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En San Telmo anda un hombre con un zapato blanco

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Foto: Cristian Espinosa

Poco después de las siete de la mañana, un impertinente rayo de sol que se cuela entre las cortinas de la habitación del hotel, incide justo en mi cara y me despierta.  Las horas dormidas a duras penas llegan a cinco y por más que me volteo y digo: “Diez minuticos más”, la insistente claridad me impide volver a agarrar el sueño.

Aún dormido, me levanto, tomo una ducha y me visto. Como sé que la caminata será larga, decido ponerme las gomas adidas blancas que ya están amansadas y listas para largas jornadas a pie. Me calzo la derecha y comienza la búsqueda de la izquierda hasta que, por fin, la encuentro debajo de la cama, tapada por la franela del día anterior. Me la pongo, ato los cordones de ambos zapatos y salgo con Cristian a desayunar en el restaurant del hotel, en la terraza.

Comemos en abundancia porque sabemos que, una vez que arrancamos a pasear, nunca se sabe cuándo volveremos a tomar bocado.

Poco después de las 8 y media, ya nos encontramos camino a la calle Florida para cambiar pesos en lo de Miguel y continuar rumbo al mercado de San Telmo, donde guardo la esperanza de encontrar el bolso de cuero que quiero.

El mismo Miguel nos convence de que, si no llevamos prisa, continuemos a pie hasta el mercado, pues el paseo es bonito y estamos apenas a unas ocho cuadras del lugar. Así lo hacemos y cuando ya tenemos unas cuadras andadas, fascinado por las arquitectura de la zona, decido sacar la tablet para hacer fotos de los edificios.

No había hecho mas de 4 clicks, cuando una trigueña gordita, con cara de madre angustiada, se me viene encima y me dice, como implorando:

-¿Vos no sos de acá? ¡No saqués eso acá! ¡Guardala, es peligroso!

Por supuesto, guardé de nuevo el aparato en el bolso y quedé solo con el teléfono en la mano para las fotos. Dos cuadras más y entramos a la esquina de la catedral Metropolitana de Buenos Aires.  Al mirar alrededor, descubrimos que estamos frente a la casa de gobierno de la ciudad. Un poco más allá, el viejo edificio del Cabildo, frente a estos, la plaza de Mayo, lugar fundacional de la ciudad y donde se reúnen las madres de los desaparecidos de la dictadura Argentina y, frente a esta plaza, la Casa Rosada.

La descripción de todo el sitio me la hace un policía al que le pregunto qué evento habrá en la calle, pues se encuentran dispuestas en hileras un grupo de sillas plásticas como a la espera del público frente a una tarima.

El agente no sabe decirme qué evento habrá, pero sí me da los detalles de las edificaciones. Al ver que tengo la tablet en la mano, me advierte:

-¡Tené cuidado con eso!

-Pero, ¿acá la puedo sacar?

-Mientras haya un policía cerca no hay qué temer -me dice sonriendo-, pero andate con cuidado.

Decidimos entrar a la catedral para conocerla. Una edificación de estilo mayormente románico, guarda en un costado anexo el mausoleo con los restos del libertador San Martín. Es un templo de cinco naves, con una amplia central que conduce al inmenso altar mayor. Hermosas imágenes de santos, un espectacular piso de pequeños mosaicos formando estrellas, hojas y flores, que a nadie deja indiferente e increíbles mosaicos en las paredes también, que recrean imágenes de ángeles y santos.

Al salir de la catedral, damos un paseo por la plaza de Mayo en cuyo piso se encuentran pintadas las pañoletas blancas que identifican a las madres de la plaza. Allí están aún exhibidas las pancartas usadas durante la última manifestación contra el gobierno, realizada pocos días antes, cuando llegaron cientos de manifestantes, convocados por las redes sociales, a cacerolear en protesta por algunas medidas adoptadas por el gobierno de la Kirchner.

La Casa Rosada muestra el movimiento de la gran afluencia de turistas que la va a visitar. Unos salen y otros entran. Nosotros decidimos saltarnos la visita porque ya pasan de las 10 y todavía no hemos empezado a recorrer el largo mercado de San Telmo.

Echado en medio de la estrecha calle adoquinada, nos recibe un anciano perro amarillo, de trompa canosa y mirada de sabio, completamente indiferente al ir y venir de la gente que comienza a subir y bajar a lo largo de la calle.

El mercado callejero, que con el paso de los años se ha ido extendiendo hasta casi llegar a la calle de la plaza de Mayo, reúne a artesanos, artistas, anticuarios, curtidores y trabajadores dedicados a la tenería, músicos, magos, bailarines de tangos y milongas, orfebres, hacedores de vasijas de cemento, materas y bombillas, grabadores de placas de metal para mascotas, tejedores, vendedores de bisutería, titiriteros. Son como 12 cuadras que todos los domingos cobran vida cuando se llenan del bullicio y la algarabía de quienes llegan a ofrecer sus mercaderías y quienes se acercan a comprar a buenos precios y a curiosear.

A mano izquierda, subiendo desde la plaza Mayo, se encuentra la Basílica de Nuestra Señora del Rosario y el museo Franciscano. Justo un poco más arriba, entre la gente y los chiringuitos, logro distinguir, a lo lejos, un bolso con las características del que tengo pensado comprar.

Me dirijo hacia él, pero en el camino no puedo dejar de contemplar unos hermosos cojines de cuero que vende una señora.  Al ver que me llaman la atención, la mujer se levanta y comienza a conversar. Me cuenta que tiene 77 años, que le encanta ir a las milongas porque el gusto por bailar tango nunca lo perderá.

-Por cierto -me dice-, hoy hay fiesta brasilera allí en la plaza. Si se quedan por acá, podrán disfrutar de la música de Brasil y de su comida porque tengo entendido que habrá comida gratis para todos.  “Argentina celebra a Brasil” se llama la fiesta.

En el chiringuito que está frente al de la guapachosa anciana, veo unas billeteras de cuero con los pelos de la vaca, sobre la mesita de exhibición.

-¿Cuanto cuestan estas billeteras? Pregunto a la señora que atiende.

-Cien pesos.

-¿Nada menos?

-Nada menos. Ya son muy baratas.

-Si me las deja en 180, me llevo las dos. -Insisto.

-¡Ay, no me hagás eso! ¡Que ya son muy baratas! Dame 190 por las dos, pues.

-¡Hecho!

Con las dos billeteras me dirijo en pos de mi bolso. Es de cuero peludo blanco con manchas y motas negras. Cuadrado. Ideal para utilizarlo como equipaje de mano. Lo reviso. Miro sus costuras perfectas. El cuero bien trabajado.  El hombre que los hace y vende me observa.

-Sacale el papel para que lo veas por dentro.

-¿Cuánto cuesta?

-500 pesos. -Dice el hombre, bajo, delgado, con bigote negro y lentes. Unos 40 anos, le calculo.

-¿Cuánto es lo menos?

-Eso es lo menos y lo más. Es el precio. ¿De dónde sos?

-De Venezuela.

-¡Uy, de donde el loco! ¿No te querés llevar a la pelotuda de acá?

-Nooooo. Si estoy tratando más bien de casar al de allá con la de acá, ahora que está viuda. Así el tipo se viene y ustedes tienen la parejita aquí y hasta cría les pueden sacar.

