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En Maracaibo vi que Capriles abrirá el camino

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Llegando de la fiesta del progreso que fue el acto de cierre de campaña de Capriles en la avenida 5 de Julio de Maracaibo. En la ropa y en la piel traigo el olor de “violín” de la catirita sifrina que tenía al lado, del mal aliento del guajirito que tenía adelante. Los dedos de los pies están magullados con los pisotones del negrito  de los chimbangles de San Benito y los tacones de la señora emperifollada que miraba por encima del hombro. En las costillas traigo la marca de los codazos del malandrito a mi izquierda y de la mujer con cara y lentes de maestra de escuela a mi derecha.

Por momentos, el aire faltaba. El olor a sudor parecía emerger del pavimento como un vapor. En ocasiones un sudor fresco y perfumado y, en otras, rancio y fuerte, como de persona que trabajó todo el día a pleno sol y de su jornada laboral saltó al mitin de Capriles. Un olor a “solecito” que decimos en el Zulia.

Pero, en esos momentos de emoción, esos olores terminan siendo el olor de la alegría, de la esperanza, de la fiesta de la democracia y los moretones son la marca, el sello, de que asistimos a un momento histórico en la vida del país.

Venciendo mi agorafobia, ya desde hacía días tenía decidido que no me perdería por nada del mundo el acto de cierre de campaña de Capriles en el Zulia. Y la emoción y la algarabía del día anterior en el mitin de cierre en mi querida Mérida confirmaron mi decisión e hicieron que anhelara fuertemente que llegara la hora de fundirme en esa masa amorfa, alegre y llena de vida que ha recorrido todas las ciudades del país desde hace meses.

Veía a la gente de Mérida en la calle y la imagen que me surgía era la de la espuma de una cerveza batida que se desborda del vaso y de la botella. Las fotos y las imágenes de televisión del evento andino me hacían intuir que en el Zulia no sería menos. Nunca, ni cuando el Papa Juan Pablo II visitó Mérida, vi tanta gente en las calles de mi ciudad natal. Al punto que, en algún momento de la jornada, una que otra lagrimita de emoción salió sin querer viendo la pantalla del televisor.

Vi lo de Mérida y, al salir a la calle, encontré a la gente alegre, saludaba contenta. Preguntaban: “¿Vas mañana?” “¡Claro que voy!”. Toda la ciudad anhelaba la llegada del evento. Todos estábamos dispuestos a ir a mostrar nuestro apoyo al cambio y nuestra esperanza en el futuro..

A las cuatro de la tarde cerramos la tienda y nos arrancamos a 5 de Julio.  Al llegar, el pánico se quiso apoderar de mí al ver el mar de gente y las imágenes de aquella fatídica noche en la inauguración del las luces del estadio de Mérida, cuando mucha gente fue arrastrada y pisada por la multitud descontrolada, vinieron a mi mente. Inmediatamente, espanté esos fantasmas y fue entonces cuando el miedo dio paso a la música porque, al ver lo variopinto de la gente reunida, con naturalidad, acudió a mi cabeza la canción de Serrat, “Fiesta”.

El acto de cierre de Capriles es la mejor escenificación de lo que dice la canción de Serrat desde su primera estrofa hasta la última y durante toda la jornada no hizo más que rondar en mi mente su melodía.

A los pocos minutos de haber llegado a la avenida, por los altavoces anunciaban que estaba haciendo su entrada el candidato, el “Preentrante”, como le decimos en oposición al “Presaliente”.

A la música se unía el bullicio de la gente, el sonido de los morteros, de los pitos, cornetas y bubuzelas, el “¡POM!” de los morteros. Hasta los pericos parecían estar alegres y no cesaban de gorgorear volando en bandadas sobre la multitud.

Una explosión de papelillo, un aumento del ruido, la multitud que comienza a mirar toda en la misma dirección al tiempo que grita desenfrenada, la gente que empieza a empujar con más fuerza, a apretujarse, nos indican que Henrique se aproxima. Levanto la vista y allí viene. Con su camisa celeste y sonrisa franca, intercambiando gestos con la gente y lanzando sus gorras tricolores.

Yo, que no soy mucho de tener idolatrías por políticos y artistas, no puedo evitar emocionarme, los mocos se me aflojan un poco, el nudo en la garganta se me aprieta y las lágrimas pujan por salir. Lo veo pasar frente a mí y siento que lo que pasa es el futuro, la esperanza. No pienso en ningún momento que Capriles sea el camino pero estoy convencido de que puede abrir el camino.

El siguió su paso. Ni cuenta se dio que detrás dejó a un hombre, casi cincuentón, emocionado a punto de llanto con su presencia. Un hombre que no cree en mesías que, de hecho, ni siquiera votó por Capriles en las primarias pero que ahora siente que Capriles representa la última oportunidad para Venezuela. Un gocho asimilado maracucho que en ese momento mira al cielo y comprueba que el día nos ha regalado un hermoso y cálido atardecer.

En una esquina de 5 de Julio quedó un venezolano que piensa que, o salimos de esta etapa obscura y lúgubre, de esta tiniebla, el domingo 7 de octubre, o ya no será nunca. Al menos no lo será de manera pacífica. Escucho con detenimiento una vez más lo que el candidato tiene que decir y su discurso me convence de nuevo de que “hay un camino”.

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“Sospechosos habituales”

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No, no voy a escribir de cine. Este post no se trata de una tardía reseña o crítica sobre la película de Bryan SingerThe Usual Suspects” estrenada en 1995. Voy a relatar única y exclusivamente lo que los venezolanos vivimos cotidianamente en este país que ya cuenta los casi 14 años de “revolución bonita”.

En Venezuela nos hemos ido paulatinamente acostumbrando a dejar de ser ciudadanos para convertirnos en “sospechosos”, potenciales delincuentes, personas que tenemos que a diario demostrar ante el sistema de gobierno que somos inocentes, porque el lema en la Venezuela del Socialismo del Siglo XXI pareciera ser que todos somos culpables hasta que demostremos lo contrario, si es que podemos.

Así, el simple hecho de ir a comprar leche a un supermercado puede volverse en su contra. Si en lugar de comprar un paquete de leche usted pretende llevar 2, automáticamente, pasa a ser sospechoso de acaparamiento y especulación y al llegar a la caja, el sistema disparará una especie de alarma que le indicará al cajero que usted puede solo llevar un paquete. Nada de dos para después enriquecerse vendiendo el otro por el doble de su costo.

Lo de la leche es un ejemplo que cualquiera de nosotros puede haber sufrido en carne propia. Pero también está Cadivi yo diría que uno de los mayores generadores de sospechosos en el país.

Es tal la cantidad de normas y trabas que los venezolanos tenemos que sortear cuando vamos a viajar al exterior para tener derecho a 2 mil quinientos dólares para compra con tarjeta de crédito, 500 en efectivo y 400 para compras por internet que uno llega a dudar si en realidad no será que uno es un verdadero delincuente en estado de negación y es por eso que el Estado se ve obligado a ponerle un montón de conchitas de mango para ver en qué momento uno se resbala y comete el delito.

Las cantidades anteriores, como sabemos, son el monto máximo al que podemos aspirar y que Cadivi nos concederá como una “gracia” para viajes de un mes o más. Si el tiempo de estadía en el exterior es menor, igualmente lo serán las divisas otorgadas. Pero sea cual sea la cantidad que el régimen le “conceda”, siempre tendrá un lapso de unos 90 días para hacer una declaración jurada en la que explique que utilizó esas divisas para viajar y no para “enriquecerte” con ellas. Y el régimen siempre se reserva la posibilidad de llamarlo a comparecer ante la administración de las divisas para que demuestre, con todos los recibos y facturas en mano, que utilizó esas divisas de manera honesta, so pena de, si parece sospechoso, ser suspendido y bloqueado. O sea, olvídese de solicitar más divisas y espere a ver cuál será su castigo.

