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Yo vivo una patria nueva

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Yo si es verdad que les puedo decir, con toda propiedad, que vivo en una patria nueva. A veces he llegado incluso a sentirme el digno representante del hombre nuevo que siempre he escuchado que proclaman desde el socialismo cubano y que ahora parece imponerse en Venezuela.

Si me permiten, les voy a contar cómo, desde hace unos 6 meses para acá, mi vida cambió de tal forma que les aseguro que estoy en una patria nueva.

Me llamo Malaxilandro Pérez, menos mal que no es Montiel porque todos pensarían que soy de Maracaibo en lugar de venir del oriente del país, de las orillas del Orinoco.

Hace poco más de seis meses, estaba yo, como era habitual, rascándome las güevas en mi casa, viendo Supersábado Sensacional, sin preocuparme mucho de qué día era pues, desde que me quedé sin trabajo fijo, me daba igual si era martes o domingo. Tampoco es que hubiera durado mucho en ningún empleo, pero ahora estaba directamente sin saber ni tener idea de qué hacer con mi vida.

Hubo un tiempo en que no tenía trabajo pero, de vez en cuando, me llamaban para matar un tigre o hacer una marañita. De repente, me llamaba Roberto para que le echara una mano con la instalación de un aire acondicionado, o Germán para salir a pegar publicidad en la calle o instalar avisos luminosos en los comercios, pero cada vez se hacían más esporádicos esos trabajitos.

Ese sábado, sonó el teléfono y, cuando lo escuché, pensé: “¡Coño, mañana vence la renta y no tengo medio para meterle saldo a esta mierda!”. Vi la pantalla y, al ver que era Roberto, me alegré. Hacía mucho que no me llamaba y me entró un respiro al pensar que me buscaba para una maraña.

-¿Qué hubo, Malax? ¿Qué estás haciendo, chamo?

-Aquí mijo, rascándome las bolas y viendo tele.

-Coño, marico, pero me refiero en la vida. ¿Estás trabajando?

-No chamo, nada que ver. Y en una peladera arrecha así que si tienes algo por ahí, una maraña de las tuyas, suéltalo que estoy en el ladre.

-Verga. Pana, me llamó un coño de Barinas. Es un panita que está trabajando allá en una planta generadora de electricidad que están instalando y me ofreció 8 mil bolos mensuales trabajando de electricista. A mí no me sirve. No voy a dejar mi negocio por un trabajo de 8 palos al mes; pero si tú estás pelando…

-¡Marico, pero yo de electricidad no sé un coño. Ni unas pinzas sé agarrar!

-No hay rollo, el tipo me dijo que lo que necesita es alguien que ocupe el puesto. Verga, anda a ver y prueba, ¡quién quita!

Y así fue como a la semana, me encontraba en el terminal de Ciudad Bolívar, con 600 bolos que me prestó Roberto, un morral con dos pantalones, cuatro camisas, seis interiores, seis pares de medias y el cepillo de dientes, sentado en el autobús que a las ocho de la noche arrancaría para Caracas y de allí, tomaría el otro para Barinas. Al encuentro de mi nueva vida.

Una entrevista ahí, medio pendeja, para cubrir las apariencias y de una vez me contrataron. Nada de pruebas ni de curso de inducción o entrenamiento. Empecé por hacer el tendido de cables, sin tener ni la más puta idea de lo que debía hacer y dejando el pellejo en los malditos cables. Pero ¡qué importaba si al mes ya tenía mis 8 mil bolos en la cuenta?

A los pocos días de estar en la planta, empecé a hacerme pana de todos. No es por nada, pero mal parecido no soy y Dios me dio un excelente sentido del humor con el que me meto a todo el mundo en el bolsillo. Así que a los dos meses ya parecía reina de pueblo al salir. Todo el mundo me saludaba al pasar.

De la construcción de la planta están encargados un montón de gringos que trajeron especialmente para ese trabajo. Cuando llegué, me asombré porque el presidente habla tanta paja contra los yanquis, que lo menos que me imaginaba era encontrar tanto gringo pululando. En realidad, ellos son los que hacen el trabajo importante, son más de cien, creo yo, y ellos son los que de verdad saben su vaina.

Como a mí la política siempre me ha importado un carajo, ni siquiera he votado nunca, me da igual que sean gringos, rusos, chinos o cubanos. Yo me la llevo bien con todos y los gringos me adoran porque consigo coñitas y se las “picho”. Son unos culiones esos desgraciados.

Pero mi verdadero golpe de suerte fue cuando conocí a la hermana de uno de los chivos que más mean en la planta. Una coña explotada de buena, con sus teticas duritas, paraítas, recién puestas y forrada en billete. A los quince días de conocerla ya me la estaba “machucando”.

¡Qué empepe el de la caraja conmigo!

Al mes de estar saliendo, ya me estaba recomendando con su hermano. Y, al mes y medio, me nombraron supervisor. Se acabó la jaladera de cable y las manos despellejadas y en carne viva. Desde ese momento, nada de grasa ni trabajo duro o sucio. Una braga siempre impecable, un casco de seguridad y solo echar el ojo por aquí y por allá.

Fue así como me di cuenta que con lo que se está gastando en la construcción de la planta, en realidad, se podrían levantar tres plantas iguales. Si se necesitan 100 rollos de cable, compran 300 porque 200 se los roban y los venden por fuera. Por allí encontré un maletín con un montón de aparatos que cuestan cada uno 20 mil bolos, unos 100 bichos de esos, escondiditos, listos y esperando la oportunidad para sacarlos.

En estos días, que me conseguí al güevón del Golcar en la Unellez, le conté mi nueva historia. Tenía años que no lo veía pero sigue siendo el mismo bolsas de siempre.

-¡Caramba, Malax, te ves muy bien! Nada que ver con el pelabolas de siempre.

Entonces le conté todo lo que me había pasado en los últimos meses. El trabajo en la planta, la coñita hermana del jefe con propiedades y plata que me estoy machucando y todas las vainas que he visto en el trabajo
.
-Chamo, ten cuidado que los pendejos son los que terminan pagando las consecuencias.

-Tranquilo que yo miro, me callo la jeta y no firmo nada.

-Por eso es que este país está como está, Malax. ¡Qué vaina con esta “revolución”! … ¿Y si esos gringos son de la CIA para que hagan mal esa vaina y a los cuatro meses explote?

-Jajajajaja estás viendo muchas pelis, panita. Jajajaja . Bueno, chamo, yo lo que sé es que a mí me cambió la vida. Por eso, si me dicen que tengo que votar por el comandante, pues voy y voto. Total, yo no me la voy a tirar de salvador de la patria…

-Solo te digo que te cuides…

-Tranquilo. Pareces mi vieja. Yo no me estoy metiendo en peos, no me robo nada y no me meto con nadie. Lo que no me da el trabajo, me lo da la coñita. Yo sí es verdad que estoy viviendo una patria nueva, Golcar. Es más, si no te pones muy Popy y quisquilloso, hasta te invito para mi matrimonio. ¡Chamo, me caso el año que viene!

“Sospechosos habituales”

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No, no voy a escribir de cine. Este post no se trata de una tardía reseña o crítica sobre la película de Bryan SingerThe Usual Suspects” estrenada en 1995. Voy a relatar única y exclusivamente lo que los venezolanos vivimos cotidianamente en este país que ya cuenta los casi 14 años de “revolución bonita”.

En Venezuela nos hemos ido paulatinamente acostumbrando a dejar de ser ciudadanos para convertirnos en “sospechosos”, potenciales delincuentes, personas que tenemos que a diario demostrar ante el sistema de gobierno que somos inocentes, porque el lema en la Venezuela del Socialismo del Siglo XXI pareciera ser que todos somos culpables hasta que demostremos lo contrario, si es que podemos.

