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Mi pasión por la pasión viviente

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Cuando escuché los tambores de la procesión corrí a su encuentro. Habían pasado muchísimos años desde la última vez que había asistido a una representación de la Pasión Viviente en La Parroquia y esta vez coincidía con la celebración de los 100 años de esa tradición en el pequeño pueblo de Mérida, donde nací.

Cuando los alcancé, me di cuenta que el corazón se me había acelerado y latía con gran fuerza casi al ritmo de los redoblantes. Estaba realmente acelerado, como cuando niño, que me atraía y me asustaba la escenificación de la pasión y muerte de Jesús. Las pupilas las tenía dilatadas para que en la oscuridad de la noche no se me escapara nada y, a ratos, la luz de las antorchas me deslumbraba.

No podía alejar de mi mente aquella primera vez que asistí a la escenificación de la resurrección en la iglesia. Aunque no recuerdo exactamente qué edad tenía, sé que era un niño,  estaba lo suficientemente pequeño como para que el ruido de unos tambores, el corre corre de los judíos y el estruendo de los tambores y redoblantes en la procesión y en la búsqueda y captura de Jesús me impresionara y asustara. Ya mi temor había superado las dos primeras noches de representaciones y, ese sábado de Gloria, a las 11 de la noche, fui a la iglesia decidido a contemplar el último acto: La Resurrección.

Me monté sobre una silla, flanqueado a ambos lados por mis hermanas Ana Aída y Yandira, casi frente a la tumba edificada a un costado del Altar Mayor. La iglesia, que siempre ha sido acogedora y tibia, me lucía lúgubre y las imágenes de los santos cubiertas con telas moradas me tenían asombrado. Mis ojos de niño miraban a todos lados como queriendo capturar de un solo sopetón todo lo que allí ocurría.

De repente, las luces del recinto comenzaron a encenderse y apagarse frenéticamente, los tambores retumbaban más fuertemente que nunca y su batir se multiplicaba por el eco del lugar. Escuchaba cómo las sandalias de los judíos sonaban en un inquietante ir y venir corriendo por el pasillo central del templo. Volteé asustado hacía el sitio de donde provenía el rebullicio, pero mi pequeña estatura solo me permitía distinguir por encima de las cabezas de la gente, las crestas peludas de los cascos de cuero de los soldados y el revoloteo de estandartes y banderas que se agitaban violentamente en el aire. A los tambores se le sumaban los ruidos producidos por las matracas y los latones que cimbraban los judíos y el golpeteo a las panderetas y, por sobre todo esto, yo escuchaba mi propio corazón que parecía imponerse por sobre el infernal ruido.

De pronto, la voz del cura dijo, o creo recordar que dijo:

-Gloria a Dios en las alturas.

Volteé hacia el altar mayor y justo cuando posé la mirada sobre la improvisada tumba, pude ver que un ángel levantaba la tapa del foso y con gran estruendo la lanzaba hacia atrás dejándola caer estrepitosamente sobre el suelo y  la imagen de Jesús comenzaba a ascender desde el fondo. Lentamente. Levitando sobre las rocas de papel. Con las manos levantadas a sus lados, enseñándonos las heridas de los clavos en el medio de las palmas de sus manos.

Mis piernas comenzaron a flaquear, se me hacían de gelatina. El corazón bombeaba con toda su fuerza y Ana Aída y Yandy lograron meter sus manos bajo mis axilas justo a tiempo, en el momento en que sentía que mi cuerpo no podía resistir más y se desplomaría.

Al sentir el contacto de mis hermanas, reaccioné y el desmayo total no llegó a producirse. Ellas me miraron y dijeron: “¡El corazón se le va a salir!” y rieron socarronamente.

Ni qué decir que esa es la imagen que se ha grabado con mayor empuje en mi mente de la Semana Santa en La Parroquia. Ni siquiera los actos de la noche anterior cuando Jesús era llevado alrededor de la plaza realizando su Via Crucis, o su crucificción, o el ahorcamiento de Judas lograron impresionarme tanto como esa noche de resurrección. Y eso que la crucificción es un acto bastante fuerte y violento, con truenos y rayos y el piquete de la lanza sobre el pecho de Jesús, pero nada como esa imagen del hombre emergiendo de su tumba, en perfecta levitación sin que se viera en ningún momento el más mínimo movimiento de flexión en sus piernas para subir los ocultos peldaños.

Mucho más tolerables me resultaron, incluso, los actos del Jueves Santo, con la venta de Jesús, lavatorio de los pies, la ultima cena, Jesús en el huerto de los olivos con la traición de Judas, el prendimiento de Jesús y su llevada ante Caifas, Anas,  Herodes y Pilatos. Todo eso, el sábado, se me parecía a un cuento de hadas.

Todos esos recuerdos se me agolpaban este año cuando corría tras la procesión, con la cámara en la mano para capturar alguna imagen y sintiendo que, a pesar de los años transcurridos el corazón batía casi con la misma fuerza de esa noche.