Pues bien. En este proceso de consolidación del socialismo y la revolución que nos iguala a todos (a unos más que a otros, en verdad) en la sospecha, el régimen se ideó un mecanismo para “controlar” el contrabando de gasolina en los estados fronterizos y es por lo cual, desde hace un año más o menos hemos empezado a hablar y escuchar del mal llamado “chip” de la gasolina cuya instalación se inició hace un tiempo en Táchira.

Bocazas hay en todos lados

Recuerdo que hace unos cuantos meses, cuando se oía acerca de las largas colas de carros que se estaban haciendo en San Cristóbal para la instalación del “Chip de la gasolina”, que en realidad se llama “Tag” y que no es más que un código de barras que instalan en el vidrio parabrisas frontal, muchos comentaban a través de las redes sociales que esos “gochos” si eran pendejos, que cómo iban cual mansos corderitos a hacer esa cola para que los  marcaran como reses, que por qué no se “arrechaban” y armaban un peo, que…

Mucho de eso lo leí en Twitter y lo escuché en la calle. Como sabemos, los maracuchos tienen fama de bocones, “farfullos”, habladores, bocazas, “vendo la jeta”. Por eso no era difícil encontrarse en la gasolineras o en las colas de los supermercados a los “valientes” que vociferaban que ellos incendiarían la ciudad antes que hacer esa cola para ser marcados.

Y así fue como, un buen día, me llegó por pin de blackberrry que en la parte de atrás del Cuartel Libertador estaban procediendo a la instalación del chip. El mensaje que me enviaron decía literalmente así:

“Ya están instalando el chip de la gasolina en los alrededores del Cuartel Libertador.  Hay poca gente porque aún no han pasado la información a los medios de comunicación. Parece que  lo están manejando con bajo perfil, con mensajes de boca en boca entre los chavistas, para que ellos vayan primero a instalarlo y que se eviten las largas colas que se formarán para obtener el código. A partir del lunes ya lo dirán por la prensa. Hay que llevar carné de circulación, la póliza de Responsabilidad Civil y la cédula de identidad. Corre a poner el tuyo”.

Como yo conozco cómo es la cosa en Venezuela y con el tiempo he aprendido a diferenciar los mensajes verdaderos de los falsos de Messenger, y también sé que los venezolanos no parece que hayamos encontrado una forma efectiva de protestar contra este tipo de decisiones y medidas del gobierno que nos van quitando calidad de vida, con lo cual, a pesar de los bocazas, el “chip” terminará siendo una triste realidad también en el Zulia, sin enfurecerme más de la cuenta, agarré mis papeles y me fui al Cuartel Libertador.

En media hora estaba listo. Al nivel del espejo retrovisor hay una etiqueta con el código de barras que me indicará por medio del la lectura que harán los escáneres instalados en las estaciones de servicio, cuánto será mi cupo diario para poner gasolina.

Al día siguiente ya la noticia se había regado y quienes pensaban que era otro falso rumor transmitido en cadena, empezaron a engordar la línea de carros en los alrededores del Cuartel. Un amigo que fue ese día, tardó dos horas y media en obtener el código y, dos días después, conseguí un señor en el supermercado que me comentó que estuvo desde las 7 de la mañana hasta las 4 de la tarde, sin comer, en la cola para que le instalaran el bendito “chip”. Allá están llegando como corderitos a hacer su fila todos aquellos bocones que decían que no permitirían esa vaina. En un tiempo, todo campo automotor del Zulia contará con su etiqueta de racionamiento de combustible.

No todo acaba con tener el chip

Pero la cosa no termina allí. Si usted pensa que una vez pasada la incomodidad de la larga cola a pleno sol ya el mal trago ha terminado, le tengo malas noticias. Su calvario apenas empieza.

De acuerdo a la experiencia tachirense, una vez que el chip entra en funcionamiento, hay que acostumbrarse a que pasará mucho tiempo metido en una cola cada vez que quiera repostar el tanque de gasolina. Media hora, en el mejor de los casos, y hasta 3 horas para llenar el tanque.

El sistema funciona así:

Cuando el vehículo entra en la estación de servicio, un escáner ubicado en el techo le leerá el código de barras (Si no funciona, usted deberá introducir su número de cédula de identidad que, una vez más deja de ser un número de identificación ciudadana para convertirse en un mecanismo de control y racionamiento). En la pantalla le aparecerá el dato con la cantidad de litros de gasolina diaria que el sistema tiene a bien conceder como una “gracia” por la cual, de todas formas, tiene que pagar.

Mi sobrina Luzmary Santos, que ya está curtida en el Táchira con el funcionamiento del “chip”, me contaba que hace unos días llegó a poner gasolina y que al verificar en la máquina, la pantalla le decía que su cupo había sido bajado de 50 litros diarios a 20 litros, que si quería recuperar su cupo original, debía pasar por una “auditoría”. Sospechosa habitual.

Resulta que si a quienes manejan el sistema les parece “sospechoso” que usted reposte combustible todos los días o de manera frecuente, pues lo pueden castigar disminuyendo el cupo, llevándolo a cero litros incluso, y lo obligan a ir a la auditoría con los representantes del Instituto Nacional de Tránsito Terrestre, de PDVSA  y hasta del mismo CICPC  para que explique esa manera “sospechosa” de poner gasolina. Por supuesto, ese trámite de la auditoría implica una cola que puede durar cuatro o cinco horas.

-Lo mío se arregló porque después de las 3 horas de cola, en la auditoría me dijeron que no era por exceso de consumo sino porque habían anotado mal mi número de placa. Así que me reintegraron mi cupo de 50 litros –dice Luzmary-. Pero delante de mí estaba una señora que tiene un transporte escolar y que ha tenido que ir ya cuatro veces a auditoría porque es “sospechosa”. A algunos que no pasan la auditoría, les prohíben poner combustible por ocho días o por el tiempo que a los auditores les dé la gana.

El contrabando sigue igual

Pero los más triste del caso es que, como pasa con el racionamiento de los alimentos, con la fuga de divisas y el control cambiario y con los tantos otros controles que nos impone el régimen actual, las medidas no han servido para nada. Los buhoneros siguen vendiendo en las calles los productos alimenticios racionados al triple del precio estipulado por el gobierno mientras que en los supermercados no se consiguen y cuando los hay, tienes que mostrar tu cédula de identidad para poder comprar la cantidad que estipula el racionamiento como medida para evitar el acaparamiento y la especulación de los revendedores.

Cadivi, todo el mundo sabe que es una ratonera igual o peor que el tristemente célebre Recadi de la cuarta. En Colombia y Panamá la gente sigue “raspando” las tarjetas. Hasta en Estados Unidos hay quienes se encargan, previo pago de comisiones, de aprobar cupos de Cadivi sin que la gente tenga que estar en Venezuela o viajar y los jerarcas del régimen que son los que tienen dinero y más fácil acceso a los dólares preferenciales se llenan los bolsillos comprando dólares oficiales a bajo precio para revender una parte a casi 10 bolívares por dólar y poner la otra parte a buen resguardo en cuentas en el exterior, por si algún día hay devaluación o tiene que salir  huyendo del país.

Con el contrabando de gasolina pasa exactamente igual. La experiencia tachirense demuestra que la extracción ilegal de combustible no ha disminuido. Según comentan en los corrillos, ese es un negocio tutelalado, como muchos otros negocios ilegales, por los militares. Los “pimpineros” (quienes sacan gasolina en pimpinas por los caminos verdes) tienen sus bolsillos llenos de “chips” comprados a 200 bolívares cada uno a quienes administran la instalación del código. Al menos 200 era lo que pagaban inicialmente, posiblemente haya aumentado con la “inflación”.

Y, como con el cupo de Cadivi que se generó todo un mercado paralelo de divisas en el cual hay compradores y vendedores de cupos, con el control de la gasolina el gobierno está propiciando el nacimiento de un nuevo negocio ilegal: la venta del cupo del “chip”.

