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Una visita a El Prado

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Segunda entrega de “Viaje a España y París en 2006”

Martes, 7 de marzo de 2006
Bueno, pues siguiéndoles el cuento  de nuestra estada en los madrices les informó que hoy estuvimos desde la 1 de la tarde y hasta las ocho de la noche en el museo de El Prado. ¡Hay que ver que la cultura mama! Llegamos hechos un trapito de cocina pero con el espìritu y el alma repletos de cosas bellas. No les voy a contar las obras que vimos porque todo está en los libros y en internet, así es que, o se ponen a leer y navegar en la web, o se compran su billete y se arrancan pa´Madrid.
Ese museo es tan grande que a pesar de las horas que estuvimos allí hubo algunas cosas que no nos dio chance de ver, sin embargo, una de las obras que mas impresionó fue el Lavatorio de Pies de Tintoretto, sin menospreciar las otras, por supuesto (Las Meninas, las dos Majas, etc.) Pero el Lavatorio es sencillamente mágico. A medida que uno lo recorre de izquierda a derecha el cuadro cobra movimiento y uno ve asombrado como las imágenes se desplazan y los puntos focales y de atención de la obra varían.
Como se imaginarán en este momento tenemos un revoltijo en la cabeza de obras y autores que a medida que se vaya calmando la impresion podremos asimilar mejor. Lo que sí es seguro es que la experiencia es maravillosa y que definitivamente no es lo mismo ver las reproducciones de las obras que tener la posibilidad de observarlas de cerquita y descubrir un monton de detalles que no se aprecian en las copias.
Hasta aquí el cuentito de hoy, de ayer no les digo nada porque lo que hicimos fue pasear por la puerta del sol y buscar algunos encargos que teniamos. Besos a todos…
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Memento Luis Brito, entre patas de cochino y fotografías

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Este texto tengo tiempo escribiéndolo mentalmente y, cuando digo tiempo, me refiero a meses, tal vez años. Lo escribo mientras camino en La Vereda del Lago, durante los 45 minutos que dura una sesión en la escaladora del gimnasio, mientras voy a pie al banco o al supermercado. Cuando creo que ya lo tengo listo, me asaltan los temores, lo desarmo, lo aparco a un lado y por unos cuantos días me olvido de él hasta que cualquier evento, una notificación en facebook, una foto suya en prensa, una mirada a las paredes de mi casa antes de salir en la mañana, me lo vuelve a traer a mi mente. Ha terminado por ser como una obsesión que solo podré exorcizarla sentándome al computador y tecleando desde lo más hondo de mis sentimientos.

Los temores que me invaden son de diversa índole. Temo que mis líneas no estén a la altura del talento del artista que quiero retratar, que no le hagan justicia al fabuloso ser humano del que voy a hablar, que termine por ser un texto incoherente en el que, a medio camino, se atraviese la imagen de unas orejas y paticas de cochino tostadas y con pelos, o salte como un conejo de una chistera una morcilla de Río Caribe o se estrelle contra la página en blanco una arepa con chorizo carupanero, porque cuando se trata de él, esas cosas, no solo pueden pasar, sino que hay que tener la seguridad de que pasarán.

Pero, sobre todo, me da temor que mis palabras no terminen de expresar el cariño y la admiración que me inspira el personaje y que no se correspondan con la, más que amistad, hermandad que siento por Luis Brito, con una sola “T”. El fotógrafo, el Premio Nacional de Fotografía, el más “nalgasprontas” de todos los “nalgasprontas” que conformamos la cofradía, el que es capaz de arrancarnos una carcajada con su arte o con una imagen darnos una trompada que de un solo sopetón nos devuelve los pies a la tierra. El querido “Gusano”.

Lo que me impulsó a, de una buena vez sentarme a escribir, contra todo riesgo, aún cuando todo el texto termine por ser algo ininteligible, incoherente, sorpresivo e impredecible como es el Gusano, fue una invitación que me llegó al facebook para una exposición en Florida, Estados Unidos, llamada “Memento” en la que se exhibirían fotografías de Luis.

Al ver la palabra Memento impresa en la tarjeta junto al nombre de Luis Brito, recordé que así se denomina el momento de las misas en los que el cura eleva una oración por los difuntos y pensé: “No quisiera que mi texto sea un Memento”.

Quiero que el Gusano pueda leer mis palabras y emocionarse con ellas para alegrarse o para rabiar. No quiero que él se muera sin saber el profundo cariño y la gran admiración que le tengo  o, lo que es más probable, que me muera yo sin haberlo puesto en letras, tomando en cuenta que él parece ser una especie de Chuck Norris, invencible. Ha sobrevivido a todos los monstruos que su permanencia por muchos años en los cuartos obscuros, húmedos e impregnados de químicos tóxicos de fotografía han sembrado en sus pulmones y vías respiratorias. Ha aprendido a vivir y doblegar la diabetes que su angustia existencial y su manera frenética de vivir la vida le han producido. Es tan Chuck Norris que, en una oportunidad, cuando estaba todo listo para operarlo, su cuerpo hizo un by pass natural y se salvó de entrar al quirófano.

Si alguna palabra le calza al personaje es “frenético”. Su vida es un constante frenesí. De allí que en oportunidades uno tenga que hacer esfuerzos para entender lo que está diciendo, para captar lo que quiere decir, porque a veces parece arrancar a hablar desde ninguna parte y dar la impresión de que no nos llevará con la conversación a ningún sitio. Entonces uno tiene que hilar fino, recomponer los hechos y ver como todo, como por arte de magia, comienza a cobrar sentido.

Hace ya más de 15 años, Mercedes Vázquez, que termina por ser una maga en la vida de cualquier persona que se le acerca, nos presentó. No preciso muy bien si fue cuando trabajábamos para la campaña de Lolita Aniyar de Castro a la Gobernación del Zulia, creo que fue para entonces y, luego, hicimos juntos el trabajo de la campaña de La Agenda Venezuela. Yo tenía a mi cargo la producción y Luis Brito, como es de suponerse,  la fotografía.

Ya no recuerdo si el primer encuentro fue en la agencia o en casa de Mercedes, tampoco tiene importancia ahora. Lo conocí y pensé: “¿Este gordito, saporrito, barbudo, con gafas redondas y con cara de loco va a ser el fotógrafo con el que trabajaremos y, encima, es Premio Nacional? Creo que esto va a ser toda una experiencia”.

