Canal RSS

Archivo de la categoría: Política

Caricatura de una Defensora del Pueblo

Publicado en

Hay algunas declaraciones de funcionarios públicos que me hacen volver una y otra vez sobre la noticia. La leo y la releo. La veo en un medio y la busco en otro para ver qué diferencias encuentro entre la forma como la publica cada uno. La googleo a ver si hay otras publicaciones al respecto o si hay audios que den autenticidad a lo que estoy leyendo. La información se queda en mi cabeza como un eco que retumba todo el día, tratando de masticar y digerir lo que he leído en la prensa.

Esto me pasó con las recientes declaraciones de la Defensora del Pueblo, Gabriela Ramírez, en las que asegura que se investigarán un grupo de caricaturas que han sido publicadas en diferentes periódicos y que serían expuestas en lugares públicos.

Por lo que pude investigar en internet se trató de una nota de prensa originada a partir del programa de radio “La voz de la Defensoría”, que transmite Radio Nacional de Venezuela, medio oficialista, y publicada por la  Agencia Venezolana de Noticias (AVN), agencia también oficialista y que los demás medios de comunicación se encargaron  retransmitir casi sin modificar su contenido.

Decía Ramírez que “Es importante revisar estas caricaturas porque la Defensoría del Pueblo tiene la obligación de fijar posición ante ese tipo de actitudes que deben ser desterradas de la sociedad”.

Leí estas líneas y no pude menos que alabar el alto sentido de responsabilidad con el cargo que detenta Gabriela Ramírez y que se desprende de esa aseveración. Una actuación impecable de la funcionaria y cónsona con el mandato dado por la Constitución, sin lugar a dudas.

Entrecomillado más adelante, se encuentra el siguiente comentario:

“No se puede llamar arte a estas expresiones que no comulgan con el pueblo y que, además, lo insultan, lo descalifican y lo desprecian sólo por su manera de pensar”.

A pesar de no saber en qué parte de las funciones otorgadas a su cargo, se establece la facultad de decidir qué puede ser considerado arte y qué no; no tengo más remedio que coincidir con la Defensora en que uno no puede aupar manifestaciones que insulten, descalifiquen o desprecien a las personas solo por su manera de pensar, aunque me queda la duda de si Ramírez, además de estar capacitada y facultada para determinar qué es arte o no, también lo está para decidir qué es un insulto, descalificación o desprecio en una obra plástica.

Pero sigue la nota de prensa con las comillas, en señal de que lo que se escribe es cita textual de lo expresado por la funcionaria en el programa radial, y dice:

“La Constitución es muy clara con respecto a la libertad de expresión, la cual tiene el coto de no promover el odio, la discriminación ni el racismo, y es precisamente lo que estos señores están haciendo”.

Otra vez impecable e irreprochable la parte en la que específica que la Constitución “tiene el coto de no promover el odio, la discriminación ni el racismo”. Quién podría estar en desacuerdo o contradecir semejante afirmación si precisamente es una de las sentencias constitucionales que nos garantizan que todos seamos iguales ante la ley y que no permite que seamos segregados o discriminados por ningún motivo.

Determinar que una obra de arte y, más aún una caricatura, que se puede interpretar de múltiples formas de acuerdo a quien la observa, va en contra de esos principios igualitarios estipulados en la Constitución es algo tan absolutamente subjetivo que, por lo menos, luce  apresurado y de una profunda ligereza asegurar que los artistas y obras que se investigarán, están promoviendo el odio, la discriminación o el racismo en sus obras.

La noticia me retumba en la cabeza. Siento que hay algo más, además de la ligereza de la funcionaria para tomarse atribuciones que no le corresponden, que me perturba y me deja inquieto e indignado. La vuelvo a leer y es cuando caigo en cuenta que lo que más me molesta de la información es “la ausencia”.

Sí. La ausencia de la Defensora durante 14 años de atropellos a todos los venezolanos por parte del presidente Chávez y de su gobierno sin que ella se haya dignado, ni siquiera una vez, aunque fuese por cubrir las apariencias y demostrar ese diligente sentido del deber y la obligación que hoy muestra ante las caricaturas de marras, en alzar su voz para defender a esa mitad del pueblo venezolano que diariamente es insultado, vejado, descalificado, discriminado, burlado, adjetivado e instigado a odiar y ser odiado en cadenas de radio y televisión.

¿Cómo es que la Defensora del Pueblo tiene la capacidad de interpretar unas caricaturas y determinar que  sus autores están promoviendo el odio, la discriminación  y la descalificación del pueblo y no es capaz de entender los insultos, epítetos y adjetivos descalificativos que el presidente nos ha enrostrado desde que asumió el poder y  que continúa haciendo cada vez con más virulencia?

¿O es que yo, por ser opositor, no soy pueblo y no merezco ser defendido por el despacho que por mandato constitucional debe estar al servicio y defensa de todos los venezolanos y no solo de los seguidores del presidente?

¿Por qué la Defensoría del Pueblo, en lugar de defenderme de las caricaturas, no me defiende de la delincuencia y le hace una investigación al gobierno para ver por qué no ha actuado con diligencia y fuerza  para garantizarnos el derecho a la propiedad y, sobre todo, a la vida?

¿Por qué la Defensoría del Pueblo, en lugar de defenderme de las caricaturas, no insta al gobierno a arreglar las carreteras asesinas, esas guillotinas por las que millones de venezolanos tienen que desplazarse diariamente poniendo en riesgo sus vidas?

¿Por qué la Defensoría del Pueblo, en lugar de defenderme de las caricaturas, no me defiende de los abusos del CNE, del descarado ventajismo mostrado por el gobierno en las pasadas elecciones y de la utilización de medios del Estado para hacer proselitismo político a favor del régimen?

¿Por qué la Defensoría del Pueblo, en lugar de defenderme de las caricaturas, no me defiende de las multas y cierres arbitrarios del Seniat en esas campañas de fiscalización que hace el organismo en las que la única orden que dan a sus fiscales es: “Salgan, multen y cierren”, sin importar que el establecimiento cumpla o no con sus deberes formales?

¿Por qué la Defensoría del Pueblo, en lugar de defenderme de las caricaturas, no me defiende de los ruleteos por hospitales en los que los pacientes pierden la vida porque no consiguen los centros hospitalarios aptos y abastecidos con lo necesario para salvarlos?

¿Sabe qué, señora Defensora?

