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“Revolución”, entre #Rosinesing y los niños de La Piedrita

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Fotomontaje: "#Rosinesing, retrato de familia" de Lerians Rojas con imágenes de la WEB

Cuando estudiaba Comunicación Social en San Cristóbal, una compañera de estudios, con cierta frecuencia, me invitaba a que me inscribiera en el PCV, Partido Comunista de Venezuela. Yo guardaba silencio ante su invitación y le sonreía. Ella decía insistentemente que era en serio y yo me limitaba a volver a sonreír.

La invitación a militar en el PCV la alternaba con una sempiterna cantinela de que se quería quitar la vida porque no soportaba este mundo injusto y desigual. La escena se repetía por lo menos una vez a la semana. Una semana el PCV, la otra el suicidio.

Ella, supuestamente atormentada y a punto de suicidarse, era una niña bien, sin privaciones ni limitaciones, de padres acomodados que vivían en la urbanización Torbes, una de las mâs exclusivas del Táchira, donde residían puras familias del más rancio abolengo tachirense, tratando de convencerme a mí, pobre de solemnidad, de La Parroquia en Mérida, de buena familia también pero de escasos recursos económicos, para que me inscribiera en el partido del proletariado. Y yo callaba y sonreía…

Para ese entonces, teníamos un profesor, militante del PCV también, quien siempre alcahueteaba y tapaba las faltas de sus colegas, sobre todo si eran de su misma tendencia política. Pero, además del profesor y mi compañera de estudios, había un tercer miembro del PCV que yo conocía. Un compañero estudiante de Educación por unos 12 años o más, “líder” estudiantil del Partido Comunista, con terribles errores ortográficos al escribir que eran aún peores al hablar. El era de esos que dicen “Nadien tiene derecho a explotar a los obreros, ni man que tenga mucho rial o haiga hecho una gran fortuna”. Y cosas por el estilo.

El temita del suicidio le duró a mi amiga hasta un día que me consiguió con el apellido atravesado y le dije:

-Mire, mija, si se quiere matar hágalo de una vez. Si necesita ayuda, yo la llevo en un taxi y la dejo en el viaducto pero ya me tiene frito con el cuentico del suicidio.

Punto y final. Esa fue la fórmula para echar el tema al olvido.

Ella dejó de invitarme al PCV, un día que me levanté con el pie izquierdo y cuando me preguntó por qué no me inscribía en el partido, le dije:

-Yo me inscribo en el PCV el día que usted, el profesor fulano y Henry, que tiene mil años estudiando educación y no sabe ni hablar, se salgan de ese partido. Ustedes no son ni comunistas, ni izquierdistas, ni socialistas ni revolucionarios un coño. ¡Ustedes no son más que un bluff!

Y hasta ese momento callé y sonreí. A partir de allí decidí que no me calaba más esas incoherencias ideológicas ni tanto “comemierdismo”.

De mi amiga y el profesor no volví a saber en estos años. Al líder estudiantil, eterno estudiante de la Escuela de Educación me parece haberlo visto hace poco en un noticiero. Ahora pertenece al proceso. Finalmente se graduó, según creo, y tiene un cargo de diputado o algo parecido, pero evidentemente no aprendió a hablar pues en sus declaraciones decía más o menos así:

-”Ellos creían que “íbanos” a fritar cabezas de adecos, pero no “jue” necesario. La revolución llegó para quedarse aunque “haigan” escuálidos a los que no les guste…”

De esta historia me acordé uno de estos días cuando, en una cola de una hora para comprar un kilo de leche, algunos de los que allí estaban resaltaban las bondades de la revolución y del socialismo y el amor del comandante presidente por los pobres del país.

Hacían su cola tranquilos porque gracias a las bondades de las misiones de Chávez estaban recibiendo una misión de 400 bolívares que les permitían comprar esa leche para luego revenderla en el centro de la ciudad al triple del valor que habían pagado por ella. A tal fin hacían, ellos y sus familiares, la fila varias veces para poder comprar la mayor cantidad de leche posible, que les hiciera más rentable el negocio.

Cuando los vi, recordé al ex furibundo copeyano del mercadito de las verduras de los fines de semana, ahora “revolucionario”, “socialista” y chavista rajao, que vende granos y condimentos y quien siempre ha tenido en su chiringuito Mazeite para venderlo al triple del precio regulado, cuando en los supermercados hace meses que no aparece.

Estos, como los de mis tiempos de estudiante, no son comunistas, ni izquierdistas, ni socialistas un coño. En todo caso, son chavistas, y de los pendejos, de los que se creen el cuento del amor al pobre y el ¡viva la revolución!

Porque, en el otro extremo del chavismo, están aquellos que se han enriquecido a costa de la “revolución”. Aquellos que hace 6 u 8 años no tenían dónde caerse muertos, crearon empresas de maletín y consiguieron, a punta de comisiones y sobornos, jugosos contratos con el estado y hoy ostentan 4 camionetas último modelo de las que no crecen más y cuatro casas de construcción nueva en las más costosas villas cerradas, equipadas con muebles y electrodomésticos nuevos de paquete y en muchos casos importados del imperio, pagando las respectivas comisiones en las aduanas.

O aquellos que se dan golpes de pecho defendiendo el socialismo y la revolución porque están bien enchufados con el régimen y sus obscenos ingresos les permiten irse por un mes o mes y medio a Europa, hospedándose en hoteles 5 estrellas y pagando por una noche de habitación el equivalente en bolívares al precio del alquiler mensual de una modesta vivienda en Venezuela.

También están aquellos que gracias a la “revolución” obtuvieron cuantiosas cantidades de dinero para formar cooperativas de producción. Como unos a los que les dieron 300 mil bolívares fuertes en máquinas de coser y equipos para hacer una cooperativa de costura y, cuando les llegaron las maquinarias, de los 5 miembros, ninguno quería trabajar porque “él era dueño” y terminaron rematando los equipos, vendiendo máquinas de 15 mil bolívares fuertes a 3 mil y repartiéndose y malgastando el dinero para terminar en la misma situación que empezaron. Todo sin la más mínima intención de devolver el dinero que les dio el gobierno, confiados en la impunidad que campea en todos los ámbitos de la vida del paìs. Ellos se siguen llamando “revolucionarios”.

Estos, como los de mi tiempo de estudiante, no pueden ser llamados socialistas ni revolucionarios. Unos, no son más que pendejos que se conforman con las migajas que les caen de arriba. Los otros, son oportunistas, aprovechados,

El ícono del Socialismo del Siglo XXI oscila entre esta foto y la imagen de Rosinés con su abanico de dólares. Foto tomada de la cuenta Twitter de @acaballoregalao

“vivos”, recién vestidos, nuevos ricos. En fin, en el mejor de los casos, llamémoslos Chavistas, de esos que se toman fotos con la cara tapada por fajos de dólares y las suben a las redes sociales, una imagen que, más allá de la baja denominación de los billetes mostrados, es una bofetada y una burla para los ciudadanos de un país donde solicitar dólares para tratarse una enfermedad en el exterior es un karma y la espera puede significar hasta la muerte o donde el trámite para adquirir un máximo de 3 mil dólares para un viaje de placer implica gastar energías y tiempo y someterse a maltratos burocráticos.

La imagen de la “revolucionaria” Rosinés con su abanico de dólares contrasta con las que circulan de un acto del colectivo La Piedrita en las que se aprecian unos niños con caras cubiertas por pañuelos cual malhechores, empuñando unos fusiles AK47. El socialismo del Siglo XXI, “bolivariano” y “revolucionario” parece debatirse entre esas dos imágenes.

Ante estos “socialistas” de nuevo cuño, tampoco puedo callar y, mucho menos, sonreír.

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Mérida, obstinadamente bella

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Mérida es obstinadamente hermosa. Su belleza es terca, persistente, insistente y ha logrado subsistir prácticamente incólume a pesar de que hay factores que parecen conspirar en su contra y convertirla en un espacio devastado, desastroso e invivible.

El paisaje del páramo andino, bucólico y acogedor, es tan agradecido que con sólo asomar la cámara fotográfica por la ventanilla del carro, incluso mirando para otro lado como hago yo que padezco de vértigo y no soporto la visión prácticamente cenital de los precipicios que bordean las sinuosas y estrechas vías, se puede tener la seguridad de que saldrá una linda imagen con un paisaje lleno de luz y un cielo de azul intenso, más hermoso aún si se logra captar durante la diáfana luz matutina.

El recorrido por la carretera parameña se disfruta a plenitud pero lo recomendable es calcular el tiempo del viaje de manera que se pase por Tabay antes de las 4 de la tarde o puede tener la seguridad de que lo atrapará una inexplicable, absurda, larga y lenta cola de tráfico en la que uno puede pasar cerca de dos horas, cuyo tedio y cansancio se mitigan con el fresco clima, el verdor del paisaje montañoso y la hermosa luz que nos deja el ocaso del sol.

