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En San Telmo anda un hombre con un zapato blanco

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Foto: Cristian Espinosa

Poco después de las siete de la mañana, un impertinente rayo de sol que se cuela entre las cortinas de la habitación del hotel, incide justo en mi cara y me despierta.  Las horas dormidas a duras penas llegan a cinco y por más que me volteo y digo: “Diez minuticos más”, la insistente claridad me impide volver a agarrar el sueño.

Aún dormido, me levanto, tomo una ducha y me visto. Como sé que la caminata será larga, decido ponerme las gomas adidas blancas que ya están amansadas y listas para largas jornadas a pie. Me calzo la derecha y comienza la búsqueda de la izquierda hasta que, por fin, la encuentro debajo de la cama, tapada por la franela del día anterior. Me la pongo, ato los cordones de ambos zapatos y salgo con Cristian a desayunar en el restaurant del hotel, en la terraza.

Comemos en abundancia porque sabemos que, una vez que arrancamos a pasear, nunca se sabe cuándo volveremos a tomar bocado.

Poco después de las 8 y media, ya nos encontramos camino a la calle Florida para cambiar pesos en lo de Miguel y continuar rumbo al mercado de San Telmo, donde guardo la esperanza de encontrar el bolso de cuero que quiero.

El mismo Miguel nos convence de que, si no llevamos prisa, continuemos a pie hasta el mercado, pues el paseo es bonito y estamos apenas a unas ocho cuadras del lugar. Así lo hacemos y cuando ya tenemos unas cuadras andadas, fascinado por las arquitectura de la zona, decido sacar la tablet para hacer fotos de los edificios.

No había hecho mas de 4 clicks, cuando una trigueña gordita, con cara de madre angustiada, se me viene encima y me dice, como implorando:

-¿Vos no sos de acá? ¡No saqués eso acá! ¡Guardala, es peligroso!

Por supuesto, guardé de nuevo el aparato en el bolso y quedé solo con el teléfono en la mano para las fotos. Dos cuadras más y entramos a la esquina de la catedral Metropolitana de Buenos Aires.  Al mirar alrededor, descubrimos que estamos frente a la casa de gobierno de la ciudad. Un poco más allá, el viejo edificio del Cabildo, frente a estos, la plaza de Mayo, lugar fundacional de la ciudad y donde se reúnen las madres de los desaparecidos de la dictadura Argentina y, frente a esta plaza, la Casa Rosada.

La descripción de todo el sitio me la hace un policía al que le pregunto qué evento habrá en la calle, pues se encuentran dispuestas en hileras un grupo de sillas plásticas como a la espera del público frente a una tarima.

El agente no sabe decirme qué evento habrá, pero sí me da los detalles de las edificaciones. Al ver que tengo la tablet en la mano, me advierte:

-¡Tené cuidado con eso!

-Pero, ¿acá la puedo sacar?

-Mientras haya un policía cerca no hay qué temer -me dice sonriendo-, pero andate con cuidado.

Decidimos entrar a la catedral para conocerla. Una edificación de estilo mayormente románico, guarda en un costado anexo el mausoleo con los restos del libertador San Martín. Es un templo de cinco naves, con una amplia central que conduce al inmenso altar mayor. Hermosas imágenes de santos, un espectacular piso de pequeños mosaicos formando estrellas, hojas y flores, que a nadie deja indiferente e increíbles mosaicos en las paredes también, que recrean imágenes de ángeles y santos.

Al salir de la catedral, damos un paseo por la plaza de Mayo en cuyo piso se encuentran pintadas las pañoletas blancas que identifican a las madres de la plaza. Allí están aún exhibidas las pancartas usadas durante la última manifestación contra el gobierno, realizada pocos días antes, cuando llegaron cientos de manifestantes, convocados por las redes sociales, a cacerolear en protesta por algunas medidas adoptadas por el gobierno de la Kirchner.

La Casa Rosada muestra el movimiento de la gran afluencia de turistas que la va a visitar. Unos salen y otros entran. Nosotros decidimos saltarnos la visita porque ya pasan de las 10 y todavía no hemos empezado a recorrer el largo mercado de San Telmo.

Echado en medio de la estrecha calle adoquinada, nos recibe un anciano perro amarillo, de trompa canosa y mirada de sabio, completamente indiferente al ir y venir de la gente que comienza a subir y bajar a lo largo de la calle.