Si a mí me otorga la “gracia” el sistema de permitirme un cupo de 50 litros diarios y lo que consumo son sólo 10 o 15 litros de acuerdo a mis desplazamientos, pues tendré un excedente diario de entre 35 y 40 litros diarios que podré vender a los contrabandistas. La verdadera solución para acabar con el contrabando de gasolina todo el mundo sabe que es subir el precio del combustible y ponerlo a precios internacionales, así se acabaría el negocio. Pero eso tiene un costo político y social que un gobierno cobarde y populista como el que tenemos no está dispuesto a pagar.

En fin. Que lo del chip es otra medida más fracasada que, además, tendrán que terminar poniéndolo en todo el país pues quienes no puedan comprar la gasolina para el contrabando en Táchira o Zulia, lo harán en Trujillo o Lara al final de cuentas el negocio es tan lucrativo que, cuando mucho, aumentará un poco el precio del combustible por los “inconvenientes” causados por el control.

El chip es completamente inútil para limitar la extracción ilegal de combustible a Colombia, para lo que sí es absolutamente efectivo es para hacerte sentir controlado, humillado, sospechoso y, por supuesto,  impotente pues, las protestas generadas en Táchira no impidieron la implantación de la medida. Por unos pocos que hacen los negocios ilegales terminamos pagando todos los ciudadanos decentes y trabajadores porque el régimen, en su ineficiencia, es incapaz de controlar y meter en cintura a esos pocos al margen de la ley. Pagamos justos (y juntos) por pecadores, mientras que los verdaderos pecadores se cagan de la risa.

Eduardo Sánchez Rugeles, te tengo pilla´o

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Que nadie se llame a engaño. Lo que voy a escribir a continuación está escrito desde la envidia. Así. Sin matices. Nade de “es envidia sana” o “envidia de la buena”. No. Es envidia vulgar, simple, común, llana y corriente el único sentimiento que me mueve a escribir acerca de la novela Liubliana (Ediciones B, 2012) de Eduardo Sánchez Rugeles.
Y es que ¡cómo no envidiar a ese muchacho que apenas pasa los 30 años, aunque al verlo pareciera que acaba de cumplir los 20. Con esa pinta de niño bueno, pinta de nerd, a decir verdad, que es capaz de escribir de la manera como lo hace y que, además, puede vivir de eso! Sin contar con que es objeto de la profunda admiración de Laura. Todo eso es suficiente para despertar la envidia hasta de un santo.

Laura. Laura. Creo que debería estar prohibido que alguien despierte en Laura tanta admiración como la que despierta Eduardo en ella. Me atrevería a pedirle a Chávez que con el poder que le otorga la Ley Habilitante, que se supone que es para legislar por la emergencia de las lluvias pero que a él le vale hasta para prohibir que exista el cáncer, que impida, por decreto ley, que existan muchachitos como el Sánchez Rugeles, talentosos, buen mozos, que a pesar de vivir en Europa, hasta huelen bien y cuya simpatía traspasa la redes sociales y los monitores de computadoras para seducir incautas como Laura, que babea por él.

A los textos de Eduardo había llegado por diferentes vías. Algunas veces alguien guindaba en su muro de Facebook algún artículo del escritor o algún tuitero posteaba un link a su blog y, al abrirlo, indiferentemente, siempre, me sorprendía un buen texto. Alguna crónica o ensayo en los que nos dibujaban descarnadamente como venezolanos y como personas.
De manera que conocía algunas de sus crónicas, me identificaba con ellas y con ese desparpajo particular que tiene el escritor para contar(nos) que a ratos llega a ser como una cachetada, por no ser grosero y decir que un coñazo, que es lo que en verdad es.

Un coñazo. Eso es lo que he debido meterle a ese carajito. Sé que la envidia es mala consejera pero yo advertí al inicio de este escrito que lo escribía desde ese sentimiento mezquino, cizañero y censurado por todos.

Mientras esperaba que a la librería llegara Liubliana, decidí comprar Los desterrados (Ediciones B, 2011). Esa misma noche comencé a leer las crónicas de Lautaro Sanz. Fue entonces -a leer el primer relato del libro y descubrir que lo había leído hacía tiempo en la web-, que pude relacionar a Lautaro con Eduardo y a estos dos con el muchacho flaco, de voz pequeña, que presentara su novela ganadora en la Biblioteca Pública del Zulia ante un vergonzosamente escuálido público. Aunque al escritor, según me comentó al día siguiente, no le sorprendió.
-Es así en todos lados. –Me contestó cuando le comenté que me había sentido avergonzado por la poca asistencia de público la noche anterior.

No joda. ¡Menos gente ha debido ir esa noche! Si ya se me hacía insoportable abrir el facebook y conseguir siempre en el muro de Laura un link que dirigía a algún texto de Eduardo o encontrar algún post del carajito en la web y, al revisar los comentarios al pie, ver aparecer entre los primeros, uno escrito por Laura con esa devoción que le profesa, ahora, después de conocerlo, de verlo a los ojos…

Con Sánchez Rugeles me sucedió como pasa mucho con las vainas de internet. A uno le llega tanta información, de tantas partes que, por momentos, se pierde la capacidad de relacionar una cosa con otra, hasta que llega algún evento que te da la luz.
Sus crónicas del destierro me cautivaron una vez más. La manera particular que tiene el autor de jugar a dos bandas entre la superficialidad de la televisión y la profundidad de la literatura, su modo singular de acercarse a lo mass mediático y vincularlo con lo más eximio de la literatura y el arte. Esa mezcla entre banal y sublime de sus crónicas, en todo momento con la palabra precisa y el tono perfecto, siempre termina asombrándome.
Al leer en una misma edición las crónicas de Lautaro, esos textos que ya con anterioridad me habían seducido, unos más que otros, de manera dispersa en internet, cobraron una nueva dimensión, tomaron una nueva connotación y dibujaron un mundo particular. Pude intuir ese microcosmos que se me descubriría con más destreza en el manejo de la palabra y de la anécdota, en Liubliana

Eduardo Sánchez Rugeles durante la presentación de Liubliana en MaracaiboLiubliana.

Lo que más me asombra es cómo pude contenerme. Cómo me aguante tanto tiempo en el restaurant árabe sin darle aunque fuera una patada por debajo de la mesa que pareciera no intencionada. Ahora, que acabo de cerrar su libro y con el ejemplar sobre mis piernas escribo este relato, arrepentido de no haberme dejado llevar por mi instinto, me atrevo a formular una teoría acerca del nacimiento Liubliana y sobre su autor.

Liubliana es una obra que cabalga entre la novela negra y el teleculebrón latinoamericano. Se mueve entre el musical cinematográfico, con imágenes tan de pantalla grande como la escena de la serenata de Vivancos, cuyo final oscila entre la derrota del cine mexicano y la sensación triunfalista de la “Sociedad de los poetas muertos”. Es un libro con aires de telenovela brasileña de los 80 con cierto matiz cabrujiano en “La señora de Cárdenas”. Juega con maestría con el suspenso literario y las películas de detectives. La narración es absolutamente cinematográfica.

No puedo creer que en el cuerpo de adolescente pajizo con carita de nerd y manos temblorosas que tiene ese sujeto con quien fui a almorzar al Gran Rauchí en compañía de mi querida Laura, que en la mente de ese muchachito aparentemente tan formalito, tan clase media caraqueña, tan “Buenas tardes, ¿cómo está usted?”, tan “yo no rompo un plato”, se pueda esconder tanta vida y pasión, que pueda albergarse tanto mundo y tanta historia como la descrita en Liubliana.