Este año me pareció que los actos fueron un poco acelerados. Todo lo hicieron a un ritmo veloz. Tal vez se debió a que había amenaza de lluvia. Ya no montan las cuatro tarimas que montaban cuando yo era niño para que sirvieran de escenografía a los diferentes palacios de los sumos sacerdotes ante los cuales era llevado Jesús. Todo se hace en una tarima central ubicada frente a la iglesia.

A pesar de eso, disfruté como un niño una vez más la Semana Santa de La Parroquia. Esta ceremonia forma parte de mis recuerdos de infancia, por eso me enorgullecí mucho cuando vi que la tradición, que se realiza en su totalidad por la gente del pueblo como pago de promesas por favores recibidos o en ofrenda por alguna petición, llegó este año a sus 100 de vida. Todos los que en ella interviene son pobladores del sitio, ninguno es actor ni director de teatro. Es una devoción. Así ha sido desde 1912 cuando Alberto Collazo junto a Natividad Rivas y Perpetuo del Carmen Torres iniciaron la tradición que año tras año ha ido modificándose y perfeccionándose.

Desafortunadamente, ahora los sábados de Gloria solo ofician la misa. Desde hace unos años, ya no se escenifica la resurrección. ¡Cómo me hubiera gustado volver a contemplarla!

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Un día en el parque en un país en “revolución”

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–Buenas tardes. ¿Quién es el cabecilla aquí, por llamarlo así?  –Dijo el Guardia Nacional Bolivariano queriendo parecer gracioso y simpático.

Prácticamente no tuve tiempo ni de voltear para verle la cara al hombre cuando escuché la voz de mi sobrina Bibiana que con toda la ironía que pudo acumular en su tono de voz, de un solo sopetón, le respondió:

–No, señor. Aquí no hay cabecilla. Como puede ver, esto es una familia, no una banda.

Fue entonces cuando terminé de voltear hacia el sitio donde se encontraba el Guardia y pude entender la ironía y la furia del tono de la voz de mi sobrina. Como una verdadera banda de delincuentes, junto al “cabecilla” que hablaba, se encontraban unos 3 o 4 Guardias más, un policía y una mujer con franela roja de esas que identifican las misiones gubernamentales y con las que obligan a uniformarse a los empleados públicos.

Era sábado de Gloria y nos habíamos reunido en el parque de Lagunillas en Mérida para celebrar en familia los cincuenta años de mi prima Carmen Cecilia. Ella quería celebrarlo solamente con sus familiares y decidió hacer un hervido de gallina en el parque merideño para invitarnos a la celebración.

Cómo muchas otras veces, especialmente los primeros de enero, nos reunimos en Lagunillas y, como siempre hemos hecho, llevábamos una caja de cervezas, refrescos y pasapalos para pasar un día de esparcimiento y relax compartiendo en familia y celebrando el cumpleaños. Unas cincuenta personas incluyendo bebés de menos de un año y personas mayores de 60.

Cuando llegamos al sitio, en la entrada, nos advirtieron que ese día no se podía llevar bebidas alcohólicas porque allí estaban realizando una actividad vacacional organizada por el gobierno nacional y, como ya es habitual en nuestro país, custodiada por la Guardia Nacional Bolivariana.

No obstante, uno de los Guardias, menos ortodoxo que los demás y consciente de que la gente no tenía porqué saber que ese día en específico no se podría ingerir licor en las instalaciones del parque, muy amablemente, nos dijo por lo bajito, al ver las cervezas:

–Si se las van a tomar, háganlo en vasos para que no se vea de qué se trata.

Así se hizo. Pasaron varias horas sin ningún inconveniente. La cervecita la servíamos en vasos de plástico oscuro y las botellas se escondían oportunamente para no molestar a los que participaban de la actividad gubernamental.

Al poco rato de estar allí, notamos que el “acto vacacional” que se estaba llevando a cabo no era más que un evento de campaña y proselitismo político a favor del presidente Chávez,  con miras a captar adeptos para las elecciones del 7 de octubre.

La mampara de yincana deportiva encubría malamente las intenciones políticas del acto y los animadores a través de sus equipos de sonido, de cada cinco palabras que pronunciaban, tres las dirigían a arengar a los asistentes para que participaran en las elecciones presidenciales a favor del presidente Chávez para cuyo efecto habían instalado una camioneta del Consejo Nacional Electoral con los rótulos de la “Misión 07 de octubre” para inscribir nuevos votantes y actualizar datos y otra de la misión identidad para entregarle la cédula a quienes la necesitaran para inscribirse.

Quienes nos oponemos al gobierno tragamos grueso, nos hicimos la vista gorda y tratamos de obviar lo que allí se estaba desarrollando. Pero no podíamos dejar de asombrarnos ante la desfachatez del régimen y ante la sumisión de un poder que, se supone debe ser independiente como el electoral, ante las directrices emitidas por el ejecutivo, a tal punto de identificar el proceso de elecciones presidenciales con la palabra “Misión” que, a todas luces lo parcializa hacia el gobierno del presidente Chávez.