Así, el simple hecho de ir a comprar leche a un supermercado puede volverse en su contra. Si en lugar de comprar un paquete de leche usted pretende llevar 2, automáticamente, pasa a ser sospechoso de acaparamiento y especulación y al llegar a la caja, el sistema disparará una especie de alarma que le indicará al cajero que usted puede solo llevar un paquete. Nada de dos para después enriquecerse vendiendo el otro por el doble de su costo.

Lo de la leche es un ejemplo que cualquiera de nosotros puede haber sufrido en carne propia. Pero también está Cadivi yo diría que uno de los mayores generadores de sospechosos en el país.

Es tal la cantidad de normas y trabas que los venezolanos tenemos que sortear cuando vamos a viajar al exterior para tener derecho a 2 mil quinientos dólares para compra con tarjeta de crédito, 500 en efectivo y 400 para compras por internet que uno llega a dudar si en realidad no será que uno es un verdadero delincuente en estado de negación y es por eso que el Estado se ve obligado a ponerle un montón de conchitas de mango para ver en qué momento uno se resbala y comete el delito.

Las cantidades anteriores, como sabemos, son el monto máximo al que podemos aspirar y que Cadivi nos concederá como una “gracia” para viajes de un mes o más. Si el tiempo de estadía en el exterior es menor, igualmente lo serán las divisas otorgadas. Pero sea cual sea la cantidad que el régimen le “conceda”, siempre tendrá un lapso de unos 90 días para hacer una declaración jurada en la que explique que utilizó esas divisas para viajar y no para “enriquecerte” con ellas. Y el régimen siempre se reserva la posibilidad de llamarlo a comparecer ante la administración de las divisas para que demuestre, con todos los recibos y facturas en mano, que utilizó esas divisas de manera honesta, so pena de, si parece sospechoso, ser suspendido y bloqueado. O sea, olvídese de solicitar más divisas y espere a ver cuál será su castigo.

Pues bien. En este proceso de consolidación del socialismo y la revolución que nos iguala a todos (a unos más que a otros, en verdad) en la sospecha, el régimen se ideó un mecanismo para “controlar” el contrabando de gasolina en los estados fronterizos y es por lo cual, desde hace un año más o menos hemos empezado a hablar y escuchar del mal llamado “chip” de la gasolina cuya instalación se inició hace un tiempo en Táchira.

Bocazas hay en todos lados

Recuerdo que hace unos cuantos meses, cuando se oía acerca de las largas colas de carros que se estaban haciendo en San Cristóbal para la instalación del “Chip de la gasolina”, que en realidad se llama “Tag” y que no es más que un código de barras que instalan en el vidrio parabrisas frontal, muchos comentaban a través de las redes sociales que esos “gochos” si eran pendejos, que cómo iban cual mansos corderitos a hacer esa cola para que los  marcaran como reses, que por qué no se “arrechaban” y armaban un peo, que…

Mucho de eso lo leí en Twitter y lo escuché en la calle. Como sabemos, los maracuchos tienen fama de bocones, “farfullos”, habladores, bocazas, “vendo la jeta”. Por eso no era difícil encontrarse en la gasolineras o en las colas de los supermercados a los “valientes” que vociferaban que ellos incendiarían la ciudad antes que hacer esa cola para ser marcados.

Y así fue como, un buen día, me llegó por pin de blackberrry que en la parte de atrás del Cuartel Libertador estaban procediendo a la instalación del chip. El mensaje que me enviaron decía literalmente así:

“Ya están instalando el chip de la gasolina en los alrededores del Cuartel Libertador.  Hay poca gente porque aún no han pasado la información a los medios de comunicación. Parece que  lo están manejando con bajo perfil, con mensajes de boca en boca entre los chavistas, para que ellos vayan primero a instalarlo y que se eviten las largas colas que se formarán para obtener el código. A partir del lunes ya lo dirán por la prensa. Hay que llevar carné de circulación, la póliza de Responsabilidad Civil y la cédula de identidad. Corre a poner el tuyo”.

Como yo conozco cómo es la cosa en Venezuela y con el tiempo he aprendido a diferenciar los mensajes verdaderos de los falsos de Messenger, y también sé que los venezolanos no parece que hayamos encontrado una forma efectiva de protestar contra este tipo de decisiones y medidas del gobierno que nos van quitando calidad de vida, con lo cual, a pesar de los bocazas, el “chip” terminará siendo una triste realidad también en el Zulia, sin enfurecerme más de la cuenta, agarré mis papeles y me fui al Cuartel Libertador.

En media hora estaba listo. Al nivel del espejo retrovisor hay una etiqueta con el código de barras que me indicará por medio del la lectura que harán los escáneres instalados en las estaciones de servicio, cuánto será mi cupo diario para poner gasolina.

Al día siguiente ya la noticia se había regado y quienes pensaban que era otro falso rumor transmitido en cadena, empezaron a engordar la línea de carros en los alrededores del Cuartel. Un amigo que fue ese día, tardó dos horas y media en obtener el código y, dos días después, conseguí un señor en el supermercado que me comentó que estuvo desde las 7 de la mañana hasta las 4 de la tarde, sin comer, en la cola para que le instalaran el bendito “chip”. Allá están llegando como corderitos a hacer su fila todos aquellos bocones que decían que no permitirían esa vaina. En un tiempo, todo campo automotor del Zulia contará con su etiqueta de racionamiento de combustible.

No todo acaba con tener el chip

Pero la cosa no termina allí. Si usted pensa que una vez pasada la incomodidad de la larga cola a pleno sol ya el mal trago ha terminado, le tengo malas noticias. Su calvario apenas empieza.

De acuerdo a la experiencia tachirense, una vez que el chip entra en funcionamiento, hay que acostumbrarse a que pasará mucho tiempo metido en una cola cada vez que quiera repostar el tanque de gasolina. Media hora, en el mejor de los casos, y hasta 3 horas para llenar el tanque.

El sistema funciona así:

Cuando el vehículo entra en la estación de servicio, un escáner ubicado en el techo le leerá el código de barras (Si no funciona, usted deberá introducir su número de cédula de identidad que, una vez más deja de ser un número de identificación ciudadana para convertirse en un mecanismo de control y racionamiento). En la pantalla le aparecerá el dato con la cantidad de litros de gasolina diaria que el sistema tiene a bien conceder como una “gracia” por la cual, de todas formas, tiene que pagar.

Mi sobrina Luzmary Santos, que ya está curtida en el Táchira con el funcionamiento del “chip”, me contaba que hace unos días llegó a poner gasolina y que al verificar en la máquina, la pantalla le decía que su cupo había sido bajado de 50 litros diarios a 20 litros, que si quería recuperar su cupo original, debía pasar por una “auditoría”. Sospechosa habitual.

Resulta que si a quienes manejan el sistema les parece “sospechoso” que usted reposte combustible todos los días o de manera frecuente, pues lo pueden castigar disminuyendo el cupo, llevándolo a cero litros incluso, y lo obligan a ir a la auditoría con los representantes del Instituto Nacional de Tránsito Terrestre, de PDVSA  y hasta del mismo CICPC  para que explique esa manera “sospechosa” de poner gasolina. Por supuesto, ese trámite de la auditoría implica una cola que puede durar cuatro o cinco horas.

-Lo mío se arregló porque después de las 3 horas de cola, en la auditoría me dijeron que no era por exceso de consumo sino porque habían anotado mal mi número de placa. Así que me reintegraron mi cupo de 50 litros –dice Luzmary-. Pero delante de mí estaba una señora que tiene un transporte escolar y que ha tenido que ir ya cuatro veces a auditoría porque es “sospechosa”. A algunos que no pasan la auditoría, les prohíben poner combustible por ocho días o por el tiempo que a los auditores les dé la gana.

