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Memento Luis Brito, entre patas de cochino y fotografías

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Este texto tengo tiempo escribiéndolo mentalmente y, cuando digo tiempo, me refiero a meses, tal vez años. Lo escribo mientras camino en La Vereda del Lago, durante los 45 minutos que dura una sesión en la escaladora del gimnasio, mientras voy a pie al banco o al supermercado. Cuando creo que ya lo tengo listo, me asaltan los temores, lo desarmo, lo aparco a un lado y por unos cuantos días me olvido de él hasta que cualquier evento, una notificación en facebook, una foto suya en prensa, una mirada a las paredes de mi casa antes de salir en la mañana, me lo vuelve a traer a mi mente. Ha terminado por ser como una obsesión que solo podré exorcizarla sentándome al computador y tecleando desde lo más hondo de mis sentimientos.

Los temores que me invaden son de diversa índole. Temo que mis líneas no estén a la altura del talento del artista que quiero retratar, que no le hagan justicia al fabuloso ser humano del que voy a hablar, que termine por ser un texto incoherente en el que, a medio camino, se atraviese la imagen de unas orejas y paticas de cochino tostadas y con pelos, o salte como un conejo de una chistera una morcilla de Río Caribe o se estrelle contra la página en blanco una arepa con chorizo carupanero, porque cuando se trata de él, esas cosas, no solo pueden pasar, sino que hay que tener la seguridad de que pasarán.

Pero, sobre todo, me da temor que mis palabras no terminen de expresar el cariño y la admiración que me inspira el personaje y que no se correspondan con la, más que amistad, hermandad que siento por Luis Brito, con una sola “T”. El fotógrafo, el Premio Nacional de Fotografía, el más “nalgasprontas” de todos los “nalgasprontas” que conformamos la cofradía, el que es capaz de arrancarnos una carcajada con su arte o con una imagen darnos una trompada que de un solo sopetón nos devuelve los pies a la tierra. El querido “Gusano”.

Lo que me impulsó a, de una buena vez sentarme a escribir, contra todo riesgo, aún cuando todo el texto termine por ser algo ininteligible, incoherente, sorpresivo e impredecible como es el Gusano, fue una invitación que me llegó al facebook para una exposición en Florida, Estados Unidos, llamada “Memento” en la que se exhibirían fotografías de Luis.

Al ver la palabra Memento impresa en la tarjeta junto al nombre de Luis Brito, recordé que así se denomina el momento de las misas en los que el cura eleva una oración por los difuntos y pensé: “No quisiera que mi texto sea un Memento”.

Quiero que el Gusano pueda leer mis palabras y emocionarse con ellas para alegrarse o para rabiar. No quiero que él se muera sin saber el profundo cariño y la gran admiración que le tengo  o, lo que es más probable, que me muera yo sin haberlo puesto en letras, tomando en cuenta que él parece ser una especie de Chuck Norris, invencible. Ha sobrevivido a todos los monstruos que su permanencia por muchos años en los cuartos obscuros, húmedos e impregnados de químicos tóxicos de fotografía han sembrado en sus pulmones y vías respiratorias. Ha aprendido a vivir y doblegar la diabetes que su angustia existencial y su manera frenética de vivir la vida le han producido. Es tan Chuck Norris que, en una oportunidad, cuando estaba todo listo para operarlo, su cuerpo hizo un by pass natural y se salvó de entrar al quirófano.

Si alguna palabra le calza al personaje es “frenético”. Su vida es un constante frenesí. De allí que en oportunidades uno tenga que hacer esfuerzos para entender lo que está diciendo, para captar lo que quiere decir, porque a veces parece arrancar a hablar desde ninguna parte y dar la impresión de que no nos llevará con la conversación a ningún sitio. Entonces uno tiene que hilar fino, recomponer los hechos y ver como todo, como por arte de magia, comienza a cobrar sentido.

Hace ya más de 15 años, Mercedes Vázquez, que termina por ser una maga en la vida de cualquier persona que se le acerca, nos presentó. No preciso muy bien si fue cuando trabajábamos para la campaña de Lolita Aniyar de Castro a la Gobernación del Zulia, creo que fue para entonces y, luego, hicimos juntos el trabajo de la campaña de La Agenda Venezuela. Yo tenía a mi cargo la producción y Luis Brito, como es de suponerse,  la fotografía.

