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“Sospechosos habituales”

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No, no voy a escribir de cine. Este post no se trata de una tardía reseña o crítica sobre la película de Bryan SingerThe Usual Suspects” estrenada en 1995. Voy a relatar única y exclusivamente lo que los venezolanos vivimos cotidianamente en este país que ya cuenta los casi 14 años de “revolución bonita”.

En Venezuela nos hemos ido paulatinamente acostumbrando a dejar de ser ciudadanos para convertirnos en “sospechosos”, potenciales delincuentes, personas que tenemos que a diario demostrar ante el sistema de gobierno que somos inocentes, porque el lema en la Venezuela del Socialismo del Siglo XXI pareciera ser que todos somos culpables hasta que demostremos lo contrario, si es que podemos.

Así, el simple hecho de ir a comprar leche a un supermercado puede volverse en su contra. Si en lugar de comprar un paquete de leche usted pretende llevar 2, automáticamente, pasa a ser sospechoso de acaparamiento y especulación y al llegar a la caja, el sistema disparará una especie de alarma que le indicará al cajero que usted puede solo llevar un paquete. Nada de dos para después enriquecerse vendiendo el otro por el doble de su costo.

Lo de la leche es un ejemplo que cualquiera de nosotros puede haber sufrido en carne propia. Pero también está Cadivi yo diría que uno de los mayores generadores de sospechosos en el país.

Es tal la cantidad de normas y trabas que los venezolanos tenemos que sortear cuando vamos a viajar al exterior para tener derecho a 2 mil quinientos dólares para compra con tarjeta de crédito, 500 en efectivo y 400 para compras por internet que uno llega a dudar si en realidad no será que uno es un verdadero delincuente en estado de negación y es por eso que el Estado se ve obligado a ponerle un montón de conchitas de mango para ver en qué momento uno se resbala y comete el delito.

Las cantidades anteriores, como sabemos, son el monto máximo al que podemos aspirar y que Cadivi nos concederá como una “gracia” para viajes de un mes o más. Si el tiempo de estadía en el exterior es menor, igualmente lo serán las divisas otorgadas. Pero sea cual sea la cantidad que el régimen le “conceda”, siempre tendrá un lapso de unos 90 días para hacer una declaración jurada en la que explique que utilizó esas divisas para viajar y no para “enriquecerte” con ellas. Y el régimen siempre se reserva la posibilidad de llamarlo a comparecer ante la administración de las divisas para que demuestre, con todos los recibos y facturas en mano, que utilizó esas divisas de manera honesta, so pena de, si parece sospechoso, ser suspendido y bloqueado. O sea, olvídese de solicitar más divisas y espere a ver cuál será su castigo.

Pues bien. En este proceso de consolidación del socialismo y la revolución que nos iguala a todos (a unos más que a otros, en verdad) en la sospecha, el régimen se ideó un mecanismo para “controlar” el contrabando de gasolina en los estados fronterizos y es por lo cual, desde hace un año más o menos hemos empezado a hablar y escuchar del mal llamado “chip” de la gasolina cuya instalación se inició hace un tiempo en Táchira.

Bocazas hay en todos lados

Recuerdo que hace unos cuantos meses, cuando se oía acerca de las largas colas de carros que se estaban haciendo en San Cristóbal para la instalación del “Chip de la gasolina”, que en realidad se llama “Tag” y que no es más que un código de barras que instalan en el vidrio parabrisas frontal, muchos comentaban a través de las redes sociales que esos “gochos” si eran pendejos, que cómo iban cual mansos corderitos a hacer esa cola para que los  marcaran como reses, que por qué no se “arrechaban” y armaban un peo, que…

Mucho de eso lo leí en Twitter y lo escuché en la calle. Como sabemos, los maracuchos tienen fama de bocones, “farfullos”, habladores, bocazas, “vendo la jeta”. Por eso no era difícil encontrarse en la gasolineras o en las colas de los supermercados a los “valientes” que vociferaban que ellos incendiarían la ciudad antes que hacer esa cola para ser marcados.

Y así fue como, un buen día, me llegó por pin de blackberrry que en la parte de atrás del Cuartel Libertador estaban procediendo a la instalación del chip. El mensaje que me enviaron decía literalmente así:

“Ya están instalando el chip de la gasolina en los alrededores del Cuartel Libertador.  Hay poca gente porque aún no han pasado la información a los medios de comunicación. Parece que  lo están manejando con bajo perfil, con mensajes de boca en boca entre los chavistas, para que ellos vayan primero a instalarlo y que se eviten las largas colas que se formarán para obtener el código. A partir del lunes ya lo dirán por la prensa. Hay que llevar carné de circulación, la póliza de Responsabilidad Civil y la cédula de identidad. Corre a poner el tuyo”.

Como yo conozco cómo es la cosa en Venezuela y con el tiempo he aprendido a diferenciar los mensajes verdaderos de los falsos de Messenger, y también sé que los venezolanos no parece que hayamos encontrado una forma efectiva de protestar contra este tipo de decisiones y medidas del gobierno que nos van quitando calidad de vida, con lo cual, a pesar de los bocazas, el “chip” terminará siendo una triste realidad también en el Zulia, sin enfurecerme más de la cuenta, agarré mis papeles y me fui al Cuartel Libertador.

En media hora estaba listo. Al nivel del espejo retrovisor hay una etiqueta con el código de barras que me indicará por medio del la lectura que harán los escáneres instalados en las estaciones de servicio, cuánto será mi cupo diario para poner gasolina.

Al día siguiente ya la noticia se había regado y quienes pensaban que era otro falso rumor transmitido en cadena, empezaron a engordar la línea de carros en los alrededores del Cuartel. Un amigo que fue ese día, tardó dos horas y media en obtener el código y, dos días después, conseguí un señor en el supermercado que me comentó que estuvo desde las 7 de la mañana hasta las 4 de la tarde, sin comer, en la cola para que le instalaran el bendito “chip”. Allá están llegando como corderitos a hacer su fila todos aquellos bocones que decían que no permitirían esa vaina. En un tiempo, todo campo automotor del Zulia contará con su etiqueta de racionamiento de combustible.

No todo acaba con tener el chip

Pero la cosa no termina allí. Si usted pensa que una vez pasada la incomodidad de la larga cola a pleno sol ya el mal trago ha terminado, le tengo malas noticias. Su calvario apenas empieza.

De acuerdo a la experiencia tachirense, una vez que el chip entra en funcionamiento, hay que acostumbrarse a que pasará mucho tiempo metido en una cola cada vez que quiera repostar el tanque de gasolina. Media hora, en el mejor de los casos, y hasta 3 horas para llenar el tanque.

El sistema funciona así:

Cuando el vehículo entra en la estación de servicio, un escáner ubicado en el techo le leerá el código de barras (Si no funciona, usted deberá introducir su número de cédula de identidad que, una vez más deja de ser un número de identificación ciudadana para convertirse en un mecanismo de control y racionamiento). En la pantalla le aparecerá el dato con la cantidad de litros de gasolina diaria que el sistema tiene a bien conceder como una “gracia” por la cual, de todas formas, tiene que pagar.

Mi sobrina Luzmary Santos, que ya está curtida en el Táchira con el funcionamiento del “chip”, me contaba que hace unos días llegó a poner gasolina y que al verificar en la máquina, la pantalla le decía que su cupo había sido bajado de 50 litros diarios a 20 litros, que si quería recuperar su cupo original, debía pasar por una “auditoría”. Sospechosa habitual.

Resulta que si a quienes manejan el sistema les parece “sospechoso” que usted reposte combustible todos los días o de manera frecuente, pues lo pueden castigar disminuyendo el cupo, llevándolo a cero litros incluso, y lo obligan a ir a la auditoría con los representantes del Instituto Nacional de Tránsito Terrestre, de PDVSA  y hasta del mismo CICPC  para que explique esa manera “sospechosa” de poner gasolina. Por supuesto, ese trámite de la auditoría implica una cola que puede durar cuatro o cinco horas.