Roberto, que así se llama el hombre, suelta la carcajada y pasamos unos 15 minutos conversando. El tratando de convencerme de que Argentina está peor que Venezuela y yo haciendo lo propio. Al final la conclusión es que ambos países están “igual de peor”, solo que Venezuela lleva unos años de ventaja.

-Bueno, Roberto, ¿entonces, en cuánto me dejas el bolso?

-En 500 pesos. Ese es el precio.

Yo se que es un excelente precio, pero me gusta regatear.  Le digo:

-Bueno, apenas voy llegando al mercado. Voy a seguir viendo porque a lo mejor más adelante lo consigo más barato.  Si no lo encuentro, me regreso y te lo compro.

-No lo vas a conseguir. Y si lo consigues, no será de la misma calidad. ¿Te lo aparto?

-No. Porque no quiero quedarte mal. Si no consigo otro, vuelvo por este.

Le tiendo la mano para despedirme y cuando estoy a punto de arrancar, Roberto me hala por el brazo.

-¡Pará, pará,  pará! -Yo pienso que, finalmente, me hará un precio.

-¿Eso es un descuido o lo has hecho intencionalmente? -Dice, señalando el piso a mis pies.

Yo no entiendo nada y comienzo a seguir con la mirada el camino que me señala el dedo para, al final, entender.

Al ver mis pies, me doy cuenta que llevo puesto un zapato blanco y otro color caramelo. Fui a desayunar, caminé un largo trecho por Florida, paseé por la plaza de Mayo, entré a la Catedral, conversé con la gente; ¡llevando un zapato completamente diferente en modelo y color al otro!

-¡NO! No es intencional, Roberto. Hasta ahora, no me había dado cuenta que los zapatos eran diferentes. ¡Con razón un pie me duele más que el otro!

Ambos soltamos la carcajada y llamamos a Cristian que estaba entretenido en otro chiringuito. Roberto le dice:

-¿Qué le ves distinto?

Cristian comienza a mirar de arriba abajo, como queriendo descubrir qué me he comprado. Cuando llega a los pies, grita:

-¡COÑO! ¿Y eso? ¿Tu saliste así?

Los tres nos matamos de la risa.

Cristian y yo continuamos el paseo por el mercado y dejamos a Roberto, que aún sonríe al ver mis pies, con la promesa de volver por el bolso, si no consigo uno más barato.

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La resaca de Marianella Salazar

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Escribió Marianella Salazar un artículo para El Nacional titulado “La gran resaca” en el que descarga contra la MUD toda la frustración y sensación de impotencia que nos dejaron a muchos los resultados de las elecciones del 07 de octubre.

Yo no voy a defender a la MUD. Primero, porque ya todos sus miembros están grandecitos y pueden defenderse solos. Y, segundo, porque en muchas oportunidades me han parecido timoratas, extemporáneas, desafortundas e inoportunas algunas de sus actuaciones y, en muchos casos, falta de pro-actividad a la hora de actuar.

Pero la descarga que le dio la articulista a la MUD me quedó rondando en la cabeza, como el estribillo de una canción que se queda en la mente hasta hacernos desesperar y buscar la forma de ponerlo en off.

Dice Marianella que la MUD ha debido exigir “…limpieza del registro electoral, el fin de las migraciones silenciosas con las cuales privaron a muchos electores de su derecho al voto, el que no se conculcaran derechos constitucionales de los venezolanos en el exterior, que se vieron imposibilitados de votar; en fin, si hubiéramos exigido mejores condiciones, a lo mejor no estuviéramos en esta esquina lamentándonos y en este estado de desolación, desconcierto, incredulidad”.

La leo y no puedo menos que estar de acuerdo. El grosero ventajismo del régimen en las elecciones, la evidente parcialización del ente rector de la elecciones (CNE) -puesto siempre de parte del gobierno-, la utilización de los recursos públicos tanto económicos como medios de comunicación y de logística a favor de la campaña del presidente candidato -nunca pudimos distinguir en qué momento era Presidente y cuándo candidato-. Y todas las condiciones injustas que se conocían de antemano y se aceptaron, hacen lucir la elección presidencial como cualquier cosa excepto justa y equitativa.

Pero la pregunta que me da vueltas en la cabeza hasta hacerla reventar es: ¿A qué se refieren Marianella y muchos otros articulistas cuando dicen que la MUD debió “exigir” condiciones?

Me pregunto ¿cómo se hace eso ante un poder electoral arrodillado y sumiso frente al poder ejecutivo?

¿Me paro y digo “si no revisan las condiciones y se hacen elecciones limpias, transparentes y justas “NO VOY A LA CONTIENDA?

Cuando pregunté en twitter, un usuario me respondió:

“con 6.5 MM en las calles y MUD pidiéndole al CNE q se desarrodille”.

Me pareció interesante y acertada la propuesta. Entonces pensé en qué podría suceder.

Seguramente, las cuatro vestales del CNE, con cierto mohín de damiselas ofendidas, recogerían la solicitud aparentando “imparcialidad” y luego de “analizarla” y “estudiarla a profundidad” llegarían a la conclusión de que dicha solicitud “no procede” porque todo es “claro y transparente” en los procesos electorales venezolanos, con el mejor sistema automatizado de votación de la bolita del mundo. Esto, seguramente, con el voto salvado del rector Vicente Díaz. O tal vez no.

Entonces, ¿qué hacer? ¿Quedarnos parados frente al CNE y “de aquí no nos movemos hasta ver satisfechas nuestras demandas”? ¿Comenzar una protesta violenta que le dé pie al régimen para decir que la oposición volvió por sus fueros golpistas y desestabilizadores? ¿Para que digan que la presencia de la gente convocada por la MUD equivale al grito de “A Miraflores” del 2002?

¿O ir ante los tribunales encargados de la materia electoral para exigir que ordene al CNE que atienda nuestra solicitud? Ah, pero ya sabemos también a qué intereses responde el sistema de justicia en este país y a quién rinde cuentas. Es decir que, muy probablemente, la sentencia dirá que “no procede” y volvemos al principio. ¿Qué hacer?

Pues nada. Así no vamos a elecciones el 16 de diciembre en la oposición. Boto tierrita y no juego más.

Entonces, viene Chávez y, con su sacrosanto dedo, lanza supuestos candidatos opositores en todas las gobernaciones y alcaldías. Gana todo los cargos bien sea con su candidato o con “su opositor” bajo una apariencia de legitimidad y volvemos a empezar de cero en la oposición. ¿Les suena aquello de la Asamblea Nacional toda rojita de 2005?

La trampa en la que está en estos momentos la oposición no es nada fácil de desmontar. La lucha seguirá siendo la de “un candidato de a pie contra un Estado” (Lanata dixit) y yo, de verdad, pienso que artículos como el de Marianella y opiniones como las de Diego Arria (por quien voté en las primarias) hablando del fraude en cámara lenta, en los que se dicen grandes verdades y claramente indican lo que hay que hacer y, todos sabemos, se debe hacer; pero sin dar la más mínima pista de cómo hacerlo, poco ayudan a desenredar esta madeja en la que nos ha metido un régimen impúdico y desvergonzado al que no le importa ya ni siquiera guardar las formas y apariencias a la hora de mantenerse en el poder a toda costa.