Efectivamente, fue una experiencia y ha continuado siendo una experiencia que se prolonga a lo largo de los años y a pesar de las distancias.

Un día llamó y dijo:

-Voy a Maracaibo a dictar un taller y los quiero ver.

A los pocos días, se apareció en la casa con un sobre gris de cartón grueso satinado,  de medio pliego de tamaño y, sin darle mucha importancia, lo extendió y me lo dio. Lo abrí y resultó ser una hermosa foto en blanco y negro. Un primer plano de las manos de un hombre a sus espaldas sobre un saco de tela gruesa, con las uñas cortas como carcomidas y renegridas. Me parecieron las manos de un hombre trabajador, de campo, como las que había tenido oportunidad de ver muchas veces a los campesinos del páramo merideño, sembradores de papas. Sólo que esta había sido tomada en Italia unos cuantos años atrás, probablemente a algún paseante en la calle. Con un marco negro, pasó a engalanar la pared del comedor de mi casa.

Esa noche decidió dormir en el sofá-cama de la sala, como lo ha hecho en muchas oportunidades en las que prefiere la incomodidad del mueble a la soledad de un hotel. En otra oportunidad, llegó con unos ángeles y luego con unas flores y, para un cumpleaños, me sorprendieron él y Mercedes regalándome una fabulosa foto de un primer plano de unos caballos que parecen sonreír y burlarse de quien los contempla. Desde que vi esa foto la quería y también, hoy, ocupa un lugar especial en mi casa.

Luis tiene una capacidad especial para, con sus fotografías, mostrarnos el mundo, su mundo. Esa mirada un poco extraviada que vemos a veces en su rostro, como de quien está al borde de la locura pero a quien su excesiva lucidez no le permite dar el paso hacia el abismo, logra captar con su lente la realidad, la reinterpreta, la encuadra, la llena de luz y sombra, de contrastes, y nos la enseña con toda la crudeza, la belleza y la fuerza de su arte.

Como fotógrafo tiene la habilidad de fotografiar las cosas más feas, las más terribles, las más dramáticas y convertirlas en hermosas imágenes. Allí su arte. En una foto nos puede mostrar lo mejor y lo peor de un país, lo terrible, lo triste. Lo muestra todo con virtuosismo y así, una hermosa imagen, termina siendo una grave denuncia, muestra una verdad que, con guante de seda, nos da un puñetazo y nos dice “¡Epa, reacciona, que esto está pasando en tus narices y no lo ves!”. Su ojo no es ajeno al dolor pero su arte tiene la capacidad de mostrárnoslo sin ofender, sin escandalizar, sin convertirlo en show o en espectáculo  de  coliseo.

Lo mismo sucede cuando fotografía cosas bellas, como una flor, un rostro de niño o el de un anciano surcado de arrugas, cuando retrata a los seres que ama, a los ángeles. La belleza del objeto se repotencia, la carga de dramatismo hace que nos conmueva hasta los tuétanos y que se nos paralice el aliento. Su serie de zapatos o de imágenes de Semana Santa en Sevilla quedan en la retina del espectador por siempre. A veces, hace del drama una ironía, un guiño, un juego y logra sacarnos una sonrisa en silencio.

Pero ya me estoy yendo de mi objetivo pues no es de su fotografía que quiero hablar, que ya para eso habrá gente más conocedora del tema que yo que lo hace y que lo hará pues, su creación permanecerá por muchos años, mucho tiempo después, cuando él y yo tengamos tiempo de habernos ido de estos lares, habrá estudiosos que se dedicarán a analizar y a investigar su obra.

Yo quiero hablar del Gusano. De ese amigo que un día me llevó a su casa, sacó un montón de contactos de un sobre y los puso sobre una mesa junto a otro lote de pequeñas fotos que se encontraban esparcidas y me dijo temeroso, angustiado, frenético, con esa inseguridad que siempre que está por realizar un trabajo lo embarga y que no logra disimular hasta que ya el trabajo está en la calle, ante la gente y se da cuenta que es mucho más grande e impactante de lo que él podía prever:

-Mira lo que estoy haciendo. Son las muñecas de Reverón. Son para una exposición que haremos con ellas en tamaño monumental pero no sé si sean unas imágenes muy grotescas…

Yo no daba crédito a lo que veía. Las pequeñas imágenes parecían contar historias. Las muñecas de trapo que podrían parecer ante los ojos de cualquier persona como un amasijo de trapos viejos, remendados y asquerosos cobraban vida ante el fondo negro y con la magia de la visión y el visor de Brito, parecían levitar. Me miraban y era como si me quisieran seducir. Exhibían sin pudor sus cicatrices, las manchas que el tiempo y el manoseo del pintor de la luz les había impreso. Las marcas las mostraban como trofeos de caza, como medallas de guerras. Coqueteaban conmigo como queriendo decir “Confieso que he vivido”, he sido bella, he sido amada, y estas manchas y cicatrices son la prueba de que ha sido así y sólo me hacen más bella, atractiva e interesante a mi edad. Era como si una muerte seductora coqueteara conmigo. No pude evitar compararlas con algunas ancianas de labios pintados, mejillas sonrosadas de colorete y ojos maquillados que había visto en diversas oportunidades, entaconadas, caminando por la calle.  En otras tomas, la muñecas parecían jugar entre ellas sin importarles que un ojo impertinente las estuviera observando, indiferentes ante quienes las criticaban. Conversaban entre ellas y, de vez en cuando, de reojo, me miraban sonreídas y maliciosas.

Poco tiempo después, el Gusano me envió el catálogo de la exposición autografiado. Al día de hoy sigo lamentando que esas fotografías sólo hayan sido expuestas en Caracas y fuera de Venezuela. Por más que traté de que alguien se interesara por traerlas a Maracaibo, aún no ha sido posible. En esa búsqueda de que trajeran la exposición, hasta mi catálogo lo perdí. No sé a manos de quien fue a parar.

Cuando contemplé las fotos de las muñecas de Reverón, recordé un cortometraje en blanco y negro que vi años antes, a la entrada del Ateneo de Caracas, en el que aparecía un señor de barba larga y ropas raídas rodeado de un montón de perros y que, tiempo después, supe que era una realización de Luis Brito, el mismo Gusano. Ese personaje de la película, no sé porqué, desde que lo vi la primera vez me recordó al pintor de Macuto. Tal vez por ese halo de locura que los cubre a los dos, esa locura que a Brito parece asustar y atraer al mismo tiempo.

