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Caricatura de una Defensora del Pueblo

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Hay algunas declaraciones de funcionarios públicos que me hacen volver una y otra vez sobre la noticia. La leo y la releo. La veo en un medio y la busco en otro para ver qué diferencias encuentro entre la forma como la publica cada uno. La googleo a ver si hay otras publicaciones al respecto o si hay audios que den autenticidad a lo que estoy leyendo. La información se queda en mi cabeza como un eco que retumba todo el día, tratando de masticar y digerir lo que he leído en la prensa.

Esto me pasó con las recientes declaraciones de la Defensora del Pueblo, Gabriela Ramírez, en las que asegura que se investigarán un grupo de caricaturas que han sido publicadas en diferentes periódicos y que serían expuestas en lugares públicos.

Por lo que pude investigar en internet se trató de una nota de prensa originada a partir del programa de radio “La voz de la Defensoría”, que transmite Radio Nacional de Venezuela, medio oficialista, y publicada por la  Agencia Venezolana de Noticias (AVN), agencia también oficialista y que los demás medios de comunicación se encargaron  retransmitir casi sin modificar su contenido.

Decía Ramírez que “Es importante revisar estas caricaturas porque la Defensoría del Pueblo tiene la obligación de fijar posición ante ese tipo de actitudes que deben ser desterradas de la sociedad”.

Leí estas líneas y no pude menos que alabar el alto sentido de responsabilidad con el cargo que detenta Gabriela Ramírez y que se desprende de esa aseveración. Una actuación impecable de la funcionaria y cónsona con el mandato dado por la Constitución, sin lugar a dudas.

Entrecomillado más adelante, se encuentra el siguiente comentario:

“No se puede llamar arte a estas expresiones que no comulgan con el pueblo y que, además, lo insultan, lo descalifican y lo desprecian sólo por su manera de pensar”.

A pesar de no saber en qué parte de las funciones otorgadas a su cargo, se establece la facultad de decidir qué puede ser considerado arte y qué no; no tengo más remedio que coincidir con la Defensora en que uno no puede aupar manifestaciones que insulten, descalifiquen o desprecien a las personas solo por su manera de pensar, aunque me queda la duda de si Ramírez, además de estar capacitada y facultada para determinar qué es arte o no, también lo está para decidir qué es un insulto, descalificación o desprecio en una obra plástica.

Pero sigue la nota de prensa con las comillas, en señal de que lo que se escribe es cita textual de lo expresado por la funcionaria en el programa radial, y dice:

“La Constitución es muy clara con respecto a la libertad de expresión, la cual tiene el coto de no promover el odio, la discriminación ni el racismo, y es precisamente lo que estos señores están haciendo”.

Otra vez impecable e irreprochable la parte en la que específica que la Constitución “tiene el coto de no promover el odio, la discriminación ni el racismo”. Quién podría estar en desacuerdo o contradecir semejante afirmación si precisamente es una de las sentencias constitucionales que nos garantizan que todos seamos iguales ante la ley y que no permite que seamos segregados o discriminados por ningún motivo.

Determinar que una obra de arte y, más aún una caricatura, que se puede interpretar de múltiples formas de acuerdo a quien la observa, va en contra de esos principios igualitarios estipulados en la Constitución es algo tan absolutamente subjetivo que, por lo menos, luce  apresurado y de una profunda ligereza asegurar que los artistas y obras que se investigarán, están promoviendo el odio, la discriminación o el racismo en sus obras.

La noticia me retumba en la cabeza. Siento que hay algo más, además de la ligereza de la funcionaria para tomarse atribuciones que no le corresponden, que me perturba y me deja inquieto e indignado. La vuelvo a leer y es cuando caigo en cuenta que lo que más me molesta de la información es “la ausencia”.

Sí. La ausencia de la Defensora durante 14 años de atropellos a todos los venezolanos por parte del presidente Chávez y de su gobierno sin que ella se haya dignado, ni siquiera una vez, aunque fuese por cubrir las apariencias y demostrar ese diligente sentido del deber y la obligación que hoy muestra ante las caricaturas de marras, en alzar su voz para defender a esa mitad del pueblo venezolano que diariamente es insultado, vejado, descalificado, discriminado, burlado, adjetivado e instigado a odiar y ser odiado en cadenas de radio y televisión.

¿Cómo es que la Defensora del Pueblo tiene la capacidad de interpretar unas caricaturas y determinar que  sus autores están promoviendo el odio, la discriminación  y la descalificación del pueblo y no es capaz de entender los insultos, epítetos y adjetivos descalificativos que el presidente nos ha enrostrado desde que asumió el poder y  que continúa haciendo cada vez con más virulencia?

¿O es que yo, por ser opositor, no soy pueblo y no merezco ser defendido por el despacho que por mandato constitucional debe estar al servicio y defensa de todos los venezolanos y no solo de los seguidores del presidente?

¿Por qué la Defensoría del Pueblo, en lugar de defenderme de las caricaturas, no me defiende de la delincuencia y le hace una investigación al gobierno para ver por qué no ha actuado con diligencia y fuerza  para garantizarnos el derecho a la propiedad y, sobre todo, a la vida?

¿Por qué la Defensoría del Pueblo, en lugar de defenderme de las caricaturas, no insta al gobierno a arreglar las carreteras asesinas, esas guillotinas por las que millones de venezolanos tienen que desplazarse diariamente poniendo en riesgo sus vidas?

¿Por qué la Defensoría del Pueblo, en lugar de defenderme de las caricaturas, no me defiende de los abusos del CNE, del descarado ventajismo mostrado por el gobierno en las pasadas elecciones y de la utilización de medios del Estado para hacer proselitismo político a favor del régimen?

¿Por qué la Defensoría del Pueblo, en lugar de defenderme de las caricaturas, no me defiende de las multas y cierres arbitrarios del Seniat en esas campañas de fiscalización que hace el organismo en las que la única orden que dan a sus fiscales es: “Salgan, multen y cierren”, sin importar que el establecimiento cumpla o no con sus deberes formales?

¿Por qué la Defensoría del Pueblo, en lugar de defenderme de las caricaturas, no me defiende de los ruleteos por hospitales en los que los pacientes pierden la vida porque no consiguen los centros hospitalarios aptos y abastecidos con lo necesario para salvarlos?

¿Sabe qué, señora Defensora?

Le agradezco su preocupación por lo que las caricaturas puedan producirme a mí y a todos los venezolanos en la autoestima y en la psique. Es muy loable que usted defienda a los ”pobres seguidores del presidente Chávez” de los prejuicios que le puedan ocasionar semejantes publicaciones; pero, hay en este país cosas mucho más importantes, urgentes y delicadas que atender, cosas en las que está en juego el derecho a la vida de los venezolanos, de TODOS, tanto los que están con Chávez como los que nos oponemos, y para los que la Constitución sí la ha facultado a usted para actuar, y no lo ha hecho. Todavía está a tiempo.

Yo vivo una patria nueva

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Yo si es verdad que les puedo decir, con toda propiedad, que vivo en una patria nueva. A veces he llegado incluso a sentirme el digno representante del hombre nuevo que siempre he escuchado que proclaman desde el socialismo cubano y que ahora parece imponerse en Venezuela.

Si me permiten, les voy a contar cómo, desde hace unos 6 meses para acá, mi vida cambió de tal forma que les aseguro que estoy en una patria nueva.

Me llamo Malaxilandro Pérez, menos mal que no es Montiel porque todos pensarían que soy de Maracaibo en lugar de venir del oriente del país, de las orillas del Orinoco.

Hace poco más de seis meses, estaba yo, como era habitual, rascándome las güevas en mi casa, viendo Supersábado Sensacional, sin preocuparme mucho de qué día era pues, desde que me quedé sin trabajo fijo, me daba igual si era martes o domingo. Tampoco es que hubiera durado mucho en ningún empleo, pero ahora estaba directamente sin saber ni tener idea de qué hacer con mi vida.

Hubo un tiempo en que no tenía trabajo pero, de vez en cuando, me llamaban para matar un tigre o hacer una marañita. De repente, me llamaba Roberto para que le echara una mano con la instalación de un aire acondicionado, o Germán para salir a pegar publicidad en la calle o instalar avisos luminosos en los comercios, pero cada vez se hacían más esporádicos esos trabajitos.

Ese sábado, sonó el teléfono y, cuando lo escuché, pensé: “¡Coño, mañana vence la renta y no tengo medio para meterle saldo a esta mierda!”. Vi la pantalla y, al ver que era Roberto, me alegré. Hacía mucho que no me llamaba y me entró un respiro al pensar que me buscaba para una maraña.

-¿Qué hubo, Malax? ¿Qué estás haciendo, chamo?

-Aquí mijo, rascándome las bolas y viendo tele.

-Coño, marico, pero me refiero en la vida. ¿Estás trabajando?

-No chamo, nada que ver. Y en una peladera arrecha así que si tienes algo por ahí, una maraña de las tuyas, suéltalo que estoy en el ladre.

-Verga. Pana, me llamó un coño de Barinas. Es un panita que está trabajando allá en una planta generadora de electricidad que están instalando y me ofreció 8 mil bolos mensuales trabajando de electricista. A mí no me sirve. No voy a dejar mi negocio por un trabajo de 8 palos al mes; pero si tú estás pelando…

-¡Marico, pero yo de electricidad no sé un coño. Ni unas pinzas sé agarrar!

-No hay rollo, el tipo me dijo que lo que necesita es alguien que ocupe el puesto. Verga, anda a ver y prueba, ¡quién quita!

