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Una semana con el hombre nuevo

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LUNES

Llegas a la casa después de un largo día de trabajo y para relajarte un poco comienzas a curucutear en la web. Abres tus redes sociales: Facebook, Twitter, Pinterest, Google+, Youtube y, distraídamente, empiezas a picar aquí y allá. Abres ventanas, lees informaciones, ves videos. De repente, te encuentras con un video cuyo nombre te llama la atención: “Como ser negro y no morir en el intento”.

Lo abres y te consigues con un cantautor cubano quien por la edad que aparenta debe haber nacido durante la revolución o haber estado muy pequeño cuando Fidel Castro asumió el poder. Es decir, vendría a ser un representante del “hombre nuevo” que nos han querido vender por más de 50 años.

Su nombre es Frank Delgado y con humor cáustico y lleno de ironía nos hace el cuento de un escritor amigo suyo cuyo color de la piel siempre lo hace sospechoso:

Observas el video y no puedes evitar sonreír con las ocurrencias contadas, al tiempo que admiras la buena voz de Frank y su contagioso ritmo con la guitarra. Pero un poco de sabor amargo empiezas a sentir en la boca cuando constatas que, tras la broma y la ironía, hay una grave denuncia en la que se evidencia que, luego de tantos años de perorata igualitaria del socialismo, el racismo y la discriminación en la isla no ha cambiado en lo más mínimo.

Para la policía cubana, un negro siempre será un ser sospechoso, un individuo del que hay que desconfiar, detener y pedirle sus papeles.

Alberto Guerra, el hombre de color que dio origen a la canción de Frank, tiene la suerte de pertenecer al “Partido”, con lo cual, la discriminación por su color tiene un matiz diferente que lo puede hacer salir bien librado de la situación. Pero si, además de negro, fuese homosexual y no perteneciese al partido seguramente habría podido terminar con sus huesos en una prisión o, en el mejor de los casos, puesto en la calle con una patada en el culo por atreverse a entrar a un hotel de turistas.

MARTES

Como el día anterior quedaste picado con los videos de Frank Delgado, llegas a tu casa y luego de verificar que no hay ningún mensaje importante en tus bandejas de correo o en las redes sociales, te vas derecho a Youtube donde has dejado “favoriteado” algunos videos del cantautor cubano.

Encuentras entre los primeros el que se llama: Carta de un niño cubano a Harry Potter.

Picas allí y te encuentras una canción llena de humor negro y sarcasmo en la que “el hombre nuevo” de Cuba compara la magia de las historias de Harry Potter con la magia que tienen que hacer en la isla para poder sobrevivir a sus penurias. Sonríes y aplaudes el ingenio y el buen humor del cubano pero no puedes dejar de pensar que para Fidel como que no fueron suficientes los 50 años que lleva en el poder para darles a los cubanos el bienestar, la abundancia y la satisfacción que se suponía encarnaba el socialismo.

A lo máximo que ha llegado el régimen cubano es a sembrar en sus ciudadanos un falso sentido de dignidad y orgullo con el que les han lavado el cerebro para que sientan que la pésima calidad de vida que tienen es un honor pues los convierte en un pueblo que “con dignidad ha sobrevivido a la maldad del imperio que se ha afincado contra su país y su máximo líder”.

MIERCOLES

Acabas de bajar la santamaría de tu negocio. Son pasadas la siete de la noche. Aunque te sientes cansado porque el día de trabajo ha sido intenso y largo, estás satisfecho de haber terminado con una buena venta y lo único que quieres es llegar a casa, darte un baño y echarte a ver televisión y a revisar el internet. Vas hacia tu carro con esa idea fija en la cabeza: baño+tv+internet.

Cuando estás a punto de meter la llave en la cerradura observas que vienen dos muchachos de frente. Uno trigueño y el otro con pelo castaño claro matizado con mechitas teñidas. Los dos tienen el pelo super bien peinado con gelatina. No hay un cabello fuera de lugar. Sus franelas son de marca. Uno lleva una Polo original y el otro una chemise Lacoste. Los jeans de ambos son Levi´s y por la calidad del corte y de la tela, adviertes que son originales también y no copias compradas en Las Playitas y, sus zapatos deportivos son Adidas y Nike, evidentemente, originales también.

Los tienes ya tan cerca que puedes oler sus perfumes: Jean Paul Gaultier y 212 de Carolina Herrera. Al mirarlos a la cara descubres que tendrán máximo unos 20 años cada uno. La pareja es, ni más ni menos, la viva imagen de cualquiera de los hijos de tus amigos que vienen conversando entre ellos sin prestar mucha atención a lo que sucede.

Cuando están ya a tu lado y tu a punto de subir al carro, sin que te des cuenta de dónde, saca cada uno una Glock .50, las apuntan a tus costados y te dicen:

-Tranquilo papá. No te va a pasar nada que no quieras que te pase. Dame el bolso, el teléfono y las llaves del carro y piérdete.

Obedeces sin rechistar. Los tipos se suben a tu carro y entre carcajadas uno le dice al otro:

-Marico, ya con esto me voy pa´la casa. No trabajo más por hoy. Estoy remamao.

Oyes que tu carro arranca, volteas y ves cómo allí va tu Blackberry de 4 mil bolívares, el efectivo de la venta del día que llegaba a unos 3 mil bolívares y ese carro al que, justamente, el mes pasado se le había vencido el seguro y que, por falta de dinero, no habías podido renovar.

“Estos dos en diez minutos se llevaron el equivalente a un año o dos de mi trabajo”. Piensas esto y suspiras pensando que, evidentemente, esos muchachos eran unos niños cuando Chávez llegó al poder ofreciendo la utopía del “hombre nuevo” del socialismo. Esos chamos crecieron escuchando que robar por hambre no es delito y ahora actúan tranquilos, amparados en la impunidad que campea en el país.

JUEVES

Sin haber podido conciliar el sueño en toda la noche pues, al cerrar los ojos veías la cara de los atracadores y los cañones de las pistolas en tus costillas, vences el temor y te levantas de la cama para bañarte y tratar de recuperar la “normalidad” de la vida. Esa normalidad que está cundida de miedo y paranoia, de “mosca en la calle que la cosa está pelúa”, de “no te confíes ni de tu sombra”.

Pagas un taxi para ir a tu negocio porque desde que te pasearon durante más de una hora por la ciudad con un revólver en la nuca para robarte en un carrito por puesto, no te has atrevido a montarte en un trasporte público de nuevo. Llegas a tu tienda y acostada en el suelo, frente al muro del local, ves a una pareja.

Atemorizado por la experiencia del día anterior pasas a su lado lo más rápidamente posible. Hombre y mujer duermen a sus anchas, como quien descansa una siesta luego de un opíparo almuerzo. Aunque no quieres, no puedes evitar que los ojos se vayan solos hacía dónde se encuentran. Les miras los pies del color del pavimento, los pelos sucios. Calculas que estarán entre los 20 y 25 años de edad y adviertes que la mujer está embarazada de unos cinco meses.

El hombre se quita la mano que le cubre los ojos para tapar la luz, hace un esfuerzo por enfocar y te dedica una mirada de resentimiento y fastidio. Entras a tu negocio, te aseguras de que la puerta quede bien cerrada para que los callejeros no puedan entrar si se les antojas, recuerdas la panza de la mujer y piensas: “Sin duda, allí lleva la semilla del hombre nuevo”.

VIERNES

Te levantas como todos los días. Venciendo el miedo que desde hace algunos años te invade y que hace que te provoque quedarte en la cama -único lugar donde te siente seguro-, en lugar de ir a trabajar, te bañas y enciendes el televisor para ver un poco las noticias antes de irte al trabajo.

Una música orquestal hace que, con los pantalones a mitad de piernas, interrumpas el proceso de vestirte para mirar al monitor del televisor. Cómo un idiota, con las manos sosteniendo tus pantalones sin decidirte a terminar de subirlos, no puedes creer lo que ves en la pantalla y, menos aún, lo que oyes.

Un hombre de contextura gruesa cuenta la “historia de su vida” en un minuto y no puedes dar crédito a lo que escuchas. De la manera más palurda y sin el más mínimo rubor en la pantalla se manipula la historia para hacer ver que Chávez es la “reencarnación” de Bolívar y apelando a los sentimientos religiosos ponen al mandatario como una especie de dios a los ojos del protagonista.

Te sientes indignado. No puedes creer que desde el gobierno se pretenda estimular el parasitismo de la población para que dependan del régimen si quieren conseguir lo más básico de su subsistencia. Piensas que así actúan los regímenes dictatoriales que quieren tener absoluto control de sus ciudadanos.

Le dan a entender a la gente que su líder es una especie de santo que le dará todo a lo que han aspirado en lugar de hacerlos ver que, para obtener lo que uno necesita y vivir de manera digna, solo hace falta trabajar y un gobierno que de oportunidades de empleos.

La propaganda no es más que una oda a la dependencia del gobierno. Por ningún lado se dice que el protagonista trabaja para conseguir lo que necesita. La vida digna no se la da el trabajo honesto, al contrario, el hombre nunca se “imaginaba, ni trabajando toda la vida, vivir acá”. Su vivienda no es producto de su esfuerzo, lo que tiene cae como un maná de las manos del super héroe, casi santo milagroso, que lo gobierna.

Con cierta sensación de asco ante la manipulación que acabas de ver, te vistes, te vas a tu negocio a sabiendas que trabajando duro y honestamente será casi que imposible conseguir obtener una vivienda propia e, incluso llegar a comprar un nuevo carro luego de que te robaran el anterior.