El gusano es un personaje que no deja nunca de sorprender. Conoce a todo el mundo y a todos los trata igual, vengan del estrato social que vengan. Se codea de tu a tu con pobres y con ricos. Por su lente han pasado artistas, intelectuales, políticos al igual que gente de barrios, de pueblos. A todos les da el mismo trato digno tanto en lo personal como en las imágenes que capta y siempre parece preferir la simplicidad y la humildad antes que la opulencia y las riquezas.

En una oportunidad, estando por las calles del centro de Caracas, me dijo “Vamos a comer aquí”. Yo pensaba “este sí que está loco, pero si aquí no se ve nada”. Resultó ser el club chino, una casa cerca de Bárcenas que no tenía pinta de restauran y que contaba con el mejor menú de comida china que uno pueda imaginar. Platos que no se ven en la mayoría de los restaurantes chinos y que el Gusano parecía manejar a la perfección. Es que, como buen gordito y viajado, otra de sus virtudes es el paladar. Esa fue la comida china más rica y diferente que he probado en mi vida. Como lo fue la árabe que me comí en en un restauran de una calle de Catia a donde me llevó también Luis, en Metro, con la promesa de que sería una comida deliciosa y cumplió.

El es experto en huecos y tarantines que casi nadie conoce y donde se consiguen platos exquisitos, aunque la decoración de los lugares no sea precisamente de lujo. Una vez, saliendo de su apartamento en el centro de Caracas, empezó a caminar rápido. Cruzaba en una esquina, luego en otra, yo trataba de seguirlo entre el tráfico y la gente. Llegamos a un edificio, subimos unas escaleras y mientras ascendíamos me dijo, “aquí vamos a almorzar”.

Yo no entendía nada, pensaba “este está como una cabra. Me trae a comer a casa de alguien sin siquiera llamar antes”. Resultó ser un sitio donde hacían almuerzos tipo ejecutivo, de esos que por un precio único uno tiene derecho a primer plato, segundo, postre y jugo. Todo exquisito y a precios más que solidarios.

Es que andar con él es así y no se piden muchas explicaciones porque, si las llega a dar, no las entenderemos. Por eso ya no me sorprende cuando, de repente, suena el teléfono y oigo que al otro lado de la línea me dicen:

-¿Golcar Margarito, cómo estás tú?

-Gusanito, bien ¿y vos?

-Esos pendejos, que no sé qué es lo que piensan. Censuraron la foto. Necesito que me consigas fotos e informaciones de la señora de Machiques y de los soldados de Fuerte Mara.

-Gusano, ¿qué foto te censuraron y de qué señora de Machiques me estás hablando?

-Los bolsas esos. Que como que no entienden… La señora que mataron en Machiques, Evangelina. Es que estoy haciendo una vaina y la necesito… y la de los soldados quemados… ¿Cómo están todos, por allá? Yo estoy medio “chacueco”…

“Chacueco” palabra característica de su léxico para referirse a lo que está echao a perder, en mala forma o condición, enfermo o dolorido y que ya sus amigos hemos aprendido a definir en el contexto.

Esa es una conversación típica con Luis por teléfono. Entonces uno va al facebook, habla con los amigos, comienza a reconstruir la conversación y se da cuenta que todo cobra sentido. El ha dado por sentado que uno está al tanto de todo y que ha entendido lo que ha querido decir cuando, en realidad, uno está en la luna, hasta que descubre que el cuento de la foto censurada no tiene nada que ver con la de historia de Evangelina Carrizo y la de los soldados. Son dos historias diferentes que, evidentemente, lo tienen trabajando frenéticamente al mismo tiempo y supone que uno lo sabe.

Salgo, trato de conseguir lo pedido y se lo hago llegar. Al los días descubro que es para algo que está haciendo relacionado con la otra pasión que lo atormenta y lo hace vivir tan frenéticamente como la fotografía, el cine, la música y la comida. La política.

Su sensibilidad de artista y el sentido de lo social lo han hecho que viva la política de manera intensa. Fue su afán por lograr que las cosas cambiaran en el país y que la pobreza y la corrupción fueran abatidas el que lo llevó, como a muchos venezolanos, a apoyar a Chávez en un primer momento, cuando creyó, como la mayoría, en el discurso de cambio, esperanza, justicia e igualdad que el protagonista del golpe del 4 de febrero encarnaba. Y creo que fue uno de los primeros en darse cuenta de que lo que decía el teniente coronel no tenía nada que ver con lo que practicaba, haciendo que, desilusionado, se apartara muy pronto del proyecto.

A veces, cuando lo veo, con el el frenesí que lo caracteriza, volcado a lograr que Chávez salga del poder, no puedo evitar pensar que siente una profunda culpa por su apoyo original, culpa que otros que fueron más decisivos al momento de que se entronizara el golpista en el poder no parecen sentir, pero que lo hacen actuar como si su voto hubiera sido el único responsable. El es así. Apasionado, frenético y entregado.

Así es el Gusano, el amigo, el pana que se prodiga con sus panas, el que de repente llama y dice: “Golcar Rosendo, ¿cómo estás tú?” Solo para saber de uno y para decirle a uno que lo quiere. El que ha sido capaz de pararse a las 4 de la mañana en varias (muchas) oportunidades únicamente para hacerle un favor a sus amigos, sin quejarse, sin poner peros, sin siquiera recordarlo después. Luis Brito es así, capaz de esos gestos de amor y por eso yo no quería dejar de escribir estas líneas, aunque se me atraviesen las orejas de cochino y las morcillas de Río Caribe en el trayecto.

Unas pocas líneas solo para decirte que te quiero Gusano.

Todas las fotos de este post las tomé del facebook de Luis Brito.

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MORENTE, LOS BEATLES, LUIS BRITO: Recuerdas a Eleonor Rigby…?

Las flores que trajo Luis Brito

XII Velada de Santa Lucía ¿Llegó la hora de revisión?

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Sentimientos encontrados me dejó la XII Velada de Santa Lucía en Maracaibo. Una sensación de decepción y alegría se mezclaban en mi mientras hacía el recorrido por la casas de la calle 2 de la popular y tradicional barriada, moradas de maracuchos que como cada año, desde hace 12, se convierten en galerías de arte durante un fin de semana.