Y así fue como a la semana, me encontraba en el terminal de Ciudad Bolívar, con 600 bolos que me prestó Roberto, un morral con dos pantalones, cuatro camisas, seis interiores, seis pares de medias y el cepillo de dientes, sentado en el autobús que a las ocho de la noche arrancaría para Caracas y de allí, tomaría el otro para Barinas. Al encuentro de mi nueva vida.

Una entrevista ahí, medio pendeja, para cubrir las apariencias y de una vez me contrataron. Nada de pruebas ni de curso de inducción o entrenamiento. Empecé por hacer el tendido de cables, sin tener ni la más puta idea de lo que debía hacer y dejando el pellejo en los malditos cables. Pero ¡qué importaba si al mes ya tenía mis 8 mil bolos en la cuenta?

A los pocos días de estar en la planta, empecé a hacerme pana de todos. No es por nada, pero mal parecido no soy y Dios me dio un excelente sentido del humor con el que me meto a todo el mundo en el bolsillo. Así que a los dos meses ya parecía reina de pueblo al salir. Todo el mundo me saludaba al pasar.

De la construcción de la planta están encargados un montón de gringos que trajeron especialmente para ese trabajo. Cuando llegué, me asombré porque el presidente habla tanta paja contra los yanquis, que lo menos que me imaginaba era encontrar tanto gringo pululando. En realidad, ellos son los que hacen el trabajo importante, son más de cien, creo yo, y ellos son los que de verdad saben su vaina.

Como a mí la política siempre me ha importado un carajo, ni siquiera he votado nunca, me da igual que sean gringos, rusos, chinos o cubanos. Yo me la llevo bien con todos y los gringos me adoran porque consigo coñitas y se las “picho”. Son unos culiones esos desgraciados.

Pero mi verdadero golpe de suerte fue cuando conocí a la hermana de uno de los chivos que más mean en la planta. Una coña explotada de buena, con sus teticas duritas, paraítas, recién puestas y forrada en billete. A los quince días de conocerla ya me la estaba “machucando”.

¡Qué empepe el de la caraja conmigo!

Al mes de estar saliendo, ya me estaba recomendando con su hermano. Y, al mes y medio, me nombraron supervisor. Se acabó la jaladera de cable y las manos despellejadas y en carne viva. Desde ese momento, nada de grasa ni trabajo duro o sucio. Una braga siempre impecable, un casco de seguridad y solo echar el ojo por aquí y por allá.

Fue así como me di cuenta que con lo que se está gastando en la construcción de la planta, en realidad, se podrían levantar tres plantas iguales. Si se necesitan 100 rollos de cable, compran 300 porque 200 se los roban y los venden por fuera. Por allí encontré un maletín con un montón de aparatos que cuestan cada uno 20 mil bolos, unos 100 bichos de esos, escondiditos, listos y esperando la oportunidad para sacarlos.

En estos días, que me conseguí al güevón del Golcar en la Unellez, le conté mi nueva historia. Tenía años que no lo veía pero sigue siendo el mismo bolsas de siempre.

-¡Caramba, Malax, te ves muy bien! Nada que ver con el pelabolas de siempre.

Entonces le conté todo lo que me había pasado en los últimos meses. El trabajo en la planta, la coñita hermana del jefe con propiedades y plata que me estoy machucando y todas las vainas que he visto en el trabajo
.
-Chamo, ten cuidado que los pendejos son los que terminan pagando las consecuencias.

-Tranquilo que yo miro, me callo la jeta y no firmo nada.

-Por eso es que este país está como está, Malax. ¡Qué vaina con esta “revolución”! … ¿Y si esos gringos son de la CIA para que hagan mal esa vaina y a los cuatro meses explote?

-Jajajajaja estás viendo muchas pelis, panita. Jajajaja . Bueno, chamo, yo lo que sé es que a mí me cambió la vida. Por eso, si me dicen que tengo que votar por el comandante, pues voy y voto. Total, yo no me la voy a tirar de salvador de la patria…

-Solo te digo que te cuides…

-Tranquilo. Pareces mi vieja. Yo no me estoy metiendo en peos, no me robo nada y no me meto con nadie. Lo que no me da el trabajo, me lo da la coñita. Yo sí es verdad que estoy viviendo una patria nueva, Golcar. Es más, si no te pones muy Popy y quisquilloso, hasta te invito para mi matrimonio. ¡Chamo, me caso el año que viene!

La resaca de Marianella Salazar

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Escribió Marianella Salazar un artículo para El Nacional titulado “La gran resaca” en el que descarga contra la MUD toda la frustración y sensación de impotencia que nos dejaron a muchos los resultados de las elecciones del 07 de octubre.

Yo no voy a defender a la MUD. Primero, porque ya todos sus miembros están grandecitos y pueden defenderse solos. Y, segundo, porque en muchas oportunidades me han parecido timoratas, extemporáneas, desafortundas e inoportunas algunas de sus actuaciones y, en muchos casos, falta de pro-actividad a la hora de actuar.

Pero la descarga que le dio la articulista a la MUD me quedó rondando en la cabeza, como el estribillo de una canción que se queda en la mente hasta hacernos desesperar y buscar la forma de ponerlo en off.

Dice Marianella que la MUD ha debido exigir “…limpieza del registro electoral, el fin de las migraciones silenciosas con las cuales privaron a muchos electores de su derecho al voto, el que no se conculcaran derechos constitucionales de los venezolanos en el exterior, que se vieron imposibilitados de votar; en fin, si hubiéramos exigido mejores condiciones, a lo mejor no estuviéramos en esta esquina lamentándonos y en este estado de desolación, desconcierto, incredulidad”.

La leo y no puedo menos que estar de acuerdo. El grosero ventajismo del régimen en las elecciones, la evidente parcialización del ente rector de la elecciones (CNE) -puesto siempre de parte del gobierno-, la utilización de los recursos públicos tanto económicos como medios de comunicación y de logística a favor de la campaña del presidente candidato -nunca pudimos distinguir en qué momento era Presidente y cuándo candidato-. Y todas las condiciones injustas que se conocían de antemano y se aceptaron, hacen lucir la elección presidencial como cualquier cosa excepto justa y equitativa.

Pero la pregunta que me da vueltas en la cabeza hasta hacerla reventar es: ¿A qué se refieren Marianella y muchos otros articulistas cuando dicen que la MUD debió “exigir” condiciones?

Me pregunto ¿cómo se hace eso ante un poder electoral arrodillado y sumiso frente al poder ejecutivo?

¿Me paro y digo “si no revisan las condiciones y se hacen elecciones limpias, transparentes y justas “NO VOY A LA CONTIENDA?

Cuando pregunté en twitter, un usuario me respondió:

“con 6.5 MM en las calles y MUD pidiéndole al CNE q se desarrodille”.

Me pareció interesante y acertada la propuesta. Entonces pensé en qué podría suceder.

Seguramente, las cuatro vestales del CNE, con cierto mohín de damiselas ofendidas, recogerían la solicitud aparentando “imparcialidad” y luego de “analizarla” y “estudiarla a profundidad” llegarían a la conclusión de que dicha solicitud “no procede” porque todo es “claro y transparente” en los procesos electorales venezolanos, con el mejor sistema automatizado de votación de la bolita del mundo. Esto, seguramente, con el voto salvado del rector Vicente Díaz. O tal vez no.

Entonces, ¿qué hacer? ¿Quedarnos parados frente al CNE y “de aquí no nos movemos hasta ver satisfechas nuestras demandas”? ¿Comenzar una protesta violenta que le dé pie al régimen para decir que la oposición volvió por sus fueros golpistas y desestabilizadores? ¿Para que digan que la presencia de la gente convocada por la MUD equivale al grito de “A Miraflores” del 2002?

¿O ir ante los tribunales encargados de la materia electoral para exigir que ordene al CNE que atienda nuestra solicitud? Ah, pero ya sabemos también a qué intereses responde el sistema de justicia en este país y a quién rinde cuentas. Es decir que, muy probablemente, la sentencia dirá que “no procede” y volvemos al principio. ¿Qué hacer?

Pues nada. Así no vamos a elecciones el 16 de diciembre en la oposición. Boto tierrita y no juego más.

Entonces, viene Chávez y, con su sacrosanto dedo, lanza supuestos candidatos opositores en todas las gobernaciones y alcaldías. Gana todo los cargos bien sea con su candidato o con “su opositor” bajo una apariencia de legitimidad y volvemos a empezar de cero en la oposición. ¿Les suena aquello de la Asamblea Nacional toda rojita de 2005?

La trampa en la que está en estos momentos la oposición no es nada fácil de desmontar. La lucha seguirá siendo la de “un candidato de a pie contra un Estado” (Lanata dixit) y yo, de verdad, pienso que artículos como el de Marianella y opiniones como las de Diego Arria (por quien voté en las primarias) hablando del fraude en cámara lenta, en los que se dicen grandes verdades y claramente indican lo que hay que hacer y, todos sabemos, se debe hacer; pero sin dar la más mínima pista de cómo hacerlo, poco ayudan a desenredar esta madeja en la que nos ha metido un régimen impúdico y desvergonzado al que no le importa ya ni siquiera guardar las formas y apariencias a la hora de mantenerse en el poder a toda costa.

Como pueden ver, el texto de Marianela Salazar y este mismo, son más las dudas y angustias que dejan, que las certezas. Por ahora (como dijo el funesto animador de concursos de reinas de pueblo y artífice del 4F), lo único que me queda claro es que el 16 de diciembre, a como dé lugar, estaré de nuevo frente a la urna electoral.