Le agradezco su preocupación por lo que las caricaturas puedan producirme a mí y a todos los venezolanos en la autoestima y en la psique. Es muy loable que usted defienda a los ”pobres seguidores del presidente Chávez” de los prejuicios que le puedan ocasionar semejantes publicaciones; pero, hay en este país cosas mucho más importantes, urgentes y delicadas que atender, cosas en las que está en juego el derecho a la vida de los venezolanos, de TODOS, tanto los que están con Chávez como los que nos oponemos, y para los que la Constitución sí la ha facultado a usted para actuar, y no lo ha hecho. Todavía está a tiempo.

Yo vivo una patria nueva

Publicado en

Yo si es verdad que les puedo decir, con toda propiedad, que vivo en una patria nueva. A veces he llegado incluso a sentirme el digno representante del hombre nuevo que siempre he escuchado que proclaman desde el socialismo cubano y que ahora parece imponerse en Venezuela.

Si me permiten, les voy a contar cómo, desde hace unos 6 meses para acá, mi vida cambió de tal forma que les aseguro que estoy en una patria nueva.

Me llamo Malaxilandro Pérez, menos mal que no es Montiel porque todos pensarían que soy de Maracaibo en lugar de venir del oriente del país, de las orillas del Orinoco.

Hace poco más de seis meses, estaba yo, como era habitual, rascándome las güevas en mi casa, viendo Supersábado Sensacional, sin preocuparme mucho de qué día era pues, desde que me quedé sin trabajo fijo, me daba igual si era martes o domingo. Tampoco es que hubiera durado mucho en ningún empleo, pero ahora estaba directamente sin saber ni tener idea de qué hacer con mi vida.

Hubo un tiempo en que no tenía trabajo pero, de vez en cuando, me llamaban para matar un tigre o hacer una marañita. De repente, me llamaba Roberto para que le echara una mano con la instalación de un aire acondicionado, o Germán para salir a pegar publicidad en la calle o instalar avisos luminosos en los comercios, pero cada vez se hacían más esporádicos esos trabajitos.

Ese sábado, sonó el teléfono y, cuando lo escuché, pensé: “¡Coño, mañana vence la renta y no tengo medio para meterle saldo a esta mierda!”. Vi la pantalla y, al ver que era Roberto, me alegré. Hacía mucho que no me llamaba y me entró un respiro al pensar que me buscaba para una maraña.

-¿Qué hubo, Malax? ¿Qué estás haciendo, chamo?

-Aquí mijo, rascándome las bolas y viendo tele.

-Coño, marico, pero me refiero en la vida. ¿Estás trabajando?

-No chamo, nada que ver. Y en una peladera arrecha así que si tienes algo por ahí, una maraña de las tuyas, suéltalo que estoy en el ladre.

-Verga. Pana, me llamó un coño de Barinas. Es un panita que está trabajando allá en una planta generadora de electricidad que están instalando y me ofreció 8 mil bolos mensuales trabajando de electricista. A mí no me sirve. No voy a dejar mi negocio por un trabajo de 8 palos al mes; pero si tú estás pelando…

-¡Marico, pero yo de electricidad no sé un coño. Ni unas pinzas sé agarrar!

-No hay rollo, el tipo me dijo que lo que necesita es alguien que ocupe el puesto. Verga, anda a ver y prueba, ¡quién quita!

Y así fue como a la semana, me encontraba en el terminal de Ciudad Bolívar, con 600 bolos que me prestó Roberto, un morral con dos pantalones, cuatro camisas, seis interiores, seis pares de medias y el cepillo de dientes, sentado en el autobús que a las ocho de la noche arrancaría para Caracas y de allí, tomaría el otro para Barinas. Al encuentro de mi nueva vida.

Una entrevista ahí, medio pendeja, para cubrir las apariencias y de una vez me contrataron. Nada de pruebas ni de curso de inducción o entrenamiento. Empecé por hacer el tendido de cables, sin tener ni la más puta idea de lo que debía hacer y dejando el pellejo en los malditos cables. Pero ¡qué importaba si al mes ya tenía mis 8 mil bolos en la cuenta?

A los pocos días de estar en la planta, empecé a hacerme pana de todos. No es por nada, pero mal parecido no soy y Dios me dio un excelente sentido del humor con el que me meto a todo el mundo en el bolsillo. Así que a los dos meses ya parecía reina de pueblo al salir. Todo el mundo me saludaba al pasar.

De la construcción de la planta están encargados un montón de gringos que trajeron especialmente para ese trabajo. Cuando llegué, me asombré porque el presidente habla tanta paja contra los yanquis, que lo menos que me imaginaba era encontrar tanto gringo pululando. En realidad, ellos son los que hacen el trabajo importante, son más de cien, creo yo, y ellos son los que de verdad saben su vaina.

Como a mí la política siempre me ha importado un carajo, ni siquiera he votado nunca, me da igual que sean gringos, rusos, chinos o cubanos. Yo me la llevo bien con todos y los gringos me adoran porque consigo coñitas y se las “picho”. Son unos culiones esos desgraciados.

Pero mi verdadero golpe de suerte fue cuando conocí a la hermana de uno de los chivos que más mean en la planta. Una coña explotada de buena, con sus teticas duritas, paraítas, recién puestas y forrada en billete. A los quince días de conocerla ya me la estaba “machucando”.

¡Qué empepe el de la caraja conmigo!

Al mes de estar saliendo, ya me estaba recomendando con su hermano. Y, al mes y medio, me nombraron supervisor. Se acabó la jaladera de cable y las manos despellejadas y en carne viva. Desde ese momento, nada de grasa ni trabajo duro o sucio. Una braga siempre impecable, un casco de seguridad y solo echar el ojo por aquí y por allá.

Fue así como me di cuenta que con lo que se está gastando en la construcción de la planta, en realidad, se podrían levantar tres plantas iguales. Si se necesitan 100 rollos de cable, compran 300 porque 200 se los roban y los venden por fuera. Por allí encontré un maletín con un montón de aparatos que cuestan cada uno 20 mil bolos, unos 100 bichos de esos, escondiditos, listos y esperando la oportunidad para sacarlos.

En estos días, que me conseguí al güevón del Golcar en la Unellez, le conté mi nueva historia. Tenía años que no lo veía pero sigue siendo el mismo bolsas de siempre.

-¡Caramba, Malax, te ves muy bien! Nada que ver con el pelabolas de siempre.