La decepción me la produjo la poca originalidad de la mayoría de los trabajos presentados, así como la escasez de obras y artistas que, me pareció, había en comparación con años anteriores. Fue como si la creatividad, originalidad y producción de la muestra hubiera decaído de manera directamente proporcional al aumento y proliferación de ventas de comidas, “artesanías”, bisuterías y bebidas alcohólicas.

Yo soy de los que defiende la presencia de estos puestos de ventas en la Velada porque me parece que son una manera de que la gente que vive en Santa Lucía pueda recibir una recompensa por las posibles molestias que les pueda generar la celebración todos los años del evento y más porque, como es evidente, la barriada es habitada en su mayoría por personas de escasos recursos económicos que ven en la Velada una oportunidad de que entre a sus hogares un dinero extra que nunca estaría de más.

Pero la proliferación de stands de ventas debe ser controlada y regulada para que la Velada no termine convertida en un mercadillo callejero más que en un lugar de encuentro con el arte y los artistas. Especialmente debe ser controlada la venta de bebidas alcohólicas pues, de seguir así, la actividad degenerará en un templete plagado de borrachos con las consecuencias que esto puede traer en una aglomeración de cientos de personas.

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La Velada de Santa Lucía se ha convertido con el paso de los años en una actividad donde la gente va a ver y dejarse ver. Cada año que asisto, noto que la concurrencia es más abundante lo cual puede ser muy bueno, porque el evento se masifica y llega a más cantidad de personas. O muy malo, porque empieza a perder su sentido original de evento underground y alternativo para terminar siendo un acto meramente comercial. Estas son variables que tendrán que tener muy en cuenta sus organizadores para futuras ediciones si no quieren arriesgar la calidad por la cantidad.

La alegría me la produjo el encuentro con amigos. El compartir con gente a la que prácticamente veo una vez al año, durante la cita obligada de la Velada. Además, fue grato conseguir y compartir con la empedraeña Ivette Franchi, la chef de la zulianidad, la de los platos callejeros, quien celebró su cumpleaños en pleno bulevar del arte invitando a todos los presentes a degustar su exquisito hervido de res, realizado por su tropa, sin químicos, a la leña y completamente desgrasado. Una verdadera delicia al paladar y reponedora de energías.

La fiesta del arte en Santa Lucía sigue manteniendo su encanto. La magia que produce ver las viviendas convertidas en salas de arte sin dejar de tener su esencia de morada de seres humanos sigue produciéndome una especie de sorpresa que invade todos los sentidos. La vista se llena del arte, así como de la vida cotidiana de los moradores. El oído registra la algarabía de los asistentes y el trasteo propio de las viviendas. El olfato se sorprende con el olor de la gente, de los fogones, de las comidas y la piel se sorprende con el calor característico del clima de la ciudad y el emanado del cariño y la agradable atención de los propietarios de las casas.

Pero la magia no acaba en las casas. Al salir de una vivienda para ir a otra, uno puede ser sorprendido por un mimo, por danza, por comediantes y teatreros, por músicos que le dan esa connotación de evento multidisciplinario, variado,  y entretenido que combina agradablemente las artes plásticas, con las escénicas y las multimedia.

La connotación que toman las obras de artes al ser sacadas de las frías paredes de un museo para exhibirlas en las salas y habitaciones de las viviendas de Santa Lucía o en sus paredes externas en fachadas y azoteas,  nunca dejará de sorprenderme. Es como una forma de desacralizar el arte y acercarlo a la gente. Es vivir con y dentro del arte, aunque sólo sea por dos días.  Es toda una experiencia que espero se mantenga por muchos años con las debidas correcciones y consideraciones que tendrán que tomar y asumir para que el evento no  pierda su esencia. A lo mejor, luego de doce ediciones de la Velada de Santa Lucía, se hace necesaria una revisión de los objetivos que se persiguen para encausarla, una vez más, por sus orígenes.

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X Velada de Santa Lucía. Toda la calle 2 para el arte

Ecos de La Velada de Santa Lucía. La Posición de Silencio

XI VELADA DE SANTA LUCIA

La XI Velada de Santa Lucía en el lente de Fernando Bracho

Final del viaje: Houston

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Cuando escuchaba a la gente que me decía que en Houston todo queda lejos y que allí prácticamente no se puede vivir sin carro pues el transporte público es casí inexistente, no les creía. Siempre pensé que eran exageraciones y que esa ciudad se podría conocer a punta de autobuses y metro como New York, Boston o Chicago.

El equivocado era yo. Efecctivamente, de no haber sido por la amable disposición de Alidana, la hermana de Cristian, y su esposo Carlos, que se encargaron de llevarnos y traernos a todos lados, no habríamos podido conocer la ciudad. Claro, si ellos no vivieran en Houston junto con sus hijos Andrés y Franciso, seguramente, no nos habría interesado ir a conocerlo tampoco.

Aún hoy, luego de haber pasado casi dos semanas en Texas, no deja de asombrarme la cantidad de horas que la gente pasa diariamente montada en un carro y rodando por las interminables autopistas. Una ida rápida al supermercado puede significar un viaje de 30 minutos de ida y 30 de regreso, o mas, y nada de ir al abasto de la esquina a comprar pan y leche. Eso no existe en Houston. Lo que sí hay son grandes centros comerciales, todos similares y con casi las mismas cadenas de negocios distribuidos a lo largo de las autopistas. Cuando uno transita por las intrincadas vías, por momentos, pareciera que está recorriendo un tramo varias veces pues el mismo aviso de Wal-mart, Fiesta o H&B, por nombrar sólo algunos, aparece una y otra vez y solo cuando ya nos hemos mas o menos acostumbrado a la ciudad se aprende a diferenciar las distintas zonas.

Houston es un lugar de autopistas, centros comerciales, franquicias, cadenas de tiendas y de restaurantes, donde por cierto la comida es tan abundante que uno entiende porqué Texas es el estado con el índice más alto de obesidad de los Estados Unidos, pero con un poco de curiosidad y la ayuda de buenos consejos se consiguen algunos sitios interesantes para visitar tanto en Houston como en otras zonas del estado que le quedan relativamente cerca.