Con el rancho en la cabeza

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En algún punto de la carretera que une los estados Trujillo y Mérida, mientras tratábamos de adivinar a qué se debía que el tránsito se había detenido por completo, al levantar la vista, me topé con la imagen que se ve en la foto:

La cara del presidente Chávez que está en la puerta del humilde rancho, hecho de bahareque, pareciera dar la bienvenida, con sonrisa de satisfacción, a quienes llegan a ese hogar.

En el “techo” se ve como sembrada, lo que pareciera ser una vieja antena para recibir la señal de televisión. Indudablemente, un televisor al que sólo deben llegar las señales de VTV y, posiblemente, Tves y Venevisión.

En la pantalla de “la caja boba” debe aparecer, varias veces al día, la imagen del presidente hablando al país y, en innumerables ocasiones, esa alocución debe surgir en los tres canales que capta el aparato porque se encuentra en cadena de medios radioeléctricos.

Por esa pantallita, quienes allí viven, deben escuchar claramente que “están muy bien”. Que su situación “nunca ha sido mejor”. Que Chávez los ama y por su amor es que ahora cuentan con la “mayor felicidad del mundo” porque, “Venezuela es uno de los países más felices de la tierra”.

Los habitantes de esa morada están convencidos de que su felicidad se debe a los excelentes tratados con China. A los dineros que se le regalan a Uruguay, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y, especialmente, a los “intercambios económicos con Cuba”.

Están convencidísimos que nada los puede hacer más felices que el contar con el lanzamiento de un segundo satélite venezolano al espacio exterior, aunque no tienen ni idea de qué pasó y para qué ha servido, el primero.

El atasco de carros cede un poco y, al avanzar unos cuantos metros, se ven otras casas (unas más humildes y pobres que otras) con el afiche del presidente sonriente en puertas y ventanas.

A lo largo del camino, por esas zonas rurales y empobrecidas, con una carretera plagada de huecos y reductores de velocidad, uno nota que mientras el afiche del presidente engalana las entradas de las viviendas, la propaganda del candidato opositor solo se encuentra ubicada en muros que son de nadie, en árboles y en postes eléctricos.

Es que ellos sienten que “Chávez los ama”. Están “felices” por la felicidad que les da el gobierno “socialista” y, seguramente, por la misión a la que deben estar suscritos y que les garantiza que, una vez al mes o cada dos meses, le darán un dinero en efectivo para comprar lo que necesiten, sin importar si cada vez compran menos con ese dinero, si compran productos de menor calidad a mayor precio o si el período de tiempo entre la recepción de una mensualidad y la otra parece alargarse porque la duración de lo que compran es cada vez menor.

Para ellos lo único importante es que el “socialismo es buen vivir”, como reza la propaganda que reiteradamente ven en la pequeña pantalla innumerables veces al día.

Esas cosas no son de mucha importancia. Lo que importa es la felicidad que sienten al recibir la misión y el “amor” que con ese dinero les está enviando su querido presidente.

Mientras contemplo las casas con la imagen de Chávez en la puerta, mi mente divaga en lo impresionante que ha sido el manejo de la psicología del colectivo que ha hecho este régimen. Parece funcionar como una religión. Para el chavista del rancho, creer en su actual “felicidad” es como para el católico creer en Dios: no les hace falta verlos. Es como si se hubiese puesto en práctica aquello dicho por Marx de que “la religión es el opio de los pueblos”.

Al pensar en el manejo de la psicología social, recuerdo la historia del hijo de 9 años de una señora, fanático de Carpiles Radonski hasta el día cuando se fue una semana a un plan vacacional organizado por un grupo de chavistas y regresó a su casa, no solo convertido en seguidor de Chávez, sino peleando con sus padres porque son opositores.

Absorto en esos pensamientos me encontraba cuando, de repente, sentí que algo caía del carro que iba adelante. Levanté la mirada y vi una camioneta de lujo, último modelo. Carísima. De esas que, además de lo caro que cuestan, la gente tiene que pagar una cuantiosa cantidad de dinero extra si quiere comprarla porque autos no hay en el país y, quien dé la “mordida” más grande, tiene el privilegio de acceder al vehículo cuando llega al concesionario.

Pues bien, quienes iban en la oscura camioneta, bajaron el vidrio y, sin mayor remordimiento y con mucho desparpajo, echaron a la calle vasos de plástico y papeles.

Por el canal izquierdo, nos pasaban los “vivos”. Unos en Aveos de este año, otros en Malibús de hace 30. Todos más “vivos” que quienes pacientemente esperábamos que la cola avanzará sin pasar por encima de nadie. Más “vivos” que los pendejos que siempre tratamos de hacer las cosas como, se supone, se deben hacer.

Miré de nuevo la camioneta negra lanzar más desperdicios a la orilla de la carretera y a los guapetones continuar aventajando a los pendejos y pensé:

“El rancho con la cara de Chávez en la puerta, lo llevan algunos en la cabeza”.

¿De dónde salieron esos votos?

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El domingo 07 en la noche, mi urbanización se sumió en un tenso silencio. Los televisores se apagaron. La música cesó. A lo lejos se oía la detonación de uno que otro mortero como muestra de celebración. Pero en las cercanías el silencio era sepulcral.

Esa noche mucha gente se durmió vencida por el llanto. La asaltaron las dudas. Se preguntaba qué pasó. No daba crédito a la información que la rectora del CNE daba por televisión.

El sentimiento de burla, de estafa, de robo, hizo presa de gran parte de los que hasta hacía pocas horas, se encontraban, si no felices, con muchas esperanzas de triunfo. No era para menos. Los ríos de gente desbordada en las calles del país, alegre y emocionada, vitoreando el paso del candidato Capriles nos sembraron la esperanza de que el triunfo estaba cerca.

El lunes 08, muchos siguieron llorando. Había duelo y algunos se preguntaban de dónde salieron tantos votos para Chávez si sus actos fueron tan pocos y, por Globovisión, nos mostraban la “escasa concurrencia”, al tiempo que remarcaban que era gente obligada y comprada. Que muchos estaban allí pero votarían por Capriles, como en efecto pudo haber pasado.

Ese lunes 08, los más desbocados, sin pruebas ni evidencias se lanzaron a gritar “fraude”. “Esos votos no están”. “Esos los crearon con las maquinitas y con la complicidad del CNE y el plan República”.
Mientras que algunos se preguntaban dónde estaban esos 8 millones que no los veían por ningún lado y otros, entre los que me cuento, empezábamos a pensar en qué se falló, qué faltó, por qué no vimos que esos 8 millones seguían allí, inamovibles, cómo es que no nos los tropezábamos por ninguna parte.

Durante la campaña, mucho se habló del “voto oculto”, del voto que no se reflejaba en las encuestas, del “voto silencioso” a favor de Capriles por temor a las represalias del régimen. Ahora, días después, creo que ese voto silencioso no contaba para las encuestas. En realidad, contaba para nuestra cotidianidad, nuestro día a día. Esos votos estaban allí, callados, agazapados y nosotros, en nuestra euforia y optimismo, nos negábamos a verlos.

Muchos de esos votos estaban en los barrios a los que yo, y probablemente el que me está leyendo tampoco, no entramos porque el solo nombrarlos nos atemoriza, pero desde donde, seguramente, provenían los sonidos de cohetones y morteros celebrando. Y estaban, también en una gran masa de trabajadores públicos de todos los niveles en un Estado empleador hasta la exageración.

Esos votos estaban en la muchacha que en la panadería te embolsa los 20 panes mientras te escucha decir que los chavistas son unos desgraciados. Estaban en la cajera del supermercado que, mientras te chequea la compra, te oye comentar con el que está en la cola que los chavistas son todos unos arrastrados.

Los votos de Chávez estaban en la chica esa de uñas postizas y tetas compradas, dependiente de una tienda de ropa que, en la tintorería, escuchaba a las dos señoras encopetadas decir, que las chavistas son todas unas putas vendidas, mientras ella le comentaba a su amiga, receptora de ropa en esa tintorería y también chavista, por lo bajito:

-Si, yo tengo loco a Andrés, el cajero del banco, se desvive por mí, lo que no sabe es que yo soy del otro lado. El no sabe que soy chavista porque, si lo llega saber, me odia y no me hace el favor de depositar los cheques sin hacer la cola.

El voto chavista estaba en el chofer de la camionetica que llevó a la gente al mitin de Capriles y esperó pacientemente a que llegara la hora de devolverlos a sus casas, escuchando como los pasajeros decían: “Los chavistas son todos unos flojos borrachos, menos mal que esto se acaba el domingo”.

Por Chávez votó ese mesonero que dijo a su compañero el sábado en la noche:

-Dame cuatro palos ahí y si gana Capriles, te los devuelvo-. Mientras iba a llevar la pizza y miraba de reojo con resentimiento a dos de gorra tricolor que decían:

“A esos chavistas de mierda hay que acabarlos, no sirven para nada. Son una parranda de flojos que solo quieren que les den plata de las misiones sin trabajar”.

Los votos estaban en ese gerente de banco que era opositor y que se quedó sin empleo cuando el gobierno acabó con el banco Federal y que, ahora, absorbido por el Banco de Venezuela, ha conseguido mejor sueldo y trato, aunque no salga a alardear de que es chavista. También en esos que, siendo opositores con “plan B” para USA, cansados de tratar de abastecer su bodega con los productos que escasean y precios regulados, se dejaron seducir, un mes antes de las elecciones, por el militar mafioso, se asociaron con él y, en una semana, echaron abajo la bodega, metieron máquinas de juego e instalaron un casino clandestino. Obteniendo en un mes la ganancia que no obtuvieron en un año de trabajo.