Ya en la ciudad, uno no puede dejar de admirar la pequeña urbe y de maravillarse de que se sienta bonita y acogedora, a pesar del infernal tráfico que por momentos hace que los autos se detengan por completo, y del horroroso y aparatoso sistema de troller bus que no solo no sirvió para aliviar el problema del tránsito de la ciudad, aparentemente lo complicó más y sus cables aéreos le dan un feo aspecto a la capital merideña. Imagino cómo deben sufrir quienes cultivan el Feng Shui en Mérida al percatarse de la mala energía que debe desprenderse de ese sistema de transporte público que, además, lo llena a uno de impotencia al ver que hay todo un canal de la avenida prácticamente inutilizado mientras uno se encuentra atascado en una cola infernal.

Algún día, un buen gobierno, asesorado por los mejores urbanistas, tendrá que idear la forma de mover ese Troller Bus a las afueras de Mérida, como tengo entendido que era el proyecto original, bordeando el río, de modo que realmente contribuya a desbloquear el tráfico.

La visita al Mercado Municipal es casi que obligatoria. Es uno de los mercados más bonitos y cuidados del país y uno puede ir temprano a tomar un suculento desayuno y comprar souvenirs, o acercarse en horas de almuerzo si se está dispuesto a hacer una pequeña fila de espera mientras se desocupa alguna mesa. Eso sí, como decía mi madre, “el que es delicado no va al mercado”, el sitio siempre está atestado de gente y uno tiene que estar dispuesto a recibir empujones y pisotones de los visitantes.

En La Hechicera está el Jardín Botánico, un rincón de verdor y flores con el rico frío de la montaña donde ir a pasar un día tranquilo, de relax y de desintoxicación, contemplar las bellas plantas y flores, tomar fotos y hasta practicar deportes extremos.

En el antiguo Central Azucarero, ya a la salida de la ciudad y a las puertas de La Parroquia, se encuentra el Museo de Ciencias, una agradable sorpresa pues está bien cuidado y atendido. Sólo están de más la propaganda que se hace el gobernador en un espantoso pendón que se encuentra a la entrada del lugar con la figura de Simón Bolívar y la infame imagen gráfica del video de presentación, enmarcado en rojo con la foto del gobernador y del presidente Chávez. En ningún museo de los que he visitado en varios países he visto semejante tipo de propaganda tan palurda. Los museos son instituciones diseñadas para perdurar en el tiempo, más allá de gobiernos regionales o nacionales que, por mucho que se atornillen en el poder, siempre estarán de paso.

Una vez conocidos y disfrutados los bellos parques emeritenses, como el de La Isla y de Beethoven con su reloj de enanos queda la posibilidad de conocer hermosos pueblos pequeños y caseríos cercanos.

El paseo al páramo de La Culata, a pesar de un angosto, sinuoso y en tramos destruido camino y del congestionamiento del tráfico en época de temporada alta, se disfruta plenamente y el rato que se pasa arriba comiendo fresas con crema o pastelitos, dando a los niños paseos a caballo o deslizándose en vuelo por la guaya aérea, o simplemente contemplando el paisaje y disfrutando del frío y de la niebla, lo cargan a uno de energía.

El paseo a Jají es bueno hacerlo temprano y con un buen conductor pues la carretera está en pésimas condiciones, con grandes huecos y bordes destruidos y tramos en los que el monte se ha comido casi medio canal de la vía. De no tomar la previsión de ir y regresar temprano, les aseguro por experiencia propia que el susto será grande cuando se enfrenten a esa mala carretera, oscura y sin rayado u ojos de gato, empeorada por la densa niebla que no permite ver más allá de un metro. Pero nada de eso, ni siquiera la basura que se puede conseguir acumulada en los alrededores de la plaza del pueblo, impiden que uno se sienta feliz en ese caserío con calles de piedra donde el tiempo se detuvo en épocas remotas, con sus arcos en las entradas de las calles, sus casas coloniales y los hombres a caballo que deambulan por las empedradas callejuelas. En la vía se encuentra el parque la Venezuela de Antier que, junto con la Montaña de los Sueños y Los Aleros, conforma un conjunto de parques temáticos de ensoñación y diversión.

En Lagunillas uno puede pasar todo un día al aire libre a la orilla de esta laguna, única en Venezuela de agua salada y que produce el Urao, ese escaso mineral que sirve de base para el chimó. Este paseo constituye una perfecta opción para un día de picnic haciendo una parrillada o un sancocho, alquilando bicicletas de hasta cuatro tripulantes, jugando pelota, pescando o simplemente conversando y compartiendo.

La belleza del estado Mérida y de su capital sobrevive a malos gobiernos, a la falta de planificación y de urbanismo, al mal gusto de algunos gobiernos como aquel que se le ocurrió derribar la sede de la seccional del Colegio Nacional de Periodistas para instalar un monumento a la trucha emplazando en el sitio una espantosa escultura gigante de ese pez de agua dulce, una instalación cuyo sistema de iluminación ya ni siquiera se encuentra funcionando.

Hasta el cambio climático parece querer sabotear, sin éxito, la hermosura de la región. La subida de las temperaturas del estado ha hecho que las “nieves eternas” del parque nacional Sierra Nevada desaparezcan de la mayor parte de los picos de la cordillera, quedando en algunas temporadas solo una pequeña mancha blanca como memoria de lo que antiguamente eran picos nevados. Sin embargo, la imponencia de las altas montañas donde se encuentra el teleférico más largo del mundo -y en mi caso más tormentoso pues entre el vértigo y el dolor de oídos no disfrute de la subida hace un montón de años cuando juré no volver a pasar por esa tortura- se mantiene intacta y la luz del amanecer, al salir el sol y clarear el día las sumen en un hermoso y gélido contraluz que lentamente va dando paso a la radiante luminosidad del verdor de las montañas.

La belleza del estado y de la capital Merideña ha demostrado persistir a prueba de todo por lo cual es y seguirá siendo uno de los principales destinos turísticos de Venezuela y tengo la tranquilidad de que su hermosura continuará batallando contra todo lo que atente contra ella, hasta que llegue el tiempo de mejores gobernantes y dirigentes. Mientras tanto, se confirma lo que dije hace tiempo atrás en un post de enero de 2010 cuando hice un viaje a Falcón para año nuevo: “Hacer turismo en Venezuela es una ironía”.

De la gente de Mérida no voy a hablar porque, como nací allá, no quiero que digan que no soy objetivo, solo puedo recalcar que, por algo, la llaman la ciudad de los caballeros.

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Volver a la infancia con una Paradura de Niño

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Cuando era un niño, una de las maneras que mis hermanos encontraban divertida de hacerme rabiar hasta las lágrimas era diciéndome que me meterían en la escuela de música a estudiar violín.

Yo pataleaba, lloraba, chillaba, berreaba, gritaba que ¡NO! y llegaba casi al histerismo, hasta que alguno se compadecía de mi furia y me decía que eran mentiras, que era solo una mamadera de gallo. Yo sollozaba y poco a poco lograba tranquilizarme.

Como comprenderán, al ser el menor de 13 hermanos, siempre a alguno, en

cualquier momento de aburrimiento, se le podía ocurrir la jugarreta y yo, más que ingenuo, medio bobo, volvía a montar el show, hasta que se compadecían y, entre carcajadas, me aclaraban que todo era un juego.

Esta broma, como muchas otras con las que se divertían mis hermanos, tenía su época del año en que se hacía con más frecuencia. Por ejemplo, en Semana Santa, el juego consistía en que yo era Jesús al momento de la resurrección. Para tal efecto, me ubicaba detrás de un muro, agachado debajo de una ventana y alguno de mis hermanos debía decir:

-Gloria a Dios en las alturas.

En ese momento, yo, con mis brazos extendidos hacia arriba, emergía detrás del muro, lentamente, como había visto que lo hacía María Montilla, encarnando el papel del Jesús resucitado en la iglesia de La Parroquia, todos los sábados de Gloria a las doce de la noche.

Siempre, irremediablemente, alguno de los presentes se encargaba de hacer alguna broma que me saboteaba el juego, me hacía reír o rabiar y, cómo Sísifo,

En mi familia, los niños son los protagonistas de las paraduras

el acto debía comenzar otra vez. Así podían pasar horas, ellos prometiendo que esta vez si me dejarían hacerlo bien y con seriedad y yo agachándome detrás del muro para la actuación.

En una oportunidad, recuerdo, lo hicimos en un pipote inmenso que acababan de comprar para la basura en el que cabía yo completico y, como tenía tapa, se prestaba para que al momento de decir el Gloria, yo lanzara la tapa con estruendo y saliera en mi acto de resurrección.

Pasamos horas en el juego. Una de las bromas que consiguieron en esa oportunidad mis hermanos para sabotear, fue sentarse sobre la tapa del pipote de modo que, cuando decían “Gloria” y yo intentaba salir, el peso sobre la tapa me impedía emerger. Me desesperaba, lloraba y, bajo la promesa de “Esta vez sí”, volvía al pipote y se repetía la historia hasta el tedio…

La amenaza de ponerme a estudiar violín ocurría, por lo general, para los días de enero, cuando en Mérida se celebran las Paraduras de Niño, ceremonias en las que la música se acompasa, principalmente, al ritmo del violín, para conmemorar el pasaje bíblico según el cual el niño Jesús se perdió a los doce años en Jerusalén y fue hallado a los tres días en el templo.

