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En Maracaibo vi que Capriles abrirá el camino

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Llegando de la fiesta del progreso que fue el acto de cierre de campaña de Capriles en la avenida 5 de Julio de Maracaibo. En la ropa y en la piel traigo el olor de “violín” de la catirita sifrina que tenía al lado, del mal aliento del guajirito que tenía adelante. Los dedos de los pies están magullados con los pisotones del negrito  de los chimbangles de San Benito y los tacones de la señora emperifollada que miraba por encima del hombro. En las costillas traigo la marca de los codazos del malandrito a mi izquierda y de la mujer con cara y lentes de maestra de escuela a mi derecha.

Por momentos, el aire faltaba. El olor a sudor parecía emerger del pavimento como un vapor. En ocasiones un sudor fresco y perfumado y, en otras, rancio y fuerte, como de persona que trabajó todo el día a pleno sol y de su jornada laboral saltó al mitin de Capriles. Un olor a “solecito” que decimos en el Zulia.

Pero, en esos momentos de emoción, esos olores terminan siendo el olor de la alegría, de la esperanza, de la fiesta de la democracia y los moretones son la marca, el sello, de que asistimos a un momento histórico en la vida del país.

Venciendo mi agorafobia, ya desde hacía días tenía decidido que no me perdería por nada del mundo el acto de cierre de campaña de Capriles en el Zulia. Y la emoción y la algarabía del día anterior en el mitin de cierre en mi querida Mérida confirmaron mi decisión e hicieron que anhelara fuertemente que llegara la hora de fundirme en esa masa amorfa, alegre y llena de vida que ha recorrido todas las ciudades del país desde hace meses.

Veía a la gente de Mérida en la calle y la imagen que me surgía era la de la espuma de una cerveza batida que se desborda del vaso y de la botella. Las fotos y las imágenes de televisión del evento andino me hacían intuir que en el Zulia no sería menos. Nunca, ni cuando el Papa Juan Pablo II visitó Mérida, vi tanta gente en las calles de mi ciudad natal. Al punto que, en algún momento de la jornada, una que otra lagrimita de emoción salió sin querer viendo la pantalla del televisor.

Vi lo de Mérida y, al salir a la calle, encontré a la gente alegre, saludaba contenta. Preguntaban: “¿Vas mañana?” “¡Claro que voy!”. Toda la ciudad anhelaba la llegada del evento. Todos estábamos dispuestos a ir a mostrar nuestro apoyo al cambio y nuestra esperanza en el futuro..

A las cuatro de la tarde cerramos la tienda y nos arrancamos a 5 de Julio.  Al llegar, el pánico se quiso apoderar de mí al ver el mar de gente y las imágenes de aquella fatídica noche en la inauguración del las luces del estadio de Mérida, cuando mucha gente fue arrastrada y pisada por la multitud descontrolada, vinieron a mi mente. Inmediatamente, espanté esos fantasmas y fue entonces cuando el miedo dio paso a la música porque, al ver lo variopinto de la gente reunida, con naturalidad, acudió a mi cabeza la canción de Serrat, “Fiesta”.

El acto de cierre de Capriles es la mejor escenificación de lo que dice la canción de Serrat desde su primera estrofa hasta la última y durante toda la jornada no hizo más que rondar en mi mente su melodía.

A los pocos minutos de haber llegado a la avenida, por los altavoces anunciaban que estaba haciendo su entrada el candidato, el “Preentrante”, como le decimos en oposición al “Presaliente”.

A la música se unía el bullicio de la gente, el sonido de los morteros, de los pitos, cornetas y bubuzelas, el “¡POM!” de los morteros. Hasta los pericos parecían estar alegres y no cesaban de gorgorear volando en bandadas sobre la multitud.

Una explosión de papelillo, un aumento del ruido, la multitud que comienza a mirar toda en la misma dirección al tiempo que grita desenfrenada, la gente que empieza a empujar con más fuerza, a apretujarse, nos indican que Henrique se aproxima. Levanto la vista y allí viene. Con su camisa celeste y sonrisa franca, intercambiando gestos con la gente y lanzando sus gorras tricolores.

Yo, que no soy mucho de tener idolatrías por políticos y artistas, no puedo evitar emocionarme, los mocos se me aflojan un poco, el nudo en la garganta se me aprieta y las lágrimas pujan por salir. Lo veo pasar frente a mí y siento que lo que pasa es el futuro, la esperanza. No pienso en ningún momento que Capriles sea el camino pero estoy convencido de que puede abrir el camino.

El siguió su paso. Ni cuenta se dio que detrás dejó a un hombre, casi cincuentón, emocionado a punto de llanto con su presencia. Un hombre que no cree en mesías que, de hecho, ni siquiera votó por Capriles en las primarias pero que ahora siente que Capriles representa la última oportunidad para Venezuela. Un gocho asimilado maracucho que en ese momento mira al cielo y comprueba que el día nos ha regalado un hermoso y cálido atardecer.

En una esquina de 5 de Julio quedó un venezolano que piensa que, o salimos de esta etapa obscura y lúgubre, de esta tiniebla, el domingo 7 de octubre, o ya no será nunca. Al menos no lo será de manera pacífica. Escucho con detenimiento una vez más lo que el candidato tiene que decir y su discurso me convence de nuevo de que “hay un camino”.

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“Sospechosos habituales”

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No, no voy a escribir de cine. Este post no se trata de una tardía reseña o crítica sobre la película de Bryan SingerThe Usual Suspects” estrenada en 1995. Voy a relatar única y exclusivamente lo que los venezolanos vivimos cotidianamente en este país que ya cuenta los casi 14 años de “revolución bonita”.

En Venezuela nos hemos ido paulatinamente acostumbrando a dejar de ser ciudadanos para convertirnos en “sospechosos”, potenciales delincuentes, personas que tenemos que a diario demostrar ante el sistema de gobierno que somos inocentes, porque el lema en la Venezuela del Socialismo del Siglo XXI pareciera ser que todos somos culpables hasta que demostremos lo contrario, si es que podemos.

Así, el simple hecho de ir a comprar leche a un supermercado puede volverse en su contra. Si en lugar de comprar un paquete de leche usted pretende llevar 2, automáticamente, pasa a ser sospechoso de acaparamiento y especulación y al llegar a la caja, el sistema disparará una especie de alarma que le indicará al cajero que usted puede solo llevar un paquete. Nada de dos para después enriquecerse vendiendo el otro por el doble de su costo.

Lo de la leche es un ejemplo que cualquiera de nosotros puede haber sufrido en carne propia. Pero también está Cadivi yo diría que uno de los mayores generadores de sospechosos en el país.

Es tal la cantidad de normas y trabas que los venezolanos tenemos que sortear cuando vamos a viajar al exterior para tener derecho a 2 mil quinientos dólares para compra con tarjeta de crédito, 500 en efectivo y 400 para compras por internet que uno llega a dudar si en realidad no será que uno es un verdadero delincuente en estado de negación y es por eso que el Estado se ve obligado a ponerle un montón de conchitas de mango para ver en qué momento uno se resbala y comete el delito.

Las cantidades anteriores, como sabemos, son el monto máximo al que podemos aspirar y que Cadivi nos concederá como una “gracia” para viajes de un mes o más. Si el tiempo de estadía en el exterior es menor, igualmente lo serán las divisas otorgadas. Pero sea cual sea la cantidad que el régimen le “conceda”, siempre tendrá un lapso de unos 90 días para hacer una declaración jurada en la que explique que utilizó esas divisas para viajar y no para “enriquecerte” con ellas. Y el régimen siempre se reserva la posibilidad de llamarlo a comparecer ante la administración de las divisas para que demuestre, con todos los recibos y facturas en mano, que utilizó esas divisas de manera honesta, so pena de, si parece sospechoso, ser suspendido y bloqueado. O sea, olvídese de solicitar más divisas y espere a ver cuál será su castigo.

Pues bien. En este proceso de consolidación del socialismo y la revolución que nos iguala a todos (a unos más que a otros, en verdad) en la sospecha, el régimen se ideó un mecanismo para “controlar” el contrabando de gasolina en los estados fronterizos y es por lo cual, desde hace un año más o menos hemos empezado a hablar y escuchar del mal llamado “chip” de la gasolina cuya instalación se inició hace un tiempo en Táchira.

Bocazas hay en todos lados

Recuerdo que hace unos cuantos meses, cuando se oía acerca de las largas colas de carros que se estaban haciendo en San Cristóbal para la instalación del “Chip de la gasolina”, que en realidad se llama “Tag” y que no es más que un código de barras que instalan en el vidrio parabrisas frontal, muchos comentaban a través de las redes sociales que esos “gochos” si eran pendejos, que cómo iban cual mansos corderitos a hacer esa cola para que los  marcaran como reses, que por qué no se “arrechaban” y armaban un peo, que…

Mucho de eso lo leí en Twitter y lo escuché en la calle. Como sabemos, los maracuchos tienen fama de bocones, “farfullos”, habladores, bocazas, “vendo la jeta”. Por eso no era difícil encontrarse en la gasolineras o en las colas de los supermercados a los “valientes” que vociferaban que ellos incendiarían la ciudad antes que hacer esa cola para ser marcados.

Y así fue como, un buen día, me llegó por pin de blackberrry que en la parte de atrás del Cuartel Libertador estaban procediendo a la instalación del chip. El mensaje que me enviaron decía literalmente así:

“Ya están instalando el chip de la gasolina en los alrededores del Cuartel Libertador.  Hay poca gente porque aún no han pasado la información a los medios de comunicación. Parece que  lo están manejando con bajo perfil, con mensajes de boca en boca entre los chavistas, para que ellos vayan primero a instalarlo y que se eviten las largas colas que se formarán para obtener el código. A partir del lunes ya lo dirán por la prensa. Hay que llevar carné de circulación, la póliza de Responsabilidad Civil y la cédula de identidad. Corre a poner el tuyo”.

Como yo conozco cómo es la cosa en Venezuela y con el tiempo he aprendido a diferenciar los mensajes verdaderos de los falsos de Messenger, y también sé que los venezolanos no parece que hayamos encontrado una forma efectiva de protestar contra este tipo de decisiones y medidas del gobierno que nos van quitando calidad de vida, con lo cual, a pesar de los bocazas, el “chip” terminará siendo una triste realidad también en el Zulia, sin enfurecerme más de la cuenta, agarré mis papeles y me fui al Cuartel Libertador.

En media hora estaba listo. Al nivel del espejo retrovisor hay una etiqueta con el código de barras que me indicará por medio del la lectura que harán los escáneres instalados en las estaciones de servicio, cuánto será mi cupo diario para poner gasolina.

Al día siguiente ya la noticia se había regado y quienes pensaban que era otro falso rumor transmitido en cadena, empezaron a engordar la línea de carros en los alrededores del Cuartel. Un amigo que fue ese día, tardó dos horas y media en obtener el código y, dos días después, conseguí un señor en el supermercado que me comentó que estuvo desde las 7 de la mañana hasta las 4 de la tarde, sin comer, en la cola para que le instalaran el bendito “chip”. Allá están llegando como corderitos a hacer su fila todos aquellos bocones que decían que no permitirían esa vaina. En un tiempo, todo campo automotor del Zulia contará con su etiqueta de racionamiento de combustible.

No todo acaba con tener el chip

Pero la cosa no termina allí. Si usted pensa que una vez pasada la incomodidad de la larga cola a pleno sol ya el mal trago ha terminado, le tengo malas noticias. Su calvario apenas empieza.

De acuerdo a la experiencia tachirense, una vez que el chip entra en funcionamiento, hay que acostumbrarse a que pasará mucho tiempo metido en una cola cada vez que quiera repostar el tanque de gasolina. Media hora, en el mejor de los casos, y hasta 3 horas para llenar el tanque.

El sistema funciona así:

Cuando el vehículo entra en la estación de servicio, un escáner ubicado en el techo le leerá el código de barras (Si no funciona, usted deberá introducir su número de cédula de identidad que, una vez más deja de ser un número de identificación ciudadana para convertirse en un mecanismo de control y racionamiento). En la pantalla le aparecerá el dato con la cantidad de litros de gasolina diaria que el sistema tiene a bien conceder como una “gracia” por la cual, de todas formas, tiene que pagar.

Mi sobrina Luzmary Santos, que ya está curtida en el Táchira con el funcionamiento del “chip”, me contaba que hace unos días llegó a poner gasolina y que al verificar en la máquina, la pantalla le decía que su cupo había sido bajado de 50 litros diarios a 20 litros, que si quería recuperar su cupo original, debía pasar por una “auditoría”. Sospechosa habitual.

Resulta que si a quienes manejan el sistema les parece “sospechoso” que usted reposte combustible todos los días o de manera frecuente, pues lo pueden castigar disminuyendo el cupo, llevándolo a cero litros incluso, y lo obligan a ir a la auditoría con los representantes del Instituto Nacional de Tránsito Terrestre, de PDVSA  y hasta del mismo CICPC  para que explique esa manera “sospechosa” de poner gasolina. Por supuesto, ese trámite de la auditoría implica una cola que puede durar cuatro o cinco horas.