Cada página de la obra sorprende por la pericia de Eduardo para manejar varias historias, diversos personajes y múltiples tiempos sin perder el sentido de la trama y manteniendo en todo momento el interés del lector sin que uno pueda sentir que, en algún momento, la historia cae o afloja la tensión.
Me pasó que, por momentos, cuando ya había avanzado más de un tercio de la novela, observaba la cantidad de páginas que me faltaban para acabarla y me preguntaba cómo se las ingeniaría el autor para continuar una historia que parecía haber dado ya todo de sí. Pues se las ingenia, y ¡de qué manera!
Liubliana es una historia de perdedores, de derrotados. Sus personajes, magistralmente trabajados y dibujados por Eduardo se mueven entre sus fracasos, sus temores, sus miedos, desesperanzas, miserias y las más bajas pasiones. Incluso a aquellos que pudieran mostrar un poco de elevación intelectual y espiritual, y que manifiestan un poco de altruismo, al final, los encuentra un cruel destino. Eduardo no parece hacer concesiones.

Contemplo la carátula con el puente de los dragones sobre mis piernas, y recuerdo esa comida a la orilla del Puente sobre el Lago: Yo, tratando de parecer un poco inteligente para llamar la atención del joven escritor que estaba conociendo en ese momento y, sobre todo, para no parecer un estúpido a los ojos de mi estimada Laura. Sentía que no se me ocurría nada ingenioso qué decir y que en ese instante no era más que una excusa entre esos dos seres que se admiran mutuamente por la relación ‘facebuquiana’ de larga data que mantienen. Se me exacerba la envidia de sólo recordarlo, pero, por fin, logro ver la luz.

Carla, en la novela, para poder superar su historia tiene que anularse, borrar, negar, ocultar su pasado. Si quiere sobrevivir y tener una vida, si no feliz, por lo menos tranquila, alejada de sus fantasmas, tiene que desaparecer todo rastro de vida anterior. Y Gabriel, luego de pasar una vida sin tomar decisiones o equivocándose al hacerlo, descubre que el llanto solo puede brotar de sus ojos para dar entrada a la muerte. Ironía de la vida humana, mientras la mayoría de las personas lloran al momento de nacer, para entrar a la vida; Gabriel sólo puede hacerlo para salir de ella.
Los personajes de Liubliana son seres mutilados, castrados emocionalmente, que pasan su vida entera sin que lleguen realmente a conocerse unos a otros. Incapaces de manifestar sus sentimientos, solo logran interrelacionarse a través de juegos, monitores y pantallas e internet. Los sentimientos siempre quedan atrapados entre el nudo en la garganta y el chiste cruel.
Son personajes desarraigados que se desenvuelven en una ciudad -yo diría en un país- que acentúa ese desarraigo. Un lugar que no deja espacio para el recuerdo de vivencias pasadas. Entonces, Liubliana es un grito que denuncia un país en el que no hay cabida para la historia personal y el sentido de pertenencia. Un lugar donde, en apenas dos años, deja de existir ese parque en el que te diste el primer beso, la escuela en la que te enamoraste de la maestra de tercer grado, el bar de tu primera borrachera. De un día para otro no queda evidencia física de tu historia de vida.

Ahora está todo clarito. ¡Estos eventos de la novela tienen la clave! Los libros firmados por el admiradísimo por Laura; Sánchez Rugeles, no son escritos por él. Son obra de alguno de los grandes escritores del boom latinoamericano desaparecido. Un Cortázar, tal vez, que cuando creyó que se le habían agotado sus historias y no tenía nada que ofrecer, decidió fingir su muerte y retirarse pero a quien, los acontecimientos tan surrealistas que suceden en esta nueva vida en Venezuela, en estos tiempos de socialismo del siglo XXI y de falsa revolución, le movieron los cimientos y no pudo contenerse, tuvo que sentarse a escribir la historia.

Liubliana, que podría pecar de localista al tocar temas tan venezolanos como la política nacional, la tragedia de Vargas, o la vida caraqueña en Santa Mónica, de la mano de Sánchez Rugeles logra convertirse en una historia universal. Lo que en un principio es una oscura trama de amor, con atrevidas, descarnadas y grotescas descripciones de las relaciones sexuales de los protagonistas, logra superar los localismos y se convierte en un reflejo de las sociedades de cualquier país del mundo.

Ese chamo que me ignoró durante todo el almuerzo, al punto que le arrebaté de su plato la comida sin que se diera cuenta porque sus ojos vidriosos, como de sátiro, alternaban su visión entre la hermosa dama que nos acompañaba, mi Laura, y el inmenso paisaje de cielo azul y lago oscuro, no es el creador de esos mundos literarios. Este carajito es un perverso impostor. Ahora entiendo por qué Laura me llevó al almuerzo. Ella intuye algo y me usó como muro de contención para evitar que el pisapasito la atacara como lo hacen los personajes de las obras que firma.

Todo en Liubliana está matizado con una exquisita ironía, una intensa intriga y una profunda crítica al supuesto altruismo de algunas personas integrantes de organizaciones de “ayuda” humanitaria y que pueden terminar siendo fachada para tapar delitos como el tráfico de personas o la pedofilia, la trata de blancas o adopciones ilegales. Eso sin dejar de lado la crítica irónica que hace la novela a la llamada “literatura de la nueva era”. Con el desparpajo habitual de Eduardo, defenestra las publicaciones de libros de autoayuda y crecimiento personal de algunos autores que parecieran escribir sólo para que la gente tenga de donde sacar sus citas “hermosas” para el estado de Facebook, o para sus 140 caracteres de Twitter y que terminan siendo sólo un vulgar negocio que engorda los bolsillos de algunos vivos a costillas de los pendejos que se creen el cuento.

No pude luchar contra esa admiración mutua que sienten Laura y el impostor y contra la fascinación por la inmensidad del lago y el puente a nuestro lado. Reconcomiado porque esa tarde sólo existí para que me pidieran que les hiciera una foto a los amigos con el puente y el lago al fondo, llego a la conclusión, estoy casi convencido, que Liubliana, como la mayoría de los textos de Sánchez Rugeles, no son escritos por el mocoso con lentes que tenía a mi lado.

Eduardo juega con los tiempos, los personajes y las historias de la novela como quien toma una plastilina en sus manos y la modela a su antojo y conveniencia. La estira, la secciona, hace figuras y piruetas, las amalgama para volverlas a separar después, en una historia cíclica, cargada de intriga, suspenso y humor negro que tendrá su desenlace fatal en un extraño y remoto lugar, lejos de la tierra maldita donde nacieron sus personajes. Un sitio donde parece esperar la felicidad: Liubliana.
La excelente música de Alvaro Paiva Bimbo, cuyo CD acompaña la edición venezolana de la novela y creada como soundtrack para Liubliana, la escucho una vez más mientras escribo estas líneas. Siento que hay algunos momentos de la novela en los que de verdad acompañaría a la perfección. Es la música ideal para partes de la narración, aunque me pasó como con los personajes de los comics impresos cuando les ponen voz, al leer el libro, le fui poniendo la música, los sonidos y, por eso, al instrumental de Paiva tengo que, invariablemente, intercalarle la banda sonora que ya me había formado en mi mente cargada de boleros, rancheras, tangos y composiciones de Sabina. El CD me acompañaría en los momentos más melodramáticos de la historia o en su mayor suspenso.

Eduardo Sánchez Rugeles, te tengo pilla´o. La verdad se me ha mostrado como claras notas musicales, como una canción de Sabina o de Yordano. Tú no eres más que una mampara, un impostor, una firma en la portada de un libro. Detrás de ti hay un talento oculto, hay un maestro de las letras que no se atreve a dar la cara para enfrentar y justificar su desaparición. Algún día esa historia se sabrá. Tendrás que devolver tus premios y laureles. Caerá la deshonra sobre ti. Disfruta tu cuarto de hora, Eduardo, porque esta sentencia es como la maldición que le hiciera Carla a Gabriel en el aeropuerto al momento de despedirse, moviendo su mano derecha, como en Charmed. Yo esperaré tranquilamente tu debacle, entonces, el cariño de Laura, mi querida guajira, será solo para mí y ya no te admirará.