Las visitas al zoológico y al parque Hermann, aunque la época del año no es la mejor pues el otoño en Texas parece pasar del verde al marrón quemado sin pasar por la hermosa variedad de colores que ofrecen otras regiones, se disfrutan a cabalidad, así como un tranquilo paseo por el acogedor jardín japonés, que en primavera debe ser un espectáculo de color, como debe serlo también el jardín botánico, ubicado en el mismo Hermann’s Park, al final de las verdes canchas de golf, donde nos soprendió encontrar un busto del Libertador Simón Bolívar engalanando el lugar junto a otros importantes personajes históricos de relevancia mundial. En esa misma zona se puede realizar un  interesante paseo por el Museo de Ciencias Naturales.

El museo de Bellas Artes, a pesar de ser de reciente creación, cuenta con una grande y completa colección de obras del arte universal, con salones dedicados al arte egipcio y aborigen latinoamericano junto a pinturas y esculturas de los grandes e inmortales maestros de la historia del arte. Si van, no dejen de contemplar la sala creada hace un año por un artista asiático en cuyas paredes se imprimieron imágenes surgidas a partir de hacer explotar pólvora sobre paneles de tela y observen el video de siete minutos de duración en el que muestran todo el proceso, desde el inicio con los bocetos del dibujo hasta obtener el resultado final para cubrir todos los muros de la sala. Fascinante.

Allí, en pleno centro de Houston, hay un lugar que es como un oasis en medio del desierto de concreto de la ciudad, un remanso cargado de energía y destinado al arte y la espiritualidad: el circuito de “De Menil”. Varias cuadras inmersas en abundante verdor entre las cuales se encuentran las edificaciones que acogen la “De Menil Collection”, un museo en el que se exhiben las piezas de arte que el matrimonio de origen francés, De Menil , reunió durante su vida juntos, que incluye obras de arte y objetos de culturas africanas y latinoamericanas que datan de los primeros años antes de la era cristiana y de los primeros después de Cristo, hasta nuestros días.

Según uno de los guardianes de sala, cerca de un 95 por ciento de las piezas exhibidas pertenecieron a la colección privada de los De Menil y gracias a la tenacidad de Dominique, la “mariposa de hierro” como le decían, se convirtió en un museo abierto al público gratuitamente, luego de varios años de discusiones entre los miembros herederos tras la muerte del patriarca De Menil .
Otra chica, cuidadora de sala, nos comentó que a Dominique le decía “the iron butterfly” por su fragilidad física en contraposición a su fuerte temperamento y tenacidad. Su carácter fuerte fue el que la llevó a buscar su propio espacio en la ciudad para desarrollar sus proyectos de arte y espiritualidad, luego de tener sendos desencuentros con sus compañeros cofundadores de los departamentos de arte de dos importantes universidades de la ciudad.

Fue ella quien consiguió los terrenos sobre los cuales se erige la sede de “De Menil Collection” y ella quien logró que sus amigos aportaran un millón de dólares cada uno para materializar su proyecto.

Junto con el museo, en la misma zona, se levantó la Capilla Rothko, un espacio dedicado a la espiritualidad, diseñado en un octágono cuyas paredes se encuentran recubiertas por grandes paneles diseñados por Rothko y en cuyo interior no se encuentran imágenes religiosas de ningún tipo.

Al entrar al recinto, en un pequeño mueble, se ubican los libros sagrados de múltiples religiones, como indicativo de que el lugar pueder ser disfrutado y utilizado para la meditación y contemplación por cualquier persona y de cualquier creencia. Es una obra de arte moderno religioso que ha sido comparada en importancia con la Capilla del Rosario de Henri Matisse  y la Capilla de Ronchamp de Le Corbusier, ambas en en Francia.

En otra área del circuito, se levantó la Capilla del Fresco Bizantino, una edificación cuyas paredes internas fueron construidas con gruesos paneles de vidrio blanquesino sobre un fondo negro que hace que parezca que todo el sitio se encuentra flotando.

Allí se emplazaron unos frescos bizantinos del Siglo XIII rescatados de una capilla votiva en Chipre luego de que fueran cortados en 38 pedazos para ser vendidos por separado para el lucro de algunos. Estos frescos correspondían a la cúpula y al ábside de la iglesia y  fueron llevados a Houston, restaurados y ubicados en la acogedora edificación diseñada por el arquitecto François De Menil, específicamente para tal fin con el objetivo de conservarlos para la posteridad.

En la actualidad, los frescos están siendo negociados con la república de Chipre que los reclamó para sí basados en la cláusula del contrato que estipulaba, cuando las pinturas fueron llevadas a Houston, que esos frescos siempre serían propiedad de Chipre. Por ahora, permanecen en Houston, en la Capilla del Fresco Bizantino para el disfrute de forma gratuita de todos los interesados.

Frente a la sede de la colección De Menil , hay una pequeña galería dedicada a C Y Twombly, con monumentales obras del artista plástico fallecido hace un año cuando contaba más de 80, y que expone de manera permanente una muestra retrospectiva del artista. La edificación fue diseñada por el arquitecto Renzo Piano siguiendo los bocetos originales del propio Twombly. El doble techo de la galería está cubierto en su interior con grandes paños de tela de algodón blanco que bañan de colorida y cambiante luz el lugar, de acuerdo a los movimientos del sol. Según la guarda sala, Twombling está enterrado en Roma pero su espíritu permanece y descansa en su galeria.

Un día de los dedicados a Texas, nos levantamos temprano y aprovechando que Carlos tenía ese viernes libre, agarramos el carro y arrancamos rumbo a San Antonio. Al llegar recorrimos el Down town, pasamos por El Alamo lamentando no poder entrar pues había cerrado un poco antes, caminamos la ciudad un buen rato, luego paseamos por el Riverwalk un rico paseo por la orilla del río en cuyas riberas se ha desarrollado un amplio y atractivo centro turístico con gastronomía tex-mex. Allí comimos unas interminables fajitas de pollo y carne con tortillas y nachos y bebimos unas sabrosas margaritas que ya no podían crecer más. Caminamos un poco más y nos fuimos a buscar hotel para pasar la noche pues al día siguiente teníamos planeado ir a Sea World.