Entonces le conté todo lo que me había pasado en los últimos meses. El trabajo en la planta, la coñita hermana del jefe con propiedades y plata que me estoy machucando y todas las vainas que he visto en el trabajo
.
-Chamo, ten cuidado que los pendejos son los que terminan pagando las consecuencias.

-Tranquilo que yo miro, me callo la jeta y no firmo nada.

-Por eso es que este país está como está, Malax. ¡Qué vaina con esta “revolución”! … ¿Y si esos gringos son de la CIA para que hagan mal esa vaina y a los cuatro meses explote?

-Jajajajaja estás viendo muchas pelis, panita. Jajajaja . Bueno, chamo, yo lo que sé es que a mí me cambió la vida. Por eso, si me dicen que tengo que votar por el comandante, pues voy y voto. Total, yo no me la voy a tirar de salvador de la patria…

-Solo te digo que te cuides…

-Tranquilo. Pareces mi vieja. Yo no me estoy metiendo en peos, no me robo nada y no me meto con nadie. Lo que no me da el trabajo, me lo da la coñita. Yo sí es verdad que estoy viviendo una patria nueva, Golcar. Es más, si no te pones muy Popy y quisquilloso, hasta te invito para mi matrimonio. ¡Chamo, me caso el año que viene!

La Boca, el color de la pobreza

Publicado en

Si a alguien que esté en La Boca, el legendario barrio de Buenos Aires le preguntarán de qué color es la pobreza, seguramente contestaría que rojo escarlata intenso, verde vegetación recién brotada, azul rey, amarillo sol de mediodía, naranja incandescente. Los colores de Caminito.

Es que ese es el colorido paisaje que arrebata la vista al terminar el boulevard del río y tropezarse con los conventillos de la zona. Esas edificaciones de dos o tres niveles hechos con madera y láminas de zinc que están especial y estratégicamente emplazadas a la entrada del barrio, en la calle Caminito, para deleitar la vista de los turistas.

Es poco más de una manzana en la que los visitantes encuentran tiendas de todo tipo de artesanía, artículos de cuero,  restaurantes, artistas callejeros, bailarines de tango y milonga, todo diseñado de tal manera que enamora al turista y lo hace gastar a gusto sus divisas para llevarse un alegre recuerdo de Buenos Aires y los típicos souvenirs.

En Caminito, con un día soleado, se pueden obtener las más coloridas y espectaculares fotos de todo el viaje a Argentina. La cámara, como el ojo del paseante, no parecen saciarse nunca de tanta luz y color.

Pero, al pasar unos pocos metros más allá de esa manzana turística, ya comienzan a verse los verdaderos conventillos. Esos que muestran sus láminas de zinc oxidadas y maderas corroídas, donde viven familias enteras en habitaciones de tres metros por cuatro por las que pagan hasta 200 dólares de alquiler.

Al puerto de La Boca llegaron los primeros inmigrantes españoles y, sobre todo, italianos, quienes llegaban pobres de solemnidad, con una mano adelante y la otra atrás, a forjarse un mejor futuro, ese futuro que Europa parecía negarles. Para muchos, era un estada solo pasajera. Su vida en los conventillos duraba lo que tardaban en ahorrar dinero con sus trabajos para establecerse en otras zonas más prósperas.

Pero mientras vivían en La Boca, una manera de hacer más digna y vivible su permanencia allí era pintando sus conventillos con los sobrantes de pintura con la que pintaban los barcos anclados en el puerto, de allí el intenso colorido del lugar.

Cristian y yo llegamos a eso de las 11 de la mañana. las nubes se han disipado en el cielo que ahora muestra un hermoso azul que combina perfectamente con los colores encendidos de los conventillos. La pupilas, como el lente de la cámara reciben sin acusar cansancio los golpes constantes de color. Recorremos el lugar alrededor de la zona de turismo sin atrevernos a ir mucho más adentro, a donde el color de la pintura sede espacio al óxido que evidencia el estado de pobreza de la zona, porque nos habían advertido que tuviéramos cuidado. De día no es peligroso, pero es mejor ir prevenidos.

En uno de los conventillos turísticos, en un rincón de la segunda planta, consigo a Marcelo trabajando en sus artesanías.  El interviene fotografías de la zona, las trabaja y monta artesanalmente en marcos de pdf teñido para vender a los turistas como souvenir. En sus imágenes se ve La Boca que está más allá de la especialmente preparada para el disfrute de los visitantes.

Marcelo cuenta que por el espacio donde tiene su tienda y taller en el conventillo, unos 12 metros cuadrados, paga 600 dólares de alquiler al mes. Entonces me habla de su trabajo y de lo difícil que resulta la vida para quienes viven en los “verdaderos” conventillos. Esos que tienen que pagar 200 dolares por una habitación que en invierno es un freezer y en verano un infierno.

-Por eso es que yo, a veces, entiendo que es lo que está pasando con la política en Argentina y por qué algunas personas más pobres se sienten reivindicadas con algunas de las políticas del gobierno. -Dice mientras continúa haciendo los marcos para sus fotografías.

A Marcelo no le gusta la polarización que se está generando en la sociedad argentina entre los que apoyan al gobierno de Cristina Kirchner y los que la adversan, pero dice que hay medidas que han afectado a los ricos y a sectores de poder que se tendrían que haber tomado hace tiempo y que como ahora lo están haciendo, muchos reaccionan fuertemente contra el gobierno.

-Algunos dicen que yo soy kirchnerista. No lo soy, pero reconozco lo que me parece que está haciendo bien y me molesta esa postura de enfrentamiento que hay de ambos lados.

El artesano es evangélico, me habla de la labor que hace su iglesia en cárceles y escuelas y dice que, por eso, a él le parece bien que el gobierno le quite poder a la iglesia católica, que la enfrente y desenmascare porque solo ha servido para someter al pueblo.

Le digo que algo similar ha pasado en Venezuela, que el gobierno se ha enfrentado con todos los sectores y que, le puedo asegurar, no es la mejor forma de hacer justicia porque solo se exacerba el odio y el resentimiento. Que buenos y malos hay en todos lados y que así como en la iglesia católica hay corrupción, también la hay en las cristianas.

-En Venezuela, por ejemplo, hay muchas escuelas que han sido levantadas por la iglesia católica con excelentes resultados en la educación de los jóvenes y donde se les enseña un oficio del cual pueden vivir.