Maracaibo sigue esperando a Penélope

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Joan Manuel Serrat en Santa Rosa de Agua, Maracaibo, 1999

Corren los años de la segunda mitad de la década de los 70s, mis hermanas, un poco mayores que yo, están en plena adolescencia, ya están en edad de echarse novio, sus hormonas se mantienen alborotadas y en constante ebullición. Sueñan con el amor y el romanticismo les brota por los poros.

Salgo para el colegio y está sonando en el reproductor de cassettesCantares”, regreso y suena “Mediterráneo”, salgo a hacer un mandado y a todo volumen se escucha “Señora”, entro a bañarme acompañado por las notas de “Fiesta” y mientras me visto “La saeta” me eriza los pelos del cuello.

Harto de Serrat doy un portazo y me voy a jugar al parque. No soporto más la musiquita que parece grabada en un sinfín. Joan Manuel Serrat canta en mi casa desde la mañana hasta la noche. La cinta se ha ido destemplando de tanto tocarla. La música y las letras suenan distorsionadas y, por sobre ellas, se escuchan las voces de mis hermanas cantando con todo la fuerza que sus pulmones y vísceras de adolescentes les puede proporcionar.

Serrat de desayuno, almuerzo y cena. La cinta se enreda en el equipito y, con santa paciencia, la sacan, la enrollan con todo cuidado de nuevo con la ayuda de un lápiz  y de vuelta a sonar. Serrat, Serrat, Serrat, ¡SERRAT¡ ¡¿Hasta cuándo Serrat?! Creo que en mi alma de niño se ha ido sembrando, irreversiblemente, un profundo odio por el cantante catalán…

Pero los años pasan. El niño se hace adolescente que también empieza a soñar y a enamorarse. El adulto ya empieza a entender las canciones de Serrat. Los versos de “Cantares” comienzan a cobrar sentido, “La saeta” le hace revivir la Semana Santa en su pueblo natal merideño. “Señora” tiene el rostro de amigos y “Aquellas pequeñas cosas” parece haber sido escrita especialmente para él. Serrat pasa a formar parte del soundtrack de su vida y se descubre admirándolo cuando canta en español tanto como cuando lo hace en catalán.

Los años siguen pasando y el cantautor español ya se ha instalado en la historia de mi vida y resulta que, un buen día, me llama mi amiga Mercedes Vázquez desde Caracas y me dice:

-Serrat va para Maracaibo, se presenta en el Lía Bermúdez y yo voy con él así que prepárese porque cualquier cosa puede pasar.

Era inicios de 1999 y a la alegría de recibir a la querida amiga, se le sumaba la emoción de ir al concierto de Joan Manuel y, posiblemente, conocerlo, saludarlo, estrechar su mano. Algo que nunca pensé que podía suceder. Un artista español de tanto renombre y tan admirado se me hacía tan lejano que no lo podía creer.

Llegó el esperado fin de semana. En Maracaibo está Serrat y yo estoy en primera fila para su concierto, al que llegué un poco tarde porque estaba cuadrando todo para que el restaurante, al que lo llevaríamos luego del espectáculo, no cerrara y que su cocina se mantuviera abierta hasta que el artista decidiera qué iba a comer.

Todo listo. Llego justo cuando Serrat está a punto de arrancar a cantar. Sigilosamente camino agachado hasta el asiento que me tiene reservado Mercedes y me siento para disfrutar de cerca de 2 horas de canciones. Las viejas, las que destrozaban mis hermanas con sus gritos acompañando el sonido del destemplado cassette y las más recientes. Mientras lo veo y lo escucho, mi vida pasa frente a mí aunque los ojos están clavados en el escenario y los oídos deleitados con el arte del catalán. Termina el concierto. La gente pide a gritos “Penélope”, yo entre ellos, y Serrat dice:

-No, Penélope no la cantaré hoy. Queda para una próxima visita. Siempre hay que dejar algo para la próxima vez…

Salimos del teatro y nos vamos al restaurant que, efectivamente, nos aguardó y estaba solo. Casi todo el local para nosotros. Ordenamos la comida. No recuerdo exactamente qué pidió Joan Manuel. Sé que fue algo liviano pues nos explicó que después de toda la energía que gastaba en los conciertos no podía comer mucho. Se le veía cansado pero satisfecho. Sus ojos se desorbitaron cuando trajeron mi plato. No podía creer lo que veía. Le parecía asombroso que, a las 11 y pico de la noche, alguien pudiera comerse eso y luego dormir.

Cristian Espinosa, Mercedes Vázquez y Joan Manuel Serrat

Yo había ordenado un “Pabellón criollo” y allí estaba en perfecto orden el plato con las caraotas negras, junto al arroz, la carne mechada y las tajadas de plátano maduro frito.

El sonrió. Tomó su tenedor y sin ningún pudor probó un poco de cada cosa. Fue un gesto que, automáticamente, lo bajó de Olimpo donde lo ubicamos sus admiradores en la mesa y nos lo acercó para siempre a los mortales. Recuerdo que no habló mucho, se le notaba cansado pero al mismo tiempo satisfecho y relajado.

Durante la cena vio una tuma que yo llevaba colgada del cuello y le llamo la atención. Le expliqué que se trataba de una piedra Guajira, que se usaba como protección y que eran escasas. El, antojado por la belleza de la piedra, manifestó interés en que le consiguiéramos tres para llevarle a su esposa y sus dos hijas.

Comimos y Joan Manuel pidió que lo lleváramos al hotel porque estaba realmente cansado. Justamente ese día nos habían entregado en la mañana a  Cristian y a mí, una camionetica Damas de la Daewoo que habíamos comprado para la tienda de mascotas, así que correspondió a Serrat el honor de estrenar tan lujoso vehículo.

Le cedí el asiento delantero y le dimos un corto paseo por el centro de Maracaibo. Nos comentó que es muy poco lo que conoce de las ciudades a las que va de gira y nos dio a entender que nos agradecía el paseo pero tampoco era que le interesaba mucho ver el centro de la ciudad desde el auto en movimiento.

-Es todo más o menos lo mismo en todos lados. En todas las ciudades –dijo y continuó-. Lo que sí me gustaría conocer es Las Pulgas. Tengo un gran amigo en Barcelona que es de aquí y siempre me ha dicho que debo visitar el mercado cuando venga. Es una pena que no habrá tiempo para ir.

Hablamos un poco de política. Chávez acababa de ganar y Serrat, como todo el mundo, tenía expectativas al respecto aunque dejó entrever que no guardaba muchas esperanzas. Al menos así me pareció cuando le comenté que, por ser militar, a mí me generaba ciertos temores.

También hablamos de la orden Andrés Bello que recibió dos años antes, durante el gobierno de Caldera por su contribución en la creación de lazos entre España y Latinoamérica, de la cual quedó para la historia aquella hermosa fotografía del artista sentado en el piso de las escaleras del palacio de Miraflores a la espera del acto. Le pregunté qué pensaba de las críticas que algunos le hacían pues, siendo él tan de izquierda, aceptó un reconocimiento justamente de manos de Rafael Caldera, y dijo:

-Es que yo no lo recibí como un reconocimiento del presidente Caldera. Para mí fue un honor que me hizo el pueblo venezolano, no el gobierno de turno. Así lo tomé y no me importó de manos de quien vino porque para mí fue de manos de todos los venezolanos.

Al día siguiente, por insistencia de Mercedes y bajo mi protesta, pues me parecía peligroso, lo llevamos a almorzar a Santa Rosa de Agua. La cara que puso al empezar a recorrer las caminerías hechas con retazos de madera sobre el agua del Lago de Maracaibo fue poética y cuando llegamos al bohío donde comeríamos y ver todo el decorado rústico de esa edificación palafítica sobre las aguas del lago, se sentó y con absoluta satisfacción aseguró.