El mercado callejero, que con el paso de los años se ha ido extendiendo hasta casi llegar a la calle de la plaza de Mayo, reúne a artesanos, artistas, anticuarios, curtidores y trabajadores dedicados a la tenería, músicos, magos, bailarines de tangos y milongas, orfebres, hacedores de vasijas de cemento, materas y bombillas, grabadores de placas de metal para mascotas, tejedores, vendedores de bisutería, titiriteros. Son como 12 cuadras que todos los domingos cobran vida cuando se llenan del bullicio y la algarabía de quienes llegan a ofrecer sus mercaderías y quienes se acercan a comprar a buenos precios y a curiosear.

A mano izquierda, subiendo desde la plaza Mayo, se encuentra la Basílica de Nuestra Señora del Rosario y el museo Franciscano. Justo un poco más arriba, entre la gente y los chiringuitos, logro distinguir, a lo lejos, un bolso con las características del que tengo pensado comprar.

Me dirijo hacia él, pero en el camino no puedo dejar de contemplar unos hermosos cojines de cuero que vende una señora.  Al ver que me llaman la atención, la mujer se levanta y comienza a conversar. Me cuenta que tiene 77 años, que le encanta ir a las milongas porque el gusto por bailar tango nunca lo perderá.

-Por cierto -me dice-, hoy hay fiesta brasilera allí en la plaza. Si se quedan por acá, podrán disfrutar de la música de Brasil y de su comida porque tengo entendido que habrá comida gratis para todos.  “Argentina celebra a Brasil” se llama la fiesta.

En el chiringuito que está frente al de la guapachosa anciana, veo unas billeteras de cuero con los pelos de la vaca, sobre la mesita de exhibición.

-¿Cuanto cuestan estas billeteras? Pregunto a la señora que atiende.

-Cien pesos.

-¿Nada menos?

-Nada menos. Ya son muy baratas.

-Si me las deja en 180, me llevo las dos. -Insisto.

-¡Ay, no me hagás eso! ¡Que ya son muy baratas! Dame 190 por las dos, pues.

-¡Hecho!

Con las dos billeteras me dirijo en pos de mi bolso. Es de cuero peludo blanco con manchas y motas negras. Cuadrado. Ideal para utilizarlo como equipaje de mano. Lo reviso. Miro sus costuras perfectas. El cuero bien trabajado.  El hombre que los hace y vende me observa.

-Sacale el papel para que lo veas por dentro.

-¿Cuánto cuesta?

-500 pesos. -Dice el hombre, bajo, delgado, con bigote negro y lentes. Unos 40 anos, le calculo.

-¿Cuánto es lo menos?

-Eso es lo menos y lo más. Es el precio. ¿De dónde sos?

-De Venezuela.

-¡Uy, de donde el loco! ¿No te querés llevar a la pelotuda de acá?

-Nooooo. Si estoy tratando más bien de casar al de allá con la de acá, ahora que está viuda. Así el tipo se viene y ustedes tienen la parejita aquí y hasta cría les pueden sacar.

Roberto, que así se llama el hombre, suelta la carcajada y pasamos unos 15 minutos conversando. El tratando de convencerme de que Argentina está peor que Venezuela y yo haciendo lo propio. Al final la conclusión es que ambos países están “igual de peor”, solo que Venezuela lleva unos años de ventaja.

-Bueno, Roberto, ¿entonces, en cuánto me dejas el bolso?

-En 500 pesos. Ese es el precio.

Yo se que es un excelente precio, pero me gusta regatear.  Le digo:

-Bueno, apenas voy llegando al mercado. Voy a seguir viendo porque a lo mejor más adelante lo consigo más barato.  Si no lo encuentro, me regreso y te lo compro.

-No lo vas a conseguir. Y si lo consigues, no será de la misma calidad. ¿Te lo aparto?

-No. Porque no quiero quedarte mal. Si no consigo otro, vuelvo por este.

Le tiendo la mano para despedirme y cuando estoy a punto de arrancar, Roberto me hala por el brazo.

-¡Pará, pará,  pará! -Yo pienso que, finalmente, me hará un precio.