De niño detestaba el sonido del violín en las paraduras

¡Cómo detestaba ese sonido destemplado que salía del roce del arco contra las cuerdas! Era como un llanto de gatos metidos en un saco. Me imaginaba obligado a estudiar violín y sacando esas melodías con el instrumento y enfurecía.
Con el tiempo, aprendí a apreciar y disfrutar la hermosa música que puede salir de las cuerdas del violín bien ejecutado, pero el recuerdo del destemplado instrumento durante las paraduras se ha mantenido clavado en mi cerebro como una tortura.

Este año, a principios de enero, tuve oportunidad de volver a escuchar, después de muchísimos años, las notas del violín en una paradura pero el sonido que detestaba se volvió nostalgia, y el odio que recordaba tenerle trasmutó en ternura. El violín ahora suena como una plegaria desgarrada, como una sentida oración, una petición, un ruego que en las palabras del rosario dice:

“Niño bendito, divino y glorioso,

haz que mis penas se conviertan en gozo”

Cuando los músicos en casa de Elba Toro, en Zumba, una pequeña urbanización de Mérida, comenzaron a ensayar las canciones de la paradura y sonaron los primeros acordes del violín, volví a tener 10 años y las imágenes del 2012 se mezclaban con aquellas en mi cabeza de niño, cuando recorríamos las calles de La Parroquia tocando de puerta en puerta al ritmo del villancico:

“-Tuntún,
-¿quién es?
-Gente de paz. Ábranos la puerta
Queremos entrar”.

Es que algunas paraduras de niño eran una verdadera fiesta patronal y la procesión buscando al niño de casa en casa alcanzaba una gran multitud que caminaba con velas encendidas por las calles del pueblo hasta encontrar la imagen del Divino Niño en alguna vivienda y ponerla sobre un pañuelo de lino blanco que sería asido en cada una de sus puntas por los cuatro afortunados padrinos escogidos para la ocasión quienes, con una mano sostenían el pañuelo y, con la otra, un cirio grande encendido para encabezar el regreso del niño a su puesto en el pesebre.

A partir de ese día, la imagen del Niño Dios permanecería parada en su portal hasta el momento en que se levanta el pesebre que, en algunos hogares, no se quita hasta el 2 de febrero, día de La Candelaria y cuando, oficialmente, termina la época de navidad.

Ya la noche anterior, en mi casa de La Parroquia, en la intimidad de la familia

Buñuelos en miel, vino Pasita y bizcochuelo son platos típicos de la Paradura

(se pueden imaginar lo que significa “intimidad de la familia” en una casa de 13 hermanos y como setenta sobrinos y sobrinos-nietos con esposos, esposas y uno que otro primo o amigo invitado), habíamos realizado nuestra sencilla paradura que sólo consiste en rezar el rosario, pasear al niño por la casa, besar los pies de la imagen en señal de adoración, retornarla a su pesebre para que permanezca de pie y luego compartir un vaso de vino pasita -es el que se usa para la ocasión-, bizcochuelo y buñuelos de harina de trigo, de maíz, yuca, auyama y apio sumergidos en miel especiada con clavitos de olor.

Pero la paradura en casa de Elba es más grande. A su casa llega un gentío y para la celebración contratan músicos que se dedican especialmente a estas fiestas y que son contactados desde los primeros días de octubre si se quiere contar con ellos pues, de dejar la contratación para más tarde, se corre el riesgo de que no tengan fechas disponibles.

Elba Toro, orgullosa y cariñosa matrona.

Un beso al Niño Jesús en señal de adoración

Esta paradura la hacen en la mañana y mientras iba camino a la casa de Elba recordaba que, cuando yo era pequeño, ir de mi casa en La Parroquia a la de ella en Zumba, era toda una aventura. Era un paseo a través de monte y cañaverales, por caminos de tierra en los que nos podíamos extraviar, o ser sorprendidos por animales o fantasmas, o ser robados por brujas…

Hoy, se trata solo de atravesar unas cuantas calles asfaltadas pasando por urbanizaciones colmadas de casas a ambos lados de la vía. En cuestión de máximo cinco minutos uno se encuentra en aquella casa a la que hogaño organizábamos paseos para hacer sancochos y bajar a la orilla del río.

Con mis ojos llenos de niñez, llegue con mis familiares a casa de Elba, contemplé el bello pesebre de papeles de colores con tres nacimientos y luces intermitentes. Saludé a la hermosa, simpática y orgullosa dueña de casa quien logró con su trabajo y esfuerzo levantar un hermoso hogar en cuyos terrenos algunos de sus hijos construyeron sus casas. Cariñosa, recordó viejos tiempos de cuando ayudaba a mi mamá. Me hizo el honor de nombrarme padrino de uno de los 3 niños del pesebre. Nos brindó de su vino y bizcochuelo. Nos deleitó con sus sabrosas hallacas. Y, sobre todo, con su fiesta y su música de violín, guitarra, cuatro y charrasca, me regaló, una vez más, mi infancia.

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Los números de 2011

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Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un reporte para el año 2011 de este blog.

Aqui es un extracto

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog fue visto cerca de 21.000 veces en 2011. Si fuese un concierto en la Ópera, se necesitarían alrededor de 8 actuaciones agotadas para que toda esa gente lo viera.

Haz click para ver el reporte completo.

¡Feliz Navidad 2011!

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¡Feliz Navidad!

Es 24 de diciembre de 2011. Son las 8 de la noche. Esta foto la tomé en el camino cuando íbamos a llevar a sus casas a unos amigos luego de pasar la tarde celebrando el cumpleaños número 35 de Pocho.

Es solo una imagen azarosa con la que quiero desearles a todos los que pasan por mi blog una Feliz Navidad llena de alegrías y prosperidad, con abundantes bendiciones del niño Dios que está por nacer.

Cómo casi todo lo que publico en este blog, la foto es producto del azar, es algo que se atraviesa en mi camino y que me da pie para hacer un post con el cual compartir con mis amigos asiduos a esta página y con quienes por albur o arbitrariedad de google son dirigidos a este espacio.

"Pocho" González Vera, el cumpleañero. (Foto de Cristian Espinosa)

íbamos a repartir a varios amigos a sus casas, luego de celebrar el cumpleaños 35 de Pocho con un opíparo y tradicional almuerzo navideño, cuando en una esquina apareció la iluminada casa con la imagen de la Chinita al tope, flanqueada por dos ángeles. Un corto frenazo, el tiempo justo para abrir la cámara del teléfono, medio encuadrar y click, la foto.

Así la querida Chinita aparece en el camino para dar cierre a una hermosa tarde de compartir con amigos una abundante mesa con hallacas, pan de jamón, pernil, pavo, ensalada de gallina… Una tarde que desde hace años se ha convertido en el preludio de la nochebuena celebrando el cumpleaños de ese ser tan querido que nos convoca los 24 de diciembre para recordarnos que nos queremos y que en esos días las diferencias y desencuentros no importan. Pocho, como el Niño Jesús, cada Navidad hace que salgan de nosotros los mejores sentimientos y le ha dado a los deseos de alegría, unión y felicidad una nueva dimensión y un nuevo significado.

Pocho es un amigo, un hermano, un hijo, un panita. Es un ángel que naciò el 24 de diciembre de hace 35 años y que entró en mi vida hace unos 15 para llenarla de ternura, tolerancia y amor como le pasa a todos los que tienen el privilegio de conocerlo. Y, por si fuera poco, es un gran pintor abstracto que hace maravillas con creyones de cera, colores y luz.

¡Feliz Navidad!

JJ y yo

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La imagen es de  http://t.co/jNEvzAQ

Jean Jacques es un francés que tiene toda la vida viviendo en Maracaibo, donde quienes lo conocemos lo llamamos “Jota Jota” (JJ) por las iniciales de sus nombres, como es evidente.

Él, una vez al mes, a veces cada 15 días, aparece por mi tienda a comprar algunas cosas para sus animalitos porque le encantan los pájaros y los perros y tiene unos cuantos en su casa.

Siempre que va, nos instalamos a conversar. Largas y amenas charlas que generalmente comienzan relacionadas con animales y, como es habitual en nuestro país, sin darnos cuenta, derivan en política y sobre la situación de Venezuela.

JJ, como yo, es opositor a Chávez, aunque él tiende a ser bastante más radical en sus posturas, con sus erres guturales y arrastradas, asoma siempre algunas salidas que no puedo mencionar aquí sin que se diga que hay en mi post incitación a la rebelión o al magnicidio pero que son a veces incontrastables con su físico, incluso llegan a sonar medio cómicas, al escuchárselas a un hombre que debe estar cerca del 1.60 metros de estaturas, de voz suave y cabello que ya comienza a pintar canas como los pelos del candado que se deja crecer con esmerado cuidado en la cara.

La última vez que llegó a comprar el alpiste y el girasol para sus loros, pericos y agapornis, como de costumbre, terminamos hablando de la inseguridad, de la violencia cada vez más propagada por el país, de Chávez y su empeño en llevar a Venezuela por un despeñadero…

JJ -En Francia esto no se aguantaría –decía con su perfecto español matizado por las “erres” francesas-. Allá la gente no se anda con pendejadas. Yo soy del sur y si un gobierno francés se atreviera a hacer algo contra los cultivadores de uvas, ellos agarrarían sus tractores y se irían a París en caravana a protestar. Incendiarían parís. Aquí no, los venezolanos se han dejado quitar todos sin chistar, son medio bolsas.