Como pueden ver, el texto de Marianela Salazar y este mismo, son más las dudas y angustias que dejan, que las certezas. Por ahora (como dijo el funesto animador de concursos de reinas de pueblo y artífice del 4F), lo único que me queda claro es que el 16 de diciembre, a como dé lugar, estaré de nuevo frente a la urna electoral.

Con el rancho en la cabeza

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En algún punto de la carretera que une los estados Trujillo y Mérida, mientras tratábamos de adivinar a qué se debía que el tránsito se había detenido por completo, al levantar la vista, me topé con la imagen que se ve en la foto:

La cara del presidente Chávez que está en la puerta del humilde rancho, hecho de bahareque, pareciera dar la bienvenida, con sonrisa de satisfacción, a quienes llegan a ese hogar.

En el “techo” se ve como sembrada, lo que pareciera ser una vieja antena para recibir la señal de televisión. Indudablemente, un televisor al que sólo deben llegar las señales de VTV y, posiblemente, Tves y Venevisión.

En la pantalla de “la caja boba” debe aparecer, varias veces al día, la imagen del presidente hablando al país y, en innumerables ocasiones, esa alocución debe surgir en los tres canales que capta el aparato porque se encuentra en cadena de medios radioeléctricos.

Por esa pantallita, quienes allí viven, deben escuchar claramente que “están muy bien”. Que su situación “nunca ha sido mejor”. Que Chávez los ama y por su amor es que ahora cuentan con la “mayor felicidad del mundo” porque, “Venezuela es uno de los países más felices de la tierra”.

Los habitantes de esa morada están convencidos de que su felicidad se debe a los excelentes tratados con China. A los dineros que se le regalan a Uruguay, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y, especialmente, a los “intercambios económicos con Cuba”.

Están convencidísimos que nada los puede hacer más felices que el contar con el lanzamiento de un segundo satélite venezolano al espacio exterior, aunque no tienen ni idea de qué pasó y para qué ha servido, el primero.

El atasco de carros cede un poco y, al avanzar unos cuantos metros, se ven otras casas (unas más humildes y pobres que otras) con el afiche del presidente sonriente en puertas y ventanas.

A lo largo del camino, por esas zonas rurales y empobrecidas, con una carretera plagada de huecos y reductores de velocidad, uno nota que mientras el afiche del presidente engalana las entradas de las viviendas, la propaganda del candidato opositor solo se encuentra ubicada en muros que son de nadie, en árboles y en postes eléctricos.

Es que ellos sienten que “Chávez los ama”. Están “felices” por la felicidad que les da el gobierno “socialista” y, seguramente, por la misión a la que deben estar suscritos y que les garantiza que, una vez al mes o cada dos meses, le darán un dinero en efectivo para comprar lo que necesiten, sin importar si cada vez compran menos con ese dinero, si compran productos de menor calidad a mayor precio o si el período de tiempo entre la recepción de una mensualidad y la otra parece alargarse porque la duración de lo que compran es cada vez menor.

Para ellos lo único importante es que el “socialismo es buen vivir”, como reza la propaganda que reiteradamente ven en la pequeña pantalla innumerables veces al día.

Esas cosas no son de mucha importancia. Lo que importa es la felicidad que sienten al recibir la misión y el “amor” que con ese dinero les está enviando su querido presidente.

Mientras contemplo las casas con la imagen de Chávez en la puerta, mi mente divaga en lo impresionante que ha sido el manejo de la psicología del colectivo que ha hecho este régimen. Parece funcionar como una religión. Para el chavista del rancho, creer en su actual “felicidad” es como para el católico creer en Dios: no les hace falta verlos. Es como si se hubiese puesto en práctica aquello dicho por Marx de que “la religión es el opio de los pueblos”.

Al pensar en el manejo de la psicología social, recuerdo la historia del hijo de 9 años de una señora, fanático de Carpiles Radonski hasta el día cuando se fue una semana a un plan vacacional organizado por un grupo de chavistas y regresó a su casa, no solo convertido en seguidor de Chávez, sino peleando con sus padres porque son opositores.

Absorto en esos pensamientos me encontraba cuando, de repente, sentí que algo caía del carro que iba adelante. Levanté la mirada y vi una camioneta de lujo, último modelo. Carísima. De esas que, además de lo caro que cuestan, la gente tiene que pagar una cuantiosa cantidad de dinero extra si quiere comprarla porque autos no hay en el país y, quien dé la “mordida” más grande, tiene el privilegio de acceder al vehículo cuando llega al concesionario.

Pues bien, quienes iban en la oscura camioneta, bajaron el vidrio y, sin mayor remordimiento y con mucho desparpajo, echaron a la calle vasos de plástico y papeles.

Por el canal izquierdo, nos pasaban los “vivos”. Unos en Aveos de este año, otros en Malibús de hace 30. Todos más “vivos” que quienes pacientemente esperábamos que la cola avanzará sin pasar por encima de nadie. Más “vivos” que los pendejos que siempre tratamos de hacer las cosas como, se supone, se deben hacer.

Miré de nuevo la camioneta negra lanzar más desperdicios a la orilla de la carretera y a los guapetones continuar aventajando a los pendejos y pensé:

“El rancho con la cara de Chávez en la puerta, lo llevan algunos en la cabeza”.

¿De dónde salieron esos votos?

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El domingo 07 en la noche, mi urbanización se sumió en un tenso silencio. Los televisores se apagaron. La música cesó. A lo lejos se oía la detonación de uno que otro mortero como muestra de celebración. Pero en las cercanías el silencio era sepulcral.

Esa noche mucha gente se durmió vencida por el llanto. La asaltaron las dudas. Se preguntaba qué pasó. No daba crédito a la información que la rectora del CNE daba por televisión.

El sentimiento de burla, de estafa, de robo, hizo presa de gran parte de los que hasta hacía pocas horas, se encontraban, si no felices, con muchas esperanzas de triunfo. No era para menos. Los ríos de gente desbordada en las calles del país, alegre y emocionada, vitoreando el paso del candidato Capriles nos sembraron la esperanza de que el triunfo estaba cerca.

El lunes 08, muchos siguieron llorando. Había duelo y algunos se preguntaban de dónde salieron tantos votos para Chávez si sus actos fueron tan pocos y, por Globovisión, nos mostraban la “escasa concurrencia”, al tiempo que remarcaban que era gente obligada y comprada. Que muchos estaban allí pero votarían por Capriles, como en efecto pudo haber pasado.

Ese lunes 08, los más desbocados, sin pruebas ni evidencias se lanzaron a gritar “fraude”. “Esos votos no están”. “Esos los crearon con las maquinitas y con la complicidad del CNE y el plan República”.
Mientras que algunos se preguntaban dónde estaban esos 8 millones que no los veían por ningún lado y otros, entre los que me cuento, empezábamos a pensar en qué se falló, qué faltó, por qué no vimos que esos 8 millones seguían allí, inamovibles, cómo es que no nos los tropezábamos por ninguna parte.

Durante la campaña, mucho se habló del “voto oculto”, del voto que no se reflejaba en las encuestas, del “voto silencioso” a favor de Capriles por temor a las represalias del régimen. Ahora, días después, creo que ese voto silencioso no contaba para las encuestas. En realidad, contaba para nuestra cotidianidad, nuestro día a día. Esos votos estaban allí, callados, agazapados y nosotros, en nuestra euforia y optimismo, nos negábamos a verlos.