¡Después de 14 años de abusos y falta de pudor del régimen, aún nos asombramos con este tipo de actitudes y de ventajismos!

Los animadores cada cinco minutos daban gracias al presidente, pedían por su salud, llamaban a quienes aún no estaban inscritos para que se registraran en el CNE y alababan la “Misión 07 de octubre”.

Quienes estábamos en el parque por motivos ajenos al “plan vacacional” hicimos caso omiso de lo que los acólitos del régimen hacían. No así algunos de ellos quienes, al mejor estilo del “sapeo” cubano se dedicaban a pasear entre la gente a husmear para luego ir a acusar ante la GNB si alguien estaba infringiendo la prohibición de consumir licor ese día en el parque.

Fue así como la “banda” de los Guardias se aproximó a un grupo de personas que se encontraba justo en la mesa más cercana a la de nosotros. Alguien fue y los acusó con los “esbirros” y estos se aparecieron para intimidar y confiscar las bebidas. Un poco después nos tocó el turno a nosotros. Fue cuando el gracioso cabecilla junto a sus compinches se acercó a donde nos encontrábamos.

–¿Nos permiten que revisemos las cavas? – Dijo el Guardia luego de pasar el trago amargo de la respuesta de Bibiana.

­–Es que nos dijeron que ustedes estaban consumiendo alcohol y queremos verificar.

–Claro, revisen todo lo que quieran.

–A usted tenemos rato viéndola beber– Dijo el hombre, señalando justamente a mi hermana Zoleiva que no solo no estaba bebiendo sino que es una mujer de 65 años con el pelo completamente blanco. O sea, más fuera de perol no podía haber meado el desgraciado.

La mayoría de los que estábamos observando el deprimente espectáculo rompimos en carcajadas ante la acusación. “Háganle la prueba del alcoholímetro” gritaron varios a coro. Nos burlamos del tipejo sin ninguna contemplación.

El hombre revisó las cavas infructuosamente. Frustrado ante el fracaso de la requisa, no le quedó más remedió que balbucir que había sido un error y que habían confundido a Zoleiva con alguna otra persona. Se unió a su “pandilla” intimidatoria que aguardaba como a la espera de una orden para cargar con todo y, con el rabo entre las piernas, se marcharon, no sin antes escuchar cómo Zoleiva, impulsada por la ira, les espetaba:

–¡A lo que hemos llegado en este país desde que ese desgraciado está en el poder!

La pandilla se hizo la desentendida y se marchó. A partir de ese momento, podemos decir que los bolivarianos nos hicieron el día. Los chistes y burlas parecían no tener fin. La imaginación hacía que inventáramos maneras de vengarnos de los desgraciados esbirros. Pensamos en dejarles las botellas en el sitio donde se encontraban emplazados al momento de irnos del parque o regarles enfrente las tapitas de las cervezas…

Pero la prudencia imperó. Por un lado, estábamos conscientes que nosotros habíamos fallado al consumir licor ese día cuando nos advirtieron que no se debía. Aunque la medida era, a todas luces, abusiva por parte de ellos pues ¿quién les otorga el derecho de, arbitrariamente, decidir que el parque, que es público, les pertenece y que quienes allí lleguen tienen que adaptarse a las medidas que a ellos se les puediera haber ocurrido implementar?

Y, por el otro lado, ¿Para qué arriesgarse a que estos esbirros con mente de gorilas tercermundistas decidan, porque tienen el poder, hacernos pasar un mal rato, mantenernos el tiempo que a ellos le dé la gana allí detenidos haciendo exhibición del poder que un régimen despótico  les ha otorgado y arruinarnos el paseo?

Nos tomamos el hervido de gallina que estaba delicioso, nos burlamos a más no poder de esos pobres idiotas que no han entendido que ese “poder” que hoy ostentan tiene fecha de caducidad y que, tarde o temprano, este país volverá a la normalidad, a la civilidad, al progreso. Los militares regresarán a sus cuarteles, a cuidar la soberanía nacional sin entrometerse en lo que los civiles tengamos a bien decidir y Venezuela dejará este cariz de republiqueta bananera para encaminarse a ser un verdadero país.

Mérida, obstinadamente bella

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Mérida es obstinadamente hermosa. Su belleza es terca, persistente, insistente y ha logrado subsistir prácticamente incólume a pesar de que hay factores que parecen conspirar en su contra y convertirla en un espacio devastado, desastroso e invivible.

El paisaje del páramo andino, bucólico y acogedor, es tan agradecido que con sólo asomar la cámara fotográfica por la ventanilla del carro, incluso mirando para otro lado como hago yo que padezco de vértigo y no soporto la visión prácticamente cenital de los precipicios que bordean las sinuosas y estrechas vías, se puede tener la seguridad de que saldrá una linda imagen con un paisaje lleno de luz y un cielo de azul intenso, más hermoso aún si se logra captar durante la diáfana luz matutina.