El contrabando sigue igual

Pero los más triste del caso es que, como pasa con el racionamiento de los alimentos, con la fuga de divisas y el control cambiario y con los tantos otros controles que nos impone el régimen actual, las medidas no han servido para nada. Los buhoneros siguen vendiendo en las calles los productos alimenticios racionados al triple del precio estipulado por el gobierno mientras que en los supermercados no se consiguen y cuando los hay, tienes que mostrar tu cédula de identidad para poder comprar la cantidad que estipula el racionamiento como medida para evitar el acaparamiento y la especulación de los revendedores.

Cadivi, todo el mundo sabe que es una ratonera igual o peor que el tristemente célebre Recadi de la cuarta. En Colombia y Panamá la gente sigue “raspando” las tarjetas. Hasta en Estados Unidos hay quienes se encargan, previo pago de comisiones, de aprobar cupos de Cadivi sin que la gente tenga que estar en Venezuela o viajar y los jerarcas del régimen que son los que tienen dinero y más fácil acceso a los dólares preferenciales se llenan los bolsillos comprando dólares oficiales a bajo precio para revender una parte a casi 10 bolívares por dólar y poner la otra parte a buen resguardo en cuentas en el exterior, por si algún día hay devaluación o tiene que salir  huyendo del país.

Con el contrabando de gasolina pasa exactamente igual. La experiencia tachirense demuestra que la extracción ilegal de combustible no ha disminuido. Según comentan en los corrillos, ese es un negocio tutelalado, como muchos otros negocios ilegales, por los militares. Los “pimpineros” (quienes sacan gasolina en pimpinas por los caminos verdes) tienen sus bolsillos llenos de “chips” comprados a 200 bolívares cada uno a quienes administran la instalación del código. Al menos 200 era lo que pagaban inicialmente, posiblemente haya aumentado con la “inflación”.

Y, como con el cupo de Cadivi que se generó todo un mercado paralelo de divisas en el cual hay compradores y vendedores de cupos, con el control de la gasolina el gobierno está propiciando el nacimiento de un nuevo negocio ilegal: la venta del cupo del “chip”.

Si a mí me otorga la “gracia” el sistema de permitirme un cupo de 50 litros diarios y lo que consumo son sólo 10 o 15 litros de acuerdo a mis desplazamientos, pues tendré un excedente diario de entre 35 y 40 litros diarios que podré vender a los contrabandistas. La verdadera solución para acabar con el contrabando de gasolina todo el mundo sabe que es subir el precio del combustible y ponerlo a precios internacionales, así se acabaría el negocio. Pero eso tiene un costo político y social que un gobierno cobarde y populista como el que tenemos no está dispuesto a pagar.

En fin. Que lo del chip es otra medida más fracasada que, además, tendrán que terminar poniéndolo en todo el país pues quienes no puedan comprar la gasolina para el contrabando en Táchira o Zulia, lo harán en Trujillo o Lara al final de cuentas el negocio es tan lucrativo que, cuando mucho, aumentará un poco el precio del combustible por los “inconvenientes” causados por el control.

El chip es completamente inútil para limitar la extracción ilegal de combustible a Colombia, para lo que sí es absolutamente efectivo es para hacerte sentir controlado, humillado, sospechoso y, por supuesto,  impotente pues, las protestas generadas en Táchira no impidieron la implantación de la medida. Por unos pocos que hacen los negocios ilegales terminamos pagando todos los ciudadanos decentes y trabajadores porque el régimen, en su ineficiencia, es incapaz de controlar y meter en cintura a esos pocos al margen de la ley. Pagamos justos (y juntos) por pecadores, mientras que los verdaderos pecadores se cagan de la risa.

Maite Delgado y yo

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Foto tomada de la WEB

Entre corte y corte de la grabación de “Aprieta y gana”, en Venevisión, Maite Delgado se me acercaba y empezaba con su rosario de quejas. La pobre me decía que sufría más que Verónica Castro en “Los ricos también lloran”. Estaba más flaca de lo habitual, demacrada y ojerosa.

-¡Chico, es que no hay derecho! -Decía con la mirada dirigida hacia el suelo y los hombros desmayados hacia adelante- ¿Por qué los ejecutivos del canal me ponen a hacer esto? Me siento más desubicada que Iris Varela en una fiesta de 15 años en el Country Club.

-Pero habla con Hugo Carregal, dile que tu quieres hacer otro tipo de programas, plantéale tu proyecto de entrevistas en el metro.

-Si se lo he dicho un montón de veces -gemía entre sollozos la rubia platinada Evolutión 11.11 de Alfaparf-. Les he dicho a todos que ya yo estoy muy vieja para esta vaina. Que eso son Winston y Viviana que por la plata y por mantenerse en pantalla son capaces de hacer cualquier ridiculez frente a la cámara, que yo no. Pero, nada, no tiene caso, no me paran bolas. ¡¿Te imaginas si el Príncipe de Asturias con quien hasta fotos tengo por ahí, me viera en estas?!

En esas estábamos. Ella pensando en el heredero del trono de España y yo diciéndole que coño, que debía hablar con el Noticiero Venevisión para que enviara una unidad a La Guajira y que informaran de la grave situación que se está viviendo en la frontera desde que Chávez le dijo a Santos que le echaría plomo a los guerrilleros si se atrevían a venirse a este lado de la frontera.

-Imagínate Maite, están deteniendo a los wayuu porque diz que protegen a los guerrilleros de las FARC y les allanan las fincas a los pequeños y medianos productores buscando armas y “evidencias” de que ocultan irregulares. Los pobres no entienden nada…

-Ya no sé qué hacer, Golcar. Cada vez que digo “FamiIiiiliaaaa”, me siento de un ridículo -y pestañeaba a mil por segundo-. Y esos jueguitos absurdos como para oligofrénicos. Ya ni el omeprazol dos veces al día me calma la acidez.

-Ellos me dicen: “Hasta hace un mes venían aquí unos tipos del gobierno con franelas rojas a decirnos que le diéramos a las FARC todo lo que necesitaran porque ellos eran los que nos iban a defender a los campesinos, a los indígenas y al país entero, del imperio cuando mandaran a sus Marines a invadirnos. Y, la verdad sea dicha, desde que los guerrilleros llegaron, los delitos en la zona bajaron casi a cero. Ellos no permiten robos ni asesinatos porque no quieren que la policía venga a molestar. Así que estábamos hasta contentos con ellos aquí porque el pueblo estaba tranquilo y, de la noche a la mañana, la frontera se volvió un infierno y la Guardia, que antes se echaba los palos con la guerrilla, nos joden a nosotros que no tenemos defensa para hacer la pantalla de que combaten a los irregulares”. Maite -decía yo insistente-, a esa gente hay que ayudarla.

-Dígame cuando empiezan con la vainita del “Táaanganaaaa”. Dios, qué ridícula me siento dando brinquitos por el estudio. ¡Ni que tuviera 20 años!

Terminando hablar Maite y justo cuando le iba a dar detalles de la situación en Machiques con el contrabando que es de lo que viven desde hace muchos años gran parte de los integrantes de la etnia wayuu, se fue la luz en el estudio.

-Tranquilos, no se dispersen, quédense donde están -gritó por un megáfono el coordinador de piso-. Es el racionamiento eléctrico de dos horas que esta semana nos toca de 3 a 5 de la tarde, pero ya van a poner a funcionar la planta y continuamos con la grabación.