Asiente y dice que en Argentina también, pero insiste en que son los menos y que ya tiene demasiados años de hegemonía la iglesia católica.

Marcelo me cuenta un poco sobre La Boca, me dice que de allí han salido importantes artistas plásticos, músicos, bailarines de tango. Es una comunidad que ha sido cuna de mucho arte en Argentina.

-En eso fue muy importante el aporte hecho por Quinquela, el hombre que está en la escultura del boulevard.  Él ayudó a organizar y dignificar a la gente de La Boca.

Benito Quinquela fue un artista plástico autodidacta, abandonado por su madre de niño y criado por el inmigrante italiano Manuel Chinchella, quien, como muchos otros italianos llegó a La Boca para mejorar sus condiciones de vida trabajando en la descarga de carbón en el puerto. El pintor, que convirtió su apellido a Quinquela, españolizándolo de acuerdo a su pronunciación, en sus pinturas mostraba la vida difícil y dura de los pobres de La Boca y  fue quien donó a la barriada la escuela-museo conocida como Escuela Pedro de Mendoza, entre muchas otras donaciones que hizo a la comunidad con el objetivo de hacer llegar a sus habitantes el arte, la salud y la educación, para elevar su calidad de vida.

La misma idea de la calle Caminito, pensada originalmente para que fuese un lugar para el arte y la alegría, una calle museo de creación colectiva, fue decisión de Quinquela junto con un grupo de vecinos a partir de la recuperación la una abandonada vía de tren y le dieron su nombre a partir del la vieja canción.

La conversación con Camilo me reafirma una vez más la sensación de que Argentina está viviendo un proceso tan similar al venezolano, que me eriza la piel. Él parece ser uno de esos “ni ni” que, o bien se radicaliza a favor del gobierno o termina siendo uno de sus desencantados y opositores. Lo que sí es seguro es que no podrá mantenerse indiferente a lo que está sucediendo en su país.

Le agradezco a Marcelo la buena conversa y su valiosa informacion y con un apretón de manos nos despedimos. Dejo Caminito con la sensación de haber estado sobre un escenario tras cuyo telón de fondo se encuentra una realidad mucho más cruel y triste que lo que me muestran entre bambalinas. Me queda la duda de cuánto de la idea original de Quinquela y los vecinos hay en la actualidad en Caminito y cuánto del dinero que produce la calle realmente va a ayudar a los de menos recursos económicos de La Boca pues, muchos de los que allí tienen negocios establecidos, no viven precisamente en La Boca.

Adentro de La Boca quedan la vieja iglesia Nuestra Señora de los Inmigrantes, la torre donde dicen que se aparece el fantasma de una pintora que se suicidó, el estadio La Bombonera, del Boca Juniors, y otra serie de puntos de interés que serán tarea pendiente para una próxima visita a Argentina.

Son cerca de las dos de la tarde y ya me encuentro montado en el autobús de regreso. Quiero llegar temprano a la calle Arroyo para hacer un recorido por sus galerías de arte como me recomendara en la mañana el chico con gabardina y paraguas del banco.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Otras entradas relacionadas:
Viaje al sur

Chivitos en Pocitos

Baires, un sueño largamente acariciado

La Calle Florida me introduce en Buenos Aires

Recorrido por Palermo, opera en el metro y al teatro.

Stravaganza, boxeo y despedida de soltero

En San Telmo anda un hombre con un zapato blanco

De Plaza San Martín a La Boca

La resaca de Marianella Salazar

Publicado en

Escribió Marianella Salazar un artículo para El Nacional titulado “La gran resaca” en el que descarga contra la MUD toda la frustración y sensación de impotencia que nos dejaron a muchos los resultados de las elecciones del 07 de octubre.

Yo no voy a defender a la MUD. Primero, porque ya todos sus miembros están grandecitos y pueden defenderse solos. Y, segundo, porque en muchas oportunidades me han parecido timoratas, extemporáneas, desafortundas e inoportunas algunas de sus actuaciones y, en muchos casos, falta de pro-actividad a la hora de actuar.

Pero la descarga que le dio la articulista a la MUD me quedó rondando en la cabeza, como el estribillo de una canción que se queda en la mente hasta hacernos desesperar y buscar la forma de ponerlo en off.

Dice Marianella que la MUD ha debido exigir “…limpieza del registro electoral, el fin de las migraciones silenciosas con las cuales privaron a muchos electores de su derecho al voto, el que no se conculcaran derechos constitucionales de los venezolanos en el exterior, que se vieron imposibilitados de votar; en fin, si hubiéramos exigido mejores condiciones, a lo mejor no estuviéramos en esta esquina lamentándonos y en este estado de desolación, desconcierto, incredulidad”.

La leo y no puedo menos que estar de acuerdo. El grosero ventajismo del régimen en las elecciones, la evidente parcialización del ente rector de la elecciones (CNE) -puesto siempre de parte del gobierno-, la utilización de los recursos públicos tanto económicos como medios de comunicación y de logística a favor de la campaña del presidente candidato -nunca pudimos distinguir en qué momento era Presidente y cuándo candidato-. Y todas las condiciones injustas que se conocían de antemano y se aceptaron, hacen lucir la elección presidencial como cualquier cosa excepto justa y equitativa.

Pero la pregunta que me da vueltas en la cabeza hasta hacerla reventar es: ¿A qué se refieren Marianella y muchos otros articulistas cuando dicen que la MUD debió “exigir” condiciones?

Me pregunto ¿cómo se hace eso ante un poder electoral arrodillado y sumiso frente al poder ejecutivo?

¿Me paro y digo “si no revisan las condiciones y se hacen elecciones limpias, transparentes y justas “NO VOY A LA CONTIENDA?

Cuando pregunté en twitter, un usuario me respondió:

“con 6.5 MM en las calles y MUD pidiéndole al CNE q se desarrodille”.

Me pareció interesante y acertada la propuesta. Entonces pensé en qué podría suceder.

Seguramente, las cuatro vestales del CNE, con cierto mohín de damiselas ofendidas, recogerían la solicitud aparentando “imparcialidad” y luego de “analizarla” y “estudiarla a profundidad” llegarían a la conclusión de que dicha solicitud “no procede” porque todo es “claro y transparente” en los procesos electorales venezolanos, con el mejor sistema automatizado de votación de la bolita del mundo. Esto, seguramente, con el voto salvado del rector Vicente Díaz. O tal vez no.