Piensas “ese que está en la pantalla es el “hombre nuevo” del socialismo. A eso nos quiere reducir el régimen. Quiere convertirnos en seres dependientes, en personas incapaces de procurarse, por sus propios medios, una vida digna. Nos quiere sumisos a un semi-dios, que nuestra vida dependa de ese ser divino cuya imagen debemos tener en nuestras casas, prenderle velas y venerarla para obtener sus favores”.

SABADO

Después de almorzar, decides pasar la sobremesa revisando un poco las redes sociales. Revisas las notificaciones de Facebook, echas una ojeada al Google+ y cuando entras al Twitter, salta entre los primeros tuits, uno que dice:

Pedro Carreño en la F1 como todo un “Rich and Famous” (foto exclusiva) http://shar.es/sx5Up via @la_patilla

Al leer el nombre del diputado chavista, no puedes evitar sonreír recordando aquel incidente en el que una periodista le preguntaba cómo podía hablar contra en consumismo mientras vestía una corbata Louis Vouitton y unos zapatos Gucci. Recuerdas como el hombre tartamudeó y no encontraba la forma de salir del mal rato y te mueres de la risa al acordarte de su teoría de que el imperio yanqui nos espiaba a través de los decodificadores de DirecTV.

Picado por la curiosidad, entras al link y te consigues una foto del diputado de marras, presidente de la Comisión de Contraloría de la Asamblea Nacional, en el pitbox de la escudería Williams. Un lugar al que, según dicen los entendidos, solo se accede con un pase que cuesta unos 10 mil euros. Mucho más que los pobres 3 mil dólares como máximo que el régimen te otorga a través de Cadivi para viajes de un mes al exterior.

Miras la gráfica del hombre con su cara llena de huecos junto a una hermosa dama. Ambos con su uniforme celeste y las credenciales colgadas del cuello, vuelves a recordar la corbata y los zapatos y no puedes dejar de preguntarte: “¿Será este el “hombre nuevo” que nos promete el socialismo?”.

DOMINGO

El día del descanso del Señor tu, que no eres muy católico, apostólico y romano, te lo tomas muy a pecho. El domingo aprovechas para dormir y permanecer en la cama hasta que el cuerpo aguante.

Te despiertas y te desperezas. Agarras el control remoto del televisor, lo enciendes y mientras aparece el audio y la imagen en la pantalla, te acurrucas y abrazas las almohadas para, medio dormido aún, ver qué ponen en la tele.

Cuando el aparato termina de ajustarse, ves en pantalla a Chávez rodeado de ministros y militares del alto mando en los actos conmemorativos del 191 aniversario de la Batalla de Carabobo y el Día Nacional del Ejército y escuchas que dice:

-“El chavismo es el patriotismo. Ser chavista es ser patriota, los que quieren patria están con Chávez”.

No sabes qué te indigna más, si lo que escuchas o lo que ves. Por un lado, el presidente está prácticamente diciendo que si no eres chavista, no eres venezolano. Entonces, sientes que los ácidos estomacales te suben a la garganta.

Pero, por el otro lado, ver cómo los militares al escuchar las palabras de Chávez pegan un brinco y comienzan a aplaudir frenéticamente, te llena de furia.

“¿A donde tendré yo que ir a reclamar una nacionalidad, entonces?” Piensas. Miras de nuevo al monitor de la Tv y no puedes evitar comparar a esos militares que aplauden con el hombre sumiso y dependiente de la propaganda del viernes y al ver los trajes de militares y civiles que rodean al mandatario los comparas con el diputado de las corbatas Louis Vouitton y los zapatos Gucci. Apagas el televisor y piensas:

“Parece que el socialismo del siglo XXI logrará su cometido de llenar a Venezuela de esa plaga a la que llaman “hombres nuevos”.

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Eduardo Sánchez Rugeles, te tengo pilla´o

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Que nadie se llame a engaño. Lo que voy a escribir a continuación está escrito desde la envidia. Así. Sin matices. Nade de “es envidia sana” o “envidia de la buena”. No. Es envidia vulgar, simple, común, llana y corriente el único sentimiento que me mueve a escribir acerca de la novela Liubliana (Ediciones B, 2012) de Eduardo Sánchez Rugeles.
Y es que ¡cómo no envidiar a ese muchacho que apenas pasa los 30 años, aunque al verlo pareciera que acaba de cumplir los 20. Con esa pinta de niño bueno, pinta de nerd, a decir verdad, que es capaz de escribir de la manera como lo hace y que, además, puede vivir de eso! Sin contar con que es objeto de la profunda admiración de Laura. Todo eso es suficiente para despertar la envidia hasta de un santo.

Laura. Laura. Creo que debería estar prohibido que alguien despierte en Laura tanta admiración como la que despierta Eduardo en ella. Me atrevería a pedirle a Chávez que con el poder que le otorga la Ley Habilitante, que se supone que es para legislar por la emergencia de las lluvias pero que a él le vale hasta para prohibir que exista el cáncer, que impida, por decreto ley, que existan muchachitos como el Sánchez Rugeles, talentosos, buen mozos, que a pesar de vivir en Europa, hasta huelen bien y cuya simpatía traspasa la redes sociales y los monitores de computadoras para seducir incautas como Laura, que babea por él.

A los textos de Eduardo había llegado por diferentes vías. Algunas veces alguien guindaba en su muro de Facebook algún artículo del escritor o algún tuitero posteaba un link a su blog y, al abrirlo, indiferentemente, siempre, me sorprendía un buen texto. Alguna crónica o ensayo en los que nos dibujaban descarnadamente como venezolanos y como personas.
De manera que conocía algunas de sus crónicas, me identificaba con ellas y con ese desparpajo particular que tiene el escritor para contar(nos) que a ratos llega a ser como una cachetada, por no ser grosero y decir que un coñazo, que es lo que en verdad es.

Un coñazo. Eso es lo que he debido meterle a ese carajito. Sé que la envidia es mala consejera pero yo advertí al inicio de este escrito que lo escribía desde ese sentimiento mezquino, cizañero y censurado por todos.

Mientras esperaba que a la librería llegara Liubliana, decidí comprar Los desterrados (Ediciones B, 2011). Esa misma noche comencé a leer las crónicas de Lautaro Sanz. Fue entonces -a leer el primer relato del libro y descubrir que lo había leído hacía tiempo en la web-, que pude relacionar a Lautaro con Eduardo y a estos dos con el muchacho flaco, de voz pequeña, que presentara su novela ganadora en la Biblioteca Pública del Zulia ante un vergonzosamente escuálido público. Aunque al escritor, según me comentó al día siguiente, no le sorprendió.
-Es así en todos lados. –Me contestó cuando le comenté que me había sentido avergonzado por la poca asistencia de público la noche anterior.

No joda. ¡Menos gente ha debido ir esa noche! Si ya se me hacía insoportable abrir el facebook y conseguir siempre en el muro de Laura un link que dirigía a algún texto de Eduardo o encontrar algún post del carajito en la web y, al revisar los comentarios al pie, ver aparecer entre los primeros, uno escrito por Laura con esa devoción que le profesa, ahora, después de conocerlo, de verlo a los ojos…

Con Sánchez Rugeles me sucedió como pasa mucho con las vainas de internet. A uno le llega tanta información, de tantas partes que, por momentos, se pierde la capacidad de relacionar una cosa con otra, hasta que llega algún evento que te da la luz.
Sus crónicas del destierro me cautivaron una vez más. La manera particular que tiene el autor de jugar a dos bandas entre la superficialidad de la televisión y la profundidad de la literatura, su modo singular de acercarse a lo mass mediático y vincularlo con lo más eximio de la literatura y el arte. Esa mezcla entre banal y sublime de sus crónicas, en todo momento con la palabra precisa y el tono perfecto, siempre termina asombrándome.
Al leer en una misma edición las crónicas de Lautaro, esos textos que ya con anterioridad me habían seducido, unos más que otros, de manera dispersa en internet, cobraron una nueva dimensión, tomaron una nueva connotación y dibujaron un mundo particular. Pude intuir ese microcosmos que se me descubriría con más destreza en el manejo de la palabra y de la anécdota, en Liubliana

Eduardo Sánchez Rugeles durante la presentación de Liubliana en MaracaiboLiubliana.

Lo que más me asombra es cómo pude contenerme. Cómo me aguante tanto tiempo en el restaurant árabe sin darle aunque fuera una patada por debajo de la mesa que pareciera no intencionada. Ahora, que acabo de cerrar su libro y con el ejemplar sobre mis piernas escribo este relato, arrepentido de no haberme dejado llevar por mi instinto, me atrevo a formular una teoría acerca del nacimiento Liubliana y sobre su autor.

Liubliana es una obra que cabalga entre la novela negra y el teleculebrón latinoamericano. Se mueve entre el musical cinematográfico, con imágenes tan de pantalla grande como la escena de la serenata de Vivancos, cuyo final oscila entre la derrota del cine mexicano y la sensación triunfalista de la “Sociedad de los poetas muertos”. Es un libro con aires de telenovela brasileña de los 80 con cierto matiz cabrujiano en “La señora de Cárdenas”. Juega con maestría con el suspenso literario y las películas de detectives. La narración es absolutamente cinematográfica.

No puedo creer que en el cuerpo de adolescente pajizo con carita de nerd y manos temblorosas que tiene ese sujeto con quien fui a almorzar al Gran Rauchí en compañía de mi querida Laura, que en la mente de ese muchachito aparentemente tan formalito, tan clase media caraqueña, tan “Buenas tardes, ¿cómo está usted?”, tan “yo no rompo un plato”, se pueda esconder tanta vida y pasión, que pueda albergarse tanto mundo y tanta historia como la descrita en Liubliana.