-Lo mío se arregló porque después de las 3 horas de cola, en la auditoría me dijeron que no era por exceso de consumo sino porque habían anotado mal mi número de placa. Así que me reintegraron mi cupo de 50 litros –dice Luzmary-. Pero delante de mí estaba una señora que tiene un transporte escolar y que ha tenido que ir ya cuatro veces a auditoría porque es “sospechosa”. A algunos que no pasan la auditoría, les prohíben poner combustible por ocho días o por el tiempo que a los auditores les dé la gana.

El contrabando sigue igual

Pero los más triste del caso es que, como pasa con el racionamiento de los alimentos, con la fuga de divisas y el control cambiario y con los tantos otros controles que nos impone el régimen actual, las medidas no han servido para nada. Los buhoneros siguen vendiendo en las calles los productos alimenticios racionados al triple del precio estipulado por el gobierno mientras que en los supermercados no se consiguen y cuando los hay, tienes que mostrar tu cédula de identidad para poder comprar la cantidad que estipula el racionamiento como medida para evitar el acaparamiento y la especulación de los revendedores.

Cadivi, todo el mundo sabe que es una ratonera igual o peor que el tristemente célebre Recadi de la cuarta. En Colombia y Panamá la gente sigue “raspando” las tarjetas. Hasta en Estados Unidos hay quienes se encargan, previo pago de comisiones, de aprobar cupos de Cadivi sin que la gente tenga que estar en Venezuela o viajar y los jerarcas del régimen que son los que tienen dinero y más fácil acceso a los dólares preferenciales se llenan los bolsillos comprando dólares oficiales a bajo precio para revender una parte a casi 10 bolívares por dólar y poner la otra parte a buen resguardo en cuentas en el exterior, por si algún día hay devaluación o tiene que salir  huyendo del país.

Con el contrabando de gasolina pasa exactamente igual. La experiencia tachirense demuestra que la extracción ilegal de combustible no ha disminuido. Según comentan en los corrillos, ese es un negocio tutelalado, como muchos otros negocios ilegales, por los militares. Los “pimpineros” (quienes sacan gasolina en pimpinas por los caminos verdes) tienen sus bolsillos llenos de “chips” comprados a 200 bolívares cada uno a quienes administran la instalación del código. Al menos 200 era lo que pagaban inicialmente, posiblemente haya aumentado con la “inflación”.

Y, como con el cupo de Cadivi que se generó todo un mercado paralelo de divisas en el cual hay compradores y vendedores de cupos, con el control de la gasolina el gobierno está propiciando el nacimiento de un nuevo negocio ilegal: la venta del cupo del “chip”.

Si a mí me otorga la “gracia” el sistema de permitirme un cupo de 50 litros diarios y lo que consumo son sólo 10 o 15 litros de acuerdo a mis desplazamientos, pues tendré un excedente diario de entre 35 y 40 litros diarios que podré vender a los contrabandistas. La verdadera solución para acabar con el contrabando de gasolina todo el mundo sabe que es subir el precio del combustible y ponerlo a precios internacionales, así se acabaría el negocio. Pero eso tiene un costo político y social que un gobierno cobarde y populista como el que tenemos no está dispuesto a pagar.

En fin. Que lo del chip es otra medida más fracasada que, además, tendrán que terminar poniéndolo en todo el país pues quienes no puedan comprar la gasolina para el contrabando en Táchira o Zulia, lo harán en Trujillo o Lara al final de cuentas el negocio es tan lucrativo que, cuando mucho, aumentará un poco el precio del combustible por los “inconvenientes” causados por el control.

El chip es completamente inútil para limitar la extracción ilegal de combustible a Colombia, para lo que sí es absolutamente efectivo es para hacerte sentir controlado, humillado, sospechoso y, por supuesto,  impotente pues, las protestas generadas en Táchira no impidieron la implantación de la medida. Por unos pocos que hacen los negocios ilegales terminamos pagando todos los ciudadanos decentes y trabajadores porque el régimen, en su ineficiencia, es incapaz de controlar y meter en cintura a esos pocos al margen de la ley. Pagamos justos (y juntos) por pecadores, mientras que los verdaderos pecadores se cagan de la risa.

Eduardo Sánchez Rugeles, te tengo pilla´o

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Que nadie se llame a engaño. Lo que voy a escribir a continuación está escrito desde la envidia. Así. Sin matices. Nade de “es envidia sana” o “envidia de la buena”. No. Es envidia vulgar, simple, común, llana y corriente el único sentimiento que me mueve a escribir acerca de la novela Liubliana (Ediciones B, 2012) de Eduardo Sánchez Rugeles.
Y es que ¡cómo no envidiar a ese muchacho que apenas pasa los 30 años, aunque al verlo pareciera que acaba de cumplir los 20. Con esa pinta de niño bueno, pinta de nerd, a decir verdad, que es capaz de escribir de la manera como lo hace y que, además, puede vivir de eso! Sin contar con que es objeto de la profunda admiración de Laura. Todo eso es suficiente para despertar la envidia hasta de un santo.

Laura. Laura. Creo que debería estar prohibido que alguien despierte en Laura tanta admiración como la que despierta Eduardo en ella. Me atrevería a pedirle a Chávez que con el poder que le otorga la Ley Habilitante, que se supone que es para legislar por la emergencia de las lluvias pero que a él le vale hasta para prohibir que exista el cáncer, que impida, por decreto ley, que existan muchachitos como el Sánchez Rugeles, talentosos, buen mozos, que a pesar de vivir en Europa, hasta huelen bien y cuya simpatía traspasa la redes sociales y los monitores de computadoras para seducir incautas como Laura, que babea por él.

A los textos de Eduardo había llegado por diferentes vías. Algunas veces alguien guindaba en su muro de Facebook algún artículo del escritor o algún tuitero posteaba un link a su blog y, al abrirlo, indiferentemente, siempre, me sorprendía un buen texto. Alguna crónica o ensayo en los que nos dibujaban descarnadamente como venezolanos y como personas.
De manera que conocía algunas de sus crónicas, me identificaba con ellas y con ese desparpajo particular que tiene el escritor para contar(nos) que a ratos llega a ser como una cachetada, por no ser grosero y decir que un coñazo, que es lo que en verdad es.

Un coñazo. Eso es lo que he debido meterle a ese carajito. Sé que la envidia es mala consejera pero yo advertí al inicio de este escrito que lo escribía desde ese sentimiento mezquino, cizañero y censurado por todos.

Mientras esperaba que a la librería llegara Liubliana, decidí comprar Los desterrados (Ediciones B, 2011). Esa misma noche comencé a leer las crónicas de Lautaro Sanz. Fue entonces -a leer el primer relato del libro y descubrir que lo había leído hacía tiempo en la web-, que pude relacionar a Lautaro con Eduardo y a estos dos con el muchacho flaco, de voz pequeña, que presentara su novela ganadora en la Biblioteca Pública del Zulia ante un vergonzosamente escuálido público. Aunque al escritor, según me comentó al día siguiente, no le sorprendió.
-Es así en todos lados. –Me contestó cuando le comenté que me había sentido avergonzado por la poca asistencia de público la noche anterior.

No joda. ¡Menos gente ha debido ir esa noche! Si ya se me hacía insoportable abrir el facebook y conseguir siempre en el muro de Laura un link que dirigía a algún texto de Eduardo o encontrar algún post del carajito en la web y, al revisar los comentarios al pie, ver aparecer entre los primeros, uno escrito por Laura con esa devoción que le profesa, ahora, después de conocerlo, de verlo a los ojos…

Con Sánchez Rugeles me sucedió como pasa mucho con las vainas de internet. A uno le llega tanta información, de tantas partes que, por momentos, se pierde la capacidad de relacionar una cosa con otra, hasta que llega algún evento que te da la luz.
Sus crónicas del destierro me cautivaron una vez más. La manera particular que tiene el autor de jugar a dos bandas entre la superficialidad de la televisión y la profundidad de la literatura, su modo singular de acercarse a lo mass mediático y vincularlo con lo más eximio de la literatura y el arte. Esa mezcla entre banal y sublime de sus crónicas, en todo momento con la palabra precisa y el tono perfecto, siempre termina asombrándome.
Al leer en una misma edición las crónicas de Lautaro, esos textos que ya con anterioridad me habían seducido, unos más que otros, de manera dispersa en internet, cobraron una nueva dimensión, tomaron una nueva connotación y dibujaron un mundo particular. Pude intuir ese microcosmos que se me descubriría con más destreza en el manejo de la palabra y de la anécdota, en Liubliana

Eduardo Sánchez Rugeles durante la presentación de Liubliana en MaracaiboLiubliana.

Lo que más me asombra es cómo pude contenerme. Cómo me aguante tanto tiempo en el restaurant árabe sin darle aunque fuera una patada por debajo de la mesa que pareciera no intencionada. Ahora, que acabo de cerrar su libro y con el ejemplar sobre mis piernas escribo este relato, arrepentido de no haberme dejado llevar por mi instinto, me atrevo a formular una teoría acerca del nacimiento Liubliana y sobre su autor.

Liubliana es una obra que cabalga entre la novela negra y el teleculebrón latinoamericano. Se mueve entre el musical cinematográfico, con imágenes tan de pantalla grande como la escena de la serenata de Vivancos, cuyo final oscila entre la derrota del cine mexicano y la sensación triunfalista de la “Sociedad de los poetas muertos”. Es un libro con aires de telenovela brasileña de los 80 con cierto matiz cabrujiano en “La señora de Cárdenas”. Juega con maestría con el suspenso literario y las películas de detectives. La narración es absolutamente cinematográfica.

No puedo creer que en el cuerpo de adolescente pajizo con carita de nerd y manos temblorosas que tiene ese sujeto con quien fui a almorzar al Gran Rauchí en compañía de mi querida Laura, que en la mente de ese muchachito aparentemente tan formalito, tan clase media caraqueña, tan “Buenas tardes, ¿cómo está usted?”, tan “yo no rompo un plato”, se pueda esconder tanta vida y pasión, que pueda albergarse tanto mundo y tanta historia como la descrita en Liubliana.

Cada página de la obra sorprende por la pericia de Eduardo para manejar varias historias, diversos personajes y múltiples tiempos sin perder el sentido de la trama y manteniendo en todo momento el interés del lector sin que uno pueda sentir que, en algún momento, la historia cae o afloja la tensión.
Me pasó que, por momentos, cuando ya había avanzado más de un tercio de la novela, observaba la cantidad de páginas que me faltaban para acabarla y me preguntaba cómo se las ingeniaría el autor para continuar una historia que parecía haber dado ya todo de sí. Pues se las ingenia, y ¡de qué manera!
Liubliana es una historia de perdedores, de derrotados. Sus personajes, magistralmente trabajados y dibujados por Eduardo se mueven entre sus fracasos, sus temores, sus miedos, desesperanzas, miserias y las más bajas pasiones. Incluso a aquellos que pudieran mostrar un poco de elevación intelectual y espiritual, y que manifiestan un poco de altruismo, al final, los encuentra un cruel destino. Eduardo no parece hacer concesiones.

Contemplo la carátula con el puente de los dragones sobre mis piernas, y recuerdo esa comida a la orilla del Puente sobre el Lago: Yo, tratando de parecer un poco inteligente para llamar la atención del joven escritor que estaba conociendo en ese momento y, sobre todo, para no parecer un estúpido a los ojos de mi estimada Laura. Sentía que no se me ocurría nada ingenioso qué decir y que en ese instante no era más que una excusa entre esos dos seres que se admiran mutuamente por la relación ‘facebuquiana’ de larga data que mantienen. Se me exacerba la envidia de sólo recordarlo, pero, por fin, logro ver la luz.

Carla, en la novela, para poder superar su historia tiene que anularse, borrar, negar, ocultar su pasado. Si quiere sobrevivir y tener una vida, si no feliz, por lo menos tranquila, alejada de sus fantasmas, tiene que desaparecer todo rastro de vida anterior. Y Gabriel, luego de pasar una vida sin tomar decisiones o equivocándose al hacerlo, descubre que el llanto solo puede brotar de sus ojos para dar entrada a la muerte. Ironía de la vida humana, mientras la mayoría de las personas lloran al momento de nacer, para entrar a la vida; Gabriel sólo puede hacerlo para salir de ella.
Los personajes de Liubliana son seres mutilados, castrados emocionalmente, que pasan su vida entera sin que lleguen realmente a conocerse unos a otros. Incapaces de manifestar sus sentimientos, solo logran interrelacionarse a través de juegos, monitores y pantallas e internet. Los sentimientos siempre quedan atrapados entre el nudo en la garganta y el chiste cruel.
Son personajes desarraigados que se desenvuelven en una ciudad -yo diría en un país- que acentúa ese desarraigo. Un lugar que no deja espacio para el recuerdo de vivencias pasadas. Entonces, Liubliana es un grito que denuncia un país en el que no hay cabida para la historia personal y el sentido de pertenencia. Un lugar donde, en apenas dos años, deja de existir ese parque en el que te diste el primer beso, la escuela en la que te enamoraste de la maestra de tercer grado, el bar de tu primera borrachera. De un día para otro no queda evidencia física de tu historia de vida.