Llegó la luz a los tres minutos y a lo que se encendieron los reflectores, vi como  un hombre de flux negro, acompañado de una mujer gorda, bajita y con más coroticos de oro colgando del cuello, los brazos y los dedos, que La Chinita, eran esposados dentro de la tribuna del público. Evidentemente, eran hermanos porque eran casi idénticos.

Yo pensé que se trataba de una ridiculez más de las del programa pero cuando iban pasando por mi lado el hombre me señalaba levantando las dos manos esposadas frente a mi y me gritaba furioso:

Fuistessss tu. Tu nos denunciastessss. Me he quedado con tu cara!

Entonces, pude distinguir tras los lentes Armani gigantes que les tapaban casi todo el rostro, a mi ex compañera de estudios Lissette y a su hermano Federico. Dos chavistas furibundos que hasta hace 6 años no tenían medio en el bolsillo y que se enchufaron tan bien con la revolución, con Conatel y con PDVSA que, de vivir en un rancho en el que se filtraba el agua por el techo cuando llovía y se le desbordaban las cañerías, pasaron a vivir en La Lagunita, y se movilizaban en un Cadilac con chófer.

Tuve tiempo de detallarlos completamente mientras los sacaban a empujones del estudio diciéndoles corruptos, malnacidos y queriendo darles coscorrones. No había nada que no fuera de marca en sus cuerpos. El Flux de él, como los lentes, eran Armani, su corbata rojo revolución era Louis Vouitton sobre una Chemise Lacoste, también roja y las medias blancas que se asomaban entre el negro del pantalon y de los zapatos Polo, eran Nike.
Ella llevaba un vestido Donna Karan floreado que la hacía ver más rechoncha de lo que es y unas sandalias romanas doradas de Versace amarradas hasta la rodilla. Cada cosa por separado era hermosa pero todo junto y en pareja les hacía rugir el rancho cerebral y no podían esconder su nuevo riquismo.

Cuando miré a Maite, las lágrimas corrían por sus mejillas. Sollozaba sentada en su silla. Entonces, dijeron:

-¡Cinco y acción!

La animadora se levantó de un brinco. Sonrió con su mejor sonrisa Odontosalud, y sin apenas notarse su sufrimiento dijo a la cámara:

-¡Famiiiliiia! Bienvenidos de vuelta a su programa preferido Aprieta y gana…

Yo me desperté cagado de la risa pensando: “No hay derecho a que yo sueñe estas güevonadas”.

Maslow en Venezuela

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¿Ficción?


Hace muchos, muchísimos años, llegó al puerto de La Guaira un flacuchento, pálido y narizón judío ruso de apellido Maslow. El hombre que no contaba con un kopek en su bolsillo, subió escondido, junto a su hermano, a la embarcación que zarparía a las 5 de la madrugada con rumbo al puerto de Nueva York en Estados Unidos para luego continuar su viaje hasta Venezuela. Un extraño punto al norte de la América del Sur que vio un día en un mapamundi y al que se propuso llegar en cualquier momento.

El viaje fue largo, eterno. Para sobrevivir, los Maslow comían los desperdicios que tiraban a los contenedores de basura, donde habían ubicado su guarida y se disputaban sus bocados con las cientos de ratas que habían decidido también emprender la aventura transoceánica.

Así llegaron una mañana nublada de invierno a Nueva York. Uno de los hermanos, harto del bamboleo del mar y del mal comer y dormir, decidió bajarse allí y probar suerte en los Estados Unidos. El otro, más terco y obsesionado con el extraño punto descubierto en el mapa, siguió camino rumbo a la Guaira, a donde llegó un mediodía de sol radiante y cielo azul intenso, tan intenso que, a primera vista, el ruso no podía distinguir dónde empezaba el mar y dónde el cielo.

El judío bajo del barco y, al no más pisar tierra, se empezó a engendrar su leyenda. Dice el mito que, una vez que Maslow había aspirado tres bocanadas del cálido aire del Caribe, comenzó a sentir cómo su sangre empezaba a calentarse hasta hervir en sus venas. Sus ojos desorbitados comenzaron a atisbar a todos lados. Su olfato empezó a percibir el olor de las hembras a metros de distancia.

Maslow pensó que su frenesí sexual era producto de la larga, larguísima, abstinencia en el barco y que, una vez que consiguiera una hembra con la cual poner al día sus hormonas, volvería a la normalidad. Pero, según cuenta la historia que a estas alturas no se sabe si es más bien una leyenda urbana, el ruso nunca más dejó de sentir la urgencia sexual.

Su ímpetu lo llevó a acostarse con cuanto palo con faldas se cruzaba a su paso. Nunca más supo lo que era la selectividad ni la discriminación. Le daba igual que fuera negra, india, zamba, blanca, alta, bajita, gordita o esquelética. Cualquier hembra que estuviera dispuesta a recibir su semen era bien servida y el ruso se dedicó a recorrer Venezuela, dispersando su semilla en cuanto vientre estuviera disponible. Así lo hizo casi hasta el día de su muerte, por lo cual, según la misma leyenda urbana, sus genes, en mayor o menor medida, se encuentran en la gran mayoría de los venezolanos de la actualidad.

Todo este preámbulo histórico sirve de entrada para entender los acontecimientos actuales que pasaré a relatar y pueden explicarse plenamente gracias a la presencia de esos genes en la composición del venezolano. Genes que llegaron también a USA, en donde un psicólogo  descendiente de ese hermano que se quedó en New York, llegó a desarrollar una teoría llamada Pirámide de Maslow y que parece que estamos viviendo prácticamente al caletre los venezolanos.

Es así como, Alfredo Montiel Maslow está en su casa de Maracaibo un día, escuchando por la radio las declaraciones de Aponte Aponte y  siente que el asco y la ira se van apoderando violentamente de él. Grita. Se levanta, ya en un estado casi frenético, decidido a coger el aparato de radio y aventárselo con todas sus fuerzas por la cabeza a ese vecino chavista que está igual o más jodido que él, pero que sigue votando por el comandante. Entonces, suena el teléfono y un pariente le dice que en ENNE de Bella Vista llegó leche La Campesina.

Alfredo se olvida de Aponte Aponte, de la asquerosidad de sistema judicial del país y de su vecino chavista, corre al supermercado a comprar el kilo de leche que le permitirán comprar y con el que solucionará el tetero de una semana de sus chamos.

Otro día, en Cabimas, está Anaxilandro Carrasquero Maslow, enfurecido en el balcón de su apartamento, pasando en shorts las horas del corte eléctrico, tratando de soportar el inclemente calor y leyendo lo que dijo Luis Velázquez Alvaray. La rabia comienza a apoderarse del cabimero. Entre el calor y las inmundicias narradas por el ex magistrado está que lo pinchan y no bota sangre. Harto, tira el periódico a un lado decidido a salir y lanzar piedras contra el primer edificio gubernamental que consiga a su paso, cuando suena el timbre del celular con una notificación de Twitter:

@Fulanito: llegó Mazeite a Centro 99.

¡Vaya pa’la mierda!  Pa´l carajo Velásquez Alvaray y las inmundicias de los magistrados. Anaxilandro corre a buscar las cholas y a ponerse la primera franela que consigue. Empieza a bajar las escaleras porque luz no hay para usar el ascensor y va calculando si será más rápido ir caminando o sacar el carro del estacionamiento para llegar a tiempo, antes de que alguien con más suerte se lleve ese único litro de aceite de maíz que le permitirán comprar y del que no sabe cuándo volverá a llegar.

