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Gente por ahí, en USA II

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Buscando fotos para otros posts, conseguí este otro lote de gente por ahí en las calles de Estados Unidos, en el Metro… las dejo como una segunda entrega de Gente por ahí, en USA

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Gente por ahí, en USA

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Cuando la realidad del país me agobia. Cuando el stress y la depresión intentan colarse por alguna rendija de mi subconsciente. Cuando no quiero saber nada ni de VTV ni de Globovisión. Cuando quiero abstraerme del mundo y olvidarme de Chávez, de la oposición, de la inseguridad y la violencia que abundan en este “socialismo del Siglo XXI” que pretenden imponernos a trancas y mochas. Prendo mi computadora y comienzo a ver fotografías viejas, imágenes tomadas en momentos más felices que hacen que, por unos cuantos minutos, me despegue del país y viva un sueño.

Hace poco, en uno de esos instantes de evasión conseguí estas fotos que comparto en este post.

Debo dejar claro, aunque es evidente, que no soy fotógrafo. Tomo fotos pero no tengo ni idea de cómo es eso de tener en cuenta la velocidad de obturación, ni las asas, ni los fotómetros… En fin, que esas clases de fotografía en la universidad ni me enteré cuando las aprobé. Yo, simplemente veo algo que me llama la atención y agarro la cámara, que desde hace algún tiempo para acá es la del teléfono Blackberry, la pongo en funcionamiento y le doy al click. Después les doy algunos retoques con el programa más sencillo que encuentro en mi PC, las reencuadro y listo. Así de simple. Sin mayores pretensiones.

Hecha la aclaratoria, les presento esta serie de fotografías tomadas en mi último viaje a Estados Unidos.

Son imágenes, en su mayoría, tomadas a la carrera, muchas son robadas en la calle o en el metro, a escondidas de sus protagonistas, haciendo esfuerzos para que los modelos involuntarios no se enterasen que los tenía en mi objetivo, porque de lo contrario perderían la esencia. Muchas en movimiento, bajo el stress y la angustia de que la cámara no abre lo suficientemente rápido para captar la situación y que lo que quiero captar pasará antes de hacer el click, o que, justo en el momento más inoportuno, el teléfono se guinda y aparece el bendito relojito en mitad de la pantalla dando vueltas.

Otras de gente en sitios a los que acudí a disfrutar de espectáculos o paseos turísticos. Todas representan un momento único e irrepetible que difícilmente pueda volver a ocurrir tal y como lo captó mi cámara. Son imágenes de gente que uno se encuentra por ahí.

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11/09 un día de conmemoración y espiritualidad en New York