Entonces, ¿qué hacer? ¿Quedarnos parados frente al CNE y “de aquí no nos movemos hasta ver satisfechas nuestras demandas”? ¿Comenzar una protesta violenta que le dé pie al régimen para decir que la oposición volvió por sus fueros golpistas y desestabilizadores? ¿Para que digan que la presencia de la gente convocada por la MUD equivale al grito de “A Miraflores” del 2002?

¿O ir ante los tribunales encargados de la materia electoral para exigir que ordene al CNE que atienda nuestra solicitud? Ah, pero ya sabemos también a qué intereses responde el sistema de justicia en este país y a quién rinde cuentas. Es decir que, muy probablemente, la sentencia dirá que “no procede” y volvemos al principio. ¿Qué hacer?

Pues nada. Así no vamos a elecciones el 16 de diciembre en la oposición. Boto tierrita y no juego más.

Entonces, viene Chávez y, con su sacrosanto dedo, lanza supuestos candidatos opositores en todas las gobernaciones y alcaldías. Gana todo los cargos bien sea con su candidato o con “su opositor” bajo una apariencia de legitimidad y volvemos a empezar de cero en la oposición. ¿Les suena aquello de la Asamblea Nacional toda rojita de 2005?

La trampa en la que está en estos momentos la oposición no es nada fácil de desmontar. La lucha seguirá siendo la de “un candidato de a pie contra un Estado” (Lanata dixit) y yo, de verdad, pienso que artículos como el de Marianella y opiniones como las de Diego Arria (por quien voté en las primarias) hablando del fraude en cámara lenta, en los que se dicen grandes verdades y claramente indican lo que hay que hacer y, todos sabemos, se debe hacer; pero sin dar la más mínima pista de cómo hacerlo, poco ayudan a desenredar esta madeja en la que nos ha metido un régimen impúdico y desvergonzado al que no le importa ya ni siquiera guardar las formas y apariencias a la hora de mantenerse en el poder a toda costa.

Como pueden ver, el texto de Marianela Salazar y este mismo, son más las dudas y angustias que dejan, que las certezas. Por ahora (como dijo el funesto animador de concursos de reinas de pueblo y artífice del 4F), lo único que me queda claro es que el 16 de diciembre, a como dé lugar, estaré de nuevo frente a la urna electoral.

Con el rancho en la cabeza

Publicado en

En algún punto de la carretera que une los estados Trujillo y Mérida, mientras tratábamos de adivinar a qué se debía que el tránsito se había detenido por completo, al levantar la vista, me topé con la imagen que se ve en la foto:

La cara del presidente Chávez que está en la puerta del humilde rancho, hecho de bahareque, pareciera dar la bienvenida, con sonrisa de satisfacción, a quienes llegan a ese hogar.

En el “techo” se ve como sembrada, lo que pareciera ser una vieja antena para recibir la señal de televisión. Indudablemente, un televisor al que sólo deben llegar las señales de VTV y, posiblemente, Tves y Venevisión.

En la pantalla de “la caja boba” debe aparecer, varias veces al día, la imagen del presidente hablando al país y, en innumerables ocasiones, esa alocución debe surgir en los tres canales que capta el aparato porque se encuentra en cadena de medios radioeléctricos.

Por esa pantallita, quienes allí viven, deben escuchar claramente que “están muy bien”. Que su situación “nunca ha sido mejor”. Que Chávez los ama y por su amor es que ahora cuentan con la “mayor felicidad del mundo” porque, “Venezuela es uno de los países más felices de la tierra”.

Los habitantes de esa morada están convencidos de que su felicidad se debe a los excelentes tratados con China. A los dineros que se le regalan a Uruguay, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y, especialmente, a los “intercambios económicos con Cuba”.

Están convencidísimos que nada los puede hacer más felices que el contar con el lanzamiento de un segundo satélite venezolano al espacio exterior, aunque no tienen ni idea de qué pasó y para qué ha servido, el primero.

El atasco de carros cede un poco y, al avanzar unos cuantos metros, se ven otras casas (unas más humildes y pobres que otras) con el afiche del presidente sonriente en puertas y ventanas.

A lo largo del camino, por esas zonas rurales y empobrecidas, con una carretera plagada de huecos y reductores de velocidad, uno nota que mientras el afiche del presidente engalana las entradas de las viviendas, la propaganda del candidato opositor solo se encuentra ubicada en muros que son de nadie, en árboles y en postes eléctricos.

Es que ellos sienten que “Chávez los ama”. Están “felices” por la felicidad que les da el gobierno “socialista” y, seguramente, por la misión a la que deben estar suscritos y que les garantiza que, una vez al mes o cada dos meses, le darán un dinero en efectivo para comprar lo que necesiten, sin importar si cada vez compran menos con ese dinero, si compran productos de menor calidad a mayor precio o si el período de tiempo entre la recepción de una mensualidad y la otra parece alargarse porque la duración de lo que compran es cada vez menor.

Para ellos lo único importante es que el “socialismo es buen vivir”, como reza la propaganda que reiteradamente ven en la pequeña pantalla innumerables veces al día.

Esas cosas no son de mucha importancia. Lo que importa es la felicidad que sienten al recibir la misión y el “amor” que con ese dinero les está enviando su querido presidente.

Mientras contemplo las casas con la imagen de Chávez en la puerta, mi mente divaga en lo impresionante que ha sido el manejo de la psicología del colectivo que ha hecho este régimen. Parece funcionar como una religión. Para el chavista del rancho, creer en su actual “felicidad” es como para el católico creer en Dios: no les hace falta verlos. Es como si se hubiese puesto en práctica aquello dicho por Marx de que “la religión es el opio de los pueblos”.

Al pensar en el manejo de la psicología social, recuerdo la historia del hijo de 9 años de una señora, fanático de Carpiles Radonski hasta el día cuando se fue una semana a un plan vacacional organizado por un grupo de chavistas y regresó a su casa, no solo convertido en seguidor de Chávez, sino peleando con sus padres porque son opositores.

Absorto en esos pensamientos me encontraba cuando, de repente, sentí que algo caía del carro que iba adelante. Levanté la mirada y vi una camioneta de lujo, último modelo. Carísima. De esas que, además de lo caro que cuestan, la gente tiene que pagar una cuantiosa cantidad de dinero extra si quiere comprarla porque autos no hay en el país y, quien dé la “mordida” más grande, tiene el privilegio de acceder al vehículo cuando llega al concesionario.