-Lo mío se arregló porque después de las 3 horas de cola, en la auditoría me dijeron que no era por exceso de consumo sino porque habían anotado mal mi número de placa. Así que me reintegraron mi cupo de 50 litros –dice Luzmary-. Pero delante de mí estaba una señora que tiene un transporte escolar y que ha tenido que ir ya cuatro veces a auditoría porque es “sospechosa”. A algunos que no pasan la auditoría, les prohíben poner combustible por ocho días o por el tiempo que a los auditores les dé la gana.

El contrabando sigue igual

Pero los más triste del caso es que, como pasa con el racionamiento de los alimentos, con la fuga de divisas y el control cambiario y con los tantos otros controles que nos impone el régimen actual, las medidas no han servido para nada. Los buhoneros siguen vendiendo en las calles los productos alimenticios racionados al triple del precio estipulado por el gobierno mientras que en los supermercados no se consiguen y cuando los hay, tienes que mostrar tu cédula de identidad para poder comprar la cantidad que estipula el racionamiento como medida para evitar el acaparamiento y la especulación de los revendedores.

Cadivi, todo el mundo sabe que es una ratonera igual o peor que el tristemente célebre Recadi de la cuarta. En Colombia y Panamá la gente sigue “raspando” las tarjetas. Hasta en Estados Unidos hay quienes se encargan, previo pago de comisiones, de aprobar cupos de Cadivi sin que la gente tenga que estar en Venezuela o viajar y los jerarcas del régimen que son los que tienen dinero y más fácil acceso a los dólares preferenciales se llenan los bolsillos comprando dólares oficiales a bajo precio para revender una parte a casi 10 bolívares por dólar y poner la otra parte a buen resguardo en cuentas en el exterior, por si algún día hay devaluación o tiene que salir  huyendo del país.

Con el contrabando de gasolina pasa exactamente igual. La experiencia tachirense demuestra que la extracción ilegal de combustible no ha disminuido. Según comentan en los corrillos, ese es un negocio tutelalado, como muchos otros negocios ilegales, por los militares. Los “pimpineros” (quienes sacan gasolina en pimpinas por los caminos verdes) tienen sus bolsillos llenos de “chips” comprados a 200 bolívares cada uno a quienes administran la instalación del código. Al menos 200 era lo que pagaban inicialmente, posiblemente haya aumentado con la “inflación”.

Y, como con el cupo de Cadivi que se generó todo un mercado paralelo de divisas en el cual hay compradores y vendedores de cupos, con el control de la gasolina el gobierno está propiciando el nacimiento de un nuevo negocio ilegal: la venta del cupo del “chip”.

Si a mí me otorga la “gracia” el sistema de permitirme un cupo de 50 litros diarios y lo que consumo son sólo 10 o 15 litros de acuerdo a mis desplazamientos, pues tendré un excedente diario de entre 35 y 40 litros diarios que podré vender a los contrabandistas. La verdadera solución para acabar con el contrabando de gasolina todo el mundo sabe que es subir el precio del combustible y ponerlo a precios internacionales, así se acabaría el negocio. Pero eso tiene un costo político y social que un gobierno cobarde y populista como el que tenemos no está dispuesto a pagar.

En fin. Que lo del chip es otra medida más fracasada que, además, tendrán que terminar poniéndolo en todo el país pues quienes no puedan comprar la gasolina para el contrabando en Táchira o Zulia, lo harán en Trujillo o Lara al final de cuentas el negocio es tan lucrativo que, cuando mucho, aumentará un poco el precio del combustible por los “inconvenientes” causados por el control.

El chip es completamente inútil para limitar la extracción ilegal de combustible a Colombia, para lo que sí es absolutamente efectivo es para hacerte sentir controlado, humillado, sospechoso y, por supuesto,  impotente pues, las protestas generadas en Táchira no impidieron la implantación de la medida. Por unos pocos que hacen los negocios ilegales terminamos pagando todos los ciudadanos decentes y trabajadores porque el régimen, en su ineficiencia, es incapaz de controlar y meter en cintura a esos pocos al margen de la ley. Pagamos justos (y juntos) por pecadores, mientras que los verdaderos pecadores se cagan de la risa.

Maslow en Venezuela

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¿Ficción?


Hace muchos, muchísimos años, llegó al puerto de La Guaira un flacuchento, pálido y narizón judío ruso de apellido Maslow. El hombre que no contaba con un kopek en su bolsillo, subió escondido, junto a su hermano, a la embarcación que zarparía a las 5 de la madrugada con rumbo al puerto de Nueva York en Estados Unidos para luego continuar su viaje hasta Venezuela. Un extraño punto al norte de la América del Sur que vio un día en un mapamundi y al que se propuso llegar en cualquier momento.

El viaje fue largo, eterno. Para sobrevivir, los Maslow comían los desperdicios que tiraban a los contenedores de basura, donde habían ubicado su guarida y se disputaban sus bocados con las cientos de ratas que habían decidido también emprender la aventura transoceánica.

Así llegaron una mañana nublada de invierno a Nueva York. Uno de los hermanos, harto del bamboleo del mar y del mal comer y dormir, decidió bajarse allí y probar suerte en los Estados Unidos. El otro, más terco y obsesionado con el extraño punto descubierto en el mapa, siguió camino rumbo a la Guaira, a donde llegó un mediodía de sol radiante y cielo azul intenso, tan intenso que, a primera vista, el ruso no podía distinguir dónde empezaba el mar y dónde el cielo.

El judío bajo del barco y, al no más pisar tierra, se empezó a engendrar su leyenda. Dice el mito que, una vez que Maslow había aspirado tres bocanadas del cálido aire del Caribe, comenzó a sentir cómo su sangre empezaba a calentarse hasta hervir en sus venas. Sus ojos desorbitados comenzaron a atisbar a todos lados. Su olfato empezó a percibir el olor de las hembras a metros de distancia.

Maslow pensó que su frenesí sexual era producto de la larga, larguísima, abstinencia en el barco y que, una vez que consiguiera una hembra con la cual poner al día sus hormonas, volvería a la normalidad. Pero, según cuenta la historia que a estas alturas no se sabe si es más bien una leyenda urbana, el ruso nunca más dejó de sentir la urgencia sexual.

Su ímpetu lo llevó a acostarse con cuanto palo con faldas se cruzaba a su paso. Nunca más supo lo que era la selectividad ni la discriminación. Le daba igual que fuera negra, india, zamba, blanca, alta, bajita, gordita o esquelética. Cualquier hembra que estuviera dispuesta a recibir su semen era bien servida y el ruso se dedicó a recorrer Venezuela, dispersando su semilla en cuanto vientre estuviera disponible. Así lo hizo casi hasta el día de su muerte, por lo cual, según la misma leyenda urbana, sus genes, en mayor o menor medida, se encuentran en la gran mayoría de los venezolanos de la actualidad.

Todo este preámbulo histórico sirve de entrada para entender los acontecimientos actuales que pasaré a relatar y pueden explicarse plenamente gracias a la presencia de esos genes en la composición del venezolano. Genes que llegaron también a USA, en donde un psicólogo  descendiente de ese hermano que se quedó en New York, llegó a desarrollar una teoría llamada Pirámide de Maslow y que parece que estamos viviendo prácticamente al caletre los venezolanos.

Es así como, Alfredo Montiel Maslow está en su casa de Maracaibo un día, escuchando por la radio las declaraciones de Aponte Aponte y  siente que el asco y la ira se van apoderando violentamente de él. Grita. Se levanta, ya en un estado casi frenético, decidido a coger el aparato de radio y aventárselo con todas sus fuerzas por la cabeza a ese vecino chavista que está igual o más jodido que él, pero que sigue votando por el comandante. Entonces, suena el teléfono y un pariente le dice que en ENNE de Bella Vista llegó leche La Campesina.