El recorrido por la carretera parameña se disfruta a plenitud pero lo recomendable es calcular el tiempo del viaje de manera que se pase por Tabay antes de las 4 de la tarde o puede tener la seguridad de que lo atrapará una inexplicable, absurda, larga y lenta cola de tráfico en la que uno puede pasar cerca de dos horas, cuyo tedio y cansancio se mitigan con el fresco clima, el verdor del paisaje montañoso y la hermosa luz que nos deja el ocaso del sol.

Ya en la ciudad, uno no puede dejar de admirar la pequeña urbe y de maravillarse de que se sienta bonita y acogedora, a pesar del infernal tráfico que por momentos hace que los autos se detengan por completo, y del horroroso y aparatoso sistema de troller bus que no solo no sirvió para aliviar el problema del tránsito de la ciudad, aparentemente lo complicó más y sus cables aéreos le dan un feo aspecto a la capital merideña. Imagino cómo deben sufrir quienes cultivan el Feng Shui en Mérida al percatarse de la mala energía que debe desprenderse de ese sistema de transporte público que, además, lo llena a uno de impotencia al ver que hay todo un canal de la avenida prácticamente inutilizado mientras uno se encuentra atascado en una cola infernal.

Algún día, un buen gobierno, asesorado por los mejores urbanistas, tendrá que idear la forma de mover ese Troller Bus a las afueras de Mérida, como tengo entendido que era el proyecto original, bordeando el río, de modo que realmente contribuya a desbloquear el tráfico.

La visita al Mercado Municipal es casi que obligatoria. Es uno de los mercados más bonitos y cuidados del país y uno puede ir temprano a tomar un suculento desayuno y comprar souvenirs, o acercarse en horas de almuerzo si se está dispuesto a hacer una pequeña fila de espera mientras se desocupa alguna mesa. Eso sí, como decía mi madre, “el que es delicado no va al mercado”, el sitio siempre está atestado de gente y uno tiene que estar dispuesto a recibir empujones y pisotones de los visitantes.

En La Hechicera está el Jardín Botánico, un rincón de verdor y flores con el rico frío de la montaña donde ir a pasar un día tranquilo, de relax y de desintoxicación, contemplar las bellas plantas y flores, tomar fotos y hasta practicar deportes extremos.

En el antiguo Central Azucarero, ya a la salida de la ciudad y a las puertas de La Parroquia, se encuentra el Museo de Ciencias, una agradable sorpresa pues está bien cuidado y atendido. Sólo están de más la propaganda que se hace el gobernador en un espantoso pendón que se encuentra a la entrada del lugar con la figura de Simón Bolívar y la infame imagen gráfica del video de presentación, enmarcado en rojo con la foto del gobernador y del presidente Chávez. En ningún museo de los que he visitado en varios países he visto semejante tipo de propaganda tan palurda. Los museos son instituciones diseñadas para perdurar en el tiempo, más allá de gobiernos regionales o nacionales que, por mucho que se atornillen en el poder, siempre estarán de paso.

Una vez conocidos y disfrutados los bellos parques emeritenses, como el de La Isla y de Beethoven con su reloj de enanos queda la posibilidad de conocer hermosos pueblos pequeños y caseríos cercanos.

El paseo al páramo de La Culata, a pesar de un angosto, sinuoso y en tramos destruido camino y del congestionamiento del tráfico en época de temporada alta, se disfruta plenamente y el rato que se pasa arriba comiendo fresas con crema o pastelitos, dando a los niños paseos a caballo o deslizándose en vuelo por la guaya aérea, o simplemente contemplando el paisaje y disfrutando del frío y de la niebla, lo cargan a uno de energía.

El paseo a Jají es bueno hacerlo temprano y con un buen conductor pues la carretera está en pésimas condiciones, con grandes huecos y bordes destruidos y tramos en los que el monte se ha comido casi medio canal de la vía. De no tomar la previsión de ir y regresar temprano, les aseguro por experiencia propia que el susto será grande cuando se enfrenten a esa mala carretera, oscura y sin rayado u ojos de gato, empeorada por la densa niebla que no permite ver más allá de un metro. Pero nada de eso, ni siquiera la basura que se puede conseguir acumulada en los alrededores de la plaza del pueblo, impiden que uno se sienta feliz en ese caserío con calles de piedra donde el tiempo se detuvo en épocas remotas, con sus arcos en las entradas de las calles, sus casas coloniales y los hombres a caballo que deambulan por las empedradas callejuelas. En la vía se encuentra el parque la Venezuela de Antier que, junto con la Montaña de los Sueños y Los Aleros, conforma un conjunto de parques temáticos de ensoñación y diversión.

En Lagunillas uno puede pasar todo un día al aire libre a la orilla de esta laguna, única en Venezuela de agua salada y que produce el Urao, ese escaso mineral que sirve de base para el chimó. Este paseo constituye una perfecta opción para un día de picnic haciendo una parrillada o un sancocho, alquilando bicicletas de hasta cuatro tripulantes, jugando pelota, pescando o simplemente conversando y compartiendo.