Cada página de la obra sorprende por la pericia de Eduardo para manejar varias historias, diversos personajes y múltiples tiempos sin perder el sentido de la trama y manteniendo en todo momento el interés del lector sin que uno pueda sentir que, en algún momento, la historia cae o afloja la tensión.
Me pasó que, por momentos, cuando ya había avanzado más de un tercio de la novela, observaba la cantidad de páginas que me faltaban para acabarla y me preguntaba cómo se las ingeniaría el autor para continuar una historia que parecía haber dado ya todo de sí. Pues se las ingenia, y ¡de qué manera!
Liubliana es una historia de perdedores, de derrotados. Sus personajes, magistralmente trabajados y dibujados por Eduardo se mueven entre sus fracasos, sus temores, sus miedos, desesperanzas, miserias y las más bajas pasiones. Incluso a aquellos que pudieran mostrar un poco de elevación intelectual y espiritual, y que manifiestan un poco de altruismo, al final, los encuentra un cruel destino. Eduardo no parece hacer concesiones.

Contemplo la carátula con el puente de los dragones sobre mis piernas, y recuerdo esa comida a la orilla del Puente sobre el Lago: Yo, tratando de parecer un poco inteligente para llamar la atención del joven escritor que estaba conociendo en ese momento y, sobre todo, para no parecer un estúpido a los ojos de mi estimada Laura. Sentía que no se me ocurría nada ingenioso qué decir y que en ese instante no era más que una excusa entre esos dos seres que se admiran mutuamente por la relación ‘facebuquiana’ de larga data que mantienen. Se me exacerba la envidia de sólo recordarlo, pero, por fin, logro ver la luz.

Carla, en la novela, para poder superar su historia tiene que anularse, borrar, negar, ocultar su pasado. Si quiere sobrevivir y tener una vida, si no feliz, por lo menos tranquila, alejada de sus fantasmas, tiene que desaparecer todo rastro de vida anterior. Y Gabriel, luego de pasar una vida sin tomar decisiones o equivocándose al hacerlo, descubre que el llanto solo puede brotar de sus ojos para dar entrada a la muerte. Ironía de la vida humana, mientras la mayoría de las personas lloran al momento de nacer, para entrar a la vida; Gabriel sólo puede hacerlo para salir de ella.
Los personajes de Liubliana son seres mutilados, castrados emocionalmente, que pasan su vida entera sin que lleguen realmente a conocerse unos a otros. Incapaces de manifestar sus sentimientos, solo logran interrelacionarse a través de juegos, monitores y pantallas e internet. Los sentimientos siempre quedan atrapados entre el nudo en la garganta y el chiste cruel.
Son personajes desarraigados que se desenvuelven en una ciudad -yo diría en un país- que acentúa ese desarraigo. Un lugar que no deja espacio para el recuerdo de vivencias pasadas. Entonces, Liubliana es un grito que denuncia un país en el que no hay cabida para la historia personal y el sentido de pertenencia. Un lugar donde, en apenas dos años, deja de existir ese parque en el que te diste el primer beso, la escuela en la que te enamoraste de la maestra de tercer grado, el bar de tu primera borrachera. De un día para otro no queda evidencia física de tu historia de vida.

Ahora está todo clarito. ¡Estos eventos de la novela tienen la clave! Los libros firmados por el admiradísimo por Laura; Sánchez Rugeles, no son escritos por él. Son obra de alguno de los grandes escritores del boom latinoamericano desaparecido. Un Cortázar, tal vez, que cuando creyó que se le habían agotado sus historias y no tenía nada que ofrecer, decidió fingir su muerte y retirarse pero a quien, los acontecimientos tan surrealistas que suceden en esta nueva vida en Venezuela, en estos tiempos de socialismo del siglo XXI y de falsa revolución, le movieron los cimientos y no pudo contenerse, tuvo que sentarse a escribir la historia.

Liubliana, que podría pecar de localista al tocar temas tan venezolanos como la política nacional, la tragedia de Vargas, o la vida caraqueña en Santa Mónica, de la mano de Sánchez Rugeles logra convertirse en una historia universal. Lo que en un principio es una oscura trama de amor, con atrevidas, descarnadas y grotescas descripciones de las relaciones sexuales de los protagonistas, logra superar los localismos y se convierte en un reflejo de las sociedades de cualquier país del mundo.

Ese chamo que me ignoró durante todo el almuerzo, al punto que le arrebaté de su plato la comida sin que se diera cuenta porque sus ojos vidriosos, como de sátiro, alternaban su visión entre la hermosa dama que nos acompañaba, mi Laura, y el inmenso paisaje de cielo azul y lago oscuro, no es el creador de esos mundos literarios. Este carajito es un perverso impostor. Ahora entiendo por qué Laura me llevó al almuerzo. Ella intuye algo y me usó como muro de contención para evitar que el pisapasito la atacara como lo hacen los personajes de las obras que firma.

Todo en Liubliana está matizado con una exquisita ironía, una intensa intriga y una profunda crítica al supuesto altruismo de algunas personas integrantes de organizaciones de “ayuda” humanitaria y que pueden terminar siendo fachada para tapar delitos como el tráfico de personas o la pedofilia, la trata de blancas o adopciones ilegales. Eso sin dejar de lado la crítica irónica que hace la novela a la llamada “literatura de la nueva era”. Con el desparpajo habitual de Eduardo, defenestra las publicaciones de libros de autoayuda y crecimiento personal de algunos autores que parecieran escribir sólo para que la gente tenga de donde sacar sus citas “hermosas” para el estado de Facebook, o para sus 140 caracteres de Twitter y que terminan siendo sólo un vulgar negocio que engorda los bolsillos de algunos vivos a costillas de los pendejos que se creen el cuento.

No pude luchar contra esa admiración mutua que sienten Laura y el impostor y contra la fascinación por la inmensidad del lago y el puente a nuestro lado. Reconcomiado porque esa tarde sólo existí para que me pidieran que les hiciera una foto a los amigos con el puente y el lago al fondo, llego a la conclusión, estoy casi convencido, que Liubliana, como la mayoría de los textos de Sánchez Rugeles, no son escritos por el mocoso con lentes que tenía a mi lado.

Eduardo juega con los tiempos, los personajes y las historias de la novela como quien toma una plastilina en sus manos y la modela a su antojo y conveniencia. La estira, la secciona, hace figuras y piruetas, las amalgama para volverlas a separar después, en una historia cíclica, cargada de intriga, suspenso y humor negro que tendrá su desenlace fatal en un extraño y remoto lugar, lejos de la tierra maldita donde nacieron sus personajes. Un sitio donde parece esperar la felicidad: Liubliana.
La excelente música de Alvaro Paiva Bimbo, cuyo CD acompaña la edición venezolana de la novela y creada como soundtrack para Liubliana, la escucho una vez más mientras escribo estas líneas. Siento que hay algunos momentos de la novela en los que de verdad acompañaría a la perfección. Es la música ideal para partes de la narración, aunque me pasó como con los personajes de los comics impresos cuando les ponen voz, al leer el libro, le fui poniendo la música, los sonidos y, por eso, al instrumental de Paiva tengo que, invariablemente, intercalarle la banda sonora que ya me había formado en mi mente cargada de boleros, rancheras, tangos y composiciones de Sabina. El CD me acompañaría en los momentos más melodramáticos de la historia o en su mayor suspenso.

Eduardo Sánchez Rugeles, te tengo pilla´o. La verdad se me ha mostrado como claras notas musicales, como una canción de Sabina o de Yordano. Tú no eres más que una mampara, un impostor, una firma en la portada de un libro. Detrás de ti hay un talento oculto, hay un maestro de las letras que no se atreve a dar la cara para enfrentar y justificar su desaparición. Algún día esa historia se sabrá. Tendrás que devolver tus premios y laureles. Caerá la deshonra sobre ti. Disfruta tu cuarto de hora, Eduardo, porque esta sentencia es como la maldición que le hiciera Carla a Gabriel en el aeropuerto al momento de despedirse, moviendo su mano derecha, como en Charmed. Yo esperaré tranquilamente tu debacle, entonces, el cariño de Laura, mi querida guajira, será solo para mí y ya no te admirará.

Por La Habana de la mano de @Melavaud sin tacones

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Aproximarme a “La Habana sin tacones” (Editorial Libros Marcados. 2011) de María Elena Lavaud, no ha sido fácil. Es un encuentro que he pospuesto adrede, a sabiendas de que era una obra que me haría cierto daño, que removería sentimientos que no quería remover y me traería a la mente historias que trato de mantener bajo el mantel, a menos que me sienta tan equilibrado emocionalmente, que esté seguro no me harán sucumbir en una larga y tormentosa depresión.

Mis primeros escarceos con el libro empezaron por el Twitter, cuando la periodista hacía RTs (retuiteos) de los comentarios y piropos que le daban los usuarios de la red social y que acaban de comprar, leer o buscar el libro.

Si algo tengo que reconocer, es que la cuenta de @Melavaud no es precisamente de las más entretenidas en la red del microblogging. Su timeline pocas veces va más allá de esos retuiteos de los piropos que le lanzan tanto al libro como a sus programas domingueros. Por esto he estado a punto de dejarla de seguir, pero luego la veo en pantalla y me parece una tipa tan inteligente y sensible que no soy capaz de darle al botón de unfollow. Además, fue una de las primeras personas del “famoseo” que me devolvió el follow y eso se agradece.

Entonces me digo, “Bueno, en verdad, esa es una forma de acusar recibo de los comentarios que le dirigen. Es algo que todos terminamos haciendo en Twitter, aunque para algunos resulte pedante y echón”.

