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¿De dónde salieron esos votos?

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El domingo 07 en la noche, mi urbanización se sumió en un tenso silencio. Los televisores se apagaron. La música cesó. A lo lejos se oía la detonación de uno que otro mortero como muestra de celebración. Pero en las cercanías el silencio era sepulcral.

Esa noche mucha gente se durmió vencida por el llanto. La asaltaron las dudas. Se preguntaba qué pasó. No daba crédito a la información que la rectora del CNE daba por televisión.

El sentimiento de burla, de estafa, de robo, hizo presa de gran parte de los que hasta hacía pocas horas, se encontraban, si no felices, con muchas esperanzas de triunfo. No era para menos. Los ríos de gente desbordada en las calles del país, alegre y emocionada, vitoreando el paso del candidato Capriles nos sembraron la esperanza de que el triunfo estaba cerca.

El lunes 08, muchos siguieron llorando. Había duelo y algunos se preguntaban de dónde salieron tantos votos para Chávez si sus actos fueron tan pocos y, por Globovisión, nos mostraban la “escasa concurrencia”, al tiempo que remarcaban que era gente obligada y comprada. Que muchos estaban allí pero votarían por Capriles, como en efecto pudo haber pasado.

Ese lunes 08, los más desbocados, sin pruebas ni evidencias se lanzaron a gritar “fraude”. “Esos votos no están”. “Esos los crearon con las maquinitas y con la complicidad del CNE y el plan República”.
Mientras que algunos se preguntaban dónde estaban esos 8 millones que no los veían por ningún lado y otros, entre los que me cuento, empezábamos a pensar en qué se falló, qué faltó, por qué no vimos que esos 8 millones seguían allí, inamovibles, cómo es que no nos los tropezábamos por ninguna parte.

Durante la campaña, mucho se habló del “voto oculto”, del voto que no se reflejaba en las encuestas, del “voto silencioso” a favor de Capriles por temor a las represalias del régimen. Ahora, días después, creo que ese voto silencioso no contaba para las encuestas. En realidad, contaba para nuestra cotidianidad, nuestro día a día. Esos votos estaban allí, callados, agazapados y nosotros, en nuestra euforia y optimismo, nos negábamos a verlos.

Muchos de esos votos estaban en los barrios a los que yo, y probablemente el que me está leyendo tampoco, no entramos porque el solo nombrarlos nos atemoriza, pero desde donde, seguramente, provenían los sonidos de cohetones y morteros celebrando. Y estaban, también en una gran masa de trabajadores públicos de todos los niveles en un Estado empleador hasta la exageración.

Esos votos estaban en la muchacha que en la panadería te embolsa los 20 panes mientras te escucha decir que los chavistas son unos desgraciados. Estaban en la cajera del supermercado que, mientras te chequea la compra, te oye comentar con el que está en la cola que los chavistas son todos unos arrastrados.

Los votos de Chávez estaban en la chica esa de uñas postizas y tetas compradas, dependiente de una tienda de ropa que, en la tintorería, escuchaba a las dos señoras encopetadas decir, que las chavistas son todas unas putas vendidas, mientras ella le comentaba a su amiga, receptora de ropa en esa tintorería y también chavista, por lo bajito:

-Si, yo tengo loco a Andrés, el cajero del banco, se desvive por mí, lo que no sabe es que yo soy del otro lado. El no sabe que soy chavista porque, si lo llega saber, me odia y no me hace el favor de depositar los cheques sin hacer la cola.

El voto chavista estaba en el chofer de la camionetica que llevó a la gente al mitin de Capriles y esperó pacientemente a que llegara la hora de devolverlos a sus casas, escuchando como los pasajeros decían: “Los chavistas son todos unos flojos borrachos, menos mal que esto se acaba el domingo”.

Por Chávez votó ese mesonero que dijo a su compañero el sábado en la noche:

-Dame cuatro palos ahí y si gana Capriles, te los devuelvo-. Mientras iba a llevar la pizza y miraba de reojo con resentimiento a dos de gorra tricolor que decían:

“A esos chavistas de mierda hay que acabarlos, no sirven para nada. Son una parranda de flojos que solo quieren que les den plata de las misiones sin trabajar”.

Los votos estaban en ese gerente de banco que era opositor y que se quedó sin empleo cuando el gobierno acabó con el banco Federal y que, ahora, absorbido por el Banco de Venezuela, ha conseguido mejor sueldo y trato, aunque no salga a alardear de que es chavista. También en esos que, siendo opositores con “plan B” para USA, cansados de tratar de abastecer su bodega con los productos que escasean y precios regulados, se dejaron seducir, un mes antes de las elecciones, por el militar mafioso, se asociaron con él y, en una semana, echaron abajo la bodega, metieron máquinas de juego e instalaron un casino clandestino. Obteniendo en un mes la ganancia que no obtuvieron en un año de trabajo.

Por Chávez votó el viejito que se sentía anulado e ignorado y que ahora está convencido de que su pensión se la debe a él y no que es un derecho obtenido gracias a su trabajo y dedicación al país y que en la cola del banco oye como un hombre le dice a la cajera:

-No le doy paso al viejo ese coñoemadre, porque todos son unos chavistas vendidos, que votan por el desgraciado solo por una pensión.

Los votos de Chávez salieron de esos a los que no se pueden asustar con el socialismo porque ellos no tienen nada que le puedan quitar y sí una misión que están recibiendo. De los que no se asustan con la inseguridad y la violencia porque nacieron en medio de una balacera y en ella han crecido. De la señora de servicio que cuando iba a llevar café a la patrona y su amiga escuchó que la visita le decía compungida: “Chica, Juanita, la que trabaja en mi casa, es chavista”, y la patrona le respondía:

-¡Es que son brutas! ¿Qué se puede esperar de ellas? Si fueran inteligentes, no serían cachifas y menos chavistas.

Ante tantas muestras de desprecio que damos a diario, a veces sin darnos cuenta, pero siempre a todo pulmón, ¿cómo podemos pretender que quien está a nuestro lado muestre sus preferencias políticas?

Chávez ha basado su poder y su permanencia en resaltar el resentimiento y el odio de los que nunca han tenido contra los que tienen. Ese ha sido su gran triunfo, fomentar una lucha de clases y acentuar la división y, para ello, se vale de las misiones que maneja como dádivas y limosnas para mantener sometido y a su lado a esa gran masa que siente que, por primera vez, los toman en cuenta. Chávez trata a “sus pobres” como a perritos a los que se les tira un hueso para conquistarlos. De esa forma los ha logrado mantener fieles a su lado.
Pero el otro gran triunfo de Chávez es haber inoculado ese odio y ese resentimiento en quienes lo adversamos.

Los que no queremos a Chávez y su proyecto “socialista”, hemos caído en la trampa de su odio. Nos ha faltado sensibilidad e inteligencia para no dejarnos arrastrar por su discurso violento y hemos terminado maltratando y humillando a sus seguidores cotidianamente, diciendo que son arrastrados, vendidos, tarifados, percucios, tierrúos, vagos, flojos, borrachos, malandros, violentos, ladrones. Para después pretender que nos digan: “yo voto por Chávez”.

De todo eso hay en las filas del Chavismo, y en las filas de la oposición también. Como en la oposición hay sifrinos, corruptos, encopetadas, patiquines, adecos y copeyanos, al igual que en el chavismo.

Lo que no podemos y debemos empezar a evitar, es decir que todos los chavistas son así o que todos los opositores son asá.

A veces, oigo decir que el país necesita “reconciliación” y, algunas bocas, pareciera sonar como si dijeran, “hay que reconciliarse con esos brutos chavistas” o, “hay que abrazar a los desgraciados burgueses”. Así, la reconciliación estará muy lejos. Tan lejos como esperar que se produzca cuando Chávez le dé la mano a los de la oposición sin ofenderlos.

Cuando uno ve que en Caracas, a las 6 de la mañana, el metro va lleno hasta el tope de gente que se dirige a sus trabajos, cuando al Ruta 6, de Maracaibo a las horas pico, a las horas de entrada y salida del trabajo, parece que la gente se le desbordará por las ventanillas y puertas, yo los veo y me pongo a pensar en lo injusto que es decir que “Venezuela es un país de vagos”. La injusticia que significa decir que los chavistas que van en esos transportes son unos delincuentes, borrachos, buenos para nada.

La gran mayoría de este país (al menos así quiero creerlo en mi ingenuidad) es gente trabajadora, sin importar por quien vote.

Me decía un amigo, refiriéndose a los chavistas:

-Son flojos. Esos no aprenden. Lo que quieren es que le den los reales para bebérselos y luego sentarse a esperar que les vuelvan a dar. Son como cerdos que, por más que los saquen del chiquero y los enseñen, cuando ven la porquería, corren a revolcarse en ella.

Yo me niego rotundamente a pensar así y mucho menos a creerlo. Si los seres humanos fuéramos así y no tuviésemos capacidad para aprender, seguiríamos en cavernas. Así se lo decía, pero en su ceguera, parecía no entender que esa situación como él la describe no puede ser una fatalidad, no es algo congénito, un mal que no tiene cura.

Yo creo que mucha de esa gente que hoy está recibiendo una ayuda del gobierno -que se la administran como limosnas-, no han tenido oportunidad de aprender a sacar partido de esa ayuda porque, entre otras cosas, al régimen no le conviene que aprendan y se independicen de esa limosna.

Chávez ha continuado la política de la lata de zinc, los bloques y la bolsa de comida de los adecos y copeyanos, solo que la ha sistematizado, regularizado. Pero para nada le conviene que la gente aprenda a sacar provecho de esa ayuda para buscar la forma de obtener ingresos sin depender de la Misión.

A Chávez no le interesa que la gente conciencie que la limosna que le dan hoy, si no la aprende a usar, se le acaba mañana y que seguirá en la misma situación.
El quiere que se la consuman y se sienten a esperar la próxima limosna para mantenerlos atados a él, como bueyes.

Pero la oposición tampoco ha asumido la labor de ir casa por casa a enseñarles qué pueden hacer con lo que obtienen de ayuda del gobierno. Creo que ese es el trabajo que políticos, líderes sociales y empresarios tienen que asumir. Esa es la lectura que nos debería dejar el resultado de las elecciones y lo aprendido en los meses de “casa por casa” de Capriles en campaña.

Hay una necesidad de educación y capacitación de la gente a la que le llegan las misiones que tiene que ser asumida. La empresa privada tiene que asumir un compromiso social y aportarle calidad de vida a los más pobres. No es dar limosna como lo hace Chávez, es un verdadero compromiso social que se enfoque en la educación y aprovechamiento de lo que les dan, al tiempo que les brindan la posibilidad de acceder a los servicios básicos.

Ese es el trabajo que hay que hacer, a mi entender, y que queda muy claro en esta anécdota que mi sobrina Sandra Moros, relató en un comentario en mi post “No hubo fraude, lo que sí hay es un camino”:

Definitivamente, la clave es educación, es el trabajo social que no se ha hecho. Es enseñarles que se pueden valer por sí mismos, que la misión es algo que debe ser pasajero y puntual, que no es un yunque al que estará atado de por vida. Enseñarles que no hay necesidad de llenarse de hijos para demostrarle a cada hombre que aman que lo aman y, mucho menos, para retenerlo. Enseñarles que es más fácil echar para adelante con uno o dos hijos y no con cinco en la esperanza de que, alguno de ellos crezca, sea exitoso y los saque de la pobreza.

En fin, educar, insistir, seguir educando. Educándolos a ellos pero también educándonos a nosotros. Entendiendo que cada vez que generalizamos y utilizamos términos peyorativos para referirnos a todo un sector de la población, nos retratamos a nosotros mismos como personas y demostramos que no estamos muy lejos de los adjetivos con los que estigmatizamos a los demás.

Tibisay Lucena dijo unas palabras muy sabias cuando proclamó a Chávez como presidente para el período 2013-2017. Dijo, palabras más, palabras menos, que reconocer el triunfo del otro y la propia derrota, pasa por reconocer también a los que votaron por el vencedor, por eliminar los términos peyorativos y discriminatorios para referirnos a sus votantes.

Lamentablemente, la rectora del CNE, olvidó que dirige una institución que es de todos los venezolanos, y no nada más del sector oficial, no se percató de decir que el vencedor al aceptar el triunfo también debe pasar por ese mismo tamiz, también debe reconocer al otro, respetarlo y eliminar de su discurso palabras como majunches, burgueses, pitiyanquis, hijos de papá y mamá…

Pero, bueno, ya todos sabemos de qué pata cojea la Rectora, a qué tendencia se inclina, a qué intereses responde y a quién rinde cuentas. O sea, que no podemos pedirle peras al olmo. Tiempos mejores vendrán cuando entre vecinos nos tratemos con respeto y que ese trato sea un reflejo del modelo que nos dan desde las instituciones del Estado. Algo que ya vamos para 14 años sin conocer.

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No hubo fraude, lo que sí hay es un camino

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Lo más fácil. Lo más cómodo es salir ahora a gritar que hubo fraude. Llorar como despechados porque nos jodieron. Porque nos escamotearon los votos. Esa es la vía más fácil y también la más injusta, la más irrespetuosa con Capriles y, sobre todo, con los miles de venezolanos que dejaron el alma en las mesas de votación cuidando los votos mientras nosotros nos íbamos a echar frente al televisor para ver Globovisión.

Capriles y quienes se partieron el culo en la campaña y durante el día de las elecciones en las mesas se merecen un poco más de reconocimiento por su trabajo y menos mezquindad de nuestra parte.

Si pensamos y salimos a gritar por todas las vías que hubo fraude es porque no hemos aprendido nada.

Hubo ventajismo. Hubo coacción. Tal vez unos cuantos doble cedulados, unos cuantos colombianos y cubanos que fueron con cédulas forjadas a votar. Pero, es iluso pensar que eso representa un número significativo en el resultado final.

Eso puede que llegue a 150 mil, 200 mil votos, seamos generosos con quienes sostienen la hipótesis del fraude, digamos que 300 mil, pero pretender creer que es por eso que ganó Chávez es iluso, simplista y cómodo.

La tesis del fraude nos hace evitar preguntarnos en qué fallamos. Por qué aunque somos muchos, seguimos siendo menos que ellos. A qué se debe que el piso de los 7 millones de votos de Chávez sigue allí. No hemos podido hacer que disminuya, no hemos podido traer hacia este lado una buena parte de esos 7 millones que no están viviendo bien con Chávez pero siguen votando por él.

Creo que además del reconocido ventajismo y de uno que otro voto escamoteado, lo que hubo es una manera de hacer política desde una parte de la oposición, que no ha aprendido nada en estos 14 años. Hubo un Globovisión, un diario La Verdad, Un diario de La Nación, un AD, un Copei, un Allup, un Borjes, un Ismael García, unos alcaldes y gobernadores que siguen haciendo la política como la hacían cuando el país, desilusionado y harto, puso a Chávez allí hace 14 años.

Ellos hicieron que Chávez ganara porque no le dieron a la gente muestras de que se le ofrecía un verdadero cambio.

Yo nunca he trabajado en medios de comunicación -por poner un ejemplo personal que es extensible a otras esferas profesionales y empresariales-, porque siempre sentí que los dueños de medios y los jefes de los mismos, han tendido a explotar a sus trabajadores. Cuando hice pasantías, las hice en Corpoven, Barinas, porque fue en el único sitio donde se me ofreció un pago por mi trabajo de pasante. Ningún medio pagaba a sus pasantes. Estas eran un “favor” que se le hacía al joven para que obtuviera “experiencia”, mientras le generaba ganancias a los dueños.

Después estuve medio día en el Correo de Los Andes y, al ver que no solo no me pagarían sino que me proponían condiciones casi infrahumanas para trabajar, no volví. Igual hice en una emisora de radio en la que trabajé una tarde porque no nací para ser humillado en el trabajo y menos si no me lo pagan.

Creo que el lodo que nos envuelve en el gobierno de Chávez viene de esas lluvias. Del resentimiento y el odio que producen esas formas de explotación de los trabajadores es que se ha aprovechado Chávez para perpetuarse en el poder.

Yo superé mi resentimiento, me elevé por encima de esas miserias porque mi espíritu siempre ha buscado elevarse un poco más y dejar atrás las cosas negativas. Esto puede sonar cursi y muy Coelho pero lo digo sinceramente. Mucha otra gente no superó esas vivencias y de ellos se aprovecha el chavismo.

Esto viene a colación porque, si lo tomamos como una metáfora, como un ejemplo, puede extenderse a otros ámbitos y darnos luces cuando comprobamos que una parte de los políticos y de los empresarios continúan haciendo exactamente lo mismo que narro desde mi experiencia. Actúan como si estos 14 años no hubieran pasado. Demuestran una total desconexión de la realidad y siguen haciendo las mismas cosas, esperando resultados distintos en cada proceso electoral.

El domingo 07 ganó Chávez porque hay una oposición y un empresariado que no ha demostrado ser una alternativa de cambio.

Chávez es continuación de lo de siempre. Sus 14 años son continuación de los 40 anteriores, profundizados y ampliados pero, algunos políticos de oposición, no han demostrado ofrecer algo distinto. Para esos políticos ser opositor ha resultado ser un negocio tan rentable como ser gobierno. Eso la gente lo ve, lo siente. La gente que voto el 07 por Chávez, no percibió que le ofrecieran algo esos políticos que no fuera más de lo mismo.

Capriles hizo el mejor trabajo de campaña que podía hacer y hasta al reconocer la derrota me llenó de orgullo. Demostró que el camino es ir casa a casa. Es sentarse con la viejita del barrio, escucharla, tomar nota y mostrarle que es importante y que sus problemas serán atendidos. Ese, evidentemente, es el camino. Como lo es que las empresas privadas hagan un trabajo social en esas comunidades desposeídas.

Los partidos políticos tienen que retomar el trabajo de base en los barrios y pueblos. Tienen que ayudar a la gente a organizarse para superar los problemas y la empresa privada tiene que dar un importante aporte de sus cuantiosas ganancias para que esas comunidades carentes, tengan una mejor calidad de vida. Ese es el camino que nos mostró Capriles y que si no se entiende hará que sigamos sumidos en el caos.

Comunidades, líderes sociales y políticos de base y empresa tienen que trabajar en conjunto.

Que la calle que no asfaltó Chávez, sea asfaltada por ese trabajo. Que el CDI o Consultorio de Barrio Adentro que el gobierno abandonó, sea reabierto y puesto en funcionamiento por ese trabajo conjunto. Que se logre darle servicios básicos a esa gente, a esos 7 millones que siguen viviendo “igual de peor” que siempre, pero mantienen su esperanza en Chávez.

La empresa privada no puede seguir haciéndose la loca con estos temas y que no salgan a quejarse de que el régimen los quieren quebrar. Si ellos consiguen el apoyo de la gente, nadie los quebrará y sus ganancias no dejarán de aumentar porque dediquen un poco de ellas al trabajo social.

Ese es el camino que nos mostró Capriles en esta campaña. Lamentablemente, algunos de quienes lo acompañaron fueron los que no permitieron que la gente viera una verdadera opción de cambio porque siguen haciendo lo mismo que siempre han hecho en política. Fueron pesados fardos a sus espaldas.

Si queremos salir de Chávez, los políticos tienen que salir a la calle a hacer su trabajo de base, a demostrarle a esos que votan por Chávez y no creen que en verdad quiera hacer que Venezuela sea una Cuba, que hay otra opción distinta al socialismo trasnochado. Porque, un chavista en Facebook, dijo: “esos majunches dicen que esto es otra Cuba, ¡qué bolas!”. Es decir, ellos no creen y no quieren ese socialismo ofrecido.

Capriles con su impecable campaña demostró que hay un camino. Si no queremos verlo es porque somos más obtusos de lo que se desearía.

El candidato logró que la gente que se quedaba en la casa, con el culo pegado a la silla viendo TV., los días de elecciones, saliera, se movilizara y votara el 07. El flaco le sacó a la abstención, a la apatía e indiferencia cerca de un millón de votos. Pasamos de los 6 millones de votantes. Muchos, pero no suficientes para ganar. La abstención fue muy baja, más baja que la de cualquier país que movilice mucha gente en elecciones. Pero no fue suficiente para ganar.

Hay que sacar votos de esos 7 millones y tantos de Chávez para poder vencer y eso solo se logrará si se demuestra que hemos aprendido algo estos 14 años y, en especial, de esta última elección. Políticos y empresa privada tendiendo una mano a los más desposeídos, es el camino. El casa por casa, es el camino. El oír y atender a la gente necesitada es el camino.

Para lograr esto, tenemos que también empezar por NO decirles a algunos lo que son, porque alejamos a los muchos que no lo son. No volver a decir mugroso, vendido, chusma, ladrón, corrupto, jalabolas, ni nada por el estilo, para referirnos a los chavistas. No es justo con la mayoría de ellos que son trabajadores y honestos.

Creo que Capriles, al perder, ganó, porque el país vuelto mierda de hoy no se merece un hombre de su talla. Se merece a Chávez hasta que de verdad aprendamos y hagamos las cosas distintas desde la oposición. Hay que mostrarle a la gente que efectivamente hay una forma diferente de hacer política y una vía para construir un país.

Si Capriles hubiera ganado, en 6 meses los colectivos armados, esos que salieron el domingo a celebrar con tiros por las ciudades, incendiarían el país. Chávez tiene a sus violentos armados y esos harían que Capriles en poco tiempo tuviera que salir a pedirle que regresara al poder para calmarlos y evitar muertes. Entonces, habríamos perdido un buen gobernante, como estoy seguro que será Capriles.

Chávez tendrá que ver cómo controla a su gente y su caos para poder gobernar o su misma gente se encargará de él.

Desde la oposición, al mismo, tiempo hay que ir construyendo la Venezuela posible. No tenemos que exigirle a Chávez lo que lleva 14 años demostrando que no va a hacer y dar. Tenemos que exigirle a los líderes y a los empresarios que están en la oposición que hagan lo que tienen que hacer y que lo hagan bien y pronto.

La noche de la elección, me acosté golpeado. A la mañana siguiente, lloré mi guayabo. Inmediatamente empecé a pensar sin fanatismos y entendí que lo que pasó era lo mejor que podía pasar. Que el tiempo de Capriles llegará para construir este país en ruinas junto con nosotros.

La decepción de haber pasado todo el día domingo creyendo, primero, que arrasábamos, más tarde, que ganábamos por 3 puntos, luego, por 2. A las siete de la noche que estaba apretado el resultado y, luego, que perdimos por un millón y pico de votos, me hizo entender que esa es la estrategia del gobierno para desilusionarnos y que se desestimule nuestro voto.

Ellos sacan a su gente a votar en la tarde y es cuando los resultados comienzan a voltearse. Al votar masivamente tarde y luego contar los votos de los pueblos lejanos y de los pueblos que votan manualmente, que son zonas chavistas, lo resultados se voltean. Así buscan desmoralizarnos y que amanezcamos diciendo “NO VUELVO A VOTAR”.

A mí no me desmoralizan, no me desestimulan y no me harán desistir del voto. En diciembre, aunque no me gustan Pablo ni Eveling, igual iré a votar porque estos resultados dejaron claro, no solo que Capriles al perder, ganó, sino que Chávez, en su triunfo, está perdiendo. Los votos chavistas aumentaron en 6 años solo 700 mil, de 2006 a 2012, mientras que el opositor pasó de 4 millones y pico a más de 6 millones. De esos votos que obtuvo Chávez, no pasará y si desde la oposición se hacen las cosas bien, bajará hasta perder.

Hoy, más que nunca, hay un camino y le agradezco a Capriles que nos lo haya mostrado y abierto. Queda en nosotros recorrerlo, o no.

¿Saben una vaina? Yo también #Meiríademasiado

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Cuando el sábado subí al facebook, con el comentario que copiaré aquí más adelante, un artículo de Milagros Socorro con su “opinión personal” sobre el video “Caracas ciudad de despedidas”, pensé que con eso daría por despachado el tema y no se me había ocurrido escribir sobre el asunto en mi blog pues han sido muchos los artículos de opinión en prensa y web que han surgido al respecto y, para mí, el tema estaba como agotado al encontrar tanta abundancia de escritos, saturado con textos y comentarios en las redes sociales. Algunos artículos mejores que otros, unos de escritores y periodistas reconocidos como la propia Milagros o como Rafael Osío Cabrices -quien también le dedicó al video un post en su blog que, al momento de yo escribir estas líneas, ya lleva al pie 157 comentarios de sus lectores- y otros de personas menos populares, pero todos girando en torno al video de las despedidas.

Escribí en mi muro, para presentar el artículo de la Socorro: “¡Bravo! Debo confesar que cuando tropecé por primera vez con el video, lo paré a los pocos segundos de haber empezado y pensé: “Esta historia me la sé y no me interesa verla”. Luego, con la insistencia en Twitter denigrando de la película, burlándose de los muchachos que la hicieron y de los que dieron su testimonio, me tomé el tiempo de verla y llegué a la conclusión de que en esa pieza audiovisual es mucho más impactante lo que no se ve que lo que nos muestra. Está allí presentada de manera tal vez un poco torpe en la forma de expresarla una angustia que no solo atormenta a los chamos de Caracas, sino a los de todo el país. La angustia de sentirse en un lugar que no les ofrece un futuro y en cuyo presente no se pueden desarrollar a plenitud. Un país del que más que querer irse, sienten que los están expulsando. También pensé al ver que los testimonios los dan “hijos de papá” del este, como los estigmatizan en las redes, en esos “hijos de mamá” del oeste que seguramente también quisieran despedirse de Caracas y del país pero no tienen los medios para hacerlo. No nos gusta vernos cómo realmente somos, creo yo, y el video nos muestra algo que nos escandaliza por lo fatuo de los planteamientos pero eso también somos. En muchos casos fatuos, fútiles, y algunos quisieran poder sacar de Caracas a gente como la que da su testimonio en el video. Por eso digo que más dice lo que no muestra el video que lo que muestra que, al final, si lo hubieran querido, con edición y locución lo habrían enmendado pero prefirieron mostrarlo tal cual”.