Por Chávez votó el viejito que se sentía anulado e ignorado y que ahora está convencido de que su pensión se la debe a él y no que es un derecho obtenido gracias a su trabajo y dedicación al país y que en la cola del banco oye como un hombre le dice a la cajera:

-No le doy paso al viejo ese coñoemadre, porque todos son unos chavistas vendidos, que votan por el desgraciado solo por una pensión.

Los votos de Chávez salieron de esos a los que no se pueden asustar con el socialismo porque ellos no tienen nada que le puedan quitar y sí una misión que están recibiendo. De los que no se asustan con la inseguridad y la violencia porque nacieron en medio de una balacera y en ella han crecido. De la señora de servicio que cuando iba a llevar café a la patrona y su amiga escuchó que la visita le decía compungida: “Chica, Juanita, la que trabaja en mi casa, es chavista”, y la patrona le respondía:

-¡Es que son brutas! ¿Qué se puede esperar de ellas? Si fueran inteligentes, no serían cachifas y menos chavistas.

Ante tantas muestras de desprecio que damos a diario, a veces sin darnos cuenta, pero siempre a todo pulmón, ¿cómo podemos pretender que quien está a nuestro lado muestre sus preferencias políticas?

Chávez ha basado su poder y su permanencia en resaltar el resentimiento y el odio de los que nunca han tenido contra los que tienen. Ese ha sido su gran triunfo, fomentar una lucha de clases y acentuar la división y, para ello, se vale de las misiones que maneja como dádivas y limosnas para mantener sometido y a su lado a esa gran masa que siente que, por primera vez, los toman en cuenta. Chávez trata a “sus pobres” como a perritos a los que se les tira un hueso para conquistarlos. De esa forma los ha logrado mantener fieles a su lado.
Pero el otro gran triunfo de Chávez es haber inoculado ese odio y ese resentimiento en quienes lo adversamos.

Los que no queremos a Chávez y su proyecto “socialista”, hemos caído en la trampa de su odio. Nos ha faltado sensibilidad e inteligencia para no dejarnos arrastrar por su discurso violento y hemos terminado maltratando y humillando a sus seguidores cotidianamente, diciendo que son arrastrados, vendidos, tarifados, percucios, tierrúos, vagos, flojos, borrachos, malandros, violentos, ladrones. Para después pretender que nos digan: “yo voto por Chávez”.

De todo eso hay en las filas del Chavismo, y en las filas de la oposición también. Como en la oposición hay sifrinos, corruptos, encopetadas, patiquines, adecos y copeyanos, al igual que en el chavismo.

Lo que no podemos y debemos empezar a evitar, es decir que todos los chavistas son así o que todos los opositores son asá.

A veces, oigo decir que el país necesita “reconciliación” y, algunas bocas, pareciera sonar como si dijeran, “hay que reconciliarse con esos brutos chavistas” o, “hay que abrazar a los desgraciados burgueses”. Así, la reconciliación estará muy lejos. Tan lejos como esperar que se produzca cuando Chávez le dé la mano a los de la oposición sin ofenderlos.

Cuando uno ve que en Caracas, a las 6 de la mañana, el metro va lleno hasta el tope de gente que se dirige a sus trabajos, cuando al Ruta 6, de Maracaibo a las horas pico, a las horas de entrada y salida del trabajo, parece que la gente se le desbordará por las ventanillas y puertas, yo los veo y me pongo a pensar en lo injusto que es decir que “Venezuela es un país de vagos”. La injusticia que significa decir que los chavistas que van en esos transportes son unos delincuentes, borrachos, buenos para nada.

La gran mayoría de este país (al menos así quiero creerlo en mi ingenuidad) es gente trabajadora, sin importar por quien vote.

Me decía un amigo, refiriéndose a los chavistas:

-Son flojos. Esos no aprenden. Lo que quieren es que le den los reales para bebérselos y luego sentarse a esperar que les vuelvan a dar. Son como cerdos que, por más que los saquen del chiquero y los enseñen, cuando ven la porquería, corren a revolcarse en ella.

Yo me niego rotundamente a pensar así y mucho menos a creerlo. Si los seres humanos fuéramos así y no tuviésemos capacidad para aprender, seguiríamos en cavernas. Así se lo decía, pero en su ceguera, parecía no entender que esa situación como él la describe no puede ser una fatalidad, no es algo congénito, un mal que no tiene cura.

Yo creo que mucha de esa gente que hoy está recibiendo una ayuda del gobierno -que se la administran como limosnas-, no han tenido oportunidad de aprender a sacar partido de esa ayuda porque, entre otras cosas, al régimen no le conviene que aprendan y se independicen de esa limosna.

Chávez ha continuado la política de la lata de zinc, los bloques y la bolsa de comida de los adecos y copeyanos, solo que la ha sistematizado, regularizado. Pero para nada le conviene que la gente aprenda a sacar provecho de esa ayuda para buscar la forma de obtener ingresos sin depender de la Misión.

A Chávez no le interesa que la gente conciencie que la limosna que le dan hoy, si no la aprende a usar, se le acaba mañana y que seguirá en la misma situación.
El quiere que se la consuman y se sienten a esperar la próxima limosna para mantenerlos atados a él, como bueyes.

Pero la oposición tampoco ha asumido la labor de ir casa por casa a enseñarles qué pueden hacer con lo que obtienen de ayuda del gobierno. Creo que ese es el trabajo que políticos, líderes sociales y empresarios tienen que asumir. Esa es la lectura que nos debería dejar el resultado de las elecciones y lo aprendido en los meses de “casa por casa” de Capriles en campaña.

Hay una necesidad de educación y capacitación de la gente a la que le llegan las misiones que tiene que ser asumida. La empresa privada tiene que asumir un compromiso social y aportarle calidad de vida a los más pobres. No es dar limosna como lo hace Chávez, es un verdadero compromiso social que se enfoque en la educación y aprovechamiento de lo que les dan, al tiempo que les brindan la posibilidad de acceder a los servicios básicos.

Ese es el trabajo que hay que hacer, a mi entender, y que queda muy claro en esta anécdota que mi sobrina Sandra Moros, relató en un comentario en mi post “No hubo fraude, lo que sí hay es un camino”:

Definitivamente, la clave es educación, es el trabajo social que no se ha hecho. Es enseñarles que se pueden valer por sí mismos, que la misión es algo que debe ser pasajero y puntual, que no es un yunque al que estará atado de por vida. Enseñarles que no hay necesidad de llenarse de hijos para demostrarle a cada hombre que aman que lo aman y, mucho menos, para retenerlo. Enseñarles que es más fácil echar para adelante con uno o dos hijos y no con cinco en la esperanza de que, alguno de ellos crezca, sea exitoso y los saque de la pobreza.

En fin, educar, insistir, seguir educando. Educándolos a ellos pero también educándonos a nosotros. Entendiendo que cada vez que generalizamos y utilizamos términos peyorativos para referirnos a todo un sector de la población, nos retratamos a nosotros mismos como personas y demostramos que no estamos muy lejos de los adjetivos con los que estigmatizamos a los demás.

Tibisay Lucena dijo unas palabras muy sabias cuando proclamó a Chávez como presidente para el período 2013-2017. Dijo, palabras más, palabras menos, que reconocer el triunfo del otro y la propia derrota, pasa por reconocer también a los que votaron por el vencedor, por eliminar los términos peyorativos y discriminatorios para referirnos a sus votantes.

Lamentablemente, la rectora del CNE, olvidó que dirige una institución que es de todos los venezolanos, y no nada más del sector oficial, no se percató de decir que el vencedor al aceptar el triunfo también debe pasar por ese mismo tamiz, también debe reconocer al otro, respetarlo y eliminar de su discurso palabras como majunches, burgueses, pitiyanquis, hijos de papá y mamá…

Pero, bueno, ya todos sabemos de qué pata cojea la Rectora, a qué tendencia se inclina, a qué intereses responde y a quién rinde cuentas. O sea, que no podemos pedirle peras al olmo. Tiempos mejores vendrán cuando entre vecinos nos tratemos con respeto y que ese trato sea un reflejo del modelo que nos dan desde las instituciones del Estado. Algo que ya vamos para 14 años sin conocer.

En Maracaibo vi que Capriles abrirá el camino

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Llegando de la fiesta del progreso que fue el acto de cierre de campaña de Capriles en la avenida 5 de Julio de Maracaibo. En la ropa y en la piel traigo el olor de “violín” de la catirita sifrina que tenía al lado, del mal aliento del guajirito que tenía adelante. Los dedos de los pies están magullados con los pisotones del negrito  de los chimbangles de San Benito y los tacones de la señora emperifollada que miraba por encima del hombro. En las costillas traigo la marca de los codazos del malandrito a mi izquierda y de la mujer con cara y lentes de maestra de escuela a mi derecha.

Por momentos, el aire faltaba. El olor a sudor parecía emerger del pavimento como un vapor. En ocasiones un sudor fresco y perfumado y, en otras, rancio y fuerte, como de persona que trabajó todo el día a pleno sol y de su jornada laboral saltó al mitin de Capriles. Un olor a “solecito” que decimos en el Zulia.

Pero, en esos momentos de emoción, esos olores terminan siendo el olor de la alegría, de la esperanza, de la fiesta de la democracia y los moretones son la marca, el sello, de que asistimos a un momento histórico en la vida del país.

Venciendo mi agorafobia, ya desde hacía días tenía decidido que no me perdería por nada del mundo el acto de cierre de campaña de Capriles en el Zulia. Y la emoción y la algarabía del día anterior en el mitin de cierre en mi querida Mérida confirmaron mi decisión e hicieron que anhelara fuertemente que llegara la hora de fundirme en esa masa amorfa, alegre y llena de vida que ha recorrido todas las ciudades del país desde hace meses.