Todo esto lo digo aquí escudado tras un monitor y un teclado de computador pues estoy seguro que si la tuviera en frente, la llamase para hacerle mi observación, me mirase con esos ojos intensos y me dijera con voz alta e impostada “¡A la orden!” como le dijo a la funcionaria de turismo de Cuba en el aeropuerto, se me “caerían las panteleticas” y le diría: “Usa tu Twitter como te dé la gana, cariño, que igual nos enamoras”. Y tacharía todo lo anterior.

¡Uf, ya me fui del tema!

Total, un día que vi que la Lavaud estaba fajada con los retuits, decidí ponerla a prueba y ver si interactuaba un poco más. Le dirigí un tuit preguntándole si el título del libro tenía algo que ver con el absolutista general gobernador de Cuba en el Siglo XIX, Miguel Tacón. Me respondió que no, que era un título literal; no metafórico, y que no había pensado en eso cuando lo escogió. Unos dos tuits después, me despachó con un amable y cortés “Luego hablamos”.

Días después, en una entrevista radial escuché que ella comentaba la anécdota tuitera con Pedro Penzini, y explicaba que, aunque el título del libro no había sido puesto con esa intención pues, resultó ser una especie de metáfora. Por supuesto, ella no recordaba quién era el tuitero.

Cuando fui a Mérida en Semana Santa, encontré el libro en casa de mi familia. Ya mis hermanas lo habían leído y me habían comentado que se habían enganchado con la historia. Tomé la obra, la metí en la maleta y me dispuse a traerla a casa para un día “entromparla”.

Pasaron dos meses con el libro en la mesa. Lo veía y me tentaba pero no me atrevía a agarrarlo. Pasaba a su lado, miraba la foto de la portada con María Elena en ella, leía la solapa, pero no me decidía a sentarme de una buena vez a leerlo. Escribía, leía otras cosas, editaba fotos, cualquier cosa con tal de no irme a pasear por La Habana con María Elena sin sus tacones.

Cuba es un tema que me pega hondo. Fidel y la isla fueron unos paradigmas de adolescencia aderezados con Silvio Rodríguez y su Rabo de Nube, Pablo Milanés y su Yolanda, Soledad Bravo y la Canción del Elegido. Una época de sueños y de deseos de justicia, libertad e igualdad que se derrumbaron de un solo golpe cuando visité La Habana en 1990 para un Festival de Cine en el que vi solamente dos películas y se esfumó todo un sistema de creencias, aspiraciones e ideas.

Sabía que el libro de la Lavaud removería todo eso y por ese motivo lo posponía. Hasta un día que me sentí centrado y equilibrado y lo empecé a leer.

Las primeras páginas me resultaron un poco tediosas. La lectura se me hacía lenta. El prefacio lo encontraba un poco fuera de lugar. Cuando llegué a las líneas en las que dice:

“Me aferro a esa tesis de la psicología que augura que después del miedo contenido, irrumpe la acción. Eso me agobia menos que pensar que lo que vi pueda durar 10, 20 ó 30 años más. O peor aún, que pueda trasladarse definitivamente y sin remedio hasta nuestra propia tierra.”

Pensé “Ay, María Elena, eso mismo creí yo hace 20 años cuando recorrí las calles de La Habana. Sentí que el susurro que rugía sotto voce por las calles de Cuba terminaría en poco tiempo en un alarido incontenible. Y ya ves, han pasado 20 años más, de esos 50 que tiene la revolución sometiendo a los cubanos. Y, peor aún, hace 10, mis amigos me decían que eso no podría instaurarse en Venezuela. Que nosotros no éramos como los cubanos y, ya ves mi periodista, el socialismo del Siglo XXI en cualquier momento baila el vals de los 15 años”.

Terminé el prefacio, recorrí con cierto temor las primeras líneas de “El arca de Noé” porque sentía que no continuaría la lectura, pero, ya a las pocas páginas leídas del capítulo, sentí que la historia me atrapaba.

La Habana sin tacones está escrito del tal manera que su ritmo va in crescendo. Su soundtrack pareciera ser El Bolero de Ravell y su ritmo se acelera en la medida que la historia avanza y se van sumando instrumentos a la acción. No es un tratado sobre el socialismo cubano. Es un libro de crónicas de viaje, escritas a partir de las notas tomadas por la periodista durante sus días de turista en Cuba y de sus interrelaciones con la gente que tropezaba a su paso. Es La Habana que se le mostró espontánea y azarosamente a MEL sin que ella la buscara. Si alguien piensa que va a encontrar un trabajo de investigación, un reportaje a profundidad, sobre Cuba y su sistema político, se equivocó de libro. Este está lleno de los sentimientos de la autora, de sus sustos y temores, incluso de sus prejuicios. Crónicas escritas con sensibilidad y ritmo.

El estilo llano y sencillo al escribir hizo que,  sin darme apenas cuenta, me encontrara en el avión con la periodista. Me sentí vigilado por el hombre de la camisa azul a cuadros. No sé en qué momento justo de la lectura se operó una especie de click que me hizo estar en el aeropuerto de La Habana y los ojos se me aguaron cuando, perdido en medio de la “U” descrita por MEL, ese hombre dijo: “¿Qué haces ahí parada?” Y entendimos que él era un cubano que regresaba a su país y se debía someter a las humillaciones y vejaciones a las que el régimen socialista somete a sus nativos, quienes no parecen alcanzar nunca el nivel de ciudadanos.

A partir de allí ya no quería soltar el libro. Llegaba gente a mi tienda de mascotas y los atendía apurado, con ganas de que terminaran de pedir y pagar de una buena vez para continuar mi viaje. Por momentos, no sabía si era el viaje de la Lavaud o el mío, 20 años atrás.

Este recorrido de la mano de María Elena me sirvió para comprobar que pocas cosas cambiaron en La Habana en estos 20 años y la mayoría para peor. Como la discriminación que el sistema hace de los cubanos quienes parecen estar clasificados en ciudadanos de “Primerísima” categoría, los Castros y sus más cercanos colaboradores, de segunda categoría, quienes tienen acceso a los pesos CUC porque en sus hombros recae la imagen que la revolución debe dar a los turistas que visitan la isla sin mirar más allá de sus narices como bien los describe la canción “Tropicollage” de Carlos Varela. En este grupo se encuentran los cubanos que pueden sacar provecho de su contacto con el turista y terminar con unos dólares de propina en el bolsillo o unas moñeritas para el pelo.

Siguen los habitantes que están en un escalafón más bajo, que trabajan para ganar en pesos cubanos que no les sirven para acceder a los productos que venden en las tiendas de turistas, a las que ahora tienen permiso del régimen para entrar y donde pueden comprar, siempre y cuando tengan los benditos CUC. Este grupo tiene que rebuscarse los dólares como puedan si quieren disfrutar de una pasta de jabón de baño. Y, finalmente, los jineteros y jineteras que también cumplen una labor dentro de la revolución al hacer que los turistas dejen divisas en la isla gracias a la prostitución y venta de drogas.

Efectivamente, los cambios parecen ser sutiles y absolutamente controlados por quienes detentan el poder para aferrarse a él mientras a la población le dan migajas no sólo de alimentos sino también de libertad.

Cuando yo estuve, los cubanos no podían pisar los hoteles ni las tiendas de Intur, que así se llamaban y donde se podía encontrar todo lo que los cubanos ni siquiera eran capaces de imaginar que existía. Si algún cubano se atrevía a quebrantar la prohibición, le podía acarrear serias sanciones. Incluso, cárcel.

Ahora pueden hacerlo siempre y cuando estén dispuestos a dejar su salario de un mes en un desayuno. Leve cambio, casi imperceptible, un mero maquillaje legal, pues dejó de ser delito lo que hacían con regularidad y temor. Las tiendas pasaron de llamarse Intur a Palco. Cuando yo fui, el nativo tenía pesos cubanos pero no tenía qué comprar con ellos, y para conseguir una pasta dental debían comprarla por interpuestas personas con dólares obtenidos por la izquierda. Ahora tienen permiso de entrar a las tiendas con mercancías importadas pero sus pesos no valen ni para un café. Han sido cambios tan sutiles como el cambio de presidente de un Castro a otro Castro. Cambios para que nada cambie.

La historia con la vendedora de la tienda del hotel quien, al enterarse de donde venía María Elena, cambió radicalmente su quejido contra el sistema en alabanza a la revolución, me hizo lamentar que ahora los cubanos, no solo tienen que cuidarse de los miembros del partido y de los comités de defensa de la revolución, deben medir muy bien sus palabras si a quien se dirigen es a un venezolano pues, lamentablemente, puede resultar ser un “sapo” que haga que termine con sus huesos en la cárcel.

El principal cambio que encontré en las crónicas de MEL, fue en la noche pasada en El Tropicana. ¡Cosa más grande! El cabaret consiguió que le invirtieran en vestuario y escenografía al parecer pues, cuando fui, era un espectáculo que al mirar un poco más allá de las bambalinas y luces, reflejaba la decadencia de La Habana toda, con bailarinas ataviadas con medias de malla rotas y trajes de telas baratas y mal confeccionados. Algo que al parecer la revolución se encargó de remediar pues, El Tropicana, es una de esa postales mentales que el turista se lleva y debe corresponderse con el engaño que la revolución se empeña en vender fuera de sus fronteras.