Cuando dijo eso recordé que un tiempo atrás él se vio obligado a andar armado para ir a llevar y buscar a su esposa al trabajo pues ella es trabajadora del sistema de justicia y unos delincuentes la tenían amenazada de muerte.

Yo -No entiendo cómo es que ustedes siguen viviendo en este país. Después de todo lo que han pasado, teniendo nacionalidad europea y suficientes recursos para establecerse en Francia, cómo es que continúan aquí, viviendo en este miedo, en este país que se ha vuelto invivible para la mayoría.

JJ -No. Yo no me voy de aquí. En Francia la vida no es fácil. Allá es todo complicado y en cualquier momento se desata la violencia que puede desencadenar una guerra. Si eso pasa yo no quiero estar por allá.

Yo -¿Pero no es lo mismo que vivir aquí y que en cualquier momento te maten para quitarte un reloj?

JJ –No. Allá todo es regido por normas y leyes. Por ejemplo, si tu montas una tienda de estas y no te va bien, y quieres vender aquí zapatos, la ley no te lo permitiría.

Yo –¡Pero aquí tampoco! Si el registro de comercio no dice que puedes vender zapatos, no puedes hacerlo según la Ley-

JJ –Pero lo haces y no pasa nada. Allá te multan y te cierran…

Yo –Precisamente, porque se cumple la ley no como aquí que todo el mundo hace lo que le da la gana, nadie cumple las leyes, hay impunidad en todos los niveles. Eso es lo que ha llevado el país a la situación actual.

JJ -Aquí tengo una calidad de vida que no puedo tener allá porque ese es un país en crisis económica y no creo que la unión europea se mantenga por mucho tiempo. Eso va a terminar en cualquier momento.

Yo -Pero ¿de qué calidad de vida me hablas si aquí no puedes ni siquiera salir a comer tranquilo a la calle por el miedo a la inseguridad? Yo preferiría vivir en un país donde puediese salir tranquilo a la calle a tomarme un café.

JJ -Allá no podrás tomarte el café porque es muy caro. Aquí uno puede hacer dinero, allá no.

Yo -Bueno, trabajando legalmente aquí nadie se hace rico. Puede vivir más o menos bien pero para tener riqueza hay que ser corrupto. O, por lo menos, no muy legal ni con muchos escrúpulos.

JJ -Allá no podrías hacer el dinero que haces aquí. Uno no puede ni siquiera trabajar cuando a uno le dé la gana porque la ley dice cuántas horas se trabajan y cuántos días a la semana. Tu aquí tienes alguien que te limpia y te trabaja, allá tendrías que hacerlo todo tu. Tendrías que trabajar muchísimo. Y todo el sistema allá está controlado por leyes y normas.

Yo -Bueno, pero si justamente yo lo que quiero es vivir en un país donde se cumplan las leyes. Donde no haya tanta impunidad. Un país donde tirar una lata a la calle, o pasarse una luz roja tenga consecuencias. Porque la impunidad reinante desde lo más simple y cotidiano es lo que ha destruido este país. No creo que allá tenga que trabajar más que aquí que trabajo los siete días de la semana todo el año hasta las 7 de la noche y ¿de qué me sirve hacer dinero aquí si no puedo disfrutarlo por el miedo a la delincuencia? Si uno tiene mucho, incluso corre el riesgo del secuestro. Estoy cansado de pensar todos los días si al próximo que le abra la puerta de la tienda será el que me va a atracar. Aquí puedes tener dinero para comprar joyas pero no las puedes usar. Hay gente que ha llegado a hacer discotecas dentro de sus casas para que sus hijos no salgan y no se arriesguen a secuestros o robos. Eso no es vida.

JJ -Allá no usarás joyas porque no tendrás para comprarlas. Yo ya me acostumbré a no usar nada. Salgo sin reloj ni cadenas, ni nada.

Yo -No entiendo eso. Preferiría no tener para comprar joyas pero poder salir tranquilo a la calle. Vivir sin miedo. Aquí, hace poco, dentro de una tienda en un Mall atracaron con un revólver a una mujer y la dejaron sin cartera, joyas y teléfono. Eso no es calidad de vida. Entonces lo que les queda, a quienes pueden, es, de vez en cuando, viajar fuera del país para poder disfrutar un poco la vida con tranquilidad.

JJ -Es que no hay calidad de vida. Eso es lo que hacemos mi mujer y yo. Cuando ya todo se nos hace muy pesado, nos vamos un tiempo de viaje para poder sobrellevar el stress y lo mal que uno vive aquí. Pero tu me vas a disculpar, los venezolanos son unos brutos. ¿Cómo es posible que todo esté en el suelo y que la gente siga votando por Chávez?

Yo -No somos brutos. El problema es que del lado de la oposición tampoco les ofrecen nada diferente. Los que no están contentos con el gobierno tampoco ven una opción distinta de parte de la oposición. Hoy me dijo una tipa chavista que distribuye granos, cansada de lo que pasa: “Yo estoy “acogotada” por lo que está pasando y mis jefes que eran chavistas también, pero me calé completico el fulano debate y de allí no sale nada. No hay propuestas que me digan que esto va a cambiar. Entonces, para poner a un loco nuevo, mejor me quedo con este loco”.

JJ -Bueno, eso también es verdad. La oposición está como embobada y no hacen nada. Como los que mandan aquí en el Zulia, que no han servido para nada. Años en el gobierno y la ciudad y el estado en ruinas. Aquí habría que elegir el alcalde de un lado y el gobernador del otro para ver si así funcionan. Pero de todos modos, hay que ser bestias y brutos para que Chávez siga ganando.

Yo -No son brutos. Se van por lo seguro. Si la oposición no le ofrece una opción realmente diferente, sino más Copei y más AD, prefieren seguir con lo que tienen. Si yo tengo una vaca flaca a la que conozco y me da un litro de leche diario y vienen y, para cambiar, me ofrecen una vaca flaca, que no conozco y que me dará el mismo litro de leche, pues me quedo con la vaca que conozco y sé que me da mi litro diario.

Al final, JJ tomó sus paquetes, se despidió y salió seguro de que de este país no se va porque él -como el papá de una amiga con pasaporte de la Comunidad Europea a quien hace poco amordazaron en su casa y lo golpearon para robarlo, pero no se va- dice que esto es un paraíso que lo único malo que tiene es la dirigencia política que no ha servido y la brutalidad de quienes votan por Chávez. Yo me quedo convencido que tarde o temprano, de una manera u otra terminaré yéndome de Venezuela y, por lo tanto, tengo que pensar en mi “plan B”.

Buscando un enchufe, encontré un país

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Eran casi las diez de la noche. A medida que nos íbamos adentrando en el barrio la tensión en el ambiente se hacía más espesa, se sentía a través de los vidrios ahumados del carro y a pesar del aire acondicionado.

Aunque no había llovido en el día, la calle estaba mojada y bajo el agua los cauchos acusaban la irregularidad del pavimento, cuyos abundantes huecos hacían que el carro diera botes y nos obligaban a ir a mínima velocidad.

En la soledad de la calle, vimos unas mujeres sentadas al frente de su casa junto a una mesa en la que se encontraba un termo de café. Evidentemente, la bebida no era más que una mampara para el verdadero negocio que las mantenía a esas horas allí y que les es mucho más rentable que la venta de vasitos de café: las drogas.

Nos aproximamos a la acera para preguntarles qué tan lejos se encontraba nuestro destino y, al bajar el vidrio, un vapor pestilente entró en el carro. El agua que cubría el pavimento provenía de algún tubo de aguas negras que, vaya usted a saber desde cuando, se encontraba roto.

A las dos mujeres no parecía incomodarles la pudrición, ¡el olfato es un sentido que se acostumbra tan pronto a todo!

-¿Buenas noches, dónde queda la ferretería “El marañero”?

-¿”El Marañero”? -dijeron ambas a coro y se miraron extrañadas.

-Sí, así nos dijeron que se llama. O “El Maraña”.

-¡Ah, Maraña! Sí, es al final del la calle, todavía faltan unas cuantas cuadras. Sigan derecho.

Agradecimos la indicación, subimos los vidrios con la náuseas alborotadas por el hedor y con los vellos de los brazos y la nuca cada vez más erizados por la tensión y el susto. Continuamos lentamente recorriendo la ahuecada vía hasta alcanzar nuestro objetivo.

Llegamos al final de la calle, un montículo de arena y ladrillos abarcaba más de la mitad de la vía, supusimos que una de esas casas que lo circundaban debía ser la de “Maraña”. Pasamos la pequeña montaña y me bajé, con los cojones en el cuello, a preguntar en la primera casa que mostró síntomas de vida, por el famoso maraña.

-¿Quién lo busca? –preguntó una joven como de 16 años.

-Es que me dijeron que él podía tener un enchufe trifásico que necesito – dije, sintiendo que la voz me salían en un hilito imperceptible.