Alfredo se olvida de Aponte Aponte, de la asquerosidad de sistema judicial del país y de su vecino chavista, corre al supermercado a comprar el kilo de leche que le permitirán comprar y con el que solucionará el tetero de una semana de sus chamos.

Otro día, en Cabimas, está Anaxilandro Carrasquero Maslow, enfurecido en el balcón de su apartamento, pasando en shorts las horas del corte eléctrico, tratando de soportar el inclemente calor y leyendo lo que dijo Luis Velázquez Alvaray. La rabia comienza a apoderarse del cabimero. Entre el calor y las inmundicias narradas por el ex magistrado está que lo pinchan y no bota sangre. Harto, tira el periódico a un lado decidido a salir y lanzar piedras contra el primer edificio gubernamental que consiga a su paso, cuando suena el timbre del celular con una notificación de Twitter:

@Fulanito: llegó Mazeite a Centro 99.

¡Vaya pa’la mierda!  Pa´l carajo Velásquez Alvaray y las inmundicias de los magistrados. Anaxilandro corre a buscar las cholas y a ponerse la primera franela que consigue. Empieza a bajar las escaleras porque luz no hay para usar el ascensor y va calculando si será más rápido ir caminando o sacar el carro del estacionamiento para llegar a tiempo, antes de que alguien con más suerte se lleve ese único litro de aceite de maíz que le permitirán comprar y del que no sabe cuándo volverá a llegar.

En Maturín, va Salomón Marín Maslow en su carro con los vidrios abajo, con un calor de 36 grados y una sensación térmica de 43 porque, hace meses, se dañó una pieza del aire acondicionado y no se consigue en todo el país. El oriental enciende la radio y se encuentra con una cadena del presidente comandante. El calor y las mentiras escuchadas sobre las maravillas del socialismo del Siglo XXI le embotan la mente. Siente hervir la sangre en su cuerpo y, al mirar a su derecha, ve un montoncito de piedras frente al edificio de cristal de esa contratista que, hasta hace cinco años, no era más que una empresa de maletín de unos pata en el suelo y que, a punta de coimas, sobornos y pagos de comisiones en PDVSA, llegaron a acumular tanto dinero que se compraron ese edificio y dos casas más, sin contar los carros y camionetas importados y de último modelo.

La perorata de la cadena lo tiene al borde. Se orilla, pone la palanca en Park, y cuando está a punto de abrir la puerta, dispuesto a coger las piedras y reventar los cristales de los nuevos ricos revolucionarios, mira por el retrovisor y ve que se aproximan dos hombres en sendas motos, cada uno con lo que parece ser una Glock .50 en sus manos.

¡Joder! Cierra la puerta, baja la palanca a D y arranca a toda velocidad hasta lograr escapar de un atraco seguro en pleno tránsito vehicular, como los muchos de los que ha escuchado Marín últimamente.

Maigualida Cárdenas de Maslow tiene cerca de dos horas en una cola en San Cristóbal para poner gasolina. Mientras espera se ha leído completo el libro de Mari Montes, “Lucía, la pelota que quería llegar al Salón de la Fama”, que la distrae y alegra por un rato. Pero, al poco tiempo, la ira comienza a rugir en su estómago. Relee algunas páginas de nuevo para calmar su rabia e impaciencia. No se explica qué han hecho los tachirenses para merecer semejante calvario con el combustible. Voltea y ve la larguísima cola de autos tras ella y, sobre el asiento trasero, un diario de La Nación que habla en su primera página de una tarjeta con chip o algo así que tendrán que portar en el estado para poder cargar gasolina.

No puede leer bien porque la furia le nubla la vista. Agarra el diario y con parsimonia de psicópata, empieza a hacer una bola de papel, firmemente decidida a prenderle fuego y lanzarla a la estación de gasolina, una vez que haya llenado su tanque.

Mira al frente fúrica y comprueba que le faltan solo 3 carros para llegar al dispensador. En el momento en que está concentrada acariciando la bola incendiaria de papel, anticipando su venganza, suena el vallenato en su Blackberry que le anuncia que ha recibido un mensaje de texto. Mira y en la pantalla pone: Carlotica, Farmacia.

Abre la bandeja de mensajes y lee:

-Mareeekaaaa me acaba de llegar el Euthirox. Corre que te guardé 4 cajas pero si me las descubren me jodo y las venden. Apuraaaateeee!! Besitos.

Cuando termina de leer ya están despachándole la gasolina. Está feliz porque le quedaba solo una semana de tratamiento y no conseguía esa medicina que tiene que tomar de por vida para la tiroides y que, desde que Chávez decidió regularle el precio, no se consigue. El bombero le dice que son 3,50 bolívares. Saca un billete de cinco y sin esperar el vuelto hunde el acelerador para llegar rápido a la farmacia. La bola de papel, que sería una bomba de fuego, queda olvidada en el piso del puesto del copiloto.

En Caracas, Rafael González Maslow, al escuchar a la señora que le hace la limpieza una vez a la semana en su casa, con el llanto que casi la ahoga, contar cómo un supuesto médico cubano de la Misión Barrio Adentro le mató a su pequeño hijo al diagnosticarlo y tratarlo de manera errónea, siente que la ira se apodera de su alma. Está ciego de la furia que siente. Agarra unas botellas vacías y, a falta de gasolina, las llena, unas con perfume y alcohol, y otras con el poco kerosene que quedó del día que pintó su apartamento. Rasga una franela vieja y le embute tiras de trapo en los picos de las botellas para hacer una especie de mecha. Agarra un encendedor y el grupo de botellas preparadas, dispuesto a llegar a incendiar ese CDI que está a dos cuadras de su casa, clausurado porque los equipos hace más de año y medio se dañaron y no los han reparado y la dotación que se suponía debía llegar mensualmente, hace más de un año que no aparece.

Pero, cuando está a punto de abrir la puerta, suena el teléfono y la voz cantarina de la señorita de la agencia de automóviles te dice:

-Señor Rafael, ya nos llegó su carro. Pero no es el modelo económico que usted encargó hace año y medio. Ese no nos llegará no se sabe hasta cuándo.  Este tiene asientos de cuero, vidrios ahumados, alfombras y equipo de sonido con MP3. Cuesta 125 mil bolívares más. No sé si está interesado.

-Sí, sí, sí. ¡Claro que estoy interesado! Imagínate si tengo año y medio esperando y nada que conseguía carro.

-Bueno, entonces tiene que venir inmediatamente a firmar la compra porque tengo una lista de espera de 125 clientes y, a lo que vean que tengo una unidad, van a venir a arrancármelo de las manos de una vez.

Sin pensarlo dos veces, Rafael con una sonrisa en la cara, suelta las molotov y el encendedor dentro del fregadero. No puede creerlo. Se acabó la angustia de andar en taxis y carros por puesto, siempre asustado, esperando que vuelvan a ponerle un revólver en la sien para robarlo mientras lo “ruletean” por la ciudad y lo dejan tirado en el primer descampado que aparezca. Asustado, sin medio y sin celular para llamar a alguien. Ese miedo se acabó. Ya tiene su auto.

Una vez en la casa, uno con el pote de leche de los chamos, otro con el aceite de maíz de un mes, Maigualida con 4 meses de su escaso tratamiento para la tiroides, aquel con la satisfacción de haber salvado la vida y superado una vez más el día y Rafael con el olor a carro nuevo todavía pegado de la nariz,  lo menos que quieren saber es de Aponte Aponte, de Velásquez Alvaray, de los CDI abandonados y enmontados, de los falsos médicos cubanos, de las cadenas de televisión o de los nuevos ricos revolucionarios. Están pletóricos, felices, por haber alcanzado esos pequeños grandes logros.