En Maturín, va Salomón Marín Maslow en su carro con los vidrios abajo, con un calor de 36 grados y una sensación térmica de 43 porque, hace meses, se dañó una pieza del aire acondicionado y no se consigue en todo el país. El oriental enciende la radio y se encuentra con una cadena del presidente comandante. El calor y las mentiras escuchadas sobre las maravillas del socialismo del Siglo XXI le embotan la mente. Siente hervir la sangre en su cuerpo y, al mirar a su derecha, ve un montoncito de piedras frente al edificio de cristal de esa contratista que, hasta hace cinco años, no era más que una empresa de maletín de unos pata en el suelo y que, a punta de coimas, sobornos y pagos de comisiones en PDVSA, llegaron a acumular tanto dinero que se compraron ese edificio y dos casas más, sin contar los carros y camionetas importados y de último modelo.

La perorata de la cadena lo tiene al borde. Se orilla, pone la palanca en Park, y cuando está a punto de abrir la puerta, dispuesto a coger las piedras y reventar los cristales de los nuevos ricos revolucionarios, mira por el retrovisor y ve que se aproximan dos hombres en sendas motos, cada uno con lo que parece ser una Glock .50 en sus manos.

¡Joder! Cierra la puerta, baja la palanca a D y arranca a toda velocidad hasta lograr escapar de un atraco seguro en pleno tránsito vehicular, como los muchos de los que ha escuchado Marín últimamente.

Maigualida Cárdenas de Maslow tiene cerca de dos horas en una cola en San Cristóbal para poner gasolina. Mientras espera se ha leído completo el libro de Mari Montes, “Lucía, la pelota que quería llegar al Salón de la Fama”, que la distrae y alegra por un rato. Pero, al poco tiempo, la ira comienza a rugir en su estómago. Relee algunas páginas de nuevo para calmar su rabia e impaciencia. No se explica qué han hecho los tachirenses para merecer semejante calvario con el combustible. Voltea y ve la larguísima cola de autos tras ella y, sobre el asiento trasero, un diario de La Nación que habla en su primera página de una tarjeta con chip o algo así que tendrán que portar en el estado para poder cargar gasolina.

No puede leer bien porque la furia le nubla la vista. Agarra el diario y con parsimonia de psicópata, empieza a hacer una bola de papel, firmemente decidida a prenderle fuego y lanzarla a la estación de gasolina, una vez que haya llenado su tanque.

Mira al frente fúrica y comprueba que le faltan solo 3 carros para llegar al dispensador. En el momento en que está concentrada acariciando la bola incendiaria de papel, anticipando su venganza, suena el vallenato en su Blackberry que le anuncia que ha recibido un mensaje de texto. Mira y en la pantalla pone: Carlotica, Farmacia.

Abre la bandeja de mensajes y lee:

-Mareeekaaaa me acaba de llegar el Euthirox. Corre que te guardé 4 cajas pero si me las descubren me jodo y las venden. Apuraaaateeee!! Besitos.

Cuando termina de leer ya están despachándole la gasolina. Está feliz porque le quedaba solo una semana de tratamiento y no conseguía esa medicina que tiene que tomar de por vida para la tiroides y que, desde que Chávez decidió regularle el precio, no se consigue. El bombero le dice que son 3,50 bolívares. Saca un billete de cinco y sin esperar el vuelto hunde el acelerador para llegar rápido a la farmacia. La bola de papel, que sería una bomba de fuego, queda olvidada en el piso del puesto del copiloto.

En Caracas, Rafael González Maslow, al escuchar a la señora que le hace la limpieza una vez a la semana en su casa, con el llanto que casi la ahoga, contar cómo un supuesto médico cubano de la Misión Barrio Adentro le mató a su pequeño hijo al diagnosticarlo y tratarlo de manera errónea, siente que la ira se apodera de su alma. Está ciego de la furia que siente. Agarra unas botellas vacías y, a falta de gasolina, las llena, unas con perfume y alcohol, y otras con el poco kerosene que quedó del día que pintó su apartamento. Rasga una franela vieja y le embute tiras de trapo en los picos de las botellas para hacer una especie de mecha. Agarra un encendedor y el grupo de botellas preparadas, dispuesto a llegar a incendiar ese CDI que está a dos cuadras de su casa, clausurado porque los equipos hace más de año y medio se dañaron y no los han reparado y la dotación que se suponía debía llegar mensualmente, hace más de un año que no aparece.

Pero, cuando está a punto de abrir la puerta, suena el teléfono y la voz cantarina de la señorita de la agencia de automóviles te dice:

-Señor Rafael, ya nos llegó su carro. Pero no es el modelo económico que usted encargó hace año y medio. Ese no nos llegará no se sabe hasta cuándo.  Este tiene asientos de cuero, vidrios ahumados, alfombras y equipo de sonido con MP3. Cuesta 125 mil bolívares más. No sé si está interesado.

-Sí, sí, sí. ¡Claro que estoy interesado! Imagínate si tengo año y medio esperando y nada que conseguía carro.

-Bueno, entonces tiene que venir inmediatamente a firmar la compra porque tengo una lista de espera de 125 clientes y, a lo que vean que tengo una unidad, van a venir a arrancármelo de las manos de una vez.

Sin pensarlo dos veces, Rafael con una sonrisa en la cara, suelta las molotov y el encendedor dentro del fregadero. No puede creerlo. Se acabó la angustia de andar en taxis y carros por puesto, siempre asustado, esperando que vuelvan a ponerle un revólver en la sien para robarlo mientras lo “ruletean” por la ciudad y lo dejan tirado en el primer descampado que aparezca. Asustado, sin medio y sin celular para llamar a alguien. Ese miedo se acabó. Ya tiene su auto.

Una vez en la casa, uno con el pote de leche de los chamos, otro con el aceite de maíz de un mes, Maigualida con 4 meses de su escaso tratamiento para la tiroides, aquel con la satisfacción de haber salvado la vida y superado una vez más el día y Rafael con el olor a carro nuevo todavía pegado de la nariz,  lo menos que quieren saber es de Aponte Aponte, de Velásquez Alvaray, de los CDI abandonados y enmontados, de los falsos médicos cubanos, de las cadenas de televisión o de los nuevos ricos revolucionarios. Están pletóricos, felices, por haber alcanzado esos pequeños grandes logros.

Se dan un baño con agua tibia. Se preparan una rica cena. Encienden el televisor y ponen la “Ruleta de la Suerte” o “Aquí no hay quién viva” en Antena 3 para ver, por décima quinta, vez el mismo capítulo de la serie. Nada de noticieros nacionales,  ni malas nuevas que les amarguen el día y les quiten el sabor a triunfo, ahora más que nunca sienten bullir los genes de Maslow en sus organismos.

Este ralato forma parte del libro “¿Dónde queda Venezuela?” disponible en amazon y en libros en un click

El “antes” es, hoy, más “ahora” que nunca

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La noche que transmitieron la entrevista que Eladio Aponte Aponte le dio a Verioska Velasco, yo jugaba con algunas fotos en la computadora. Las ampliaba, les daba más brillo y contraste, revisaba el Facebook y el Twitter, mientras escuchaba lo que el exmagistrado decía sin mirar mucho a la pantalla para evitar las náuseas.

Lo escuchaba y me sorprendía pensando: “Este desgraciado no está diciendo nada nuevo. Todo lo que dice lo conocemos de antemano. Seguramente, los del gobierno saldrán a decir que es un corrupto, como en efecto él mismo está asumiendo que lo es y como todos lo sospechábamos y, con la desfachatez y desvergüenza que caracteriza a estos revolucionarios de pacotilla, despacharán el tema”.

Me asombraba que lo que escuchaba no me causaba la más mínima sorpresa. Todo sonaba a más de lo mismo y parecería que mi capacidad de sentir asco rebasó su límite hace tiempo. Todo me lucía tan propio y “normal” de este “proceso” que lo escuchaba como quien escucha llover.