Ya no recuerdo si el primer encuentro fue en la agencia o en casa de Mercedes, tampoco tiene importancia ahora. Lo conocí y pensé: “¿Este gordito, saporrito, barbudo, con gafas redondas y con cara de loco va a ser el fotógrafo con el que trabajaremos y, encima, es Premio Nacional? Creo que esto va a ser toda una experiencia”.

Efectivamente, fue una experiencia y ha continuado siendo una experiencia que se prolonga a lo largo de los años y a pesar de las distancias.

Un día llamó y dijo:

-Voy a Maracaibo a dictar un taller y los quiero ver.

A los pocos días, se apareció en la casa con un sobre gris de cartón grueso satinado,  de medio pliego de tamaño y, sin darle mucha importancia, lo extendió y me lo dio. Lo abrí y resultó ser una hermosa foto en blanco y negro. Un primer plano de las manos de un hombre a sus espaldas sobre un saco de tela gruesa, con las uñas cortas como carcomidas y renegridas. Me parecieron las manos de un hombre trabajador, de campo, como las que había tenido oportunidad de ver muchas veces a los campesinos del páramo merideño, sembradores de papas. Sólo que esta había sido tomada en Italia unos cuantos años atrás, probablemente a algún paseante en la calle. Con un marco negro, pasó a engalanar la pared del comedor de mi casa.

Esa noche decidió dormir en el sofá-cama de la sala, como lo ha hecho en muchas oportunidades en las que prefiere la incomodidad del mueble a la soledad de un hotel. En otra oportunidad, llegó con unos ángeles y luego con unas flores y, para un cumpleaños, me sorprendieron él y Mercedes regalándome una fabulosa foto de un primer plano de unos caballos que parecen sonreír y burlarse de quien los contempla. Desde que vi esa foto la quería y también, hoy, ocupa un lugar especial en mi casa.

Luis tiene una capacidad especial para, con sus fotografías, mostrarnos el mundo, su mundo. Esa mirada un poco extraviada que vemos a veces en su rostro, como de quien está al borde de la locura pero a quien su excesiva lucidez no le permite dar el paso hacia el abismo, logra captar con su lente la realidad, la reinterpreta, la encuadra, la llena de luz y sombra, de contrastes, y nos la enseña con toda la crudeza, la belleza y la fuerza de su arte.

Como fotógrafo tiene la habilidad de fotografiar las cosas más feas, las más terribles, las más dramáticas y convertirlas en hermosas imágenes. Allí su arte. En una foto nos puede mostrar lo mejor y lo peor de un país, lo terrible, lo triste. Lo muestra todo con virtuosismo y así, una hermosa imagen, termina siendo una grave denuncia, muestra una verdad que, con guante de seda, nos da un puñetazo y nos dice “¡Epa, reacciona, que esto está pasando en tus narices y no lo ves!”. Su ojo no es ajeno al dolor pero su arte tiene la capacidad de mostrárnoslo sin ofender, sin escandalizar, sin convertirlo en show o en espectáculo  de  coliseo.

Lo mismo sucede cuando fotografía cosas bellas, como una flor, un rostro de niño o el de un anciano surcado de arrugas, cuando retrata a los seres que ama, a los ángeles. La belleza del objeto se repotencia, la carga de dramatismo hace que nos conmueva hasta los tuétanos y que se nos paralice el aliento. Su serie de zapatos o de imágenes de Semana Santa en Sevilla quedan en la retina del espectador por siempre. A veces, hace del drama una ironía, un guiño, un juego y logra sacarnos una sonrisa en silencio.

Pero ya me estoy yendo de mi objetivo pues no es de su fotografía que quiero hablar, que ya para eso habrá gente más conocedora del tema que yo que lo hace y que lo hará pues, su creación permanecerá por muchos años, mucho tiempo después, cuando él y yo tengamos tiempo de habernos ido de estos lares, habrá estudiosos que se dedicarán a analizar y a investigar su obra.