Se dan un baño con agua tibia. Se preparan una rica cena. Encienden el televisor y ponen la “Ruleta de la Suerte” o “Aquí no hay quién viva” en Antena 3 para ver, por décima quinta, vez el mismo capítulo de la serie. Nada de noticieros nacionales,  ni malas nuevas que les amarguen el día y les quiten el sabor a triunfo, ahora más que nunca sienten bullir los genes de Maslow en sus organismos.

Este ralato forma parte del libro “¿Dónde queda Venezuela?” disponible en amazon y en libros en un click

Lógica e ingenio del socialismo del siglo XXI o elogio a #VayaPalamierda

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Si algo no se le puede negar a los personeros del régimen “socialista” y “revolucionario” de la Venezuela Bolivariana es la capacidad e imaginación que tienen para crear eufemismos y el ingenio del que son capaces de alardear a la hora de dar explicaciones acerca del estado de deterioro y de la pérdida de calidad de vida del venezolano gracias a la ineficiencia, incapacidad, falta de previsión, mantenimiento e inversión y, en muchos casos, a la mala intención pues, muchos de los males que nos aquejan no son exclusivamente producto de la ineptitud del gobierno sino bien pensados y planificados con fines muchas veces no confesados y ocultos, pero que no son difíciles de adivinar para cualquier persona que no sea tan pendeja como el régimen pretende hacernos sentir. #VayaPalaMierda

Dentro de esas maravillas del ingenio revolucionario encontramos la explicación para los actuales cortes eléctricos que de manera frecuente y sorpresiva nos azotan. Ya no es, como hace unos años, cuando gritábamos #VayaPalaMierda al oír hablar de un racionamiento programado, producido por los efectos del fenómeno del niño o resultado de las tremenduras de la iguana que parece haber perecido electrocutada con una llegada violenta del fluido eléctrico mientras mordía los cables. Tal y como hemos visto fallecer infinidad de equipos eléctricos y electrónicos sin que nadie nos responda por ellos.

El gobierno no quiere bajo ningún concepto que llamemos a los cortes actuales “RACIONAMIENTO”. Por lo tanto, cuando usted llama a Corpoelec para averiguar a qué hora y por cuánto tiempo le corresponde el corte de electricidad a su zona, una señorita muy amable y muy bien entrenada, le responde al otro lado de la línea telefónica:

-En estos momentos no contamos con esa información, señor. Sucede que como “NO ES RACIONAMIENTO” sino “cortes preventivos” para evitar recalentamiento de las líneas, no sabemos en qué momentos se suspenderá el servicio en cada sector. Gracias por llamar a Corpoelec. Buenas tardes.

#VayaPalaMierda

De lo cual uno inmediatamente colige:

¡Qué magnánimo y eficiente es este gobierno! Me quita la luz sin avisar y sin darme oportunidad de programar qué hacer mientras estoy sin ella, para evitar que se me vaya la luz. O sea, te quito la electricidad para que no te quedes sin electricidad.

Porque, claro, como el gobierno es “tan eficiente” y ha dado tanto dinero para que la gente compre electrodomésticos, el consumo ha aumentado vertiginosamente y, como Corpoelec es “tan eficiente”, monitorea las zonas y, cuando ve que en alguna está aumentando el consumo, antes de que llegue a un pico de recalentamiento, ¡Zas! te quita la luz para que no te quedes sin luz. #VayaPalaMierda

De la poca o nula inversión hecha en el área eléctrica no hablemos, ni de la falta de previsión de que, si aumenta la población, por lógica, aumenta el consumo y, de forma proporcional, debería aumentar la infraestructura. Menos se hable de los negocios chimbos hechos con China a donde fueron de la compañía que gerencia la electricidad a comprar equipos y repuestos, con el consabido chanchullo de por medio, y que resultaron ser prácticamente desechables.

Pero para el régimen el problema no es por falta de inversión, planificación, previsión y mantenimiento, el problema ahora se origina en la falta de conciencia del venezolano que despilfarra el recurso eléctrico. #VayaPalaMierda

Por ese motivo, se ideó unas multas a las que no llama multas sino, con los maravillosos eufemismos de los que hace gala, denomina “Ajuste por consumo eléctrico” y que a la larga ha resultado ser nada más y nada menos que un aumento disfrazado, discriminatorio y cruel de la tarifa eléctrica con el cual la gente termina pagando más del doble de lo que dice la factura que consumió y, encima, sintiéndose mal ciudadano por su inconsciencia al derrochar energía  y consumir más kilovatios/hora que los que consumía en el 2009, que es el año de referencia para aplicar las multas. #VayaPalaMierda

Pero, el ingenio no se limita al campo eléctrico. Por ejemplo, el régimen en los sectores alimenticio y farmacéutico también ha dado pruebas de la “eficiencia” a la hora de implementar “medidas efectivas”.

Para que la gente pueda tener acceso a las medicinas y a la comida, Chávez, el comandante presidente, arbitrariamente, decidió regular sus precios. Inmediatamente, los productos comenzaron a escasear o desaparecer por completo del mercado. Pero eso no importa porque tienen un precio justo. Esa medicina que usted no puede comprar porque no es rentable para las compañías producirla vale lo que el régimen dice que debe valer. ¿Que no la puede tomar porque no se consigue? Eso no importa. No existe pero cuesta poco. #VayaPalaMierda

Igual sucede con esa vivienda que no consigues para alquilar. La justísima Ley de Inquilinatos socialista ha hecho que prácticamente desaparezcan del mercado las casas y apartamentos para alquiler. Eso no importa porque, con esa ley, nadie te podrá sacar de la casa donde no vivirás porque el dueño no te la va a alquilar. Y, además, el canon de arrendamiento de esa casa que no te alquilarán no lo podrán aumentar. #VayaPalaMierda

Con el empleo sucede algo más o menos parecido. La recientemente aprobada Ley Orgánica del Trabajo te da la garantía y la seguridad de que de ese empleo, que no conseguirás porque los empleadores asustados con el mamotreto legal no querrán contratar gente, no te podrán botar.

Solo tendrás que trabajar 40 horas semanales en esa compañía que no te contratará porque la carga en prestaciones sociales y beneficios de ley la llevaría a la quiebra. Y, por supuesto, tendrás dos días libres seguidos a la semana en ese trabajo que no tendrás porque el dueño no puede enfrentar los costos de pagar el sábado doble y, encima, tener que darte, igual, los dos días libres continuos.

Con todo lo cual, tendrás todos los días libres para ir de dependencia en dependencia del gobierno a llenar planillas e inscribirte en cuanta Misión hayan creado y que te permita, sin trabajar ni producir, tener ingresos económicos suficientes para medio sobrevivir y hacerle frente a esa canasta alimentaria que con precios regulados pasa de los 3 mil 500 bolívares al mes. O sea, casi 2 salarios mínimos, de este salario que es uno de los salarios mínimos más alto de Latinoamérica. También según los malabarismos del socialismo que calcula el valor del mismo con dólar oficial de 4,30 y no en dólar negro de 9,50 que es el dolar con el que los venezolanos tenemos lidiar a diario y que, muchos comerciantes, para efectos de productos importados, calculan a 14 bolívares por dólar. #VayaPalaMierda

Así se ha ido abonando el terreno para que los venezolanos aprendamos a vivir en este mundo de realismo mágico en el que hemos llegado al punto de tener un presidente que no tenemos, que ha gobernado desde Cuba sin que tengamos la certeza de que realmente ha sido él quien ha escrito y nos ha informado por Twitter de las decisiones que tomó y de los presupuestos que aprobó y que está enfermo de un cáncer del que no sabemos si es cáncer o es gripe. Sólo sabemos que es una enfermedad de la que se ha curado y vuelto a enfermar. Ha prácticamente muerto y resucitado y vuelto a morir.
Así llegamos al máximo del absurdo y la locura. Es candidato pero no sabemos si lo será… #VayaPalaMierda

Mi día de suerte

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Es sábado de quincena. El supermercado está, como decimos en criollo, hasta los “tequeteques”. Al hecho de que sea día de cobro y, por lo tanto de hacer la compra, se le suma el que ha llegado aceite y azúcar, dos de esos productos que se han vuelto especímenes raros en los supermercados y abastos venezolanos desde que el socialismo del Siglo XXI, demasiado similar al socialismo cubano de toda la vida, comenzara a recorrer los deteriorados caminos patrios.