-¡Esto era lo que yo quería…!

Entonces entendí que Mercedes estaba en lo cierto al querer llevarlo allí y no a un restauran convencional.

Pedimos pescado frito, patacones con queso blanco, mojito de pescado y almorzamos probando un poco de todo mientras conversábamos y veíamos a los muchachos de Santa Rosa zambullirse en el agua para “pescar” las monedas que les tiraban. Fue entonces cuando sacamos las tumas que le habíamos conseguido. Tres, cada una diferente y se las dimos junto a un pequeño papel impreso con la historia de las piedras. Le explicamos que aquí los guajiros las rezan para ser utilizadas como protección y contra y le dije que tenía entendido que algunos gitanos en España también sabían cómo hacerlo.

No pudo disimular la alegría. Tomó las piedras, las observó sonriendo, con brillo y picardía en los ojos y comentó:

-Al llegar, encenderé mi puro, tomaré una copa de vino, le entregaré las piedras a mis mujeres y me sentaré a disfrutar viendo como se pelean por cuál será para cada una.

Llegó la hora de salir para el aeropuerto. Serrat va con su equipo en una van detrás de nosotros. Pasamos por el hotel a recoger las maletas y continuamos camino. Como estamos a tiempo, Cristian, que viene manejando la Daewoo conmigo, decide tomar las calles del centro para que Serrat tenga oportunidad de ver, aunque sea de pasada, el bullicioso mercado de Las Pulgas. Cuando estábamos ya, irremediablemente, metidos en el tráfico de la ciudad, comenzamos a recibir al celular llamadas desesperadas de María Gómez, la manager de Serrat en Venezuela.

Ella se encuentra ya en el aeropuerto, a punto de colapso. Hubo una confusión con la hora de salida del vuelo y resultó ser una hora antes de lo que se esperaba. Ya todos los pasajeros estaban embarcando y nosotros aún estábamos atascados en el centro.

Apretamos el acelerador. Serrat logró ver Las Pulgas de pasadita. Apurados llegamos a la terminal aérea. Serrat se despide de nosotros desde lejos, por señas, mientras corría hacia adentro pues el vuelo está detenido en la pista solamente esperando por él.

El avión despega. Nuestro stress baja. Finalmente, logramos que Serrat se llevara un buen recuerdo de Maracaibo. O mejor dicho, tal vez para él no haya sido más que una parada más en una gira de conciertos como tantas otras en tantas otras ciudades, pero a nosotros sí nos quedaron hermosos recuerdos.

Memorias que hoy renacieron cuando abrí el correo y recibí un e-mail de Mercedes Vázquez desde España que decía: “Deuda de fotos” y al abrirlo me encontré con la sorpresa de que contenía, en archivos adjuntos, las fotos que tomé con su cámara, 13 años atrás y que no había tenido el placer de ver.

Al mirar las imágenes, mi mente que a veces no parece conocer de tiempo transcurrido, volvió a repasar mis años de infancia y los recuerdos del encuentro con Serrat, recuerdos que, como su música, permanecen imborrables, como imborrable está en nuestra mente su promesa de que, en una próxima visita a Maracaibo, nos cantará “Penélope”.

Mi día de suerte

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Es sábado de quincena. El supermercado está, como decimos en criollo, hasta los “tequeteques”. Al hecho de que sea día de cobro y, por lo tanto de hacer la compra, se le suma el que ha llegado aceite y azúcar, dos de esos productos que se han vuelto especímenes raros en los supermercados y abastos venezolanos desde que el socialismo del Siglo XXI, demasiado similar al socialismo cubano de toda la vida, comenzara a recorrer los deteriorados caminos patrios.

La conjunción de todos los factores mencionados se confabula para hacer que el supermercado colapse pero, si además le añadimos que no solo llegaron los detestables aceites de soya y vegetales, sino que se asomó escasamente el aceite de maíz que tenía más de 6 meses sin verse en el mercado, podemos tener una idea más o menos cercana del barullo que hay en el local.

Yo, ignorante de la situación, salgo del trabajo y me dirijo al super para buscar el detergente para lavaplatos automáticos que mi hermana Moreida, por teléfono desde Mérida, me encargó que le comprara pues ha sido imposible conseguirlo en la ciudad andina y ella se niega a renunciar a ese “lujo” que significa meter los trastes en el lavavajillas y olvidarse de ellos sin tener que fregar y secar.

(No puedo dejar de imaginar la cara de indignación que debe poner el máximo líder de la revolución cuando se entera que hay gente que se rehúsa a lavar los platos a la manera tradicional y hasta gastan electricidad para hacerlo).

En fin, que camino los cerca de 400 metros que separan mi trabajo del supermercado bajo el inclemente sol de las 11 de la mañana para cumplir con el mandado y, al llegar, me encuentro el “cogeculo” armado.

Al entrar, me consigo a Sonia, una de las jefes de caja del establecimiento con quien he hecho amistad de tanto vernos a diario, ¡hasta tres veces! Lo mismo me sucede con la mayoría de quienes allí trabajan porque, si no es que se me olvida algo que debía comprar y tengo que volver, es que me dicen que pase a las dos y media que van a sacar leche, o que llegue antes de las cuatro que acaba de llegar el camión con la harina de trigo y para esa hora calculan que estará a la venta.

-¡Hola, Sonia! ¿Será que acá puedo conseguir detergente para lavaplatos automáticos?

Ella me mira extrañada, cómo pensando “¿Qué carajos le está pasando a este que ve que llegó aceite y azúcar y me pregunta por detergente para lavaplatos?”.

Me contesta que no, sin mucho interés y, mirando a su alrededor, como queriendo aparentar que está pendiente de los cajeros bajo sus órdenes pero en realidad observando que nadie oiga lo que me empieza a murmurar entre dientes, me dice:

-Ahí te tengo guardados cuatro litros de aceite de maíz y 2 kilos de azúcar. Llévate dos litros tu que yo te llevo después los otros dos litros  y el azúcar porque ya sabes que no se puede sacar más de uno. Dos con mi autorización.

Yo no puedo dar crédito a tanta dicha. ¡Aceite de maíz! Justo en el momento en que la última botella de mi reserva de aceite de girasol, comprado hacía como 4 meses, está a tres cuartos y me temo que tendré que comprar (si consigo) el asqueroso aceite de soya, Sonia me recibe con tan excelente noticia.

-Voy al otro supermercado a ver si consigo el detergente –le digo emocionado-, al regreso paso por eso, ¡no me lo vayas a vender!

Digo y arranco camino del próximo super que está unos 400 metros más adelante. Nada. El detergente está agotado allí también. Sigo hacia el otro supermercado que está a unos 300 metros de este. Recorro los pasillos, pregunto a los dependientes y me dicen:

-Esta mañana se llevaron las tres últimas cajas de ese jabón que quedaban.

Desilusionado por no poder cumplir con el encargo, emprendo el regreso al primer supermercado a buscar mi tesoro de “destilado de maíz”, como le dice un charcutero amigo que de vez en cuando me guarda una que otra botella.

Llego a la tienda, miro alrededor en busca de Sonia y no la veo por ningún lado. Las colas de gente en las cajas para pagar son interminables y en los carritos lo que se ve es aceite de soya y vegetal, muestra evidente de que el poco aceite de maíz que llegó ya se agotó. Estoy a punto de entrar en pánico. Con un hilillo de voz, le pregunto a Mabel, compañera de Sonia:

-¿Dónde está Sonia, Mabel?

-En la oficina la acabo de ver… Allí viene. –Dice y señala detrás de mí.

Miro a Sonia con mirada asustada e interrogante y ella levanta un paquete envuelto en doble bolsa para que no se vea su contenido, sonríe y me dice:

-Aquí lo tengo. Vamos a la caja.