Después de tomar un suculento desayuno americano en el hotel con huevos fritos, tocineta, tostadas, papas salteadas con vegetales, café, jugo, mermelada y mantequilla que nos costó 50 dólares, salimos a la calle en busca de Harlem.
Creo haberles dicho con anterioridad que el Metro no es nada complicado. Eso fue antes del domingo 11 de septiembre cuando queríamos ir a Harlem y terminamos en Queens.
Ciertamente, el sistema funciona como cualquier subterráneo del mundo pero si uno se descuida y no se fija en la letra o número del tren que está tomando puede ir a parar al lado opuesto de donde se dirige, hay que estar muy pendiente del número o letra y del anden que se debe tomar sobre todo, en las estaciones de transferencia. De todos modos, no pasa nada, uno pregunta de nuevo y se regresa a algun punto donde puedo tomar la línea que corresponde.
Así nos pasó en la mañana, aunque no me arrepiento porque pudimos ver Queens aunque fuera de pasada pues el tren en esa zona va superficialmente y uno puede ver algunas de sus calles y edificios.
Finalmente tomamos el tren adecuado y nos enfilamos hacia Harlem, con la esperanza de encontrar una iglesia en la que estuvieran ofreciendo misa Gospel.
Es increible ver como, a medida que el tren va adentrándose en las diferentes zonas de New York, la fisonomía de la gente que sube o baja y la forma de hablar van cambiamdo. Es como si uno desde abajo pudiera predecir lo que se encontrará en la superficie. A medida que el tren se iba acercando a Harlem, los latinos y negros iban aumentando su presencia en el vagón.
Por fin, luego de un paseo de poco más de una hora perdidos en el subway, llegamos a la 116 de Harlem, salimos de la estación y comenzamos a caminar sin saber exactamente hacia donde coger. Entonces le pregunté a una bella señora negra cómo hacer para encontrar una iglesia en la que hubiera a esa hora misa Gospel, nos dió las indicaciones y hacia allá nos dirigimos sin demora.
Al llegar a una esquina de la dirección indicada, escuchamos unos gritos y una música que venían de dentro de una casa. Preguntamos a una pareja de ancianos si eso era una misa Gospel y nos dijeron que si.
Halamos la puerta y entramos a un hall pequeño, al intentar abrir una puerta grande que conducía al recinto donde se desarrollaba la acción, un negro con cara de pocos amigos nos recibió. Le pregunté si podíamos entrar y al principio nos dijo que no con la cabeza, miró a un señor mayor que se encontraba cerca y éste asintió con la cabeza y nos condujo a una banca de madera.
Mientras intentábamos acceder, notamos que en la parte donde se ubicaba el coro, estaba una mujer como en trance, con los ojos en blanco y a su alrededor, otras mujeres la sostenían, le cantaban y gritaban ¡Alleluya!
Cuando nos sentamos, todo volvió a la calma, el coro canto y el predicador empezó su largo sermón. Luego, alguna canción más y al terminar el servicio, una especie de predicadora, con bata dorada y negro dio un pequeño discurso.
El salón en el que nos encontrábamos era sencillo y sin ninguna ostentación. No tenía imágenes de ningún tipo de imágenes. Una vez terminadas las prédicas, todos nos tomamos de la mano y el coro entonó una sentida canción de despedida. Fue un emotivo momento y no pude evitar los lagrimones.
Al final, terminé tomando algunas fotos a las bellas señoras especialmente ataviadas para la ocasión y a los señores que cuidan de la iglesia. Todos se prestaron gustosos a posar para la cámara. Preguntamos como ir a la iglesia catedral del Divino Juan pues Cristian tenía rato insistiendo en que quería ir allí. Amablemente nos dieron las indicaciones para ir en bus, agradecidos, nos despedimos.
Caminamos unas cuantas cuadras hasta la parada del bus y, en vista de que tardaba en llegar, Cristian fue hasta la esquina de la calle para descubrir que hay allí un paseo en honor a Tito Puente y una plaza con la estatua de Duke Ellington parado junto a un piano de cola. Un poco más allá, el jardín del parque Central de Harlem con un hermoso lago que me llamó la atención pues tenía en la superficie unas formaciones similares a la lemna del Lago de Maracaibo. La gente paseaba tranquila alrededor, disfrutando su domingo con sus hijos y mascotas. Por allí pasó un señor caminando con un schnauzer de la correa y un loro de Senegal al hombro. Regresamos a la parada y al instante llegó el autobús que nos llevaría a la Catedral Episcopal de San Juan El Divino.
En el autobús me encontré sentado al lado de Theresa, un hermosa y simpática morena, niuyorkina de pura cepa, a quien le llamaron la atención mis cómodos y estrambóticos zapatos de dedos y eso dio pie para sostener una agradable conversación.
Theresa me contó que nació en Brooklin pero que se ha mudado mucho y, desde hace 6 años vive en Harlem, donde ha decidido establecerse permanentemente. A ella le gusta la zona y a mi también, especialmente por los alrededores de la Catedral es una parte tranquila y bonita.
Theresa me advirtió que tuviera cuidado en algunas zonas de la ciudad que podían resultar peligrosas. Cuando le dije que en donde vivo TODAS la zonas son peligrosas y que uno no podía ir en el metro con celulares, tablets, Ipods o laptops manipulándolos con tranquilidad, no lo podía creer y cuando le conté que a la gente en Venezuela la matan por un Blackberry o un par de zapatos, los ojos se le brotaron.
-¡No puede ser! Exclamo. “Ustedes tienen que salir de allí. Uno no puede vivir con tanto temor”.
Entonces no pude evitar pensar que Theresa tiene razón, ¿cómo es posible que los venezolanos nos hallamos dejado arrebatar la seguridad personal y la calidad de vida?
Un poco descorazonado, me despedí de Theresa, luego de que me diera indicaciones para llegar a la Catedral.
A lo lejos, se divisaba lo que prometía ser una interesante iglesia de estilo Neogótico pero antes de llegar allí debíamos entrar a un pequeño parque que se encuentra al lado llamado “Children’s Park”. En el centro del espacio está emplazada una gigantesca escultura con seres de fantasía y al rededor de esta, a lo largo de todo el jardín de forma circular, se encuentran pequeñas esculturas vaciadas en bronce y realizadas por niños.
El parque es una iniciativa para estimular a los niños hacia el arte y, anualmente, hace una especie de concurso entre los niños de las escuelas y los proyectos seleccionados, son hechos en bronce y emplazados en el Jardín de los niños.
Terminada la visita al creativo parque, llegamos, por fin, a “The Cathedral Church of Saint John the Divine”.
Esta es una inmensa construcción de comienzos del Siglo XX que da cabida a una institución que no se conforma con dar más de 30 misas semanalmente sino que desarrolla programas sociales, eventos de artes visuales y de escena, servicios comunitarios para mejorar la vidas de quienes son impactados por la adicciones, los hambrientos, sin hogar y servicios de salud para la comunidad.
La Iglesia cuenta hasta con un laboratorio de conservación de textiles de renombre internacional al que acuden para solicitar sus servicios museos como el Moma, el J. Paul Getty o el Frick Collection.
Es una imponente iglesia que nos guardaba en su interior una maravillosa sorpresa. En el centro de la nave, se encontraban haciendo el último ensayo para una misa conjunta de varias religiones en la conmemoración de los 10 años del 11 de septiembre. Eran cerca de las tres de la tarde y el evento tendría lugar a las 3 y media, así que decidimos salir rápido a comer algo para regresar a tiempo para el acto.