Mientras leía, disfrutaba y sufría con la Lavaud su estadía por la Habana, lamenté que el libro estuviera impreso en ese papel barato, como de periódico, que hace que las fotos queden como un manchón terrible y poco distinguible. Recordé que con mis fotos no tuve suerte. Tomé muchísimas, muchas más de las que el rollo me permitía (rodó esa cédula) hasta darme cuenta que el carrete estaba mal puesto y que no se salvaría ni una de las imágenes tomadas. ¡Me habría gustado tanto poder disfrutar a plenitud de las mostradas en La Habana sin tacones!

Un detalle más que me hizo recordar que Cuba y Venezuela son una misma cosa pues el montón de libros que traje de la isla en mi viaje, estaba impreso en ese tipo de papel que era a lo máximo que podía aspirar la editorial cubana. Muchos libros que fue lo único que pude comprar en Cuba con pesos cubanos pues, todo lo demás se pagaba en “divisa”. Obras impresas sin ningún control de calidad y que al leerlas uno descubría que le faltaban hojas, que la impresión se había empastelado y unas páginas que debían estar en un sitio de acuerdo al orden consecutivo, aparecían mucho después. En fin, obras por las que los trabajadores recibían un pago del Estado sin importar el resultado final. Imagino que las editoriales venezolanas ya están llegando o se aproximan a alta velocidad a ese “mar de la felicidad”, porque la mayoría de los libros que he visto últimamente están elaborados en ese mismo papel opaco, poroso y feo que enchumba la tinta y hace que las imágenes sean un manchón apenas distinguible.

Con MEL recorrí La Habana que conocí, visité Finca Vigía de nuevo, pateé la hermosa Habana vieja con su catedral y disfruté una vez más del malecón habanero donde iban a terminar la mayoría de mis noches en la isla. Pero también descubrí nuevas zonas a las que no fui como el Callejón de Hamel y todo ese paseo de turismo alternativo que le ofreció Wladimir por el monumento a José Miguel Gómez, la Casa del Ché, el monumento a Lennon, pasaje que me hizo recordar que los amigos del Mella, 20 años atrás, estaban fascinados descubriendo a los Beatles cuando en Venezuela era música, si no de viejos, de adultos bastante contemporáneos, pero que para los cubanos era prohibida.

Con las crónicas de La Lavaud volví a ver las largas colas de cubanos en Copelia para comprar un helado mientras observan resignados cómo las divisas de los turistas hacen que esas filas se desvanezcan. Creo que por eso me vine de la isla sin probar los famosos helados, no quería que un dólar mío contribuyera con la discriminación y el abuso del régimen.

Al final, se me aguaron una vez más los ojos al ver el ataque de llanto que le sobrevino a la periodista al llegar a su casa. Recordé que a mi me sucedió a los 3 o 4 días de estar en la isla, cuando pasé las dos horas y pico, casi tres, que duraban el documental “El Fanguito” y la película “Hello Hemingway” en un incontrolable llanto.

Lloraba, moqueaba y sollozaba como un niño en la oscura sala de cine en una acción catártica y liberadora de esos primeros días y noches en La Habana, con pocas horas de sueño a cuestas y muchas de pesadilla vividas a diario.

Llegué a los últimos capítulos del libro con el corazón arrugado de tristeza y nostalgia y el alma dolorida de una historia que no por conocida, duele menos.

María Elena Lavaud puede que no sea una de las mejores tuiteras de mi timeline pero, sin duda, es una periodista sensible, con una pluma encantadora, excelente manejo del supense. Con su prosa sencilla y sin rebuscamientos, logra cautivar y hacer de la lectura de sus crónicas una vívida experiencia. Al final ni siquiera extrañé esas malas y peor impresas fotos que tiene el libro porque la descripción y narración de MEL me sembró la retina de espectaculares imágenes que todavía persisten en mi mente.

Al cerrar el libro no pude evitar pensar: ¿Quejeso, María Elena? ¿Me vas a decir que estuviste todos esos día en Cuba, soltera, sola, pavoneando tu belleza y savoir faire por La Habana, y te viniste sin tener siquiera una propuesta de boda, una insinuación de matrimonio? ¡Vamos, periodista, echa tu cuento como es!

 
Memorias de un viaje a Cuba http://golcarr.wordpress.com/2013/11/08/memorias-de-un-viaje-a-cuba/

¿Saben una vaina? Yo también #Meiríademasiado

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Cuando el sábado subí al facebook, con el comentario que copiaré aquí más adelante, un artículo de Milagros Socorro con su “opinión personal” sobre el video “Caracas ciudad de despedidas”, pensé que con eso daría por despachado el tema y no se me había ocurrido escribir sobre el asunto en mi blog pues han sido muchos los artículos de opinión en prensa y web que han surgido al respecto y, para mí, el tema estaba como agotado al encontrar tanta abundancia de escritos, saturado con textos y comentarios en las redes sociales. Algunos artículos mejores que otros, unos de escritores y periodistas reconocidos como la propia Milagros o como Rafael Osío Cabrices -quien también le dedicó al video un post en su blog que, al momento de yo escribir estas líneas, ya lleva al pie 157 comentarios de sus lectores- y otros de personas menos populares, pero todos girando en torno al video de las despedidas.

Escribí en mi muro, para presentar el artículo de la Socorro: “¡Bravo! Debo confesar que cuando tropecé por primera vez con el video, lo paré a los pocos segundos de haber empezado y pensé: “Esta historia me la sé y no me interesa verla”. Luego, con la insistencia en Twitter denigrando de la película, burlándose de los muchachos que la hicieron y de los que dieron su testimonio, me tomé el tiempo de verla y llegué a la conclusión de que en esa pieza audiovisual es mucho más impactante lo que no se ve que lo que nos muestra. Está allí presentada de manera tal vez un poco torpe en la forma de expresarla una angustia que no solo atormenta a los chamos de Caracas, sino a los de todo el país. La angustia de sentirse en un lugar que no les ofrece un futuro y en cuyo presente no se pueden desarrollar a plenitud. Un país del que más que querer irse, sienten que los están expulsando. También pensé al ver que los testimonios los dan “hijos de papá” del este, como los estigmatizan en las redes, en esos “hijos de mamá” del oeste que seguramente también quisieran despedirse de Caracas y del país pero no tienen los medios para hacerlo. No nos gusta vernos cómo realmente somos, creo yo, y el video nos muestra algo que nos escandaliza por lo fatuo de los planteamientos pero eso también somos. En muchos casos fatuos, fútiles, y algunos quisieran poder sacar de Caracas a gente como la que da su testimonio en el video. Por eso digo que más dice lo que no muestra el video que lo que muestra que, al final, si lo hubieran querido, con edición y locución lo habrían enmendado pero prefirieron mostrarlo tal cual”.

No pensé en volver sobre el asunto hasta hoy, cuando al abrir el Facebook me consigo con que han creado una página que se llama “Me iría demasiado” en clara alusión a una de las frases expresadas en el video por uno de los entrevistados y destinada a mofarse no sólo del video, sino de sus realizadores y de quienes, de manera honesta, ofrecieron sus pareceres y opiniones a los que hacían el audiovisual y, no conforme con esto, al revisar mi muro, encuentro que el periodista de CNN, Carlos Montero, ha publicado en su página:

“¿Vieron el video “Caracas, ciudad de despedidas”? Me gustaría saber que les parece. Mañana lo analizaremos con Fernando Ramos, enviado especial de CNN a Venezuela”.

Y a continuación postea el video con la coletilla que reza:

“aquí el infame “documental” sobre Caracas ciudad de despedidas que tuvo más dislikes que reproducciones LOL”.

Al ver todo esto, no pude evitar preguntarme ¿Qué carajos nos está pasando? ¿En qué nos estamos convirtiendo? ¿Qué país es este?

¿Con qué derecho nos atrevemos a menospreciar, denigrar, maltratar, acosar, destruir a unos muchachos que lo único que hicieron fue expresar una opinión y manifestar una angustia, válida por lo demás, por la vida que se les está ofreciendo en un país donde en cualquier esquina parece haber una bala con nuestro nombre?

¿Qué país es este, donde ya vamos para una semana hablando de un video de poco más de siete minutos que no debería ofender a nadie porque allí solamente se muestra una verdad y una parte de una país, mientras que sale un exmagistrado del Tribunal Supremo de Justicia como Aponte Aponte a enseñarnos la gravedad del sistema judicial por el que nos regimos y la inmundicia del régimen que nos gobierna y con dos días de comentarios y unos cuantos artículos que casi nadie ni comentó, despachamos el asunto como si habláramos de la telenovela de moda?

¿Con qué derecho acosamos a estos muchachos del video por “sifrinos” y “superficiales” en un país donde el libro sobre comportamiento social y etiqueta de Titina Penzini donde al parecer nos enseña algo tan importante como “cómo sostener con una misma mano la copa de vino y el Blackberry para dejar libre la otra y así poder saludar a quienes se nos acerquen” se ha agotado en las librerías y en Twitter muchos darían lo que fuera porque la socialité les dedicara el más mínimo comentario?

¿Cómo Melissa Rausseo desde el sesudísimo programa “Sabado en la noche” se atreve a hablar, con su mandibuleo particular y sus piernitas cruzadas a lo miss, sobre los “sifrinos” del video?

¿Cómo se ha, prácticamente, obligado a los muchachos a retirar su video de Youtube por el acoso al que los sometimos por “superficiales” y “apátridas” porque se quieren ir a buscar un poco de seguridad y calidad de vida en otro país, después de que Venezuela entera contempló casi sin inmutarse cómo Franklin Brito perdía su vida en una huelga de hambre clamando por justicia?

Nos burlamos del “Me iría demasiado” del muchacho y estoy seguro que muchos de los que lo hacen, hace unos 20 años habrían dicho “Me iría burda” o “tomaría sendo avión y me iría”, o hace poco habría dicho “Bueno, yo tipo me iría”. Muchos venimos de aquella “generación boba” de Chirinos y ya sabemos en qué paró el exrector.