Pues bien, quienes iban en la oscura camioneta, bajaron el vidrio y, sin mayor remordimiento y con mucho desparpajo, echaron a la calle vasos de plástico y papeles.

Por el canal izquierdo, nos pasaban los “vivos”. Unos en Aveos de este año, otros en Malibús de hace 30. Todos más “vivos” que quienes pacientemente esperábamos que la cola avanzará sin pasar por encima de nadie. Más “vivos” que los pendejos que siempre tratamos de hacer las cosas como, se supone, se deben hacer.

Miré de nuevo la camioneta negra lanzar más desperdicios a la orilla de la carretera y a los guapetones continuar aventajando a los pendejos y pensé:

“El rancho con la cara de Chávez en la puerta, lo llevan algunos en la cabeza”.

¿De dónde salieron esos votos?

Publicado en

El domingo 07 en la noche, mi urbanización se sumió en un tenso silencio. Los televisores se apagaron. La música cesó. A lo lejos se oía la detonación de uno que otro mortero como muestra de celebración. Pero en las cercanías el silencio era sepulcral.

Esa noche mucha gente se durmió vencida por el llanto. La asaltaron las dudas. Se preguntaba qué pasó. No daba crédito a la información que la rectora del CNE daba por televisión.

El sentimiento de burla, de estafa, de robo, hizo presa de gran parte de los que hasta hacía pocas horas, se encontraban, si no felices, con muchas esperanzas de triunfo. No era para menos. Los ríos de gente desbordada en las calles del país, alegre y emocionada, vitoreando el paso del candidato Capriles nos sembraron la esperanza de que el triunfo estaba cerca.

El lunes 08, muchos siguieron llorando. Había duelo y algunos se preguntaban de dónde salieron tantos votos para Chávez si sus actos fueron tan pocos y, por Globovisión, nos mostraban la “escasa concurrencia”, al tiempo que remarcaban que era gente obligada y comprada. Que muchos estaban allí pero votarían por Capriles, como en efecto pudo haber pasado.

Ese lunes 08, los más desbocados, sin pruebas ni evidencias se lanzaron a gritar “fraude”. “Esos votos no están”. “Esos los crearon con las maquinitas y con la complicidad del CNE y el plan República”.
Mientras que algunos se preguntaban dónde estaban esos 8 millones que no los veían por ningún lado y otros, entre los que me cuento, empezábamos a pensar en qué se falló, qué faltó, por qué no vimos que esos 8 millones seguían allí, inamovibles, cómo es que no nos los tropezábamos por ninguna parte.

Durante la campaña, mucho se habló del “voto oculto”, del voto que no se reflejaba en las encuestas, del “voto silencioso” a favor de Capriles por temor a las represalias del régimen. Ahora, días después, creo que ese voto silencioso no contaba para las encuestas. En realidad, contaba para nuestra cotidianidad, nuestro día a día. Esos votos estaban allí, callados, agazapados y nosotros, en nuestra euforia y optimismo, nos negábamos a verlos.

Muchos de esos votos estaban en los barrios a los que yo, y probablemente el que me está leyendo tampoco, no entramos porque el solo nombrarlos nos atemoriza, pero desde donde, seguramente, provenían los sonidos de cohetones y morteros celebrando. Y estaban, también en una gran masa de trabajadores públicos de todos los niveles en un Estado empleador hasta la exageración.

Esos votos estaban en la muchacha que en la panadería te embolsa los 20 panes mientras te escucha decir que los chavistas son unos desgraciados. Estaban en la cajera del supermercado que, mientras te chequea la compra, te oye comentar con el que está en la cola que los chavistas son todos unos arrastrados.

Los votos de Chávez estaban en la chica esa de uñas postizas y tetas compradas, dependiente de una tienda de ropa que, en la tintorería, escuchaba a las dos señoras encopetadas decir, que las chavistas son todas unas putas vendidas, mientras ella le comentaba a su amiga, receptora de ropa en esa tintorería y también chavista, por lo bajito:

-Si, yo tengo loco a Andrés, el cajero del banco, se desvive por mí, lo que no sabe es que yo soy del otro lado. El no sabe que soy chavista porque, si lo llega saber, me odia y no me hace el favor de depositar los cheques sin hacer la cola.

El voto chavista estaba en el chofer de la camionetica que llevó a la gente al mitin de Capriles y esperó pacientemente a que llegara la hora de devolverlos a sus casas, escuchando como los pasajeros decían: “Los chavistas son todos unos flojos borrachos, menos mal que esto se acaba el domingo”.

Por Chávez votó ese mesonero que dijo a su compañero el sábado en la noche:

-Dame cuatro palos ahí y si gana Capriles, te los devuelvo-. Mientras iba a llevar la pizza y miraba de reojo con resentimiento a dos de gorra tricolor que decían:

“A esos chavistas de mierda hay que acabarlos, no sirven para nada. Son una parranda de flojos que solo quieren que les den plata de las misiones sin trabajar”.

Los votos estaban en ese gerente de banco que era opositor y que se quedó sin empleo cuando el gobierno acabó con el banco Federal y que, ahora, absorbido por el Banco de Venezuela, ha conseguido mejor sueldo y trato, aunque no salga a alardear de que es chavista. También en esos que, siendo opositores con “plan B” para USA, cansados de tratar de abastecer su bodega con los productos que escasean y precios regulados, se dejaron seducir, un mes antes de las elecciones, por el militar mafioso, se asociaron con él y, en una semana, echaron abajo la bodega, metieron máquinas de juego e instalaron un casino clandestino. Obteniendo en un mes la ganancia que no obtuvieron en un año de trabajo.

Por Chávez votó el viejito que se sentía anulado e ignorado y que ahora está convencido de que su pensión se la debe a él y no que es un derecho obtenido gracias a su trabajo y dedicación al país y que en la cola del banco oye como un hombre le dice a la cajera:

-No le doy paso al viejo ese coñoemadre, porque todos son unos chavistas vendidos, que votan por el desgraciado solo por una pensión.

Los votos de Chávez salieron de esos a los que no se pueden asustar con el socialismo porque ellos no tienen nada que le puedan quitar y sí una misión que están recibiendo. De los que no se asustan con la inseguridad y la violencia porque nacieron en medio de una balacera y en ella han crecido. De la señora de servicio que cuando iba a llevar café a la patrona y su amiga escuchó que la visita le decía compungida: “Chica, Juanita, la que trabaja en mi casa, es chavista”, y la patrona le respondía:

-¡Es que son brutas! ¿Qué se puede esperar de ellas? Si fueran inteligentes, no serían cachifas y menos chavistas.

