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Mi día de suerte

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Es sábado de quincena. El supermercado está, como decimos en criollo, hasta los “tequeteques”. Al hecho de que sea día de cobro y, por lo tanto de hacer la compra, se le suma el que ha llegado aceite y azúcar, dos de esos productos que se han vuelto especímenes raros en los supermercados y abastos venezolanos desde que el socialismo del Siglo XXI, demasiado similar al socialismo cubano de toda la vida, comenzara a recorrer los deteriorados caminos patrios.

La conjunción de todos los factores mencionados se confabula para hacer que el supermercado colapse pero, si además le añadimos que no solo llegaron los detestables aceites de soya y vegetales, sino que se asomó escasamente el aceite de maíz que tenía más de 6 meses sin verse en el mercado, podemos tener una idea más o menos cercana del barullo que hay en el local.

Yo, ignorante de la situación, salgo del trabajo y me dirijo al super para buscar el detergente para lavaplatos automáticos que mi hermana Moreida, por teléfono desde Mérida, me encargó que le comprara pues ha sido imposible conseguirlo en la ciudad andina y ella se niega a renunciar a ese “lujo” que significa meter los trastes en el lavavajillas y olvidarse de ellos sin tener que fregar y secar.

(No puedo dejar de imaginar la cara de indignación que debe poner el máximo líder de la revolución cuando se entera que hay gente que se rehúsa a lavar los platos a la manera tradicional y hasta gastan electricidad para hacerlo).

En fin, que camino los cerca de 400 metros que separan mi trabajo del supermercado bajo el inclemente sol de las 11 de la mañana para cumplir con el mandado y, al llegar, me encuentro el “cogeculo” armado.

Al entrar, me consigo a Sonia, una de las jefes de caja del establecimiento con quien he hecho amistad de tanto vernos a diario, ¡hasta tres veces! Lo mismo me sucede con la mayoría de quienes allí trabajan porque, si no es que se me olvida algo que debía comprar y tengo que volver, es que me dicen que pase a las dos y media que van a sacar leche, o que llegue antes de las cuatro que acaba de llegar el camión con la harina de trigo y para esa hora calculan que estará a la venta.

-¡Hola, Sonia! ¿Será que acá puedo conseguir detergente para lavaplatos automáticos?

Ella me mira extrañada, cómo pensando “¿Qué carajos le está pasando a este que ve que llegó aceite y azúcar y me pregunta por detergente para lavaplatos?”.

Me contesta que no, sin mucho interés y, mirando a su alrededor, como queriendo aparentar que está pendiente de los cajeros bajo sus órdenes pero en realidad observando que nadie oiga lo que me empieza a murmurar entre dientes, me dice:

-Ahí te tengo guardados cuatro litros de aceite de maíz y 2 kilos de azúcar. Llévate dos litros tu que yo te llevo después los otros dos litros  y el azúcar porque ya sabes que no se puede sacar más de uno. Dos con mi autorización.

Yo no puedo dar crédito a tanta dicha. ¡Aceite de maíz! Justo en el momento en que la última botella de mi reserva de aceite de girasol, comprado hacía como 4 meses, está a tres cuartos y me temo que tendré que comprar (si consigo) el asqueroso aceite de soya, Sonia me recibe con tan excelente noticia.

-Voy al otro supermercado a ver si consigo el detergente –le digo emocionado-, al regreso paso por eso, ¡no me lo vayas a vender!

Digo y arranco camino del próximo super que está unos 400 metros más adelante. Nada. El detergente está agotado allí también. Sigo hacia el otro supermercado que está a unos 300 metros de este. Recorro los pasillos, pregunto a los dependientes y me dicen:

-Esta mañana se llevaron las tres últimas cajas de ese jabón que quedaban.

Desilusionado por no poder cumplir con el encargo, emprendo el regreso al primer supermercado a buscar mi tesoro de “destilado de maíz”, como le dice un charcutero amigo que de vez en cuando me guarda una que otra botella.

Llego a la tienda, miro alrededor en busca de Sonia y no la veo por ningún lado. Las colas de gente en las cajas para pagar son interminables y en los carritos lo que se ve es aceite de soya y vegetal, muestra evidente de que el poco aceite de maíz que llegó ya se agotó. Estoy a punto de entrar en pánico. Con un hilillo de voz, le pregunto a Mabel, compañera de Sonia:

-¿Dónde está Sonia, Mabel?

-En la oficina la acabo de ver… Allí viene. –Dice y señala detrás de mí.

Miro a Sonia con mirada asustada e interrogante y ella levanta un paquete envuelto en doble bolsa para que no se vea su contenido, sonríe y me dice:

-Aquí lo tengo. Vamos a la caja.

Sonia se acerca a la caja de Dayana que acaba de cerrar y, haciéndome el favor de saltar las largas filas de gente, le dice que me chequee la venta. Entonces se produce este diálogo entre ellas dos.

Dayana: -Alberto, el acomodador de L´Oreal, acaba de chequear 3 potes de leche. Dijo que estaba autorizado. –Abre los ojos lo más que puede y espera la respuesta de su jefa que no tarda en llegar.

Sonia: -Si, está bien. Pobrecito, él tiene un niño pequeño y en verdad necesita esa leche. Además, como es leche para bebés pues no es tan grave que lleve tres en lugar de una que es lo que se vende. –Esto último lo dice Sonia mirándome a mí, como para aclararme la situación.

Dayana: Uhmmmm… ¿Cédula? –dice dirigiéndose a mí con la botella de aceite en la mano. Le doy mi número de cédula y Sonia le dice que son dos botellas.

Dayana: Si, yo sé. Pero tengo que chequear una con un número de cédula y la otra botella con otro número porque el sistema ahora no acepta que en una misma venta se chequeen 2 litros de aceite.

Sonia no lo puede creer, me mira sorprendida y me dice:

-Bueno, todos los días algo nuevo. Parece que cada vez se hará más difícil adquirir el aceite así es que ríndelo mucho. Yo te llevo al salir los otros dos litros y el azúcar.

Le doy el otro número de cédula a Dayana. Pago los 21 bolívares fuertes que cuestan los dos litros de aceite que llevo, o sea, el equivalente a dos dólares del mercado paralelo que si los contraponemos a los cerca de 7 dólares que cuesta el litro de aceite oliva importado que sí está siempre disponible en los anaqueles, pues podemos tener una idea de por qué la gente se desespera por conseguir aunque sea un litro del preciado líquido amarillo cuando se enteran que ha llegado a los abastos. Hago una profunda venia a Sonia en señal de agradecimiento y, feliz, regreso a mi trabajo.

Tres horas más tarde, se aparece Sonia con un paquete en mi trabajo.

-Para que veas lo que te quiero yo a vos. No solo te traigo los otros dos litros de aceite sino que te guarde esto…

Saca de la bolsa un producto que hacía mucho tiempo no veía yo. Una botella de un litro de “Ajax multiuso” que se encuetra regulado a 1,50 bolívares, o sea, como 0,10 centavos de dólar y del que, por supuesto, cuando llega a los comercios, entre los mismos empleados del lugar dan cuenta de la poca cantidad recibida y con el que ocurre lo mismo que con la mayoría de los productos regulados que han prácticamente desaparecido del mercado.

Le doy las gracias y un beso a Sonia. Me despido de ella y, convencido de que es mi día de suerte, salgo al tarantín de la esquina a comprar el Kino.

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