Comunicado de los realizadores de CCDD

Lo que diferencia a estos jóvenes es que lo dijeron ante unas cámaras y los realizadores lo pusieron tal como sucedió. Podrían haberlo editado, podrían haberles dado un texto escrito con palabrotas esdrújulas de esas que tanto parecen gustar a la intelectualidad del país, podrían haber presumido de profundidad, pero optaron por mostrarlo tal y como pasó. Y por eso los crucificamos. Los estigmatizamos diciéndoles “hijos de papá y mamá” porque nos acostumbramos a vivir en un país donde la mayoría son hijos solo de mamá y, en muchas familias, varios “hijos de mamá” con diferentes padres, todos ausentes.

Acaso esos muchachos de los barrios de Caracas, mensajeros de oficina que se gastan su sueldo de un mes en un par de zapatos Nike, no deben haber dicho también “Me iría demasiado” cuando los apuntan con un revólver para quitarles sus “pisos”. Tal vez el mandibuleo de estos sea menos pronunciado, a lo mejor un poco más malandreado el tono y, posiblemente, le agregarían al final a la frase: “De esta mielda”. Pero la intención y la angustia es la misma.

Inti Acevedo (@Inti) tuvo hace poco un terrible suceso en su casa, un robo en el que los amordazaron,  y en uno de sus tuits dijo que se iría del país y todos lo entendimos, lo apoyamos, le dimos palabras de consuelo. ¡Ah claro! pero es @Inti, el gurú de internet, el pana de muchos tuiteros. Pero los muchachos del audiovisiual manifiestan el mismo deseo y la misma angustia y los tildamos de “Sifrinos”, “Apátridas”, les decimos que se larguen, los despreciamos.

Imagino que después de todo este acoso esos muchachos además de quererse largar del país deben tener pavor de salir a la calle y que las hordas que los han insultado desde las redes sociales los agredan físicamente.

¿Es que nos hemos vuelto tan obtusos que ni siquiera somos capaces de entender una metáfora. Buena o mala, pero metáfora? Entonces un joven dice “me quiero ir porque quiero poder salir a las 3 de la mañana de una rumba” y lo tomamos al pie de la letra, no tenemos la capacidad de ir un poco más allá de esas palabras y entender que quiere decir que anhela vivir en un país seguro donde pueda salir a cualquier hora sin el terror de ser matado o, en el mejor de los casos, robado. No somos capaces de entender que esa frase encierra un deseo de poder salir con sus zapatos de marca, con su teléfono, con su Ipad, con su salario de motorizado, vendedor, lavacarros, o lo que sea, en la cartera sin el terror a su espalda.

La otra dice que quisiera sacar de Caracas a la gente o irse y llevarse en una cajita lo que le gusta de la ciudad, o algo parecido, y no podemos ver que lo que expresa es un profundo amor por esa ciudad en la que vive y quiere vivir y, como se le ha hecho tan invivible, quisiera poderla hacer a su gusto para disfrutarla sin tener que dejarla. Sin tener que irse porque más que querer irse lo que siente es que el país la está echando.

En fin, que no entiendo en qué nos hemos convertido. Veo lo sucedido con “Caracas ciudad de despedidas” sobre el que incluso opinan muchos que ni siquiera lo han visto, y digo “¡un poquito de por favor!”. No puedo menos que pensar (como muchas veces lo he pensado, por los mismos motivos que esos muchachos) que, de no ser porque no tengo papeles para estar legal en ninguna otra parte del mundo, yo también “me iría demasiado”.

#TwitterBlackOut mi TL sí estuvo apagado por 24 horas

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Reporteros sin fronteras califica de inaceptable los argumentación de twitter para censurar

Reporteros sin fronteras califica de "inaceptable" la argumentación de twitter para censurar

La protesta convocada para el sábado 28 de enero en respuesta al anuncio de que Twitter censurará tweets en algunos países donde estos puedan ser considerados ofensivos o ir en contra de la legislación vigente fue acatada parcialmente.

Si, parcialmente. Inmediatamente, salieron quienes no estaban de acuerdo con la convocatoria a esgrimir sus argumentos en contra. Algunos decían que era

La bloguera cubana, Yoani Sánchez también se sumó al #TwitterBlackOut

preferible tener un twitter censurado que no tenerlo en absoluto. Otros que era absurdo protestar contra la censura, cesurándose. O que los ciudadanos de países con regímenes autoritarios serían los que más perderían. No obstante, la bloquera cubana Yoani Sánchez anunció su apoyo a la medida de protesta. Y el presidente de la Asociación de Internautas dijo que “en Twitter parece que se aplican a sí mismos la ley Sinde“,  el artista disidente chino Ai Weiwei quien dijo: “Si Twitter censura, dejaré de “tuitear”. También el bloguero egipcio, Wael Abbas se pronunció recordándole a Twitter que “todos nuestros tweets están violando la ley”.

En fin que las excusas para no sumarse a la protesta fueron variada, cada quien fue justificando su no acatamiento a la protesta y haciendo presencia en la red social de los 140 caracteres.

Yo, como vivo en un país donde las protestas desde hace 14 años tienen pocos o casi ningún resultado, precisamente porque siempre sale alguien que no está de acuerdo con lo que sucede pero tampoco lo está con el tipo de protesta que se proponga, acaté la medida y, resistiendo y venciendo el síndrome de abstinencia cumplí con mi Black Out. Ni un solo tweet salió ese día de mis dedos. Me volqué desesperadamente al facebook como el fumador que quiere dejar el vicio y se aferra al caramelo. Tomé agua, respiré profundo, caminé en circulos pero vencí la debilidad y no dije ni pío en la red del microblogging.

Lo cumplí, principalmente, porque me parece que cuando se trata de protestar por algo que no nos gusta o nos amenaza debemos hacerlo sin ponerse a

buscarle “peros” a la forma de protesta. Así lo he hecho desde siempre. Cuando llamaban a “cacerolear” desde las casas, me paraba en el balcón a darle al fondo de la olla hasta abollarla sin importarme ser el único en varias cuadras a la redonda que lo hacía. Llamaban a una marcha y allí estaba yo sin importar la hora y el calor sofocante de Maracaibo -llegué a mantener en el carro el kit de marcha: bandana, pito, bandera, y en cuanta manifestación encontraba me paraba y me sumaba-. Cuando llamaron a cerrar los negocios, mi tienda no subía la santamaría…

¿Qué pasa cuando convocan a una protesta y la gente afectada se divide entre los que la acatan y los que no?

Que la gente, acciones, organismos o instituciones contra los que se protesta se dan cuenta de que la división los favorece y llega a no importales que se proteste porque siempre habrá personas a las qué llegar. Entonces el poder ciudadano se diluye, se minimiza.

Si decimos: no compremos más esta marca porque no cumple con los requisitos de calidad o vamos a dejar de ver por 24 horas tal canal de televisión en protesta por su programación y salen individuos que son afectados por la marca o por la cadena de tv y, con la excusa de que no les gusta esa protesta, compran la marca o ponen el canal, los propietarios dirán:

-¿Qué me importa que unos cuantos no me vean o no compren si siempre habrá quienes sí, aunque no les guste?

Y tendrán razón con lo cual ellos se harán más poderosos, sus faltas quedarán impunes y los ciudadanos o usuarios cada vez más desvalidos y las protestas cada vez más vacías y sin sentido. Igual sucede con los gobiernos, como el venezolano al que las protestas le resbalan y siempre termina volteando la tortilla a su favor, la subvalora, banaliza y, por supuesto, no las atiende.

Cuando los ciudadanos nos unimos en una protesta, hacemos sentir que tenemos aunque sea un poco de poder y a quienes les protestamos les podría importar y afectar, tomando alguna medida al respecto. Pero si la protesta se hace aisladamente, parcelada o por pequeños grupos, y algunos incluso salen a hacerle el favor al protestado de desmerecer de antemano la actividad, todo seguirá como está y nada mejorará.

Sí creo que es mejor un twitter a medias que nada de twitter pero, si puedo

Al pájaro ya le han hecho una jaula

hacer sentir mi voz para tratar de mantener un twitter completo y sin mordaza, lo haré.
Si se consigue el objetivo, tendremos un twitter completamente libre, si no, pues habrá que buscar la forma de sortear la censura y de decir lo que queremos, aunque sea como lo hacen los cubanos que tuitean a ciegas a través de mensajes de texto telefónicos o bloguean por medio de interpuestas personas en el exterior por las limitaciones que tienen. Siempre se conseguirá la manera de evadir la censura, pero mientras se pueda pelear por mantener a twitter libre de censura, creo que es nuestro deber hacerlo.

Habría que darle de nuevo sentido a la consigna “En la unión está la fuerza” que, de tan manida y mal utilizada se ha prostituido y parece que ya no nos dice nada, palabras huecas…

Mala atención + redes sociales = CONMOCION

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Foto conseguida en la web

Un sábado de estos, como sucede casi todos los sábados, salí a cenar con dos amigos. En esta oportunidad, fuimos a un restaurant nuevo por sugerencia de uno de los acompañantes quien tenía buenas referencias del sitio y, a eso de las 10 y cuarto de la noche, tal vez un poco más tarde, estábamos traspasando los umbrales de la puerta del lugar.

En este punto debo aclarar que omitiré los nombres tanto del sitio como de quienes me acompañaron o de quienes haré referencia en este post pues mi intención es ilustrar un poco acerca de lo que pienso sobre la atención al cliente, las relaciones públicas y los efectos que las redes sociales pueden tener en las dos y no, como alguien me dijo, “destruir”, con mi crítica.