Yo quiero hablar del Gusano. De ese amigo que un día me llevó a su casa, sacó un montón de contactos de un sobre y los puso sobre una mesa junto a otro lote de pequeñas fotos que se encontraban esparcidas y me dijo temeroso, angustiado, frenético, con esa inseguridad que siempre que está por realizar un trabajo lo embarga y que no logra disimular hasta que ya el trabajo está en la calle, ante la gente y se da cuenta que es mucho más grande e impactante de lo que él podía prever:

-Mira lo que estoy haciendo. Son las muñecas de Reverón. Son para una exposición que haremos con ellas en tamaño monumental pero no sé si sean unas imágenes muy grotescas…

Yo no daba crédito a lo que veía. Las pequeñas imágenes parecían contar historias. Las muñecas de trapo que podrían parecer ante los ojos de cualquier persona como un amasijo de trapos viejos, remendados y asquerosos cobraban vida ante el fondo negro y con la magia de la visión y el visor de Brito, parecían levitar. Me miraban y era como si me quisieran seducir. Exhibían sin pudor sus cicatrices, las manchas que el tiempo y el manoseo del pintor de la luz les había impreso. Las marcas las mostraban como trofeos de caza, como medallas de guerras. Coqueteaban conmigo como queriendo decir “Confieso que he vivido”, he sido bella, he sido amada, y estas manchas y cicatrices son la prueba de que ha sido así y sólo me hacen más bella, atractiva e interesante a mi edad. Era como si una muerte seductora coqueteara conmigo. No pude evitar compararlas con algunas ancianas de labios pintados, mejillas sonrosadas de colorete y ojos maquillados que había visto en diversas oportunidades, entaconadas, caminando por la calle.  En otras tomas, la muñecas parecían jugar entre ellas sin importarles que un ojo impertinente las estuviera observando, indiferentes ante quienes las criticaban. Conversaban entre ellas y, de vez en cuando, de reojo, me miraban sonreídas y maliciosas.

Poco tiempo después, el Gusano me envió el catálogo de la exposición autografiado. Al día de hoy sigo lamentando que esas fotografías sólo hayan sido expuestas en Caracas y fuera de Venezuela. Por más que traté de que alguien se interesara por traerlas a Maracaibo, aún no ha sido posible. En esa búsqueda de que trajeran la exposición, hasta mi catálogo lo perdí. No sé a manos de quien fue a parar.

Cuando contemplé las fotos de las muñecas de Reverón, recordé un cortometraje en blanco y negro que vi años antes, a la entrada del Ateneo de Caracas, en el que aparecía un señor de barba larga y ropas raídas rodeado de un montón de perros y que, tiempo después, supe que era una realización de Luis Brito, el mismo Gusano. Ese personaje de la película, no sé porqué, desde que lo vi la primera vez me recordó al pintor de Macuto. Tal vez por ese halo de locura que los cubre a los dos, esa locura que a Brito parece asustar y atraer al mismo tiempo.

El gusano es un personaje que no deja nunca de sorprender. Conoce a todo el mundo y a todos los trata igual, vengan del estrato social que vengan. Se codea de tu a tu con pobres y con ricos. Por su lente han pasado artistas, intelectuales, políticos al igual que gente de barrios, de pueblos. A todos les da el mismo trato digno tanto en lo personal como en las imágenes que capta y siempre parece preferir la simplicidad y la humildad antes que la opulencia y las riquezas.

En una oportunidad, estando por las calles del centro de Caracas, me dijo “Vamos a comer aquí”. Yo pensaba “este sí que está loco, pero si aquí no se ve nada”. Resultó ser el club chino, una casa cerca de Bárcenas que no tenía pinta de restauran y que contaba con el mejor menú de comida china que uno pueda imaginar. Platos que no se ven en la mayoría de los restaurantes chinos y que el Gusano parecía manejar a la perfección. Es que, como buen gordito y viajado, otra de sus virtudes es el paladar. Esa fue la comida china más rica y diferente que he probado en mi vida. Como lo fue la árabe que me comí en en un restauran de una calle de Catia a donde me llevó también Luis, en Metro, con la promesa de que sería una comida deliciosa y cumplió.

El es experto en huecos y tarantines que casi nadie conoce y donde se consiguen platos exquisitos, aunque la decoración de los lugares no sea precisamente de lujo. Una vez, saliendo de su apartamento en el centro de Caracas, empezó a caminar rápido. Cruzaba en una esquina, luego en otra, yo trataba de seguirlo entre el tráfico y la gente. Llegamos a un edificio, subimos unas escaleras y mientras ascendíamos me dijo, “aquí vamos a almorzar”.