La belleza del estado Mérida y de su capital sobrevive a malos gobiernos, a la falta de planificación y de urbanismo, al mal gusto de algunos gobiernos como aquel que se le ocurrió derribar la sede de la seccional del Colegio Nacional de Periodistas para instalar un monumento a la trucha emplazando en el sitio una espantosa escultura gigante de ese pez de agua dulce, una instalación cuyo sistema de iluminación ya ni siquiera se encuentra funcionando.

Hasta el cambio climático parece querer sabotear, sin éxito, la hermosura de la región. La subida de las temperaturas del estado ha hecho que las “nieves eternas” del parque nacional Sierra Nevada desaparezcan de la mayor parte de los picos de la cordillera, quedando en algunas temporadas solo una pequeña mancha blanca como memoria de lo que antiguamente eran picos nevados. Sin embargo, la imponencia de las altas montañas donde se encuentra el teleférico más largo del mundo -y en mi caso más tormentoso pues entre el vértigo y el dolor de oídos no disfrute de la subida hace un montón de años cuando juré no volver a pasar por esa tortura- se mantiene intacta y la luz del amanecer, al salir el sol y clarear el día las sumen en un hermoso y gélido contraluz que lentamente va dando paso a la radiante luminosidad del verdor de las montañas.

La belleza del estado y de la capital Merideña ha demostrado persistir a prueba de todo por lo cual es y seguirá siendo uno de los principales destinos turísticos de Venezuela y tengo la tranquilidad de que su hermosura continuará batallando contra todo lo que atente contra ella, hasta que llegue el tiempo de mejores gobernantes y dirigentes. Mientras tanto, se confirma lo que dije hace tiempo atrás en un post de enero de 2010 cuando hice un viaje a Falcón para año nuevo: “Hacer turismo en Venezuela es una ironía”.

De la gente de Mérida no voy a hablar porque, como nací allá, no quiero que digan que no soy objetivo, solo puedo recalcar que, por algo, la llaman la ciudad de los caballeros.

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¿”misión vivienda”, “misión maqueta” o “misión invadan?”

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Se hace imposible creer que la Misión Vivienda pase de ser una campaña publicitaria a convertirse en una realidad (Imágenes obtenidas en la web de El Correo del Orinoco)

En Venezuela nos hemos acostumbrado a escuchar por parte del
presidente toda clase de propuestas, proyectos,
ocurrencias o simples ideas que “se le acaban de ocurrir”. Llevamos 12
años en esta historia. Cuando lo escuchamos, se nos paran los pelos, nos causa
estupor, no podemos creerlo, pero, al poco tiempo, o bien asimilamos lo dicho y
sucedido o nos damos cuenta que no fue más que un aspaviento momentáneo, una
forma de llamar la atención sobre un tema para desviarla de otro o
sencillamente vemos que lo que nos pareció imposible de creer en su momento,
definitivamente se concretó y nos quedamos como si nada. A la espera de la
próxima ocurrencia, del próximo abuso, del siguiente atropello.

Así viene sucediendo con la llamada misión vivienda, con esa
campaña publicitaria, porque evidentemente no es más que eso, propaganda pura,
burda y simple, una forma de mantener  amarrados a sus seguidores a una esperanza,
atados a un sueño que saben irrealizable porque, a estas alturas, nadie puede
creer que el gobierno logre construir dos millones de viviendas para todos en 6
años, en tiempo record.

Pero ¿qué sucede cuando quienes llevan años oyendo esas
ocurrencias se las toman en serio, se aferran a la palabra al presidente y
comienzan a aplicar en su entorno las medidas proclamadas por puro populismo y
propaganda en cadena nacional?

¿Qué pasa cuando algunas mentes acaloradas, azuzadas por las
palabras del presidente y sus más cercanos colaboradores y aturdidas por los
grillos que les han ido sembrando en la cabeza, deciden que los apartamentos y
casas que se encuentren vacíos deben ser tomados, ocupados, invadidos, y que
luego el gobierno se encargue de ver cómo le paga a sus legítimos dueños el
valor de esas viviendas?

Yo escucho al presidente “reflexionar” en voz alta, en
cadena de radio y televisión, sobre la “injusticia” que significa que haya
gente viviendo en el exterior y que tenga aquí viviendas vacías. Lo oigo
murmurar, como si nadie lo escuchara, que esas casas deberían ser tomadas por
la gente sin techo que necesita una vivienda y no quiero creer que esté dando
líneas. Leo correos electrónicos donde hablan de gente que está haciendo
especies de censos de apartamentos vacíos para entregarlos arbitrariamente a
quienes los necesitan, escucho rumores de que los conserjes de los edificios serán
entrenados para cumplir con la función de “sapeo”, al mejor estilo de los
Comités de Defensa de la Revolución cubanos, y que en sus manos estará remitir
a los consejos comunales la información de los apartamentos vacíos en los edificios
y pienso: “eso debe ser sólo una campaña de desprestigio de la oposición
radical al gobierno”. En mi mente no cabe que algo así pueda suceder en nuestro
país.