Cruzamos la calle y unos metros más abajo conseguimos un Bistró en el que decidimos almorzar. El menú costaba 18 dólares más los 6,50 que se pagan por tener derecho a terraza. Eso incluye un plato y cantidad ilimitada de mimosas (champán con jugo de naranja). Yo pedí una hamburguesa “plain” porque cada ingrediente adicional había que pagarlo aparte. La carne y el pan estaban en su punto y traía tomates en rodaja, salsa de tomate y cebollas en rodaja. Cristian optó por una omelette con espinaca y hongos, un poco falta de sal y sabor para mi gusto, pero no del todo mal.
Mientras esperábamos ser servidos, saludé a un hombre que estaba sentado a la mesa contigua a la nuestra con un clerical al cuello por lo cual supuse se trataba de un sacerdote.
Al oído llevaba un diminuto zarcillo de oro y, al hablar con él descubrí que realmente se trataba de un sacerdote anglicano que pertenece al Coro de Hombres Gays de Portland, Oregón y que se encontraba allí para participar con su agrupación coral en la misa conjunta de todas la religiones. Amablemente, nos invitó para que nos quedáramos para el concierto que darían a las cinco de la tarde, luego de la misa.
Pagamos la cuenta y regresamos a San Juan el Divino para el acto conmemorativo.
Realmente, fue electrizante. Al principio cada religión cantó por separado y, al final, se unieron todos: Ortodoxos griegos, catholicos, Hindúes y budistas bajo la batuta de una directora griega, cuyo apellido desafortunadamente no recuerdo, de nombre Naná, si no me equivoco. Esta parte fue realmente emocionante.
Luego entró el coro de Portland para la celebración de la misa. Me sorprendió la cantidad de integrantes del coro. Calculo que eran alrededor de 150 hombres, cuyas voces sonaban perfectamente acopladas y hermosas.
Mientras se preparaban para la misa, conocí a Bob un hombre de mediana edad quien me explicó que efectivamente toda esa cantidad de hombres que veía sentados conformaban el Coro de Gays de Portland y me contó que durante los ensayos en la mañana se le erizaron los pelos de la espalda por la emoción.
Le comenté que me gustaba mucho Nueva York y que me encantaría poder vivir allí.
-A mi también me gustaría, me dijo, aunque vivo en New Jersey que queda relativamnete cerca.
Empezó la misa y dejamos la conversación hasta allí.
Desafortunadamente, no podíamos quedarnos si queríamos llegar a tiempo a la 5O, cerca del Rockefeller Center, a la Cathedral de San Patricio, que nos había quedado pendiente visitar y esperábamos que por se domingo y día de la conmemoración del 11-09 estuviera abierta hasta tarde.
Así que, tomamos el metro y, para variar, no nos fijamos cómo entramos y nos metimos por el andén equivocado, con la suerte de que junto a mi, en el andén se encontraba Fátima, una dominicana quien me dijo que existían dos formas de cambiar la dirección: o bien saliendo a la calle y buscar la otra entrada, lo que significaba perder los 4,50 dólares que cuestan los dos pasajes, o tomar allí mismo el tren y dirigirnos a una estación más adelante donde podríamos tomar el tren de regreso internamente.
Optamos por la segunda opción y en el trayecto, Fátima me contó que tiene 20 años viviendo en Harlem y que está casada con un alemán al que conoció allí. No tiene hijos pues tuvos dos perdidas y luego no pudo volver a quedar embarazada.
-¿No han pensado en adoptar? Le pregunté. Me respondió que no, que si Dios no le había dado hijo sería por algo y que adoptando uno no sabe qué se va a conseguir.
Mientras conversábamos de todo un poco, me preguntó si habíamos ido a la calle 181. Le dije que no y ella me respondió que es una zona interesante y con mucho movimiento y mercado latino, que ella iba hacia allá.
Entonces, decidimos arriesgarnos y bajarnos para caminar un rato la famosa calle latina. Parados en la salida del metro, la dominicana me contó que esos vendedores ambulantes tienen que pagar todos impuestos al igual que los establecimientos formales. Nada que ver con el despelote de nuestros países.
Pisar la 181, fue como llegar a cualquier ciudad latinoamericana. Las calles llenas de gente y vendedores ambulantes y el idioma que predominaba era el español o el “espanglish”. Los comercios venden toda la mercancía sin marca y copias que venden los buhoneros en Venezuela. Entonces, entendí porqué Theresa, la morena del autobús que aunque no vive por la 181, vive en Harlem, me comentó que ella prefería ir a comprar al Down Town porque conseguía cosas diferentes y así no se vestía igual que toda la gente de Harlem.
Al entrar en las tiendas de la 181 no hay ni siquiera que preguntar si hablan castellano, entre y simplemente hable que todo el mundo lo entenderá.
Al llegar a la esquina desde donde se divisa el puente que da a New Yersey, emprendimos el regreso a la estación por la acera contraria.
En el camino nos conseguimos con Natalia una linda y joven ecuatoria que bajaba la calle y llevaba de la mano a su pequeño de 3 años.
Hace 20 años salió Natalia de Ecuador a Nueva York con sus padres en búsqueda de un mejor porvenir. Ella era apenas una niña y, desde entonces, no ha regresado a su país natal.
-Y ahora menos, con el loco de Correa de presidente, me dijo. -La verdad que sí, le dije y agregué, aunque Correa no es tan loco como Chávez.
-Dale tiempo. Dijo lapidariamente.
A su niño le han enseñado a hablar en español y en inglés y me contó que lo quiere inscribir en una escuela bilingüe para que se desenvuelva bien con los dos idiomas.
De repente, el niño hizo que detuviéramos el andar, quedó petrificado frente a la tienda de mascotas y a Cristian y a mi se nos calló la quijada una vez más. Aunque no es una tienda tan lujosa y exclusiva como “Canis”, en Lafayette, pero era bella y me recordó los inicios de Tu Maskota, que fuimos los primeros en Maracaibo en poner los cachorros en la vitrina, sueltos en un corral y no en jaulas.
Natalia, como pudo, arrancó a su niño del sitio y continuamos rumbo al subway. Allí nos despedimos y nosotros seguimos rumbo a la San Patricio.
Justo al momento de entrar a la Catedral, estaban dando los preparativos finales para la celebración de un concierto coral en conmemoració del 11 de septiembre. Hicimos un recorrido por las naves laterales contemplando los hermosos altares, admiramos la magnificencia de la construcción y decidimos quedarnos a escuchar el concierto, presintiendo que sería una inolvidable experiencia en un sitio tan imponente, al que visitan anualmente, cerca de 3 millones de personas.
Primero cantó la agrupación de la Sociedad de Coros de Nueva York, luego el coro de la Catedral de Saint Patrick y por último el Coro de Jóvenes de Nueva York, que nos sorprendió con una pieza en la que con chasquidos de los dedos, aplausos, pisadas fuertes contra la madera de la tarima y palmadas sobre las piernas, reprodujo perfecta y fielmente el sonido de la lluvia desde el inicio, pasando por la tormenta hasta comenzar a amainar. Cada uno de los coros resultó más imponente que el anterior. Una experiencia que mantendrá su eco en mi alma por mucho tiempo.
A eso de las diez de la noche fuimos a la zona de hotel a buscar donde cenar. Lo único que conseguimos abierto fue un Pub Inglés llamado Maggy’s, aunque la mesera se llamaba Elaine y me contó que no sabía a qué se debía el nombre pues allí no había ninguna Maggy.
Yo ordené salchichas de cerdo inglés con puré de papas y granos blancos en salsa de tomate y Cristian pollo a la canasta.
Todo estaba rico. Las salchichas especialmente deliciosas, los granos en su punto y el puré suave y cremoso. El pollo de Cristian crujiente por fuera y jugoso al interior. Todo esto acompañado con dos ricas cervezas negras. Si están en New York y no saben qué comer, opten por comida en los pubs ingleses, no los decepcionará.
Este relato lo escribo en el autobús camino a Boston y mientras lo hago ya siento nostalgia por Nueva York, fueron muchas más las cosas que quedaron pendientes por conocer que las que visitamos. Nos queda una larga tarea pendiente para un próximo viaje a la Gran Manzana.