Ahora está todo clarito. ¡Estos eventos de la novela tienen la clave! Los libros firmados por el admiradísimo por Laura; Sánchez Rugeles, no son escritos por él. Son obra de alguno de los grandes escritores del boom latinoamericano desaparecido. Un Cortázar, tal vez, que cuando creyó que se le habían agotado sus historias y no tenía nada que ofrecer, decidió fingir su muerte y retirarse pero a quien, los acontecimientos tan surrealistas que suceden en esta nueva vida en Venezuela, en estos tiempos de socialismo del siglo XXI y de falsa revolución, le movieron los cimientos y no pudo contenerse, tuvo que sentarse a escribir la historia.

Liubliana, que podría pecar de localista al tocar temas tan venezolanos como la política nacional, la tragedia de Vargas, o la vida caraqueña en Santa Mónica, de la mano de Sánchez Rugeles logra convertirse en una historia universal. Lo que en un principio es una oscura trama de amor, con atrevidas, descarnadas y grotescas descripciones de las relaciones sexuales de los protagonistas, logra superar los localismos y se convierte en un reflejo de las sociedades de cualquier país del mundo.

Ese chamo que me ignoró durante todo el almuerzo, al punto que le arrebaté de su plato la comida sin que se diera cuenta porque sus ojos vidriosos, como de sátiro, alternaban su visión entre la hermosa dama que nos acompañaba, mi Laura, y el inmenso paisaje de cielo azul y lago oscuro, no es el creador de esos mundos literarios. Este carajito es un perverso impostor. Ahora entiendo por qué Laura me llevó al almuerzo. Ella intuye algo y me usó como muro de contención para evitar que el pisapasito la atacara como lo hacen los personajes de las obras que firma.

Todo en Liubliana está matizado con una exquisita ironía, una intensa intriga y una profunda crítica al supuesto altruismo de algunas personas integrantes de organizaciones de “ayuda” humanitaria y que pueden terminar siendo fachada para tapar delitos como el tráfico de personas o la pedofilia, la trata de blancas o adopciones ilegales. Eso sin dejar de lado la crítica irónica que hace la novela a la llamada “literatura de la nueva era”. Con el desparpajo habitual de Eduardo, defenestra las publicaciones de libros de autoayuda y crecimiento personal de algunos autores que parecieran escribir sólo para que la gente tenga de donde sacar sus citas “hermosas” para el estado de Facebook, o para sus 140 caracteres de Twitter y que terminan siendo sólo un vulgar negocio que engorda los bolsillos de algunos vivos a costillas de los pendejos que se creen el cuento.

No pude luchar contra esa admiración mutua que sienten Laura y el impostor y contra la fascinación por la inmensidad del lago y el puente a nuestro lado. Reconcomiado porque esa tarde sólo existí para que me pidieran que les hiciera una foto a los amigos con el puente y el lago al fondo, llego a la conclusión, estoy casi convencido, que Liubliana, como la mayoría de los textos de Sánchez Rugeles, no son escritos por el mocoso con lentes que tenía a mi lado.

Eduardo juega con los tiempos, los personajes y las historias de la novela como quien toma una plastilina en sus manos y la modela a su antojo y conveniencia. La estira, la secciona, hace figuras y piruetas, las amalgama para volverlas a separar después, en una historia cíclica, cargada de intriga, suspenso y humor negro que tendrá su desenlace fatal en un extraño y remoto lugar, lejos de la tierra maldita donde nacieron sus personajes. Un sitio donde parece esperar la felicidad: Liubliana.
La excelente música de Alvaro Paiva Bimbo, cuyo CD acompaña la edición venezolana de la novela y creada como soundtrack para Liubliana, la escucho una vez más mientras escribo estas líneas. Siento que hay algunos momentos de la novela en los que de verdad acompañaría a la perfección. Es la música ideal para partes de la narración, aunque me pasó como con los personajes de los comics impresos cuando les ponen voz, al leer el libro, le fui poniendo la música, los sonidos y, por eso, al instrumental de Paiva tengo que, invariablemente, intercalarle la banda sonora que ya me había formado en mi mente cargada de boleros, rancheras, tangos y composiciones de Sabina. El CD me acompañaría en los momentos más melodramáticos de la historia o en su mayor suspenso.

Eduardo Sánchez Rugeles, te tengo pilla´o. La verdad se me ha mostrado como claras notas musicales, como una canción de Sabina o de Yordano. Tú no eres más que una mampara, un impostor, una firma en la portada de un libro. Detrás de ti hay un talento oculto, hay un maestro de las letras que no se atreve a dar la cara para enfrentar y justificar su desaparición. Algún día esa historia se sabrá. Tendrás que devolver tus premios y laureles. Caerá la deshonra sobre ti. Disfruta tu cuarto de hora, Eduardo, porque esta sentencia es como la maldición que le hiciera Carla a Gabriel en el aeropuerto al momento de despedirse, moviendo su mano derecha, como en Charmed. Yo esperaré tranquilamente tu debacle, entonces, el cariño de Laura, mi querida guajira, será solo para mí y ya no te admirará.

Maracaibo sigue esperando a Penélope

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Joan Manuel Serrat en Santa Rosa de Agua, Maracaibo, 1999

Corren los años de la segunda mitad de la década de los 70s, mis hermanas, un poco mayores que yo, están en plena adolescencia, ya están en edad de echarse novio, sus hormonas se mantienen alborotadas y en constante ebullición. Sueñan con el amor y el romanticismo les brota por los poros.

Salgo para el colegio y está sonando en el reproductor de cassettesCantares”, regreso y suena “Mediterráneo”, salgo a hacer un mandado y a todo volumen se escucha “Señora”, entro a bañarme acompañado por las notas de “Fiesta” y mientras me visto “La saeta” me eriza los pelos del cuello.

Harto de Serrat doy un portazo y me voy a jugar al parque. No soporto más la musiquita que parece grabada en un sinfín. Joan Manuel Serrat canta en mi casa desde la mañana hasta la noche. La cinta se ha ido destemplando de tanto tocarla. La música y las letras suenan distorsionadas y, por sobre ellas, se escuchan las voces de mis hermanas cantando con todo la fuerza que sus pulmones y vísceras de adolescentes les puede proporcionar.

Serrat de desayuno, almuerzo y cena. La cinta se enreda en el equipito y, con santa paciencia, la sacan, la enrollan con todo cuidado de nuevo con la ayuda de un lápiz  y de vuelta a sonar. Serrat, Serrat, Serrat, ¡SERRAT¡ ¡¿Hasta cuándo Serrat?! Creo que en mi alma de niño se ha ido sembrando, irreversiblemente, un profundo odio por el cantante catalán…

Pero los años pasan. El niño se hace adolescente que también empieza a soñar y a enamorarse. El adulto ya empieza a entender las canciones de Serrat. Los versos de “Cantares” comienzan a cobrar sentido, “La saeta” le hace revivir la Semana Santa en su pueblo natal merideño. “Señora” tiene el rostro de amigos y “Aquellas pequeñas cosas” parece haber sido escrita especialmente para él. Serrat pasa a formar parte del soundtrack de su vida y se descubre admirándolo cuando canta en español tanto como cuando lo hace en catalán.

Los años siguen pasando y el cantautor español ya se ha instalado en la historia de mi vida y resulta que, un buen día, me llama mi amiga Mercedes Vázquez desde Caracas y me dice:

-Serrat va para Maracaibo, se presenta en el Lía Bermúdez y yo voy con él así que prepárese porque cualquier cosa puede pasar.

Era inicios de 1999 y a la alegría de recibir a la querida amiga, se le sumaba la emoción de ir al concierto de Joan Manuel y, posiblemente, conocerlo, saludarlo, estrechar su mano. Algo que nunca pensé que podía suceder. Un artista español de tanto renombre y tan admirado se me hacía tan lejano que no lo podía creer.

Llegó el esperado fin de semana. En Maracaibo está Serrat y yo estoy en primera fila para su concierto, al que llegué un poco tarde porque estaba cuadrando todo para que el restaurante, al que lo llevaríamos luego del espectáculo, no cerrara y que su cocina se mantuviera abierta hasta que el artista decidiera qué iba a comer.

Todo listo. Llego justo cuando Serrat está a punto de arrancar a cantar. Sigilosamente camino agachado hasta el asiento que me tiene reservado Mercedes y me siento para disfrutar de cerca de 2 horas de canciones. Las viejas, las que destrozaban mis hermanas con sus gritos acompañando el sonido del destemplado cassette y las más recientes. Mientras lo veo y lo escucho, mi vida pasa frente a mí aunque los ojos están clavados en el escenario y los oídos deleitados con el arte del catalán. Termina el concierto. La gente pide a gritos “Penélope”, yo entre ellos, y Serrat dice:

-No, Penélope no la cantaré hoy. Queda para una próxima visita. Siempre hay que dejar algo para la próxima vez…

Salimos del teatro y nos vamos al restaurant que, efectivamente, nos aguardó y estaba solo. Casi todo el local para nosotros. Ordenamos la comida. No recuerdo exactamente qué pidió Joan Manuel. Sé que fue algo liviano pues nos explicó que después de toda la energía que gastaba en los conciertos no podía comer mucho. Se le veía cansado pero satisfecho. Sus ojos se desorbitaron cuando trajeron mi plato. No podía creer lo que veía. Le parecía asombroso que, a las 11 y pico de la noche, alguien pudiera comerse eso y luego dormir.

Cristian Espinosa, Mercedes Vázquez y Joan Manuel Serrat

Yo había ordenado un “Pabellón criollo” y allí estaba en perfecto orden el plato con las caraotas negras, junto al arroz, la carne mechada y las tajadas de plátano maduro frito.

El sonrió. Tomó su tenedor y sin ningún pudor probó un poco de cada cosa. Fue un gesto que, automáticamente, lo bajó de Olimpo donde lo ubicamos sus admiradores en la mesa y nos lo acercó para siempre a los mortales. Recuerdo que no habló mucho, se le notaba cansado pero al mismo tiempo satisfecho y relajado.

Durante la cena vio una tuma que yo llevaba colgada del cuello y le llamo la atención. Le expliqué que se trataba de una piedra Guajira, que se usaba como protección y que eran escasas. El, antojado por la belleza de la piedra, manifestó interés en que le consiguiéramos tres para llevarle a su esposa y sus dos hijas.

Comimos y Joan Manuel pidió que lo lleváramos al hotel porque estaba realmente cansado. Justamente ese día nos habían entregado en la mañana a  Cristian y a mí, una camionetica Damas de la Daewoo que habíamos comprado para la tienda de mascotas, así que correspondió a Serrat el honor de estrenar tan lujoso vehículo.

Le cedí el asiento delantero y le dimos un corto paseo por el centro de Maracaibo. Nos comentó que es muy poco lo que conoce de las ciudades a las que va de gira y nos dio a entender que nos agradecía el paseo pero tampoco era que le interesaba mucho ver el centro de la ciudad desde el auto en movimiento.

-Es todo más o menos lo mismo en todos lados. En todas las ciudades –dijo y continuó-. Lo que sí me gustaría conocer es Las Pulgas. Tengo un gran amigo en Barcelona que es de aquí y siempre me ha dicho que debo visitar el mercado cuando venga. Es una pena que no habrá tiempo para ir.

Hablamos un poco de política. Chávez acababa de ganar y Serrat, como todo el mundo, tenía expectativas al respecto aunque dejó entrever que no guardaba muchas esperanzas. Al menos así me pareció cuando le comenté que, por ser militar, a mí me generaba ciertos temores.

También hablamos de la orden Andrés Bello que recibió dos años antes, durante el gobierno de Caldera por su contribución en la creación de lazos entre España y Latinoamérica, de la cual quedó para la historia aquella hermosa fotografía del artista sentado en el piso de las escaleras del palacio de Miraflores a la espera del acto. Le pregunté qué pensaba de las críticas que algunos le hacían pues, siendo él tan de izquierda, aceptó un reconocimiento justamente de manos de Rafael Caldera, y dijo:

-Es que yo no lo recibí como un reconocimiento del presidente Caldera. Para mí fue un honor que me hizo el pueblo venezolano, no el gobierno de turno. Así lo tomé y no me importó de manos de quien vino porque para mí fue de manos de todos los venezolanos.

Al día siguiente, por insistencia de Mercedes y bajo mi protesta, pues me parecía peligroso, lo llevamos a almorzar a Santa Rosa de Agua. La cara que puso al empezar a recorrer las caminerías hechas con retazos de madera sobre el agua del Lago de Maracaibo fue poética y cuando llegamos al bohío donde comeríamos y ver todo el decorado rústico de esa edificación palafítica sobre las aguas del lago, se sentó y con absoluta satisfacción aseguró.

-¡Esto era lo que yo quería…!