Dentro de la vivienda se empezó a notar movimiento al sentir una presencia extraña. Salió una señora que nos informó que “Maraña” se encontraba haciendo un trabajo lejos, estaba llevando una mudanza hacia el sur de la ciudad pero que los muchachos que estaban estacionando un camión en la casa del frente tenían llave de la ferretería y nos podrían vender el anhelado enchufe.

Crucé la calle mientras Cristian se mantenía en el carro con el motor encendido y los vidrios arriba, saludé a los dos muchachos que estaban descargando el camión y le pregunté si podían venderme el enchufe.

-Yo creo que de esos no hay, pero esperen un momentico que ya “Maraña” está por llegar. El venía detrás de nosotros así que en un ratico está aquí.

Yo ya estaba tan asustado que pensé en subirme al carro y que nos fuéramos de allí de una vez pero me pareció que podía ser más peligroso arrancar así, intempestivamente, que esperar al hombre. Sin darme cuenta, la cuadra se fue llenando de jóvenes y calculo que aparecieron como unos 8 o 10 que comenzaron a hablar y echar cuentos entre ellos mientras yo aparentaba normalidad y permanecía junto al grupo. Uno de ellos que estaba muy divertido echando un cuento acerca de su encuentro un rato antes con la policía, dijo entre risas:

-Entonces yo le dije al tipo: “No señor marihuana, yo no estoy fumando policía”.

Todos rieron a carcajadas, yo traté de esbozar una sonrisa pero no sé si lo conseguí, sentía que los músculos de la cara no me respondían.

-¿Y usted vino recomendado por quién? –me preguntó el muchacho que tenía al lado, agregando inmediatamente de manera enfática –Porque usted no es de por aquí.

————o————

Toda esta historia comenzó el día anterior.

Después de un increíble mes de vacaciones por Estados Unidos, al llegar a la casa con la mente aún embotada por el viaje y por las maravillosas experiencias vividas en varias ciudades del imperio, cuando ya eran como las 12 de la noche y el aire acondicionado del cuarto tenía cerca de cuatro horas encendido, comenzó a oler a plástico quemado.  Algo no estaba funcionando bien con el aparato. Lo apagué. Esperé unos minutos y lo volví a encender. Nada. El aire acababa de fallecer y me esperaba por delante una calurosa noche aderezada con los altos índices de humedad que ofrece el clima marabino.

Al día siguiente, luego de maldormir, salimos a ver precios de aparatos de aire, consultamos varias ventas de electrodomésticos y, sin tomar aún una decisión, nos fuimos a trabajar. Luego de un mes de vacaciones es mucho el trabajo atrasado y las cosas que hay que poner al día así que el día estuvo bastante ajetreado y, sin darme cuenta, ya eran las cinco de la tarde, las tiendas cierran a las seis y no habíamos comprado el aire.

Aterrado ante la idea de pasar otra noche de calor sofocante después de tan agotador día, le dije a Cristian que corriera a comprar el aparato antes que la tienda cerrara, llamé, confirmé precio, hora de cierre y que tuvieran en existencia y Cristian se fue a comprarlo llegando al lugar unos 20 minutos antes de que cerraran.

A eso de las ocho de la noche estábamos llegando al apartamento, descargando el pesado aparato y subiéndolo por las escaleras. Agotados pero felices de haber podido cumplir con nuestro cometido. Rompí las cintas y la caja que envolvían al aire y, cuando ya nos disponíamos a instalarlo en el hueco de la pared destinado para tal fin, sucede la tragedia:

-¡Coño de la madre! –Grito- ¡Esta vaina no tiene enchufe!

La punta del cable tenía tres pelos con unos garfios de metal, el enchufe había que comprarlo por separado, de acuerdo a la toma de corriente que uno tuviera en su casa y el desgraciado que nos lo vendió no nos pudo advertir eso temprano, cuando todavía teníamos tiempo para ir a algún sitio a comprar el bendito enchufe.

Llamé a varios sitios y, los que no estaban cerrados ya, estaban a punto de hacerlo y no nos daría tiempo de llegar. Llamé al técnico de aire que es panita para ver si me podía sacar del apuro pero él tampoco tenía enchufe. Luego de pensar y pensar decidimos acercarnos a un barrio cercano que aunque un amigo que vive allí nos había advertido que era peligroso, no nos lo parecía tanto como para detenernos.

Allí fuimos a dar a una venta de periquitos para autos que abre 24 horas pues, en nuestro desespero, guardábamos la esperanza que, a pesar de que no era su ramo, tal vez el tipo tuviera un enchufe de tres patas para vendernos.

Pues no. El hombre no tenía el ansiado enchufe pero muy amablemente nos recomendó que fuésemos al final del barrio, a donde “El Maraña”, que tenía una ferretería en su casa y seguramente contaba con el pequeño y atesorado artículo.

No sé si era por efecto del largo viaje o de las prolongadas  vacaciones que nuestra mente estaba como embotada y no nos permitía pensar con claridad o si el terror a pasar una noche de calor abrasador nos hacía temerarios. Ni siquiera atendí al consejo de una hermana que, al enterarse del nuestro drama nos recomendó que pasáramos la noche en un hotel y al día siguiente resolviéramos el problema de la instalación del aire. Consejo que al día siguiente me repitió un hombre en la cola del banco cuando contaba lo sucedido.

-Para la próxima váyase a un hotel, esa aventura fue demasiado peligrosa. Suerte tiene de estar contándola. -Dijo.

No sé qué nos pasaba que no razonábamos, como autómatas nos dirigimos a la dirección que nos había dicho el hombre sin pensar en el peligro ni en las posibles consecuencias.

———-o———-

Tragué grueso ante la pregunta del muchacho, quien me miraba por encima del hombro intrigado acerca de cómo había ido a parar yo al barrio. Respondí:

-Me mandó un amigo que conoce a “Maraña” y me dijo que él podía tener el enchufe que necesito.

Llegó “Maraña”, evidentemente, aparte de ser el dueño de la ferretería es un líder en su comunidad pues todos parecen respetarle y, por lo que entendí, es quien maneja el consejo comunal del barrio, administra los recursos que le dan y decide quién tiene derecho a los beneficios que puede obtener por medio de esta nueva figura de organización social.

Entre las consultas que le hacían, las quejas que le ponían, los chismes que le contaban sobre lo que estaba sucediendo en el barrio, logré preguntarle si tenía el enchufe trifásico que necesitaba para que me lo vendiera. Me dijo que esperara un momento, entró a la ferretería acompañado de algunos de los muchachos que ya contaban como unos 16 al sumar los que llegaron con él y al rato salió con la mala noticia de que no tenía el artículo que yo necesitaba. Se le habían agotado y sólo le quedaban enchufes de 110 voltios.

No sé si triste o aliviado de poder salir de una buena vez de ese sitio, me subí al carro y nos fuimos a la casa a ver cómo resolvíamos el entuerto del aire. Llamamos al técnico panita. Eran ya cerca de las 12 de la noche cuando llegó y a lo “Mc Gyver”, cortó el cable del aire que se había deñado y con maña y “teipe” negro logro empatarlo al cable del aparato nuevo y este arrancó a enfriar inmediatamente.

Cuando le contamos lo que habíamos hecho y de dónde veníamos, peló los ojos y con tono de asombro y reprimenda nos dijo:

-¡Ustedes sí tienen bolas! ¿Cómo se van a meter a ese barrio solos y en la noche? Ese sitio es peligrosísimo. Los enfrentamientos entre las bandas de narcotraficantes son a puro tiro y lo mismo con la policía. Con decirles que tienen un sistema de vigilancia: un tipo se monta en un árbol de mango desde donde divisa la mayor extensión de la calle y desde allí avisa a sus compinches cuando viene la policía o los miembros de bandas enemigas. ¡Ese barrio es candela, ahí hay muertos cada nada!

Contento de poder dormir a una temperatura confortable, me acosté dispuesto a recuperar el sueño perdido la noche anterior. La mente, aunque agotada, no dejaba de trabajar. Pensaba: “¿Cómo  se podrá hacer para que este país deje atrás la violencia? ¿Quién podrá ponerle coto al narcotráfico, a esas ventas de droga que se han instalado en los barrios más pobres de nuestras ciudades? ¿Cómo se podrá controlar la corrupción que se ha extendido hasta la gente de los barrios quienes reciben aportes del estado para los consejos comunales donde unos cuantos se benefician de ese dinero sin que la mayoría de la gente del lugar pueda acceder a lo que el gobierno les ha prometido pues esos dineros no son auditados ni controlados por nadie? ¿Qué pasará en las ciudades si alguien con suficiente guáramo y decisión pone fin a ese despilfarro de dinero que va a parar a manos de los guapetones del barrio?” Me imaginaba a esa gente saliendo a incendiar ciudades porque no están dispuestos a perder esas parcelas de poder y de riqueza que han encontrado a costa de que sus vecinos continúen en iguales o peores condiciones que antes. Esos “líderes” de la comunidad saben lo que es pasar hambre y necesidades y lo que han conseguido lo defenderán a sangre y fuego. Muchos de ellos, con las mismas armas que el régimen les entregó para “defender la revolución”. Armas con las que salen a robar y a matar y que no dudarán en empuñar contra quien pretenda arrebatarles lo conseguido.