Años llevo cavilando sobre todo esto, negándome a creer lo
que algunos aseguran y son capaces de jurar con su mano sobre la Biblia y
resulta que un día cualquiera me llama “Lupe”, la conserje del edificio donde
una gran amiga tiene un apartamento vacío pues se fue del país para hacer un
postgrado.

-¡Aló! Contesto luego de, infructuosamente, tratar de identificar
a quién pertenece el número en la pantalla del celular.

-¿Golcar? Pregunta una voz en un susurro casi imperceptible
al otro lado de la línea.

-Sí. ¿Quién es?

-Soy yo, Lupe –continúa el susurro al otro lado-, la
conserje del edificio de la señora Verónica.

Hago un pequeño esfuerzo para ubicar de quién se trata y a
los pocos segundos respondo.

-¡Ah, Lupe! ¿Cómo estás, y ese milagro?

-Bien. Necesito verte urgentemente –continúa Lupe en un tono
de voz que cada vez disminuye más se me hace difícil entender-. ¿Podrías venir
esta noche? Es que Verónica me dijo que ante cualquier emergencia te llamara a
ti.

-Sí, claro, esta noche paso por allá- Digo, y cuelgo
preocupado y extrañado por esa llamada.

A eso de las 8 y media de la noche llegué a mi cita en casa de
Lupe, en el pequeño apartamento destinado a la conserjería del edificio donde
vivía Verónica antes de irse a estudiar al exterior. Al no más llegar y sin
mayores preámbulos, Lupe me espetó en un tono, bajo como quien teme que lo
puedan escuchar a través de las paredes, su angustia y su preocupación.

“Me tiene preocupadísima lo que pueda suceder con el
apartamento de la señora Verónica. Si no lo ocupan rápido, es posible que se lo
invadan. Ya he asistido a varias reuniones del Consejo Comunal de este sector,
allí nos han convocado a todos los conserjes de los edificios aledaños y nos
han solicitado información de los apartamentos que estén desocupados. Nos
preguntan cuántos hay, de quiénes son, desde cuándo se encuentran desocupados,
dónde están sus dueños. Yo me hago la loca y no digo nada, dejo que los otros
hablen y espero a que la reunión termine sin dar ninguna información pero no sé
hasta cuando me pueda hacer la pendeja. Algún día me van a presionar”.

-¿Pero para qué piden toda esa información, Lupe?- Le
pregunto yo,  haciéndome el Willie como
dicen aquí, y temiendo en el fondo la verdad de la respuesta.

-Pues porque ellos dicen que no es justo que habiendo tanta
gente necesitada de vivienda, haya tantos apartamentos y casas vacías y mucho
peor si los dueños están viviendo fuera del país.

Lupe se para, corre la cortina de la ventana se asoma, mira
a todos lados, y regresa a su asiento. Bajando aún más la voz, continúa:

-Dicen que informemos de todos los apartamentos que estén
deshabitados. Que si lo hacemos, el primer apartamento que denunciemos será
para nosotros, los conserjes, y los otros serán invadidos. Ellos se aparecerán
con un cerrajero abrirán la puerta y entregarán la vivienda a quien la
necesite.

-Pero cómo así –le digo yo con ojos tan abiertos del asombro
que me duelen-, ¿y los derechos de esa gente que compró su apartamento y lo que
ellos han pagado?

-Bueno, ellos dicen que después el gobierno verá cómo hace
para pagarles, si les pagan, y que eso no es un robo sino un acto de justicia.
Por eso es que yo quiero que usted esté pendiente del teléfono, a la hora que
yo lo llame se viene con una maleta y se instala en el apartamento de Verónica.
Ella ya lo sabe, puso en venta el apartamento pero dice que si llegan a
quitárselo antes de que logre venderlo, prefiere que le quede a usted antes que
a cualquier desconocido o algún inescrupuloso que pueda hacer negocio con esas
invasiones.

Ya en el colmo de mi asombro, ingenuamente le pregunto:

-¿Lupe, de dónde sacan eso esos consejos comunales, quién
les dice que lo pueden hacer, quién les da la orden?

-Ellos dicen que la orden viene de arriba, del presidente
Chávez. –Dice Lupe y levanta los hombros en un gesto que no termino de saber si
es de incredulidad o impotencia.

Le prometo a Lupe que estaré pendiente de su llamada, aunque
espero que no se realice y que confió en que Verónica podrá vender su
apartamento a tiempo y recuperar aunque sea parte del dinero que con tanto
trabajo y esfuerzo invirtió en él y me despido sin salir de mi estupor.