Muchos de esos votos estaban en los barrios a los que yo, y probablemente el que me está leyendo tampoco, no entramos porque el solo nombrarlos nos atemoriza, pero desde donde, seguramente, provenían los sonidos de cohetones y morteros celebrando. Y estaban, también en una gran masa de trabajadores públicos de todos los niveles en un Estado empleador hasta la exageración.

Esos votos estaban en la muchacha que en la panadería te embolsa los 20 panes mientras te escucha decir que los chavistas son unos desgraciados. Estaban en la cajera del supermercado que, mientras te chequea la compra, te oye comentar con el que está en la cola que los chavistas son todos unos arrastrados.

Los votos de Chávez estaban en la chica esa de uñas postizas y tetas compradas, dependiente de una tienda de ropa que, en la tintorería, escuchaba a las dos señoras encopetadas decir, que las chavistas son todas unas putas vendidas, mientras ella le comentaba a su amiga, receptora de ropa en esa tintorería y también chavista, por lo bajito:

-Si, yo tengo loco a Andrés, el cajero del banco, se desvive por mí, lo que no sabe es que yo soy del otro lado. El no sabe que soy chavista porque, si lo llega saber, me odia y no me hace el favor de depositar los cheques sin hacer la cola.

El voto chavista estaba en el chofer de la camionetica que llevó a la gente al mitin de Capriles y esperó pacientemente a que llegara la hora de devolverlos a sus casas, escuchando como los pasajeros decían: “Los chavistas son todos unos flojos borrachos, menos mal que esto se acaba el domingo”.

Por Chávez votó ese mesonero que dijo a su compañero el sábado en la noche:

-Dame cuatro palos ahí y si gana Capriles, te los devuelvo-. Mientras iba a llevar la pizza y miraba de reojo con resentimiento a dos de gorra tricolor que decían:

“A esos chavistas de mierda hay que acabarlos, no sirven para nada. Son una parranda de flojos que solo quieren que les den plata de las misiones sin trabajar”.

Los votos estaban en ese gerente de banco que era opositor y que se quedó sin empleo cuando el gobierno acabó con el banco Federal y que, ahora, absorbido por el Banco de Venezuela, ha conseguido mejor sueldo y trato, aunque no salga a alardear de que es chavista. También en esos que, siendo opositores con “plan B” para USA, cansados de tratar de abastecer su bodega con los productos que escasean y precios regulados, se dejaron seducir, un mes antes de las elecciones, por el militar mafioso, se asociaron con él y, en una semana, echaron abajo la bodega, metieron máquinas de juego e instalaron un casino clandestino. Obteniendo en un mes la ganancia que no obtuvieron en un año de trabajo.

Por Chávez votó el viejito que se sentía anulado e ignorado y que ahora está convencido de que su pensión se la debe a él y no que es un derecho obtenido gracias a su trabajo y dedicación al país y que en la cola del banco oye como un hombre le dice a la cajera:

-No le doy paso al viejo ese coñoemadre, porque todos son unos chavistas vendidos, que votan por el desgraciado solo por una pensión.

Los votos de Chávez salieron de esos a los que no se pueden asustar con el socialismo porque ellos no tienen nada que le puedan quitar y sí una misión que están recibiendo. De los que no se asustan con la inseguridad y la violencia porque nacieron en medio de una balacera y en ella han crecido. De la señora de servicio que cuando iba a llevar café a la patrona y su amiga escuchó que la visita le decía compungida: “Chica, Juanita, la que trabaja en mi casa, es chavista”, y la patrona le respondía:

-¡Es que son brutas! ¿Qué se puede esperar de ellas? Si fueran inteligentes, no serían cachifas y menos chavistas.

Ante tantas muestras de desprecio que damos a diario, a veces sin darnos cuenta, pero siempre a todo pulmón, ¿cómo podemos pretender que quien está a nuestro lado muestre sus preferencias políticas?

Chávez ha basado su poder y su permanencia en resaltar el resentimiento y el odio de los que nunca han tenido contra los que tienen. Ese ha sido su gran triunfo, fomentar una lucha de clases y acentuar la división y, para ello, se vale de las misiones que maneja como dádivas y limosnas para mantener sometido y a su lado a esa gran masa que siente que, por primera vez, los toman en cuenta. Chávez trata a “sus pobres” como a perritos a los que se les tira un hueso para conquistarlos. De esa forma los ha logrado mantener fieles a su lado.
Pero el otro gran triunfo de Chávez es haber inoculado ese odio y ese resentimiento en quienes lo adversamos.

Los que no queremos a Chávez y su proyecto “socialista”, hemos caído en la trampa de su odio. Nos ha faltado sensibilidad e inteligencia para no dejarnos arrastrar por su discurso violento y hemos terminado maltratando y humillando a sus seguidores cotidianamente, diciendo que son arrastrados, vendidos, tarifados, percucios, tierrúos, vagos, flojos, borrachos, malandros, violentos, ladrones. Para después pretender que nos digan: “yo voto por Chávez”.

De todo eso hay en las filas del Chavismo, y en las filas de la oposición también. Como en la oposición hay sifrinos, corruptos, encopetadas, patiquines, adecos y copeyanos, al igual que en el chavismo.

Lo que no podemos y debemos empezar a evitar, es decir que todos los chavistas son así o que todos los opositores son asá.

A veces, oigo decir que el país necesita “reconciliación” y, algunas bocas, pareciera sonar como si dijeran, “hay que reconciliarse con esos brutos chavistas” o, “hay que abrazar a los desgraciados burgueses”. Así, la reconciliación estará muy lejos. Tan lejos como esperar que se produzca cuando Chávez le dé la mano a los de la oposición sin ofenderlos.

Cuando uno ve que en Caracas, a las 6 de la mañana, el metro va lleno hasta el tope de gente que se dirige a sus trabajos, cuando al Ruta 6, de Maracaibo a las horas pico, a las horas de entrada y salida del trabajo, parece que la gente se le desbordará por las ventanillas y puertas, yo los veo y me pongo a pensar en lo injusto que es decir que “Venezuela es un país de vagos”. La injusticia que significa decir que los chavistas que van en esos transportes son unos delincuentes, borrachos, buenos para nada.

La gran mayoría de este país (al menos así quiero creerlo en mi ingenuidad) es gente trabajadora, sin importar por quien vote.

Me decía un amigo, refiriéndose a los chavistas:

-Son flojos. Esos no aprenden. Lo que quieren es que le den los reales para bebérselos y luego sentarse a esperar que les vuelvan a dar. Son como cerdos que, por más que los saquen del chiquero y los enseñen, cuando ven la porquería, corren a revolcarse en ella.

Yo me niego rotundamente a pensar así y mucho menos a creerlo. Si los seres humanos fuéramos así y no tuviésemos capacidad para aprender, seguiríamos en cavernas. Así se lo decía, pero en su ceguera, parecía no entender que esa situación como él la describe no puede ser una fatalidad, no es algo congénito, un mal que no tiene cura.