-¿Eso es un descuido o lo has hecho intencionalmente? -Dice, señalando el piso a mis pies.

Yo no entiendo nada y comienzo a seguir con la mirada el camino que me señala el dedo para, al final, entender.

Al ver mis pies, me doy cuenta que llevo puesto un zapato blanco y otro color caramelo. Fui a desayunar, caminé un largo trecho por Florida, paseé por la plaza de Mayo, entré a la Catedral, conversé con la gente; ¡llevando un zapato completamente diferente en modelo y color al otro!

-¡NO! No es intencional, Roberto. Hasta ahora, no me había dado cuenta que los zapatos eran diferentes. ¡Con razón un pie me duele más que el otro!

Ambos soltamos la carcajada y llamamos a Cristian que estaba entretenido en otro chiringuito. Roberto le dice:

-¿Qué le ves distinto?

Cristian comienza a mirar de arriba abajo, como queriendo descubrir qué me he comprado. Cuando llega a los pies, grita:

-¡COÑO! ¿Y eso? ¿Tu saliste así?

Los tres nos matamos de la risa.

Cristian y yo continuamos el paseo por el mercado y dejamos a Roberto, que aún sonríe al ver mis pies, con la promesa de volver por el bolso, si no consigo uno más barato.

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¿De dónde salieron esos votos?

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El domingo 07 en la noche, mi urbanización se sumió en un tenso silencio. Los televisores se apagaron. La música cesó. A lo lejos se oía la detonación de uno que otro mortero como muestra de celebración. Pero en las cercanías el silencio era sepulcral.

Esa noche mucha gente se durmió vencida por el llanto. La asaltaron las dudas. Se preguntaba qué pasó. No daba crédito a la información que la rectora del CNE daba por televisión.

El sentimiento de burla, de estafa, de robo, hizo presa de gran parte de los que hasta hacía pocas horas, se encontraban, si no felices, con muchas esperanzas de triunfo. No era para menos. Los ríos de gente desbordada en las calles del país, alegre y emocionada, vitoreando el paso del candidato Capriles nos sembraron la esperanza de que el triunfo estaba cerca.

El lunes 08, muchos siguieron llorando. Había duelo y algunos se preguntaban de dónde salieron tantos votos para Chávez si sus actos fueron tan pocos y, por Globovisión, nos mostraban la “escasa concurrencia”, al tiempo que remarcaban que era gente obligada y comprada. Que muchos estaban allí pero votarían por Capriles, como en efecto pudo haber pasado.

Ese lunes 08, los más desbocados, sin pruebas ni evidencias se lanzaron a gritar “fraude”. “Esos votos no están”. “Esos los crearon con las maquinitas y con la complicidad del CNE y el plan República”.
Mientras que algunos se preguntaban dónde estaban esos 8 millones que no los veían por ningún lado y otros, entre los que me cuento, empezábamos a pensar en qué se falló, qué faltó, por qué no vimos que esos 8 millones seguían allí, inamovibles, cómo es que no nos los tropezábamos por ninguna parte.

Durante la campaña, mucho se habló del “voto oculto”, del voto que no se reflejaba en las encuestas, del “voto silencioso” a favor de Capriles por temor a las represalias del régimen. Ahora, días después, creo que ese voto silencioso no contaba para las encuestas. En realidad, contaba para nuestra cotidianidad, nuestro día a día. Esos votos estaban allí, callados, agazapados y nosotros, en nuestra euforia y optimismo, nos negábamos a verlos.

Muchos de esos votos estaban en los barrios a los que yo, y probablemente el que me está leyendo tampoco, no entramos porque el solo nombrarlos nos atemoriza, pero desde donde, seguramente, provenían los sonidos de cohetones y morteros celebrando. Y estaban, también en una gran masa de trabajadores públicos de todos los niveles en un Estado empleador hasta la exageración.

Esos votos estaban en la muchacha que en la panadería te embolsa los 20 panes mientras te escucha decir que los chavistas son unos desgraciados. Estaban en la cajera del supermercado que, mientras te chequea la compra, te oye comentar con el que está en la cola que los chavistas son todos unos arrastrados.