Mientras ando camino a mi casa voy pensando si será verdad
que la orden viene desde Miraflores. Me pregunto si es posible que mientras el
presidente dice en televisión que aquí se respeta y se respetará la propiedad
privada, por lo bajito, lanza esas líneas de acción. O será simplemente que
estos seguidores radicales, convencidos, como estamos todos que es imposible
que el gobierno construya 2 millones de viviendas en 6 años como ha jurado el
presidente, ha decidido tomar el toro por los cachos y tomando la palabra del
líder comienzan a llevar a la práctica el discurso que vienen oyendo desde hace
doce años, casi a diario, desde la tribuna presidencial. Quizás saben que ese “vivir
viviendo” no pasará de unas maquetas mostradas en cadena nacional, de unas
propagandas de televisión dirigidas a capturar a los seguidores, y quieren
asegurarse, a como dé lugar, que obtendrán lo prometido.

Justo es que todos tengamos vivienda, pero ¿es hacer
justicia arrebatarle a la gente lo que con trabajo han conseguido para dárselo
a quien lo necesita? O sea, eliminar una injusticia con otra injusticia, como
quien se da con un martillo en un dedo para que ese dolor lo haga olvidar el
causado por una muela enferma y que no lo deja dormir. Pareciera que ante la
imposibilidad de cumplir lo ofrecido, el gobierno a punta de invasiones y
ocupaciones arbitrarias trataría de acercarse a la meta propuesta de darle
vivienda a quienes no cuentan con un techo propio.

Aunque sí tengo una amiga que vive fuera del país, así como
una amiga conserje que se encarga del edificio donde tiene su apartamento, y lo
que me contó es casi tal cual como lo relato, para efectos de este post cambié
nombres y situaciones de manera de no comprometer a ninguna de las dos.
Mientras termino de escribir estas líneas, me llega un mensaje por el pin del
Blackberry en el que me dicen: “Petición para San Gabriel. Los hijos de puta
del gobierno de Mérida están inspeccionando los edificios de Chama Mérida (donde
tengo mi apartamentico), Chente (mi inquilino) me llamó y me dijo que están
desalojando a los inquilinos para reasignarlos… Imagínense la vaina… Vamo a pedirle
a San Gabriel, Santa Eduviges, o a el santo que ustedes quieran  para que me lo cuide y me lo guarde”.  Reviso twitter y me consigo un tweet que se refiere
al mismo tema y encuentro informaciones como noticia de última hora que me
erizan la piel al contrastarla con lo relatado por “Lupe” y me dejan un
profundo sentimiento de impotencia al no poder ofrecer a “Verónica” y a mi
amiga de Mérida, más que una oración como ayuda.

http://www.dailymotion.com/embed/video/xiwrkt
Toman estacionamientos en la Av. Fco Solano por Globovision

!Alguien que me de luces sobre capitalismo y socialismo¡

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Tengo 12, de mis 46 años de vida. oyendo hablar desde las altas esferas del gobierno venezolano de las maldades de capitalismo salvaje y de las bondades del socialismo y del comunismo. Es como mucho 12 años de un mismo gobierno y de un mismo discurso y, no obstante, en la práctica, no he logrado captar la diferencia que los dos sistemas ofrecen. Será que soy muy bruto o que la realidad que vivo cada día me demuestra que la Venezuela de la cuarta república, la del capitalismo satánico es, si no peor, la misma que la Venezuela del bondadoso y angelical socialismo del siglo XXI, la de la quinta república.

Por ejemplo, en octubre del año pasado, escuchaba al presidente decir:

“El sulfato de amonio, nosotros se lo vendíamos a Agroisleña, a 14,4 bolívares el saco. 14,4, ustedes pueden anotar y sacar la cuenta, para que después saquen los porcentajes de ganancia, de especulación. Ese es el capitalismo. (…) Nosotros nos cansamos de decirle a ellos, ¿eh? Que deberían venderlo a 22 bolívares máximo, 22,3, para obtener una modesta ganancia, ¿verdad? En base a las cadenas productivas, de distribución, los costos reales. El precio justo está cerca de 22. Bueno, suponte tu, voy a sugerir un precio de 25, o por ahí verdad, todavía 30, en base a algunas variables de costo, ¿verdad? No, no, ellos lo vendieron y lo siguieron vendiendo sin hacernos caso nunca, en 75 bolívares el mismo saco (…) 500 por ciento por encima. Eso se llama: especulación.”

El presidente Chávez con este discurso pretendió justificar la medida de expropiación de la empresa privada Agroisleña en 2010. Y por allí se fue a hablar acerca del capitalismo y la especulación diciendo que la especulación es al capitalismo, lo mismo que la sangre al cuerpo del ser humano. O sea, que le es intrínseco, que no puede existir el capitalismo sin la especulación, como no lo puede hacer el cuerpo sin la sangre.

Agroisleña dejó de ser privada para pasar a manos del gobierno y llamarse “Agropatria”. En su maratónico programa de los domingos y con su particular estilo de “abusadorcito sobraíto”, que siempre me recuerda a los malandros que me encontraba en mis recorridos por barrios del país, lo anunció, entre aplausos del público invitado para tal fin.