Veía a la gente de Mérida en la calle y la imagen que me surgía era la de la espuma de una cerveza batida que se desborda del vaso y de la botella. Las fotos y las imágenes de televisión del evento andino me hacían intuir que en el Zulia no sería menos. Nunca, ni cuando el Papa Juan Pablo II visitó Mérida, vi tanta gente en las calles de mi ciudad natal. Al punto que, en algún momento de la jornada, una que otra lagrimita de emoción salió sin querer viendo la pantalla del televisor.

Vi lo de Mérida y, al salir a la calle, encontré a la gente alegre, saludaba contenta. Preguntaban: “¿Vas mañana?” “¡Claro que voy!”. Toda la ciudad anhelaba la llegada del evento. Todos estábamos dispuestos a ir a mostrar nuestro apoyo al cambio y nuestra esperanza en el futuro..

A las cuatro de la tarde cerramos la tienda y nos arrancamos a 5 de Julio.  Al llegar, el pánico se quiso apoderar de mí al ver el mar de gente y las imágenes de aquella fatídica noche en la inauguración del las luces del estadio de Mérida, cuando mucha gente fue arrastrada y pisada por la multitud descontrolada, vinieron a mi mente. Inmediatamente, espanté esos fantasmas y fue entonces cuando el miedo dio paso a la música porque, al ver lo variopinto de la gente reunida, con naturalidad, acudió a mi cabeza la canción de Serrat, “Fiesta”.

El acto de cierre de Capriles es la mejor escenificación de lo que dice la canción de Serrat desde su primera estrofa hasta la última y durante toda la jornada no hizo más que rondar en mi mente su melodía.

A los pocos minutos de haber llegado a la avenida, por los altavoces anunciaban que estaba haciendo su entrada el candidato, el “Preentrante”, como le decimos en oposición al “Presaliente”.

A la música se unía el bullicio de la gente, el sonido de los morteros, de los pitos, cornetas y bubuzelas, el “¡POM!” de los morteros. Hasta los pericos parecían estar alegres y no cesaban de gorgorear volando en bandadas sobre la multitud.

Una explosión de papelillo, un aumento del ruido, la multitud que comienza a mirar toda en la misma dirección al tiempo que grita desenfrenada, la gente que empieza a empujar con más fuerza, a apretujarse, nos indican que Henrique se aproxima. Levanto la vista y allí viene. Con su camisa celeste y sonrisa franca, intercambiando gestos con la gente y lanzando sus gorras tricolores.

Yo, que no soy mucho de tener idolatrías por políticos y artistas, no puedo evitar emocionarme, los mocos se me aflojan un poco, el nudo en la garganta se me aprieta y las lágrimas pujan por salir. Lo veo pasar frente a mí y siento que lo que pasa es el futuro, la esperanza. No pienso en ningún momento que Capriles sea el camino pero estoy convencido de que puede abrir el camino.

El siguió su paso. Ni cuenta se dio que detrás dejó a un hombre, casi cincuentón, emocionado a punto de llanto con su presencia. Un hombre que no cree en mesías que, de hecho, ni siquiera votó por Capriles en las primarias pero que ahora siente que Capriles representa la última oportunidad para Venezuela. Un gocho asimilado maracucho que en ese momento mira al cielo y comprueba que el día nos ha regalado un hermoso y cálido atardecer.

En una esquina de 5 de Julio quedó un venezolano que piensa que, o salimos de esta etapa obscura y lúgubre, de esta tiniebla, el domingo 7 de octubre, o ya no será nunca. Al menos no lo será de manera pacífica. Escucho con detenimiento una vez más lo que el candidato tiene que decir y su discurso me convence de nuevo de que “hay un camino”.

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La actitud del Presaliente me dice que “Hay un camino”


Cuando salgo a la calle y veo tantos afiches del Saliente por todos lados, tantas vallas gigantes contaminando visualmente la ciudad, tantos carros a los que les pagan un dineral para que porten las calcomanías del corazón a lo largo y ancho del vidrio trasero. Cuando hago zapping en la TV., recorro los diales de la radio, veo la cantidad de publicaciones impresas con las que cuenta el oficialismo, me siento apabullado por el gran aparataje comunicacional del régimen, me desilusiono y entro en pánico al pensar en lo difícil que es vencer tanto dinero y poder dedicados a obtener la victoria el 7 de octubre y perpetuarse en el poder.

Pero mis temores se disipan cuando al pasar por VTV me encuentro con una edición de La Hojilla o de La Iguana en las que en lugar de dedicar las más de 3 horas que duran esos espacios a promocionar las propuestas del candidato de gobierno para un nuevo mandato, se dedican a insultar a Capriles. En esos escatológicos programas, no escatiman en ofensas para el candidato opositor. Para desacreditar a Capriles se valen de mentiras, medias verdades, manipulaciones y montajes. Entonces siento que el miedo que ellos están manifestando indica que algo debe estar pasando.

Cuando veo a Vanessa Davis entrevistando a gente del oficialismo, manipulando la información de manera descarada, induciendo al entrevistado a responder a sus preguntas de la forma como ella quiere escuchar las respuestas, no tengo más remedio que pensar que el desespero demostrado a tal punto que no le importe perder el poco respeto que como comunicadora social pueda aún tener, habla de que debe tener números guardados bajo llave en los que su candidato no queda muy bien parado de cara a las elecciones de octubre.

Y cuando veo y escucho al saliente con la yugular brotada de tanto gritar insultos contra Capriles, queriendo meter miedo en el electorado diciendo que el candidato de oposición tiene una agenda oculta, que eliminará las misiones, que le quitará las pensiones a los viejitos, que le regalará el país al imperio, que es un majunche, un jalabolas, un judío de mierda, un maricón de closet. Que va a privatizar hasta el aire que respiramos, que es el demonio disfrazado de angelito. Apátrida, imperialista, fascista, golpista… La memoria no me da para recordar toda la retahila que en sus cadenas de medios vocifera el Presaliente, para enumerar aquí todos los insultos que en grandes derroches de creatividad espeta a los cuatro vientos mico- mandante presaliente sin importarle irrespetar los horarios infantiles ni poner a los pies de los caballos la dignidad y majestad del cargo que desde hace 14 años ostenta.

Cuando el saliente se fija y habla tanto del bojote y del paquete oculto de Capriles y quiere meternos miedo a todos con un supuesto programa de gobierno de la unidad que llevará al país a un infierno, que eliminará las misiones, cuando amenaza con guerra civil si él pierde, con crisis si el capitalismo vuelve, y le dice 20 veces jalabolas a Capriles en menos de 2 minutos. Cuando ordena a sus manganzones que se dediquen vía twitter a desmontar y manipular los discursos del candidato opositor inventando hashtags que pretenden subir en los trending topics. Cuando veo semejantes desafueros y desespero, respiro tranquilo porque la sensación que transmite el saliente es de tener terror de perder y de derrota.

Las últimas escasas apariciones y discursos del candidato de gobierno, ¡me recuerdan tanto la campaña de 1998! Cuando sus oponentes querían asustar a los venezolanos diciendo que Chávez era un comunista, socialista, come niños, ateo o, por lo menos, evangélico. Golpista, fascista, de ultraizquierda. Con que si él ganaba nada sería de nadie, porque lo que se nos venía encima era comunismo ultroso. Ante lo cual, el líder del golpe de febrero del 92, tenía que salir a decir que él no era socialista y mucho menos comunista. Que no irrespetaría la propiedad privada y que entregaría la presidencia al finalizar su mandato. Que él no era un político ni un dictador.

Como todos sabemos, y muchos lamentamos, la guerra sucia en el 98 no rindió frutos. El miedo que quisieron inocular en los votantes no surtió efecto. Por el contrario, parece que hizo que la gente se decidiera a votar por el líder golpista del 92.

Ahora al oficialismo le incomoda y molesta que Capriles ofrezca lo que en el 98 ofrecía Chávez y que después de 14 años en el poder no cumplió. Muchas de las cosas que se le endilgaban a Chávez en el 98 para asustarnos terminaron siendo ciertas y eso me hace pensar que cualquier día el candidato del gobierno dirá, en su frenético desespero:

-Hagan caso. No voten por Capriles. Vean lo que pasó conmigo, no creyeron lo que decían de mí y ya ven que tenían razón en casi todo.

No entiendo por qué el oficialismo piensa que esa guerra sucia que está llevando a cabo en la campaña actual sí funcionará esta vez. Parece que creen que en esta oportunidad los venezolanos sí nos asustaremos por un posible gobierno de derecha. Como pretendieron asustarnos en el 98 con un posible gobierno de izquierda. Es difícil de entender que un hombre que ganó, entre otras cosas, porque la gente no lo veía como un político, ahora pretenda descalificar a Capriles y a los que lo acompañan en el equipo de campaña diciendo que “no son políticos”.

Cuando el saliente sale a hablar del “paquete oculto del majunche” lo que nos recuerda es el paquete socialista oculto que él tenía en el 98 y que negó hasta el último momento. Como negó admirar a Fidel hasta que ganó y terminó diciendo que la momia cubana era como un padre.

En fin, que lo errático de la campaña del oficialismo, el desespero manifiesto en insultos, patrañas y mentiras, hacen que me vaya tranquilo a mis próximas vacaciones. Pasearé feliz por tierras uruguayas, argentinas y panameñas. Trataré de escribir algunos posts sobre mi nueva experiencia turística y publicarlos con sus respectivas fotos. Me voy por quince días tranquilo y regresaré tranquilo -y a tiempo para votar- porque la campaña de Capriles me llena de confianza pero, sobre todo, porque la campaña del saliente me indican que, definitivamente, “Hay un camino”.

Se acabó el fuego, pero el show continúa (o lo que nos dice una foto)

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Luego de varios días de infierno y fuego en Amuay, después de que llegara la espuma apaga incendios comprada al imperio mesmo a la carrera y, según dicen las malas lenguas -y repite la mía que no es muy santa-, de recibir en la madrugada la asesoría de expertos norteamericanos, a hurtadillas, sin que se sepa, pues la orden fue: me dicen en tres horas lo que hay que hacer y se me largan por donde vinieron, las gigantescas llamaradas que salían de los tres tanques incendiados de la refinería fueron extinguidas.

Se acabó el fuego. El país quedó sumido en una profunda depresión y tristeza. Las cientos de imágenes que se tomaron del suceso aún desfilan en nuestras mentes y cuando cerramos los ojos nos atormenta aquella foto de la camioneta Pick up con los cuerpos calcinados arrumados unos sobre otros, la de la señora sentada en la calle con lo poco que había podido rescatar de las brasas y su guacamaya abrazada, las de los automóviles convertidos en chatarra con la humareda y el fuego al fondo que parecían sacadas de una película de ciencia ficción de las que relatan historias del fín del mundo.

El estado de bb messenger de Rigoberto Colina, trabajador de Puramin, muerto en la tragedia, retumba en nuestras mentes:
“Gas metano a 24%. Gas H2S (sulfuro de hidrógeno) 4%. Nos estamos muriendo”.

Y las fotos de los animales quemados despiertan la sensibilidad del mas duro de los mortales. Luego de cuatro largos días de dolor, terror, impotencia, rabia y frustración, Venezuela queda hipersensible, a punto de llanto. Gran parte de los ciudadanos estamos en un estado de desolación tan fuerte que pareciera que en cualquier momento, por la más mínima cosa, arrancaremos a llorar.

Para la mayoría, tristeza y depresión son los sentimientos que nos acompañan y que sentimos nos obsesionarán por largo rato.

Es por eso que nos choca, sentimos una profunda repulsa y animadversión al contemplar la foto del Ministro Ramírez de lo más sonreído, posando alegremente, con sus ofensivas chaqueta y gorra “dojas-dojitas”, como diría él, frente a la cámara, como quien posa en un cumpleaños para el apagado de las velas.

La imagen es grotesca, el rojo de la vestimenta para una ocasión de duelo hiere la vista. Es como para gritarle: ¿Qué fue, Ministro, se está quitando el luto por las más de 40 víctimas fatales poco a poco?

Uno ve la fotografía y de inmediato recuerda a la hiena Izarra con su cínica sonrisa en CNN y su insensible comentario acerca de que Franklin Brito olía a formol cuando el agricultor se encontraba en los últimos días de la huelga de hambre que le costó la vida.

No podremos olvidar nunca la, en mal momento, citada frase del presaliente: La función debe continuar.

¿De qué materia fecal están hechos estos “socialistas” de pacotilla? ¿En qué albañal cultivan sus sentimientos estos “revolucionarios”?

No era nada difícil para el presaliente aparecer 40 horas después, como lo hizo,  y saludar humildemente a las víctimas y a sus familiares, pedir un minuto de silencio por los fallecidos en el accidente, pedir excusas a quienes pudieran pensar que esas muertes son su responsabilidad tomando en cuenta que él es el jefe del Estado que tiene a su cargo la administración y el resguardo de esas instalaciones petroleras y las vidas de quienes allí laboran. De una manera u otra, son su responsabilidad. Podría haber inmediatamente solicitado una investigación y anunciar al mismo tiempo que se indemnizaría a las víctimas.

Pero no. Todo lo convierte en un show que debe continuar. En el espectáculo con el que pretende humillar a quienes están en minusvalía frente a él, como la periodista de RCN. Todo termina reducido a show y a campaña electoral sin el más mínimo sentimiento de solidaridad con quienes sufren.

La imagen de Ramírez muerto de risa entre las ruinas de Amuay, es la representación gráfica de lo que hemos vivido los venezolanos estos 14 años. Largos 14 años de burlas y desprecio, de manipulación y vejación de un país al que le han bajado su autoestima a los subsótanos de la humanidad.

El fuego en Amuay se extinguió gracias a la llegada tardía de una espuma apaga incendios que, según mi escaso conocimiento y entender en materia de seguridad industrial, no debería faltar en unas instalaciones de alto riesgo como una refinería, pero el show continuó.

Es que la formación de todos estos revolucionarios del siglo XXI pareciera estar marcada por las pautas “showceras” que les da su comandante presaliente. El sabelotodo de todo. El que conoce a la perfección hasta de sonido de espectáculos públicos pues, según confesó en cadena nacional, en mejores tiempos para el país, fue animador de concursos de reinas de pueblos y narrador de caimaneras deportivas. Afición a la que lleva catorce años haciéndole honor pues, no puede ver un micrófono porque allí se queda pegado por horas, hablando más paja que radio “fiao”, echando cuentos y anécdotas que parecieran sacados de una edición barata de imitadores de García Márquez.

El Ministro podría haber honrado las circunstancias y una vez apagado el fuego, aunque fuese por pudor y humanidad poner cara de circunstancia, agradecer a los bomberos, pedir un minuto de silencio por los fallecidos, cantar el himno nacional en honor de las víctimas y largarse a celebrar en la intimidad de su casa, si era lo que se le antojaba.

Pero es que humanidad, sensibilidad, sentimientos, solidaridad, respeto, honor, si estos “socialistas” tenían, eran verdes y se los comió un burro. Como diría mi difunta madre.

¿Cómo no indignarse?

Ramírez sale hecho una fiesta en la foto de marras y Chávez lo felicita por la eficientísima labor extinguiendo el fuego. Nada dicen de los destrozos causados, de los costos económicos y ambientales, además de las vidas humanas y animales cobradas por el fuego que al decir de la mayoría de los expertos se originó por la falta de mantenimiento. La sonrisa de Ramírez demuestra que no tiene el más pequeño remordimiento, como si la refinería, su funcionamiento y control y las vidas de quienes allí trabajan no fueran su responsabilidad. Son más de 40 muertos y más de 80 heridos los que suma la tragedia. Por lo menos 100 millones de dólares diarios de pérdidas por paralización de la producción, miles de millones de dólares para reconstruur las instalaciones. El medio ambiente se ha visto seriamente afectado con daños irreversibles de contaminación atmosférica,  de los suelos y las aguas. Y, como dice el ingeniero Efraín Campos, especialista en confiabilidad, la reputación de Pdvsa queda en entredicho y su imagen internacional muy comprometida, ahora figura como empresa  ineficiente e insegura que aleja a los inversionistas.

De nada de estas consecuencias han hablado ni el Ministo ni el presaliente. A ninguno de los dos parece remorderles en lo mínimo sus consciencias. Hacen espectáculo repartiendo casas cual nuevo rico que a punta de real pretende expiar sus culpas y, por supuesto, el show debe continuar.

Se fue el fuego de Amuay. Nos queda la tristeza, el dolor, la indignación y la terrible certeza de que, para el oficialismo, Venezuela no es mas que una tarima en un templete de feria de pueblo en el que al animador de la elección de la reina lo único que le importa es que el show continúe.

48 horas de indignación y tristeza por Amuay

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Debo confesar aquí que para reaccionar con ira ante las cosas importantes de la vida soy un poco lento. Así como para las nimiedades tiendo a armar un escándalo y a gritar de manera inmediata, como cuando me consigo el tubo de pasta dental apretado por la mitad; para lo realmente serio, tiendo a ser caviloso y tomarme mi tiempo para reflexionar sobre el tema.

Así me sucedió la mañana del 25 de agosto cuando me desperté y me encontré con la noticia de la explosión en el Centro Refinador de Paraguaná, CRP. De entrada, sentí como un dolor en el pecho, se me hacía difícil imaginar la magnitud de la tragedia. Comencé a leer informaciones, a ver fotos, a enterarme de la cantidad de muertes acaecidas y la furia se fue apoderando de mí.

Recordé informaciones leídas con anterioridad en las que se decía que la falta de mantenimiento de las instalaciones de la petrolera hacía que el lugar fuera un polvorín que en cualquier momento podría explotar y las que daban cuenta de que había habido una explosión o que habían tenido que realizar una parada forzosa por fallas producidas. Estos eran eventos, fallas que debían haber sido consideradas como síntomas de que algo estaba funcionando mal en el CRP y que se debía tomar medidas de prevención y seguridad de inmediato. Pero no se hizo y mi rabia e impotencia aumentaban.

El riesgo que se corría y se corre en las instalaciones petroleras del país es vox populi. Cuando me enteré de la tragedia, lo primero que recordé es que hace aproximadamente unos 8 meses conversaba conmigo un señor que trabajó en el CRP hasta hace unos 3 años y me comentaba que quienes allí trabajaban lo hacían sobre un barril de pólvora. Que las condiciones de seguridad de la industria eran paupérrimas y que cualquier día se desataría una catástrofe. Se despidió dando gracias a Dios de que él ya no trabajaba en ese sitio.

Así pasé el día. Obsesionado con la noticia y a medida que transcurrían las horas y pensaba en el tema, mi indignación y “arrechera” aumentaban. Hasta el punto que a eso de las 10 de la noche sentí la necesidad de sentarme frente a la computadora para escribir el post  “¿Qué no se meta la política en la tragedia de Amuay?”, para de alguna manera tratar de exorcizar los demonios que durante todo el día me habían perseguido y drenar a través de las letras la frustración, el dolor y las ganas de llorar que a lo largo del día también habían ido in crescendo.

Dormí incómodo, inquieto. Me desperté en varias oportunidades con la tragedia en la mente y pensando en lo triste que es saber que no habrá sanciones a los responsables, a los asesinos porque, entre más lo pienso, más me convenzo de que la falta de actuación en una catástrofe tan vastamente anunciada constituye un delito penal y la muerte por negligencia debería ser castigada con cárcel  como lo establece el artículo 131 de la LOPCYMAT.

Me levanté el 26 de agosto con una sensación de vacío en el alma. Al leer el comentario que dejó Yofrank Carrizo en el post, recordé un artículo sobre seguridad industrial que hacía unos 20 años había traducido del inglés para una publicación argentina, en el que se hablaba acerca de los niveles y grados de seguridad de construcciones y los comparaban con los márgenes de seguridad del cuerpo humano.

Pido disculpas a quien lee esto por los simplista de la siguiente explicación y porque muy probablemente no utilizaré los términos apropiados de acuerdo a la jerga especializada utilizada en seguridad industrial pero la memoria no me da para tanto. Lo esencial, indicaba que, por ejemplo, en el cuerpo humano, los riñones tenían un índice de seguridad de 2. Contamos con 2 riñones lo que significa que si falla uno, tenemos el otro para hacer su trabajo. En los mecanismos de los ascensores, por ejemplo, si mal no recuerdo, el margen de seguridad de las guayas es de 7. Es decir, que una guaya de ascensor soporta por seguridad hasta 7 veces más del peso indicado en sus especificaciones. O sea que habría que exceder en 7 veces el nivel de riesgo indicado para que se produzca una tragedia. Y, si mi  memoria no falla, en instalaciones de alto riesgo como las siderúrgicas, el margen de seguridad sobrepasaba los 8 puntos.

Al recordar esos datos, la furia resurgió porque ¿cómo es posible que en unas instalaciones con un margen de seguridad de más de 8, la desidia, el abandono y la falta de un gobierno que cumpla con lo que la ley le ordena en materia de seguridad y resguardo de la vida de los trabajadores de las empresas a su cargo, haya hecho que se sobrepasaran los ocho grados de seguridad y se produjeran más de 40 muertos?

No pude evitar pensar en la angustia que deben haber vivido las víctimas fatales en esos últimos momentos de vida, la zozobra en la que tanto los fallecidos como los heridos y el resto de los trabajadores del CRP deben llevar a cabo su trabajo pues, nadie mejor que ellos para saber el riesgo que allí corren, el terror constante en el que viven esas personas que sienten el temor de la violencia callejera al salir de sus casas y que ni siquiera en sus puestos de trabajo deben estar tranquilas porque saben que trabajan en un barril de pólvora. ¡Eso no es vida! Y para mayor tristeza me encuentro en twitter con esta publicación que, aunque no sé si es verdadera, forma parte de los fantasmas que desde que supe la noticia me atormentan y me aflojó los mocos: 

Carlos Carrasquero ‏@krlosmusica

El era RIGOBERTO COLINA, muerto en la tragedia, trabajador de Puramin, esta fue su ultima actualizacion de BBM! Haz RT pic.twitter.com/3h9urROK

Qué rabia cuando leo que algunos “lameculos” del régimen empiezan a lanzar hipótesis de sabotajes y complot en la tragedia. Una hipótesis que, de resultar cierta, deja mucho que desear de un gobierno que tiene años con las instalaciones petroleras militarizadas y resguardadas por Guardias Nacionales las 24 horas del día, los siete días la semana, los 365 días del año. Es decir, si fue un ataque “terrorista” y “saboteo”, aunque no hay evidencia ni siquiera de una bomba molotov, lo hicieron en las narices de los militares que, se supone, nos defenderán de una posible invasión del imperio. #VayaPalaMierda

Entonces, me consigo en las redes sociales algunos comentarios de gente afecta al oficialismo que para tratar de justificar lo injustificable, dicen que por qué exigimos que se identifiquen responsables y se apliquen sanciones en el caso de Amuay, si cuando la catástrofe de Tacoa, producida en la “IV” no hubo responsables ni sancionados.

En ese instante la furia y la ira se me convierten en tristeza al ver a lo que hemos llegado en este país. Siento que ese comentario es casi como decir: “Bien hecho que pasó lo de Amuay. Si la cuarta república tuvo los muertos de Tacoa, pues la V quinta tiene los de Amuay”.

Para mi escaso entendimiento, decir que no se deben sancionar a los responsables de hoy porque no se sancionaron a los de ayer, es la esencia de cómo nos han gobernado estos 14 años en Venezuela. Esa es la forma de reaccionar desde el odio y el resentimiento que los ciega y les anula el sentido crítico. En honor a una supuesta “memoria histórica”, los afectos al régimen hablan y pareciera que quieren decir que  los desmanes que se sucedieron en la cuarta como las violaciones a los Derechos Humanos, las persecuciones, la desidia, la ineptitud, la incapacidad y la corrupción tienen que ser superados por la V. Entonces siento como una especie de corrientazo que me hace entender la esencia de este régimen: repetir lo peor del pasado, aumentarlo y hacerlo aun peor. Todo desde el resentimiento y la venganza. No hay duda, lo están logrando. ¡Qué eficiencia!

¿Cómo no sentir una profunda impotencia y tristeza cuando vemos que estas personas se ciegan y no ven, por ejemplo, que mientras PDVSA le da a Pastor Maldonado miles y miles de dólares que terminan estrellados en una vía, los heridos de la explosión de Amuay son trasladados en tolvas de camionetas sin las mínimas condiciones de salud porque no hay ambulancias?

El incendio no se ha podido controlar porque no hay suficiente espuma para mitigar las llamas en un país tan rico y tan espléndido con Cuba, Ecuador, Argentina y Bolivia y tan mezquino con sus propios hijos.

40 horas después de la catástrofe el Presaliente, sin dar la más pequeña explicación de dónde estuvo todas esas horas, aparece en el sitio para con gráficos y testimonios de “expertos” pretender dar explicaciones que no llegan a convencer ni a idiotas y se ceba con una periodista de RCN tratando de ridiculizarla y de “enseñarle” a hacer periodismo porque le hizo las preguntas que todos los venezolanos nos hacemos y que al gorila bananero le molestan e incordian.

“La función debe continuar” dijo el presaliente en su perorata sobre la tragedia, una forma muy indigna de referirse a una catástrofe en la que murieron tantos venezolanos que estaban bajo su responsabilidad como máximo representante del Estado venezolano en cuyas manos se encuentran esas empresas petroleras.

Ya aquí mi indignación y mi tristeza han llegado a su máximo nivel en estas 48 horas. Unos lagrimones me corren por el rostro mientras pienso que, ahora no se trata de si gana el 7 de octubre en las elecciones, si siquiera saca un pequeño porcentaje significativo de votos más allá de los que le otorgarán quienes se vienen enriqueciendo de manera fraudulenta con su gobierno, este país entero se convertirá en cómplice de quienes con su tozudez, sordera, ineptitud, desidia, incompetencia y negligencia son responsables de todas esas muertes.

“Sospechosos habituales”

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No, no voy a escribir de cine. Este post no se trata de una tardía reseña o crítica sobre la película de Bryan SingerThe Usual Suspects” estrenada en 1995. Voy a relatar única y exclusivamente lo que los venezolanos vivimos cotidianamente en este país que ya cuenta los casi 14 años de “revolución bonita”.

En Venezuela nos hemos ido paulatinamente acostumbrando a dejar de ser ciudadanos para convertirnos en “sospechosos”, potenciales delincuentes, personas que tenemos que a diario demostrar ante el sistema de gobierno que somos inocentes, porque el lema en la Venezuela del Socialismo del Siglo XXI pareciera ser que todos somos culpables hasta que demostremos lo contrario, si es que podemos.

Así, el simple hecho de ir a comprar leche a un supermercado puede volverse en su contra. Si en lugar de comprar un paquete de leche usted pretende llevar 2, automáticamente, pasa a ser sospechoso de acaparamiento y especulación y al llegar a la caja, el sistema disparará una especie de alarma que le indicará al cajero que usted puede solo llevar un paquete. Nada de dos para después enriquecerse vendiendo el otro por el doble de su costo.

Lo de la leche es un ejemplo que cualquiera de nosotros puede haber sufrido en carne propia. Pero también está Cadivi yo diría que uno de los mayores generadores de sospechosos en el país.

Es tal la cantidad de normas y trabas que los venezolanos tenemos que sortear cuando vamos a viajar al exterior para tener derecho a 2 mil quinientos dólares para compra con tarjeta de crédito, 500 en efectivo y 400 para compras por internet que uno llega a dudar si en realidad no será que uno es un verdadero delincuente en estado de negación y es por eso que el Estado se ve obligado a ponerle un montón de conchitas de mango para ver en qué momento uno se resbala y comete el delito.

Las cantidades anteriores, como sabemos, son el monto máximo al que podemos aspirar y que Cadivi nos concederá como una “gracia” para viajes de un mes o más. Si el tiempo de estadía en el exterior es menor, igualmente lo serán las divisas otorgadas. Pero sea cual sea la cantidad que el régimen le “conceda”, siempre tendrá un lapso de unos 90 días para hacer una declaración jurada en la que explique que utilizó esas divisas para viajar y no para “enriquecerte” con ellas. Y el régimen siempre se reserva la posibilidad de llamarlo a comparecer ante la administración de las divisas para que demuestre, con todos los recibos y facturas en mano, que utilizó esas divisas de manera honesta, so pena de, si parece sospechoso, ser suspendido y bloqueado. O sea, olvídese de solicitar más divisas y espere a ver cuál será su castigo.