Pues bien, entramos y el sitio se encontraba bastante lleno, no a tope, pero a simple vista no se observaban mesas vacías. Hablamos con la chica de recepción quien, sin mucho interés nos dijo:

-No tenemos mesas y no les sé decir para cuándo pueda haber alguna. La cocina cierra a las 11 de la noche.

Ella se volteó sin mostrar la más mínima intención de continuar atendiéndonos y, cuando ya yo me disponía a decirles a mis compañeros que nos fuéramos a otro sitio, apareció una simpática y amable anfitriona quien nos invitó a pasar, sentarnos en unos cómodos sofás y esperar a que se desocupara una mesa.

Así lo hicimos. La chica nos tomó el pedido de bebidas y a los pocos minutos nos estaba despachando lo requerido.

“Bueno, parece que la mala impresión inicial, se desvanecerá”, pensé ingenuamente.

Permanecimos sentados, conversando por cerca de 25 minutos, los vasos se vaciaron, casi que hasta el hielo lo consumimos y en todo ese tiempo no había la más pequeña muestra de que nos fuesen a conseguir un lugar donde cenar.

Entonces, faltando 5 minutos para las 11, llamo a la chica simpática y le digo:

-Amiga, ya ha pasado casi media hora y aún no tenemos mesa y lo que me preocupa es que nos dijeron que la cocina cierra a las 11 y no quisiera que después de tanto esperar nos digan que no podremos comer.

Cuando la chica se disponía a responderme, la interrumpió un anfitrión quien, amablemente, nos dijo que no nos preocupáramos que, efectivamente, la cocina cierra a las once pero que en vista de la cantidad de gente, ese sábado la mantendrían en funcionamiento por más tiempo.

-Deme 3 minutos y les ubico una mesa. Dijo y se retiró.

No había pasado el tiempo que el  hombre pidió cuando ya estaba de regreso y nos llevó a la mesa que había conseguido. Nos sentamos y, al mirar alrededor, me doy cuenta que había unas cinco mesas vacías para dos personas en las que nos hubieran podido ubicar perfectamente sin hacernos esperar tanto. Callé y no emití ningún comentario al respecto para no parecer rudo.

Al instante apareció el mesonero para tomar el pedido. Su actitud me pareció bastante grosera pero, tomando en cuenta la hora y lo amable del otro muchacho, una vez más callé y me calé que el tipo nos dijera:

-Bueno, tienen que ordenar rápido porque ya la cocina está a punto de cerrar.

Apresurados pedimos té y los primeros tres platos que se nos ocurrieron para no pasar por el mal rato de no poder cenar después de tanta espera. Pedimos un salmón, un cordero y yo me decanté por una pasta de con tiras de lomito.

Pido excusas a los lectores por dar tantos detalles que tal vez les haga tediosa la lectura, pero me gustaría que, una vez que tengan el panorama completo de la situación en mente, si piensan que yo estoy equivocado y no tengo razón, me lo hagan saber con un comentario al pie y, si pueden, lo argumenten.

Pues bien, el salmón, al decir del comensal estuvo perfecto. El cordero, aunque parecía por textura y sabor cualquier otra carne menos cordero, estaba sabroso y, mi pasta, aparte de poca, cuando comencé a comerla noté que de tiras de lomito lo que tenía era dos trocitos de no más de 2 centímetros de largo por medio de ancho, ¡en un plato cuyo costo era de 100 bolívares!

Al ver aquello y considerando que ya la cocina supuestamente estaba por cerrar, ante el temor de quedar con hambre, llamé al mesonero y le pedí que por favor nos llevara pan y mantequilla, ya que no nos lo habían servido.

-No, pan no hay. Se nos terminó-. Fue la respuesta.

¡Yo no lo podía creer! Pedimos la cuenta y nos dispusimos a salir. Uno de mis amigos se tropezó con una conocida que estaba comiendo en una mesa cercana, se paró a saludarla y ella, muy feliz, le dijo:

-¡Ya hemos comido como 6 platos distintos! ¡Todo buenísimo!

-Me alegro por ti, le dijo el amigo, a nosotros nos sirvieron lo que había y apurado.

-¡No puede ser! Dice ella, él –y señala a un tipo que estaba sentado en su mesa- es uno de los dueños.

El hombre miró y sólo dijo:

-Es que es muy tarde. Vengan otro día más temprano.

Yo me encontraba ya en la salida cuando toda esa escena sucedió pero, al salir, el amigo me lo comentó y, entonces, ya no aguanté más, tomé el teléfono, abrí mi Twitter y escribí un comentario en el que me quejaba de la atención del sitio, de lo escasa de la comida y de lo caro del servicio. Como la red no permite más de 140 caracteres por tweet no me extendí en detalles de lo sucedido.

Inmediatamente, recibo un DM (mensaje directo, para los legos en la red del microblogging) de un amigo que me pide le cuente qué sucedió en el lugar porque él les hace la publicidad.

Yo, ni corto ni perezoso, mientras literalmente calentaba una arepa en mi casa para calmar el hambre y la rabia, le conté todo tal y como sucedió y como lo acabo de relatar. Entonces él me dice: “Listo, ya le pasé todo lo que me dijiste a uno de los dueños porque varias personas me han dado la misma queja del lugar”.

Nos despedimos, me comí mi arepa con jamón y queso y me fui a ver televisión y a dormir. Pasan varios días, y, una tarde, me llama uno de los amigos de esa noche y me dice:

-Gocho, no sabes el revuelo que se ha formado por tu tweet sobre el sitio. Me llamaron de relaciones públicas y me dijeron que nos invitaban a comer, para que comprobemos que fue cuestión de mala suerte ese día y que quieren hablar contigo.

-No hay problema, le digo, dales mi número y que me llamen.

Al colgar con él, suena mi celular y es una querida amiga, amiga íntima del hombre con el que acababa de hablar. La saludo efusivamente, como siempre, y cuando comienza a hablar me doy cuenta que la llamada tiene que ver con lo del restaurant.

-Golcar, se ha presentado una situación muy incómoda que salpicó a fulano (el amigo común) y que por rebote me salpicó a mí. Me llamaron del restaurant para reclamarme porque un amigo mío está destruyendo el sitio por twitter. Yo les dije que él no podía ser porque no tiene twitter y me dijeron que uno de los que andaba con él era. Averigüé y me enteré que eres tú. Y como estabas con fulano y yo les hice las relaciones públicas para el lanzamiento del lugar pues me salpicó a mí. No me parece justo que por una mala experiencia que tienes y en un momento en que el restaurant se encontraba colapsado de gente, salgas a destruir un sitio que está empezando porque a mí, que sé de salir a comer,  me han pasado cosas así en todos lados en Maracaibo y no salgo a criticar y creo que les has debido dar una segunda oportunidad antes de salir a destruirlos por twitter…

Y por allí se largó a hablar. Yo le dije que no veía por qué ella se tenía que ver involucrada en eso porque ella no es la esposa de fulano como para que la culpasen de nada. Explicó que a él lo había llevado ella allí y, aunque no me convenció el argumento, no insistí en ese punto y pasé al siguiente. Y luego de contarle lo acontecido, le pregunté:

-¿O sea, que lo que tú me dices es que después de la noche que yo pasé en ese lugar, tendría que haber vuelto a arriesgarme a ser maltratado de nuevo antes de expresar mi descontento? ¿No crees que la actitud, si estaban colapsados, debió ser decirnos que no podían atendernos como nos merecíamos y de acuerdo a los precios del lugar y que nos invitaran a volver otro día?

-Bueno, pero ustedes al ver que tardaban en atenderlos han debido irse. Yo no hubiera esperado. En fin chico, a mi no me parece justo que los destruyas y ellos quieren invitarlos a comer para que comprueben cómo es el servicio.

-Ahora es a mí, al que no le parece justo lo que planteas, dije ya molesto, porque no es justo que porque yo me quejé por twitter ahora me inviten a cenar y me atiendan como un rey y que el servicio siga siendo igual de malo para el resto de los mortales. Es más, mi crítica no ha sido la única, aunque sí tal vez la única que salió por twitter, pero el domingo estuvo allí una amiga con su esposo y salieron bravísimos por el mal servicio pues hasta les cambiaron los platos que pidieron.

-Eso es como si yo hubiera salido a destruir a Tu Maskota y a decir que allí venden animales piches por el que te compré y se murió.. Yo no dije nada…

Y aquí, con el perdón de ustedes, paso a relatar lo más resumidamente que pueda:

LA HISTORIA DEL ANIMALITO PICHE

Hace aproximadamente un año, esta amiga me llamó porque necesitaba unos animalitos para su niña. Yo la atendí por teléfono, recibí su pedido, armé el habitáculo lo más bonito que pude, y, sin ningún costo adicional, me ofrecí a llevárselo a su casa para evitarle el viaje a la tienda. Hasta descuento le di y, al finalizar el día, le despaché su pedido con todo el cariño del mundo y con todas las indicaciones sobre cómo mantenerlos.

Como 15 días después me llama de nuevo y me dice que una vecinita se enamoró de los animalitos y que ella le ofreció regalarle uno. De nuevo preparé el habitáculo con lo necesario y se lo llevé al trabajo. Al llegar me di cuenta que en el sitio estaba fuerte el aire acondicionado por lo que le dije a quien lo recibió que lo pusiera donde hiciera menos frío para que el animal no sufriera y que se lo llevaran lo antes posible de allí para que no se enfermara.