El sábado desde eso de las diez y hasta más allá de las 8 y picote de la noche lo pasamos disfrutando de las diferentes atracciones que ofrece el parque. Por insistencia de mis acompañantes que querían divertirse a costa mía accedi a pasar unos minutos de terror subiendo a una de las montañas rusas. Era la más bajita y corta, pero juro que si dura 2 segundos más me lanzo al vació. !Dios, maldije hasta en chino y griego!
Vimos el show de los leones marinos y la morza, el de las las ballenas que lo disfrutamos por partida doble, durante el día y el especial de Halloween que se inauguraba esa noche, pasamos susto en el paseo del horror de Halloween. Un fin de semana rico y diferente.

Al llegar al Sea World se nos acercó una mexicana a ofrecer venderle su pase a Alidana por 40 dólares, o sea, 20 menos que lo que costaría por taquilla. Era un pase especial de un abono anual que le otorgan a las personas con capacidades especiales, como la hija de la señora tiene Síndrome de Down, pagan una anualidad de unos cuantos dólares y tiene derecho a entrar al parque con sus padres cuantas veces quiera. Inmediatamente captamos que la excusa de que vendía el pase para no aguantar más sol era la mampara de un negocio que le rinde sus buenos dividendos a costa de la condición de su hija.
La experiencia del Sea World me encantó aunque no es algo que repetiría pues me parece que una vez visto, ya no habrá mayor novedad que ver, a menos que a uno le gusten esas aventuras de gigantescas montañas rusas que para nada entran en mis predilecciones.

Pero donde sí volvería ir con gusto y mejor si es en verano es a Galveston, una isla en el Golfo de México devastada  hace poco por un temporal pero que han recuperado y se encuentra a poco más de una hora de camino de Houston, pasando por la zona de la NASA. Es un lugar a medio camino entre un viejo pueblo y una pequeña ciudad con una playa infinita de arenas tan suaves que parecen talco. Su arquitectura recuerda mucho la de las ciudades portuarias europeas y la de las islas de las antillas holandesas y su malecón invita a quedarse para contemplar el atardecer y bañarse en las movidas aguas.
El último paseo que hicimos fue el sábado víspera de nuestro regreso a Venezuela, un viaje a Plantersville, a hora y media de Houston, para disfrutar de la apertura del Festival del Renacimiento. Allí llegamos invitados por Ana Brito, una vieja y querida amiga de mis tiempos en Caracas, que ya va para 20 años en Houston y a quien tenía como 15 sin ver.

Para llegar a las 9 y veinte de la mañana como lo hicimos, tuvimos que madrugar, cosa que no es mucho de mi agrado pero que, definitivamente, valió la pena. El festival es como un parque temático pero temporal, se realiza por unos cuantos fines de semana al año en una extensa zona plena de árboles y abundante vegetación. Allí, en medio de ese pequeño bosque, se dispone una serie de stands con diseños arquitéctónicos inspirados en el renacimiento europeo, en los cuales venden comida, ropas, muebles, objetos de decoración, bisutería y artesanías de todo tipo. Los dependientes de los establecimientos están ataviados con indumentarias de época y tratan a todo el mundo de Milord y Milady.

Hay toda una gran área destinada a divertir a los más pequeños con carruseles manejados con la tracción animal de llamas, pequeñas vacas y mulas sobre los que se montan a horcajadas los niños para dar vueltas alrededor del poste. También hay gigantescos columpios en los que cabe la familia completa y otros en forma de cajón de madera pintados y decorados con flores y que se mueven halando de unas cuerdas que cuelgan de la parte superior.

En otra área se ubican los juegos de puntería, tiro con arco y flecha, lanzar tomates a un esclavo malportado o tirar unas bolas contra un panel de lona para, si se acierta el centro, lanzar al agua a una malhablada prostituta.

La gente llega disfrazada al lugar con atuendos de época y quienes llegan sin traje y quieren ponerse a tono los pueden alquilar en la entrada. Las horas en el Festival del renacimiento pasaron volando, cuando nos percatamos, al terminar la pelea en La Arena entre los caballeros montados a caballo representantes de Inglaterra, España, Francia y Alemania, ya eran las tres y media de la tarde y debíamos regresar a Houston para pasar por el supermercado a comprar los ingredientes para una fideuá que les haría de despedida a los amigos que tan cariñosamente nos recibieron. La fideuá quedó muy sabrosa y la conversa se extendió hasta pasadas las 10 pm, luego, una vez más, el proceso de hacer maletas, embutir las cosas en las valijas para que cupieran y pesar para que ninguna excediera los 23 kilos estipulados por la línea aérea. El regreso fue puntual, en el avión, que venía a tope, se escuchaba a la gente hablar de su experiencia en USA y sus comparaciones entre lo que vivieron y vieron en el “imperio” y lo que les esperaba en Venezuela. No faltaban quienes lamentaban no tener papeles para poder quedarse tranquilamente a vivir en EEUU sin tener que sufrir la delincuencia y la escasez que padecemos en Venezuela.

Al no más pisar tierra tuvimos dos experiencias que nos confirmaron sin ninguna duda que estábamos entrando a la Venezuela revolucionaria y socialista del Siglo XXI.

Cuando estabamos aún en la línea para sellar la entrada de inmigración, estaba que me orinaba y se me ocurrió pararme a hacer cola para entrar al baño con capacidad para una persona a la vez, cuando salió el señor que estaba adentro nos informó que el lugar estaba insoportablemente asqueroso y no había agua. No pude evitar recordar que en los aeropuertos que visité en USA,  los baños tienen dispositivos sensoriales que, sin tener que tocar las cosas dispensan el jabón, el papel, el agua y el de Chicago tiene hasta un sensor que despliega automáticamente un forro plástico que recubre el aro de la poceta.

Después, mientras esperábamos las maletas, en un pequeño descuido, desapareció como por arte del magia el carrito que habíamos agarrado para transportarlas, cuando lo comentamos en voz alta, una chica que escuchaba nos dijo:

-¡Bienvenidos a Venezuela!

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De visita por el Museo de Bellas Artes de Boston

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Adolfo Morales, barro, fuego, humo. Sensualidad.

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Adolfo Morales, “La Diáspora. La Noche”

Cuando observo objetos hechos de barro, no puedo dejar de
asombrarme de lo que el ser humano es capaz de lograr a partir de una masa
informe de arcilla con la sola ayuda del agua y el fuego. Veo platos, vasos,
tazas, objetos utilitarios en general así como adornos o verdaderas esculturas
hechos de cerámica o porcelana e inmediatamente la mente se vuelca a lo que
inicialmente no era más que un amasijo de barro y agua que fue cobrando forma y
vida en las manos de algún  acucioso creador.