Cosas que pasan camino a Staten Island

El 10 de septiembre despertamos decididos a continuar el viaje que suspendimos el día anterior a Staten Island. Nos paramos como a las 8 y media, tomamos la respectiva ducha, y nos comimos los restos de la pizza del Pomodoro del día anterior con un jugo de naranja comprado en al tienda que está en la esquina del hotel y que abre 24 horas.
Salimos directo al metro a tomar el tren que nos llevara directo al Down Town.
Cuando bajamos y comenzamos a caminar vía a la estación del ferry nos tropezamos con la parte trasera de una gran iglesía de color ladrillo oscuro y estilo neogótico. Bordeamos la acera hasta llegar al frente y conseguimos que, en los jardines se encontraban algunas lápidas en lo que constituye el cementerio de la Trinity Church, que así se llama el templo que data de unos trescientos años y cuya sede constituye el tercer edificio levantado pues luego de su construcción, tuvo que ser edificado en dos oportunidades más. La primera, porque las llamas del gran incendio de Nueva York la consumieron. Y la segunda, en 1839 porque una fuerte nevada reveló graves fallas estructurales en la edificación. En las tumbas del cementerio decansan los cuerpos de alguna personas significativas de la ciudad.
Hace pocos años, el viejo órgano de la iglesia debió ser reemplazado por uno nuevo, pues se daño con el humo y la tierra que voló por toda el Down Town cuando derribaron las torres gemelas en el atentado de 2001.
Esta iglesia jugó un papel importante en la película National Treasure pero no puedo decir que sea un sitio agradable y su energía me pareció un poco pesada. Es un lugar un poco lúgubre, parece como sacado de una película de exorcismo.
Salimos de Trinity Church y continuamos la marcha al ferry. En la vía tropezamos con un parlanchín indio vendedor de fotos con motivos turísticos de New York, quien nos explicó como llegar a la estación, acotando que el ferry es gratuito para todo el mundo.
Esa es una forma económica de acercarse a la estatua de la libertad, sobre todo en el trayecto de regreso, cuando el bote pasa más cerca del monumento.
El indio nos dió como referencia para ir al ferry, la escultura del toro, nos dijo que al llegar allí siguiéramos a la izquierda. Efectivamente, allí estaba en el medio de la calle un gigantesco todo rodeado de turistas haciéndose fotos. Pero en la parte trasera del toro se agolpaban los chinos para tomarse una foto tocándole las bolas al animal de bronce. Nada, nos resultó imposible hacernos una foto allí, los chinos acapararon al toro. Un poco más adelante, vi a un hombre caminando con un gato en la cabeza. Inmediantamente le hice la foto y el tipo se molestó porque él cobra 5 dólares por dejarse tomar fotos. Le pedí las respectivas disculpas, no le aflojé ni un centavo y seguí mi camino.
Llegamos a Staten Island y al salir de la terminal del ferry uno se encuentra con una pequeña y apacible ciudad que parece imposible que esté tan cerca de Manhattan.
Consultando con el guía turístico sobre la posibilidad de visitar el Fuerte de Staten o el Jardín botánico. Nos decidimos por el Jadín porque quedaba mucho más cerca en bus que el fuerte.
El Jardín botánico Snug Harbor es un bonito lugar para pasar un rato en contacto con la naturaleza y alejados del ruido y la contaminación de la ciudad. Al entrar conseguimos una sala dedicada a la memoria de los sucesos de 11 de septiembre de 2001, con fotos y objetos de la tragedia. En la pared izquierda de la sala hay un mural hecho con las fotos de los fallecidos en los sucesos y que vivían en la isla.
Toda esta información me la dió el encargado de la sala que es de origen italiano.
Dejamos el monumento y seguimos llenando nuestras retinas de verde y disfrutando de las ardillas y la flores multicolores en las que se posan mariposas y abejas.
Hay una parte del jardín en la que uno tiene que pagar un importe de 5 dólares para acceder. Se trata del Jardin Chino. Un hermoso paraje oriental con una fuente llena de grandes peces koi, especialmente apreciados por los chinos. La construcción de la casa es típicamente china y cuenta con la exhibición de muebles y lámparas del país oriental.
Terminamos nuestra visita y al salir iba llegando una novia con su cortejo para celebrar en el jardín chino su boda.
Tomamos el bus de regreso a la estación y al llegar a Manhattan, agarramos el metro hacia Soho, esa zona exclusiva de Manhattan donde se encuentran las grandes marcas. Recordando viejos tiempos en París, entramos a la estación pasando la máquina de los tickets los dos juntos, agarrando un “dos por uno”. ¡Latinos teníamos que ser!
No sé que mecanismo se disparó en mi interior o si fue el haber estado tan cerca de uno de los símbolos americanos por excelencia como es la estatua de la Libertad, pero fue pisando las calles que unen al barrio chino con el Soho y despertándose en mi unas compulsivas ganas de comprar. Me volví tan consumista que si el presidente Chávez me hubiera visto, me habría dado un cargo en su gabinete porque así se comportan los “revolucionarios” servidores suyos cuando pisan USA.