Entonces entendí que Mercedes estaba en lo cierto al querer llevarlo allí y no a un restauran convencional.

Pedimos pescado frito, patacones con queso blanco, mojito de pescado y almorzamos probando un poco de todo mientras conversábamos y veíamos a los muchachos de Santa Rosa zambullirse en el agua para “pescar” las monedas que les tiraban. Fue entonces cuando sacamos las tumas que le habíamos conseguido. Tres, cada una diferente y se las dimos junto a un pequeño papel impreso con la historia de las piedras. Le explicamos que aquí los guajiros las rezan para ser utilizadas como protección y contra y le dije que tenía entendido que algunos gitanos en España también sabían cómo hacerlo.

No pudo disimular la alegría. Tomó las piedras, las observó sonriendo, con brillo y picardía en los ojos y comentó:

-Al llegar, encenderé mi puro, tomaré una copa de vino, le entregaré las piedras a mis mujeres y me sentaré a disfrutar viendo como se pelean por cuál será para cada una.

Llegó la hora de salir para el aeropuerto. Serrat va con su equipo en una van detrás de nosotros. Pasamos por el hotel a recoger las maletas y continuamos camino. Como estamos a tiempo, Cristian, que viene manejando la Daewoo conmigo, decide tomar las calles del centro para que Serrat tenga oportunidad de ver, aunque sea de pasada, el bullicioso mercado de Las Pulgas. Cuando estábamos ya, irremediablemente, metidos en el tráfico de la ciudad, comenzamos a recibir al celular llamadas desesperadas de María Gómez, la manager de Serrat en Venezuela.

Ella se encuentra ya en el aeropuerto, a punto de colapso. Hubo una confusión con la hora de salida del vuelo y resultó ser una hora antes de lo que se esperaba. Ya todos los pasajeros estaban embarcando y nosotros aún estábamos atascados en el centro.

Apretamos el acelerador. Serrat logró ver Las Pulgas de pasadita. Apurados llegamos a la terminal aérea. Serrat se despide de nosotros desde lejos, por señas, mientras corría hacia adentro pues el vuelo está detenido en la pista solamente esperando por él.

El avión despega. Nuestro stress baja. Finalmente, logramos que Serrat se llevara un buen recuerdo de Maracaibo. O mejor dicho, tal vez para él no haya sido más que una parada más en una gira de conciertos como tantas otras en tantas otras ciudades, pero a nosotros sí nos quedaron hermosos recuerdos.

Memorias que hoy renacieron cuando abrí el correo y recibí un e-mail de Mercedes Vázquez desde España que decía: “Deuda de fotos” y al abrirlo me encontré con la sorpresa de que contenía, en archivos adjuntos, las fotos que tomé con su cámara, 13 años atrás y que no había tenido el placer de ver.

Al mirar las imágenes, mi mente que a veces no parece conocer de tiempo transcurrido, volvió a repasar mis años de infancia y los recuerdos del encuentro con Serrat, recuerdos que, como su música, permanecen imborrables, como imborrable está en nuestra mente su promesa de que, en una próxima visita a Maracaibo, nos cantará “Penélope”.

Mi día de suerte

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Es sábado de quincena. El supermercado está, como decimos en criollo, hasta los “tequeteques”. Al hecho de que sea día de cobro y, por lo tanto de hacer la compra, se le suma el que ha llegado aceite y azúcar, dos de esos productos que se han vuelto especímenes raros en los supermercados y abastos venezolanos desde que el socialismo del Siglo XXI, demasiado similar al socialismo cubano de toda la vida, comenzara a recorrer los deteriorados caminos patrios.

La conjunción de todos los factores mencionados se confabula para hacer que el supermercado colapse pero, si además le añadimos que no solo llegaron los detestables aceites de soya y vegetales, sino que se asomó escasamente el aceite de maíz que tenía más de 6 meses sin verse en el mercado, podemos tener una idea más o menos cercana del barullo que hay en el local.

Yo, ignorante de la situación, salgo del trabajo y me dirijo al super para buscar el detergente para lavaplatos automáticos que mi hermana Moreida, por teléfono desde Mérida, me encargó que le comprara pues ha sido imposible conseguirlo en la ciudad andina y ella se niega a renunciar a ese “lujo” que significa meter los trastes en el lavavajillas y olvidarse de ellos sin tener que fregar y secar.

(No puedo dejar de imaginar la cara de indignación que debe poner el máximo líder de la revolución cuando se entera que hay gente que se rehúsa a lavar los platos a la manera tradicional y hasta gastan electricidad para hacerlo).

En fin, que camino los cerca de 400 metros que separan mi trabajo del supermercado bajo el inclemente sol de las 11 de la mañana para cumplir con el mandado y, al llegar, me encuentro el “cogeculo” armado.

Al entrar, me consigo a Sonia, una de las jefes de caja del establecimiento con quien he hecho amistad de tanto vernos a diario, ¡hasta tres veces! Lo mismo me sucede con la mayoría de quienes allí trabajan porque, si no es que se me olvida algo que debía comprar y tengo que volver, es que me dicen que pase a las dos y media que van a sacar leche, o que llegue antes de las cuatro que acaba de llegar el camión con la harina de trigo y para esa hora calculan que estará a la venta.

-¡Hola, Sonia! ¿Será que acá puedo conseguir detergente para lavaplatos automáticos?

Ella me mira extrañada, cómo pensando “¿Qué carajos le está pasando a este que ve que llegó aceite y azúcar y me pregunta por detergente para lavaplatos?”.

Me contesta que no, sin mucho interés y, mirando a su alrededor, como queriendo aparentar que está pendiente de los cajeros bajo sus órdenes pero en realidad observando que nadie oiga lo que me empieza a murmurar entre dientes, me dice:

-Ahí te tengo guardados cuatro litros de aceite de maíz y 2 kilos de azúcar. Llévate dos litros tu que yo te llevo después los otros dos litros  y el azúcar porque ya sabes que no se puede sacar más de uno. Dos con mi autorización.

Yo no puedo dar crédito a tanta dicha. ¡Aceite de maíz! Justo en el momento en que la última botella de mi reserva de aceite de girasol, comprado hacía como 4 meses, está a tres cuartos y me temo que tendré que comprar (si consigo) el asqueroso aceite de soya, Sonia me recibe con tan excelente noticia.

-Voy al otro supermercado a ver si consigo el detergente –le digo emocionado-, al regreso paso por eso, ¡no me lo vayas a vender!

Digo y arranco camino del próximo super que está unos 400 metros más adelante. Nada. El detergente está agotado allí también. Sigo hacia el otro supermercado que está a unos 300 metros de este. Recorro los pasillos, pregunto a los dependientes y me dicen:

-Esta mañana se llevaron las tres últimas cajas de ese jabón que quedaban.

Desilusionado por no poder cumplir con el encargo, emprendo el regreso al primer supermercado a buscar mi tesoro de “destilado de maíz”, como le dice un charcutero amigo que de vez en cuando me guarda una que otra botella.

Llego a la tienda, miro alrededor en busca de Sonia y no la veo por ningún lado. Las colas de gente en las cajas para pagar son interminables y en los carritos lo que se ve es aceite de soya y vegetal, muestra evidente de que el poco aceite de maíz que llegó ya se agotó. Estoy a punto de entrar en pánico. Con un hilillo de voz, le pregunto a Mabel, compañera de Sonia:

-¿Dónde está Sonia, Mabel?

-En la oficina la acabo de ver… Allí viene. –Dice y señala detrás de mí.

Miro a Sonia con mirada asustada e interrogante y ella levanta un paquete envuelto en doble bolsa para que no se vea su contenido, sonríe y me dice:

-Aquí lo tengo. Vamos a la caja.

Sonia se acerca a la caja de Dayana que acaba de cerrar y, haciéndome el favor de saltar las largas filas de gente, le dice que me chequee la venta. Entonces se produce este diálogo entre ellas dos.

Dayana: -Alberto, el acomodador de L´Oreal, acaba de chequear 3 potes de leche. Dijo que estaba autorizado. –Abre los ojos lo más que puede y espera la respuesta de su jefa que no tarda en llegar.

Sonia: -Si, está bien. Pobrecito, él tiene un niño pequeño y en verdad necesita esa leche. Además, como es leche para bebés pues no es tan grave que lleve tres en lugar de una que es lo que se vende. –Esto último lo dice Sonia mirándome a mí, como para aclararme la situación.

Dayana: Uhmmmm… ¿Cédula? –dice dirigiéndose a mí con la botella de aceite en la mano. Le doy mi número de cédula y Sonia le dice que son dos botellas.

Dayana: Si, yo sé. Pero tengo que chequear una con un número de cédula y la otra botella con otro número porque el sistema ahora no acepta que en una misma venta se chequeen 2 litros de aceite.

Sonia no lo puede creer, me mira sorprendida y me dice:

-Bueno, todos los días algo nuevo. Parece que cada vez se hará más difícil adquirir el aceite así es que ríndelo mucho. Yo te llevo al salir los otros dos litros y el azúcar.

Le doy el otro número de cédula a Dayana. Pago los 21 bolívares fuertes que cuestan los dos litros de aceite que llevo, o sea, el equivalente a dos dólares del mercado paralelo que si los contraponemos a los cerca de 7 dólares que cuesta el litro de aceite oliva importado que sí está siempre disponible en los anaqueles, pues podemos tener una idea de por qué la gente se desespera por conseguir aunque sea un litro del preciado líquido amarillo cuando se enteran que ha llegado a los abastos. Hago una profunda venia a Sonia en señal de agradecimiento y, feliz, regreso a mi trabajo.

Tres horas más tarde, se aparece Sonia con un paquete en mi trabajo.

-Para que veas lo que te quiero yo a vos. No solo te traigo los otros dos litros de aceite sino que te guarde esto…

Saca de la bolsa un producto que hacía mucho tiempo no veía yo. Una botella de un litro de “Ajax multiuso” que se encuetra regulado a 1,50 bolívares, o sea, como 0,10 centavos de dólar y del que, por supuesto, cuando llega a los comercios, entre los mismos empleados del lugar dan cuenta de la poca cantidad recibida y con el que ocurre lo mismo que con la mayoría de los productos regulados que han prácticamente desaparecido del mercado.

Le doy las gracias y un beso a Sonia. Me despido de ella y, convencido de que es mi día de suerte, salgo al tarantín de la esquina a comprar el Kino.

XII Velada de Santa Lucía ¿Llegó la hora de revisión?

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Sentimientos encontrados me dejó la XII Velada de Santa Lucía en Maracaibo. Una sensación de decepción y alegría se mezclaban en mi mientras hacía el recorrido por la casas de la calle 2 de la popular y tradicional barriada, moradas de maracuchos que como cada año, desde hace 12, se convierten en galerías de arte durante un fin de semana.

La decepción me la produjo la poca originalidad de la mayoría de los trabajos presentados, así como la escasez de obras y artistas que, me pareció, había en comparación con años anteriores. Fue como si la creatividad, originalidad y producción de la muestra hubiera decaído de manera directamente proporcional al aumento y proliferación de ventas de comidas, “artesanías”, bisuterías y bebidas alcohólicas.

Yo soy de los que defiende la presencia de estos puestos de ventas en la Velada porque me parece que son una manera de que la gente que vive en Santa Lucía pueda recibir una recompensa por las posibles molestias que les pueda generar la celebración todos los años del evento y más porque, como es evidente, la barriada es habitada en su mayoría por personas de escasos recursos económicos que ven en la Velada una oportunidad de que entre a sus hogares un dinero extra que nunca estaría de más.

Pero la proliferación de stands de ventas debe ser controlada y regulada para que la Velada no termine convertida en un mercadillo callejero más que en un lugar de encuentro con el arte y los artistas. Especialmente debe ser controlada la venta de bebidas alcohólicas pues, de seguir así, la actividad degenerará en un templete plagado de borrachos con las consecuencias que esto puede traer en una aglomeración de cientos de personas.

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La Velada de Santa Lucía se ha convertido con el paso de los años en una actividad donde la gente va a ver y dejarse ver. Cada año que asisto, noto que la concurrencia es más abundante lo cual puede ser muy bueno, porque el evento se masifica y llega a más cantidad de personas. O muy malo, porque empieza a perder su sentido original de evento underground y alternativo para terminar siendo un acto meramente comercial. Estas son variables que tendrán que tener muy en cuenta sus organizadores para futuras ediciones si no quieren arriesgar la calidad por la cantidad.

La alegría me la produjo el encuentro con amigos. El compartir con gente a la que prácticamente veo una vez al año, durante la cita obligada de la Velada. Además, fue grato conseguir y compartir con la empedraeña Ivette Franchi, la chef de la zulianidad, la de los platos callejeros, quien celebró su cumpleaños en pleno bulevar del arte invitando a todos los presentes a degustar su exquisito hervido de res, realizado por su tropa, sin químicos, a la leña y completamente desgrasado. Una verdadera delicia al paladar y reponedora de energías.