Entonces, hoy, me consigo con un artículo de César Miguel Rondón sobre las declaraciones del ex magistrado, titulado “El traidor Aponte” en el que termina diciendo:

“Esta es quizás la peor cloaca, la más asquerosa cloaca que se les haya evidenciado a los venezolanos.  Porque en el fondo, alguien decía ayer,  pero si esto no es nuevo, eso lo sabíamos. Sí, a lo mejor lo sabíamos o tan sólo, lo sospechábamos. Lo que no sabíamos era que uno de los delincuentes lo iba a destapar de esta forma o, como se dice vulgarmente,  “iba a prender el ventilador”.

 

Es cuando caigo en cuenta que, en realidad, no solo sabíamos lo que ha venido sucediendo en estos 14 años de “revolución” porque ha sido un secreto a voces que ha corrido como agua de cloacas desbordadas. Por un lado, alguna gente decente se ha encargado de decirlo pero, sobre todo, se sabía porque los mismos protagonistas se han dado a la meticulosa tarea de exhibir sus inmundicias sin ningún pudor y enorgullecidos de lo que hacen, con la actitud de matón de barrio que enseña sus tropelías para pavonearse de su poder y para amedrentar a quienes puedan pensar en atreveverse a enfrentarlos.

También esperábamos que en cualquier momento alguno de los involucrados saliera a “sapear” y a “echar dedo” para salvar su pellejo. Lo esperábamos porque es lo más lógico que suceda cuando se trata de chanchullos, tropelías, abusos de poder y corrupción entre malandraje de baja calaña como el que pulula en todas las instancias de poder de este carcomido, corrompido, prodrido y corroído régimen que parece eternizarse en Venezuela.

CHÁVEZ, ADAN, ALABÓ Y CONDECORÓ A APONTE POR “SU EMPEÑO EN IMPARTIR JUSTICIA”, etc

Entre matones de bajo perraje las palabras honor, pudor y vergüenza brillan por su ausencia. Entre este tipo de ratas de albañal lo que impera es el instinto más básico de supervivencia, ese mismo instinto que llevó a Aponte a cantar en los Estados Unidos toda la cochinada de la que fue cómplice y protagonista. Allí, en el criticado y señalado imperio “mesmo” donde seguramente pretenderá disfrutar de los dineros supuestamente obtenidos
a fuerza de sobornos, chantajes y pagos por hacerle el trabajo sucio al régimen y darle visos de legalidad.

A estos bandidos de bajo perraje ni siquiera se les puede catalogar como mafiosos porque en las mafias hay reglas y códigos de honor que se respetan hasta las últimas consecuencias. Es puro pillaje y piratería, traición y cobardía, supervivencia de ratas en un barco que se hunde y que por salvarse son capaces de hincarle el diente hasta a sus propias madres.

Los mafiosos de honor, como los de las mafias japonesas o italianas, una vez terminado de dar las declaraciones, hubieran tomado la daga y se habrían hecho sepukku para buscar limpiar su honor, como quiso el ex magistrado que creyéramos . Pero el suicidio por honor es mucho pedir a esta baja calaña que nos ha desgobernado por tantos años.

Creo que, al final, para lo único que sirve el asqueroso episodio Aponte Aponte es para derrumbarle la coartada a los amigos que continúan apoyando esta “revolución” bajo la excusa de que no quieren que vuelvan los excesos y abusos de la llamada cuarta república.

Después de escuchar de la propia boca del magistrado caído en desgracia lo que todos sabíamos pero que ellos se han negado insistentemente a ver, ya no les quedan excusas. Lo que tanto aborrecían de la democracia de hace 14 años, se continúa perpetrando y de manera más indigna, frecuente y soez que antes. Ya no pueden decir que no quieren volver a lo de antes porque Aponte Aponte nos demostró que ese “antes” es, hoy, más “ahora” que nunca. La pose de dignidad no les sentará nunca más mientras sigan alcahueteando con su silencio, complicidad y votos a este atroz régimen.

Buscando un enchufe, encontré un país

Eran casi las diez de la noche. A medida que nos íbamos adentrando en el barrio la tensión en el ambiente se hacía más espesa, se sentía a través de los vidrios ahumados del carro y a pesar del aire acondicionado.

Aunque no había llovido en el día, la calle estaba mojada y bajo el agua los cauchos acusaban la irregularidad del pavimento, cuyos abundantes huecos hacían que el carro diera botes y nos obligaban a ir a mínima velocidad.

En la soledad de la calle, vimos unas mujeres sentadas al frente de su casa junto a una mesa en la que se encontraba un termo de café. Evidentemente, la bebida no era más que una mampara para el verdadero negocio que las mantenía a esas horas allí y que les es mucho más rentable que la venta de vasitos de café: las drogas.

Nos aproximamos a la acera para preguntarles qué tan lejos se encontraba nuestro destino y, al bajar el vidrio, un vapor pestilente entró en el carro. El agua que cubría el pavimento provenía de algún tubo de aguas negras que, vaya usted a saber desde cuando, se encontraba roto.

A las dos mujeres no parecía incomodarles la pudrición, ¡el olfato es un sentido que se acostumbra tan pronto a todo!

-¿Buenas noches, dónde queda la ferretería “El marañero”?

-¿”El Marañero”? -dijeron ambas a coro y se miraron extrañadas.

-Sí, así nos dijeron que se llama. O “El Maraña”.

-¡Ah, Maraña! Sí, es al final del la calle, todavía faltan unas cuantas cuadras. Sigan derecho.

Agradecimos la indicación, subimos los vidrios con la náuseas alborotadas por el hedor y con los vellos de los brazos y la nuca cada vez más erizados por la tensión y el susto. Continuamos lentamente recorriendo la ahuecada vía hasta alcanzar nuestro objetivo.

Llegamos al final de la calle, un montículo de arena y ladrillos abarcaba más de la mitad de la vía, supusimos que una de esas casas que lo circundaban debía ser la de “Maraña”. Pasamos la pequeña montaña y me bajé, con los cojones en el cuello, a preguntar en la primera casa que mostró síntomas de vida, por el famoso maraña.

-¿Quién lo busca? –preguntó una joven como de 16 años.

-Es que me dijeron que él podía tener un enchufe trifásico que necesito – dije, sintiendo que la voz me salían en un hilito imperceptible.

Dentro de la vivienda se empezó a notar movimiento al sentir una presencia extraña. Salió una señora que nos informó que “Maraña” se encontraba haciendo un trabajo lejos, estaba llevando una mudanza hacia el sur de la ciudad pero que los muchachos que estaban estacionando un camión en la casa del frente tenían llave de la ferretería y nos podrían vender el anhelado enchufe.

Crucé la calle mientras Cristian se mantenía en el carro con el motor encendido y los vidrios arriba, saludé a los dos muchachos que estaban descargando el camión y le pregunté si podían venderme el enchufe.

-Yo creo que de esos no hay, pero esperen un momentico que ya “Maraña” está por llegar. El venía detrás de nosotros así que en un ratico está aquí.

Yo ya estaba tan asustado que pensé en subirme al carro y que nos fuéramos de allí de una vez pero me pareció que podía ser más peligroso arrancar así, intempestivamente, que esperar al hombre. Sin darme cuenta, la cuadra se fue llenando de jóvenes y calculo que aparecieron como unos 8 o 10 que comenzaron a hablar y echar cuentos entre ellos mientras yo aparentaba normalidad y permanecía junto al grupo. Uno de ellos que estaba muy divertido echando un cuento acerca de su encuentro un rato antes con la policía, dijo entre risas:

-Entonces yo le dije al tipo: “No señor marihuana, yo no estoy fumando policía”.

Todos rieron a carcajadas, yo traté de esbozar una sonrisa pero no sé si lo conseguí, sentía que los músculos de la cara no me respondían.

