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“Revolución”, entre #Rosinesing y los niños de La Piedrita

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Fotomontaje: "#Rosinesing, retrato de familia" de Lerians Rojas con imágenes de la WEB

Cuando estudiaba Comunicación Social en San Cristóbal, una compañera de estudios, con cierta frecuencia, me invitaba a que me inscribiera en el PCV, Partido Comunista de Venezuela. Yo guardaba silencio ante su invitación y le sonreía. Ella decía insistentemente que era en serio y yo me limitaba a volver a sonreír.

La invitación a militar en el PCV la alternaba con una sempiterna cantinela de que se quería quitar la vida porque no soportaba este mundo injusto y desigual. La escena se repetía por lo menos una vez a la semana. Una semana el PCV, la otra el suicidio.

Ella, supuestamente atormentada y a punto de suicidarse, era una niña bien, sin privaciones ni limitaciones, de padres acomodados que vivían en la urbanización Torbes, una de las mâs exclusivas del Táchira, donde residían puras familias del más rancio abolengo tachirense, tratando de convencerme a mí, pobre de solemnidad, de La Parroquia en Mérida, de buena familia también pero de escasos recursos económicos, para que me inscribiera en el partido del proletariado. Y yo callaba y sonreía…

Para ese entonces, teníamos un profesor, militante del PCV también, quien siempre alcahueteaba y tapaba las faltas de sus colegas, sobre todo si eran de su misma tendencia política. Pero, además del profesor y mi compañera de estudios, había un tercer miembro del PCV que yo conocía. Un compañero estudiante de Educación por unos 12 años o más, “líder” estudiantil del Partido Comunista, con terribles errores ortográficos al escribir que eran aún peores al hablar. El era de esos que dicen “Nadien tiene derecho a explotar a los obreros, ni man que tenga mucho rial o haiga hecho una gran fortuna”. Y cosas por el estilo.

El temita del suicidio le duró a mi amiga hasta un día que me consiguió con el apellido atravesado y le dije:

-Mire, mija, si se quiere matar hágalo de una vez. Si necesita ayuda, yo la llevo en un taxi y la dejo en el viaducto pero ya me tiene frito con el cuentico del suicidio.

Punto y final. Esa fue la fórmula para echar el tema al olvido.

Ella dejó de invitarme al PCV, un día que me levanté con el pie izquierdo y cuando me preguntó por qué no me inscribía en el partido, le dije:

-Yo me inscribo en el PCV el día que usted, el profesor fulano y Henry, que tiene mil años estudiando educación y no sabe ni hablar, se salgan de ese partido. Ustedes no son ni comunistas, ni izquierdistas, ni socialistas ni revolucionarios un coño. ¡Ustedes no son más que un bluff!

Y hasta ese momento callé y sonreí. A partir de allí decidí que no me calaba más esas incoherencias ideológicas ni tanto “comemierdismo”.

De mi amiga y el profesor no volví a saber en estos años. Al líder estudiantil, eterno estudiante de la Escuela de Educación me parece haberlo visto hace poco en un noticiero. Ahora pertenece al proceso. Finalmente se graduó, según creo, y tiene un cargo de diputado o algo parecido, pero evidentemente no aprendió a hablar pues en sus declaraciones decía más o menos así:

-“Ellos creían que “íbanos” a fritar cabezas de adecos, pero no “jue” necesario. La revolución llegó para quedarse aunque “haigan” escuálidos a los que no les guste…”

De esta historia me acordé uno de estos días cuando, en una cola de una hora para comprar un kilo de leche, algunos de los que allí estaban resaltaban las bondades de la revolución y del socialismo y el amor del comandante presidente por los pobres del país.

Hacían su cola tranquilos porque gracias a las bondades de las misiones de Chávez estaban recibiendo una misión de 400 bolívares que les permitían comprar esa leche para luego revenderla en el centro de la ciudad al triple del valor que habían pagado por ella. A tal fin hacían, ellos y sus familiares, la fila varias veces para poder comprar la mayor cantidad de leche posible, que les hiciera más rentable el negocio.