La fiesta del arte en Santa Lucía sigue manteniendo su encanto. La magia que produce ver las viviendas convertidas en salas de arte sin dejar de tener su esencia de morada de seres humanos sigue produciéndome una especie de sorpresa que invade todos los sentidos. La vista se llena del arte, así como de la vida cotidiana de los moradores. El oído registra la algarabía de los asistentes y el trasteo propio de las viviendas. El olfato se sorprende con el olor de la gente, de los fogones, de las comidas y la piel se sorprende con el calor característico del clima de la ciudad y el emanado del cariño y la agradable atención de los propietarios de las casas.

Pero la magia no acaba en las casas. Al salir de una vivienda para ir a otra, uno puede ser sorprendido por un mimo, por danza, por comediantes y teatreros, por músicos que le dan esa connotación de evento multidisciplinario, variado,  y entretenido que combina agradablemente las artes plásticas, con las escénicas y las multimedia.

La connotación que toman las obras de artes al ser sacadas de las frías paredes de un museo para exhibirlas en las salas y habitaciones de las viviendas de Santa Lucía o en sus paredes externas en fachadas y azoteas,  nunca dejará de sorprenderme. Es como una forma de desacralizar el arte y acercarlo a la gente. Es vivir con y dentro del arte, aunque sólo sea por dos días.  Es toda una experiencia que espero se mantenga por muchos años con las debidas correcciones y consideraciones que tendrán que tomar y asumir para que el evento no  pierda su esencia. A lo mejor, luego de doce ediciones de la Velada de Santa Lucía, se hace necesaria una revisión de los objetivos que se persiguen para encausarla, una vez más, por sus orígenes.

Enlaces relacionados:

X Velada de Santa Lucía. Toda la calle 2 para el arte

Ecos de La Velada de Santa Lucía. La Posición de Silencio

XI VELADA DE SANTA LUCIA

La XI Velada de Santa Lucía en el lente de Fernando Bracho

JJ y yo

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Jean Jacques es un francés que tiene toda la vida viviendo en Maracaibo, donde quienes lo conocemos lo llamamos “Jota Jota” (JJ) por las iniciales de sus nombres, como es evidente.

Él, una vez al mes, a veces cada 15 días, aparece por mi tienda a comprar algunas cosas para sus animalitos porque le encantan los pájaros y los perros y tiene unos cuantos en su casa.

Siempre que va, nos instalamos a conversar. Largas y amenas charlas que generalmente comienzan relacionadas con animales y, como es habitual en nuestro país, sin darnos cuenta, derivan en política y sobre la situación de Venezuela.

JJ, como yo, es opositor a Chávez, aunque él tiende a ser bastante más radical en sus posturas, con sus erres guturales y arrastradas, asoma siempre algunas salidas que no puedo mencionar aquí sin que se diga que hay en mi post incitación a la rebelión o al magnicidio pero que son a veces incontrastables con su físico, incluso llegan a sonar medio cómicas, al escuchárselas a un hombre que debe estar cerca del 1.60 metros de estaturas, de voz suave y cabello que ya comienza a pintar canas como los pelos del candado que se deja crecer con esmerado cuidado en la cara.

La última vez que llegó a comprar el alpiste y el girasol para sus loros, pericos y agapornis, como de costumbre, terminamos hablando de la inseguridad, de la violencia cada vez más propagada por el país, de Chávez y su empeño en llevar a Venezuela por un despeñadero…

JJ -En Francia esto no se aguantaría –decía con su perfecto español matizado por las “erres” francesas-. Allá la gente no se anda con pendejadas. Yo soy del sur y si un gobierno francés se atreviera a hacer algo contra los cultivadores de uvas, ellos agarrarían sus tractores y se irían a París en caravana a protestar. Incendiarían parís. Aquí no, los venezolanos se han dejado quitar todos sin chistar, son medio bolsas.

Cuando dijo eso recordé que un tiempo atrás él se vio obligado a andar armado para ir a llevar y buscar a su esposa al trabajo pues ella es trabajadora del sistema de justicia y unos delincuentes la tenían amenazada de muerte.

Yo -No entiendo cómo es que ustedes siguen viviendo en este país. Después de todo lo que han pasado, teniendo nacionalidad europea y suficientes recursos para establecerse en Francia, cómo es que continúan aquí, viviendo en este miedo, en este país que se ha vuelto invivible para la mayoría.

JJ -No. Yo no me voy de aquí. En Francia la vida no es fácil. Allá es todo complicado y en cualquier momento se desata la violencia que puede desencadenar una guerra. Si eso pasa yo no quiero estar por allá.

Yo -¿Pero no es lo mismo que vivir aquí y que en cualquier momento te maten para quitarte un reloj?

JJ –No. Allá todo es regido por normas y leyes. Por ejemplo, si tu montas una tienda de estas y no te va bien, y quieres vender aquí zapatos, la ley no te lo permitiría.

Yo –¡Pero aquí tampoco! Si el registro de comercio no dice que puedes vender zapatos, no puedes hacerlo según la Ley-

JJ –Pero lo haces y no pasa nada. Allá te multan y te cierran…

Yo –Precisamente, porque se cumple la ley no como aquí que todo el mundo hace lo que le da la gana, nadie cumple las leyes, hay impunidad en todos los niveles. Eso es lo que ha llevado el país a la situación actual.

JJ -Aquí tengo una calidad de vida que no puedo tener allá porque ese es un país en crisis económica y no creo que la unión europea se mantenga por mucho tiempo. Eso va a terminar en cualquier momento.

Yo -Pero ¿de qué calidad de vida me hablas si aquí no puedes ni siquiera salir a comer tranquilo a la calle por el miedo a la inseguridad? Yo preferiría vivir en un país donde puediese salir tranquilo a la calle a tomarme un café.

JJ -Allá no podrás tomarte el café porque es muy caro. Aquí uno puede hacer dinero, allá no.

Yo -Bueno, trabajando legalmente aquí nadie se hace rico. Puede vivir más o menos bien pero para tener riqueza hay que ser corrupto. O, por lo menos, no muy legal ni con muchos escrúpulos.

JJ -Allá no podrías hacer el dinero que haces aquí. Uno no puede ni siquiera trabajar cuando a uno le dé la gana porque la ley dice cuántas horas se trabajan y cuántos días a la semana. Tu aquí tienes alguien que te limpia y te trabaja, allá tendrías que hacerlo todo tu. Tendrías que trabajar muchísimo. Y todo el sistema allá está controlado por leyes y normas.

Yo -Bueno, pero si justamente yo lo que quiero es vivir en un país donde se cumplan las leyes. Donde no haya tanta impunidad. Un país donde tirar una lata a la calle, o pasarse una luz roja tenga consecuencias. Porque la impunidad reinante desde lo más simple y cotidiano es lo que ha destruido este país. No creo que allá tenga que trabajar más que aquí que trabajo los siete días de la semana todo el año hasta las 7 de la noche y ¿de qué me sirve hacer dinero aquí si no puedo disfrutarlo por el miedo a la delincuencia? Si uno tiene mucho, incluso corre el riesgo del secuestro. Estoy cansado de pensar todos los días si al próximo que le abra la puerta de la tienda será el que me va a atracar. Aquí puedes tener dinero para comprar joyas pero no las puedes usar. Hay gente que ha llegado a hacer discotecas dentro de sus casas para que sus hijos no salgan y no se arriesguen a secuestros o robos. Eso no es vida.

JJ -Allá no usarás joyas porque no tendrás para comprarlas. Yo ya me acostumbré a no usar nada. Salgo sin reloj ni cadenas, ni nada.

Yo -No entiendo eso. Preferiría no tener para comprar joyas pero poder salir tranquilo a la calle. Vivir sin miedo. Aquí, hace poco, dentro de una tienda en un Mall atracaron con un revólver a una mujer y la dejaron sin cartera, joyas y teléfono. Eso no es calidad de vida. Entonces lo que les queda, a quienes pueden, es, de vez en cuando, viajar fuera del país para poder disfrutar un poco la vida con tranquilidad.

JJ -Es que no hay calidad de vida. Eso es lo que hacemos mi mujer y yo. Cuando ya todo se nos hace muy pesado, nos vamos un tiempo de viaje para poder sobrellevar el stress y lo mal que uno vive aquí. Pero tu me vas a disculpar, los venezolanos son unos brutos. ¿Cómo es posible que todo esté en el suelo y que la gente siga votando por Chávez?

Yo -No somos brutos. El problema es que del lado de la oposición tampoco les ofrecen nada diferente. Los que no están contentos con el gobierno tampoco ven una opción distinta de parte de la oposición. Hoy me dijo una tipa chavista que distribuye granos, cansada de lo que pasa: “Yo estoy “acogotada” por lo que está pasando y mis jefes que eran chavistas también, pero me calé completico el fulano debate y de allí no sale nada. No hay propuestas que me digan que esto va a cambiar. Entonces, para poner a un loco nuevo, mejor me quedo con este loco”.

JJ -Bueno, eso también es verdad. La oposición está como embobada y no hacen nada. Como los que mandan aquí en el Zulia, que no han servido para nada. Años en el gobierno y la ciudad y el estado en ruinas. Aquí habría que elegir el alcalde de un lado y el gobernador del otro para ver si así funcionan. Pero de todos modos, hay que ser bestias y brutos para que Chávez siga ganando.

Yo -No son brutos. Se van por lo seguro. Si la oposición no le ofrece una opción realmente diferente, sino más Copei y más AD, prefieren seguir con lo que tienen. Si yo tengo una vaca flaca a la que conozco y me da un litro de leche diario y vienen y, para cambiar, me ofrecen una vaca flaca, que no conozco y que me dará el mismo litro de leche, pues me quedo con la vaca que conozco y sé que me da mi litro diario.

Al final, JJ tomó sus paquetes, se despidió y salió seguro de que de este país no se va porque él -como el papá de una amiga con pasaporte de la Comunidad Europea a quien hace poco amordazaron en su casa y lo golpearon para robarlo, pero no se va- dice que esto es un paraíso que lo único malo que tiene es la dirigencia política que no ha servido y la brutalidad de quienes votan por Chávez. Yo me quedo convencido que tarde o temprano, de una manera u otra terminaré yéndome de Venezuela y, por lo tanto, tengo que pensar en mi “plan B”.

Buscando un enchufe, encontré un país

Eran casi las diez de la noche. A medida que nos íbamos adentrando en el barrio la tensión en el ambiente se hacía más espesa, se sentía a través de los vidrios ahumados del carro y a pesar del aire acondicionado.

Aunque no había llovido en el día, la calle estaba mojada y bajo el agua los cauchos acusaban la irregularidad del pavimento, cuyos abundantes huecos hacían que el carro diera botes y nos obligaban a ir a mínima velocidad.

En la soledad de la calle, vimos unas mujeres sentadas al frente de su casa junto a una mesa en la que se encontraba un termo de café. Evidentemente, la bebida no era más que una mampara para el verdadero negocio que las mantenía a esas horas allí y que les es mucho más rentable que la venta de vasitos de café: las drogas.

Nos aproximamos a la acera para preguntarles qué tan lejos se encontraba nuestro destino y, al bajar el vidrio, un vapor pestilente entró en el carro. El agua que cubría el pavimento provenía de algún tubo de aguas negras que, vaya usted a saber desde cuando, se encontraba roto.

A las dos mujeres no parecía incomodarles la pudrición, ¡el olfato es un sentido que se acostumbra tan pronto a todo!

-¿Buenas noches, dónde queda la ferretería “El marañero”?

-¿”El Marañero”? -dijeron ambas a coro y se miraron extrañadas.

-Sí, así nos dijeron que se llama. O “El Maraña”.

-¡Ah, Maraña! Sí, es al final del la calle, todavía faltan unas cuantas cuadras. Sigan derecho.

Agradecimos la indicación, subimos los vidrios con la náuseas alborotadas por el hedor y con los vellos de los brazos y la nuca cada vez más erizados por la tensión y el susto. Continuamos lentamente recorriendo la ahuecada vía hasta alcanzar nuestro objetivo.

Llegamos al final de la calle, un montículo de arena y ladrillos abarcaba más de la mitad de la vía, supusimos que una de esas casas que lo circundaban debía ser la de “Maraña”. Pasamos la pequeña montaña y me bajé, con los cojones en el cuello, a preguntar en la primera casa que mostró síntomas de vida, por el famoso maraña.

-¿Quién lo busca? –preguntó una joven como de 16 años.

-Es que me dijeron que él podía tener un enchufe trifásico que necesito – dije, sintiendo que la voz me salían en un hilito imperceptible.

Dentro de la vivienda se empezó a notar movimiento al sentir una presencia extraña. Salió una señora que nos informó que “Maraña” se encontraba haciendo un trabajo lejos, estaba llevando una mudanza hacia el sur de la ciudad pero que los muchachos que estaban estacionando un camión en la casa del frente tenían llave de la ferretería y nos podrían vender el anhelado enchufe.

Crucé la calle mientras Cristian se mantenía en el carro con el motor encendido y los vidrios arriba, saludé a los dos muchachos que estaban descargando el camión y le pregunté si podían venderme el enchufe.