Yo no entendía nada, pensaba “este está como una cabra. Me trae a comer a casa de alguien sin siquiera llamar antes”. Resultó ser un sitio donde hacían almuerzos tipo ejecutivo, de esos que por un precio único uno tiene derecho a primer plato, segundo, postre y jugo. Todo exquisito y a precios más que solidarios.

Es que andar con él es así y no se piden muchas explicaciones porque, si las llega a dar, no las entenderemos. Por eso ya no me sorprende cuando, de repente, suena el teléfono y oigo que al otro lado de la línea me dicen:

-¿Golcar Margarito, cómo estás tú?

-Gusanito, bien ¿y vos?

-Esos pendejos, que no sé qué es lo que piensan. Censuraron la foto. Necesito que me consigas fotos e informaciones de la señora de Machiques y de los soldados de Fuerte Mara.

-Gusano, ¿qué foto te censuraron y de qué señora de Machiques me estás hablando?

-Los bolsas esos. Que como que no entienden… La señora que mataron en Machiques, Evangelina. Es que estoy haciendo una vaina y la necesito… y la de los soldados quemados… ¿Cómo están todos, por allá? Yo estoy medio “chacueco”…

“Chacueco” palabra característica de su léxico para referirse a lo que está echao a perder, en mala forma o condición, enfermo o dolorido y que ya sus amigos hemos aprendido a definir en el contexto.

Esa es una conversación típica con Luis por teléfono. Entonces uno va al facebook, habla con los amigos, comienza a reconstruir la conversación y se da cuenta que todo cobra sentido. El ha dado por sentado que uno está al tanto de todo y que ha entendido lo que ha querido decir cuando, en realidad, uno está en la luna, hasta que descubre que el cuento de la foto censurada no tiene nada que ver con la de historia de Evangelina Carrizo y la de los soldados. Son dos historias diferentes que, evidentemente, lo tienen trabajando frenéticamente al mismo tiempo y supone que uno lo sabe.

Salgo, trato de conseguir lo pedido y se lo hago llegar. Al los días descubro que es para algo que está haciendo relacionado con la otra pasión que lo atormenta y lo hace vivir tan frenéticamente como la fotografía, el cine, la música y la comida. La política.

Su sensibilidad de artista y el sentido de lo social lo han hecho que viva la política de manera intensa. Fue su afán por lograr que las cosas cambiaran en el país y que la pobreza y la corrupción fueran abatidas el que lo llevó, como a muchos venezolanos, a apoyar a Chávez en un primer momento, cuando creyó, como la mayoría, en el discurso de cambio, esperanza, justicia e igualdad que el protagonista del golpe del 4 de febrero encarnaba. Y creo que fue uno de los primeros en darse cuenta de que lo que decía el teniente coronel no tenía nada que ver con lo que practicaba, haciendo que, desilusionado, se apartara muy pronto del proyecto.

A veces, cuando lo veo, con el el frenesí que lo caracteriza, volcado a lograr que Chávez salga del poder, no puedo evitar pensar que siente una profunda culpa por su apoyo original, culpa que otros que fueron más decisivos al momento de que se entronizara el golpista en el poder no parecen sentir, pero que lo hacen actuar como si su voto hubiera sido el único responsable. El es así. Apasionado, frenético y entregado.

Así es el Gusano, el amigo, el pana que se prodiga con sus panas, el que de repente llama y dice: “Golcar Rosendo, ¿cómo estás tú?” Solo para saber de uno y para decirle a uno que lo quiere. El que ha sido capaz de pararse a las 4 de la mañana en varias (muchas) oportunidades únicamente para hacerle un favor a sus amigos, sin quejarse, sin poner peros, sin siquiera recordarlo después. Luis Brito es así, capaz de esos gestos de amor y por eso yo no quería dejar de escribir estas líneas, aunque se me atraviesen las orejas de cochino y las morcillas de Río Caribe en el trayecto.

Unas pocas líneas solo para decirte que te quiero Gusano.

Todas las fotos de este post las tomé del facebook de Luis Brito.

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