Pero cuando lo que veo son las piezas creadas por Adolfo
Morales, el asombro se transforma en admiración porque lo que tengo frente a mis
ojos es la más genuina representación del arte del fuego. Entonces mi mente
divaga ante lo observado y veo al artista sentado en su torno, pateando la
rueda para hacer surgir de entre sus manos las maravillosas peonzas, los
imposibles plenilunios o esos amorosos y agradecidos ojos de luna que le
dedicara a su maestra. Es como presenciar una acto de magia, como asistir a la
realización de un milagro que se terminará de concretar cuando el fuego le dé
una consistencia dura y el humo producido por las virutas de madera que arden
los colmen de esas insospechadas tonalidades de grises y negros o de tonos
color de tierra, tonos ocres, rojizos, marrones que por la generosidad de la
madera que arde teñirán cada una de las piezas de una manera única y
particular.

Para Adolfo, el proceso de producción de sus piezas es
siempre una angustia, una batalla con la ansiedad, un desbocado deseo por asaltar el horno o escarbar las cenizas para descubrir cuál ha sido el resultado de su laborioso trabajo. Por eso, en los días en que arma la pira con el aserrín en el que se perderán sus piezas, una vez que todo está listo y la madera ha comenzado a arder, prefiere agarrar un carro o un autobús y alejarse lo más posible del lugar para sosegar un poco la inquietud que le produce la espera. Cuando ha pasado un tiempo prudencial, regresa para extraer de las brasas que aún queman, esas criaturas que nunca dejan de conmoverlo y asombrarlo al ver los colores que el humo ha sido capaz de  impregnar en ellas.

En las piezas que conformaron su exhibición “La diáspora. La noche”,  Adolfo Morales –a pesar de tantos años que tengo conociéndolo y de que en casa hay muchas de sus obras–, volvió a emocionarme como si fuera la primera vez que contemplaba su trabajo. Una vez más volví a sentir ante sus piezas esa pulsión que me incita a tocarlas, a mirarlas, a olerlas. Es que es infinito el gozo que el trabajo de Adolfo le proporciona a los sentidos, los ojos miran asombrados ese increíble brillo extraído del bruñido a punta de pulso y piedra sobre la ahumada pieza, las manos quieren recorrer la obra para sentir la tersura y suavidad que ese bruñido le ha otorgado y el olfato exige comprobar si el olor a humo y a madera aún permanece en lo contemplado. Recuerdo que cuando Javier Rondón –amigo y colega de Adolfo en el quehacer de las artes del fuego– le obsequió a Elba Escobar una pieza hecha por el ceramista, lo primero que hizo la actriz fue llevarse la obra a la nariz para percibir su olor.

Es que, si hay una palabra que para mí identifica la cerámica de Adolfo, es “sensualidad”. Sobre todo, en este tipo de trabajos cuya técnica se basa en la utilizada por las tradicionales loceras y en la que se estimulan los sentidos de la  vista, el tacto y el olfato tanto durante el proceso creativo como durante el instante contemplativo.

En “La diáspora. La noche”, además del gozo
contemplativo y sensual que producen las piezas, uno se consigue con una impresionante obra que, a manera de protesta y denuncia, nos habla del instante político que atraviesa actualmente Venezuela.

Con las cerca de 200 pequeñas arañas que conforman la instalación de “Las diásporas”, y que en estampida están abandonando sus nidos, Adolfo nos habla de ese dolor que desde hace algunos años viene atormentando a los ciudadanos de este país que han tenido que sufrir el desmembramiento de sus hogares. Familias que se separan, hijos y hermanos que emigran en busca de las oportunidades que en nuestro país parecen negarles. Esa instalación es un grito que denuncia a los cuatro vientos la fuga de cerebros también. Ese lamentable fenómeno al que nos ha conducido la forma como se viene manejando el país y que no sólo ha propiciado, sino en muchos casos obligado, a talentosos trabajadores, científicos, artistas, creadores de las artes y la ciencias en general a ausentarse del país para poder vislumbrar una manera que les permita desarrollar a plenitud sus capacidades en sitios donde se les reconozca su valor tanto económica como intelectualmente.

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Finalmente, cito las palabras que su entrañable amigo Javier Rondón escribiera para la invitación de “La diáspora. La noche”:

Adolfo Morales nos convoca nuevamente alrededor de sus
fábulas de fuego.

Con barro, con candela y con el oscuro aliento del humo,
Adolfo construye obras que parecen ser la narración de un viaje circular hacia
el centro de sí mismas. Pero yo sospecho que el camino es también inverso, una
pulsión hacia afuera; me parece que, a través de ellas, el callado artista
termina revelándose.

Alguien dirá que hay entre estas piezas un diálogo. Yo creo,
simplemente, que su conjunto no es otra cosa que una constelación.

Las piezas que se exhiben hoy pertenecen a tres series que
ocupan, de modo simultáneo, al autor: Plenilunios, Diásporas y Ojos de Luna
Llena para Alicia Benamú. No será difícil distinguir, al observarlas con
atención, cuáles de estas obras nos hablan de la noche, o de amigos que se van
o de un país que se disgrega; es seguro que podremos distinguir aquellas que
son un cálido homenaje a la amada maestra inagotable: historias contadas con
metáforas del vértigo, con el barro obediente, con la armonía del círculo

Reverón. La película.

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Nota del 10 de junio de 2011: La Película ganó los premios a:  Mejor Música, Mejor Fotografía, Mejor Dirección de Arte, Mejor Actriz de Reparto,  Mejor Actor, Mejor Dirección y el Premio del Público  en el VII Festival de Cine Venezolano en Mérida.

Cuando salí de ver la más reciente película de Diego Rísquez, “Reverón”, no pude evitar
preguntarme, una vez más, como siempre lo he hecho cuando me aproximo al pintor, si ¿fue Armando Reverón un loco que se hizo pasar por cuerdo o fue un cuerdo que se refugiaba en la locura para escapar al dolor y a la realidad hasta que la insania mental lo atrapó por completo?

Pensaba que en el caso de Armando, como en el de muchos grandes artistas, esta pregunta nunca podrá ser respondida con absoluta certeza, posiblemente una combinación de ambas situaciones unidas a una gran sensibilidad y exacerbada capacidad y necesidad de creación configuraron la excéntrica personalidad del “Loco de Macuto”, el pintor, muñequero, teatrero y teatral. El genio de la luz.