La conjunción de todos los factores mencionados se confabula para hacer que el supermercado colapse pero, si además le añadimos que no solo llegaron los detestables aceites de soya y vegetales, sino que se asomó escasamente el aceite de maíz que tenía más de 6 meses sin verse en el mercado, podemos tener una idea más o menos cercana del barullo que hay en el local.

Yo, ignorante de la situación, salgo del trabajo y me dirijo al super para buscar el detergente para lavaplatos automáticos que mi hermana Moreida, por teléfono desde Mérida, me encargó que le comprara pues ha sido imposible conseguirlo en la ciudad andina y ella se niega a renunciar a ese “lujo” que significa meter los trastes en el lavavajillas y olvidarse de ellos sin tener que fregar y secar.

(No puedo dejar de imaginar la cara de indignación que debe poner el máximo líder de la revolución cuando se entera que hay gente que se rehúsa a lavar los platos a la manera tradicional y hasta gastan electricidad para hacerlo).

En fin, que camino los cerca de 400 metros que separan mi trabajo del supermercado bajo el inclemente sol de las 11 de la mañana para cumplir con el mandado y, al llegar, me encuentro el “cogeculo” armado.

Al entrar, me consigo a Sonia, una de las jefes de caja del establecimiento con quien he hecho amistad de tanto vernos a diario, ¡hasta tres veces! Lo mismo me sucede con la mayoría de quienes allí trabajan porque, si no es que se me olvida algo que debía comprar y tengo que volver, es que me dicen que pase a las dos y media que van a sacar leche, o que llegue antes de las cuatro que acaba de llegar el camión con la harina de trigo y para esa hora calculan que estará a la venta.

-¡Hola, Sonia! ¿Será que acá puedo conseguir detergente para lavaplatos automáticos?

Ella me mira extrañada, cómo pensando “¿Qué carajos le está pasando a este que ve que llegó aceite y azúcar y me pregunta por detergente para lavaplatos?”.

Me contesta que no, sin mucho interés y, mirando a su alrededor, como queriendo aparentar que está pendiente de los cajeros bajo sus órdenes pero en realidad observando que nadie oiga lo que me empieza a murmurar entre dientes, me dice:

-Ahí te tengo guardados cuatro litros de aceite de maíz y 2 kilos de azúcar. Llévate dos litros tu que yo te llevo después los otros dos litros  y el azúcar porque ya sabes que no se puede sacar más de uno. Dos con mi autorización.

Yo no puedo dar crédito a tanta dicha. ¡Aceite de maíz! Justo en el momento en que la última botella de mi reserva de aceite de girasol, comprado hacía como 4 meses, está a tres cuartos y me temo que tendré que comprar (si consigo) el asqueroso aceite de soya, Sonia me recibe con tan excelente noticia.

-Voy al otro supermercado a ver si consigo el detergente –le digo emocionado-, al regreso paso por eso, ¡no me lo vayas a vender!

Digo y arranco camino del próximo super que está unos 400 metros más adelante. Nada. El detergente está agotado allí también. Sigo hacia el otro supermercado que está a unos 300 metros de este. Recorro los pasillos, pregunto a los dependientes y me dicen:

-Esta mañana se llevaron las tres últimas cajas de ese jabón que quedaban.

Desilusionado por no poder cumplir con el encargo, emprendo el regreso al primer supermercado a buscar mi tesoro de “destilado de maíz”, como le dice un charcutero amigo que de vez en cuando me guarda una que otra botella.

Llego a la tienda, miro alrededor en busca de Sonia y no la veo por ningún lado. Las colas de gente en las cajas para pagar son interminables y en los carritos lo que se ve es aceite de soya y vegetal, muestra evidente de que el poco aceite de maíz que llegó ya se agotó. Estoy a punto de entrar en pánico. Con un hilillo de voz, le pregunto a Mabel, compañera de Sonia:

-¿Dónde está Sonia, Mabel?

-En la oficina la acabo de ver… Allí viene. –Dice y señala detrás de mí.

Miro a Sonia con mirada asustada e interrogante y ella levanta un paquete envuelto en doble bolsa para que no se vea su contenido, sonríe y me dice:

-Aquí lo tengo. Vamos a la caja.

Sonia se acerca a la caja de Dayana que acaba de cerrar y, haciéndome el favor de saltar las largas filas de gente, le dice que me chequee la venta. Entonces se produce este diálogo entre ellas dos.

Dayana: -Alberto, el acomodador de L´Oreal, acaba de chequear 3 potes de leche. Dijo que estaba autorizado. –Abre los ojos lo más que puede y espera la respuesta de su jefa que no tarda en llegar.

Sonia: -Si, está bien. Pobrecito, él tiene un niño pequeño y en verdad necesita esa leche. Además, como es leche para bebés pues no es tan grave que lleve tres en lugar de una que es lo que se vende. –Esto último lo dice Sonia mirándome a mí, como para aclararme la situación.

Dayana: Uhmmmm… ¿Cédula? –dice dirigiéndose a mí con la botella de aceite en la mano. Le doy mi número de cédula y Sonia le dice que son dos botellas.

Dayana: Si, yo sé. Pero tengo que chequear una con un número de cédula y la otra botella con otro número porque el sistema ahora no acepta que en una misma venta se chequeen 2 litros de aceite.

Sonia no lo puede creer, me mira sorprendida y me dice:

-Bueno, todos los días algo nuevo. Parece que cada vez se hará más difícil adquirir el aceite así es que ríndelo mucho. Yo te llevo al salir los otros dos litros y el azúcar.

Le doy el otro número de cédula a Dayana. Pago los 21 bolívares fuertes que cuestan los dos litros de aceite que llevo, o sea, el equivalente a dos dólares del mercado paralelo que si los contraponemos a los cerca de 7 dólares que cuesta el litro de aceite oliva importado que sí está siempre disponible en los anaqueles, pues podemos tener una idea de por qué la gente se desespera por conseguir aunque sea un litro del preciado líquido amarillo cuando se enteran que ha llegado a los abastos. Hago una profunda venia a Sonia en señal de agradecimiento y, feliz, regreso a mi trabajo.

Tres horas más tarde, se aparece Sonia con un paquete en mi trabajo.

-Para que veas lo que te quiero yo a vos. No solo te traigo los otros dos litros de aceite sino que te guarde esto…

Saca de la bolsa un producto que hacía mucho tiempo no veía yo. Una botella de un litro de “Ajax multiuso” que se encuetra regulado a 1,50 bolívares, o sea, como 0,10 centavos de dólar y del que, por supuesto, cuando llega a los comercios, entre los mismos empleados del lugar dan cuenta de la poca cantidad recibida y con el que ocurre lo mismo que con la mayoría de los productos regulados que han prácticamente desaparecido del mercado.

Le doy las gracias y un beso a Sonia. Me despido de ella y, convencido de que es mi día de suerte, salgo al tarantín de la esquina a comprar el Kino.

Chávez ha sido el mejor Presidente de Colombia, “ever!”.

La imagen de Chávez entre sombras es de http://www.noticiascentro.com

Algún despistado o desinformado allende las fronteras de Venezuela podría sentirse confundido o desubicado por el título de este post. Otros, más lapidarios, dirán: “Qué ignorante es este tipo que escribe aquí y no sabe que Chávez es el Presidente de Venezuela, no de Colombia”.

Tengo, para mi pesar, muy claro que Hugo Chávez es el Presidente de Venezuela. No solo lo sé, lo he padecido en cada centímetro de mi piel desde hace 13 largos años. Pero, si me permiten, les contaré cómo llegué a la conclusión que describe el título de este texto.