En esas andaba cuando el bendito aire recién comprado se congeló y ya no quiso volver a enfriar en toda la noche. Después de todo lo vivido, parece que hay días que están escritos en nuestras vidas y contra la fatalidad no se puede pelear. Parecía que no había forma de escapar a una noche de calor infernal.

Chávez ha sido el mejor Presidente de Colombia, “ever!”.

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La imagen de Chávez entre sombras es de www.noticiascentro.com

Algún despistado o desinformado allende las fronteras de Venezuela podría sentirse confundido o desubicado por el título de este post. Otros, más lapidarios, dirán: “Qué ignorante es este tipo que escribe aquí y no sabe que Chávez es el Presidente de Venezuela, no de Colombia”.

Tengo, para mi pesar, muy claro que Hugo Chávez es el Presidente de Venezuela. No solo lo sé, lo he padecido en cada centímetro de mi piel desde hace 13 largos años. Pero, si me permiten, les contaré cómo llegué a la conclusión que describe el título de este texto.

El martes 22 de noviembre, a final de la tarde, me enteré por un amigo que me pasó la información y luego por las redes sociales lo confirmé, que el régimen en Venezuela había decidido ampliar la lista de productos cuyos precios están congelados, agregando entre otras cosas: jabón de baño, detergentes, hojillas de afeitar, papel higiénico, desodorantes y un largo etcétera de artículos de aseo personal.

Como la historia de lo que acontece en el país con todos los productos que el gobierno decide “regular” o “controlar” es harto conocida por todos los venezolanos, el 23 en la mañana, me presenté en el primer supermercado que encontré para apertrecharme de todos esos artículos que con toda seguridad no tardarían en desaparecer de los anaqueles y que, para conseguirlos, pronto tendremos que recurrir al mercado informal y pagárselos a los buhoneros por el triple de su valor, como sucede desde hace tiempo con el aceite de maíz, la leche, el café, la harina de maíz, entre otros que, en el mejor de los casos, hay que hacer largas colas para poder comprar cantidades muy limitadas de cada uno en los mercados formales.

Por los pasillos del super el comentario era unánime tanto de los clientes como de los trabajadores: “hay que comprar estas vainas porque van a desaparecer de los mercados”.

Decidido a ser de los últimos en Venezuela que tengan que salir podridos a la calle por falta de productos de limpieza personal, atapucé de jabones, enjuagues bucales, champús y desodorantes el carrito de la compra.

Ya en la caja para pagar, alguien dijo:

-Lo peor es que seguro todo lo que desaparezca aquí en Venezuela aparecerá en los mercados colombianos, como ha pasado con las otras cosas que Chávez ha “controlado”.

Traté de ubicar la clarividente voz, miré a mi alrededor para ver quién había hablado de manera tan clara pero no pude localizar al preclaro parlante. Al final me quedó la duda de si lo había dicho alguien o era mi voz interior la que me había hecho el anuncio.

Fue entonces cuando pensé:

“Los colombianos tienen que agradecer de rodillas a Hugo Chávez todo lo que ha hecho por ese país y deben pedir a todos los santos que el milagro de su curación sea cierto”.

Gracias a Chávez, la industria petrolera colombiana se llenó de los mejores profesionales en la materia a nivel mundial. Excelentes profesionales y técnicos expulsados de la petrolera venezolana fueron absorbidos por la industria del vecino país y gran cantidad de nuevos egresados en ciencias petroleras o relacionadas migran a ese país, buscando el futuro que Venezuela no les ofrece.

Gracias al Presidente venezolano, la televisión colombiana, que hasta no hace mucho tiempo se encontraba bastante retrasada con respecto a la venezolana, pasó a ser una de las más creativas, productivas y generadoras de riquezas de Latinoamérica cuando escritores, directores, productores, técnicos y actores de nuestro país, incluyendo parte de los que quedaron desempleados luego del cierre forzoso de RCTV, fueron a parar con sus huesos y extraordinario talento en la industria televisiva colombiana.

Gracias al afán de Chávez por acabar con el sistema productivo en nuestro país, muchas empresas e industrias cerraron sus puertas aquí y se instalaron en Colombia, generando empleo y riqueza para los colombianos y produciendo todo lo que anteriormente producían aquí y que ahora les tenemos que comprar a ellos pagando 5 bolívares “fuertes” por un “débil” peso.

Incluso, muchas empresas que no se han terminado de ir de Venezuela ya han instalado su “plan B” en Colombia y aunque mantienen actividad en nuestro país, han decidido no invertir ni un dólar más aquí. Todo el dinero que tienen para ampliar la producción o agrandar sus empresas lo destinan a Colombia que le ofrece mayor seguridad y más beneficios. Los empleos que se pierden aquí o que se podrían generar, están bajando los índices de desempleo de la hermana república.

Pero, el mayor éxito que ha logrado Chávez en Colombia es haber contribuido eficientemente a disminuir la inseguridad en el vecino país al ofrecerle a los grupos criminales, terroristas, narcotraficantes y guerrilleros un sitio seguro donde establecerse bajo la mirada complaciente y cómplice del régimen bolivariano que no solo no los combate sino que les permite desarrollar en suelo patrio sus actividades a plena luz del día.

El conflicto y la violencia colombianos han venido paulatina y constantemente instalándose en Venezuela durante estos 13 años de “revolución”. Aquí encuentran un fértil terreno abonado de abundante impunidad y alcahuetería donde establecerse y así hemos visto como la industria de los secuestros, el narcotráfico y el sicariato han florecido y son cada vez más comunes y cotidianos en nuestro país.

Las exportaciones colombianas aumentaron en los últimos años en la misma medida que disminuyeron las venezolanas y crecieron nuestras importaciones. El progreso, avance y aumento del nivel de bienestar de los colombianos ha sido directamente proporcional al retroceso y pérdida de calidad de vida que experimentamos los venezolanos. Si no lo cree, échese un paseíto por Cúcuta, haga turismo de supermercado en el vecino país, compruebe cómo sus anaqueles están repletos de todos los productos que escasean en los nuestros, sienta la tranquilidad de pasear seguro por las calles de la mayoría de las ciudades colombianas, algo que hace unos 25 años era impensable.

Todo esto me hace afirmar, sin temor a equivocarme, que ningún presidente colombiano de la época contemporánea ha hecho tanto en beneficio de colombia y los colombianos, como lo ha hecho Hugo Rafael Chávez Frías.

Sobrevivir con 78 años a Cadivi y la banca en Venezuela

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Para que tengan más claro lo que voy a contar en este relato kafkiano, haré una corta descripción de los personajes que intervienen para que puedan tener una visión más completa de lo que narro en este post.

Se trata de 2 viejos. El de 78 años. Su esposa de 76. El solo tiene la cuenta bancaria donde le depositan su pensión del Seguro Social, que no sirve más que para ese fin, y una que no utiliza ni sabe cómo hacerlo en el banco Provincial que se abrió para poder tener una cuenta en la que Fogade le depositara 2 mil bolívares que era todo su capital y que corría el riesgo de perder a manos del Estado cuando este le puso sus garras al desaparecido y metamoforseado en Bicentenario, banco Federal.

Ella tiene dos tarjetas de crédito de las que solo sabe que puede sacarlas para comprar y una cuenta corriente en el Mercantil que le quedó de los tiempos en que trabajaba en un colegio. De todo esto, la señora no tiene ni idea de cómo se maneja y ni siquiera sabe prender una computadora y entrar a internet. Es más, por más que hemos buscado mil formas de explicarle cómo funciona la adjudicación de los dólares de Cadivi, no hay manera que lo entienda. Ha llegado incluso a preguntar, dentro de su confusión, de cuánto es el bono que Cadivi le aprobó.

El tercer personaje en esta historia es el “nalgasprontas” que escribe, quien se ofreció a ayudarlos para hacer los trámites bancarios para solicitar los cupos de Cadivi, de manera que pudieran llevar cada uno 500 dólares en efectivo y activarle el cupo de compras con tarjeta en el exterior a la señora, para un viaje que les regaló su hija que vive exiliada en Estados Unidos y quien quiere, luego de casi 3 años sin verlos, pasar una navidad junto a ellos.

Por razones que escaparon a los viejos y a mi, la renovación de sus pasaportes se retrasó y vinieron a tener en sus manos el nuevo documento cuando ya estaban en el límite de tiempo establecido para hacer los trámites de Cadivi. O sea, la carrera de obstáculos que debíamos emprender era, además de ardua, contra reloj. Por esa razón, y tomando en cuenta lo engorroso que resulta hacer las correspondientes carpetas para las solicitudes y para evitar perder tiempo por errores cometidos debido a mi falta de pericia al organizar las benditas carpetas, decidí contratar los servicios de un experto en la materia, quien me cobraría unos 350 bolívares por tenerme las carpetas hechas tal y como las exige Cadivi.