Pasaron dos o tres días, la amiga me llama y me dice que el animal está triste, que no come ni se mueve. Le explico que posiblemente fue por el shock térmico que sufrió por el frío del local, le doy las indicaciones del tratamiento que debía hacerle y le digo que no se preocupe, que si no mejora, yo se lo cambio por otro.

Como una semana después me llama y me dice que el animalito se murió, que nunca mejoró. Yo, cumpliendo lo ofrecido, agarré otro animalito, sano, y se lo hice llegar.

Final. Hasta ahí llegó la historia del animalito piche, hasta el día en que ella me lo recordó para hacer la comparación con la mala experiencia vivida en el restaurant.

Le hice saber que no había punto de comparación pues yo le ofrecí la mejor atención, en ningún momento le dije “¡apúrate a comprar!” o “no me importa si se te murió porque con seres vivos no hay garantía”, ni nada por el estilo.

Ustedes me dirán si yo estoy orinando fuera del perol.

-Bueno, chico, ya tengo que colgar porque voy a entrar a un sitio en el que no quisiera ventilar este asunto. Dijo. Allí tienes la invitación para una nueva visita al sitio, si quieres. Chaíto.

EL PODER DE LAS REDES SOCIALES

Toda esta larga y aburrida historia me estuvo rondando la mente durante horas.  Por un lado, pensaba en por qué no es posible en nuestro país, específicamente, en Maracaibo,  obtener un buen servicio en casi ningún sitio.

¿Por qué en lugar de hacer pasar un mal rato a los clientes no les dicen: “Mire, lamentándolo mucho, no lo vamos a poder atender como se merece mejor vuelva otro día para que no se lleve una mala impresión?

¿No hubiera sido más elegante que en ese mismo momento, cuando el dueño escuchó la crítica, le hubiera dicho al amigo: “¡Eso no puede ser, disculpen! Llamé a sus amigos que les invitó un café por la casa o un digestivo. Es que la cantidad de gente nos desbordó”?

Si la amiga llama como relacionista público del lugar, ¿no era mejor que dijera: “Golcar, la gente del restaurant está muy apenada por el mal rato del sábado y quiere invitarlos a cenar para resarcir los daños”,  en lugar de pretender hacer ver que la culpa fue mía por no irme y por llegar tan tarde y que soy muy injusto al quejarme?

Evidentemente, aún estamos muy, pero muy lejos de alcanzar los niveles de excelencia en prestación de servicios de otros países como Colombia o Estados Unidos y esto lo dice alguien que no está de acuerdo con aquello de que el “cliente siempre tiene la razón” porque hay clientes de clientes y en más de una oportunidad, cuando alguno se ha puesto necio, grosero e impertinente, con el mejor acento maracucho que este gocho puede emplear le he dicho:

-¿Vos sabéis cómo es la cosa? Que no te voy a vender nada y te me váis.

También es evidente que para desarrollar un buen trabajo en relaciones públicas no es suficiente ser muy conocido o prestar servicios en algún medio de comunicación. La profesión va mucho más allá de la popularidad de quien la ejerce y de su poder de penetración en la comunidad.

Y, finalmente, una gran lección que extraigo de toda esta historia es la importante función que cumplen las redes sociales para controlar a quienes prestan servicios. Sólo hace falta poner un comentario en el momento justo y que oportunamente se cumpla la teoría de los 6 grados de separación, para que el mensaje publicado llegue a quien nos interesa que llegue. Esto lo he comprobado con los bancos, por ejemplo, pues hace poco, gracias al twitter también logré solucionar mis problemas para obtener el efectivo de cadivi, luego que por medio de esta red atendieron mis quejas.

La denuncia a través de las redes sociales se hace imprescindible sobre todo en lugares como nuestro país donde hacerse oídos sordos a lo que la gente diga parece ser la premisa. Uno puede en un banco armar el gran escándalo y no pasa nada, aunque haya 200 personas escuchando, pero un tweet, que a lo mejor sólo lo vieron 20 personas, puede generar conmoción dentro de la institución. Por eso es que una amiga, gerente de un banco, me dijo en una oportunidad:

-¡Yo odio twitter! ¡En el banco nos tienen verdes con las quejas que llegan por esa vaina!

Yo lo siento mucho por el inconveniente que le pude haber causado a mi amiga pero no pienso dejar de expresarme libremente a través de las redes sociales y a través de mi blog. Yo no cobro por hacer un tweet o por publicar algo en mi bitácora. Nunca lo haré si eso implica dejar de decir lo que pienso de las cosas, de la política, de los lugares que visito. Dejé de ejercer la comunicación en medios e instituciones  porque las palabras censura y autocensura no cuadran con lo que yo pienso de la profesión. Los comentarios a favor o en contra de algo los hago ejerciendo mi libertad de pensamiento y expresión. Escribo para drenar, compartir y comunicar. No busco prestigio ni fama, sólo compartir mis experiencias de vida con quienes quieran y tengan a bien recibirlas.

Noche de apagón, calor y redes sociales

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Madrugada del 11 de junio. 3:20 am para ser exacto. Un escandaloso silencio me despierta del sueño que hace apenas 15 minutos pude conquistar. Una hora dando vueltas en la cama porque el insoportable calor que hay por estos días en Maracaibo es de no creer y los aires acondicionados tardan mucho más tiempo de lo acostumbrado en hacer su labor y resulta que, cuando por fin lo logró, me duermo, el aire acondicionado de la habitación se para en seco, de un solo golpe.

Abro los ojos y la negrura que veo es como si los estuviera abriendo tras una venda gruesa y negra. Lo que me temía acaba de suceder. El apagón que me anunció como a las diez de la noche Corpoelec con un corte de unos 40 minutos y que desde entonces esperaba, se acaba de producir. Estoy sin luz, con una temperatura de más de 30 grados centígrados, en plena madrugada.

Infructuosamente trato de ajustar la vista para ver si distingo algo. Nada. Todo es del negro más intenso que uno pueda imaginar.

“No me voy a mover para que no me ahogue el calor y ver si me logro dormir”, pienso y trato de mantenerme en la misma posición con la esperanza de que pronto escucharé de nuevo el zumbido del acondicionador de aire.

Nada. Pasan diez minutos y la corriente eléctrica no regresa. Empiezo a sentir los chorros de sudor que comienzan a correr por varias partes de mi cuerpo al mismo tiempo. Quince minutos y el calorón y la humedad comienzan a hacerse insoportables.

A tientas y maldiciendo la suerte de vivir en un país al que parecen haberse dedicado a destruir por completo desde las altas esferas del gobierno, me levanto y doy pequeñísimos pasos para no tropezar con nada. Ubico el Blackberry que dejé cargando en la mesita de noche y, en ropa de cama, es decir, completamente desnudo, me voy al balcón del apartamento con la esperanza de conseguir un poco de brisa que me ayude a mitigar el cada vez más abrasador calor.

Nada. No sopla el viento, ni siquiera hace un pequeño intento. En la calle, la oscuridad es tan intensa como en el cuarto. Mejor, así no doy pena con el espectáculo de mi desnudez.

Me conecto a twitter y comienzo a ver montones de reportes de todas partes del estado Zulia informando del tiempo que tenían sin electricidad. Machiques, Cabimas, Lagunillas, todas la zonas de Maracaibo se unen al rosario del #sinluz.

Pienso en los hospitales y clínicas. En las emergencias y en los quirófanos que en ese instante podrían estar sin electricidad y me espanto. Justo en ese momento veo un tweet que da cuenta de que el Hospital Universitario se encuentra #Sinluz. ¡Pobre gente!

Comienzo a tuitear mi infortunio y me consigo con varios amigos que están en la misma situación.

Pienso en la mala hora cuando decidí dejar de fumar porque en ese momento me ayudaría mucho el apoyo de la nicotina. Cancelo ese pensamiento para no caer en la tentación y me dedico a conversar por el timeline y por mensajes directos con mis amigos tuiteros y por BBMess con otros, de donde obtuve la imagen que ilustra este post.

Después de varios tweets maldiciendo la desidia de un gobierno que en 12 años no ha invertido ni medio en la infraestructura del país mientras ha regalado a manos llenas dinero a Cuba, Nicaragua, Ecuador y Bolivia, y remaldiciendo ese afán que tiene esta “revolución” de pacotilla en hacernos padecer calamidades e igualarnos a todos pero por lo bajo, a diez para las cinco de la madrugada, llega la luz.

Me despido de mis amigos pensando en lo bueno que es que existan estas redes sociales que nos ayudan a descargarnos, a desahogarnos y a hacer más llevaderas las calamidades. Vuelvo a la habitación a tratar de conciliar el sueño. Imposible. El calor y el sopor los tengo metidos en el cuerpo y no hay aire acondicionado que pueda con las altas temperaturas de esta época del año en Maracaibo.

Cuando, como a las seis y media de la mañana, por fin, el cansancio comienza a vencerme, una especie de ataques epilécticos de la corriente eléctrica comienzan a sucederse haciendo que el aire acondicionado prenda y apague intermitentemente con estruendoso ruido.

Así, transcurrieron esas tres horas de sueño intermitente, hasta que llegó la hora de levantarme e ir a trabajar.

¡Remaldición! En la tienda no hay luz. La electricidad pasa todo el día yendo y viniendo. La temperatura alcanza los 42 grados centígrados a la sombra y yo siento que me derrito.

Llego a mi casa y a eso de las ocho de la noche se vuelve a ir la luz. Ya no sé en qué forma maldecir al gobierno. El calor me está consumiendo y, mientras me dedico a escribir esto en mi Blackberry porque, por supuesto, sin electricidad mi computadora no funciona, siento como los chorros de sudor corren por diferentes partes de mi cuerpo.

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