El martes 22 de noviembre, a final de la tarde, me enteré por un amigo que me pasó la información y luego por las redes sociales lo confirmé, que el régimen en Venezuela había decidido ampliar la lista de productos cuyos precios están congelados, agregando entre otras cosas: jabón de baño, detergentes, hojillas de afeitar, papel higiénico, desodorantes y un largo etcétera de artículos de aseo personal.

Como la historia de lo que acontece en el país con todos los productos que el gobierno decide “regular” o “controlar” es harto conocida por todos los venezolanos, el 23 en la mañana, me presenté en el primer supermercado que encontré para apertrecharme de todos esos artículos que con toda seguridad no tardarían en desaparecer de los anaqueles y que, para conseguirlos, pronto tendremos que recurrir al mercado informal y pagárselos a los buhoneros por el triple de su valor, como sucede desde hace tiempo con el aceite de maíz, la leche, el café, la harina de maíz, entre otros que, en el mejor de los casos, hay que hacer largas colas para poder comprar cantidades muy limitadas de cada uno en los mercados formales.

Por los pasillos del super el comentario era unánime tanto de los clientes como de los trabajadores: “hay que comprar estas vainas porque van a desaparecer de los mercados”.

Decidido a ser de los últimos en Venezuela que tengan que salir podridos a la calle por falta de productos de limpieza personal, atapucé de jabones, enjuagues bucales, champús y desodorantes el carrito de la compra.

Ya en la caja para pagar, alguien dijo:

-Lo peor es que seguro todo lo que desaparezca aquí en Venezuela aparecerá en los mercados colombianos, como ha pasado con las otras cosas que Chávez ha “controlado”.

Traté de ubicar la clarividente voz, miré a mi alrededor para ver quién había hablado de manera tan clara pero no pude localizar al preclaro parlante. Al final me quedó la duda de si lo había dicho alguien o era mi voz interior la que me había hecho el anuncio.

Fue entonces cuando pensé:

“Los colombianos tienen que agradecer de rodillas a Hugo Chávez todo lo que ha hecho por ese país y deben pedir a todos los santos que el milagro de su curación sea cierto”.

Gracias a Chávez, la industria petrolera colombiana se llenó de los mejores profesionales en la materia a nivel mundial. Excelentes profesionales y técnicos expulsados de la petrolera venezolana fueron absorbidos por la industria del vecino país y gran cantidad de nuevos egresados en ciencias petroleras o relacionadas migran a ese país, buscando el futuro que Venezuela no les ofrece.

Gracias al Presidente venezolano, la televisión colombiana, que hasta no hace mucho tiempo se encontraba bastante retrasada con respecto a la venezolana, pasó a ser una de las más creativas, productivas y generadoras de riquezas de Latinoamérica cuando escritores, directores, productores, técnicos y actores de nuestro país, incluyendo parte de los que quedaron desempleados luego del cierre forzoso de RCTV, fueron a parar con sus huesos y extraordinario talento en la industria televisiva colombiana.

Gracias al afán de Chávez por acabar con el sistema productivo en nuestro país, muchas empresas e industrias cerraron sus puertas aquí y se instalaron en Colombia, generando empleo y riqueza para los colombianos y produciendo todo lo que anteriormente producían aquí y que ahora les tenemos que comprar a ellos pagando 5 bolívares “fuertes” por un “débil” peso.

Incluso, muchas empresas que no se han terminado de ir de Venezuela ya han instalado su “plan B” en Colombia y aunque mantienen actividad en nuestro país, han decidido no invertir ni un dólar más aquí. Todo el dinero que tienen para ampliar la producción o agrandar sus empresas lo destinan a Colombia que le ofrece mayor seguridad y más beneficios. Los empleos que se pierden aquí o que se podrían generar, están bajando los índices de desempleo de la hermana república.

Pero, el mayor éxito que ha logrado Chávez en Colombia es haber contribuido eficientemente a disminuir la inseguridad en el vecino país al ofrecerle a los grupos criminales, terroristas, narcotraficantes y guerrilleros un sitio seguro donde establecerse bajo la mirada complaciente y cómplice del régimen bolivariano que no solo no los combate sino que les permite desarrollar en suelo patrio sus actividades a plena luz del día.

El conflicto y la violencia colombianos han venido paulatina y constantemente instalándose en Venezuela durante estos 13 años de “revolución”. Aquí encuentran un fértil terreno abonado de abundante impunidad y alcahuetería donde establecerse y así hemos visto como la industria de los secuestros, el narcotráfico y el sicariato han florecido y son cada vez más comunes y cotidianos en nuestro país.

Las exportaciones colombianas aumentaron en los últimos años en la misma medida que disminuyeron las venezolanas y crecieron nuestras importaciones. El progreso, avance y aumento del nivel de bienestar de los colombianos ha sido directamente proporcional al retroceso y pérdida de calidad de vida que experimentamos los venezolanos. Si no lo cree, échese un paseíto por Cúcuta, haga turismo de supermercado en el vecino país, compruebe cómo sus anaqueles están repletos de todos los productos que escasean en los nuestros, sienta la tranquilidad de pasear seguro por las calles de la mayoría de las ciudades colombianas, algo que hace unos 25 años era impensable.

Todo esto me hace afirmar, sin temor a equivocarme, que ningún presidente colombiano de la época contemporánea ha hecho tanto en beneficio de colombia y los colombianos, como lo ha hecho Hugo Rafael Chávez Frías.

Ocho días de ayuno en plaza República

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La imagen de La Chinita junto a un Cristo y a la foto de Franklin Brito acompañan a los huelguistas

El 20 de febrero, cuando ya me disponía a dejar a los amigos en huelga de hambre en la plaza República para venir a casa para escribir estas líneas, se me erizó la piel al escuchar a Hendrix Pirela decir:

-Cuando veo las manifestaciones de apoyo de la gente que se acerca a la plaza, cuando llegan personas ancianas que casi no pueden ni caminar y nos dan las gracias y nos aplauden por lo que estamos haciendo, se me quita el hambre. En esos momentos ya no pienso en galletas ni chocolates, sólo pienso en que la lucha tiene sentido, que estamos haciendo lo que debemos hacer y es gratificante saber que la sociedad está respondiendo a nuestro esfuerzo.

Es que la jornada del domingo en la concha acústica de la plaza estuvo marcada por las fuertes emociones y por los sentimientos encontrados tanto para los jóvenes que llevan más de 150 horas de ayuno por la libertad de los presos políticos, el respeto a los Derechos Humanos y en reclamo para que el gobierno permita la visita del Secretario General de la OEA al país, como para quienes nos acercamos para llevar alguno de los insumos o medicinas que necesitan o, simplemente, para brindarles nuestra palabra de apoyo, solidaridad y afecto a estos muchachos idealistas que han asumido una vía extrema como la huelga de hambre para presionar al régimen del Presidente Chávez y hacer que atiendan sus reclamos.

Jhovanny Mejías, uno de los ocho jóvenes en huelga de hambre, comentaba temprano en la tarde que no pudo contener el llanto cuando una anciana se acercó a la concha acústica para aplaudir a los huelguistas, darle sus bendiciones y llevarle una palabra de aliento.

-La señora casi no podía hablar –decía-. Se estaba recuperando de un ACV y tenía dificultades para caminar y de lenguaje, sin embargo, como pudo nos dio las gracias por lo que estamos haciendo y se soltó a llorar de emoción y sentimiento. Yo no me pude contener, las lágrimas se me  salían sin poder evitarlo.

Sacerdotes, familiares, amigos, y sociedad civil acuden a dar apoyo a los huelguistas

Los muchachos pensaron que por ser domingo no asistiría mucha gente a visitarlos pero, desde tempranas horas de la mañana, una sociedad que parecía sumida en la apatía les empezó a demostrar que su batalla no sólo tiene sentido, sino que se ha hecho sentir en la comunidad y que desde ya pueden considerar como un éxito de la protesta el haber logrado sacar a muchos del letargo y la indiferencia en los que parecían sumidos y los han movilizado para demostrarles que no están equivocados en sus reclamos.