No pensé en volver sobre el asunto hasta hoy, cuando al abrir el Facebook me consigo con que han creado una página que se llama “Me iría demasiado” en clara alusión a una de las frases expresadas en el video por uno de los entrevistados y destinada a mofarse no sólo del video, sino de sus realizadores y de quienes, de manera honesta, ofrecieron sus pareceres y opiniones a los que hacían el audiovisual y, no conforme con esto, al revisar mi muro, encuentro que el periodista de CNN, Carlos Montero, ha publicado en su página:

“¿Vieron el video “Caracas, ciudad de despedidas”? Me gustaría saber que les parece. Mañana lo analizaremos con Fernando Ramos, enviado especial de CNN a Venezuela”.

Y a continuación postea el video con la coletilla que reza:

“aquí el infame “documental” sobre Caracas ciudad de despedidas que tuvo más dislikes que reproducciones LOL”.

Al ver todo esto, no pude evitar preguntarme ¿Qué carajos nos está pasando? ¿En qué nos estamos convirtiendo? ¿Qué país es este?

¿Con qué derecho nos atrevemos a menospreciar, denigrar, maltratar, acosar, destruir a unos muchachos que lo único que hicieron fue expresar una opinión y manifestar una angustia, válida por lo demás, por la vida que se les está ofreciendo en un país donde en cualquier esquina parece haber una bala con nuestro nombre?

¿Qué país es este, donde ya vamos para una semana hablando de un video de poco más de siete minutos que no debería ofender a nadie porque allí solamente se muestra una verdad y una parte de una país, mientras que sale un exmagistrado del Tribunal Supremo de Justicia como Aponte Aponte a enseñarnos la gravedad del sistema judicial por el que nos regimos y la inmundicia del régimen que nos gobierna y con dos días de comentarios y unos cuantos artículos que casi nadie ni comentó, despachamos el asunto como si habláramos de la telenovela de moda?

¿Con qué derecho acosamos a estos muchachos del video por “sifrinos” y “superficiales” en un país donde el libro sobre comportamiento social y etiqueta de Titina Penzini donde al parecer nos enseña algo tan importante como “cómo sostener con una misma mano la copa de vino y el Blackberry para dejar libre la otra y así poder saludar a quienes se nos acerquen” se ha agotado en las librerías y en Twitter muchos darían lo que fuera porque la socialité les dedicara el más mínimo comentario?

¿Cómo Melissa Rausseo desde el sesudísimo programa “Sabado en la noche” se atreve a hablar, con su mandibuleo particular y sus piernitas cruzadas a lo miss, sobre los “sifrinos” del video?

¿Cómo se ha, prácticamente, obligado a los muchachos a retirar su video de Youtube por el acoso al que los sometimos por “superficiales” y “apátridas” porque se quieren ir a buscar un poco de seguridad y calidad de vida en otro país, después de que Venezuela entera contempló casi sin inmutarse cómo Franklin Brito perdía su vida en una huelga de hambre clamando por justicia?

Nos burlamos del “Me iría demasiado” del muchacho y estoy seguro que muchos de los que lo hacen, hace unos 20 años habrían dicho “Me iría burda” o “tomaría sendo avión y me iría”, o hace poco habría dicho “Bueno, yo tipo me iría”. Muchos venimos de aquella “generación boba” de Chirinos y ya sabemos en qué paró el exrector.

Comunicado de los realizadores de CCDD

Lo que diferencia a estos jóvenes es que lo dijeron ante unas cámaras y los realizadores lo pusieron tal como sucedió. Podrían haberlo editado, podrían haberles dado un texto escrito con palabrotas esdrújulas de esas que tanto parecen gustar a la intelectualidad del país, podrían haber presumido de profundidad, pero optaron por mostrarlo tal y como pasó. Y por eso los crucificamos. Los estigmatizamos diciéndoles “hijos de papá y mamá” porque nos acostumbramos a vivir en un país donde la mayoría son hijos solo de mamá y, en muchas familias, varios “hijos de mamá” con diferentes padres, todos ausentes.

Acaso esos muchachos de los barrios de Caracas, mensajeros de oficina que se gastan su sueldo de un mes en un par de zapatos Nike, no deben haber dicho también “Me iría demasiado” cuando los apuntan con un revólver para quitarles sus “pisos”. Tal vez el mandibuleo de estos sea menos pronunciado, a lo mejor un poco más malandreado el tono y, posiblemente, le agregarían al final a la frase: “De esta mielda”. Pero la intención y la angustia es la misma.