-¿Y usted vino recomendado por quién? –me preguntó el muchacho que tenía al lado, agregando inmediatamente de manera enfática –Porque usted no es de por aquí.

————o————

Toda esta historia comenzó el día anterior.

Después de un increíble mes de vacaciones por Estados Unidos, al llegar a la casa con la mente aún embotada por el viaje y por las maravillosas experiencias vividas en varias ciudades del imperio, cuando ya eran como las 12 de la noche y el aire acondicionado del cuarto tenía cerca de cuatro horas encendido, comenzó a oler a plástico quemado.  Algo no estaba funcionando bien con el aparato. Lo apagué. Esperé unos minutos y lo volví a encender. Nada. El aire acababa de fallecer y me esperaba por delante una calurosa noche aderezada con los altos índices de humedad que ofrece el clima marabino.

Al día siguiente, luego de maldormir, salimos a ver precios de aparatos de aire, consultamos varias ventas de electrodomésticos y, sin tomar aún una decisión, nos fuimos a trabajar. Luego de un mes de vacaciones es mucho el trabajo atrasado y las cosas que hay que poner al día así que el día estuvo bastante ajetreado y, sin darme cuenta, ya eran las cinco de la tarde, las tiendas cierran a las seis y no habíamos comprado el aire.

Aterrado ante la idea de pasar otra noche de calor sofocante después de tan agotador día, le dije a Cristian que corriera a comprar el aparato antes que la tienda cerrara, llamé, confirmé precio, hora de cierre y que tuvieran en existencia y Cristian se fue a comprarlo llegando al lugar unos 20 minutos antes de que cerraran.

A eso de las ocho de la noche estábamos llegando al apartamento, descargando el pesado aparato y subiéndolo por las escaleras. Agotados pero felices de haber podido cumplir con nuestro cometido. Rompí las cintas y la caja que envolvían al aire y, cuando ya nos disponíamos a instalarlo en el hueco de la pared destinado para tal fin, sucede la tragedia:

-¡Coño de la madre! –Grito- ¡Esta vaina no tiene enchufe!

La punta del cable tenía tres pelos con unos garfios de metal, el enchufe había que comprarlo por separado, de acuerdo a la toma de corriente que uno tuviera en su casa y el desgraciado que nos lo vendió no nos pudo advertir eso temprano, cuando todavía teníamos tiempo para ir a algún sitio a comprar el bendito enchufe.

Llamé a varios sitios y, los que no estaban cerrados ya, estaban a punto de hacerlo y no nos daría tiempo de llegar. Llamé al técnico de aire que es panita para ver si me podía sacar del apuro pero él tampoco tenía enchufe. Luego de pensar y pensar decidimos acercarnos a un barrio cercano que aunque un amigo que vive allí nos había advertido que era peligroso, no nos lo parecía tanto como para detenernos.

Allí fuimos a dar a una venta de periquitos para autos que abre 24 horas pues, en nuestro desespero, guardábamos la esperanza que, a pesar de que no era su ramo, tal vez el tipo tuviera un enchufe de tres patas para vendernos.

Pues no. El hombre no tenía el ansiado enchufe pero muy amablemente nos recomendó que fuésemos al final del barrio, a donde “El Maraña”, que tenía una ferretería en su casa y seguramente contaba con el pequeño y atesorado artículo.

No sé si era por efecto del largo viaje o de las prolongadas  vacaciones que nuestra mente estaba como embotada y no nos permitía pensar con claridad o si el terror a pasar una noche de calor abrasador nos hacía temerarios. Ni siquiera atendí al consejo de una hermana que, al enterarse del nuestro drama nos recomendó que pasáramos la noche en un hotel y al día siguiente resolviéramos el problema de la instalación del aire. Consejo que al día siguiente me repitió un hombre en la cola del banco cuando contaba lo sucedido.

-Para la próxima váyase a un hotel, esa aventura fue demasiado peligrosa. Suerte tiene de estar contándola. -Dijo.

No sé qué nos pasaba que no razonábamos, como autómatas nos dirigimos a la dirección que nos había dicho el hombre sin pensar en el peligro ni en las posibles consecuencias.

———-o———-

Tragué grueso ante la pregunta del muchacho, quien me miraba por encima del hombro intrigado acerca de cómo había ido a parar yo al barrio. Respondí:

-Me mandó un amigo que conoce a “Maraña” y me dijo que él podía tener el enchufe que necesito.

Llegó “Maraña”, evidentemente, aparte de ser el dueño de la ferretería es un líder en su comunidad pues todos parecen respetarle y, por lo que entendí, es quien maneja el consejo comunal del barrio, administra los recursos que le dan y decide quién tiene derecho a los beneficios que puede obtener por medio de esta nueva figura de organización social.

Entre las consultas que le hacían, las quejas que le ponían, los chismes que le contaban sobre lo que estaba sucediendo en el barrio, logré preguntarle si tenía el enchufe trifásico que necesitaba para que me lo vendiera. Me dijo que esperara un momento, entró a la ferretería acompañado de algunos de los muchachos que ya contaban como unos 16 al sumar los que llegaron con él y al rato salió con la mala noticia de que no tenía el artículo que yo necesitaba. Se le habían agotado y sólo le quedaban enchufes de 110 voltios.

No sé si triste o aliviado de poder salir de una buena vez de ese sitio, me subí al carro y nos fuimos a la casa a ver cómo resolvíamos el entuerto del aire. Llamamos al técnico panita. Eran ya cerca de las 12 de la noche cuando llegó y a lo “Mc Gyver”, cortó el cable del aire que se había deñado y con maña y “teipe” negro logro empatarlo al cable del aparato nuevo y este arrancó a enfriar inmediatamente.

Cuando le contamos lo que habíamos hecho y de dónde veníamos, peló los ojos y con tono de asombro y reprimenda nos dijo:

-¡Ustedes sí tienen bolas! ¿Cómo se van a meter a ese barrio solos y en la noche? Ese sitio es peligrosísimo. Los enfrentamientos entre las bandas de narcotraficantes son a puro tiro y lo mismo con la policía. Con decirles que tienen un sistema de vigilancia: un tipo se monta en un árbol de mango desde donde divisa la mayor extensión de la calle y desde allí avisa a sus compinches cuando viene la policía o los miembros de bandas enemigas. ¡Ese barrio es candela, ahí hay muertos cada nada!

Contento de poder dormir a una temperatura confortable, me acosté dispuesto a recuperar el sueño perdido la noche anterior. La mente, aunque agotada, no dejaba de trabajar. Pensaba: “¿Cómo  se podrá hacer para que este país deje atrás la violencia? ¿Quién podrá ponerle coto al narcotráfico, a esas ventas de droga que se han instalado en los barrios más pobres de nuestras ciudades? ¿Cómo se podrá controlar la corrupción que se ha extendido hasta la gente de los barrios quienes reciben aportes del estado para los consejos comunales donde unos cuantos se benefician de ese dinero sin que la mayoría de la gente del lugar pueda acceder a lo que el gobierno les ha prometido pues esos dineros no son auditados ni controlados por nadie? ¿Qué pasará en las ciudades si alguien con suficiente guáramo y decisión pone fin a ese despilfarro de dinero que va a parar a manos de los guapetones del barrio?” Me imaginaba a esa gente saliendo a incendiar ciudades porque no están dispuestos a perder esas parcelas de poder y de riqueza que han encontrado a costa de que sus vecinos continúen en iguales o peores condiciones que antes. Esos “líderes” de la comunidad saben lo que es pasar hambre y necesidades y lo que han conseguido lo defenderán a sangre y fuego. Muchos de ellos, con las mismas armas que el régimen les entregó para “defender la revolución”. Armas con las que salen a robar y a matar y que no dudarán en empuñar contra quien pretenda arrebatarles lo conseguido.