Por allí pasaron ese domingo, como ha venido sucediendo con más frecuencia cada día desde el 14 de febrero cuando iniciaron la acción, sacerdotes, familias completas, jóvenes, ancianos, políticos, las novias, esposas, madres, tías y amigos de los huelguistas. Algunos se acercaban tímidamente, otros permanecían a la distancia pero la gran mayoría se les acercaba a los muchachos, los saludaba y los aplaudían. Algunos preguntaban qué necesitaban, hacían alguna pequeña lista con requerimientos y a los pocos minutos llegaban con lo solicitado.

Es que cuando uno ve por televisión o por prensa las informaciones de los diferentes puntos de protesta que están apostados a lo largo del país y que ya cuenta con 83 personas en ayuno, un número que promete incrementarse diariamente si el gobierno no atiende las exigencias, no se puede imaginar todo lo que hace falta para poder llevar a cabo una acción de tal magnitud. Allí se necesitan medicamentos, cada vez más a medida que pasan las horas sin ingerir alimentos, sueros orales, artículos de limpieza, bolsas para la basura, agua, cavas, vasos desechables, papel higiénico, toallines, servilletas, toda una serie de productos que, afortunadamente, la comunidad y algunos comercios de la zona se han encargado de proveer en muestra de solidaridad y apoyo.

Jorge Martínez, ganadero o “perdedero” de Machiques como él mismo expresara, con su esposa y su pequeña hija, fue una de las tantas personas que se acercaron a la plaza para acompañar a los huelguistas y llevarles su colaboración. Con voz quebrada, Martínez relató cómo

Jorge Martínez ganadero ("perdedero", dice él) de Machiques apoyando a los huelguistas

sus dos hijas mayores se fueron del país y se hicieron ciudadanas canadienses.

-Yo les enseñé a ellas a ser independientes y con valores y principios, como lo son ustedes y lamentablemente, ellas tuvieron que abandonar el país en busca de un mejor porvenir.

Aunque a Jorge Martínez no le han quitado sus tierras él sostiene que se sienten amenazados por el gobierno, que se sienten asfixiados.

-No hay derecho a que nos quiten con el ejército las tierras que venimos trabajando en mi familia por cuatro generaciones para destrozarlas. No se puede hacer justicia cometiendo injusticias y atropellando a los que trabajamos para tener lo que tenemos. Esta huelga de ustedes es una vía importante para protestar por lo que sucede en Venezuela porque la otra sería que nos estuviéramos matando. Por eso yo los aplaudo y los apoyo porque es una forma de hacer que el país salga de la gran apatía en que se encuentra porque muchos piensan que mientras no se metan con ellos directamente no tienen que hacer nada. Este es gobierno tiene un proyecto que no va a parar mientras nosotros no le pongamos un parado.

Angel Machado con su mamá, Zaira Ríos

A Zaira Ríos no tuve que preguntarle quien era pues sus ojos la delataron y al mirarla inmediatamente descubrí la mirada de Angel Machado, uno de los ocho jóvenes que el lunes 21 cumplen ocho días de ayuno en Maracaibo. Ella no puede evitar que sus ojos se tornen llorosos cuando habla de la batalla que está protagonizando su único hijo y no puede dejar de pensar en las consecuencias que para la salud de Angel tendrá este largo ayuno tomando en cuenta que el joven sufre de gastritis.

-¡Tengo sentimientos encontrados! –dice- Por un lado, siento un gran orgullo por la determinación de Angel y su convicción para luchar por lo que considera justo y, por el otro, me preocupa su salud y las secuelas que pueda dejar en su organismo esta huelga. Pero él siempre ha sido luchador y yo lo apoyo.

Zaira no puede disimular la indignación que siente con respecto al presidente Chávez, ella sostiene que él ha jugado con todo el país, con la economía, con la educación.

-Pareciera no tener sentimientos, lo que hace es inaudito. Y lo peor es que ha tenido todos los poderes en sus manos y no ha hecho nada, o mejor dicho, ha hecho lo que le da la gana. Su cinismo no tiene límites.

Bajo el toldo que protege a los visitantes del inclemente sol marabino, sentadas en unas sillas plásticas, encontré a Olga Josefina Cohén y a Yolanda Yancen, madre y tía del huelguista Roberto Vílchez, preocupadas por la salud del joven

Roberto Vílchez con su mamá, Olga Cohen, y su tía, Yolanda Yancen

pero convencidas de que esta es una lucha justa y orgullosas de Roberto, el mayor de los tres hijos de Olga.

-Yo lo apoyo hasta el final, pero no deja de ser difícil. Cuando nos sentamos en la casa a comer me acuerdo de Roberto y de sus compañeros que ya tienen tantas horas de ayuno… Hay que apoyarlos, que la gente venga, que no los dejen solos.

“¡Qué no le diría yo al presidente Chávez si tuviera la oportunidad de enviarle un mensaje!, dice Olga, que gracias a él el país está como está y los muchachos están en esta lucha”.

Y su tía Yolanda dice que le pediría al presidente que dé su brazo a torcer, que escuche y atienda a los muchachos.

Ambas mujeres aseguran que se sienten satisfecha con el respaldo que la gente les está dando a los jóvenes.

-El pueblo ha respondido y se le agradece el apoyo. Hay gente que se ve que no tiene recursos, que pasan necesidades y, sin embargo, vienen con su colaboración, pasan un rato, los alientan. El pueblo está respondiendo.

Conversando con Rosligbel Quero, la esposa de Hendrix Pirela, el joven que recientemente se unió a la protesta, me entero que tienen unas hijas gemelas de cinco años y que ella misma ha estado tentada a sumarse al ayuno porque le parece injusto que en Venezuela la gente que como ella ha hecho sacrificios para estudiar y superarse cada día vea mermada la calidad de vida.

Hendrix Pirela y su esposa Rosligbel Quero

-Yo trabajo en un supermercado y me indigna tener racionada la cantidad de alimentos que puedo comprar. Cuando llega el arroz, la leche o el aceite, no puedo comprar la cantidad que quiero o que considero necesaria para mi familia. No es justo que yo que estudié con tanto sacrificio, que trabajaba para costearme los estudios ahora no pueda ni siquiera comprar lo que quiero porque, si no es que escasea y no lo consigo, tengo un límite en la cantidad.

Lo irónico de la historia de Rosligbel es que es hija de un diputado suplente a la Asamblea Nacional por el partido oficialista PSUV y, sin embargo, ella y su esposo Hendrix son activistas y luchadores por la oposición.

-Cuando mi papá salió electo, yo le dije que me alegraba mucho por él y por su superación personal pero que no me pidiera que lo apoyara o lo acompañara en sus actividades políticas porque yo no estoy de acuerdo con este gobierno y no pienso ir en contra de mis principios y mis convicciones. Es difícil porque nosotros somos él y yo en la familia, no hay más nadie, pero no puedo apoyar un proceso en el que no creo.

Pasar por la concha acústica de la plaza República en estos días es conseguirse con un arcoíris de historias, con una pléyade de sentimientos que reflejan lo que es la Venezuela contemporánea, un país que cuenta con una juventud de convicciones firmes como los ocho muchachos que ya se acercan a las 200 horas sin consumir alimentos y que sin embargo mantienen el ánimo en alto y agradecen el más pequeño gesto de solidaridad que se les pueda dar.

Ese pequeño espacio público poco a poco ha ido cambiando su fisonomía, ha adquirido una nueva connotación preñada de sentimientos de justicia y libertad. Los muchachos tienen junto a la imagen de un Cristo llevado por el Padre Palmar y una estampa de la virgen Chinita donada por una devota de la patrona del Zulia, las fotos de Franklin Brito, el agricultor que entregó su vida en una protesta similar a la de los jóvenes, reclamando justicia con una elocuenta leyenda que dice: “¡¡Venezuela nos necesita!!.