En un tienda de copias de perfumes me ofrecieron Carolina Herrera por 25 dólares como dije que estaba muy caro, el chino me preguntó que cuanto quería pagar. 15 o 18, le dije. “Dame 22”, respondió.
-Te doy cuarenta por dos- Me atreví a proponer y el chino accedió gustoso.
Cruzamos la calle y almorzamos pato pekinés y lo mein de cerdo en un restaurant chino que estaba al cruzar la calle. Estaba aceptable aunque en Venezuela los hay mejores. Sin embargo, como el hambre apretaba, engullimos con alegría y sin remordimientos la exquisita grasa y piel del pato que es donde se encuentra concentrado todo su sabor.
Luego pasamos por una zapatería y no resistí la tentación de comprarme unos estrafalarios zapatos Fila con dedos que me encantaron.
En Old Navy, me atiborré de medias y franelas que estaban en oferta. Y en Zara algunas cositas también en Sale. Total, que terminé el día cargado con unas pesadas bolsas y caminando hacia el Greenwich Village.
En el trayecto vimos una especie de “callejón de los pobres” niuyorquino. Varios chiringuitos, uno al lado del otro donde vendían franelas estampadas. Como teníamos el consumismo en su máxima expresión, Cristian terminó
comprando dos franelas que, originalmente saldrían en 30 pero que regateando, la chica las bajó a 25 dólares. Ella agarró las franelas y en un momento ya tenían estampada en el frente, una, a Marilyn Monroe y la otra, a la Virgen de Guadalupe.
Tomamos nuestros paquetes y cuando estábamos a punto de salir, un chino me puso la mano en el hombro y me dijo:
-Diez minutos de masajes por 10 dólares.
Le dije que no estaba interesado y me comenzó a dar, allí parado en el pasillo, el masaje. De verdad que las manos eran maravillosas, pero me resistí y le mentí al decirle que yo volvía al día siguiente.
Entonces el chinito tocó con fuerza la tecla que me mueve, me dijo:
-Hagamos una cosa, le damos el masaje a los dos por diez dólares.
Así, sin saber cómo, de pronto, nos encontramos Cristian y yo, casi que en la calle, sentados boca abajo en unas sillas especiales y con la cabeza enterrada en un mullido aro de goma, resucitando bajo las maravillosas manos de los chinos.
No me había dado cuenta, hasta ese momento, de lo cansada y tensa que tenía la espalda. Al segundo de estar recibiendo el masaje, ya los suspiros y gemidos se me escaban de la boca involuntaria e inconteniblemente.
Por un instante, me asaltó la duda de si en esa posición los chinos podían tomar los paquetes de las compras y arrancar a correr, pero me tranquilicé pensando que estaba en Nueva York y no en Venezuela.
Llegamos al Washington Square donde un artista callejero estaba terminando, a las 7 y media de la noche, un gigantesco dibujo hecho con arenas de colores y que emperara a realizar a la 1 de la tarde. Un bello y laborioso diseño que sería arrasado por el viento y el paso de la gente en pocas horas.
Un poco más adelante, en el mismo parque Washington, un gran número de jóvenes, sin duda de la Universidad de New York que se encuentra por la zona, se sentaban alrededor de la fuente y contemplaban a tres chicos que intentaban saltar la cuerda dentro de la pileta de agua.
Divertidos con los muchachos, salimos del parque en busca de algún sitio donde comer. Caminamos unos cuantos bloques y en la esquina opuesta a donde nos encontramos vimos dos avisos que decían “Bamboleo” y al lado “Café de España sin pensarlo mucho, nos decidimos por Bamboleo, pensando que se trataba de comida española.
Una vez sentados y dados nuestros teléfonos a la mesera para que nos hicieran el favor de ponerlos a cargar, nos dimos cuenta que era comida mexicana. Ni modo, ya estábamos allí y decidimos ordenar.
Patricia, se llama la chica que nos atendió en Bamboleo una madrileña de pies a cabeza que se me acercó y me dio un tortazo en el hombro con el menú porque se me resbaló de la mano el vaso con la margarita y se partió.
-Me partiste el vado, me dijo al tiempo que me golpeaba, te vi.
“No pasa nada ya te traigo otro”, dijo muerta de la risa.
A partir de allí Patricia nos contó que tiene año y medio viviendo en New York. Que se vino de Madrid escapando de la fuerte crisis y buscando nuevos horizontes.
-En Madrid la vida es muy dificil. Si uno trabaja no puede estudiar porque los sueldos son muy bajos. Sólo puedes estudiar si vives con tus padres y no tienes que pagar piso, si no, no hay manera de que el sueldo rinda para hacer las dos cosas.
Todo esto lo soltó Patricia de un tirón y luego nos contó que en octubre empieza a estudiar teatro, que es lo que siempre ha querido.
Ordenamos mole con pollo y chorizo con pimentón y cebollas. Estaba bastante bueno de sabor, aunque sigue siendo comida texmex sin la explosión de sabores que tiene la comida mexicana de verdad. El mole tenía un lejano toque al mole de verdad, estaba bueno, pero no sabía a mole.
Antes de irnos, Patricia, siempre tan maja, como dirían en su tierra, nos recomendó algunos lugares a donde ir a escuchar jazz.
Lamentablemente, a las doce de la noche, cuando llegamos al hotel, el cansancio nos venció y no tuvimos la voluntad y la fuerza suficiente para regresar al sitio a disfrutar de una buena música en vivo. Esa tarea nos quedará pendiente porque ya la actividad del domingo, 11 de septiembre, la tenemos preparada de antemano.

Un día de arte en Nueva York

En la mañana del segundo día en Nueva York, a pesar de no haber dormido más de 3 horas y del cansancio y la falta de sueño, me desperte por primera vez a las 6 y media de la mañana y a las siete y cuarto ya no aguanté más y me levanté para salir a la calle y sacarle el jugo a la Gran Manzana.
Tomé un baño con agua caliente que me ayudó a terminar de despertar, bajé a la cafetería de la esquina a comprar un espantoso café con leche, aguado y sin sabor para acompañar los paninis de jamón, chorizo, y queso munster orgánicos que habíamos comprado el día anterior con vistas a prepararnos el desayuno en la habitación. No sé si fue por lo que eran productos orgánicos o por cualquier otro motivo pero el emparedado de verdad que me supo a gloria y me dio energía para emprender un nuevo día de largas caminatas en New York. Dejamos la habitación y entre un paseo y otro, caminando las diferentes avenidas que siempre ofrecen algo nuevo qué descubrir, nos acercamos por casualidad al Museo de Arte Moderno, Moma.
Eran cerca de la 1 y media de la tarde cuando ingresamos al museo, pagamos los 50 dólares que cuestan las dos entradas, buscamos nuestros respectivos aparatos de audio guías y nos adentramos en la interesante y maravillosa historia del arte moderno.
Qué puede uno decir de la emoción que representa para cualquiera aproximarse a esas obras que durante años ha contemplado en libros, franelas, afiches y ese largo etcétera de aproximaciones a artistas emblemáticos como Picasso, Dalí, Klimt, Calder, Cezanne, Gauguin, Chiricco, Modigliani…
No voy a hacer el cuento del Moma muy largo, en internet se debe conseguir suficiente información al respecto. Sólo voy a recalcar lo emocionante que es ver frente a nosotros obras como Stary Night de Van Gogh, o Las señoritas de Avignon del período Rosa de Picasso. Es definitivamente toda una experiencia, que se corona cuando a uno se le exacerba el orgullo patrio al ver, en medio de todos esos artistas universales, a la venezolana Marisol Escobar.
Eso sí, cuando lleguen al Moma por primera vez, traten de no permanecer por mucho tiempo en la sala donde se exhiben las piezas de artistas actuales pues, les puede pasar como a mí, estuve a punto de quedarme allí clavado, viendo esas cosas increíbles como la creación de un libro que puede ser leído tanto por personas videntes como por ciegas. A simple vista el libro parece común y corriente pero cuando la persona invidente recorre las líneas con sus dedos se produce un audio que transmite la lectura.
También me entretuvo bastante una fotografía y un video de una artista japonesa que hacía referencia a una noticia que había leído meses atrás: el “simulador de los dolores menstruales”, un aparto que sirve para que los hombres experimenten la sensación terrible que tienen algunas mujeres cuando les viene la regla.
Estuve rato en ese salón jugando con algunas piezas interactivas hasta que me dije: “si no me alejo ya de aquí, me cierran el Moma sin haberlo visto”. Me insuflé de voluntad y salí rumbo a la muestra permanente del museo.
Cuatro horas después de haber entrado al Museo de Arte Moderno, a las 5 y media de la tarde, momento del cierre, muerto de hambre, con los pies ardiendo pero con el espíritu bien alimentado, salimos del Moma para dirigirnos al lado opuesto de la ciudad. A la calle 8 para asistir a la función de “Stomp”.
No podía haber una pieza más apropiada para terminar el día de la visita al Moma que esta obra de percusión corporal, cargada de humor y contemporaneidad.
¿Quién no ha tamborileado con los dedos sobre una mesa alguna vez en la vida? ¿O golpeado un lápiz contra un pupitre, dado palmas siguiendo el ritmo de una canción, o chasqueando los dedos?
De eso va Stomp. De cómo sacar no sólo sonidos sino música de objetos cotidianos como botellones plásticos de agua mineral, pipotes de basura, lavaplatos de metal, encendedores, escobas.
La historia comienza con un barrendero que descubre mientras realiza su trabajo que la escoba produce sonidos que, organizados, pueden llegar a ser música. A ese barrendero se le va sumando uno a uno 7 trabajadores más de la limpieza hasta completar un verdadero coro de escobas.
De esta forma, el espectáculo, que no sé si después de 17 años en escena se pueda llamar experimental, pero que sin duda es una muestra de arte alternativo, se va construyendo en forma ascendente, cada nueva pieza con más energía, ritmo y fuerza.
Los objetos que llenan la escena de Stomp y las paredes de todo el teatro son cosas que se podrían encontrar en cualquier basurero de una gran ciudad. Cauchos de automóviles, rines, restos de carros, señales de transito, y la propuesta de Stomp está impregnada de los sonidos de esas ciudades.
De los grandes momentos de la obra, quiero resaltar dos: Primero, un baile de luces hecho con encendedores de donde los intérpretes extraen maravillosos sonidos y una increíble coreografìa con el fuego que producen los encendedores. Y segundo, una parte de la pieza en la que tres personajes comienzan a extraer objetos de una bolsa negra de basura y a producir musica con ellos. Para esto se valen de bolsas de papel, bolsas plásticas y cajitas de cartón. Yo diría que esta escena resume lo que es el concepto de la pieza.
Stomp está montada con los elementos básicos de un teatro, sin grandes efectos especiales, con un mínimo de luces. Toda la pieza está centrada en la fuerza, la energìa, y la interpretación de los artistas. Con ellos uno termina participando de la obra y, por momentos, muerto de la risa pues sin palabras, sólo con gestos y expresiòn corporal, logran momentos llenos de jocosidad e hilaridad.
Al finalizar la función, decidimos cenar en un pub irlandés que nos conseguimos en la vía, en los alrededores del teatro Orpheum. Un sitio con terraza hacía la calle donde escogimos platos típicos de esa región inglesa.
Cristian pidió un plato de pescado frito con papas y salsa tártara que se veía abundante y rico y yo un pastel de pastores, un plato de carne guisada con vegetales cubierto con una capa de puré de papas y horneado, Realmente estaba delicioso.

De la Grand Central Terminal al Cirque Du Soleil

El primer día en New York comenzó con un exquisito desayuno en Baguette Paris, un pequeño local en la 6ta. Avenida con la calle 32 en el que se puede degustar la apetitosa pastelería francesa. Bocadillos dulces y salados siempre frescos y deliciosos, que descubrimos por casualidad la noche anterior en nuestro recorrido sin rumbo fijo.
Satisfecho nuestro antojo, decidimos caminar la 7ma. Avenida justo como siempre soñé hacer en Nueva York, sin dirección establecida. Solo caminar las calles de la ciudad, contemplando sus edificios y vitrinas y sintiendo que pertenecemos a una escena de una película de Woody Allen o que acabamos de visitar a Samantha o Carry en cualquier capítulo de Sexo en la Ciudad.
Disfrutando cada paso del paseo, empezamos a ascender en los números de las calles sin saber a dónde iríamos a parar, solo admirando todo lo que nos rodeaba.
En una esquina vimos un toldo verde como los que siempre se observan en cualquier film rodado en La Gran Manzana en el que venden alimentos orgánicos. Entramos y decidimos comprar el desayuno del día siguiente: jamón, chorizo y queso munster rebanados, dos baguettes y un yogurt líquido. Esa es una buena forma de ahorrar dinero en ciudades caras como New York o París. Se compran los ingredientes para preparar un buen panini en la habitación del hotel y lo que pudo haber sido un desayuno de 25 o 30 dólares, termina saliendo por 8 o 10.
Salimos del establecimiento y continuamos nuestro recorrido. Unas cuantas cuadras más adelante, nos sorprendió una edificación antigua que, aunque no pudimos identificar de inmediato, sentíamos que el inmenso reloj de Tiffany bajo la mirada del dios romano Mercurio, en la parte superior de la fachada nos era familiar.
Decidimos acercarnos para descubrir que se trataba de la Grand Central Terminal en la calle 42. Al asomarnos para fisgonear a través del cristal de las puertas, el corazón me dió un vuelco. Era como estar frente a una pantalla de cine y pensé que en cualquier momento atravesaría la escena Shirley Temple, Alfred Hitchcok, Ingrid Bergman Cary Grant o Bob Hope.
Entramos y quedamos deslumbrados por la edificación de más de 200 años, en cuyo centro reluce el famoso reloj de cuatro caras, también tan familiar gracias al cine.
Sin duda, una de las mejores formas de conocer la estación es alquilar por 6 dólares la audio guía y seguir sus instrucciones.
No voy a hablar de sus fabulosas lamparas ni a dar mayores detalles de su arquitectura porque imagino que son datos que se pueden conseguir en internet, pero debo resaltar que recorrer la estación en su totalidad, pasando por el hermoso mercado, parándose en el pasillo de los susurros para maravillarse con la magia de la acústica que permite que dos personas, ubicadas en esquinas opuestas del pasillo se comuniquen con susurros que viajan a través del techo y detenerse para almorzar en cualquiera de los restaurantes que hay en la planta baja de la estación, es simplemente la concreción de un maravilloso sueño.
Nosotros decidimos probar suerte con la comida mexicana en el restaurante Zócalo, donde nos atendio un simpático colombiano a quien de inmediato comencé a llamar “Paisa”.
Nos decantamos por un cerdo guisado acompañado con fajitas y nachos, con un contorno de caraotas y arroz. La ración super abundante y de rico sabor. Con un plato pueden perfectamente comer dos personas y quedar satisfechas. Ojo, recuerden si deciden comer en este sitio, que están en USA, así que la comida, aunque de rico sabor, es mexicano-americana y no estrictamente mexicana.
Después de tan opiparo almuerzo, ya casi a las cuatro de la tarde, terminamos nuestro recorrido por la Grand Central Terminal y regresamos al hotel para bañarnos y vestirnos para ir al Radio City Music Hall a ver Zarkana, el más reciente espectáculo del Cirque Du Soleil, creado especialmente para este emblemático teatro niuyorquino.
La historia del mago Zark comienza con un hueco en el telón de fondo del escenario, a través del cual se ve Manhattan a lo lejos. Por allí entra el mago para contarnos su maravillosa y onírica historia con una fabulosa puesta en escena y cuya estética nos recuerda a Gaudí y a Klimt.
Zarkana, como todos los espectáculos de la compañia es un homenaje de pricipio a fin a Newton y su Ley de la Gravedad, con el condimento adicional de que en esta oportunidad, el director François Girard estaba decidido a sacar el mayor provecho del sistema volador más grande del mundo, ese sistema de cuerdas y equipos que cuelgan sobre la escena y que se usan para mover escenarios y luces, entre otras cosas.
Según explica Girard en el catálogo de mano, todo en Zarcana está dirigido y condicionado para sacar el máximo provecho de acuerdo a la escala del Radio City.
Zarkana es definida por su director como una “opera rock acrobática”.
Como siempre, en escena los artistas llevan sus cuerpos, acrobacias y desafíos a la gravedad a límites imposibles de creer pero la utilización de recursos de video, escenografia espectacular y la música en vivo convierten a Zarkana en uno de lo mejores espectáculos multimedia que uno pueda imaginar. Por momentos todo parece hecho como en una especie de cuarta dimensión y uno no logra distinguir qué sucede realmente en la escena y que está siendo proyectado en video. El telón de fondo parece desaparecer y dar una sensación de infinito. Un fondo sin fondo. Es como una superposición de planos imposibles de imaginar y de creer de no ser porque los estamos viendo completamente despiertos, aunque parezca que soñamos. Culebras, pájaros, arañas, que cantan operáticas canciones, seres imaginarios que dan vida a una hermosa historia que se disfruta de principio a fin. Uno sale del teatro con la sensación de haber sido parte del sueño de alguien. Un sueño en el que la imaginación no parece tener límites. Es como ver una película de fantasía, o mejor dicho, Zarkana lo hace a uno partícipe de una historia de fantasía.
Con esa especie de delirio dejé el Radio City y comenzamos a dar tumbos por las calles de Manhattan. De pronto, sin darnos cuenta, como si el sueño del circo no hubiera terminado, nos encontramos en el Rockefeler Center y unas cuadras más allá, el resplandor de unas luces, nos llevó hasta Broadway, donde el sueño de luces y sonido del Circo del Sol parecía empeñado en seguirnos.
Un intenso aguacero nos obligó a buscar la forma de regresar al hotel. Entendimos que era el momento de experimentar por vez primera la aventura del metro de Nueva York, la cual terminó siendo mucho más sencilla de lo que esperábamos. El subterraneo funciona como todo sistema de metro del mundo y con un poco de atención no habrá mayores inconvenientes que lamentar. En 10 minutos ya estábamos de vuelta en el hotel, para descansar unas tres horas antes de acometer la aventura de un nuevo día en la Gran Manzana.