Pues bien. En este proceso de consolidación del socialismo y la revolución que nos iguala a todos (a unos más que a otros, en verdad) en la sospecha, el régimen se ideó un mecanismo para “controlar” el contrabando de gasolina en los estados fronterizos y es por lo cual, desde hace un año más o menos hemos empezado a hablar y escuchar del mal llamado “chip” de la gasolina cuya instalación se inició hace un tiempo en Táchira.

Bocazas hay en todos lados

Recuerdo que hace unos cuantos meses, cuando se oía acerca de las largas colas de carros que se estaban haciendo en San Cristóbal para la instalación del “Chip de la gasolina”, que en realidad se llama “Tag” y que no es más que un código de barras que instalan en el vidrio parabrisas frontal, muchos comentaban a través de las redes sociales que esos “gochos” si eran pendejos, que cómo iban cual mansos corderitos a hacer esa cola para que los  marcaran como reses, que por qué no se “arrechaban” y armaban un peo, que…

Mucho de eso lo leí en Twitter y lo escuché en la calle. Como sabemos, los maracuchos tienen fama de bocones, “farfullos”, habladores, bocazas, “vendo la jeta”. Por eso no era difícil encontrarse en la gasolineras o en las colas de los supermercados a los “valientes” que vociferaban que ellos incendiarían la ciudad antes que hacer esa cola para ser marcados.

Y así fue como, un buen día, me llegó por pin de blackberrry que en la parte de atrás del Cuartel Libertador estaban procediendo a la instalación del chip. El mensaje que me enviaron decía literalmente así:

“Ya están instalando el chip de la gasolina en los alrededores del Cuartel Libertador.  Hay poca gente porque aún no han pasado la información a los medios de comunicación. Parece que  lo están manejando con bajo perfil, con mensajes de boca en boca entre los chavistas, para que ellos vayan primero a instalarlo y que se eviten las largas colas que se formarán para obtener el código. A partir del lunes ya lo dirán por la prensa. Hay que llevar carné de circulación, la póliza de Responsabilidad Civil y la cédula de identidad. Corre a poner el tuyo”.

Como yo conozco cómo es la cosa en Venezuela y con el tiempo he aprendido a diferenciar los mensajes verdaderos de los falsos de Messenger, y también sé que los venezolanos no parece que hayamos encontrado una forma efectiva de protestar contra este tipo de decisiones y medidas del gobierno que nos van quitando calidad de vida, con lo cual, a pesar de los bocazas, el “chip” terminará siendo una triste realidad también en el Zulia, sin enfurecerme más de la cuenta, agarré mis papeles y me fui al Cuartel Libertador.

En media hora estaba listo. Al nivel del espejo retrovisor hay una etiqueta con el código de barras que me indicará por medio del la lectura que harán los escáneres instalados en las estaciones de servicio, cuánto será mi cupo diario para poner gasolina.

Al día siguiente ya la noticia se había regado y quienes pensaban que era otro falso rumor transmitido en cadena, empezaron a engordar la línea de carros en los alrededores del Cuartel. Un amigo que fue ese día, tardó dos horas y media en obtener el código y, dos días después, conseguí un señor en el supermercado que me comentó que estuvo desde las 7 de la mañana hasta las 4 de la tarde, sin comer, en la cola para que le instalaran el bendito “chip”. Allá están llegando como corderitos a hacer su fila todos aquellos bocones que decían que no permitirían esa vaina. En un tiempo, todo campo automotor del Zulia contará con su etiqueta de racionamiento de combustible.

No todo acaba con tener el chip

Pero la cosa no termina allí. Si usted pensa que una vez pasada la incomodidad de la larga cola a pleno sol ya el mal trago ha terminado, le tengo malas noticias. Su calvario apenas empieza.

De acuerdo a la experiencia tachirense, una vez que el chip entra en funcionamiento, hay que acostumbrarse a que pasará mucho tiempo metido en una cola cada vez que quiera repostar el tanque de gasolina. Media hora, en el mejor de los casos, y hasta 3 horas para llenar el tanque.

El sistema funciona así:

Cuando el vehículo entra en la estación de servicio, un escáner ubicado en el techo le leerá el código de barras (Si no funciona, usted deberá introducir su número de cédula de identidad que, una vez más deja de ser un número de identificación ciudadana para convertirse en un mecanismo de control y racionamiento). En la pantalla le aparecerá el dato con la cantidad de litros de gasolina diaria que el sistema tiene a bien conceder como una “gracia” por la cual, de todas formas, tiene que pagar.

Mi sobrina Luzmary Santos, que ya está curtida en el Táchira con el funcionamiento del “chip”, me contaba que hace unos días llegó a poner gasolina y que al verificar en la máquina, la pantalla le decía que su cupo había sido bajado de 50 litros diarios a 20 litros, que si quería recuperar su cupo original, debía pasar por una “auditoría”. Sospechosa habitual.

Resulta que si a quienes manejan el sistema les parece “sospechoso” que usted reposte combustible todos los días o de manera frecuente, pues lo pueden castigar disminuyendo el cupo, llevándolo a cero litros incluso, y lo obligan a ir a la auditoría con los representantes del Instituto Nacional de Tránsito Terrestre, de PDVSA  y hasta del mismo CICPC  para que explique esa manera “sospechosa” de poner gasolina. Por supuesto, ese trámite de la auditoría implica una cola que puede durar cuatro o cinco horas.

-Lo mío se arregló porque después de las 3 horas de cola, en la auditoría me dijeron que no era por exceso de consumo sino porque habían anotado mal mi número de placa. Así que me reintegraron mi cupo de 50 litros –dice Luzmary-. Pero delante de mí estaba una señora que tiene un transporte escolar y que ha tenido que ir ya cuatro veces a auditoría porque es “sospechosa”. A algunos que no pasan la auditoría, les prohíben poner combustible por ocho días o por el tiempo que a los auditores les dé la gana.

El contrabando sigue igual

Pero los más triste del caso es que, como pasa con el racionamiento de los alimentos, con la fuga de divisas y el control cambiario y con los tantos otros controles que nos impone el régimen actual, las medidas no han servido para nada. Los buhoneros siguen vendiendo en las calles los productos alimenticios racionados al triple del precio estipulado por el gobierno mientras que en los supermercados no se consiguen y cuando los hay, tienes que mostrar tu cédula de identidad para poder comprar la cantidad que estipula el racionamiento como medida para evitar el acaparamiento y la especulación de los revendedores.

Cadivi, todo el mundo sabe que es una ratonera igual o peor que el tristemente célebre Recadi de la cuarta. En Colombia y Panamá la gente sigue “raspando” las tarjetas. Hasta en Estados Unidos hay quienes se encargan, previo pago de comisiones, de aprobar cupos de Cadivi sin que la gente tenga que estar en Venezuela o viajar y los jerarcas del régimen que son los que tienen dinero y más fácil acceso a los dólares preferenciales se llenan los bolsillos comprando dólares oficiales a bajo precio para revender una parte a casi 10 bolívares por dólar y poner la otra parte a buen resguardo en cuentas en el exterior, por si algún día hay devaluación o tiene que salir  huyendo del país.

Con el contrabando de gasolina pasa exactamente igual. La experiencia tachirense demuestra que la extracción ilegal de combustible no ha disminuido. Según comentan en los corrillos, ese es un negocio tutelalado, como muchos otros negocios ilegales, por los militares. Los “pimpineros” (quienes sacan gasolina en pimpinas por los caminos verdes) tienen sus bolsillos llenos de “chips” comprados a 200 bolívares cada uno a quienes administran la instalación del código. Al menos 200 era lo que pagaban inicialmente, posiblemente haya aumentado con la “inflación”.

Y, como con el cupo de Cadivi que se generó todo un mercado paralelo de divisas en el cual hay compradores y vendedores de cupos, con el control de la gasolina el gobierno está propiciando el nacimiento de un nuevo negocio ilegal: la venta del cupo del “chip”.

Si a mí me otorga la “gracia” el sistema de permitirme un cupo de 50 litros diarios y lo que consumo son sólo 10 o 15 litros de acuerdo a mis desplazamientos, pues tendré un excedente diario de entre 35 y 40 litros diarios que podré vender a los contrabandistas. La verdadera solución para acabar con el contrabando de gasolina todo el mundo sabe que es subir el precio del combustible y ponerlo a precios internacionales, así se acabaría el negocio. Pero eso tiene un costo político y social que un gobierno cobarde y populista como el que tenemos no está dispuesto a pagar.

En fin. Que lo del chip es otra medida más fracasada que, además, tendrán que terminar poniéndolo en todo el país pues quienes no puedan comprar la gasolina para el contrabando en Táchira o Zulia, lo harán en Trujillo o Lara al final de cuentas el negocio es tan lucrativo que, cuando mucho, aumentará un poco el precio del combustible por los “inconvenientes” causados por el control.

El chip es completamente inútil para limitar la extracción ilegal de combustible a Colombia, para lo que sí es absolutamente efectivo es para hacerte sentir controlado, humillado, sospechoso y, por supuesto,  impotente pues, las protestas generadas en Táchira no impidieron la implantación de la medida. Por unos pocos que hacen los negocios ilegales terminamos pagando todos los ciudadanos decentes y trabajadores porque el régimen, en su ineficiencia, es incapaz de controlar y meter en cintura a esos pocos al margen de la ley. Pagamos justos (y juntos) por pecadores, mientras que los verdaderos pecadores se cagan de la risa.

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