-Yo creo que de esos no hay, pero esperen un momentico que ya “Maraña” está por llegar. El venía detrás de nosotros así que en un ratico está aquí.

Yo ya estaba tan asustado que pensé en subirme al carro y que nos fuéramos de allí de una vez pero me pareció que podía ser más peligroso arrancar así, intempestivamente, que esperar al hombre. Sin darme cuenta, la cuadra se fue llenando de jóvenes y calculo que aparecieron como unos 8 o 10 que comenzaron a hablar y echar cuentos entre ellos mientras yo aparentaba normalidad y permanecía junto al grupo. Uno de ellos que estaba muy divertido echando un cuento acerca de su encuentro un rato antes con la policía, dijo entre risas:

-Entonces yo le dije al tipo: “No señor marihuana, yo no estoy fumando policía”.

Todos rieron a carcajadas, yo traté de esbozar una sonrisa pero no sé si lo conseguí, sentía que los músculos de la cara no me respondían.

-¿Y usted vino recomendado por quién? –me preguntó el muchacho que tenía al lado, agregando inmediatamente de manera enfática –Porque usted no es de por aquí.

————o————

Toda esta historia comenzó el día anterior.

Después de un increíble mes de vacaciones por Estados Unidos, al llegar a la casa con la mente aún embotada por el viaje y por las maravillosas experiencias vividas en varias ciudades del imperio, cuando ya eran como las 12 de la noche y el aire acondicionado del cuarto tenía cerca de cuatro horas encendido, comenzó a oler a plástico quemado.  Algo no estaba funcionando bien con el aparato. Lo apagué. Esperé unos minutos y lo volví a encender. Nada. El aire acababa de fallecer y me esperaba por delante una calurosa noche aderezada con los altos índices de humedad que ofrece el clima marabino.

Al día siguiente, luego de maldormir, salimos a ver precios de aparatos de aire, consultamos varias ventas de electrodomésticos y, sin tomar aún una decisión, nos fuimos a trabajar. Luego de un mes de vacaciones es mucho el trabajo atrasado y las cosas que hay que poner al día así que el día estuvo bastante ajetreado y, sin darme cuenta, ya eran las cinco de la tarde, las tiendas cierran a las seis y no habíamos comprado el aire.

Aterrado ante la idea de pasar otra noche de calor sofocante después de tan agotador día, le dije a Cristian que corriera a comprar el aparato antes que la tienda cerrara, llamé, confirmé precio, hora de cierre y que tuvieran en existencia y Cristian se fue a comprarlo llegando al lugar unos 20 minutos antes de que cerraran.

A eso de las ocho de la noche estábamos llegando al apartamento, descargando el pesado aparato y subiéndolo por las escaleras. Agotados pero felices de haber podido cumplir con nuestro cometido. Rompí las cintas y la caja que envolvían al aire y, cuando ya nos disponíamos a instalarlo en el hueco de la pared destinado para tal fin, sucede la tragedia:

-¡Coño de la madre! –Grito- ¡Esta vaina no tiene enchufe!

La punta del cable tenía tres pelos con unos garfios de metal, el enchufe había que comprarlo por separado, de acuerdo a la toma de corriente que uno tuviera en su casa y el desgraciado que nos lo vendió no nos pudo advertir eso temprano, cuando todavía teníamos tiempo para ir a algún sitio a comprar el bendito enchufe.

Llamé a varios sitios y, los que no estaban cerrados ya, estaban a punto de hacerlo y no nos daría tiempo de llegar. Llamé al técnico de aire que es panita para ver si me podía sacar del apuro pero él tampoco tenía enchufe. Luego de pensar y pensar decidimos acercarnos a un barrio cercano que aunque un amigo que vive allí nos había advertido que era peligroso, no nos lo parecía tanto como para detenernos.

Allí fuimos a dar a una venta de periquitos para autos que abre 24 horas pues, en nuestro desespero, guardábamos la esperanza que, a pesar de que no era su ramo, tal vez el tipo tuviera un enchufe de tres patas para vendernos.

Pues no. El hombre no tenía el ansiado enchufe pero muy amablemente nos recomendó que fuésemos al final del barrio, a donde “El Maraña”, que tenía una ferretería en su casa y seguramente contaba con el pequeño y atesorado artículo.

No sé si era por efecto del largo viaje o de las prolongadas  vacaciones que nuestra mente estaba como embotada y no nos permitía pensar con claridad o si el terror a pasar una noche de calor abrasador nos hacía temerarios. Ni siquiera atendí al consejo de una hermana que, al enterarse del nuestro drama nos recomendó que pasáramos la noche en un hotel y al día siguiente resolviéramos el problema de la instalación del aire. Consejo que al día siguiente me repitió un hombre en la cola del banco cuando contaba lo sucedido.

-Para la próxima váyase a un hotel, esa aventura fue demasiado peligrosa. Suerte tiene de estar contándola. -Dijo.

No sé qué nos pasaba que no razonábamos, como autómatas nos dirigimos a la dirección que nos había dicho el hombre sin pensar en el peligro ni en las posibles consecuencias.

———-o———-

Tragué grueso ante la pregunta del muchacho, quien me miraba por encima del hombro intrigado acerca de cómo había ido a parar yo al barrio. Respondí:

-Me mandó un amigo que conoce a “Maraña” y me dijo que él podía tener el enchufe que necesito.

Llegó “Maraña”, evidentemente, aparte de ser el dueño de la ferretería es un líder en su comunidad pues todos parecen respetarle y, por lo que entendí, es quien maneja el consejo comunal del barrio, administra los recursos que le dan y decide quién tiene derecho a los beneficios que puede obtener por medio de esta nueva figura de organización social.

Entre las consultas que le hacían, las quejas que le ponían, los chismes que le contaban sobre lo que estaba sucediendo en el barrio, logré preguntarle si tenía el enchufe trifásico que necesitaba para que me lo vendiera. Me dijo que esperara un momento, entró a la ferretería acompañado de algunos de los muchachos que ya contaban como unos 16 al sumar los que llegaron con él y al rato salió con la mala noticia de que no tenía el artículo que yo necesitaba. Se le habían agotado y sólo le quedaban enchufes de 110 voltios.

No sé si triste o aliviado de poder salir de una buena vez de ese sitio, me subí al carro y nos fuimos a la casa a ver cómo resolvíamos el entuerto del aire. Llamamos al técnico panita. Eran ya cerca de las 12 de la noche cuando llegó y a lo “Mc Gyver”, cortó el cable del aire que se había deñado y con maña y “teipe” negro logro empatarlo al cable del aparato nuevo y este arrancó a enfriar inmediatamente.

Cuando le contamos lo que habíamos hecho y de dónde veníamos, peló los ojos y con tono de asombro y reprimenda nos dijo:

-¡Ustedes sí tienen bolas! ¿Cómo se van a meter a ese barrio solos y en la noche? Ese sitio es peligrosísimo. Los enfrentamientos entre las bandas de narcotraficantes son a puro tiro y lo mismo con la policía. Con decirles que tienen un sistema de vigilancia: un tipo se monta en un árbol de mango desde donde divisa la mayor extensión de la calle y desde allí avisa a sus compinches cuando viene la policía o los miembros de bandas enemigas. ¡Ese barrio es candela, ahí hay muertos cada nada!

Contento de poder dormir a una temperatura confortable, me acosté dispuesto a recuperar el sueño perdido la noche anterior. La mente, aunque agotada, no dejaba de trabajar. Pensaba: “¿Cómo  se podrá hacer para que este país deje atrás la violencia? ¿Quién podrá ponerle coto al narcotráfico, a esas ventas de droga que se han instalado en los barrios más pobres de nuestras ciudades? ¿Cómo se podrá controlar la corrupción que se ha extendido hasta la gente de los barrios quienes reciben aportes del estado para los consejos comunales donde unos cuantos se benefician de ese dinero sin que la mayoría de la gente del lugar pueda acceder a lo que el gobierno les ha prometido pues esos dineros no son auditados ni controlados por nadie? ¿Qué pasará en las ciudades si alguien con suficiente guáramo y decisión pone fin a ese despilfarro de dinero que va a parar a manos de los guapetones del barrio?” Me imaginaba a esa gente saliendo a incendiar ciudades porque no están dispuestos a perder esas parcelas de poder y de riqueza que han encontrado a costa de que sus vecinos continúen en iguales o peores condiciones que antes. Esos “líderes” de la comunidad saben lo que es pasar hambre y necesidades y lo que han conseguido lo defenderán a sangre y fuego. Muchos de ellos, con las mismas armas que el régimen les entregó para “defender la revolución”. Armas con las que salen a robar y a matar y que no dudarán en empuñar contra quien pretenda arrebatarles lo conseguido.

En esas andaba cuando el bendito aire recién comprado se congeló y ya no quiso volver a enfriar en toda la noche. Después de todo lo vivido, parece que hay días que están escritos en nuestras vidas y contra la fatalidad no se puede pelear. Parecía que no había forma de escapar a una noche de calor infernal.

Sobrevivir con 78 años a Cadivi y la banca en Venezuela

Para que tengan más claro lo que voy a contar en este relato kafkiano, haré una corta descripción de los personajes que intervienen para que puedan tener una visión más completa de lo que narro en este post.

Se trata de 2 viejos. El, de 78 años. Su esposa, de 76. El solo tiene la cuenta bancaria donde le depositan su pensión del Seguro Social, que no sirve más que para ese fin, y una que no utiliza ni sabe cómo hacerlo en el banco Provincial que se abrió para poder tener una cuenta en la que Fogade le depositara 2 mil bolívares que era todo su capital y que corría el riesgo de perder a manos del Estado, cuando este le puso sus garras al desaparecido y metamoforseado en Bicentenario, banco Federal.

Ella tiene dos tarjetas de crédito de las que solo sabe que puede sacarlas para comprar y una cuenta corriente en el Mercantil que le quedó de los tiempos en que trabajaba en un colegio. De todo esto, la señora no tiene ni idea de cómo se maneja y ni siquiera sabe prender una computadora y entrar a internet. Es más, por más que hemos buscado mil formas de explicarle cómo funciona la adjudicación de los dólares de Cadivi, no hay manera de que lo entienda. Ha llegado incluso a preguntar, dentro de su confusión, de cuánto es el bono que Cadivi le aprobó.

El tercer personaje en esta historia es el “nalgasprontas” que escribe, quien se ofreció a ayudarlos para hacer los trámites bancarios para solicitar los cupos de Cadivi, de manera que pudieran llevar cada uno 500 dólares en efectivo y activarle el cupo de compras con tarjeta en el exterior a la señora, para un viaje que les regaló su hija que vive exiliada en Estados Unidos y quien quiere, luego de casi 3 años sin verlos, pasar una navidad junto a ellos.

Por razones que escaparon a los viejos y a mí, la renovación de sus pasaportes se retrasó y vinieron a tener en sus manos el nuevo documento cuando ya estaban en el límite de tiempo establecido para hacer los trámites de Cadivi. O sea, la carrera de obstáculos que debíamos emprender era, además de ardua, contra reloj. Por esa razón, y tomando en cuenta lo engorroso que resulta hacer las correspondientes carpetas para las solicitudes y para evitar perder tiempo por errores cometidos debido a mi falta de pericia al organizar las benditas carpetas, decidí contratar los servicios de un experto en la materia, quien me cobraría unos 350 bolívares por tenerme las carpetas hechas tal y como las exige Cadivi.

(Si quien lee esto vive en un país desarrollado y del primer mundo, o en uno subdesarrollado pero sin control de cambio, le suplico no intentar entender nada, solo lea y no se complique la vida, porque ni los venezolanos terminamos por entender nada. Si tiene algún venezolano al lado, pídale que le trate de explicar de qué carajo estoy hablando.)

Al día siguiente de contratar al experto, me llama y me dice:

-Hay un problema. La señora está registrada en Cadivi y necesitamos el correo electrónico y la clave con los que hicieron el registro para poder hacer la solicitud.

¡Empezó Cristo a padecer!

Recordé que, efectivamente, hacía unos 3 o 4 años, a ella le habían hecho el registro para comprar unas cosas por internet, pero ni ella, ni yo, ni siquiera quien la registró, teníamos la más mínima seña de los datos. Intenté con todos los posibles correos que se me ocurrieron y nada. Consulté a Cadivi vía e-mail y por twitter para ver qué se podía hacer en ese caso y nunca respondieron. En la noche, por fin, me avisó la hija de la señora que había una forma de pedir cambio de correo, me dijo que uno debía, para tal fin, descargar una planilla de la página de Cadivi y llevarla al banco.

A la mañana siguiente me fui donde el experto y le comenté lo que debíamos hacer. El me contestó:

-Sí. Hay que hacer una carpeta como las de Cadivi con la planilla y copia de Cédula y otros documentos y llevarla al banco.

-Para luego es tarde -dije-. Hágame la carpetica para el Mercantil y, mientras, yo voy a pedir la cita en línea al Provincial para pedir los dólares del viejo que se hará por ese banco.