(Si quien lee esto vive en un país desarrollado y del primer mundo, o en uno subdesarrollado pero sin control de cambio, le suplico no intentar entender nada, solo lea y no se complique la vida porque ni los venezolanos terminamos por entender nada. Si tiene algún venezolano al lado, pídale que le trate de explicar de qué carajo estoy hablando.)

Al día siguiente de contratar el experto, me llama y me dice:

-Hay un problema. La señora está registrada en Cadivi y necesitamos el correo electrónico y la clave con los que hicieron el registro para poder hacer la solicitud.

¡Empezó Cristo a padecer!

Recordé que, efectivamente, hacía unos 3 o 4 años, a ella le habían hecho el registro para comprar unas cosas por internet, pero ni ella, ni yo, ni siquiera quien la registró, teníamos la más mínima seña de los datos. Intenté con todos los posibles correos que se me ocurrieron y nada. Consulté a Cadivi vía e-mail y por twitter para ver qué se podía hacer en ese caso y nunca respondieron. En la noche, por fin, me avisó la hija de la señora que había una forma de pedir cambio de correo, me dijo que uno debía, para tal fin, descargar una planilla de la página de Cadivi y llevarla al banco.

A la mañana siguiente me fui donde el experto y le comenté lo que debíamos hacer. El me contestó:

-Si. Hay que hacer una carpeta como las de Cadivi con la planilla y copia de Cédula y otros documentos y llevarla al banco.

-Para luego es tarde -dije-. Hágame la carpetica para el Mercantil y, mientras, yo voy a pedir la cita en línea al Provincial para pedir los dólares del viejo que se hará por ese banco.

Nos pusimos manos a la obra inmediatamente, el tiempo corría y los lapsos impuestos por el régimen de administración de divisas se nos echaban encima, pero resultó que la página del banco Provincial no me daba la opción de solicitud de efectivo para viaje. Me lancé al banco, mientras el experto me terminaba la carpeta. Llegué a la taquilla y la respuesta fue:

-Si el señor no tiene tarjeta de crédito, la página no le da la opción porque para solicitar el efectivo tiene que solicitar el cupo de tarjeta primero.

-¡No puede ser! -digo asombrado- ¿o sea que no puede el viejo pedir sus 500 dólares para viajar?

-Tendría que hacerlo por un banco del Estado, en vista de que no posee tarjeta de crédito con el Provincial -fue la seca respuesta que recibí.

(Después me enteré que esa es una resolución que al parecer comenzará a regir a partir de enero de 2012 y que no sé por qué motivo el BBVA Provincial ya empezó a aplicar. Le consulté por Twitter a la entidad bancaria al respecto y aún espero respuesta.)

Mientras iba a buscar la carpeta del cambio de correo para llevarla al Mercantil, llamé a un amigo gerente de un Bicentenario y le comenté lo sucedido con la solicitud de efectivo para el viejo. Me dijo que, efectivamente, por su banco se podía hacer pero necesitaría abrir una cuenta bancaria allí.

-Para “aperturar” (dijo, como dicen en la jerga bancaria) la cuenta necesita: dos referencias personales con fotocopias de las cédulas de identidad de quienes la firman, copia de la cédula del titular y un recibo de algún servicio a nombre del viejo.

Le expliqué que el único recibo de servicio que tienen es el de electricidad y  está a nombre de su esposa. Tienen una línea prepago de teléfono que funciona con tarjeta, y el servicio de televisión por cable está a nombre del hijo que vive en el apartamento de arriba.

-Tendría que traer el acta de matrimonio- Dijo.

Pensé: “¡Hace 58 años que se casaron en Nicaragua! No me veo llamando a nadie en Centroamérica para que me consiga el documento y, además, no tengo tiempo. Tengo que conseguir otra solución”

-Gracias, amigo. Ya veré cómo soluciono. -Le dije y colgué recordando que mes y medio atrás, en Estados Unidos, abrí en 20 minutos una cuenta con 100 dólares y el pasaporte, sin más problema que el que me podía suponer el uso del inglés.

Aparté por un momento el caso del viejo, agarré la carpeta de cambio de correo que ya estaba lista y me enrumbé al banco Mercantil a esperar con la vieja 3 horas a que llegara nuestro número para ser atendidos.

Si, 3 horas de espera y fue la vez que esperamos menos tiempo porque, después, fue mas dilatada la estadía en el bendito banco. Es que la taquilla preferencial, que tiene un dibujo de un bastón que se supone es para dar prioridad a la tercera edad, no es válida en ese banco para personas de 76 años. Para ser atendidos por allí, usted tiene que llegar en una camilla y con suero endovenoso. Tener solo 76 años no lo hace apto para la “preferencia”.

En esa oportunidad esperamos sólo 3 horas porque llamé a una amiga gerente quien habló con la empleada y esta, de mala gana, nos atendió antes de que saliera nuestro número. Nos sentamos, entregamos con cara de triunfo la carpeta y nos dicen:

-¿Dónde está la cita?

-¿Qué cita? -Pregunto, a punto de llanto.

-Para pedir cambio de correo electrónico también tiene que pedir cita por internet en la página del banco y anexarla impresa en la carpeta.

Me miró con ironía y agregó:

-Y sin cita sí es verdad que nadie podrá ayudarlo.

Senté a la vieja en una silla y pegué la carrera a un cyber para pedir la dichosa cita.

-Espéreme que ya vengo.

Nada. El sistema me daba la cita para el día siguiente en otra agencia. La pedí para esa fecha y, derrotado, me fui a recoger mi vieja al banco.

Cuando ya estaba a punto de salir de la agencia, se me ocurre decirle a la mujer que nos atendió:

-La página me dio cita para mañana en otra agencia.

-Mañana es bancario regional, la agencia no trabaja.

-¡Pero el sistema me dio cita!

-En el sistema no salen los feriados regionales. Solo los nacionales. Déjeme llamar a esa agencia a ver si van a recibir esas solicitudes.

Llamó y, efectivamente, le dijeron que trabajarían solo las taquillas de pago. Que para trámites de Cadivi no.

Me fui de vuelta al cyber a cambiar la cita para el 21. En el camino iba pensando cómo resolver lo del viejo. Entonces se me ocurrió que la solución era anexarlo a él como titular en la cuenta de su esposa pues ya me habían advertido que si la cuenta no tenía por lo menos 6 meses abierta, no podría solicitar Cadivi.

Decidido, el 21 iría al banco con los dos viejos. Solicitaría el cambio de correo e incluiría al viejo en la cuenta de su esposa. Todavía quedaban 12 días para el viaje así que no debía perder las esperanzas.

No me pregunten qué pasó ni por qué. Aún no entiendo qué me sucedió que no vi la fecha de la cita cuando la imprimí.

Llegamos al Mercantil el 21, carpeta en mano y referencias personales, copias de cédulas, recibo de enelven listos para hacer las diligencias. Tomamos número de la tickera. 51 personas por delante. 10 y media de la mañana, respiramos profundo y dijimos: “Bueno, paciencia, hoy salimos de esto”. Nos sentamos.
Dos de la tarde. Llaman nuestro número. Presentamos primero la carpeta de solicitud de cambio de correo electrónico. La mujer revisa y dice:

-La cita es para mañana.

-¡Nooooooooo!

Cerró la carpeta y me la devolvió.

-Bueno, vamos a hacer la inclusión de la firma del señor en la cuenta. -Digo, tragando grueso.

La mujer aplastó su voluminoso y celulítico trasero en la silla, dejo caer sus lentes hacia la cicatriz que le parte la punta de la nariz en dos y se dispuso, literalmente, a joder.

Con toda la calma y lentitud del mundo empezó a revisar los papeles. Al llegar al recibo de electricidad dice:

-Es de agosto. Necesito uno más reciente, por lo menos de septiembre.

Tomó las copias de las cédulas y dijo:

-Las copias no están muy claras. No se ven bien. Traiga otras. Le guardo el número media hora y me trae un recibo más reciente y las copias más claras de la cédula.

Senté a los viejos una vez más y salí a Enelven a pagar el recibo para que me quedara una factura del mes actual y luego a sacar las copias de las cédulas nuevamente.

En 20 minutos estaba de regreso en la agencia, entrego los papeles y dice la mujer:

-Esta es una factura de pago, no es un recibo de servicio. No sirve. Y en la copia de su cédula la “G” inicial, parece una “C”. Tampoco sirve.

Le digo que no puede ser, que en esa factura están todos los datos. Nada. Me mira por encima de los lentes y me manda a hablar con la Coordinadora de Servicios, esta llama a la mujer y al final, yo tengo que salir con los viejos, camino a su casa a buscar bajo las piedras el bendito recibo. Como la ley de Murphy siempre se da rigurosamente y lo que pueda salir peor, saldrá peor, al llegar al apartamento, buscamos y no conseguimos el recibo por ningún lado. Al rato, me dice la viejita un poco apenada:

-¡Aquí esta!

El recibo actual de Enelven lo tenía en su cartera, la misma que llevaba con ella todo el día pero no lo recordó en el banco cuando nos echaron para atrás los papeles.

Para las 3 de la tarde estábamos de vuelta en la agencia, con todo lo requerido. La mujer con santa paciencia empezó a procesar la solicitud al tiempo que texteaba por el celular y atendía llamadas telefónicas. Poco le importaba que nosotros a las 4 de la tarde no hubiésemos almorzado ni que los viejos tuvieran ganas de ir al baño. Actuaba lentamente, como si se hubiese pasado en la dosis de sedantes.

Por fin, salimos del infierno, contentos de haber podido por lo menos, en unas 5 horas, hacer un solo trámite.

El día siguiente, 22, el viejo fue a una agencia a llevar su carpeta y la vieja a otra. No hubo manera de que el sistema automatizado me otorgara las dos citas para la misma agencia. Cuando el viejo llegó estuvieron a punto de devolverlo porque en la pantalla del computador no les aparecía la cuenta pues, con la inclusión de la firma, no se sabe qué pasó que la cuenta estaba como en un limbo. El se puso en sus trece y dijo “no me voy hasta que me reciban la carpeta” y, al rato, quien lo estaba atendiendo le dijo:

-Yo voy a cargar los datos y si el sistema lo acepta, pues le recibo la carpeta. Si no, tendrá que ir a la agencia donde abrió la cuenta.

Esto, a sabiendas de que si el viejo se aparecía en la otra agencia sin tener cita para allá no sería atendido. Afortunadamente, el sistema cargó los datos, eso sí, no le dieron muchas esperanzas de que tenga los 500 dólares que le corresponden para la fecha del viaje pues, al sacar la cuenta, ya estaban corriendo los 7 días hábiles límite para hacer la solicitud.

La vieja llegó a las 8 de la mañana a dejar su carpeta, con la mala suerte de que un dato de la bendita planilla de solicitud estaba errado y tuvo que salir a buscarme para arreglarlo. Lo enmendé y a los 40 minutos estábamos de vuelta en el banco. Tomamos un nuevo número de la tickera y marcaba 55 personas por delante. Hablé con quien la había atendido temprano, le expliqué que ya estaba arreglado que por favor le aceptara la carpeta.

-Tiene que tomar un nuevo número y esperar su turno. -Fue su amable respuesta.

Hablé con otra chica un poco menos antipática que los otros y me dijo que no podía que tenía que esperar su turno. Le dije que sí podían, que cuando ellos querían podían porque más de una vez que delante de mi habían pasado gente por encima de los demás sólo porque eran sus amigos. Senté a la viejita en una silla y le dije, “espere que aparezca su número en pantalla”, yo tenía que ir a atender mi trabajo que ya había descuidado por tres días por tratar de ayudarlos.

A la una y media de la tarde, me llamó para decirme que ya, por fin, había podido entregar la carpeta. Ahora está a la espera de que le cambien el correo para procesar su solicitud de compra con tarjeta en el exterior con la esperanza de que se la aprueben aun cuando ella ya se encuentre en Estados Unidos. De lo contrario, no contará ni con los 500 en efectivo, porque por las fechas ya no tiene chance de solicitarlos ni con la cantidad que Cadivi tenga a bien asignarle para sus tarjetas, a menos que bajo cuerda se consiga alguien que le active el cupo por los “caminos verdes”, que ya me han dicho que hay personas a las que se les paga y lo hacen. De no ser así, los viejos tendrán que pasar sus días en el “imperio” a expensas de su hija y su yerno sin poder comprar ni siguiera un rollo de papel higiénico por cuenta propia y sin tener que pasar por la incomodidad de pedirle dinero a quienes los invitaron y les pagaron el viaje.

A mis 47, descubrí que me siguen gustando las tetas de sabores.

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La chef de la zulianidad, Ivette Franchi

Normalmente, para los 17 de noviembre en la noche, víspera del día de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá,  la querida Chinita, patrona de los zulianos,  prefiero llegar a casa temprano y evadir el bullicio que se esparce por toda la ciudad, con amaneceres de ferias por todos lados, ventas de comidas y bebidas ambulantes por doquier que no hacen más que exacerbar mi agorafobia y el temor a salir a la calle y pasar a ser un guarismo más en las estadísticas de la inseguridad que galopa a gran velocidad por todas las ciudades del país. Prefiero llegar a la casa, ver televisión, leer, curucutear internet, vivir a través de las redes sociales la feria de La Chinita con las publicaciones que los amigos virtuales, menos temerosos que yo, postean desde los lugares donde se encuentran disfrutando de la fiesta.

Sin embargo, este año como se encontraba en Maracaibo para una visita relámpago mi sobrina María Fernanda, quien venía a pagarle una promesa a la milagrosa Virgen Morena, me sentía obligado a vencer mis miedos y llevarla a cenar algún sitio. Quería llevarla a algún lugar que le mostrara un poco la gastronomía maracucha sin tener que padecer los rigores del maremágnum de gente que se arremolina por todos los rincones de la urbe marabina para estas fechas.

Entonces recordé que, justamente la noche anterior, la chef de la zulianidad,

Hamburguesitas de carne, pollo y vegetariana

Ivette Franchi me había comentado vía BB Messenger que estaría junto al chef Néstor Colina, su inseparable colega, con un nuevo menú en el restaurant Bamgú en honor a la Virgen de Chiquinquirá, presentando su sabor zuliano en tríos, además de algunas especialidades que conforman parte de la comida callejera zuliana, reinterpretada por Ivette, con su estética característica y su inconfundible sabor zuliano.

Así que me pareció que la opción de ir a saborear los platos del menú “De lo urbano a lo profano”, como lo denominaron, en Bamgú era adecuada para mostrarle a mi sobrina parte de la zulianidad sin tener que sufrir el atronador ruido y la excesiva aglomeración de gente. Bamgú es un restaurant pequeño, acogedor, con pocas mesas y, esa noche, tenía el excelente acompañamiento de la sesentosa música en vivo de la agrupación “LPSesenta”.

Al llegar, las mesas estaban llenas, la misma Ivette Franchi salió a recibirnos y darnos la bienvenida con su dulce sonrisa y un fuerte y cálido abrazo. Luego de los correspondientes saludos, en vista de que las mesas estaban ocupadas, la chef nos invitó a sentarnos en lo que ellos denominan “la mesa de los chefs”, que no es otra cosa que la barra del local, donde estuvimos conversando con Ivette de todo un poco, escuchando sus proyectos para fines de mes en Mérida, a donde irá para un festival de pastelitos que, por casualidad, tendrá una de sus sedes en La Parroquia, mi pueblo natal, y sobre un programa que piensan desarrollar en diciembre y que consiste en intercambiar recetas impresas en

Yoyo, arepa de "agüita de sapo", "tumbarrancho" y al fondo sandwich de punta trasera.

calendarios por juguetes que luego serían regalados a niños de escasos recursos.

Es que la Franchi es así, inquieta, imparable, siempre está rumiando nuevas actividades, nunca se toma ese reposo que desde hace algún tiempo realmente necesita para superar una persistente bronquitis que la atormenta.

Entre la amena conversa, la música del grupo, las sonrisas y bailes de mesoneros y dueños quienes no paraban de moverse y cantar al ritmo de esas viejas canciones interpretadas por “LPSesenta” y que hacían que nuestras cédulas rodaran sin piedad por el piso de Bamgú, la noche fue transcurriendo con armonía y alegría. La chef estaba feliz, las mesas no dejaban de ocuparse, durante toda la velada seguía llegando gente y, a ratos, parecía que fuera una reunión de amigos pues, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, muchos amigos coincidimos en esa rica noche de zulianidad.

De comer pedimos un trío de patacones que constaba de tres rodajas de plátano verde tipo tostón cubiertas una con pernil y queso, otra con carne mechada y una última  con pollo; un trío de hamburguesas, una de carne, una de pollo y una tercera vegetariana a base de lentejas. El último trío estaba compuesto de

Patacones con pernil y queso, carne mechada, y pollo.

un “yoyo” (plátano maduro rebosado en huevo y relleno con queso y jamón), un “tumbarancho” (arepa rebosada en huevo y rellena con mortadela y queso) y una arepita de “agüita de sapo” rellena con pernil. Por sugerencia de Ivette, pedimos un sándwich de punta trasera para compartir.

La noche anterior, cuando Ivette me contó el menú, le había dicho que quería comer de todo.  Así fue. Probamos de todos los platos y pudimos comprobar una vez más que la chef logra captar todo el sabor callejero en sus platos, atribuyéndoles una estética particular al presentar la comida propia de puestos de la calle con formato de miniatura, pero conservando los sabores de la comida que le dan origen, refinándolos y convirtiéndolos en verdadera comida gourmet. Para terminar, de postre, pedimos unas “tetas” de toddy y de tamarindo, que me transportaron a mis 18 años, cuando por primera vez fui a Isla de Coche en Nueva Esparta, donde conocí por primera vez esos

Tetas de Toddy y de tamarindo

helados que hacen congelando los líquidos de sabores en bolsas plásticas transparentes de manera que queden con la forma de un pecho de mujer y a los que uno les abre un huequito por la punta para sorber el hielo, extrayendo todo el sabor dulce y frío del helado. A mis 18 años me encantaban y hacía mucho tiempo no los comía. La noche del 17 de noviembre, a mis 47,  descubrí que me siguen gustando las tetas de sabores.

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