Ante tantas muestras de desprecio que damos a diario, a veces sin darnos cuenta, pero siempre a todo pulmón, ¿cómo podemos pretender que quien está a nuestro lado muestre sus preferencias políticas?

Chávez ha basado su poder y su permanencia en resaltar el resentimiento y el odio de los que nunca han tenido contra los que tienen. Ese ha sido su gran triunfo, fomentar una lucha de clases y acentuar la división y, para ello, se vale de las misiones que maneja como dádivas y limosnas para mantener sometido y a su lado a esa gran masa que siente que, por primera vez, los toman en cuenta. Chávez trata a “sus pobres” como a perritos a los que se les tira un hueso para conquistarlos. De esa forma los ha logrado mantener fieles a su lado.
Pero el otro gran triunfo de Chávez es haber inoculado ese odio y ese resentimiento en quienes lo adversamos.

Los que no queremos a Chávez y su proyecto “socialista”, hemos caído en la trampa de su odio. Nos ha faltado sensibilidad e inteligencia para no dejarnos arrastrar por su discurso violento y hemos terminado maltratando y humillando a sus seguidores cotidianamente, diciendo que son arrastrados, vendidos, tarifados, percucios, tierrúos, vagos, flojos, borrachos, malandros, violentos, ladrones. Para después pretender que nos digan: “yo voto por Chávez”.

De todo eso hay en las filas del Chavismo, y en las filas de la oposición también. Como en la oposición hay sifrinos, corruptos, encopetadas, patiquines, adecos y copeyanos, al igual que en el chavismo.

Lo que no podemos y debemos empezar a evitar, es decir que todos los chavistas son así o que todos los opositores son asá.

A veces, oigo decir que el país necesita “reconciliación” y, algunas bocas, pareciera sonar como si dijeran, “hay que reconciliarse con esos brutos chavistas” o, “hay que abrazar a los desgraciados burgueses”. Así, la reconciliación estará muy lejos. Tan lejos como esperar que se produzca cuando Chávez le dé la mano a los de la oposición sin ofenderlos.

Cuando uno ve que en Caracas, a las 6 de la mañana, el metro va lleno hasta el tope de gente que se dirige a sus trabajos, cuando al Ruta 6, de Maracaibo a las horas pico, a las horas de entrada y salida del trabajo, parece que la gente se le desbordará por las ventanillas y puertas, yo los veo y me pongo a pensar en lo injusto que es decir que “Venezuela es un país de vagos”. La injusticia que significa decir que los chavistas que van en esos transportes son unos delincuentes, borrachos, buenos para nada.

La gran mayoría de este país (al menos así quiero creerlo en mi ingenuidad) es gente trabajadora, sin importar por quien vote.

Me decía un amigo, refiriéndose a los chavistas:

-Son flojos. Esos no aprenden. Lo que quieren es que le den los reales para bebérselos y luego sentarse a esperar que les vuelvan a dar. Son como cerdos que, por más que los saquen del chiquero y los enseñen, cuando ven la porquería, corren a revolcarse en ella.

Yo me niego rotundamente a pensar así y mucho menos a creerlo. Si los seres humanos fuéramos así y no tuviésemos capacidad para aprender, seguiríamos en cavernas. Así se lo decía, pero en su ceguera, parecía no entender que esa situación como él la describe no puede ser una fatalidad, no es algo congénito, un mal que no tiene cura.

Yo creo que mucha de esa gente que hoy está recibiendo una ayuda del gobierno -que se la administran como limosnas-, no han tenido oportunidad de aprender a sacar partido de esa ayuda porque, entre otras cosas, al régimen no le conviene que aprendan y se independicen de esa limosna.

Chávez ha continuado la política de la lata de zinc, los bloques y la bolsa de comida de los adecos y copeyanos, solo que la ha sistematizado, regularizado. Pero para nada le conviene que la gente aprenda a sacar provecho de esa ayuda para buscar la forma de obtener ingresos sin depender de la Misión.

A Chávez no le interesa que la gente conciencie que la limosna que le dan hoy, si no la aprende a usar, se le acaba mañana y que seguirá en la misma situación.
El quiere que se la consuman y se sienten a esperar la próxima limosna para mantenerlos atados a él, como bueyes.

Pero la oposición tampoco ha asumido la labor de ir casa por casa a enseñarles qué pueden hacer con lo que obtienen de ayuda del gobierno. Creo que ese es el trabajo que políticos, líderes sociales y empresarios tienen que asumir. Esa es la lectura que nos debería dejar el resultado de las elecciones y lo aprendido en los meses de “casa por casa” de Capriles en campaña.

Hay una necesidad de educación y capacitación de la gente a la que le llegan las misiones que tiene que ser asumida. La empresa privada tiene que asumir un compromiso social y aportarle calidad de vida a los más pobres. No es dar limosna como lo hace Chávez, es un verdadero compromiso social que se enfoque en la educación y aprovechamiento de lo que les dan, al tiempo que les brindan la posibilidad de acceder a los servicios básicos.

Ese es el trabajo que hay que hacer, a mi entender, y que queda muy claro en esta anécdota que mi sobrina Sandra Moros, relató en un comentario en mi post “No hubo fraude, lo que sí hay es un camino”:

Definitivamente, la clave es educación, es el trabajo social que no se ha hecho. Es enseñarles que se pueden valer por sí mismos, que la misión es algo que debe ser pasajero y puntual, que no es un yunque al que estará atado de por vida. Enseñarles que no hay necesidad de llenarse de hijos para demostrarle a cada hombre que aman que lo aman y, mucho menos, para retenerlo. Enseñarles que es más fácil echar para adelante con uno o dos hijos y no con cinco en la esperanza de que, alguno de ellos crezca, sea exitoso y los saque de la pobreza.

En fin, educar, insistir, seguir educando. Educándolos a ellos pero también educándonos a nosotros. Entendiendo que cada vez que generalizamos y utilizamos términos peyorativos para referirnos a todo un sector de la población, nos retratamos a nosotros mismos como personas y demostramos que no estamos muy lejos de los adjetivos con los que estigmatizamos a los demás.