Los votos de Chávez estaban en la chica esa de uñas postizas y tetas compradas, dependiente de una tienda de ropa que, en la tintorería, escuchaba a las dos señoras encopetadas decir, que las chavistas son todas unas putas vendidas, mientras ella le comentaba a su amiga, receptora de ropa en esa tintorería y también chavista, por lo bajito:

-Si, yo tengo loco a Andrés, el cajero del banco, se desvive por mí, lo que no sabe es que yo soy del otro lado. El no sabe que soy chavista porque, si lo llega saber, me odia y no me hace el favor de depositar los cheques sin hacer la cola.

El voto chavista estaba en el chofer de la camionetica que llevó a la gente al mitin de Capriles y esperó pacientemente a que llegara la hora de devolverlos a sus casas, escuchando como los pasajeros decían: “Los chavistas son todos unos flojos borrachos, menos mal que esto se acaba el domingo”.

Por Chávez votó ese mesonero que dijo a su compañero el sábado en la noche:

-Dame cuatro palos ahí y si gana Capriles, te los devuelvo-. Mientras iba a llevar la pizza y miraba de reojo con resentimiento a dos de gorra tricolor que decían:

“A esos chavistas de mierda hay que acabarlos, no sirven para nada. Son una parranda de flojos que solo quieren que les den plata de las misiones sin trabajar”.

Los votos estaban en ese gerente de banco que era opositor y que se quedó sin empleo cuando el gobierno acabó con el banco Federal y que, ahora, absorbido por el Banco de Venezuela, ha conseguido mejor sueldo y trato, aunque no salga a alardear de que es chavista. También en esos que, siendo opositores con “plan B” para USA, cansados de tratar de abastecer su bodega con los productos que escasean y precios regulados, se dejaron seducir, un mes antes de las elecciones, por el militar mafioso, se asociaron con él y, en una semana, echaron abajo la bodega, metieron máquinas de juego e instalaron un casino clandestino. Obteniendo en un mes la ganancia que no obtuvieron en un año de trabajo.

Por Chávez votó el viejito que se sentía anulado e ignorado y que ahora está convencido de que su pensión se la debe a él y no que es un derecho obtenido gracias a su trabajo y dedicación al país y que en la cola del banco oye como un hombre le dice a la cajera:

-No le doy paso al viejo ese coñoemadre, porque todos son unos chavistas vendidos, que votan por el desgraciado solo por una pensión.

Los votos de Chávez salieron de esos a los que no se pueden asustar con el socialismo porque ellos no tienen nada que le puedan quitar y sí una misión que están recibiendo. De los que no se asustan con la inseguridad y la violencia porque nacieron en medio de una balacera y en ella han crecido. De la señora de servicio que cuando iba a llevar café a la patrona y su amiga escuchó que la visita le decía compungida: “Chica, Juanita, la que trabaja en mi casa, es chavista”, y la patrona le respondía:

-¡Es que son brutas! ¿Qué se puede esperar de ellas? Si fueran inteligentes, no serían cachifas y menos chavistas.

Ante tantas muestras de desprecio que damos a diario, a veces sin darnos cuenta, pero siempre a todo pulmón, ¿cómo podemos pretender que quien está a nuestro lado muestre sus preferencias políticas?

Chávez ha basado su poder y su permanencia en resaltar el resentimiento y el odio de los que nunca han tenido contra los que tienen. Ese ha sido su gran triunfo, fomentar una lucha de clases y acentuar la división y, para ello, se vale de las misiones que maneja como dádivas y limosnas para mantener sometido y a su lado a esa gran masa que siente que, por primera vez, los toman en cuenta. Chávez trata a “sus pobres” como a perritos a los que se les tira un hueso para conquistarlos. De esa forma los ha logrado mantener fieles a su lado.
Pero el otro gran triunfo de Chávez es haber inoculado ese odio y ese resentimiento en quienes lo adversamos.

Los que no queremos a Chávez y su proyecto “socialista”, hemos caído en la trampa de su odio. Nos ha faltado sensibilidad e inteligencia para no dejarnos arrastrar por su discurso violento y hemos terminado maltratando y humillando a sus seguidores cotidianamente, diciendo que son arrastrados, vendidos, tarifados, percucios, tierrúos, vagos, flojos, borrachos, malandros, violentos, ladrones. Para después pretender que nos digan: “yo voto por Chávez”.

De todo eso hay en las filas del Chavismo, y en las filas de la oposición también. Como en la oposición hay sifrinos, corruptos, encopetadas, patiquines, adecos y copeyanos, al igual que en el chavismo.

Lo que no podemos y debemos empezar a evitar, es decir que todos los chavistas son así o que todos los opositores son asá.

A veces, oigo decir que el país necesita “reconciliación” y, algunas bocas, pareciera sonar como si dijeran, “hay que reconciliarse con esos brutos chavistas” o, “hay que abrazar a los desgraciados burgueses”. Así, la reconciliación estará muy lejos. Tan lejos como esperar que se produzca cuando Chávez le dé la mano a los de la oposición sin ofenderlos.

Cuando uno ve que en Caracas, a las 6 de la mañana, el metro va lleno hasta el tope de gente que se dirige a sus trabajos, cuando al Ruta 6, de Maracaibo a las horas pico, a las horas de entrada y salida del trabajo, parece que la gente se le desbordará por las ventanillas y puertas, yo los veo y me pongo a pensar en lo injusto que es decir que “Venezuela es un país de vagos”. La injusticia que significa decir que los chavistas que van en esos transportes son unos delincuentes, borrachos, buenos para nada.

La gran mayoría de este país (al menos así quiero creerlo en mi ingenuidad) es gente trabajadora, sin importar por quien vote.

Me decía un amigo, refiriéndose a los chavistas:

-Son flojos. Esos no aprenden. Lo que quieren es que le den los reales para bebérselos y luego sentarse a esperar que les vuelvan a dar. Son como cerdos que, por más que los saquen del chiquero y los enseñen, cuando ven la porquería, corren a revolcarse en ella.

Yo me niego rotundamente a pensar así y mucho menos a creerlo. Si los seres humanos fuéramos así y no tuviésemos capacidad para aprender, seguiríamos en cavernas. Así se lo decía, pero en su ceguera, parecía no entender que esa situación como él la describe no puede ser una fatalidad, no es algo congénito, un mal que no tiene cura.

Yo creo que mucha de esa gente que hoy está recibiendo una ayuda del gobierno -que se la administran como limosnas-, no han tenido oportunidad de aprender a sacar partido de esa ayuda porque, entre otras cosas, al régimen no le conviene que aprendan y se independicen de esa limosna.

Chávez ha continuado la política de la lata de zinc, los bloques y la bolsa de comida de los adecos y copeyanos, solo que la ha sistematizado, regularizado. Pero para nada le conviene que la gente aprenda a sacar provecho de esa ayuda para buscar la forma de obtener ingresos sin depender de la Misión.

A Chávez no le interesa que la gente conciencie que la limosna que le dan hoy, si no la aprende a usar, se le acaba mañana y que seguirá en la misma situación.
El quiere que se la consuman y se sienten a esperar la próxima limosna para mantenerlos atados a él, como bueyes.

Pero la oposición tampoco ha asumido la labor de ir casa por casa a enseñarles qué pueden hacer con lo que obtienen de ayuda del gobierno. Creo que ese es el trabajo que políticos, líderes sociales y empresarios tienen que asumir. Esa es la lectura que nos debería dejar el resultado de las elecciones y lo aprendido en los meses de “casa por casa” de Capriles en campaña.

Hay una necesidad de educación y capacitación de la gente a la que le llegan las misiones que tiene que ser asumida. La empresa privada tiene que asumir un compromiso social y aportarle calidad de vida a los más pobres. No es dar limosna como lo hace Chávez, es un verdadero compromiso social que se enfoque en la educación y aprovechamiento de lo que les dan, al tiempo que les brindan la posibilidad de acceder a los servicios básicos.

Ese es el trabajo que hay que hacer, a mi entender, y que queda muy claro en esta anécdota que mi sobrina Sandra Moros, relató en un comentario en mi post “No hubo fraude, lo que sí hay es un camino”:

Definitivamente, la clave es educación, es el trabajo social que no se ha hecho. Es enseñarles que se pueden valer por sí mismos, que la misión es algo que debe ser pasajero y puntual, que no es un yunque al que estará atado de por vida. Enseñarles que no hay necesidad de llenarse de hijos para demostrarle a cada hombre que aman que lo aman y, mucho menos, para retenerlo. Enseñarles que es más fácil echar para adelante con uno o dos hijos y no con cinco en la esperanza de que, alguno de ellos crezca, sea exitoso y los saque de la pobreza.

En fin, educar, insistir, seguir educando. Educándolos a ellos pero también educándonos a nosotros. Entendiendo que cada vez que generalizamos y utilizamos términos peyorativos para referirnos a todo un sector de la población, nos retratamos a nosotros mismos como personas y demostramos que no estamos muy lejos de los adjetivos con los que estigmatizamos a los demás.

Tibisay Lucena dijo unas palabras muy sabias cuando proclamó a Chávez como presidente para el período 2013-2017. Dijo, palabras más, palabras menos, que reconocer el triunfo del otro y la propia derrota, pasa por reconocer también a los que votaron por el vencedor, por eliminar los términos peyorativos y discriminatorios para referirnos a sus votantes.

Lamentablemente, la rectora del CNE, olvidó que dirige una institución que es de todos los venezolanos, y no nada más del sector oficial, no se percató de decir que el vencedor al aceptar el triunfo también debe pasar por ese mismo tamiz, también debe reconocer al otro, respetarlo y eliminar de su discurso palabras como majunches, burgueses, pitiyanquis, hijos de papá y mamá…

Pero, bueno, ya todos sabemos de qué pata cojea la Rectora, a qué tendencia se inclina, a qué intereses responde y a quién rinde cuentas. O sea, que no podemos pedirle peras al olmo. Tiempos mejores vendrán cuando entre vecinos nos tratemos con respeto y que ese trato sea un reflejo del modelo que nos dan desde las instituciones del Estado. Algo que ya vamos para 14 años sin conocer.

En Maracaibo vi que Capriles abrirá el camino

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Llegando de la fiesta del progreso que fue el acto de cierre de campaña de Capriles en la avenida 5 de Julio de Maracaibo. En la ropa y en la piel traigo el olor de “violín” de la catirita sifrina que tenía al lado, del mal aliento del guajirito que tenía adelante. Los dedos de los pies están magullados con los pisotones del negrito  de los chimbangles de San Benito y los tacones de la señora emperifollada que miraba por encima del hombro. En las costillas traigo la marca de los codazos del malandrito a mi izquierda y de la mujer con cara y lentes de maestra de escuela a mi derecha.

Por momentos, el aire faltaba. El olor a sudor parecía emerger del pavimento como un vapor. En ocasiones un sudor fresco y perfumado y, en otras, rancio y fuerte, como de persona que trabajó todo el día a pleno sol y de su jornada laboral saltó al mitin de Capriles. Un olor a “solecito” que decimos en el Zulia.

Pero, en esos momentos de emoción, esos olores terminan siendo el olor de la alegría, de la esperanza, de la fiesta de la democracia y los moretones son la marca, el sello, de que asistimos a un momento histórico en la vida del país.

Venciendo mi agorafobia, ya desde hacía días tenía decidido que no me perdería por nada del mundo el acto de cierre de campaña de Capriles en el Zulia. Y la emoción y la algarabía del día anterior en el mitin de cierre en mi querida Mérida confirmaron mi decisión e hicieron que anhelara fuertemente que llegara la hora de fundirme en esa masa amorfa, alegre y llena de vida que ha recorrido todas las ciudades del país desde hace meses.

Veía a la gente de Mérida en la calle y la imagen que me surgía era la de la espuma de una cerveza batida que se desborda del vaso y de la botella. Las fotos y las imágenes de televisión del evento andino me hacían intuir que en el Zulia no sería menos. Nunca, ni cuando el Papa Juan Pablo II visitó Mérida, vi tanta gente en las calles de mi ciudad natal. Al punto que, en algún momento de la jornada, una que otra lagrimita de emoción salió sin querer viendo la pantalla del televisor.

Vi lo de Mérida y, al salir a la calle, encontré a la gente alegre, saludaba contenta. Preguntaban: “¿Vas mañana?” “¡Claro que voy!”. Toda la ciudad anhelaba la llegada del evento. Todos estábamos dispuestos a ir a mostrar nuestro apoyo al cambio y nuestra esperanza en el futuro..

