidad mesas con las que cuenta, el lugar está a tope y tenemos que esperar unos 15 minutos para obtener  mesa.

Lamentablemente, debemos comer apurados porque el tiempo apremia. Es un sitio tipo “all you can eat”, donde lo ideal sería llegar con suficiente tiempo y apetito para instalarse a comer de todos los cortes de carnes de res, chorizos, morcillas y pollo, los variados contornos, los postres y la botella de vino por persona que están incluidos en el precio de 160 pesos por comensal.  Ese no es nuestro caso. Hay que apurarse para llegar a la función de Varekai. Eso sí, el apuro no impide que comamos hasta quedar ahítos.  Pagamos y allí mismo nos explican dónde tomar el colectivo para llegar a Olivos, en Vicente López.

La idea de pagar un taxi la descartamos de plano, pues como es en las afueras de Capital Federal, al norte de Buenos Aires,  además de la tarifa normal, habría que pagar un extra por ser un partido foráneo. Frente a la sede de la Facultad de Ingeniería está nuestra parada. Unos 5 minutos de espera y llega el autobús que en unos 25 minutos nos dejará a unas 10 cuadras de donde se encuentran emplazadas las carpas del circo.

Caminamos a lo largo de una urbanización solitaria. Por un momento pensamos que hemos errado el camino y aprovecho que una gente va saliendo de una casa para preguntarles.

Vamos bien. Nos indican que aún faltan unas cinco cuadras de camino. Pasamos los rieles del tren. Al llegar a las avenidas Laprida y Bartolomé Cruz y

Foto: Cristian Espinosa

bordear el Carrefour, ya estamos en el lugar de la función.

La fila de autos nos van guiando el camino y, al poco tiempo, distinguimos las carpas azul y amarillo del circo canadiense.

Llegamos con el tiempo justo para entrar y ubicarnos en nuestros asientos. Se apagan la luces y, del cielo de la carpa, cae un ser alado con el que comienza la fantástica historia de Varekai.

Al caer esta especie de ángel o pegaso, el escenario comienza a llenarse de luz, música, color y fantasía.  Estamos frente a un bosque mágico, en la de un cima volcán. Un mundo imaginario llamado Varekai, habitado por seres mitad animales y mitad humanos, por animales que solo pueden venir de la imaginación de los  creadores circenses, criaturas fantásticas. Frente a nosotros empieza a surgir un mundo onírico que nos demuestra que, si se puede soñar, se puede realizar.

Una vez más los artistas del Cirque su Soleil me tienen por casi dos horas con la mandíbula caída de admiración. Aunque lo veo en frente, me cuesta creerlo y quedo perplejo ante las ilimitadas capacidades de los malabaristas, equilibristas, contorsionistas, trapecistas. La risa es constante con la bella gorda y con los bufones de la obra. La música y la iluminación me

Foto: Cristian Espinosa

sumergen en ese espacio onírico del que ya no quiero salir. Compruebo por segunda vez que nada queda al azar en los montajes del Circo del Sol. Todo está estudiado, calculado al milímetro. Frente a mis ojos hay un espectáculo cuidado al detalle, donde la física es la ciencia que manda y la ley de gravedad parece no existir. Todo sin mostrar el más mínimo esfuerzo. Es música, baile, equilibrio, malabares, teatro, ballet, comedia, elevados a su máxima expresión y llevados al límite. Es tal el grado de dificultad de los números presentados, que a nadie le importan las dos o tres fallas que se observan durante la función. Pequeñas pifias subsanadas inmediatamente, cubiertas por los aplausos del publico y olvidadas tras una nueva muestra de destreza y genialidad.

Termina la función. Las manos arden de tanto aplaudir. Nadie quiere abandonar la carpa. Seguimos aplaudiendo hasta que comprobamos que el sueño ha terminado y debemos volver al mundo real, sin perder la esperanza de tener una nueva oportunidad para soñar los sueños del Cirque du Soleil.

Una caminata corta hasta la parada del colectivo que nos llevará de vuelta al obelisco. En el bús, un grupo de teatreros discute sobre la función. Aparentemente, fueron a ver qué podían pescar de allí para su próximo espectáculo. Es que el circo canadiense de verdad es un show digno de ser copiado, imitado o, por lo menos, de intentarlo.

Llegamos a nuestra parada. Luego de la opípara comida en Siga la Vaca, no es mucha el hambre que tenemos, así que decidimos comer un bocado en el primer sitio de comida rápida que se nos atraviesa para luego ir a dormir.

Pedimos muzzarela (pizza de queso) con fainá. Una combinación muy sureña de pizza con una tortilla hecha de harina de garbanzo que a mi no me termina de convencer. La fainá no me sabe a nada y la muzzarela me parece completamente prescindible.

Comemos y tomamos nuestro camino al hotel. Si tenemos suerte, los pronósticos del tiempo se volverán a pelar y podremos ir a Tigre al día siguiente, en la mañana.

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En San Telmo anda un hombre con un zapato blanco

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Foto: Cristian Espinosa

Poco después de las siete de la mañana, un impertinente rayo de sol que se cuela entre las cortinas de la habitación del hotel, incide justo en mi cara y me despierta.  Las horas dormidas a duras penas llegan a cinco y por más que me volteo y digo: “Diez minuticos más”, la insistente claridad me impide volver a agarrar el sueño.

Aún dormido, me levanto, tomo una ducha y me visto. Como sé que la caminata será larga, decido ponerme las gomas adidas blancas que ya están amansadas y listas para largas jornadas a pie. Me calzo la derecha y comienza la búsqueda de la izquierda hasta que, por fin, la encuentro debajo de la cama, tapada por la franela del día anterior. Me la pongo, ato los cordones de ambos zapatos y salgo con Cristian a desayunar en el restaurant del hotel, en la terraza.

Comemos en abundancia porque sabemos que, una vez que arrancamos a pasear, nunca se sabe cuándo volveremos a tomar bocado.

Poco después de las 8 y media, ya nos encontramos camino a la calle Florida para cambiar pesos en lo de Miguel y continuar rumbo al mercado de San Telmo, donde guardo la esperanza de encontrar el bolso de cuero que quiero.

El mismo Miguel nos convence de que, si no llevamos prisa, continuemos a pie hasta el mercado, pues el paseo es bonito y estamos apenas a unas ocho cuadras del lugar. Así lo hacemos y cuando ya tenemos unas cuadras andadas, fascinado por las arquitectura de la zona, decido sacar la tablet para hacer fotos de los edificios.

No había hecho mas de 4 clicks, cuando una trigueña gordita, con cara de madre angustiada, se me viene encima y me dice, como implorando:

-¿Vos no sos de acá? ¡No saqués eso acá! ¡Guardala, es peligroso!

Por supuesto, guardé de nuevo el aparato en el bolso y quedé solo con el teléfono en la mano para las fotos. Dos cuadras más y entramos a la esquina de la catedral Metropolitana de Buenos Aires.  Al mirar alrededor, descubrimos que estamos frente a la casa de gobierno de la ciudad. Un poco más allá, el viejo edificio del Cabildo, frente a estos, la plaza de Mayo, lugar fundacional de la ciudad y donde se reúnen las madres de los desaparecidos de la dictadura Argentina y, frente a esta plaza, la Casa Rosada.

La descripción de todo el sitio me la hace un policía al que le pregunto qué evento habrá en la calle, pues se encuentran dispuestas en hileras un grupo de sillas plásticas como a la espera del público frente a una tarima.

El agente no sabe decirme qué evento habrá, pero sí me da los detalles de las edificaciones. Al ver que tengo la tablet en la mano, me advierte:

-¡Tené cuidado con eso!

-Pero, ¿acá la puedo sacar?

-Mientras haya un policía cerca no hay qué temer -me dice sonriendo-, pero andate con cuidado.

Decidimos entrar a la catedral para conocerla. Una edificación de estilo mayormente románico, guarda en un costado anexo el mausoleo con los restos del libertador San Martín. Es un templo de cinco naves, con una amplia central que conduce al inmenso altar mayor. Hermosas imágenes de santos, un espectacular piso de pequeños mosaicos formando estrellas, hojas y flores, que a nadie deja indiferente e increíbles mosaicos en las paredes también, que recrean imágenes de ángeles y santos.

Al salir de la catedral, damos un paseo por la plaza de Mayo en cuyo piso se encuentran pintadas las pañoletas blancas que identifican a las madres de la plaza. Allí están aún exhibidas las pancartas usadas durante la última manifestación contra el gobierno, realizada pocos días antes, cuando llegaron cientos de manifestantes, convocados por las redes sociales, a cacerolear en protesta por algunas medidas adoptadas por el gobierno de la Kirchner.

La Casa Rosada muestra el movimiento de la gran afluencia de turistas que la va a visitar. Unos salen y otros entran. Nosotros decidimos saltarnos la visita porque ya pasan de las 10 y todavía no hemos empezado a recorrer el largo mercado de San Telmo.

Echado en medio de la estrecha calle adoquinada, nos recibe un anciano perro amarillo, de trompa canosa y mirada de sabio, completamente indiferente al ir y venir de la gente que comienza a subir y bajar a lo largo de la calle.

El mercado callejero, que con el paso de los años se ha ido extendiendo hasta casi llegar a la calle de la plaza de Mayo, reúne a artesanos, artistas, anticuarios, curtidores y trabajadores dedicados a la tenería, músicos, magos, bailarines de tangos y milongas, orfebres, hacedores de vasijas de cemento, materas y bombillas, grabadores de placas de metal para mascotas, tejedores, vendedores de bisutería, titiriteros. Son como 12 cuadras que todos los domingos cobran vida cuando se llenan del bullicio y la algarabía de quienes llegan a ofrecer sus mercaderías y quienes se acercan a comprar a buenos precios y a curiosear.