Yo creo que mucha de esa gente que hoy está recibiendo una ayuda del gobierno -que se la administran como limosnas-, no han tenido oportunidad de aprender a sacar partido de esa ayuda porque, entre otras cosas, al régimen no le conviene que aprendan y se independicen de esa limosna.

Chávez ha continuado la política de la lata de zinc, los bloques y la bolsa de comida de los adecos y copeyanos, solo que la ha sistematizado, regularizado. Pero para nada le conviene que la gente aprenda a sacar provecho de esa ayuda para buscar la forma de obtener ingresos sin depender de la Misión.

A Chávez no le interesa que la gente conciencie que la limosna que le dan hoy, si no la aprende a usar, se le acaba mañana y que seguirá en la misma situación.
El quiere que se la consuman y se sienten a esperar la próxima limosna para mantenerlos atados a él, como bueyes.

Pero la oposición tampoco ha asumido la labor de ir casa por casa a enseñarles qué pueden hacer con lo que obtienen de ayuda del gobierno. Creo que ese es el trabajo que políticos, líderes sociales y empresarios tienen que asumir. Esa es la lectura que nos debería dejar el resultado de las elecciones y lo aprendido en los meses de “casa por casa” de Capriles en campaña.

Hay una necesidad de educación y capacitación de la gente a la que le llegan las misiones que tiene que ser asumida. La empresa privada tiene que asumir un compromiso social y aportarle calidad de vida a los más pobres. No es dar limosna como lo hace Chávez, es un verdadero compromiso social que se enfoque en la educación y aprovechamiento de lo que les dan, al tiempo que les brindan la posibilidad de acceder a los servicios básicos.

Ese es el trabajo que hay que hacer, a mi entender, y que queda muy claro en esta anécdota que mi sobrina Sandra Moros, relató en un comentario en mi post “No hubo fraude, lo que sí hay es un camino”:

Definitivamente, la clave es educación, es el trabajo social que no se ha hecho. Es enseñarles que se pueden valer por sí mismos, que la misión es algo que debe ser pasajero y puntual, que no es un yunque al que estará atado de por vida. Enseñarles que no hay necesidad de llenarse de hijos para demostrarle a cada hombre que aman que lo aman y, mucho menos, para retenerlo. Enseñarles que es más fácil echar para adelante con uno o dos hijos y no con cinco en la esperanza de que, alguno de ellos crezca, sea exitoso y los saque de la pobreza.

En fin, educar, insistir, seguir educando. Educándolos a ellos pero también educándonos a nosotros. Entendiendo que cada vez que generalizamos y utilizamos términos peyorativos para referirnos a todo un sector de la población, nos retratamos a nosotros mismos como personas y demostramos que no estamos muy lejos de los adjetivos con los que estigmatizamos a los demás.

Tibisay Lucena dijo unas palabras muy sabias cuando proclamó a Chávez como presidente para el período 2013-2017. Dijo, palabras más, palabras menos, que reconocer el triunfo del otro y la propia derrota, pasa por reconocer también a los que votaron por el vencedor, por eliminar los términos peyorativos y discriminatorios para referirnos a sus votantes.

Lamentablemente, la rectora del CNE, olvidó que dirige una institución que es de todos los venezolanos, y no nada más del sector oficial, no se percató de decir que el vencedor al aceptar el triunfo también debe pasar por ese mismo tamiz, también debe reconocer al otro, respetarlo y eliminar de su discurso palabras como majunches, burgueses, pitiyanquis, hijos de papá y mamá…

Pero, bueno, ya todos sabemos de qué pata cojea la Rectora, a qué tendencia se inclina, a qué intereses responde y a quién rinde cuentas. O sea, que no podemos pedirle peras al olmo. Tiempos mejores vendrán cuando entre vecinos nos tratemos con respeto y que ese trato sea un reflejo del modelo que nos dan desde las instituciones del Estado. Algo que ya vamos para 14 años sin conocer.

La Calle Florida me introduce en Buenos Aires

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Cualquiera podría pensar que tanto ir y venir a la calle Florida para buscar a Carlos para cambiar los dólares es una lamentable pérdida de tiempo en una viaje de sólo tres días a Buenos Aires. Nada más lejos de la realidad.

Ir y volver a la calle Florida, tanto el día de llegada como los siguientes,  para cambiar las divisas,  nos permitió conocer una gran parte de esa vibrante zona de Baires. Observar cómo el pasaje que a las 9 de la mañana parece aletargado, se va llenando de movimiento, ruido, bullicio, y algarabía a medida que transcurren las horas del día.

En cada recorrido pasamos por diferentes calles. Recorrimos la calle Corrientes llena de cines y teatros. Contemplamos sus marquesinas y comprobamos que, efectivamente es una calle que nunca duerme. Pasamos por el obelisco. La ciudad comienza a deslumbrarnos  y a enamorarnos con su exquisita arquitectura que invade a la urbe de diferentes estilos que, por momentos, lo hacen a uno pensar que está en Europa y, en otros momentos, en Nueva York.

Los paseos esos tres días por Florida nos muestran lo que es Buenos Aires. En una esquina uno se consigue a un grupo de hombres alrededor de una mujer y, al acercarse, descubre que  se trata de una chica ofreciendo mujeres en clubes y antros de prostitución. Unos metros más allá se encuentra a un hombre discutiendo con un policía. El tipo es uno de los vendedores de pesos de la calle y cuando uno se acerca distingue con claridad lo que le grita al agente de seguridad que, con certeza, le está exigiendo que desaloje la zona o se lo llevará detenido.

-Vos no me podés echar de acá –dice el hombre enfurecido-. Vos no sos policía bancaria, sos de orden público.

El policía desde su carrito le responde algo ininteligible para nosotros mas no para el hombre que le dice:

-Dejá de romperme los huevos. Mirá que te tengo puesta una denuncia en la comandancia y si seguís con tus boludeces te vuelvo a denunciar. ¡Andate!

En ese punto, el policía sigue su camino y el hombre continúa con su “oficio” ante la mirada impotente de la autoridad.

En cualquier momento puede salir como de la nada un indigente increpándote con agresividad que le quites una venda ensangrentada de la mano herida. Así le sucedió a Cristian quien mira al “loco” con temor y le grita “¡NO!”, y arranca a correr. Yo corro tras él y en ese momento me acuerdo que, hace algunos años, alguien que había visitado Baires me había contado la historia del “loco” de la mano herida y que no era más que una estratagema para robarte si te paras a ayudar.

Camino a buscar a Carlos, vemos un alboroto en una esquina cercana a donde se supone que lo encontraremos. Como buenos curiosos y chismosos que somos, disminuimos el paso para tratar de entender de qué va la cosa.

Las protagonistas del zaperoco son: una mujer elegantemente vestida, una mujer vestida modestamente y una mujer policía. Las tres se encuentran en medio de un gentío de curiosos que gritan:

-¡Ladrona, chorra, le afanaste la cartera!

El viejo truco. Una de las mujeres le quiso robar el bolso a la otra y ésta, al darse, cuenta comienza a gritar que la quieren asaltar, ante lo cual, la ladrona empieza a gritar lo mismo. Se arma el quilombo y la mujer policía interviene pero no sabe a quién creer.