Pero, reflexionando sobre lo que acababa de ver, decidí que no tiene mayor importancia pontificar acerca de la locura de Reverón. Ese rasgo de su personalidad no pasa de ser un aspecto de su biografía. Lo que sí se hace imprescindible es recalcar su genialidad artística, rescatar la idea de que fue un genio de la pintura venezolana del siglo XX y darle el lugar que se merece en la historia de las artes plásticas, otorgarle el sitial que le corresponde en mundo del arte.

Entonces, pensé que es mucho lo que en Venezuela le tendremos que agradecer a Diego Rísquez en esa labor de otorgarle a Reverón el puesto que se merece en la historia porque su película hace que reencontremos al genio del pintor, nos absorbe desde el principio para adentrarnos en los vericuetos de su creación y llegar a perdernos en los laberintos esquizoides del Reverón pintor, actor, muñequero y amante.

Pareciera que en la producción cinematográfica se logró permear la energía del Pintor, su espíritu parece haberse materializado a lo largo de los 90 minutos del film. Así encontramos que Reverón está presente en la pictórica y excelente fotografía de Cesary Jaworsky, que logra plasmar en la pantalla imágenes que parecieran hechas por el propio obseso de la luz, con unos sutiles efectos que nos muestran la luz del trópico tal y cómo la debió haber experimentado el propio artista.

La banda sonora de “Reverón”, original de Alejandro Blanco Uribe es, sin lugar a dudas, una de las mejores que he escuchado en el cine venezolano. La música es un personaje más y sus vibrantes y rítmicos acordes junto a sus dulces letras nos acompañan desde las primeras escenas de un film que, con poco diálogo pero con excelentes imágenes, actuaciones y música, nos cuenta una hermosa historia de amor y nos muestra a un genio en todo su esplendor creativo, con sus obsesiones, su onanismo, su pasión, su calistenia ejecutada antes de enfrentar el lienzo y esa divertida y lúdica manera que tenía Reverón para aproximarse al otro, a lo desconocido, a lo que  le podría producir algún temor y que disipaba con juegos teatrales.

La dirección de arte,  a cargo del propio Rísquez, no admite otro adjetivo que no sea el de “perfecta”. Resulta increíble poder ver en la pantalla El Castillete de Reverón cuando sabemos que desde el deslave de Vargas, en diciembre de 1999, está, junto a los objetos que allí había, ahogado bajo las piedras y el lodo que arrastró la fuerte vaguada, sin que a alguna autoridad parezca importarle ni hayan mostrado el más mínimo interés en reconstruir la memoria histórica de uno de los más importante pintores de nuestro país. El museo Reverón quedó convertido en escombros sin que al parecer le conmueva a alguien.

En la película están la pajarera, el cinturón, los pinceles, los lienzos, el teléfono, las muñecas: Serafina, Niza y Graciela, Pancho, el mono que anunciaba las visitas con el sonido de la campanilla, las máscaras, los vestuarios, los animales, en fin, todos los objetos y seres que conformaban el mundo más íntimo del pintor y que han logrado reproducir con maestría y exactitud para la filmación.

Pero donde uno más siente la presencia de Reverón es justamente en la actuación hecha por Luigi Sciamanna. Su interpretación del pintor de la luz es verdaderamente genial. En los ojos del actor no hay nada que no sea verdad. Sus gestos, movimientos, la entonación de la voz y las miradas son de una pasmosa naturalidad, sin histrionismos exagerados ni los típicos clichés de mirada desorbitada que utilizan lo malos actores cuando quieren interpretar la locura.

Luigi va desarrollando el personaje con tanta verdad y sinceridad que uno no puede evitar pensar, pese a las diferencias físicas, que está frente al maestro Armando Reverón. En su interpretación no hay fingimientos ni manierismos o impostaciones, es verdad cuando ríe, cuando llora, cuando juega, cuando pinta, cuando se busca en el espejo y se llama. Incluso, en las escenas en las que interactúa con Nicolás Ferdinandov, en una sosa y poco afortunada interpretación de Luis Fernández, su actuación es tan verdadera que no permite que la escena caiga. Al final, cuando le sobreviene la muerte y Reverón se va hacia su obsesiva luz, uno queda con la sensación de haber ido al Castillete a compartir un rato con el artista y Juana su historia de amor y creación.

La presencia del “Loco de Macuto” en el film se siente también en el amor que destilan los ojos de Sheila Monterola, la actriz que con pasión y creatividad encarnó a Juana, la amante esposa de Reverón, la compañera que lo cuidó, lo mimó y participó de sus juegos y travesuras. En su Juana no hay más que amor y solidaridad, en una interpretación que llega a lo más profundo del ser. Ella es la encarnación de ese amor que tuvo el privilegio de sentir Reveron de parte su compañera, amiga y amante. Sheila construyó su personaje con sutileza y ternura alcanzando una excelente actuación.

Las demás actuaciones se puede decir que están al nivel de la película, los personajes cumplen su cometido de dar soporte al personaje principal sin que ninguna descuelle en particular. En términos generales los personajes están bien interpretados.

Reverón , la película, es una obra que, a riesgo de parecer exagerado y parcializado, es digna de representar a Venezuela en los Oscar. No tengo duda de que con una buena campaña promocional y el apoyo de todos los venezolanos, la película no sólo podría traer el primer Oscar como Mejor Película Extranjera para Venezuela sino que, con un empujoncito un poco más fuerte, podría traerse también el galardón como Mejor Actor Principal para Sciamanna.

Cuando fui al cine a ver la película, había una larga cola para ver la cuarta entrega de Piratas del Caribe, lamentablemente, en la sala de “Reverón”, los asistentes no sumábamos más de 30.  Ojalá y mis palabras sobre la posibilidad de un Oscar para el film sean proféticas, no sólo por el logro que significaría para la película y para la cinematografía criolla, sino porque un triunfo de ese calibre ayudaría contribuiría para que la imagen de Reverón, el artista plástico, el “Loco de Macuto”, sea reivindicada a nivel mundial y que los venezolanos empecemos a valorar al maestro de la luz como nuestro Goya o como nuestro Van Gogh.

Las imágenes utilizadas en este post fueron extraídas del trailer

oficial del la película y de la página de la misma.

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