Nos pusimos manos a la obra inmediatamente, el tiempo corría y los lapsos impuestos por el régimen de administración de divisas se nos echaban encima, pero resultó que la página del banco Provincial no me daba la opción de solicitud de efectivo para viaje. Me lancé al banco, mientras el experto me terminaba la carpeta. Llegué a la taquilla y la respuesta fue:

-Si el señor no tiene tarjeta de crédito, la página no le da la opción porque para solicitar el efectivo. Tiene que solicitar el cupo de tarjeta primero.

-¡No puede ser! -digo asombrado- ¿O sea que no puede el viejo pedir sus 500 dólares para viajar?

-Tendría que hacerlo por un banco del Estado, en vista de que no posee tarjeta de crédito con el Provincial -fue la seca respuesta que recibí.

(Después me enteré que esa era una resolución que al parecer comenzaría a regir en los meses siguientes a mi diligencia y, no sé por qué motivo, el BBVA Provincial ya había empezado a aplicar. Le consulté por Twitter a la entidad bancaria al respecto y aún espero respuesta.)

Mientras iba a buscar la carpeta del cambio de correo para llevarla al Mercantil, llamé a un amigo gerente de un Bicentenario y le comenté lo sucedido con la solicitud de efectivo para el viejo. Me dijo que, efectivamente, por su banco se podía hacer pero necesitaría abrir una cuenta bancaria allí.

-Para “aperturar” (dijo, como dicen en la jerga bancaria) la cuenta necesita: dos referencias personales con fotocopias de las cédulas de identidad de quienes la firman, copia de la cédula del titular y un recibo de algún servicio a nombre del viejo.

Le expliqué que el único recibo de servicio que tienen es el de electricidad y  está a nombre de su esposa. Tienen una línea prepago de teléfono que funciona con tarjeta, y el servicio de televisión por cable está a nombre del hijo que vive en el apartamento de arriba.

-Tendría que traer el acta de matrimonio- Dijo.

Pensé: “¡Hace 58 años que se casaron en Nicaragua! No me veo llamando a nadie en Centroamérica para que me consiga el documento y, además, no tengo tiempo. Tengo que conseguir otra solución”.

-Gracias, amigo. Ya veré cómo soluciono. -Le dije, y colgué recordando que mes y medio atrás, en Estados Unidos, abrí en 20 minutos una cuenta con 100 dólares y el pasaporte, sin más problema que el que me podía suponer el uso del inglés.

Aparté por un momento el caso del viejo, agarré la carpeta de cambio de correo que ya estaba lista y me enrumbé al banco Mercantil a esperar con la vieja 3 horas a que llegara nuestro número para ser atendidos.

Si, 3 horas de espera y fue la vez que esperamos menos tiempo porque, después, fue mas dilatada la estadía en el bendito banco. Es que la taquilla preferencial, que tiene un dibujo de un bastón que se supone es para dar prioridad a la tercera edad, no es válida en ese banco para personas de 76 años. Para ser atendidos por allí, parece que usted tiene que llegar en una camilla y con suero endovenoso. Tener solo 76 años no lo hace apto para la “preferencia”.

En esa oportunidad esperamos sólo 3 horas porque llamé a una amiga gerente quien habló con la empleada y esta, de mala gana, nos atendió antes de que saliera nuestro número en pantalla. Nos sentamos, entregamos con cara de triunfo la carpeta y nos dicen:

-¿Dónde está la cita?

-¿Qué cita? -Pregunto, a punto de llanto.

-Para pedir cambio de correo electrónico también tiene que pedir cita por internet en la página del banco y anexarla impresa en la carpeta.

Me miró con ironía y agregó, recalcando la palabra “nadie”:

-Y, sin cita, sí es verdad que nadie podrá ayudarlo.

Senté a la vieja en una silla y pegué la carrera a un cyber para pedir la dichosa cita.

-Espéreme que ya vengo.

Nada. El sistema me daba la cita para el día siguiente en otra agencia. La pedí para esa fecha y, derrotado, me fui a recoger mi vieja al banco.

Cuando ya estaba a punto de salir de la agencia, se me ocurre decirle a la mujer que nos atendió:

-La página me dio cita para mañana en otra agencia.

-Mañana es bancario regional, la agencia no trabaja.

-¡Pero el sistema me dio cita!

-En el sistema no salen los feriados regionales. Solo los nacionales. Déjeme llamar a esa agencia a ver si van a recibir esas solicitudes.

Llamó y, efectivamente, le dijeron que trabajarían solo las taquillas de pago. Que para trámites de Cadivi, no.

Me fui de vuelta al cyber a cambiar la cita para el 21. En el camino iba pensando cómo resolver lo del viejo. Entonces se me ocurrió que la solución era anexarlo a él como titular en la cuenta de su esposa pues ya me habían advertido que, si la cuenta no tenía por lo menos 6 meses abierta, no podría solicitar Cadivi.

Decidido, el 21 iría al banco con los dos viejos. Solicitaría el cambio de correo e incluiría al viejo en la cuenta de su esposa. Todavía quedaban 12 días para el viaje así que no debía perder las esperanzas.

No me pregunten qué pasó ni por qué. Aún no entiendo qué me sucedió que no vi la fecha de la cita cuando la imprimí.

Llegamos al Mercantil el 21, carpeta en mano y referencias personales, copias de cédulas, recibo de enelven listos para hacer las diligencias. Tomamos número de la tickera. 51 personas por delante. 10 y media de la mañana, respiramos profundo y dijimos: “Bueno, paciencia, hoy salimos de esto”. Nos sentamos.
Dos de la tarde. Llaman nuestro número. Presentamos primero la carpeta de solicitud de cambio de correo electrónico. La mujer revisa y dice:

-La cita es para mañana.

-¡Nooooooooo!

Cerró la carpeta y me la devolvió.

-Bueno, vamos a hacer la inclusión de la firma del señor en la cuenta. -Digo, tragando grueso.

La mujer aplastó su voluminoso y celulítico trasero en la silla, dejo caer sus lentes hacia la cicatriz que le parte la punta de la nariz en dos y se dispuso, literalmente, a joder.

Con toda la calma y lentitud del mundo empezó a revisar los papeles. Al llegar al recibo de electricidad dice:

-Es de agosto. Necesito uno más reciente, por lo menos de septiembre.

Tomó las copias de las cédulas y dijo:

-Las copias no están muy claras. No se ven bien. Traiga otras. Le guardo el número media hora y me trae un recibo más reciente y las copias más claras de la cédula.

Senté a los viejos una vez más y salí a Enelven a pagar el recibo para que me quedara una factura del mes actual y luego a sacar las copias de las cédulas nuevamente.

En 20 minutos, estaba de regreso en la agencia, entrego los papeles y dice la mujer:

-Esta es una factura de pago, no es un recibo de servicio. No sirve. Y en la copia de su cédula la “G” inicial, parece una “C”. Tampoco sirve.

Le digo que no puede ser, que en esa factura están todos los datos. Nada. Me mira por encima de los lentes y me manda a hablar con la Coordinadora de Servicios, esta llama a la mujer y, al final, yo tengo que salir con los viejos, camino a su casa a buscar bajo las piedras el bendito recibo.

Como la ley de Murphy siempre se da implacable y rigurosamente, y lo que pueda salir mal, saldrá peor; al llegar al apartamento, buscamos y no conseguimos el recibo por ningún lado. Al rato, me dice la viejita un poco apenada:

-¡Aquí está!

El recibo actual de Enelven lo tenía en su cartera, la misma que llevaba con ella todo el día pero no lo recordó en el banco cuando nos echaron para atrás los papeles.

Para las 3 de la tarde estábamos de vuelta en la agencia, con todo lo requerido. La mujer con santa paciencia empezó a procesar la solicitud al tiempo que texteaba por el celular y atendía llamadas telefónicas. Poco le importaba que nosotros a las 4 de la tarde no hubiésemos almorzado ni que los viejos tuvieran ganas de ir al baño. Actuaba lentamente, como si se hubiese pasado en la dosis de sedantes.

Por fin, salimos del infierno, contentos de haber podido por lo menos, en mas 5 horas, hacer un solo trámite.

El día siguiente, 22, el viejo fue a una agencia a llevar su carpeta y la vieja a otra. No hubo manera de que el sistema automatizado me otorgara las dos citas para la misma agencia. Cuando el viejo llegó, estuvieron a punto de devolverlo porque en la pantalla del computador no les aparecía la cuenta pues, con la inclusión de la firma, no se sabe qué pasó que la cuenta estaba como en un limbo. El se puso en sus trece y dijo “no me voy hasta que me reciban la carpeta” y, al rato, quien lo estaba atendiendo le dijo:

-Yo voy a cargar los datos y si el sistema lo acepta, pues le recibo la carpeta. Si no, tendrá que ir a la agencia donde abrió la cuenta.

Esto, a sabiendas de que si el viejo se aparecía en la otra agencia sin tener cita para allá no sería atendido. Afortunadamente, el sistema cargó los datos. Eso sí, no le dieron muchas esperanzas de que tenga los 500 dólares que le corresponden para la fecha del viaje pues, al sacar la cuenta, ya estaban corriendo los 7 días hábiles, límite para hacer la solicitud.

La vieja llegó a las 8 de la mañana a dejar su carpeta, con la mala suerte de que un dato de la bendita planilla de solicitud estaba errado y tuvo que salir a buscarme para arreglarlo. Lo enmendé y a los 40 minutos estábamos de vuelta en el banco. Tomamos un nuevo número de la tickera y marcaba 55 personas por delante. Hablé con quien la había atendido temprano, le expliqué que ya estaba arreglado que por favor le aceptara la carpeta.

-Tiene que tomar un nuevo número y esperar su turno. -Fue su amable respuesta.

Hablé con otra chica un poco menos antipática que los otros y me dijo que no podía, que tenía que esperar su turno. Le dije que sí podían, que cuando ellos querían, podían, porque más de una vez que delante de mí habían pasado gente por encima de los demás sólo porque eran sus amigos. Senté a la viejita en una silla y le dije, “espere que aparezca su número en pantalla”.

Yo tenía que ir a atender mi trabajo que ya había descuidado por tres días por tratar de ayudarlos.

A la una y media de la tarde, me llamó para decirme que ya, por fin, había podido entregar la carpeta. Ahora, está a la espera de que le cambien el correo para procesar su solicitud de compra con tarjeta en el exterior con la esperanza de que se la aprueben, aun cuando ella ya se encuentre en Estados Unidos. De lo contrario, no contará ni con los 500 en efectivo, porque por las fechas ya no tiene chance de solicitarlos, ni con la cantidad que Cadivi tenga a bien asignarle para sus tarjetas, a menos que bajo cuerda se consiga alguien que le active el cupo por los “caminos verdes”, que ya me han dicho que hay personas a las que se les paga y lo hacen.

De no ser así, los viejos tendrán que pasar sus días en el “imperio” a expensas de su hija y su yerno. Sin poder comprar ni siguiera un rollo de papel higiénico por cuenta propia y sin tener que pasar por la incomodidad de pedirle dinero a quienes los invitaron y les pagaron el viaje.

Mala atención + redes sociales = CONMOCION

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Foto conseguida en la web

Un sábado de estos, como sucede casi todos los sábados, salí a cenar con dos amigos. En esta oportunidad, fuimos a un restaurant nuevo por sugerencia de uno de los acompañantes quien tenía buenas referencias del sitio y, a eso de las 10 y cuarto de la noche, tal vez un poco más tarde, estábamos traspasando los umbrales de la puerta del lugar.

En este punto debo aclarar que omitiré los nombres tanto del sitio como de quienes me acompañaron o de quienes haré referencia en este post pues mi intención es ilustrar un poco acerca de lo que pienso sobre la atención al cliente, las relaciones públicas y los efectos que las redes sociales pueden tener en las dos y no, como alguien me dijo, “destruir”, con mi crítica.

Pues bien, entramos y el sitio se encontraba bastante lleno, no a tope, pero a simple vista no se observaban mesas vacías. Hablamos con la chica de recepción quien, sin mucho interés nos dijo:

-No tenemos mesas y no les sé decir para cuándo pueda haber alguna. La cocina cierra a las 11 de la noche.

Ella se volteó sin mostrar la más mínima intención de continuar atendiéndonos y, cuando ya yo me disponía a decirles a mis compañeros que nos fuéramos a otro sitio, apareció una simpática y amable anfitriona quien nos invitó a pasar, sentarnos en unos cómodos sofás y esperar a que se desocupara una mesa.

Así lo hicimos. La chica nos tomó el pedido de bebidas y a los pocos minutos nos estaba despachando lo requerido.

“Bueno, parece que la mala impresión inicial, se desvanecerá”, pensé ingenuamente.

Permanecimos sentados, conversando por cerca de 25 minutos, los vasos se vaciaron, casi que hasta el hielo lo consumimos y en todo ese tiempo no había la más pequeña muestra de que nos fuesen a conseguir un lugar donde cenar.