A mano izquierda, subiendo desde la plaza Mayo, se encuentra la Basílica de Nuestra Señora del Rosario y el museo Franciscano. Justo un poco más arriba, entre la gente y los chiringuitos, logro distinguir, a lo lejos, un bolso con las características del que tengo pensado comprar.

Me dirijo hacia él, pero en el camino no puedo dejar de contemplar unos hermosos cojines de cuero que vende una señora.  Al ver que me llaman la atención, la mujer se levanta y comienza a conversar. Me cuenta que tiene 77 años, que le encanta ir a las milongas porque el gusto por bailar tango nunca lo perderá.

-Por cierto -me dice-, hoy hay fiesta brasilera allí en la plaza. Si se quedan por acá, podrán disfrutar de la música de Brasil y de su comida porque tengo entendido que habrá comida gratis para todos.  “Argentina celebra a Brasil” se llama la fiesta.

En el chiringuito que está frente al de la guapachosa anciana, veo unas billeteras de cuero con los pelos de la vaca, sobre la mesita de exhibición.

-¿Cuanto cuestan estas billeteras? Pregunto a la señora que atiende.

-Cien pesos.

-¿Nada menos?

-Nada menos. Ya son muy baratas.

-Si me las deja en 180, me llevo las dos. -Insisto.

-¡Ay, no me hagás eso! ¡Que ya son muy baratas! Dame 190 por las dos, pues.

-¡Hecho!

Con las dos billeteras me dirijo en pos de mi bolso. Es de cuero peludo blanco con manchas y motas negras. Cuadrado. Ideal para utilizarlo como equipaje de mano. Lo reviso. Miro sus costuras perfectas. El cuero bien trabajado.  El hombre que los hace y vende me observa.

-Sacale el papel para que lo veas por dentro.

-¿Cuánto cuesta?

-500 pesos. -Dice el hombre, bajo, delgado, con bigote negro y lentes. Unos 40 anos, le calculo.

-¿Cuánto es lo menos?

-Eso es lo menos y lo más. Es el precio. ¿De dónde sos?

-De Venezuela.

-¡Uy, de donde el loco! ¿No te querés llevar a la pelotuda de acá?

-Nooooo. Si estoy tratando más bien de casar al de allá con la de acá, ahora que está viuda. Así el tipo se viene y ustedes tienen la parejita aquí y hasta cría les pueden sacar.

Roberto, que así se llama el hombre, suelta la carcajada y pasamos unos 15 minutos conversando. El tratando de convencerme de que Argentina está peor que Venezuela y yo haciendo lo propio. Al final la conclusión es que ambos países están “igual de peor”, solo que Venezuela lleva unos años de ventaja.

-Bueno, Roberto, ¿entonces, en cuánto me dejas el bolso?

-En 500 pesos. Ese es el precio.

Yo se que es un excelente precio, pero me gusta regatear.  Le digo:

-Bueno, apenas voy llegando al mercado. Voy a seguir viendo porque a lo mejor más adelante lo consigo más barato.  Si no lo encuentro, me regreso y te lo compro.

-No lo vas a conseguir. Y si lo consigues, no será de la misma calidad. ¿Te lo aparto?

-No. Porque no quiero quedarte mal. Si no consigo otro, vuelvo por este.

Le tiendo la mano para despedirme y cuando estoy a punto de arrancar, Roberto me hala por el brazo.

-¡Pará, pará,  pará! -Yo pienso que, finalmente, me hará un precio.

-¿Eso es un descuido o lo has hecho intencionalmente? -Dice, señalando el piso a mis pies.

Yo no entiendo nada y comienzo a seguir con la mirada el camino que me señala el dedo para, al final, entender.

Al ver mis pies, me doy cuenta que llevo puesto un zapato blanco y otro color caramelo. Fui a desayunar, caminé un largo trecho por Florida, paseé por la plaza de Mayo, entré a la Catedral, conversé con la gente; ¡llevando un zapato completamente diferente en modelo y color al otro!

-¡NO! No es intencional, Roberto. Hasta ahora, no me había dado cuenta que los zapatos eran diferentes. ¡Con razón un pie me duele más que el otro!

Ambos soltamos la carcajada y llamamos a Cristian que estaba entretenido en otro chiringuito. Roberto le dice:

-¿Qué le ves distinto?

Cristian comienza a mirar de arriba abajo, como queriendo descubrir qué me he comprado. Cuando llega a los pies, grita:

-¡COÑO! ¿Y eso? ¿Tu saliste así?

Los tres nos matamos de la risa.

Cristian y yo continuamos el paseo por el mercado y dejamos a Roberto, que aún sonríe al ver mis pies, con la promesa de volver por el bolso, si no consigo uno más barato.

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