Tal vez por mis prejuicios, yo creo que la ladrona es la que viste humildemente con una licra y sudadera. Más que su pinta, su actitud y la de la mujer elegante con lentes oscuros y chaqueta de piel blanca, me hacen pensar que la culpable es la primera. Esa que voltea hacia la gente como queriendo conseguir el apoyo y la aprobación de la galería mientras que la otra se muestra apenada. Baja la mirada. Busca algo en su cartera al tiempo que le dice a la policía:

-¡Es mío, lo acabo de comprar! Ya te voy a buscar la factura.

La mujer saca el papel de su bolso y la multitud se comienza a desplazar, siguiendo a las tres protagonistas de la historia hacia un local donde venden bolsos y carteras. Allí entran para tratar de aclarar la confusión.

Decido seguir mi camino sin saber cómo terminará la historia pero, antes de irme, saco mi Blackberry y tomo unas fotos del grupo en el local. Un hombre se acerca y me pregunta qué sucede. Le explico y un muchacho flaco y alto que vio mi teléfono se voltea y me dice:

-Ahora están robando en todos lados.

Parece como drogado. Me entra la paranoia y comienzo a caminar buscando a Cristian para seguir a lo de Carlos. Estoy seguro que el tipo me quiere quitar el BB. Doy unos pasos y descubro que viene tras de mí. Me paro. Lo miro directo a los ojos. Volteo y apuro el paso hacia donde está Cristian.

-Ese tipo me quiere robar.

Digo y al volver a mirar hacia atrás, el hombre está parado donde lo dejé, observándome. Al ver que lo miro de vuelta, se pone nervioso y mira a otro lado.

“Es un raterito de poca monta -pienso-, de esos que no pueden con el training que en inseguridad tenemos los venezolanos”.

A eso de las 12 y media de nuestro primer día en Buenos Aires llegamos de nuevo donde Carlos para cambiar los dólares. Un hombre con el chasis un poco torcido que ladea la cabeza al hablar y cuya actitud y sonrisa recuerdan al verlo a algún personaje de las películas de Drácula, al mayordomo del castillo, específicamente, me dice:

-No. Carlos no viene hoy. Hoy es sábado y él no viene ni sábado ni domigo.

Mientras el hombre manotea en el aire para dar las explicaciones de la ausencia de Carlos, yo voy buscando en mi mente cómo resolver lo de los pesos ahora que sé que el tipo recomendado no aparecerá. Cuando ya estoy a punto de irme a cambiar dinero con el primero de los vendedores callejeros que consiga, el mayordomo de Drácula dice:

-¿Es para comprar pesos?

Yo asiento con la cabeza oteando alrededor para encontrar un vendedor cerca.

–Entonces pueden ir a la siguiente cuadra. Allí está Miguel, hermano de Carlos, que también vende pesos.

Le agradezco la información y nos encaminamos en la dirección que nos señala para, ahora, buscar a Miguel, el hermano de Carlos.

En el camino, me llaman la atención un montón de papelitos pegados una muro y que se encuentran por todas partes de la ciudad. Son volantes diminutos de publicidad. Al acercarme, me doy cuenta que efectivamente son panfletos publicitarios y que lo que promocionan no es otra cosa que prostitución.

A Miguel lo conseguimos justo en el sitio indicado. Un hombre de unos cuarenta y tantos, blanco, gordito, de bigotes negros y sienes canosas, con una simpática sonrisa.

Luego de presentarnos y decir a lo que íbamos, Miguel nos pregunta que cuánto queremos cambiar. Le aclaro que no estoy muy seguro de cuánto necesitaremos en esos tres días y él, muy amablemente, me aconseja que compre un poquito para ir probando y que, si necesito más, vuelva luego que él estará allí todo el día y el domingo también.

Le digo que me parece buena idea, que me cambie 50 dólares.

-¿Billetes grandes o pequeños?

Me extraña la pregunta y se lo comento.

-Es que si son grandes te vendo a un precio y si son billetes pequeños te vendo a otro. Cuando los billetes son de 50 o 100 dólares pagamos un poco más que cuando son billetes pequeños.

Yo, sin entender muy bien, saco un billete de 50 y él me entrega 310 pesos argentinos.

En ese momento viene la típica pregunta: “¿De dónde sos?”. Y la respuesta: “De Venezuela”. Y arranca la conversación sobre la situación de los dos países. La comparación entre los dos mandatarios. El populismo, la inseguridad, el deterioro de ambos países…

Entonces me doy cuenta, a solo 6 horas de estar en Argentina, que el propósito que me hice antes de salir de Venezuela de desconectarme de la política por completo y dedicarme solo a conocer y disfrutar las ciudades que visitaré en mis vacaciones, será imposible de cumplir.

Los graffitis en las calles que dicen cosas como “No tenemos miedo”, la conversación con Manuel en el café y luego con Miguel el de los pesos, las paredes plagadas de afiches con la cara de Cristina por toda Buenos Aires como lo están las ciudades de Venezuela con la propaganda de Chávez, me indican que será imposible evadir el tema político. En países tan polarizados como Venezuela y Argentina uno no se puede hacer de la vista gorda ante la realidad política. La política se ha metido en nuestras vidas de una manera tan brutal que se hace imposible echarla.

-¿Por qué no te llevás a la boluda de acá?

Dice Miguel ya para despedirnos. Suelto la carcajada y le digo:

-¡Si más bien estaba pensando en mandarles al gorila que tenemos allá para acá!

Ya con pesos en el bolsillo, nos encaminamos a la calle Corrientes para ver si logramos conseguir entradas para ver “Varekai” del Cirque du soleil y para Stravaganza, un espectáculo de Flavio, bailarín y coreógrafo argentino que está muy de moda en la ciudad. En el Opera Citi, consigo entradas para los dos shows. Como las de “Varekai” son excesivamente caras, mucho más que lo que pagué en Nueva York para ver en el Radio City, hace un año, “Zarkana” con buena ubicación, decido comprar localidades con “visión obstruida” pues por muy obstruida que sea, siempre se podrá apreciar algo porque no será con una pared enfrente.

Con el monto que hubiéramos podido comprar una buena ubicación en el Circo del Sol, compramos las entradas con visión obstruida y las de “Stravaganza”, una buena manera de rendir los dólares.

Cumplidos los principales objetivos de ese día: Conocer la calle Florida, la calle Corrientes, cambiar pesos y comprar entradas para los espectáculos, a las 2 y media de la tarde aún nos queda mucho día por vivir. “Stravaganza” es a las 9 de la noche, así que tenemos unas seis horas que no podemos desperdiciar. Seguramente, algo se nos ocurrirá.

Cualquier sitio es bueno para promocionar la prostitución

El es uno de los encargado de pegar la publicidad erótica

Baires, un sueño largamente acariciado


La sensación de recibir un nuevo día en un barco en mitad del Río de la Plata es una vivencia nada fácil de describir. Ver cómo emerge el astro rey de las obscuras aguas del río y comienza a llenar todo de luz y color es casi una experiencia religiosa. Los tonos amarillos, rojizos, dorados y azules comienzan a darle forma y color a todo el espacio circundante que hacía pocos minutos no era más que una nada obscura y negra. La fría brisa del pampero, el viento purificador que viene del sur, hace que la sangre fluya como río en el cuerpo y el organismo se insufla con ese aire fresco y frío. La piel del rostro parece tensarse al contacto con la brisa y los ojos parecen incapaces de retener tanta luz, color y belleza.

Es el amanecer de un sábado. La noche anterior partimos a la medianoche desde el terminal de Tres Cruces en Montevideo, en autobús, rumbo a Colonia donde luego de poco más de 2 horas rodando, abordaríamos el buque Eladia, rumbo a Buenos Aires.

El trayecto en autobús fue leve y de descanso. El cansancio acumulado luego del largo viaje desde Venezuela (casi 24 horas de viaje y prácticamente 36 sin dormir) hace que el sueño me venza y pasó las horas de autobús durmiendo a intervalos. Despierto a ratos para asombrarme con el maravilloso paisaje celeste que se cuela por la ventana del vehículo. Un cielo de azul noche plagado de estrellas por donde uno mire.  No hay duda, la naturaleza ha sido benévola con Cristian y conmigo y en medio de una temporada de lluvias y nubes, nos regala una espléndida y estrellada noche.

El increíble amanecer en el buque se ve coronado cuando, a lo lejos, se comienza a divisar el hermoso paisaje urbano de Puerto Madero con sus altos y modernos edificios a la ribera del río. A partir de allí, los ojos no tienen descanso. La vista quiere abarcarlo todo, no perder ningún detalle.

Finalmente, el buque atraca en el puerto. Ya hemos perdido la cuenta de cuántas fotografías hemos tomado del amanecer y de la llegada a Baires. Luego de un rápido y sencillo tramite de desembarque, ya nos encontramos en las afueras del terminal marítimo, subidos a la van que, de acuerdo al paquete contratado, nos llevará al hotel Duomi, a unas pocas cuadras del Obelisco.

Una vez chequeados en el hotel, una ducha rápida y, sin mucho pensarlo, nos lanzamos a la calle. Son pasadas las ocho de la mañana y lo primero que debemos hacer es ir a la calle Florida a cambiar dólares por pesos en lo de Carlos, un hombre que nos recomendaron para hacer el cambio pues, los paga a buen precio y es de fiar.

Para los venezolanos, el cambio de divisas en el mercado negro no es nada extraño o ajeno. Ya son muchos años de trainning en esas lides que para los argentinos son nuevas.

Al no más pisar la calzada del boulevard, se comienza a escuchar cada 6 pasos el murmullo desde las orillas de la calle:

-Cambio, cambio. Dolares, pesos, reales. Cambio.

En la calle Florida los vendedores de pesos pululan con actitudes de aparente indiferencia

Murmullo que se eleva un poco cuando uno se acerca al vendedor y  éste se da cuenta que uno es turista. Cristian y yo, obedientemente, haciendo estricto caso de lo indicado, hacemos caso omiso a quienes nos insisten en vender monedas y que pueden terminar metiéndole al turista billetes “truchos”, como llamarían los argentinos a los falsos o, en el peor de los casos, indicarle a los choros que uno acaba de cambiar divisas, dejándoles ver que portamos dólares y somos un apetecible blanco.

A esa hora de la mañana, la calle Florida luce un poco desolada. Apenas están comenzando a abrir los comercios y, evidentemente, los cambiadores de pesos llegan primero a “laburar” que los establecimientos legales. Llegamos al sitio indicado y Carlos no se encuentra. Nos dicen que llegará más tarde.

Hora de decidir qué hacer. Las opciones: comprar al primer pregonero de la calle que nos consigamos, corriendo el riesgo; cambiar en una casa de cambio, reduciendo así nuestra capacidad de compra con los 500 dólares que nos permite Cadivi; o dar una vuelta y volver a ver si Carlos llega.

La calle Florida

Decidimos caminar un poco para recorrer la zona. El cambio oficial a 4.50 lo descartamos de plano porque con Carlos compraremos a 6.20, casi dos pesos de diferencia por dólar. Y no nos atrevemos a correr el riesgo con ninguno de vendedores de los que pululan en Florida. Damos una vuelta a la calle que va cobrando vida a medida que avanza la mañana, no tanta como los días de semana porque los sábados son muchos los comercios que no abren, pero sí la suficiente como para que uno intuya que es un sitio de mucho movimiento comercial y turístico.

Volvemos a lo de Carlos y nada que ha llegado. Alguien nos dice que, como es sábado, llegará después de las 12 y media. Casi dos horas habría que esperar. Como el hambre aprieta, decidimos buscar un lugar dónde desayunar y, allí mismo, a pocas cuadras conseguimos un café de esos típicos argentinos, con mesitas pequeñas y sillas vienesas, que acaba de abrir.

Entramos, nos atiende un mesero un poco parco, medio lento, con acento de cordovés y tono de que su cuerpo aún no ha recibido la orden de despertarse.

Luego de asegurarnos de que aceptaban tarjetas de crédito porque pesos todavía no hay, pedimos dos desayunos continentales, acompañados de cafés con leche y jugo de naranja. En la caja, un señor, con cara de estar más cerca de los 60 que de los 50 años, nos observa.

Mientras nos preparan el desayuno que, evidentemente, tardará un poco, primero, porque acaban de abrir la cocina y, segundo, porque el argentino no parece nunca tener prisa, me acerco al hombre y le pido el favor de poner a cargar la batería del celular que está a punto de fenecer. El gesto sirve para entablar la típica conversación:

El: ¿De dónde son?

Yo: De Venezuela.

-¡Ah, Venezuela! ¿Qué tal con el loco?

Y por allí arrancamos una especie de contrapunteo en el que parecemos cada uno empeñado en demostrar que nuestro respectivo país está peor que el del otro.

Que la inseguridad, que la polarización política, que el fuerte control de cambio, que el populismo, que el inmenso ego de los mandatarios…

Manuel, el dueño del lugar, me va enumerando las barbaridades por las que están pasando los argentinos y yo le voy diciendo que los venezolanos ya pasamos por eso hace años.

El: Hace pocos días hubo una protesta importante. Bastante gente caceroleando y la Cristina dijo que eran un grupito de burguesitos que sienten que les quitan privilegios. La muy descarada ha sido capaz de decir que los argentinos podemos comer con seis pesos (1:50 dólares oficial o 1 paralelo). ¡Que coma la concha de su madre con seis pesos. Es una cínica! El otro día dijo: “como yo soy argentina y amo tanto a mi país y a mi pueblo y tengo confianza en mi país, tenía unos pocos dolaritos en una cuenta en el exterior, 135 mil dólares, los ahorros de toda mi vida,  y ya los convertí a pesos como espero que hagan todos los argentinos”. ¡Hipócrita, descarada. Ella cree que todos somos unos boludos que le vamos a creer!

Manuel habla, se va enfureciendo y yo voy sintiendo que me están contando una película que ya he visto muchas veces.  Vienen a mi mente las innumerables marchas de cientos de miles de personas en la calle protestando y que para el régimen no era más que un grupito de pitiyanquus, burgueses…

La conversación con el comerciante argentino me sirve para comprobar que Argentina sigue los pasos de Venezuela. Allá se está instaurando el mismo sistema que en Venezuela con la misma marca “Made in Cuba”, pero con faldas, lo cual es de temer porque siempre he pensado que las mujeres hacen mejor las cosas y con más eficacia que los hombres. Tanto las buenas como las malas.

-Ahora están creando las fuerzas de choque- continúa Manuel-. con un grupo de vagos, mantenidos por el gobierno y con los presos de las cárceles. Los entrenan para que salgan a enfrentar a los manifestantes en las protestas haciéndolos pasar por “pueblo” que sale a defender a la Cristina.

Escucho a Manuel y pienso “esa te la tengo”. El me comentó de las fuertes protestas de 2001 por lo del corralito cuando los argentinos se lanzaron a la calle a defender los ahorros perdidos de toda su vida y a incendiar Buenos Aires por la indignación y la impotencia de perder el fruto del trabajo de toda su vida, el dinero que les garantizaría una vejez tranquila y algo que heredarles a sus descendientes. Comparó esa protestas con las de ahora y mostró su temor de que se produzcan nuevamente la furia y la ira de entonces.

Cristian y yo tomamos el suculento desayuno. Sentimos como nos vuelve el alma al cuerpo con el café y esperamos un rato más, mientras carga el teléfono y damos chance a que llegue Carlos.

Al rato, pago, me levanto para buscar mi celular, le doy un apretón de manos a Manuel y le digo:

-Que los argentinos se cuiden porque Fidel acabó con Cuba, está a punto de acabar definitivamente con Venezuela, y viene por Argentina.

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La actitud del Presaliente me dice que “Hay un camino”


Cuando salgo a la calle y veo tantos afiches del Saliente por todos lados, tantas vallas gigantes contaminando visualmente la ciudad, tantos carros a los que les pagan un dineral para que porten las calcomanías del corazón a lo largo y ancho del vidrio trasero. Cuando hago zapping en la TV., recorro los diales de la radio, veo la cantidad de publicaciones impresas con las que cuenta el oficialismo, me siento apabullado por el gran aparataje comunicacional del régimen, me desilusiono y entro en pánico al pensar en lo difícil que es vencer tanto dinero y poder dedicados a obtener la victoria el 7 de octubre y perpetuarse en el poder.

Pero mis temores se disipan cuando al pasar por VTV me encuentro con una edición de La Hojilla o de La Iguana en las que en lugar de dedicar las más de 3 horas que duran esos espacios a promocionar las propuestas del candidato de gobierno para un nuevo mandato, se dedican a insultar a Capriles. En esos escatológicos programas, no escatiman en ofensas para el candidato opositor. Para desacreditar a Capriles se valen de mentiras, medias verdades, manipulaciones y montajes. Entonces siento que el miedo que ellos están manifestando indica que algo debe estar pasando.

Cuando veo a Vanessa Davis entrevistando a gente del oficialismo, manipulando la información de manera descarada, induciendo al entrevistado a responder a sus preguntas de la forma como ella quiere escuchar las respuestas, no tengo más remedio que pensar que el desespero demostrado a tal punto que no le importe perder el poco respeto que como comunicadora social pueda aún tener, habla de que debe tener números guardados bajo llave en los que su candidato no queda muy bien parado de cara a las elecciones de octubre.

Y cuando veo y escucho al saliente con la yugular brotada de tanto gritar insultos contra Capriles, queriendo meter miedo en el electorado diciendo que el candidato de oposición tiene una agenda oculta, que eliminará las misiones, que le quitará las pensiones a los viejitos, que le regalará el país al imperio, que es un majunche, un jalabolas, un judío de mierda, un maricón de closet. Que va a privatizar hasta el aire que respiramos, que es el demonio disfrazado de angelito. Apátrida, imperialista, fascista, golpista… La memoria no me da para recordar toda la retahila que en sus cadenas de medios vocifera el Presaliente, para enumerar aquí todos los insultos que en grandes derroches de creatividad espeta a los cuatro vientos mico- mandante presaliente sin importarle irrespetar los horarios infantiles ni poner a los pies de los caballos la dignidad y majestad del cargo que desde hace 14 años ostenta.

Cuando el saliente se fija y habla tanto del bojote y del paquete oculto de Capriles y quiere meternos miedo a todos con un supuesto programa de gobierno de la unidad que llevará al país a un infierno, que eliminará las misiones, cuando amenaza con guerra civil si él pierde, con crisis si el capitalismo vuelve, y le dice 20 veces jalabolas a Capriles en menos de 2 minutos. Cuando ordena a sus manganzones que se dediquen vía twitter a desmontar y manipular los discursos del candidato opositor inventando hashtags que pretenden subir en los trending topics. Cuando veo semejantes desafueros y desespero, respiro tranquilo porque la sensación que transmite el saliente es de tener terror de perder y de derrota.

Las últimas escasas apariciones y discursos del candidato de gobierno, ¡me recuerdan tanto la campaña de 1998! Cuando sus oponentes querían asustar a los venezolanos diciendo que Chávez era un comunista, socialista, come niños, ateo o, por lo menos, evangélico. Golpista, fascista, de ultraizquierda. Con que si él ganaba nada sería de nadie, porque lo que se nos venía encima era comunismo ultroso. Ante lo cual, el líder del golpe de febrero del 92, tenía que salir a decir que él no era socialista y mucho menos comunista. Que no irrespetaría la propiedad privada y que entregaría la presidencia al finalizar su mandato. Que él no era un político ni un dictador.

Como todos sabemos, y muchos lamentamos, la guerra sucia en el 98 no rindió frutos. El miedo que quisieron inocular en los votantes no surtió efecto. Por el contrario, parece que hizo que la gente se decidiera a votar por el líder golpista del 92.

Ahora al oficialismo le incomoda y molesta que Capriles ofrezca lo que en el 98 ofrecía Chávez y que después de 14 años en el poder no cumplió. Muchas de las cosas que se le endilgaban a Chávez en el 98 para asustarnos terminaron siendo ciertas y eso me hace pensar que cualquier día el candidato del gobierno dirá, en su frenético desespero:

-Hagan caso. No voten por Capriles. Vean lo que pasó conmigo, no creyeron lo que decían de mí y ya ven que tenían razón en casi todo.

No entiendo por qué el oficialismo piensa que esa guerra sucia que está llevando a cabo en la campaña actual sí funcionará esta vez. Parece que creen que en esta oportunidad los venezolanos sí nos asustaremos por un posible gobierno de derecha. Como pretendieron asustarnos en el 98 con un posible gobierno de izquierda. Es difícil de entender que un hombre que ganó, entre otras cosas, porque la gente no lo veía como un político, ahora pretenda descalificar a Capriles y a los que lo acompañan en el equipo de campaña diciendo que “no son políticos”.

Cuando el saliente sale a hablar del “paquete oculto del majunche” lo que nos recuerda es el paquete socialista oculto que él tenía en el 98 y que negó hasta el último momento. Como negó admirar a Fidel hasta que ganó y terminó diciendo que la momia cubana era como un padre.

En fin, que lo errático de la campaña del oficialismo, el desespero manifiesto en insultos, patrañas y mentiras, hacen que me vaya tranquilo a mis próximas vacaciones. Pasearé feliz por tierras uruguayas, argentinas y panameñas. Trataré de escribir algunos posts sobre mi nueva experiencia turística y publicarlos con sus respectivas fotos. Me voy por quince días tranquilo y regresaré tranquilo -y a tiempo para votar- porque la campaña de Capriles me llena de confianza pero, sobre todo, porque la campaña del saliente me indican que, definitivamente, “Hay un camino”.

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