A las cuatro de la tarde cerramos la tienda y nos arrancamos a 5 de Julio.  Al llegar, el pánico se quiso apoderar de mí al ver el mar de gente y las imágenes de aquella fatídica noche en la inauguración del las luces del estadio de Mérida, cuando mucha gente fue arrastrada y pisada por la multitud descontrolada, vinieron a mi mente. Inmediatamente, espanté esos fantasmas y fue entonces cuando el miedo dio paso a la música porque, al ver lo variopinto de la gente reunida, con naturalidad, acudió a mi cabeza la canción de Serrat, “Fiesta”.

El acto de cierre de Capriles es la mejor escenificación de lo que dice la canción de Serrat desde su primera estrofa hasta la última y durante toda la jornada no hizo más que rondar en mi mente su melodía.

A los pocos minutos de haber llegado a la avenida, por los altavoces anunciaban que estaba haciendo su entrada el candidato, el “Preentrante”, como le decimos en oposición al “Presaliente”.

A la música se unía el bullicio de la gente, el sonido de los morteros, de los pitos, cornetas y bubuzelas, el “¡POM!” de los morteros. Hasta los pericos parecían estar alegres y no cesaban de gorgorear volando en bandadas sobre la multitud.

Una explosión de papelillo, un aumento del ruido, la multitud que comienza a mirar toda en la misma dirección al tiempo que grita desenfrenada, la gente que empieza a empujar con más fuerza, a apretujarse, nos indican que Henrique se aproxima. Levanto la vista y allí viene. Con su camisa celeste y sonrisa franca, intercambiando gestos con la gente y lanzando sus gorras tricolores.

Yo, que no soy mucho de tener idolatrías por políticos y artistas, no puedo evitar emocionarme, los mocos se me aflojan un poco, el nudo en la garganta se me aprieta y las lágrimas pujan por salir. Lo veo pasar frente a mí y siento que lo que pasa es el futuro, la esperanza. No pienso en ningún momento que Capriles sea el camino pero estoy convencido de que puede abrir el camino.

El siguió su paso. Ni cuenta se dio que detrás dejó a un hombre, casi cincuentón, emocionado a punto de llanto con su presencia. Un hombre que no cree en mesías que, de hecho, ni siquiera votó por Capriles en las primarias pero que ahora siente que Capriles representa la última oportunidad para Venezuela. Un gocho asimilado maracucho que en ese momento mira al cielo y comprueba que el día nos ha regalado un hermoso y cálido atardecer.

En una esquina de 5 de Julio quedó un venezolano que piensa que, o salimos de esta etapa obscura y lúgubre, de esta tiniebla, el domingo 7 de octubre, o ya no será nunca. Al menos no lo será de manera pacífica. Escucho con detenimiento una vez más lo que el candidato tiene que decir y su discurso me convence de nuevo de que “hay un camino”.

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Dos canciones, una verdad

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En estos días en que Catia se ha alzado en contra de los desalojos y expropiaciones del régimen de Chávez -¡Catia! No La Lagunita, ni Altamira, ni El Marqués. Catia, la de escasos recursos y populosa que se lanzó a la calle a defender lo que es suyo por trabajo y esfuerzo propio-, entro a youtube y me consigo un video montado con una canción de Alí Primera:

Yo vengo de donde usted no ha ido

Lo veo y lo escucho con detenimiento. En él se habla de cómo a a los turistas que llegan a Venezuela le muestran la parte bonita del país y acompañan la canción con imágenes de esos extranjeros defensores a ultranza del Socialismo del Siglo XXI del presidente venezolano a quienes los trae el régimen, los hospeda en hoteles cinco estrellas, los pasea, les muestra lo que les conviene que vean y de vuelta a Maiquetía para salir a dispersar por el mundo la “buena nueva” de la revolución bolivariana. 

Yo vengo de donde usted no ha ido
yo he visto las cosas que no ha visto
en mi Patria al turista
se le agrada la vista
con las cosas bonitas
la Venezuela rica
pero a los cerros
donde se rumia la miseria
y se aleja la esperanza
nadie los lleva
les esconden con vergüenza
a la otra Venezuela
la Venezuela del pobre
la Venezuela sin razón
sin razón para que exista
pero que existe señor

La verdad de Venezuela
no se ve en el Country club
la verdad se ve en los cerros
con su gente y su inquietud
venga, lo llevaré de la mano
allí vera a los niños
a esos niños terrosos
que son niños venezolanos
venga, antes de que usted se vaya
subiremos a los cerros
luego diremos con rabia
que está sufriendo mi pueblo

(recitado)
“Venezuela fue tuya, recupérala”

Yo vengo de donde usted no ha ido
yo he visto las cosas que no ha visto

Yo he visto a los hombres
de los que se dicen
“y que” tienen libertad
mas cuando busco
la verdad de lo dicho
concluyo diciendo
que tienen, que tienen libertad
libertad para sufrir

Oigo y veo el video y pienso en los habitantes de Catia que están peleando por lo suyo y, video y lucha, me devuelven 20 años. A 1991 en La Habana, conociendo el socialismo de la isla, comprobando que en una casa viven hasta cinco familias porque la revolución las expropió y, sin siquiera adecuarlas, metió en esas mansiones de los ricos exiliados a varias familias. Pero en Catia no son mansiones y los expropiados no son precisamente ricos. Más bien, ellos forman parte hasta cierto punto de esas cosas que no se le muestran a los turistas, la parte pobre de Venezuela que luego de 14 años de “proceso” sigue siendo tanto o más pobre que antes. Ellos no creo que estén dispuestos a que los hacinen de a cinco familia por casa. Por lo que se ve,  están dispuestos a pelear con uñas y dientes por lo que es suyo por derecho.

En todo esto pienso mientras veo el video con la canción de Alí Primera y salta a mi mente:

TROPICOLLAGE

La canción de Carlos Varela que conocí en mi viaje a Cuba y que con un ritmo más tropical y con diferentes imágenes nos cuenta, en el fondo, lo mismo que la del “Cantor del pueblo”. Oigo las canciones y recuerdo cuando Raul Castro dijo que Venezuela y Cuba eran lo mismo y se me eriza la piel al recordar lo visto y vivido en La Habana. 

Se fue en Habanautos

rumbo hasta Varadero

apanado en la arena

fumándose un Habano,

se tiró algunas fotos

recostado a una palma.

Volvió al Habana Libre

alquiló un Turistaxi

para ir a Tropicana

después al aeropuerto y

así se fue creyendo

que conoció La Habana.

Ese tipo pagó la cuenta

que me estaba sacando,

pero en la polaroid

y en su cabeza lleva

tropicollage, collage, collage…

No fue a la Habana Vieja

no conoció los barrios

de obreros y creyentes.

No se tiró unas fotos

sobre los arrecifes

donde hay un mar de gente.

No vió a los constructores

ladrillo y aguardiente

cementando el futuro.

No tropezó en la calle

con uno de esos tipos

que dan cinco por uno.

Eso también es mi país

y no puedo olvidarlo

y el que quiera negarlo

en su cabeza lleva tropicollage,

collage, collage…

Tropicollage, tropicollage,

collage, collage…

Y a los refutadores

que me están escuchando

piensen en lo que digo

yo sé que la divisa

hace la economía

como hace al pan el trigo.

Pero lo que no entiendo

es que por el dinero

confundan a la gente

si vas a los hoteles

por no ser extranjero

te tratan diferente.

Eso ya está pasando aquí

y yo quiero cambiarlo

cómo no, y el que quiera negarlo

en su cabeza lleva tropicollage.

collage, collage…

Tropicollage, collage,

tropicollage, collage…

Quieren llevarse a mi país

en una bolsa de Cubalse

de esas que dicen en inglés

que se compra fácil

esta ciudad no cabe en una foto

de almanaque de París.

La gente está inventando antenas

para ver Canal del Sol,

es que a tropicollage

le gusta salir en la televisión.

“Easy shopping”, tropicollage…

“Easy shopping”, tropicollage… 

Pienso en Alí Primera, con cuya música crecí, y me convenzo que, si viviera, sus canciones en la actualidad tendrían la misma composición y significado pues los motivos que las inspiraron están tan vigentes como cuando las compuso, a pesar de lo que sus hijos y viuda puedan decir. Yo prefiero pensar que Alí estaría de este lado de la acera, siempre en la lucha por la justicia y la igualdad,siempre cantando para denunciar el estado de las cosas.

Vuelvo a escuchar las dos canciones, diferentes ritmos, diferentes voces, una misma verdad… y escribo estas líneas.

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