Sonia se acerca a la caja de Dayana que acaba de cerrar y, haciéndome el favor de saltar las largas filas de gente, le dice que me chequee la venta. Entonces se produce este diálogo entre ellas dos.

Dayana: -Alberto, el acomodador de L´Oreal, acaba de chequear 3 potes de leche. Dijo que estaba autorizado. –Abre los ojos lo más que puede y espera la respuesta de su jefa que no tarda en llegar.

Sonia: -Si, está bien. Pobrecito, él tiene un niño pequeño y en verdad necesita esa leche. Además, como es leche para bebés pues no es tan grave que lleve tres en lugar de una que es lo que se vende. –Esto último lo dice Sonia mirándome a mí, como para aclararme la situación.

Dayana: Uhmmmm… ¿Cédula? –dice dirigiéndose a mí con la botella de aceite en la mano. Le doy mi número de cédula y Sonia le dice que son dos botellas.

Dayana: Si, yo sé. Pero tengo que chequear una con un número de cédula y la otra botella con otro número porque el sistema ahora no acepta que en una misma venta se chequeen 2 litros de aceite.

Sonia no lo puede creer, me mira sorprendida y me dice:

-Bueno, todos los días algo nuevo. Parece que cada vez se hará más difícil adquirir el aceite así es que ríndelo mucho. Yo te llevo al salir los otros dos litros y el azúcar.

Le doy el otro número de cédula a Dayana. Pago los 21 bolívares fuertes que cuestan los dos litros de aceite que llevo, o sea, el equivalente a dos dólares del mercado paralelo que si los contraponemos a los cerca de 7 dólares que cuesta el litro de aceite oliva importado que sí está siempre disponible en los anaqueles, pues podemos tener una idea de por qué la gente se desespera por conseguir aunque sea un litro del preciado líquido amarillo cuando se enteran que ha llegado a los abastos. Hago una profunda venia a Sonia en señal de agradecimiento y, feliz, regreso a mi trabajo.

Tres horas más tarde, se aparece Sonia con un paquete en mi trabajo.

-Para que veas lo que te quiero yo a vos. No solo te traigo los otros dos litros de aceite sino que te guarde esto…

Saca de la bolsa un producto que hacía mucho tiempo no veía yo. Una botella de un litro de “Ajax multiuso” que se encuetra regulado a 1,50 bolívares, o sea, como 0,10 centavos de dólar y del que, por supuesto, cuando llega a los comercios, entre los mismos empleados del lugar dan cuenta de la poca cantidad recibida y con el que ocurre lo mismo que con la mayoría de los productos regulados que han prácticamente desaparecido del mercado.

Le doy las gracias y un beso a Sonia. Me despido de ella y, convencido de que es mi día de suerte, salgo al tarantín de la esquina a comprar el Kino.

XII Velada de Santa Lucía ¿Llegó la hora de revisión?

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Sentimientos encontrados me dejó la XII Velada de Santa Lucía en Maracaibo. Una sensación de decepción y alegría se mezclaban en mi mientras hacía el recorrido por la casas de la calle 2 de la popular y tradicional barriada, moradas de maracuchos que como cada año, desde hace 12, se convierten en galerías de arte durante un fin de semana.

La decepción me la produjo la poca originalidad de la mayoría de los trabajos presentados, así como la escasez de obras y artistas que, me pareció, había en comparación con años anteriores. Fue como si la creatividad, originalidad y producción de la muestra hubiera decaído de manera directamente proporcional al aumento y proliferación de ventas de comidas, “artesanías”, bisuterías y bebidas alcohólicas.

Yo soy de los que defiende la presencia de estos puestos de ventas en la Velada porque me parece que son una manera de que la gente que vive en Santa Lucía pueda recibir una recompensa por las posibles molestias que les pueda generar la celebración todos los años del evento y más porque, como es evidente, la barriada es habitada en su mayoría por personas de escasos recursos económicos que ven en la Velada una oportunidad de que entre a sus hogares un dinero extra que nunca estaría de más.

Pero la proliferación de stands de ventas debe ser controlada y regulada para que la Velada no termine convertida en un mercadillo callejero más que en un lugar de encuentro con el arte y los artistas. Especialmente debe ser controlada la venta de bebidas alcohólicas pues, de seguir así, la actividad degenerará en un templete plagado de borrachos con las consecuencias que esto puede traer en una aglomeración de cientos de personas.

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La Velada de Santa Lucía se ha convertido con el paso de los años en una actividad donde la gente va a ver y dejarse ver. Cada año que asisto, noto que la concurrencia es más abundante lo cual puede ser muy bueno, porque el evento se masifica y llega a más cantidad de personas. O muy malo, porque empieza a perder su sentido original de evento underground y alternativo para terminar siendo un acto meramente comercial. Estas son variables que tendrán que tener muy en cuenta sus organizadores para futuras ediciones si no quieren arriesgar la calidad por la cantidad.

La alegría me la produjo el encuentro con amigos. El compartir con gente a la que prácticamente veo una vez al año, durante la cita obligada de la Velada. Además, fue grato conseguir y compartir con la empedraeña Ivette Franchi, la chef de la zulianidad, la de los platos callejeros, quien celebró su cumpleaños en pleno bulevar del arte invitando a todos los presentes a degustar su exquisito hervido de res, realizado por su tropa, sin químicos, a la leña y completamente desgrasado. Una verdadera delicia al paladar y reponedora de energías.

La fiesta del arte en Santa Lucía sigue manteniendo su encanto. La magia que produce ver las viviendas convertidas en salas de arte sin dejar de tener su esencia de morada de seres humanos sigue produciéndome una especie de sorpresa que invade todos los sentidos. La vista se llena del arte, así como de la vida cotidiana de los moradores. El oído registra la algarabía de los asistentes y el trasteo propio de las viviendas. El olfato se sorprende con el olor de la gente, de los fogones, de las comidas y la piel se sorprende con el calor característico del clima de la ciudad y el emanado del cariño y la agradable atención de los propietarios de las casas.

Pero la magia no acaba en las casas. Al salir de una vivienda para ir a otra, uno puede ser sorprendido por un mimo, por danza, por comediantes y teatreros, por músicos que le dan esa connotación de evento multidisciplinario, variado,  y entretenido que combina agradablemente las artes plásticas, con las escénicas y las multimedia.

La connotación que toman las obras de artes al ser sacadas de las frías paredes de un museo para exhibirlas en las salas y habitaciones de las viviendas de Santa Lucía o en sus paredes externas en fachadas y azoteas,  nunca dejará de sorprenderme. Es como una forma de desacralizar el arte y acercarlo a la gente. Es vivir con y dentro del arte, aunque sólo sea por dos días.  Es toda una experiencia que espero se mantenga por muchos años con las debidas correcciones y consideraciones que tendrán que tomar y asumir para que el evento no  pierda su esencia. A lo mejor, luego de doce ediciones de la Velada de Santa Lucía, se hace necesaria una revisión de los objetivos que se persiguen para encausarla, una vez más, por sus orígenes.

Enlaces relacionados:

X Velada de Santa Lucía. Toda la calle 2 para el arte

Ecos de La Velada de Santa Lucía. La Posición de Silencio

XI VELADA DE SANTA LUCIA

La XI Velada de Santa Lucía en el lente de Fernando Bracho

JJ y yo

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La imagen es de  http://t.co/jNEvzAQ

Jean Jacques es un francés que tiene toda la vida viviendo en Maracaibo, donde quienes lo conocemos lo llamamos “Jota Jota” (JJ) por las iniciales de sus nombres, como es evidente.

Él, una vez al mes, a veces cada 15 días, aparece por mi tienda a comprar algunas cosas para sus animalitos porque le encantan los pájaros y los perros y tiene unos cuantos en su casa.

Siempre que va, nos instalamos a conversar. Largas y amenas charlas que generalmente comienzan relacionadas con animales y, como es habitual en nuestro país, sin darnos cuenta, derivan en política y sobre la situación de Venezuela.