Sucede que hace unos días me consigo a un amigo que compraba productos a Agroisleña y que en la actualidad le tiene que comprar a la estatizada Agropatria y me comenta que la empresa, ahora en manos del gobierno, vende el producto ¡más caro que lo que lo vendía la Agroisleña privada!

Yo por supuesto, no lo podía creer y el amigo gentilmente me mostró las facturas de compra. Una, con fecha de 01-09-2010, es decir, unos días antes de que el presidente en su show anunciara con bombos y platillos la expropiación de la especuladora compañía. En esta se puede observar que el precio de venta de AICAMIX 10-23-23 CP 50 KGS. PTO. CABELLO era de Bs. 52,95 el saco, que al sumarle el costo del flete hacía un total de Bs. 61,21 por saco.

  

En la otra factura, del 08 de febrero de 2011, cuatro meses después de que el socialismo se hubiera hecho cargo de la compañía, el mismo producto con el mismo peso, es vendido a 61,62, es decir, unos céntimos  por encima del precio capitalista y especulador que tenía la privada Agroisleña.

Es aquí donde yo me pierdo y no logro entender cómo es todo este rollo del socialismo y el capitalismo del que cada nada habla el presidente. Me siento bruto y más tapado que una olla de presión. Estas facturas me llevan a pensar que, tal vez, Agroisleña no era tan malvada y satánica como la pintaron o que Agropatria no es tan bonachona y de precios justos como nos la prometieron.

Esas mismas dudas me asaltaron cuando entré a un excapitalista y expropiado supermercado Éxito y conseguí que un saco de alimento para perros de 18 kilos que compraba a 210 bolívares en cualquier tienda capitalista de mascotas, en el Bicentenario socialista,  costaba 240 bolívares y las verduras y legumbres todas tenían precios muy por encima de los ofrecidos en los supermercados del capitalismo salvaje.

Pero, me acabo de dar cuenta que la confusión no es sólo mía. Los seguidores del presidente y acólitos del socialismo criollo, parecen no entender tampoco de qué va todo el discurso de estos 12 años.

En estos días, con todo este rollo de la escasez de alimentos en el país, me vi en la necesidad de llamar a un amigo que distribuye alimentos en el ahora también en manos revolucionarias Mercamara, adepto al régimen y de los que aplauden el socialismo del siglo XXI, para que me consiguiera unos kilos de leche para enviar a mi familia en Mérida, donde el preciado producto en todas sus presentaciones líquidas y en polvo se encuentra casi totalmente desaparecido.

Pues bien, mi socialista y revolucionario amigo, me consiguió la leche. 36 paquetes de un kilo con los que mi numerosa y fértil familia podrán subsistir y alimentar al montón de carajitos por algunos meses, hasta que tenga que volver a hacer un envío. Si corro con la suerte de conseguirla.

En la parte superior izquierda está la factura legal y a la derecha el monto que en realidad pagué por la leche

Suerte que es relativa porque cuando hablé con mi proveedor chavista, me aclaró que eso sí, el precio del kilo de leche era un poco más caro que el que marcaba el producto. Cada empaque de un kilo tenía marcado como PVP Bs. 15,48 y a mí me lo vendieron a 20 bolívares cada uno. El monto total del sobre precio se lo dejo para que lo calcule el presidente, a quien le encanta sacar esas cuentas porque yo, la verdad, no soy muy ducho en matemática.

Cuando me despacharon los sacos de leche, el envío venía con una nota de pedido en la que estaba marcado el precio que yo debía pagar por los 36 kilos: 720,00 bolívares exactos y, aparte, venía la factura legal con el monto que supuestamente yo debería haber pagado por el producto: 543,00 bolívares.

Yo, de todas formas, le agradezco a mi revolucionario amigo que me haya solucionado mi problema de alimentación familiar y me encuentro satisfecho porque la carga ya está en manos de quienes la necesitan, sin tener que pagar los 35 o 40 bolívares por kilo, que piden los buhoneros en la calle. Estoy casi seguro, que mi suplidor también tuvo que pagar un sobreprecio para que le despacharan las cuatrocientas cajas de leche que le llegaron ese día. Seguramente se lo reflejaron como pago de flete como se acostumbra en estos tiempos de revolución.

Pero de lo que no me queda duda es que esa leche no iba a parar, bajo ningún concepto, a los anaqueles de los abastos y supermercados, quienes sí se verían obligados a venderla a los 15,48 que marca el empaque. Por supuesto, esos capitalistas salvajes no van a permitirse perder más de 4 bolívares por cada kilo.

Si algún amable lector le quiere explicar a este ignaro opinador cómo es todo este rollo del socialismo y el capitalismo y darme luces para entender a qué se deben todas estas distorsiones que a diario veo y vivo y que me demuestran que la quinta república no es más que una edición ampliada, profundizada, agravada y continuada de la cuarta, bien se lo sabré agradecer porque, de verdad, siento que tengo 12 años en los que no me entero de nada.

Desandando el camino. Regreso a Maracaibo el 03/01/11

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Camino a Mérida el 30/12/2010

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