Inti Acevedo (@Inti) tuvo hace poco un terrible suceso en su casa, un robo en el que los amordazaron,  y en uno de sus tuits dijo que se iría del país y todos lo entendimos, lo apoyamos, le dimos palabras de consuelo. ¡Ah claro! pero es @Inti, el gurú de internet, el pana de muchos tuiteros. Pero los muchachos del audiovisiual manifiestan el mismo deseo y la misma angustia y los tildamos de “Sifrinos”, “Apátridas”, les decimos que se larguen, los despreciamos.

Imagino que después de todo este acoso esos muchachos además de quererse largar del país deben tener pavor de salir a la calle y que las hordas que los han insultado desde las redes sociales los agredan físicamente.

¿Es que nos hemos vuelto tan obtusos que ni siquiera somos capaces de entender una metáfora. Buena o mala, pero metáfora? Entonces un joven dice “me quiero ir porque quiero poder salir a las 3 de la mañana de una rumba” y lo tomamos al pie de la letra, no tenemos la capacidad de ir un poco más allá de esas palabras y entender que quiere decir que anhela vivir en un país seguro donde pueda salir a cualquier hora sin el terror de ser matado o, en el mejor de los casos, robado. No somos capaces de entender que esa frase encierra un deseo de poder salir con sus zapatos de marca, con su teléfono, con su Ipad, con su salario de motorizado, vendedor, lavacarros, o lo que sea, en la cartera sin el terror a su espalda.

La otra dice que quisiera sacar de Caracas a la gente o irse y llevarse en una cajita lo que le gusta de la ciudad, o algo parecido, y no podemos ver que lo que expresa es un profundo amor por esa ciudad en la que vive y quiere vivir y, como se le ha hecho tan invivible, quisiera poderla hacer a su gusto para disfrutarla sin tener que dejarla. Sin tener que irse porque más que querer irse lo que siente es que el país la está echando.

En fin, que no entiendo en qué nos hemos convertido. Veo lo sucedido con “Caracas ciudad de despedidas” sobre el que incluso opinan muchos que ni siquiera lo han visto, y digo “¡un poquito de por favor!”. No puedo menos que pensar (como muchas veces lo he pensado, por los mismos motivos que esos muchachos) que, de no ser porque no tengo papeles para estar legal en ninguna otra parte del mundo, yo también “me iría demasiado”.

Gente por ahí, en USA

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Cuando la realidad del país me agobia. Cuando el stress y la depresión intentan colarse por alguna rendija de mi subconsciente. Cuando no quiero saber nada ni de VTV ni de Globovisión. Cuando quiero abstraerme del mundo y olvidarme de Chávez, de la oposición, de la inseguridad y la violencia que abundan en este “socialismo del Siglo XXI” que pretenden imponernos a trancas y mochas. Prendo mi computadora y comienzo a ver fotografías viejas, imágenes tomadas en momentos más felices que hacen que, por unos cuantos minutos, me despegue del país y viva un sueño.

Hace poco, en uno de esos instantes de evasión conseguí estas fotos que comparto en este post.

Debo dejar claro, aunque es evidente, que no soy fotógrafo. Tomo fotos pero no tengo ni idea de cómo es eso de tener en cuenta la velocidad de obturación, ni las asas, ni los fotómetros… En fin, que esas clases de fotografía en la universidad ni me enteré cuando las aprobé. Yo, simplemente veo algo que me llama la atención y agarro la cámara, que desde hace algún tiempo para acá es la del teléfono Blackberry, la pongo en funcionamiento y le doy al click. Después les doy algunos retoques con el programa más sencillo que encuentro en mi PC, las reencuadro y listo. Así de simple. Sin mayores pretensiones.

Hecha la aclaratoria, les presento esta serie de fotografías tomadas en mi último viaje a Estados Unidos.

Son imágenes, en su mayoría, tomadas a la carrera, muchas son robadas en la calle o en el metro, a escondidas de sus protagonistas, haciendo esfuerzos para que los modelos involuntarios no se enterasen que los tenía en mi objetivo, porque de lo contrario perderían la esencia. Muchas en movimiento, bajo el stress y la angustia de que la cámara no abre lo suficientemente rápido para captar la situación y que lo que quiero captar pasará antes de hacer el click, o que, justo en el momento más inoportuno, el teléfono se guinda y aparece el bendito relojito en mitad de la pantalla dando vueltas.

Otras de gente en sitios a los que acudí a disfrutar de espectáculos o paseos turísticos. Todas representan un momento único e irrepetible que difícilmente pueda volver a ocurrir tal y como lo captó mi cámara. Son imágenes de gente que uno se encuentra por ahí.

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