Entonces, faltando 5 minutos para las 11, llamo a la chica simpática y le digo:

-Amiga, ya ha pasado casi media hora y aún no tenemos mesa y lo que me preocupa es que nos dijeron que la cocina cierra a las 11 y no quisiera que después de tanto esperar nos digan que no podremos comer.

Cuando la chica se disponía a responderme, la interrumpió un anfitrión quien, amablemente, nos dijo que no nos preocupáramos que, efectivamente, la cocina cierra a las once pero que en vista de la cantidad de gente, ese sábado la mantendrían en funcionamiento por más tiempo.

-Deme 3 minutos y les ubico una mesa. Dijo y se retiró.

No había pasado el tiempo que el  hombre pidió cuando ya estaba de regreso y nos llevó a la mesa que había conseguido. Nos sentamos y, al mirar alrededor, me doy cuenta que había unas cinco mesas vacías para dos personas en las que nos hubieran podido ubicar perfectamente sin hacernos esperar tanto. Callé y no emití ningún comentario al respecto para no parecer rudo.

Al instante apareció el mesonero para tomar el pedido. Su actitud me pareció bastante grosera pero, tomando en cuenta la hora y lo amable del otro muchacho, una vez más callé y me calé que el tipo nos dijera:

-Bueno, tienen que ordenar rápido porque ya la cocina está a punto de cerrar.

Apresurados pedimos té y los primeros tres platos que se nos ocurrieron para no pasar por el mal rato de no poder cenar después de tanta espera. Pedimos un salmón, un cordero y yo me decanté por una pasta de con tiras de lomito.

Pido excusas a los lectores por dar tantos detalles que tal vez les haga tediosa la lectura, pero me gustaría que, una vez que tengan el panorama completo de la situación en mente, si piensan que yo estoy equivocado y no tengo razón, me lo hagan saber con un comentario al pie y, si pueden, lo argumenten.

Pues bien, el salmón, al decir del comensal estuvo perfecto. El cordero, aunque parecía por textura y sabor cualquier otra carne menos cordero, estaba sabroso y, mi pasta, aparte de poca, cuando comencé a comerla noté que de tiras de lomito lo que tenía era dos trocitos de no más de 2 centímetros de largo por medio de ancho, ¡en un plato cuyo costo era de 100 bolívares!

Al ver aquello y considerando que ya la cocina supuestamente estaba por cerrar, ante el temor de quedar con hambre, llamé al mesonero y le pedí que por favor nos llevara pan y mantequilla, ya que no nos lo habían servido.

-No, pan no hay. Se nos terminó-. Fue la respuesta.

¡Yo no lo podía creer! Pedimos la cuenta y nos dispusimos a salir. Uno de mis amigos se tropezó con una conocida que estaba comiendo en una mesa cercana, se paró a saludarla y ella, muy feliz, le dijo:

-¡Ya hemos comido como 6 platos distintos! ¡Todo buenísimo!

-Me alegro por ti, le dijo el amigo, a nosotros nos sirvieron lo que había y apurado.

-¡No puede ser! Dice ella, él –y señala a un tipo que estaba sentado en su mesa- es uno de los dueños.

El hombre miró y sólo dijo:

-Es que es muy tarde. Vengan otro día más temprano.

Yo me encontraba ya en la salida cuando toda esa escena sucedió pero, al salir, el amigo me lo comentó y, entonces, ya no aguanté más, tomé el teléfono, abrí mi Twitter y escribí un comentario en el que me quejaba de la atención del sitio, de lo escasa de la comida y de lo caro del servicio. Como la red no permite más de 140 caracteres por tweet no me extendí en detalles de lo sucedido.

Inmediatamente, recibo un DM (mensaje directo, para los legos en la red del microblogging) de un amigo que me pide le cuente qué sucedió en el lugar porque él les hace la publicidad.

Yo, ni corto ni perezoso, mientras literalmente calentaba una arepa en mi casa para calmar el hambre y la rabia, le conté todo tal y como sucedió y como lo acabo de relatar. Entonces él me dice: “Listo, ya le pasé todo lo que me dijiste a uno de los dueños porque varias personas me han dado la misma queja del lugar”.

Nos despedimos, me comí mi arepa con jamón y queso y me fui a ver televisión y a dormir. Pasan varios días, y, una tarde, me llama uno de los amigos de esa noche y me dice:

-Gocho, no sabes el revuelo que se ha formado por tu tweet sobre el sitio. Me llamaron de relaciones públicas y me dijeron que nos invitaban a comer, para que comprobemos que fue cuestión de mala suerte ese día y que quieren hablar contigo.

-No hay problema, le digo, dales mi número y que me llamen.

Al colgar con él, suena mi celular y es una querida amiga, amiga íntima del hombre con el que acababa de hablar. La saludo efusivamente, como siempre, y cuando comienza a hablar me doy cuenta que la llamada tiene que ver con lo del restaurant.

-Golcar, se ha presentado una situación muy incómoda que salpicó a fulano (el amigo común) y que por rebote me salpicó a mí. Me llamaron del restaurant para reclamarme porque un amigo mío está destruyendo el sitio por twitter. Yo les dije que él no podía ser porque no tiene twitter y me dijeron que uno de los que andaba con él era. Averigüé y me enteré que eres tú. Y como estabas con fulano y yo les hice las relaciones públicas para el lanzamiento del lugar pues me salpicó a mí. No me parece justo que por una mala experiencia que tienes y en un momento en que el restaurant se encontraba colapsado de gente, salgas a destruir un sitio que está empezando porque a mí, que sé de salir a comer,  me han pasado cosas así en todos lados en Maracaibo y no salgo a criticar y creo que les has debido dar una segunda oportunidad antes de salir a destruirlos por twitter…

Y por allí se largó a hablar. Yo le dije que no veía por qué ella se tenía que ver involucrada en eso porque ella no es la esposa de fulano como para que la culpasen de nada. Explicó que a él lo había llevado ella allí y, aunque no me convenció el argumento, no insistí en ese punto y pasé al siguiente. Y luego de contarle lo acontecido, le pregunté:

-¿O sea, que lo que tú me dices es que después de la noche que yo pasé en ese lugar, tendría que haber vuelto a arriesgarme a ser maltratado de nuevo antes de expresar mi descontento? ¿No crees que la actitud, si estaban colapsados, debió ser decirnos que no podían atendernos como nos merecíamos y de acuerdo a los precios del lugar y que nos invitaran a volver otro día?

-Bueno, pero ustedes al ver que tardaban en atenderlos han debido irse. Yo no hubiera esperado. En fin chico, a mi no me parece justo que los destruyas y ellos quieren invitarlos a comer para que comprueben cómo es el servicio.

-Ahora es a mí, al que no le parece justo lo que planteas, dije ya molesto, porque no es justo que porque yo me quejé por twitter ahora me inviten a cenar y me atiendan como un rey y que el servicio siga siendo igual de malo para el resto de los mortales. Es más, mi crítica no ha sido la única, aunque sí tal vez la única que salió por twitter, pero el domingo estuvo allí una amiga con su esposo y salieron bravísimos por el mal servicio pues hasta les cambiaron los platos que pidieron.

-Eso es como si yo hubiera salido a destruir a Tu Maskota y a decir que allí venden animales piches por el que te compré y se murió.. Yo no dije nada…

Y aquí, con el perdón de ustedes, paso a relatar lo más resumidamente que pueda:

LA HISTORIA DEL ANIMALITO PICHE

Hace aproximadamente un año, esta amiga me llamó porque necesitaba unos animalitos para su niña. Yo la atendí por teléfono, recibí su pedido, armé el habitáculo lo más bonito que pude, y, sin ningún costo adicional, me ofrecí a llevárselo a su casa para evitarle el viaje a la tienda. Hasta descuento le di y, al finalizar el día, le despaché su pedido con todo el cariño del mundo y con todas las indicaciones sobre cómo mantenerlos.

Como 15 días después me llama de nuevo y me dice que una vecinita se enamoró de los animalitos y que ella le ofreció regalarle uno. De nuevo preparé el habitáculo con lo necesario y se lo llevé al trabajo. Al llegar me di cuenta que en el sitio estaba fuerte el aire acondicionado por lo que le dije a quien lo recibió que lo pusiera donde hiciera menos frío para que el animal no sufriera y que se lo llevaran lo antes posible de allí para que no se enfermara.

Pasaron dos o tres días, la amiga me llama y me dice que el animal está triste, que no come ni se mueve. Le explico que posiblemente fue por el shock térmico que sufrió por el frío del local, le doy las indicaciones del tratamiento que debía hacerle y le digo que no se preocupe, que si no mejora, yo se lo cambio por otro.

Como una semana después me llama y me dice que el animalito se murió, que nunca mejoró. Yo, cumpliendo lo ofrecido, agarré otro animalito, sano, y se lo hice llegar.

Final. Hasta ahí llegó la historia del animalito piche, hasta el día en que ella me lo recordó para hacer la comparación con la mala experiencia vivida en el restaurant.

Le hice saber que no había punto de comparación pues yo le ofrecí la mejor atención, en ningún momento le dije “¡apúrate a comprar!” o “no me importa si se te murió porque con seres vivos no hay garantía”, ni nada por el estilo.

Ustedes me dirán si yo estoy orinando fuera del perol.

-Bueno, chico, ya tengo que colgar porque voy a entrar a un sitio en el que no quisiera ventilar este asunto. Dijo. Allí tienes la invitación para una nueva visita al sitio, si quieres. Chaíto.

EL PODER DE LAS REDES SOCIALES

Toda esta larga y aburrida historia me estuvo rondando la mente durante horas.  Por un lado, pensaba en por qué no es posible en nuestro país, específicamente, en Maracaibo,  obtener un buen servicio en casi ningún sitio.

¿Por qué en lugar de hacer pasar un mal rato a los clientes no les dicen: “Mire, lamentándolo mucho, no lo vamos a poder atender como se merece mejor vuelva otro día para que no se lleve una mala impresión?

¿No hubiera sido más elegante que en ese mismo momento, cuando el dueño escuchó la crítica, le hubiera dicho al amigo: “¡Eso no puede ser, disculpen! Llamé a sus amigos que les invitó un café por la casa o un digestivo. Es que la cantidad de gente nos desbordó”?

Si la amiga llama como relacionista público del lugar, ¿no era mejor que dijera: “Golcar, la gente del restaurant está muy apenada por el mal rato del sábado y quiere invitarlos a cenar para resarcir los daños”,  en lugar de pretender hacer ver que la culpa fue mía por no irme y por llegar tan tarde y que soy muy injusto al quejarme?

Evidentemente, aún estamos muy, pero muy lejos de alcanzar los niveles de excelencia en prestación de servicios de otros países como Colombia o Estados Unidos y esto lo dice alguien que no está de acuerdo con aquello de que el “cliente siempre tiene la razón” porque hay clientes de clientes y en más de una oportunidad, cuando alguno se ha puesto necio, grosero e impertinente, con el mejor acento maracucho que este gocho puede emplear le he dicho:

-¿Vos sabéis cómo es la cosa? Que no te voy a vender nada y te me váis.

También es evidente que para desarrollar un buen trabajo en relaciones públicas no es suficiente ser muy conocido o prestar servicios en algún medio de comunicación. La profesión va mucho más allá de la popularidad de quien la ejerce y de su poder de penetración en la comunidad.

Y, finalmente, una gran lección que extraigo de toda esta historia es la importante función que cumplen las redes sociales para controlar a quienes prestan servicios. Sólo hace falta poner un comentario en el momento justo y que oportunamente se cumpla la teoría de los 6 grados de separación, para que el mensaje publicado llegue a quien nos interesa que llegue. Esto lo he comprobado con los bancos, por ejemplo, pues hace poco, gracias al twitter también logré solucionar mis problemas para obtener el efectivo de cadivi, luego que por medio de esta red atendieron mis quejas.

La denuncia a través de las redes sociales se hace imprescindible sobre todo en lugares como nuestro país donde hacerse oídos sordos a lo que la gente diga parece ser la premisa. Uno puede en un banco armar el gran escándalo y no pasa nada, aunque haya 200 personas escuchando, pero un tweet, que a lo mejor sólo lo vieron 20 personas, puede generar conmoción dentro de la institución. Por eso es que una amiga, gerente de un banco, me dijo en una oportunidad:

-¡Yo odio twitter! ¡En el banco nos tienen verdes con las quejas que llegan por esa vaina!

Yo lo siento mucho por el inconveniente que le pude haber causado a mi amiga pero no pienso dejar de expresarme libremente a través de las redes sociales y a través de mi blog. Yo no cobro por hacer un tweet o por publicar algo en mi bitácora. Nunca lo haré si eso implica dejar de decir lo que pienso de las cosas, de la política, de los lugares que visito. Dejé de ejercer la comunicación en medios e instituciones  porque las palabras censura y autocensura no cuadran con lo que yo pienso de la profesión. Los comentarios a favor o en contra de algo los hago ejerciendo mi libertad de pensamiento y expresión. Escribo para drenar, compartir y comunicar. No busco prestigio ni fama, sólo compartir mis experiencias de vida con quienes quieran y tengan a bien recibirlas.

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