En esas andaba cuando el bendito aire recién comprado se congeló y ya no quiso volver a enfriar en toda la noche. Después de todo lo vivido, parece que hay días que están escritos en nuestras vidas y contra la fatalidad no se puede pelear. Parecía que no había forma de escapar a una noche de calor infernal.

!Alguien que me de luces sobre capitalismo y socialismo¡

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Tengo 12, de mis 46 años de vida. oyendo hablar desde las altas esferas del gobierno venezolano de las maldades de capitalismo salvaje y de las bondades del socialismo y del comunismo. Es como mucho 12 años de un mismo gobierno y de un mismo discurso y, no obstante, en la práctica, no he logrado captar la diferencia que los dos sistemas ofrecen. Será que soy muy bruto o que la realidad que vivo cada día me demuestra que la Venezuela de la cuarta república, la del capitalismo satánico es, si no peor, la misma que la Venezuela del bondadoso y angelical socialismo del siglo XXI, la de la quinta república.

Por ejemplo, en octubre del año pasado, escuchaba al presidente decir:

“El sulfato de amonio, nosotros se lo vendíamos a Agroisleña, a 14,4 bolívares el saco. 14,4, ustedes pueden anotar y sacar la cuenta, para que después saquen los porcentajes de ganancia, de especulación. Ese es el capitalismo. (…) Nosotros nos cansamos de decirle a ellos, ¿eh? Que deberían venderlo a 22 bolívares máximo, 22,3, para obtener una modesta ganancia, ¿verdad? En base a las cadenas productivas, de distribución, los costos reales. El precio justo está cerca de 22. Bueno, suponte tu, voy a sugerir un precio de 25, o por ahí verdad, todavía 30, en base a algunas variables de costo, ¿verdad? No, no, ellos lo vendieron y lo siguieron vendiendo sin hacernos caso nunca, en 75 bolívares el mismo saco (…) 500 por ciento por encima. Eso se llama: especulación.”

El presidente Chávez con este discurso pretendió justificar la medida de expropiación de la empresa privada Agroisleña en 2010. Y por allí se fue a hablar acerca del capitalismo y la especulación diciendo que la especulación es al capitalismo, lo mismo que la sangre al cuerpo del ser humano. O sea, que le es intrínseco, que no puede existir el capitalismo sin la especulación, como no lo puede hacer el cuerpo sin la sangre.

Agroisleña dejó de ser privada para pasar a manos del gobierno y llamarse “Agropatria”. En su maratónico programa de los domingos y con su particular estilo de “abusadorcito sobraíto”, que siempre me recuerda a los malandros que me encontraba en mis recorridos por barrios del país, lo anunció, entre aplausos del público invitado para tal fin.

Sucede que hace unos días me consigo a un amigo que compraba productos a Agroisleña y que en la actualidad le tiene que comprar a la estatizada Agropatria y me comenta que la empresa, ahora en manos del gobierno, vende el producto ¡más caro que lo que lo vendía la Agroisleña privada!

Yo por supuesto, no lo podía creer y el amigo gentilmente me mostró las facturas de compra. Una, con fecha de 01-09-2010, es decir, unos días antes de que el presidente en su show anunciara con bombos y platillos la expropiación de la especuladora compañía. En esta se puede observar que el precio de venta de AICAMIX 10-23-23 CP 50 KGS. PTO. CABELLO era de Bs. 52,95 el saco, que al sumarle el costo del flete hacía un total de Bs. 61,21 por saco.

  

En la otra factura, del 08 de febrero de 2011, cuatro meses después de que el socialismo se hubiera hecho cargo de la compañía, el mismo producto con el mismo peso, es vendido a 61,62, es decir, unos céntimos  por encima del precio capitalista y especulador que tenía la privada Agroisleña.

Es aquí donde yo me pierdo y no logro entender cómo es todo este rollo del socialismo y el capitalismo del que cada nada habla el presidente. Me siento bruto y más tapado que una olla de presión. Estas facturas me llevan a pensar que, tal vez, Agroisleña no era tan malvada y satánica como la pintaron o que Agropatria no es tan bonachona y de precios justos como nos la prometieron.

Esas mismas dudas me asaltaron cuando entré a un excapitalista y expropiado supermercado Éxito y conseguí que un saco de alimento para perros de 18 kilos que compraba a 210 bolívares en cualquier tienda capitalista de mascotas, en el Bicentenario socialista,  costaba 240 bolívares y las verduras y legumbres todas tenían precios muy por encima de los ofrecidos en los supermercados del capitalismo salvaje.

Pero, me acabo de dar cuenta que la confusión no es sólo mía. Los seguidores del presidente y acólitos del socialismo criollo, parecen no entender tampoco de qué va todo el discurso de estos 12 años.

En estos días, con todo este rollo de la escasez de alimentos en el país, me vi en la necesidad de llamar a un amigo que distribuye alimentos en el ahora también en manos revolucionarias Mercamara, adepto al régimen y de los que aplauden el socialismo del siglo XXI, para que me consiguiera unos kilos de leche para enviar a mi familia en Mérida, donde el preciado producto en todas sus presentaciones líquidas y en polvo se encuentra casi totalmente desaparecido.

Pues bien, mi socialista y revolucionario amigo, me consiguió la leche. 36 paquetes de un kilo con los que mi numerosa y fértil familia podrán subsistir y alimentar al montón de carajitos por algunos meses, hasta que tenga que volver a hacer un envío. Si corro con la suerte de conseguirla.

En la parte superior izquierda está la factura legal y a la derecha el monto que en realidad pagué por la leche

Suerte que es relativa porque cuando hablé con mi proveedor chavista, me aclaró que eso sí, el precio del kilo de leche era un poco más caro que el que marcaba el producto. Cada empaque de un kilo tenía marcado como PVP Bs. 15,48 y a mí me lo vendieron a 20 bolívares cada uno. El monto total del sobre precio se lo dejo para que lo calcule el presidente, a quien le encanta sacar esas cuentas porque yo, la verdad, no soy muy ducho en matemática.

Cuando me despacharon los sacos de leche, el envío venía con una nota de pedido en la que estaba marcado el precio que yo debía pagar por los 36 kilos: 720,00 bolívares exactos y, aparte, venía la factura legal con el monto que supuestamente yo debería haber pagado por el producto: 543,00 bolívares.

Yo, de todas formas, le agradezco a mi revolucionario amigo que me haya solucionado mi problema de alimentación familiar y me encuentro satisfecho porque la carga ya está en manos de quienes la necesitan, sin tener que pagar los 35 o 40 bolívares por kilo, que piden los buhoneros en la calle. Estoy casi seguro, que mi suplidor también tuvo que pagar un sobreprecio para que le despacharan las cuatrocientas cajas de leche que le llegaron ese día. Seguramente se lo reflejaron como pago de flete como se acostumbra en estos tiempos de revolución.

Pero de lo que no me queda duda es que esa leche no iba a parar, bajo ningún concepto, a los anaqueles de los abastos y supermercados, quienes sí se verían obligados a venderla a los 15,48 que marca el empaque. Por supuesto, esos capitalistas salvajes no van a permitirse perder más de 4 bolívares por cada kilo.

Si algún amable lector le quiere explicar a este ignaro opinador cómo es todo este rollo del socialismo y el capitalismo y darme luces para entender a qué se deben todas estas distorsiones que a diario veo y vivo y que me demuestran que la quinta república no es más que una edición ampliada, profundizada, agravada y continuada de la cuarta, bien se lo sabré agradecer porque, de verdad, siento que tengo 12 años en los que no me entero de nada.

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