Cuando los vi, recordé al ex furibundo copeyano del mercadito de las verduras de los fines de semana, ahora “revolucionario”, “socialista” y chavista rajao, que vende granos y condimentos y quien siempre ha tenido en su chiringuito Mazeite para venderlo al triple del precio regulado, cuando en los supermercados hace meses que no aparece.

Estos, como los de mis tiempos de estudiante, no son comunistas, ni izquierdistas, ni socialistas un coño. En todo caso, son chavistas, y de los pendejos, de los que se creen el cuento del amor al pobre y el ¡viva la revolución!

Porque, en el otro extremo del chavismo, están aquellos que se han enriquecido a costa de la “revolución”. Aquellos que hace 6 u 8 años no tenían dónde caerse muertos, crearon empresas de maletín y consiguieron, a punta de comisiones y sobornos, jugosos contratos con el estado y hoy ostentan 4 camionetas último modelo de las que no crecen más y cuatro casas de construcción nueva en las más costosas villas cerradas, equipadas con muebles y electrodomésticos nuevos de paquete y en muchos casos importados del imperio, pagando las respectivas comisiones en las aduanas.

O aquellos que se dan golpes de pecho defendiendo el socialismo y la revolución porque están bien enchufados con el régimen y sus obscenos ingresos les permiten irse por un mes o mes y medio a Europa, hospedándose en hoteles 5 estrellas y pagando por una noche de habitación el equivalente en bolívares al precio del alquiler mensual de una modesta vivienda en Venezuela.

También están aquellos que gracias a la “revolución” obtuvieron cuantiosas cantidades de dinero para formar cooperativas de producción. Como unos a los que les dieron 300 mil bolívares fuertes en máquinas de coser y equipos para hacer una cooperativa de costura y, cuando les llegaron las maquinarias, de los 5 miembros, ninguno quería trabajar porque “él era dueño” y terminaron rematando los equipos, vendiendo máquinas de 15 mil bolívares fuertes a 3 mil y repartiéndose y malgastando el dinero para terminar en la misma situación que empezaron. Todo sin la más mínima intención de devolver el dinero que les dio el gobierno, confiados en la impunidad que campea en todos los ámbitos de la vida del paìs. Ellos se siguen llamando “revolucionarios”.

Estos, como los de mi tiempo de estudiante, no pueden ser llamados socialistas ni revolucionarios. Unos, no son más que pendejos que se conforman con las migajas que les caen de arriba. Los otros, son oportunistas, aprovechados,

El ícono del Socialismo del Siglo XXI oscila entre esta foto y la imagen de Rosinés con su abanico de dólares. Foto tomada de la cuenta Twitter de @acaballoregalao

“vivos”, recién vestidos, nuevos ricos. En fin, en el mejor de los casos, llamémoslos Chavistas, de esos que se toman fotos con la cara tapada por fajos de dólares y las suben a las redes sociales, una imagen que, más allá de la baja denominación de los billetes mostrados, es una bofetada y una burla para los ciudadanos de un país donde solicitar dólares para tratarse una enfermedad en el exterior es un karma y la espera puede significar hasta la muerte o donde el trámite para adquirir un máximo de 3 mil dólares para un viaje de placer implica gastar energías y tiempo y someterse a maltratos burocráticos.

La imagen de la “revolucionaria” Rosinés con su abanico de dólares contrasta con las que circulan de un acto del colectivo La Piedrita en las que se aprecian unos niños con caras cubiertas por pañuelos cual malhechores, empuñando unos fusiles AK47. El socialismo del Siglo XXI, “bolivariano” y “revolucionario” parece debatirse entre esas dos imágenes.

Ante estos “socialistas” de nuevo cuño, tampoco puedo callar y, mucho menos, sonreír.

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