Es verdad que sus rostros ya acusan las largas horas sin comer y las largas noches de mal dormir a la intemperie, pero ellos siguen firmes en su protesta y sus ojos recobran vida y expresión con cada gesto de apoyo de quienes los visitan y se llenan de orgullo cuando los visitantes les dan las gracias por esa lucha que están desarrollando por un futuro justo, digno y con oportunidades para todos.

!Alguien que me de luces sobre capitalismo y socialismo¡

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Tengo 12, de mis 46 años de vida. oyendo hablar desde las altas esferas del gobierno venezolano de las maldades de capitalismo salvaje y de las bondades del socialismo y del comunismo. Es como mucho 12 años de un mismo gobierno y de un mismo discurso y, no obstante, en la práctica, no he logrado captar la diferencia que los dos sistemas ofrecen. Será que soy muy bruto o que la realidad que vivo cada día me demuestra que la Venezuela de la cuarta república, la del capitalismo satánico es, si no peor, la misma que la Venezuela del bondadoso y angelical socialismo del siglo XXI, la de la quinta república.

Por ejemplo, en octubre del año pasado, escuchaba al presidente decir:

“El sulfato de amonio, nosotros se lo vendíamos a Agroisleña, a 14,4 bolívares el saco. 14,4, ustedes pueden anotar y sacar la cuenta, para que después saquen los porcentajes de ganancia, de especulación. Ese es el capitalismo. (…) Nosotros nos cansamos de decirle a ellos, ¿eh? Que deberían venderlo a 22 bolívares máximo, 22,3, para obtener una modesta ganancia, ¿verdad? En base a las cadenas productivas, de distribución, los costos reales. El precio justo está cerca de 22. Bueno, suponte tu, voy a sugerir un precio de 25, o por ahí verdad, todavía 30, en base a algunas variables de costo, ¿verdad? No, no, ellos lo vendieron y lo siguieron vendiendo sin hacernos caso nunca, en 75 bolívares el mismo saco (…) 500 por ciento por encima. Eso se llama: especulación.”

El presidente Chávez con este discurso pretendió justificar la medida de expropiación de la empresa privada Agroisleña en 2010. Y por allí se fue a hablar acerca del capitalismo y la especulación diciendo que la especulación es al capitalismo, lo mismo que la sangre al cuerpo del ser humano. O sea, que le es intrínseco, que no puede existir el capitalismo sin la especulación, como no lo puede hacer el cuerpo sin la sangre.

Agroisleña dejó de ser privada para pasar a manos del gobierno y llamarse “Agropatria”. En su maratónico programa de los domingos y con su particular estilo de “abusadorcito sobraíto”, que siempre me recuerda a los malandros que me encontraba en mis recorridos por barrios del país, lo anunció, entre aplausos del público invitado para tal fin.

Sucede que hace unos días me consigo a un amigo que compraba productos a Agroisleña y que en la actualidad le tiene que comprar a la estatizada Agropatria y me comenta que la empresa, ahora en manos del gobierno, vende el producto ¡más caro que lo que lo vendía la Agroisleña privada!

Yo por supuesto, no lo podía creer y el amigo gentilmente me mostró las facturas de compra. Una, con fecha de 01-09-2010, es decir, unos días antes de que el presidente en su show anunciara con bombos y platillos la expropiación de la especuladora compañía. En esta se puede observar que el precio de venta de AICAMIX 10-23-23 CP 50 KGS. PTO. CABELLO era de Bs. 52,95 el saco, que al sumarle el costo del flete hacía un total de Bs. 61,21 por saco.

  

En la otra factura, del 08 de febrero de 2011, cuatro meses después de que el socialismo se hubiera hecho cargo de la compañía, el mismo producto con el mismo peso, es vendido a 61,62, es decir, unos céntimos  por encima del precio capitalista y especulador que tenía la privada Agroisleña.

Es aquí donde yo me pierdo y no logro entender cómo es todo este rollo del socialismo y el capitalismo del que cada nada habla el presidente. Me siento bruto y más tapado que una olla de presión. Estas facturas me llevan a pensar que, tal vez, Agroisleña no era tan malvada y satánica como la pintaron o que Agropatria no es tan bonachona y de precios justos como nos la prometieron.

Esas mismas dudas me asaltaron cuando entré a un excapitalista y expropiado supermercado Éxito y conseguí que un saco de alimento para perros de 18 kilos que compraba a 210 bolívares en cualquier tienda capitalista de mascotas, en el Bicentenario socialista,  costaba 240 bolívares y las verduras y legumbres todas tenían precios muy por encima de los ofrecidos en los supermercados del capitalismo salvaje.

Pero, me acabo de dar cuenta que la confusión no es sólo mía. Los seguidores del presidente y acólitos del socialismo criollo, parecen no entender tampoco de qué va todo el discurso de estos 12 años.

En estos días, con todo este rollo de la escasez de alimentos en el país, me vi en la necesidad de llamar a un amigo que distribuye alimentos en el ahora también en manos revolucionarias Mercamara, adepto al régimen y de los que aplauden el socialismo del siglo XXI, para que me consiguiera unos kilos de leche para enviar a mi familia en Mérida, donde el preciado producto en todas sus presentaciones líquidas y en polvo se encuentra casi totalmente desaparecido.

Pues bien, mi socialista y revolucionario amigo, me consiguió la leche. 36 paquetes de un kilo con los que mi numerosa y fértil familia podrán subsistir y alimentar al montón de carajitos por algunos meses, hasta que tenga que volver a hacer un envío. Si corro con la suerte de conseguirla.

En la parte superior izquierda está la factura legal y a la derecha el monto que en realidad pagué por la leche

Suerte que es relativa porque cuando hablé con mi proveedor chavista, me aclaró que eso sí, el precio del kilo de leche era un poco más caro que el que marcaba el producto. Cada empaque de un kilo tenía marcado como PVP Bs. 15,48 y a mí me lo vendieron a 20 bolívares cada uno. El monto total del sobre precio se lo dejo para que lo calcule el presidente, a quien le encanta sacar esas cuentas porque yo, la verdad, no soy muy ducho en matemática.

Cuando me despacharon los sacos de leche, el envío venía con una nota de pedido en la que estaba marcado el precio que yo debía pagar por los 36 kilos: 720,00 bolívares exactos y, aparte, venía la factura legal con el monto que supuestamente yo debería haber pagado por el producto: 543,00 bolívares.

Yo, de todas formas, le agradezco a mi revolucionario amigo que me haya solucionado mi problema de alimentación familiar y me encuentro satisfecho porque la carga ya está en manos de quienes la necesitan, sin tener que pagar los 35 o 40 bolívares por kilo, que piden los buhoneros en la calle. Estoy casi seguro, que mi suplidor también tuvo que pagar un sobreprecio para que le despacharan las cuatrocientas cajas de leche que le llegaron ese día. Seguramente se lo reflejaron como pago de flete como se acostumbra en estos tiempos de revolución.

Pero de lo que no me queda duda es que esa leche no iba a parar, bajo ningún concepto, a los anaqueles de los abastos y supermercados, quienes sí se verían obligados a venderla a los 15,48 que marca el empaque. Por supuesto, esos capitalistas salvajes no van a permitirse perder más de 4 bolívares por cada kilo.

Si algún amable lector le quiere explicar a este ignaro opinador cómo es todo este rollo del socialismo y el capitalismo y darme luces para entender a qué se deben todas estas distorsiones que a diario veo y vivo y que me demuestran que la quinta república no es más que una edición ampliada, profundizada, agravada y continuada de la cuarta, bien se lo sabré agradecer porque, de verdad, siento que tengo 12 años en los que no me entero de nada.

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