¿No hay marcha en Nueva York?

Debo confesar que la llegada al aeropuerto JFK de Nueva York no me pareció para nada especial y la terminal aérea no es ni la mitad de lo espectacular que me esperaba. De hecho, es mucho más bonito el aeropuerto de Miami que este por el que llegué a NY. Sin emabargo me dejé llevar por el espíritu turístico y, como todo el mundo, me hice un autorretrato junto a la multicolor manzana gigante de acrílico que adorna la salida de la terminal.
Estaba ingeniándomela para hacerme el autorretrato ya que Cristian, mi compañero, estaba entretenido haciendo otras fotos, cuando una “chinita” (digo chinita y quiero decir asiática, en realidad no sé de qué país era) muy amablemente se ofreció a tomarme la foto.
En ese momento, pensé que aparentemente otro mito acerca de New York y su gente empezaba a desmoronarse, eso de que la gente no es comunicativa o simpática con los extraños no parecìa ser una característica de la linda “chinita”, o ¿sería sólo por su nacionalidad y la pasión que sabemos tienen los orientales por hacer fotos de todo lo que sucede?
Pues bien, me quedaban aún 6 días para averiguarlo.
Cuando estaba planificando el viaje con Cristian, habíamos decidido que del aeropuerto al hotel nos iríamos en Air Train y Metro que era lo más económico según la información que conseguimos por internet. 7 dólares en total, contra los 51 de un taxi o los 37 de un microbús. Sin embargo, el cansancio de tener más de 24 horas sin dormir más lo tarde que llegamos por el retraso y la lluvia que caía en ese momento en la ciudad, nos hizo desistir y, más aún cuando consultamos a Lorraine, la chica del módulo de información del aeropuerto y al decirle que era la primera vez en New York, explayó los ojos y dijo:
-Si es su primera vez en New York, mejor tomen un taxi compartido.
Así lo hicimos, Lorraine nos dio el ticket y nos pidio que esperáramos a un lado por 10 minutos, mientras llegaba el chofer.
Los 10 minutos terminaron siendo 40, tiempo durante el cual estuve consultando con una chica que trabaja con Lorraine y que, según me pareció por su acento, es de Puerto Rico y habla perfecto castellano, no como dice la canción de Mecano:
“Más de 2 millones de hispanos que allí no hablan nada en cristiano”. De hecho, el conductor también hablaba españo aunque no tan bien como la chica y, para hacernos sentir aún más en casa, decidió montar en su minibús con capacidad para 11 personas, a 12 pasajeros.
-Cómo diríamos en Maracaibo, le comenté a una pareja de holandeses que llevaba al lado, él como que cree que esto es una licra”.
El vehículo se puso en marcha y como desde el últimos asiento que me tocó no era mucho lo que podía ver, comencé a escribir en ese momento estas crónicas con la parte uno: “Camino a Nueva York”.
Llegamos al hotel Thirty Thirty y allí estaba Julio en la recepción, un dominicano de lo más amable que inmediatamente se comunicó con nosotros en castellano y no dió una habitación un poco más grande que la que teníamos reservada. Ya aquí si es verdad que me olvidé de la canción de Mecano y más cuando la camarera que me atendió fue una lindas, simpática y sonriente camarera que tiene más de la mitad de su vida en NY y que se comunicó con nosotros en el mejor castellano.
Dejamos la maleta en la habitación y a pesar de lo tarde, de la lluvia pertinaz e impertinente que no parecía haberse enterado que era nuestra primera noche en la gran manzana y del cansancio decidimos salir, comprar un paraguas en la esquina y salir a recorrer las calles cercanas al hotel.
A eso de las 12 de la noche, luego de comer en un restaurant de comida rápida koreana donde probamos unos ricos y picantes alimentos hasta ese momento desconocidos para nosotros, exceptuando el tofu y los noodles.
Después, paseando sin rumbo definido, encontramos en una esquina un pequeño parque en la Madison Square, con una gigantesca cara blanca en el centro. Una hermosa escultura del catalan Jaume Plensa llamada Eccho y que había sido recientemente instalada en ese parquesito para el disfrute de quienes por allí pasean. En ese momento, me enteré por un cartelito puesto en la varanda del parque que allí hay una programación permanente de conciertos musicales gratuitos los días sábados y me hice la promesa de asistir el sábado siguiente para averiguar de qué iba la cosa. Claro, eso será si recuerdo cómo llegar al parque.
De allí, con los ardidos y al mismo tiempo mojados, decidimos regresar al hotel a tratar de descansar un poco pues eran ya más de 30 horas las que yo tenía sin dormir.
Así fue. Un baño con agua caliente y a la cama.

Escultura del catalán Jaume Plensa

Escultura del catalán Jaume Plensa

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