JJ, como yo, es opositor a Chávez, aunque él tiende a ser bastante más radical en sus posturas, con sus erres guturales y arrastradas, asoma siempre algunas salidas que no puedo mencionar aquí sin que se diga que hay en mi post incitación a la rebelión o al magnicidio pero que son a veces incontrastables con su físico, incluso llegan a sonar medio cómicas, al escuchárselas a un hombre que debe estar cerca del 1.60 metros de estaturas, de voz suave y cabello que ya comienza a pintar canas como los pelos del candado que se deja crecer con esmerado cuidado en la cara.

La última vez que llegó a comprar el alpiste y el girasol para sus loros, pericos y agapornis, como de costumbre, terminamos hablando de la inseguridad, de la violencia cada vez más propagada por el país, de Chávez y su empeño en llevar a Venezuela por un despeñadero…

JJ -En Francia esto no se aguantaría –decía con su perfecto español matizado por las “erres” francesas-. Allá la gente no se anda con pendejadas. Yo soy del sur y si un gobierno francés se atreviera a hacer algo contra los cultivadores de uvas, ellos agarrarían sus tractores y se irían a París en caravana a protestar. Incendiarían parís. Aquí no, los venezolanos se han dejado quitar todos sin chistar, son medio bolsas.

Cuando dijo eso recordé que un tiempo atrás él se vio obligado a andar armado para ir a llevar y buscar a su esposa al trabajo pues ella es trabajadora del sistema de justicia y unos delincuentes la tenían amenazada de muerte.

Yo -No entiendo cómo es que ustedes siguen viviendo en este país. Después de todo lo que han pasado, teniendo nacionalidad europea y suficientes recursos para establecerse en Francia, cómo es que continúan aquí, viviendo en este miedo, en este país que se ha vuelto invivible para la mayoría.

JJ -No. Yo no me voy de aquí. En Francia la vida no es fácil. Allá es todo complicado y en cualquier momento se desata la violencia que puede desencadenar una guerra. Si eso pasa yo no quiero estar por allá.

Yo -¿Pero no es lo mismo que vivir aquí y que en cualquier momento te maten para quitarte un reloj?

JJ –No. Allá todo es regido por normas y leyes. Por ejemplo, si tu montas una tienda de estas y no te va bien, y quieres vender aquí zapatos, la ley no te lo permitiría.

Yo –¡Pero aquí tampoco! Si el registro de comercio no dice que puedes vender zapatos, no puedes hacerlo según la Ley-

JJ –Pero lo haces y no pasa nada. Allá te multan y te cierran…

Yo –Precisamente, porque se cumple la ley no como aquí que todo el mundo hace lo que le da la gana, nadie cumple las leyes, hay impunidad en todos los niveles. Eso es lo que ha llevado el país a la situación actual.

JJ -Aquí tengo una calidad de vida que no puedo tener allá porque ese es un país en crisis económica y no creo que la unión europea se mantenga por mucho tiempo. Eso va a terminar en cualquier momento.

Yo -Pero ¿de qué calidad de vida me hablas si aquí no puedes ni siquiera salir a comer tranquilo a la calle por el miedo a la inseguridad? Yo preferiría vivir en un país donde puediese salir tranquilo a la calle a tomarme un café.

JJ -Allá no podrás tomarte el café porque es muy caro. Aquí uno puede hacer dinero, allá no.

Yo -Bueno, trabajando legalmente aquí nadie se hace rico. Puede vivir más o menos bien pero para tener riqueza hay que ser corrupto. O, por lo menos, no muy legal ni con muchos escrúpulos.

JJ -Allá no podrías hacer el dinero que haces aquí. Uno no puede ni siquiera trabajar cuando a uno le dé la gana porque la ley dice cuántas horas se trabajan y cuántos días a la semana. Tu aquí tienes alguien que te limpia y te trabaja, allá tendrías que hacerlo todo tu. Tendrías que trabajar muchísimo. Y todo el sistema allá está controlado por leyes y normas.

Yo -Bueno, pero si justamente yo lo que quiero es vivir en un país donde se cumplan las leyes. Donde no haya tanta impunidad. Un país donde tirar una lata a la calle, o pasarse una luz roja tenga consecuencias. Porque la impunidad reinante desde lo más simple y cotidiano es lo que ha destruido este país. No creo que allá tenga que trabajar más que aquí que trabajo los siete días de la semana todo el año hasta las 7 de la noche y ¿de qué me sirve hacer dinero aquí si no puedo disfrutarlo por el miedo a la delincuencia? Si uno tiene mucho, incluso corre el riesgo del secuestro. Estoy cansado de pensar todos los días si al próximo que le abra la puerta de la tienda será el que me va a atracar. Aquí puedes tener dinero para comprar joyas pero no las puedes usar. Hay gente que ha llegado a hacer discotecas dentro de sus casas para que sus hijos no salgan y no se arriesguen a secuestros o robos. Eso no es vida.

JJ -Allá no usarás joyas porque no tendrás para comprarlas. Yo ya me acostumbré a no usar nada. Salgo sin reloj ni cadenas, ni nada.

Yo -No entiendo eso. Preferiría no tener para comprar joyas pero poder salir tranquilo a la calle. Vivir sin miedo. Aquí, hace poco, dentro de una tienda en un Mall atracaron con un revólver a una mujer y la dejaron sin cartera, joyas y teléfono. Eso no es calidad de vida. Entonces lo que les queda, a quienes pueden, es, de vez en cuando, viajar fuera del país para poder disfrutar un poco la vida con tranquilidad.

JJ -Es que no hay calidad de vida. Eso es lo que hacemos mi mujer y yo. Cuando ya todo se nos hace muy pesado, nos vamos un tiempo de viaje para poder sobrellevar el stress y lo mal que uno vive aquí. Pero tu me vas a disculpar, los venezolanos son unos brutos. ¿Cómo es posible que todo esté en el suelo y que la gente siga votando por Chávez?

Yo -No somos brutos. El problema es que del lado de la oposición tampoco les ofrecen nada diferente. Los que no están contentos con el gobierno tampoco ven una opción distinta de parte de la oposición. Hoy me dijo una tipa chavista que distribuye granos, cansada de lo que pasa: “Yo estoy “acogotada” por lo que está pasando y mis jefes que eran chavistas también, pero me calé completico el fulano debate y de allí no sale nada. No hay propuestas que me digan que esto va a cambiar. Entonces, para poner a un loco nuevo, mejor me quedo con este loco”.

JJ -Bueno, eso también es verdad. La oposición está como embobada y no hacen nada. Como los que mandan aquí en el Zulia, que no han servido para nada. Años en el gobierno y la ciudad y el estado en ruinas. Aquí habría que elegir el alcalde de un lado y el gobernador del otro para ver si así funcionan. Pero de todos modos, hay que ser bestias y brutos para que Chávez siga ganando.

Yo -No son brutos. Se van por lo seguro. Si la oposición no le ofrece una opción realmente diferente, sino más Copei y más AD, prefieren seguir con lo que tienen. Si yo tengo una vaca flaca a la que conozco y me da un litro de leche diario y vienen y, para cambiar, me ofrecen una vaca flaca, que no conozco y que me dará el mismo litro de leche, pues me quedo con la vaca que conozco y sé que me da mi litro diario.

Al final, JJ tomó sus paquetes, se despidió y salió seguro de que de este país no se va porque él -como el papá de una amiga con pasaporte de la Comunidad Europea a quien hace poco amordazaron en su casa y lo golpearon para robarlo, pero no se va- dice que esto es un paraíso que lo único malo que tiene es la dirigencia política que no ha servido y la brutalidad de quienes votan por Chávez. Yo me quedo convencido que tarde o temprano, de una manera u otra terminaré yéndome de Venezuela y, por lo tanto, tengo que pensar en mi “plan B”.

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