Tibisay Lucena dijo unas palabras muy sabias cuando proclamó a Chávez como presidente para el período 2013-2017. Dijo, palabras más, palabras menos, que reconocer el triunfo del otro y la propia derrota, pasa por reconocer también a los que votaron por el vencedor, por eliminar los términos peyorativos y discriminatorios para referirnos a sus votantes.

Lamentablemente, la rectora del CNE, olvidó que dirige una institución que es de todos los venezolanos, y no nada más del sector oficial, no se percató de decir que el vencedor al aceptar el triunfo también debe pasar por ese mismo tamiz, también debe reconocer al otro, respetarlo y eliminar de su discurso palabras como majunches, burgueses, pitiyanquis, hijos de papá y mamá…

Pero, bueno, ya todos sabemos de qué pata cojea la Rectora, a qué tendencia se inclina, a qué intereses responde y a quién rinde cuentas. O sea, que no podemos pedirle peras al olmo. Tiempos mejores vendrán cuando entre vecinos nos tratemos con respeto y que ese trato sea un reflejo del modelo que nos dan desde las instituciones del Estado. Algo que ya vamos para 14 años sin conocer.

En Maracaibo vi que Capriles abrirá el camino

Publicado en

Llegando de la fiesta del progreso que fue el acto de cierre de campaña de Capriles en la avenida 5 de Julio de Maracaibo. En la ropa y en la piel traigo el olor de “violín” de la catirita sifrina que tenía al lado, del mal aliento del guajirito que tenía adelante. Los dedos de los pies están magullados con los pisotones del negrito  de los chimbangles de San Benito y los tacones de la señora emperifollada que miraba por encima del hombro. En las costillas traigo la marca de los codazos del malandrito a mi izquierda y de la mujer con cara y lentes de maestra de escuela a mi derecha.

Por momentos, el aire faltaba. El olor a sudor parecía emerger del pavimento como un vapor. En ocasiones un sudor fresco y perfumado y, en otras, rancio y fuerte, como de persona que trabajó todo el día a pleno sol y de su jornada laboral saltó al mitin de Capriles. Un olor a “solecito” que decimos en el Zulia.

Pero, en esos momentos de emoción, esos olores terminan siendo el olor de la alegría, de la esperanza, de la fiesta de la democracia y los moretones son la marca, el sello, de que asistimos a un momento histórico en la vida del país.

Venciendo mi agorafobia, ya desde hacía días tenía decidido que no me perdería por nada del mundo el acto de cierre de campaña de Capriles en el Zulia. Y la emoción y la algarabía del día anterior en el mitin de cierre en mi querida Mérida confirmaron mi decisión e hicieron que anhelara fuertemente que llegara la hora de fundirme en esa masa amorfa, alegre y llena de vida que ha recorrido todas las ciudades del país desde hace meses.

Veía a la gente de Mérida en la calle y la imagen que me surgía era la de la espuma de una cerveza batida que se desborda del vaso y de la botella. Las fotos y las imágenes de televisión del evento andino me hacían intuir que en el Zulia no sería menos. Nunca, ni cuando el Papa Juan Pablo II visitó Mérida, vi tanta gente en las calles de mi ciudad natal. Al punto que, en algún momento de la jornada, una que otra lagrimita de emoción salió sin querer viendo la pantalla del televisor.

Vi lo de Mérida y, al salir a la calle, encontré a la gente alegre, saludaba contenta. Preguntaban: “¿Vas mañana?” “¡Claro que voy!”. Toda la ciudad anhelaba la llegada del evento. Todos estábamos dispuestos a ir a mostrar nuestro apoyo al cambio y nuestra esperanza en el futuro..

A las cuatro de la tarde cerramos la tienda y nos arrancamos a 5 de Julio.  Al llegar, el pánico se quiso apoderar de mí al ver el mar de gente y las imágenes de aquella fatídica noche en la inauguración del las luces del estadio de Mérida, cuando mucha gente fue arrastrada y pisada por la multitud descontrolada, vinieron a mi mente. Inmediatamente, espanté esos fantasmas y fue entonces cuando el miedo dio paso a la música porque, al ver lo variopinto de la gente reunida, con naturalidad, acudió a mi cabeza la canción de Serrat, “Fiesta”.

El acto de cierre de Capriles es la mejor escenificación de lo que dice la canción de Serrat desde su primera estrofa hasta la última y durante toda la jornada no hizo más que rondar en mi mente su melodía.

A los pocos minutos de haber llegado a la avenida, por los altavoces anunciaban que estaba haciendo su entrada el candidato, el “Preentrante”, como le decimos en oposición al “Presaliente”.

A la música se unía el bullicio de la gente, el sonido de los morteros, de los pitos, cornetas y bubuzelas, el “¡POM!” de los morteros. Hasta los pericos parecían estar alegres y no cesaban de gorgorear volando en bandadas sobre la multitud.

Una explosión de papelillo, un aumento del ruido, la multitud que comienza a mirar toda en la misma dirección al tiempo que grita desenfrenada, la gente que empieza a empujar con más fuerza, a apretujarse, nos indican que Henrique se aproxima. Levanto la vista y allí viene. Con su camisa celeste y sonrisa franca, intercambiando gestos con la gente y lanzando sus gorras tricolores.

Yo, que no soy mucho de tener idolatrías por políticos y artistas, no puedo evitar emocionarme, los mocos se me aflojan un poco, el nudo en la garganta se me aprieta y las lágrimas pujan por salir. Lo veo pasar frente a mí y siento que lo que pasa es el futuro, la esperanza. No pienso en ningún momento que Capriles sea el camino pero estoy convencido de que puede abrir el camino.

El siguió su paso. Ni cuenta se dio que detrás dejó a un hombre, casi cincuentón, emocionado a punto de llanto con su presencia. Un hombre que no cree en mesías que, de hecho, ni siquiera votó por Capriles en las primarias pero que ahora siente que Capriles representa la última oportunidad para Venezuela. Un gocho asimilado maracucho que en ese momento mira al cielo y comprueba que el día nos ha regalado un hermoso y cálido atardecer.

En una esquina de 5 de Julio quedó un venezolano que piensa que, o salimos de esta etapa obscura y lúgubre, de esta tiniebla, el domingo 7 de octubre, o ya no será nunca. Al menos no lo será de manera pacífica. Escucho con detenimiento una vez más lo que el candidato tiene que decir y su discurso me convence de nuevo de que “hay un camino”.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

A %d blogueros les gusta esto: