Canal RSS

Archivo de la etiqueta: luz y color

La Boca, el color de la pobreza

Publicado en

Si a alguien que esté en La Boca, el legendario barrio de Buenos Aires le preguntarán de qué color es la pobreza, seguramente contestaría que rojo escarlata intenso, verde vegetación recién brotada, azul rey, amarillo sol de mediodía, naranja incandescente. Los colores de Caminito.

Es que ese es el colorido paisaje que arrebata la vista al terminar el boulevard del río y tropezarse con los conventillos de la zona. Esas edificaciones de dos o tres niveles hechos con madera y láminas de zinc que están especial y estratégicamente emplazadas a la entrada del barrio, en la calle Caminito, para deleitar la vista de los turistas.

Es poco más de una manzana en la que los visitantes encuentran tiendas de todo tipo de artesanía, artículos de cuero,  restaurantes, artistas callejeros, bailarines de tango y milonga, todo diseñado de tal manera que enamora al turista y lo hace gastar a gusto sus divisas para llevarse un alegre recuerdo de Buenos Aires y los típicos souvenirs.

En Caminito, con un día soleado, se pueden obtener las más coloridas y espectaculares fotos de todo el viaje a Argentina. La cámara, como el ojo del paseante, no parecen saciarse nunca de tanta luz y color.

Pero, al pasar unos pocos metros más allá de esa manzana turística, ya comienzan a verse los verdaderos conventillos. Esos que muestran sus láminas de zinc oxidadas y maderas corroídas, donde viven familias enteras en habitaciones de tres metros por cuatro por las que pagan hasta 200 dólares de alquiler.

Al puerto de La Boca llegaron los primeros inmigrantes españoles y, sobre todo, italianos, quienes llegaban pobres de solemnidad, con una mano adelante y la otra atrás, a forjarse un mejor futuro, ese futuro que Europa parecía negarles. Para muchos, era un estada solo pasajera. Su vida en los conventillos duraba lo que tardaban en ahorrar dinero con sus trabajos para establecerse en otras zonas más prósperas.

Pero mientras vivían en La Boca, una manera de hacer más digna y vivible su permanencia allí era pintando sus conventillos con los sobrantes de pintura con la que pintaban los barcos anclados en el puerto, de allí el intenso colorido del lugar.

Cristian y yo llegamos a eso de las 11 de la mañana. las nubes se han disipado en el cielo que ahora muestra un hermoso azul que combina perfectamente con los colores encendidos de los conventillos. La pupilas, como el lente de la cámara reciben sin acusar cansancio los golpes constantes de color. Recorremos el lugar alrededor de la zona de turismo sin atrevernos a ir mucho más adentro, a donde el color de la pintura sede espacio al óxido que evidencia el estado de pobreza de la zona, porque nos habían advertido que tuviéramos cuidado. De día no es peligroso, pero es mejor ir prevenidos.

En uno de los conventillos turísticos, en un rincón de la segunda planta, consigo a Marcelo trabajando en sus artesanías.  El interviene fotografías de la zona, las trabaja y monta artesanalmente en marcos de pdf teñido para vender a los turistas como souvenir. En sus imágenes se ve La Boca que está más allá de la especialmente preparada para el disfrute de los visitantes.

Marcelo cuenta que por el espacio donde tiene su tienda y taller en el conventillo, unos 12 metros cuadrados, paga 600 dólares de alquiler al mes. Entonces me habla de su trabajo y de lo difícil que resulta la vida para quienes viven en los “verdaderos” conventillos. Esos que tienen que pagar 200 dolares por una habitación que en invierno es un freezer y en verano un infierno.

-Por eso es que yo, a veces, entiendo que es lo que está pasando con la política en Argentina y por qué algunas personas más pobres se sienten reivindicadas con algunas de las políticas del gobierno. -Dice mientras continúa haciendo los marcos para sus fotografías.

A Marcelo no le gusta la polarización que se está generando en la sociedad argentina entre los que apoyan al gobierno de Cristina Kirchner y los que la adversan, pero dice que hay medidas que han afectado a los ricos y a sectores de poder que se tendrían que haber tomado hace tiempo y que como ahora lo están haciendo, muchos reaccionan fuertemente contra el gobierno.

-Algunos dicen que yo soy kirchnerista. No lo soy, pero reconozco lo que me parece que está haciendo bien y me molesta esa postura de enfrentamiento que hay de ambos lados.

El artesano es evangélico, me habla de la labor que hace su iglesia en cárceles y escuelas y dice que, por eso, a él le parece bien que el gobierno le quite poder a la iglesia católica, que la enfrente y desenmascare porque solo ha servido para someter al pueblo.

Le digo que algo similar ha pasado en Venezuela, que el gobierno se ha enfrentado con todos los sectores y que, le puedo asegurar, no es la mejor forma de hacer justicia porque solo se exacerba el odio y el resentimiento. Que buenos y malos hay en todos lados y que así como en la iglesia católica hay corrupción, también la hay en las cristianas.

-En Venezuela, por ejemplo, hay muchas escuelas que han sido levantadas por la iglesia católica con excelentes resultados en la educación de los jóvenes y donde se les enseña un oficio del cual pueden vivir.

Asiente y dice que en Argentina también, pero insiste en que son los menos y que ya tiene demasiados años de hegemonía la iglesia católica.

Marcelo me cuenta un poco sobre La Boca, me dice que de allí han salido importantes artistas plásticos, músicos, bailarines de tango. Es una comunidad que ha sido cuna de mucho arte en Argentina.

-En eso fue muy importante el aporte hecho por Quinquela, el hombre que está en la escultura del boulevard.  Él ayudó a organizar y dignificar a la gente de La Boca.

Benito Quinquela fue un artista plástico autodidacta, abandonado por su madre de niño y criado por el inmigrante italiano Manuel Chinchella, quien, como muchos otros italianos llegó a La Boca para mejorar sus condiciones de vida trabajando en la descarga de carbón en el puerto. El pintor, que convirtió su apellido a Quinquela, españolizándolo de acuerdo a su pronunciación, en sus pinturas mostraba la vida difícil y dura de los pobres de La Boca y  fue quien donó a la barriada la escuela-museo conocida como Escuela Pedro de Mendoza, entre muchas otras donaciones que hizo a la comunidad con el objetivo de hacer llegar a sus habitantes el arte, la salud y la educación, para elevar su calidad de vida.

La misma idea de la calle Caminito, pensada originalmente para que fuese un lugar para el arte y la alegría, una calle museo de creación colectiva, fue decisión de Quinquela junto con un grupo de vecinos a partir de la recuperación la una abandonada vía de tren y le dieron su nombre a partir del la vieja canción.

La conversación con Camilo me reafirma una vez más la sensación de que Argentina está viviendo un proceso tan similar al venezolano, que me eriza la piel. Él parece ser uno de esos “ni ni” que, o bien se radicaliza a favor del gobierno o termina siendo uno de sus desencantados y opositores. Lo que sí es seguro es que no podrá mantenerse indiferente a lo que está sucediendo en su país.

Le agradezco a Marcelo la buena conversa y su valiosa informacion y con un apretón de manos nos despedimos. Dejo Caminito con la sensación de haber estado sobre un escenario tras cuyo telón de fondo se encuentra una realidad mucho más cruel y triste que lo que me muestran entre bambalinas. Me queda la duda de cuánto de la idea original de Quinquela y los vecinos hay en la actualidad en Caminito y cuánto del dinero que produce la calle realmente va a ayudar a los de menos recursos económicos de La Boca pues, muchos de los que allí tienen negocios establecidos, no viven precisamente en La Boca.

Adentro de La Boca quedan la vieja iglesia Nuestra Señora de los Inmigrantes, la torre donde dicen que se aparece el fantasma de una pintora que se suicidó, el estadio La Bombonera, del Boca Juniors, y otra serie de puntos de interés que serán tarea pendiente para una próxima visita a Argentina.

Son cerca de las dos de la tarde y ya me encuentro montado en el autobús de regreso. Quiero llegar temprano a la calle Arroyo para hacer un recorido por sus galerías de arte como me recomendara en la mañana el chico con gabardina y paraguas del banco.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Otras entradas relacionadas:
Viaje al sur

Chivitos en Pocitos

Baires, un sueño largamente acariciado

La Calle Florida me introduce en Buenos Aires

Recorrido por Palermo, opera en el metro y al teatro.

Stravaganza, boxeo y despedida de soltero

En San Telmo anda un hombre con un zapato blanco

De Plaza San Martín a La Boca

Anuncios

Baires, un sueño largamente acariciado


La sensación de recibir un nuevo día en un barco en mitad del Río de la Plata es una vivencia nada fácil de describir. Ver cómo emerge el astro rey de las obscuras aguas del río y comienza a llenar todo de luz y color es casi una experiencia religiosa. Los tonos amarillos, rojizos, dorados y azules comienzan a darle forma y color a todo el espacio circundante que hacía pocos minutos no era más que una nada obscura y negra. La fría brisa del pampero, el viento purificador que viene del sur, hace que la sangre fluya como río en el cuerpo y el organismo se insufla con ese aire fresco y frío. La piel del rostro parece tensarse al contacto con la brisa y los ojos parecen incapaces de retener tanta luz, color y belleza.

Es el amanecer de un sábado. La noche anterior partimos a la medianoche desde el terminal de Tres Cruces en Montevideo, en autobús, rumbo a Colonia donde luego de poco más de 2 horas rodando, abordaríamos el buque Eladia, rumbo a Buenos Aires.

El trayecto en autobús fue leve y de descanso. El cansancio acumulado luego del largo viaje desde Venezuela (casi 24 horas de viaje y prácticamente 36 sin dormir) hace que el sueño me venza y pasó las horas de autobús durmiendo a intervalos. Despierto a ratos para asombrarme con el maravilloso paisaje celeste que se cuela por la ventana del vehículo. Un cielo de azul noche plagado de estrellas por donde uno mire.  No hay duda, la naturaleza ha sido benévola con Cristian y conmigo y en medio de una temporada de lluvias y nubes, nos regala una espléndida y estrellada noche.

El increíble amanecer en el buque se ve coronado cuando, a lo lejos, se comienza a divisar el hermoso paisaje urbano de Puerto Madero con sus altos y modernos edificios a la ribera del río. A partir de allí, los ojos no tienen descanso. La vista quiere abarcarlo todo, no perder ningún detalle.

Finalmente, el buque atraca en el puerto. Ya hemos perdido la cuenta de cuántas fotografías hemos tomado del amanecer y de la llegada a Baires. Luego de un rápido y sencillo tramite de desembarque, ya nos encontramos en las afueras del terminal marítimo, subidos a la van que, de acuerdo al paquete contratado, nos llevará al hotel Duomi, a unas pocas cuadras del Obelisco.

Una vez chequeados en el hotel, una ducha rápida y, sin mucho pensarlo, nos lanzamos a la calle. Son pasadas las ocho de la mañana y lo primero que debemos hacer es ir a la calle Florida a cambiar dólares por pesos en lo de Carlos, un hombre que nos recomendaron para hacer el cambio pues, los paga a buen precio y es de fiar.

Para los venezolanos, el cambio de divisas en el mercado negro no es nada extraño o ajeno. Ya son muchos años de trainning en esas lides que para los argentinos son nuevas.

Al no más pisar la calzada del boulevard, se comienza a escuchar cada 6 pasos el murmullo desde las orillas de la calle:

-Cambio, cambio. Dolares, pesos, reales. Cambio.

En la calle Florida los vendedores de pesos pululan con actitudes de aparente indiferencia

Murmullo que se eleva un poco cuando uno se acerca al vendedor y  éste se da cuenta que uno es turista. Cristian y yo, obedientemente, haciendo estricto caso de lo indicado, hacemos caso omiso a quienes nos insisten en vender monedas y que pueden terminar metiéndole al turista billetes “truchos”, como llamarían los argentinos a los falsos o, en el peor de los casos, indicarle a los choros que uno acaba de cambiar divisas, dejándoles ver que portamos dólares y somos un apetecible blanco.

A esa hora de la mañana, la calle Florida luce un poco desolada. Apenas están comenzando a abrir los comercios y, evidentemente, los cambiadores de pesos llegan primero a “laburar” que los establecimientos legales. Llegamos al sitio indicado y Carlos no se encuentra. Nos dicen que llegará más tarde.

Hora de decidir qué hacer. Las opciones: comprar al primer pregonero de la calle que nos consigamos, corriendo el riesgo; cambiar en una casa de cambio, reduciendo así nuestra capacidad de compra con los 500 dólares que nos permite Cadivi; o dar una vuelta y volver a ver si Carlos llega.

La calle Florida

Decidimos caminar un poco para recorrer la zona. El cambio oficial a 4.50 lo descartamos de plano porque con Carlos compraremos a 6.20, casi dos pesos de diferencia por dólar. Y no nos atrevemos a correr el riesgo con ninguno de vendedores de los que pululan en Florida. Damos una vuelta a la calle que va cobrando vida a medida que avanza la mañana, no tanta como los días de semana porque los sábados son muchos los comercios que no abren, pero sí la suficiente como para que uno intuya que es un sitio de mucho movimiento comercial y turístico.

Volvemos a lo de Carlos y nada que ha llegado. Alguien nos dice que, como es sábado, llegará después de las 12 y media. Casi dos horas habría que esperar. Como el hambre aprieta, decidimos buscar un lugar dónde desayunar y, allí mismo, a pocas cuadras conseguimos un café de esos típicos argentinos, con mesitas pequeñas y sillas vienesas, que acaba de abrir.

Entramos, nos atiende un mesero un poco parco, medio lento, con acento de cordovés y tono de que su cuerpo aún no ha recibido la orden de despertarse.

Luego de asegurarnos de que aceptaban tarjetas de crédito porque pesos todavía no hay, pedimos dos desayunos continentales, acompañados de cafés con leche y jugo de naranja. En la caja, un señor, con cara de estar más cerca de los 60 que de los 50 años, nos observa.

Mientras nos preparan el desayuno que, evidentemente, tardará un poco, primero, porque acaban de abrir la cocina y, segundo, porque el argentino no parece nunca tener prisa, me acerco al hombre y le pido el favor de poner a cargar la batería del celular que está a punto de fenecer. El gesto sirve para entablar la típica conversación:

El: ¿De dónde son?

Yo: De Venezuela.

-¡Ah, Venezuela! ¿Qué tal con el loco?

Y por allí arrancamos una especie de contrapunteo en el que parecemos cada uno empeñado en demostrar que nuestro respectivo país está peor que el del otro.

Que la inseguridad, que la polarización política, que el fuerte control de cambio, que el populismo, que el inmenso ego de los mandatarios…

Manuel, el dueño del lugar, me va enumerando las barbaridades por las que están pasando los argentinos y yo le voy diciendo que los venezolanos ya pasamos por eso hace años.

El: Hace pocos días hubo una protesta importante. Bastante gente caceroleando y la Cristina dijo que eran un grupito de burguesitos que sienten que les quitan privilegios. La muy descarada ha sido capaz de decir que los argentinos podemos comer con seis pesos (1:50 dólares oficial o 1 paralelo). ¡Que coma la concha de su madre con seis pesos. Es una cínica! El otro día dijo: “como yo soy argentina y amo tanto a mi país y a mi pueblo y tengo confianza en mi país, tenía unos pocos dolaritos en una cuenta en el exterior, 135 mil dólares, los ahorros de toda mi vida,  y ya los convertí a pesos como espero que hagan todos los argentinos”. ¡Hipócrita, descarada. Ella cree que todos somos unos boludos que le vamos a creer!

Manuel habla, se va enfureciendo y yo voy sintiendo que me están contando una película que ya he visto muchas veces.  Vienen a mi mente las innumerables marchas de cientos de miles de personas en la calle protestando y que para el régimen no era más que un grupito de pitiyanquus, burgueses…

La conversación con el comerciante argentino me sirve para comprobar que Argentina sigue los pasos de Venezuela. Allá se está instaurando el mismo sistema que en Venezuela con la misma marca “Made in Cuba”, pero con faldas, lo cual es de temer porque siempre he pensado que las mujeres hacen mejor las cosas y con más eficacia que los hombres. Tanto las buenas como las malas.

-Ahora están creando las fuerzas de choque- continúa Manuel-. con un grupo de vagos, mantenidos por el gobierno y con los presos de las cárceles. Los entrenan para que salgan a enfrentar a los manifestantes en las protestas haciéndolos pasar por “pueblo” que sale a defender a la Cristina.

Escucho a Manuel y pienso “esa te la tengo”. El me comentó de las fuertes protestas de 2001 por lo del corralito cuando los argentinos se lanzaron a la calle a defender los ahorros perdidos de toda su vida y a incendiar Buenos Aires por la indignación y la impotencia de perder el fruto del trabajo de toda su vida, el dinero que les garantizaría una vejez tranquila y algo que heredarles a sus descendientes. Comparó esa protestas con las de ahora y mostró su temor de que se produzcan nuevamente la furia y la ira de entonces.

Cristian y yo tomamos el suculento desayuno. Sentimos como nos vuelve el alma al cuerpo con el café y esperamos un rato más, mientras carga el teléfono y damos chance a que llegue Carlos.

Al rato, pago, me levanto para buscar mi celular, le doy un apretón de manos a Manuel y le digo:

-Que los argentinos se cuiden porque Fidel acabó con Cuba, está a punto de acabar definitivamente con Venezuela, y viene por Argentina.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

A %d blogueros les gusta esto: